domingo, 30 de mayo de 2021

En camino...

En camino, cuando dejes atrás la poderosa estampa de La Calahorra, apreciarás como en un instante la llanura se dobla y eleva llenando cada cicatriz del relieve con una pequeña mota blanca, una retahíla de pequeños pueblitos que salpican la sierra hasta coronar el Puerto de la Ragua, llave de las Alpujarras. Detente un momento y respira hondo, vuelve la vista, tu retina jamás olvidará la inmensa panorámica que se despliega a tus pies. En ese momento reconocerás la verdadera medida del hombre. Metido de lleno en las Alpujarras, en la hondura de sus barrancos y tahas, notarás como se te encoje el alma. Déjate llevar por su escandaloso silencio, arrópate con el susurro de sus vientos y sigue la senda que te marca el murmullo de sus acequias. En las Alpujarras, una tierra tendida al sol, no hay mayor placer que dejarse llevar por sus laberínticas callejas, un amago de estrechez viaria que discurre entre ‘tinaos’ y minúsculos talleres artesanales. Pizarra, launa y cal, un mazacote urbano que amenaza con precipitarse al abismo más profundo. Aunque tengas sellado un destino concreto, detente en cualquier lugar que te agrade. En estas sierras la sorpresa emerge en el pliegue más inesperado.

Cuando caiga el día, asómate a la tarde desde cualquier promontorio y apreciarás como el horizonte se diluye en un ocaso que nos puede parecer toda una eternidad.





sábado, 8 de mayo de 2021

Caminos de ida

Un relato que escribí días atrás, con motivo del 'día del libro', con el fin de colaborar en el blog de mi amiga Rosa Cruz: 'De libros y amigos'.

En el dormivela de la infancia escucho a mis mayores contar historias de ‘verea’ y escarcha negra, mencionar el nombre de cañadas que surcan barrancos impenetrables y deletrear nombres indescifrables, de senderos que se pierden en la niebla del pasado. Junto a la chimenea y al calor de la familia, antes de tener noticias por los libros de Historia, los chiquillos de esta sierra ya sabíamos del Camino de Aníbal, aunque no supiéramos de guerras púnicas y dislates transalpinos.

Los que tenemos cierta edad y trajinamos a este lado de Sierra Morena, recordamos enseñanzas preñadas en caminos primitivos, inmemoriales, que fueron y ya casi no son: de La Plata, Viejo de Andalucía, de los Serranos… y de Aníbal; y añoramos vivencias en común, de una y otra vertiente serrana, que ya quedaron en nada, en pavesas que se volatizan de entre los rescoldos de la Historia. Metidos en faena y puestos en los quehaceres de bucear en la memoria, aún hay quién dice que en el comienzo de los tiempos, y por estas cañadas, ya pastorearon los ‘hombres de bronce’. Y que todo un héroe, el mismísimo Hércules, dejando a un lado la maza y sus obligados trabajos, apreciando que era propio de la humanidad mercadear y no aporrear, apadrinó a esta vía como Heraclea.

Por encima de devaneos históricos y otras conjeturas, se trataba de grandes corredores culturales, caminos de carne y herradura, trazas viarias que comunicaban personas, mercancías e ideas, generalizándose un trasiego mercantil de aceites, vinos, granos, mantas…, que en la mayoría de las ocasiones servían de moneda de cambio para los Galeones de Indias. Con seguridad, el camino que unía uno y otro lado de Sierra Morena, el Guadalquivir con el Levante peninsular por el puerto de Montizón, fue uno de los ejes de comunicación más importante de la antigüedad. A lo largo de la historia, el Camino de Aníbal, su papel principal, propició que su entorno se viera regado de calzadas, mansio y ventas, puentes, castillos y fortalezas, casas de postas y estafetas, cortijos, pueblos de fábula y ciudades con genio…, un patrimonio histórico cultural que ha forjado el carácter que mejor define nuestra idiosincrasia, la de una vertiente y la otra. Pues, a fin de cuentas, este hilo enhebraba a gentes de pueblos que pueden parecer tan nada, pero que son tan mucho, como Baños de la Encina, Venta los Santos, Villamanrique, Puebla del Príncipe o Terrinches.

Días atrás, testificando tanta mudanza como desmemoria, hui al Piélago. Aunque creí que era una forma de evadirme, solo fue una excusa para volver a escuchar el callado susurro del Guarrizas, el lamento de una calzada que ya no lleva a parte alguna. El puente, apartado de todo y como si se tratara de un capricho del hombre, se aferra a puerto como barcaza fondeada en medio de la nada. En realidad, se trata de un ingenio romano que sobrevive en la más completa indigencia, en eterna comunión con las miserias de un camino decadente alumbrado en un paraje de cuento romántico, un encajado infierno vestido de ruinas y calzado de olvido.

Como si se tratara de un símil de lo que fueron nuestra sierra y sus caminos, recordando las bondades que en mejores días tuvo el lugar, nos dice el Heraldo de la Industria (enero de 1904) que ‘…La Sociedad ha instalado una hermosa central eléctrica, movida por fuerza hidráulica, de cuya fuerza se sirve y con la que alumbra los diferentes edificios que posee. El molino harinero que ha montado esta Sociedad, su hermosa fábrica de pastas para sopa, su fábrica de chocolate y todas las industrias que abarca, llegan al mayor perfeccionamiento, por estar todas montadas con arreglo a los más modernos adelantos. Esta Compañía industrial, que todavía ha de dar mayores aplicaciones a su actividad, en todo, pero muy especialmente en la preparación de pastas para sopa, ha extremado la bondad de sus procedimientos; la sémola, por ejemplo, la tuesta de trigo rojo, y resulta muy alimenticia é higiénica para los enfermos y para los consumidores. La exquisita pasta de legumbres, llamada con razón especial Piélago, resulta de un paladar tan delicado y tan grato, que este solo producto acreditaría una industria. Los chocolates son, en opinión de muchos gourmets, los mejores que se fabrican en España, por lo cual esta Compañía resulta una industria de excelentes productos y una Sociedad financiera de grandes resultados’.

Más abajo, el camino se diluye y el río se hunde en un profundo remanso. El murmullo del agua enmudece mientras un milano negro rasga el cielo de nuestra Sierra Morena.






miércoles, 28 de abril de 2021

Otro abril

Bien avanzada la primavera, y como si se tratara de un tumultuoso deshielo, por el colegio transitaba toda una ‘trupe’ de buhoneros, de diferente talla y pelaje, pregonando sus baratijas. Como si al tufillo de la reciente cosecha buscaran pescar la mejor pieza.

De entre el murmullo de los años y de aquellos tipos de corte extraño, o al menos lo eran para una chiquillería poco hecha a gente de ciudad, recuerdo a un fotógrafo de hábito relamido, armado de cámara y peine, que cartilla en mano te inmortalizaba con tu primera fotografía escolar; o a los practicantes y enfermeros, avituallados con todo un revolutum de vacunas, jeringas y consejos sanitarios. Pero, de entre todos ellos, nos llamaba la mayor atención los que entendíamos que eran vendehúmos, cuando en realidad eran bachilleres de nuevo cuño haciendo carrera. Aquéllos, repetían avanzadilla año tras año y cuando no te malvendían el último avance de la modernidad académica te embriagan con las bondades una habitación para estudio individual, pese  a que había compañeros que se veían obligados a compartir alcoba igual que camada o se ausentaban obligatoriamente la mitad del curso escolar, entre vendimia y aceituna.

Pero, de entre todos, al que la momentánea bonanza económica le venía como agua de mayo era a un tipo bien estirado, librero de lengua fácil y maletín panzudo, que solía aprovechar el lance para vender su mercancía casa por casa, aunque con escaso éxito y meritorio empeño. Aquel año, como el anterior y aún haría los subsiguientes, vino pertrechado con un extenso catálogo y su último reclamo estrella. Que, en este caso, se trataba de un inigualable diccionario enciclopédico, todo el saber del momento en un sólido, brillante y cómodo tomo.

Un servidor, por entonces, no tenía más libro en propiedad que el de familia, que tampoco lo era, o al menos con riguroso criterio. Igualmente, en el colegio apenas contábamos con unos cuantos, viejos y casi deshechos ejemplares del Quijote, de la colección ‘Cucaña’, y un buen número de diccionarios Vox, de aquéllos ilustrados con un escueto dibujo. Los libros de texto tampoco eran en propiedad, pues año con año los heredábamos entre primos y hermanos y tenían su génesis en mi prima Puri, la mayor de ellas. Por otra parte, aún no había descubierto el altillo preñado de cuentos de mi primo Dioni, de cuando la muerte de mi abuelo, ni las novelas de tiros que mi padre ocultaba en la cámara de mis abuelos. Y, por entonces, tampoco tenía mayor empeño por ahorrar una parte de la menguada paga del domingo y así solicitar contra reembolso pedidos descatalogados a la Librería Balmes, de Logroño.

Pero aquel abultado diccionario llamó mi atención de una manera que aún no llego a entender. Así que armado con la única coraza que poseía, la de mi desnuda infancia, rogué a mi padre que lo comprara. No creí haberlo hecho con el suficiente convencimiento, pues entendí que la embestida había sido en balde cuando dejé caer la petición a peso, como quien pasa por allí sin otra pretensión que soltar el lastre del saludo.

Por aquellos tiempos, quizá por mi propia situación familiar o porque era la norma más generalizada entre el común, no se celebraba ningún cumpleaños y el que suscribe nunca había sido destinatario de regalo por la onomástica. Aunque en aquella ocasión es posible que mi progenitor viera en mis ojos el mismo brillo que él creyó reflejarse en el espejo de sus primeros años, cuando chico y con toda una vida que entallar, cuando forjaba una caligrafía tan intachable que muchos años después fui incapaz de falsificar. Con todo, el desenlace fue positivo y accedió a comprar nuestro primer libro. Eso sí, como en aquél de familia, cada uno de los vástagos fue dejando su huella… con mejor o peor caligrafía.

Muchos abriles después, pese a que sigo teniendo el convencimiento de haber visto en los ojos de mi padre el eco de aquel brillo, quiero creer que este Diccionario Enciclopédico fue mi primer regalo de cumpleaños.








viernes, 23 de abril de 2021

En el altillo, 23 de abril

Puede que erróneamente, pero pienso que los altillos conservan las brasas de memoria de lo que fuimos, o al menos las cenizas que indican de dónde venimos.

La abuela Pura y su hermana Mariana, la mayor, vivían casa con casa, corral y cocina por medio. De la una, apenas retengo un instante borroso, una terraza que miraba al interior y un recuerdo congelado de entrar a la vivienda por la ventana baja de la cocina. En la otra, hacían vida los chachos y la familia de mis tíos Leonor y Jeromo. Éste, matarife y carnicero, sobrino de los primeros y hermano de mi padre. Arriba, la cámara, un tendedero de hermosos vellocinos al viento, no tenía otro fin, o así es como lo recuerdo, que secar un ordenado revoltijo de pieles. Colgadas de las tirantas, la podredumbre se oreaba esperando la venida de un marchante de Vilches, un tipo que olía con sabiduría y tacto cada pieza mientras que, impertérrito, cosechaba los despojos de de una vida entregada al trabajo cotidiano.

Por el contrario, la cámara de mi abuelo Frasquito era oscura, un techo bajo apretado contra un suelo de barro cuarteado, madera y polvo, un cubículo cuyas anchas paredes desprendían un eterno olor a aceite atrojado. El lugar, que luego fue vivienda de mis tíos Pilar y Frasquito, era muy similar al de mis amigos ‘los Merguis’, los de ‘Pepinollos’, pero también olía a grano, ristras de ajos y cebolla. Igual me equivoco, pero la de mis tíos Dioni y Rafaela era un revoltijo de muebles y dotes, un habitáculo en continua mudanza. En realidad, pienso que ni era altillo. Quizá fuera cosa de tener una extensa familia y buscarse la vida como las hormiguicas. Aunque metidos en faena, se podría dar por bueno que, en realidad, su buhardilla, o el lugar que hacía las veces, se encontraba en la nave de las cabras y aperos del Calvario Viejo. Un chamizo, ¡qué cosas!, que aún me huele a lluvia, rastrojo y almendras, un tabuco de mucho dislate y excesos adolescentes.

De la de mis tíos Ana y Antonio…, no me viene a la memoria que tuviera altillo.

La cámara de mi primera niñez, en el Horno del ‘Serio’, arrancaba de una alcoba larga y escalera por frente, donde dormíamos los cuatro. Desde mi cama, de barrotes lisos y azules, la entrada parecía una fortaleza inexpugnable, tan robusta como la prohibición de mi madre. En la penumbra, la memoria me evoca crujidos inexplicables, mucho inventar y algún sueño que ni recuerdo. El altillo de mi abuelo José María era como un solar vacío, muy elevado, una estancia cruzada en oblicuo por hirientes hilos de luz, como un hogar en continua mudanza. De olor a polvo terrizo, no contenía más bártulos que alguna silla coja, un hato de trampas y una caja de cartón, ancha y desbaratada, vencida por un batiburrillo de papeles viejos y amarillentos, la humedad, que actuaba impenitente, y mucha novela de tiros, un todo sin orden ni sentido.

De mi casa, no recuerdo la existencia que algo que pareciera altillo o cámara, a no ser que diera por bueno el viejo mueble de cocina de mi abuela, a reventar de cuentos.





miércoles, 31 de marzo de 2021

Sobre la Semana Mayor y la memoria cotidiana

Domingo de Ramos, victoria

Cuando chico y por aquellos días, a los zagales que rondábamos el Corralón, un altozano en sempiterna ruina, un magnífico cubil para ocultar las muchas invenciones y trastás de la chiquillería, nos daba por entretener las mañanas de sopor, y no aburrirnos, con trajines que hoy sonarían a disparate.

Cuando el sol estaba tendido en todo lo alto, con regocijo, los chiquillos veíamos a Juan Manuel doblar la empinada calleja del Cotanillo cabalgando sobre su cascajoso Pascuali, como si el buen señor condujera el mismo pollino de Cristo ataviado de palmas y ramoniza. El artilugio no era más que un alboroto de hierros y reventones de carburador, un vehículo de un amarillo descolorido que avisaba anticipadamente y con gran estruendo de su llegada. Y era el piloto un señor hecho a la semejanza de aquel ingenio del demonio, de enérgico vozarrón, un estampido según horas, pero de un corazón tan grande que en nada desmerecía el inmenso y espantoso trueno de la voz.

Después de tantos traqueteos y enseñanzas, habiendo dejado atrás la rastrojera del Pozo Nuevo y el estridente rumor de las chicharras, llegaba al pie de las cuadras dominado por un frenesí tan intenso que parecía más baile de San Vito que el efecto de una estrepitosa conducción. Y de tal calibre llegaban a ser los meneos que, una vez puestos los pies en tierra, aún se mantenía unos momentos sin control y a la deriva. El remolque, que llegaba entre vítores y cargado hasta las trancas con alpacas de paja o haces de ramón, según tiempo, por su esperpéntica forma en nada desmerecía a las más afamadas y legendarias torres. Unas veces se parecía a la muy fotografiada Torre de Pisa, por el mucho ángulo y doblez que mostraba la carga, pero no eran menos las ocasiones en las que la inclinación era tal que acababa como la de Babel, dando por tierra con la compostura.

Miércoles Santo, traición

Martín Esteban había sido cabrero y ganadero de lana desde que se enganchó a la teta de su madre, desde siempre, como lo fue su padre, lo fue su abuelo y con seguridad lo fue el abuelo de aquél. Y no hay que poner en duda que algún pariente suyo fuera en la tropa de Abraham cuando el patriarca movió su hato de ovejas por todas y cada una de las majadas del Creciente Fértil. De andares poco vacilantes y dormir un instante, como burro y a cabezás, era hombre de morder aquí y allá, como las hormigas, de juntar mucha plata, gastar ninguna y vender a su padre si era menester.

Habiendo heredado un rebaño considerable, en poco tiempo, y por su mucho bullir, lo había doblado en número y camino llevaba de triplicarlo. Contrariamente, día con día menguaba en carnes y ganaba en harapos. Pero, hete ahí que en las cosas de gestionar su hacienda, y dejándose llevar por los consejos de los que decían tener buenas entendederas y mejor apostolado, había cambiado el campo abierto y la ancha vereda por la pestilente estrechez de las cuadras, pastorear a la par que el ganado por darle metódica vuelta y grano contado, cantar coplas al viento y disfrutar soleándose por un bregar sin tino ni rumbo… y ahora, consumido, abatido, se quejaba de andar sin cuartos para tanta pompa y día con día se le resecaba el alma.

Jueves Santo, humildad

Pese a lo intempestivo de las horas, el lugar te recibía con hospitalidad. Olía a tierra mojada, generosa. La atmósfera era limpia y la sensación acogedora, como tarde cuando amaina la tormenta. El anciano, hombre humilde, de huerta y pocos excesos, de pan y vino de diario, me observaba con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. El Tuerto, le llamaban. Unos lo tenían por huraño y cenobita, otros lo consideraban muy leído y hombre de costumbres austeras. Él se tenía por gente de bien en su justa medida, de lavarle los pies a cualquiera siempre que viniera de buenas. Lo cierto es que el labriego era de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno de no contar. Su silueta se elevaba más tiesa que erguida, solitaria y retorcida como almendro centenario en estepa. En su papel de augur, se titulaba como autodidacta y sabio que pocos comprendían, y era considerado viejo para todo y por todos. Quizá fuera octogenario, al menos así lo parecía.

De cotidiano andaba entregado a las obligaciones de su hacienda mientras recitaba una cantinela perenne: contaba que con aquello de ser la huerta aprisco de muy atrás, por allí caía gente de todos los estamentos, los de un bando y los del otro, los que se rigen por el César y los que se arriman a lo sagrado. Los unos y los otros desembarcaban aparatosamente y con aspavientos, dando instrucciones de cómo debía hacer esto y desandar lo otro. El labriego, por su parte y con rotundidad, afirmaba que estaba hasta las narices de tanto sujeto empeñado en evangelizar, que él ya sabría qué oración y a quién rezar cuando tocara. Auspiciaba, con vehemencia, que cualquier día soltaba los perros a tanto apóstol ungido.

Viernes Santo, sacrificio

En noches como aquélla, con rigores climáticos tan contrarios, Juana, que llamaban la Recortá por su escasa altura y volumen, hacía honor a su apodo e intenta conciliar el sueño totalmente encogida, en posición fetal y como si fuera muy poca cosa. Dormía bajo la bóveda que sostenía el Camarín del Cristo, apegada al brocal del aljibe horadado en sus entrañas. Más amodorrada que durmiendo, juraba mantener los pies siempre en alto no fuera a fulminarla un rayo.

Era el cubil estrecho y a la sazón húmedo, de paredes reducidas y la techumbre apretada contra el solar. Sostén del propio Camarín, era cimiento de la cruz del Cristo y causa de la suya propia. Ocupaba el lugar lo más hondo de un macizo torreón que, a modo de bandera, ondeaba en su cúspide un caballete con una enorme veleta cruciforme. Según opinaba la Recortá, aquel amasijo de hierro, a modo de pararrayos, tenía encomendada la protectora función de aminorar las descargas eléctricas. Todo aquél que sabía de ella, la recordaba desde siempre como santera y mujer responsable de sus obligaciones. Nacida en el tajo e hija y nieta de santeras. Pero en noches de trajín eléctrico como lo era aquélla, pese a todo su afán y querencia por lo que custodiaba, todo le traía al pairo…, incluido su buen consorte que nunca regresaba con hora.

Y era Horacico cojo y marido de la susodicha. Siendo de diario hombre de huerta y cantina, siempre caminaba de reata con su Verea, una pollina deslomada y dócil. El nombre del animal no era casual y parecía más bien puesto por Juana que por el compañero de ronda de la borrica, pues noche sí y noche también le abría camino y lo entregaba en situación poco decorosa. Y en tardes como aquélla, Horacico, justificándose con las inclemencias del tiempo y la obligada necesidad de no mojarse por su poca salud, echaba cerrojo a todas y cada una de las tabernas del pueblo. Evitando así calarse por fuera, acababa empapado por dentro.

Sábado de Gloria, purificación

En mañanas como aquélla, de agua calaera y purificadora, de olor a tierra y laero removido, gustaba de hacer poco de pretenciosa utilidad y conseguir mucho parlamento, de respirar con anchuras por Santa María y andar a la par con Antonio. Con la charla, nos daba por rodear el castillo y patear las terrazas “de la Mona”, por ver si aparecía algún tiesto raro, un cacho de herrumbre raído y fuera de costumbre o cualquier moneda sin valor ni dueño…, y aquella mañana de sábado no tenía por qué ser de otra manera.

Pese a la lluvia, intermitente, el goteo de viajeros no cejaba. Siendo, como lo era, de naturaleza curiosa, aquella gente hurgaba en los misterios de la fortaleza buscando entendederas. Algún que otro despistado, fuera de redil, se asomaba al mirador huyendo de la batuta del guía. Mil veces puesto en el mismo vericueto y situación, no tardabas en escuchar el mismo eco:

—¡Cuánto olivo!

A esto, ocioso y haciéndose uno el despistado, le respondía como si no fuera ajeno a la escena:

—Hace muchísimo tiempo la extensa llanura que ve a sus pies fue ocupada por una cuña marítima, su colmatación, muy lenta y debido a la continua sedimentación de materiales —arcillas, margas…— provocó la existencia de este valle. Hasta hace poco más de 8 millones de años, todo lo que ve estaba ocupado por una enorme lámina de agua marina. De ahí la fertilidad de estos suelos y la presencia de este inmenso mar plateado de olivos.

Alejándose con aspavientos, Antonio vocea improperios sin dirigirse a nadie en concreto:

—¡¡¡Un mar!!!, pues no dice que ahí abajo había un mar. ¡Lo habrá visto él!

—Que sí Antonio, que es así, —le respondía yo—. ¿Es que no sabes de las muchas y enormes conchas que aparecen por encima de la Casa de las Señoras?, —le argumentaba creyendo aún que podría convencerlo, cosa de facto imposible.

Entretanto, abajo, en el llano, el humo de cien hogueras alimentadas con sierpes verdes intenta elevarse. Antonio aligera el paso y se adelanta unos metros. Mientras se aleja, meneando con vigor la garrota y a media voz, sigue rumiando su perorata:

—¡Vaya “socólogos” estos!

Domingo de Resurrección, renovación

A mediodía, metidos en la andanza y sin haber encontrado la compostura hidráulica que buscaban, doblaron al barranco de la Salsipuedes, donde las aguas que traían como guiadera volcaban en el riacho principal. En la lejanía, por encima de ellos, vieron removerse una confusa silueta. Se trataba de Braulio, un viejo huraño que se entretenía trajinando calicatas sobre un promontorio elevado, un otero que se alzaba donde los arroyos de la Rumblosa y Valdeloshuertos entraban en nupcias. La loma, que semejaba un reseco espolón, se asomaba al lugar donde las aguas de los dos regatos se entregan al padre “Herrumblar”. Se le apreciaba trasteando entre las chaparreras, removiendo pizarrones y tiestos bajo el enorme cortado de Peñalosa, un gigantesco y mágico despeñadero, un lugar donde, desde viejo, anidaban enormes búhos reales y la esquiva cigüeña negra. Sobre el peñasco, con cada renacer, se desperezaba el astro solar.

Subieron en su busca por revelarle lo que traían y pedir opinión. El anciano, tras los saludos de rigor y sin dar pie a que le contaran la obligación que rumiaban, les comenta que “andaba tras los pasos de una ciudad invisible y eterna, y que siendo como era de no dejarse ver habría de llegar el día que sin más remedio diera por verse”. Previendo la sorna y las burlas de los contertulios, se ratifica diciendo “que entonces pocos se reirían de su entrega y afán”.

Moraba el vejestorio riacho arriba, bajo una peña, más tinada o paridera que casucha, bienviviendo con lo justo, lo que le daba un huerto pergeñado junto al regato, cuatro gallinas de poner huevos y un soto de conejos… en amable consonancia con un paisaje en continua renovación. Y era Braulio hombre enjuto, nervudo y fibroso, de poca y plateada cabellera, con tantos años a la espalda que cuando intentaba enderezarla tenía que hacer un sobre esfuerzo de más. Y era el morabito persona de meter cabeza en agujero chico y ya no sacarla.

Aquella tarde, después de toda una mañana certificando ruina y muerte, se dejó caer sobre el bardal de mediodía, como cuando niño. Entonces curioso, ahora derrotado, pero siempre con la mirada puesta en el horizonte infinito. Derramó su pena por los llanos, hasta donde la vista le permitió. Como en aquellos días tan lejanos, y después de una lluvia intensa, comenzó a oír un sonido amortiguado, lejano. Primero le llegó un eco temeroso, después lo escuchó en todo su vigor. ¡¡¡Volvía el croar de las ranas!!! Venía de la vega impregnando la atmósfera de un nuevo aliento. Era la madre naturaleza, la vida en su más pura esencia, que muda y se recompone. Otros vendrán a recoger el testigo, a tropezar una y otra vez. Se caerán y se levantarán, volverán a desplomarse y se hundirán de una. Poco a poco, sin estridencias y con mucha dulzura, el sonido, lejano, mudó a fragor vigoroso.