jueves, 9 de junio de 2022

¡¡¡Enormes!!!... y enorme la crónica

Ni muffins, ni brunch, ni afterwork, ni selfie. Los Enemigos no son de estos tiempos. Ellos siguen siendo de madalenas, cañitas tras el curro y almuerzo entendido como bocadillo matinal, nada que ver con la palabra elegante con la que ahora comen los políticos y los empresarios. Los Enemigos “no som d’eixe món”, que diría Raimon, son de los tiempos en los que la guitarra era totémica, instrumento con el que los más jóvenes airaban su enfado, construían una nueva lógica sonora y el nosotros podía al yo con sus crisis emocionales. La música sonaba fuerte y desafiante, no queda y ensimismada. El tiempo ha pasado orillando lo que antes era central, pero Los Enemigos distan de ser una antigualla porque su queja y su enfado no se momificaron con la llegada de la alopecia, sino que junto a la fidelidad a un sonido correoso han ganado al tiempo. Los Enemigos siguen molestos, pero ya saben que con guitarrazos no cambiarán el mundo. Pero los siguen dando.

La pandemia, otra palabra de nuestros días, impidió en sucesivas ocasiones la presentación de su nuevo disco en Barcelona, que los acogió en Apolo. Mucha cana, carnets de identidad varias veces renovados y mayoría masculina entre la asistencia. No, el rock no está de moda. Tampoco Pérez Galdós ni los tochazos de Tolstói, la antítesis de la contemporánea comunicación abreviada. Pero lo que hoy sí está de moda es perder, y Los Enemigos siempre han escrito historias que no olvidan a los perdedores. Perdedores, además, con ese toque popular que los hace cercanos, personajes de pueblo junto con el maestro, el cura, el rico y el médico. Y sus historias, esculpidas a base de rhythm and blues correoso, no ese R&B urbano de la nueva constelación de estrellas negras, tienen el tacto áspero del secano, de la tierra aplanada por el sol que, sin embargo, rinde su cosecha anual. Porque hasta un terrón desecado tiene vida en manos de Los Enemigos.

Su vida es la energía de un rock que se resiste a perder su caligrafía, por mucho que la tinta ya no viaje en estilográfica. De hecho ya no hay ni tinta, de tanta pantalla con letras. Vestidos como personajes de Reservoir Dogs, con Josele Santiago casi clavado frente a su micro, austero hasta en la gesticulación, ajeno al cabeceo tontorrón y al meneo estéril de las estrellas que aún creen en el despliegue físico como muestra de vigencia, sus canciones fueron cayendo con la contundencia de los capones que antaño propinaban los profesores en las cabezas de su alumnado. Un tema tras otro, despachando ya casi de entrada Septiembre, Señora y Me sobra carnaval, robles que repelen el polvo. También hubo piezas de reciente factura como Menos que un perro, Sacrilegio sideral o La ofensa, canciones que renuevan su compromiso con el sonido clásico del grupo, que en mero formato de cuarteto creó suficiente estrépito como para que ni se intuyese el griterío del público cantando las canciones. Y eso que ese público, con sensación de no estar hoy atendido por la actualidad musical, berreaba como quien se autoafirma con la garganta. De hecho lo hizo.

Y lo hizo durante hora y media larga, cuyo final fue paradigmático. Penúltima canción Todo a cien, un concepto casi desaparecido del floreciente comercio chino pero con aún notable carga semántica. Última canción Paracaídas, con una frase que dice “tengo amigos que nadie me presentó / que sacan fuerzas de donde ahora las estoy sacando yo”. Acabado el concierto, la banda saludó la euforia del público mientras sonaba Can’t Take My Eyes Off You del octogenario Frankie Valli. Y el punto final con el grupo y la sala cantando y preguntándose al unísono “¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? de Siniestro Total. Un señor concierto presidido por la raspa de sardina que para los presentes siempre evocará a Carpanta.

Firma: Ana Tascon

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viernes, 13 de mayo de 2022

La Subbética, un viaje al 'corazón'

Sentencia el dicho que todos los caminos llevan a Roma. Pudiera ser, pero la única certeza que tenemos es que todos los caminos deberían comenzar en Córdoba. Y ahí, en la ‘Señora del Guadalquivir’, arranca la ruta que te proponemos: un apasionante viaje al corazón de Andalucía, un itinerario que te pellizcará el alma.

La ruta compagina de manera genial la enorme diversidad paisajística que atesora la geografía andaluza, pues conjuga la calma y señorío que trasmite la vega más monumental, que se mira en Córdoba capital y sus bienes declarados como Patrimonio Mundial, con la bondad agrícola de la campiña cordobesa y la agreste belleza de la cordillera subbética. Un territorio montañoso situado en el corazón de Andalucía, de pueblos blancos, ciudades monumentales y olivar serrano. Está declarado como Geoparque por la UNESCO, pues se trata de un área de especial importancia paisajística y enormes valores ecológicos y geológicos, donde los contrastes cromáticos son evidentes: el cielo azul, el pardo de las encinas y olivares, las rocas grises y los matorrales amarillentos modelan un mágico escenario en el corazón de Andalucía. Aquí se encuentra el ‘Reino de los amonites’, un territorio cuya geología oculta con secreto celo una historia de más de 200 millones de años, y un no menos reconocido ‘reino del buen comer’ que colmará de satisfacción al ‘cocinilla’ más intrépido: carnes, vinos, aceites, anisados, quesos, repostería, membrillo… son magníficos heraldos de este título.

Córdoba

La mejor manera de enamorarse de esta memorable ciudad es verla despertar desde la Torre de la Calahorra y el Puente Romano, disfrutar de la panorámica que ofrece, donde río, molinos, sotos y monumentalidad comulgan como si de un todo se tratara; o apreciar el ocaso, cuando la silueta urbana rompe el horizonte de Sierra Morena. Porque Córdoba está integrada con el entorno rural que le da cobijo como pocas urbes lo hacen.

A primera vista, podría parecer que la ciudad es fruto del encuentro de su imponente legado monumental y los grandes personajes que aquí han gestado su obra, alumbrados el uno y los otros al amparo de la diversidad de civilizaciones que se han asentado en el lugar. Y así es, pues no en vano Córdoba posee cuatro bienes declarados como Patrimonio Mundial por la UNESCO (Mezquita-Catedral, Centro Histórico-Judería, Fiesta de Los Patios y Medina Azahara) y una interminable cantidad de monumentos con carácter propio. Además, como el resto de Andalucía, disfruta del título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad concedido al Flamenco y a la Dieta Mediterránea, los conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca y la cetrería. Pero, yendo más allá, Córdoba es para caminarla con calma, disfrutarla sosegadamente, emocionarte con el detalle más pequeño: con el callado rumor de sus fuentes, con la mancha multicolor que macetas y flores imprimen sobre la limpia cal, con el laberinto de su saber platero, con los aromas a jazmín, azahar y cordobán, con el frescor de sus calles y patios… Córdoba es leyenda, mística y poesía. Pero Córdoba también es la argolla donde anudan todos los cabos que configuran el mosaico paisajístico, histórico y cultural que da forma a la provincia, y así queda perfectamente confirmado en su gastronomía y en sus vinos.  No dejes la ciudad sin visitar sus bodegas, disfrutar de su ambiente y degustar platos tan tradicionales como el salmorejo, los flamenquines, el rabo de toro o sus churrascos, entre otros muchos que dibujan la paleta gastronómica más colorida.

Montilla

Te despides de la ciudad de Córdoba y el valle del Guadalquivir con el pensamiento de que te ha quedado mucho por conocer, con lo que emocionarte, que debes poner fecha para regresar. Con la mirada puesta en la Subbética, serpenteas ahora por una campiña ondulada, relajante, que escancia el tiempo con lentitud. La brisa te trae aromas a vino y el otero de sus castillos te susurra al oído rumores de viejas batallas, rencillas esculpidas a fuego en la frialdad de sus piedras. Fernán Núñez, Montemayor, Montilla… se elevan de entre la ancha llanura como blancos baluartes, faros que rigen el destino de un conjunto de retales efímeramente enhebrados, de diferente color y textura, una sucesión de olivos, cereal y viñas, de lomas que cabalgan unas sobre otras hacia un ocaso que se escapa con la tarde.

La ciudad de Montilla lleva el vino en lo más hondo de sus genes, también el aceite de oliva, y es por este motivo que su singular patrimonio monumental no puede desvincularse de sus caldos y de los grandes personajes que aquí vieron la luz. Interésate por el Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán, el Inca Garcilaso, San Francisco Solano o José Garnelo, eslabones indestructibles de esa generosa cadena que ha venido uniendo ambas orillas del Atlántico. ¿Sabías que el convento de San Juan de Dios fue el escenario central donde se desarrolla la obra literaria del ‘Coloquio de los perros’ de Cervantes? El castillo o la Casa del Inca son un mínimo testimonio de su sobresaliente monumentalidad, cuyo conocimiento debes compaginar con la visita a bodegas, lagares y tonelerías, ya que, entre otras, la ciudad cuenta con la segunda bodega más antigua de la Península (1729). No olvides disfrutar de las ingeniosas experiencias enogastronómicas que salpican todo su calendario anual, también de sus reconocidas ‘coplas del Santo’ y de ‘la Aurora’, y no te marches sin conocer la diferencia entre bodega y lagar, ¡te llamará la atención!

Zuheros

Por momentos, la campiña queda atrás y el macizo nos anticipa la riqueza y diversidad ecológica del parque natural de las Subbéticas. En cierta medida, puede parecer que la mole montañosa asoma amenazante sobre la llanura, pero siempre se levanta como una grata y curiosa tentación. En camino, Monturque, Cabra o Doña Mencía ofrecen una oferta cultural y arqueológica de primer nivel, como las cisternas romanas del primero, el carácter monumental de Cabra o el Castillo de la última villa referida, pero nuestra meta final nos acercará al bello pueblo de Zuheros. La villa asoma desde el roquedo como el eterno centinela que fue, guardián hoy del secreto mejor guardado: el embrujo de sus calles. Un paseo por el pueblo te permitirá disfrutar de la quietud y el silencio, de callejas sinuosas y en pendiente, de placitas pintorescas y casas blancas, que rozan la pulcritud, y de la cómplice alegría que desprende el colorido de sus arriates y macetas.

Por otra parte, la sencillez de su urbanismo no es contraria a un patrimonio monumental más que notable, que tiene como referentes a su Castillo, el Museo Arqueológico o la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, o a una diversidad ambiental y geológica sobresaliente que es carta de presentación de la naturaleza de Geoparque con que han sido reconocidas estas sierras. La Cueva de los Murciélagos y la cascada y sendero del Río Bailón, que te introducirá en el parque natural, son una breve muestra de su riqueza ambiental. Nota de interés, no te marches sin probar su AOVE y su excepcional queso de cabra. Todos los años, por septiembre, sus calles son escenario de una multitudinaria Fiesta del Queso. ¡Su quesería, que elabora con leche de cabra, es más que reconocida!

En ruta, debes anotarte como visitas ineludibles un tramo de interés de la Vía Verde del Aceite, que debes realizar en bicicleta (la podrás alquiler en el Centro Cicloturista de la Subbética), y la Ermita de la Virgen de la Sierra, que ubicada en la cima del Picacho, en el corazón del parque natural, ofrece un excepcional balcón para disfrutar de la caída de la tarde y un horizonte que se diluye entre montañas.

Alcalá la Real

En esta etapa y momentáneamente, te alejarás sensiblemente de la Subbética, e incluso de la provincia de Córdoba, para disfrutar de territorios vecinos y de gran interés histórico monumental. Pilotarás ahora por el vértice donde confluyen las provincias de Córdoba, Jaén y Granada, tierra que constituyó la última frontera con el Reino Nazarí de Granada. Con una geografía salpicada de castillos, desprende hoy aromas al mejor aceite de oliva virgen extra (AOVE).

En camino y con Alcalá la Real como destino, de entre un bello paisaje enhebrado por un sinfín de hileras de olivos y como si de pronto descorrieras un telón, te aparece un caserío blanco, escalonado y coronado por un castillo. En ocasiones está localizado sobre un roquedo que rompe el mágico horizonte de la sierra, como ocurre con Luque, en otras encabeza un conjunto monumental sobresaliente, como sucede con Baena o Alcaudete. A la vera de la espectacular Fortaleza de la Mota, se derrama la ciudad de Alcalá la Real, una estructura urbana de origen árabe y calles con encanto, casas señoriales, iglesias y detalles arquitectónicos que son una muestra más que sobresaliente de su esplendor y de un enorme pasado histórico. Nota de viaje: al pasar por Luque debes tomarte un café en su singular ‘Estación’, mientras que en Baena has de informarte y disfrutar de su peculiar Semana Santa, pero también de sus ‘candelorios’ y `tamborradas’, y, en las inmediaciones de la ciudad, visitar el parque arqueológico de Torreparedones; ya en la provincia de Jaén, en Alcaudete, tienes que dejarte llevar por los aromas de su tradición repostera y saborear la calidad de sus verduras (habitas).

Priego de Córdoba

En ruta, conducirás ahora por un terreno más quebrado, que rompe la línea horizontal del paisaje y te lleva a la primera meta volante del día: Almedinilla. Se trata de un pueblo vivo y dinámico, donde el blanco de sus recoletas calles y casas contrasta con la oscura roca de su sierra y se confunde con el verde de su olivar, invitándote a un paseo en el tiempo. Hablar de esta villa es hacerlo de arqueología, cultura y ocio. La Villa Romana de El Ruedo, el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz o su Museo Histórico–Arqueológico, con piezas tan sorprendentes como el dios grecorromano del sueño: Hypnos o Somnus, son baluartes de tal afirmación. Por cierto, no dejes de consultar su amplio calendario de actividades festivas: ‘Festum Jornadas Íbero romanas’, La Leyenda de la ‘Encantá’, ‘Los Placeres de la Mesa Romana’…

Ya en Priego de Córdoba, serás testigo de excepción de una ciudad única. Sus empedradas y blancas calles son para pasearlas con calma, oyendo el rumor de sus fuentes (impresionante la Fuente del Rey y sus 139 caños) y admirando el singular arte barroco de sus edificaciones más sobresalientes. Entre sus rincones más pintorescos, no dejes de visitar su célebre Barrio de la Villa y de admirar la bella panorámica que ofrece el balcón del Adarve. Sus laberínticas calles encaladas, cuajadas de flores, te transportarán al medievo, al universo andalusí en su máximo apogeo. Pero la ciudad se extiende más allá de su meseta fortificada ofreciéndote el más amplio abanico de colores: porque Priego es naturaleza y paisajes encantados, aldeas recónditas envueltas con un velo mágico, la tradición más arraigada y una gastronomía sustentada en el producto de cercanía… y Priego es tan singular que hasta cuenta con un particular jardín micológico: La Trufa.

Por cierto, no te marches sin degustar el tradicional desayuno molinero, donde el AOVE tiene un papel protagonista, e interésate por su peculiar hornazo de Viernes Santo. ¡Te sorprenderá!

Lucena

Con Lucena en el punto de mira, la etapa de hoy nos ofrece dos altos en el camino más que interesantes, el primero de ellos en Iznájar. El nombre original de su castillo, Hins Ashar —castillo de la alegría o de las rosas— ya nos avisa de sus bondades y que es preámbulo de una bella ruta de patios y fachadas florales que se reparte por toda la comarca. Al caer la tarde y con el telón de fondo del ‘lago’, el conjunto monumental, que además cuenta con la parroquia de Santiago Apóstol y un singular Patio de las Comedias, regala unas panorámicas excepcionales. Por otra parte, sus aguas ofrecen el mejor escenario para disfrutar del baño o de un amplio abanico de actividades de turismo activo. En nuestra segunda parada, Rute se nos presenta como si se tratara de un enorme taller del buen comer, como un variopinto museo de las mejores artes culinarias. En este sentido y no es casual, cuenta con varios y participativos museos relacionados con los manjares gastronómicos que han dado fama al municipio: los anisados y sus tradicionales dulces navideños, pero también del jamón, del chocolate...

A primera vista y mientras se pasea por las calles de Lucena, podría parecerte que la ciudad es muy similar a otras muchas que soportan el enorme peso de la historia y acumulan un patrimonio monumental más que notable, pero Lucena, además y durante gran parte de la Edad Media, se elevó como faro de referencia de la cultura judía imprimiendo su historia en letras muy mayúsculas. Muestra de ello es su Barrio de la Judería, el hallazgo de una Necrópolis Judía excepcional o que fuera cuna de una Academia de Estudios Talmúdicos, punto de reunión de grandes intelectuales, filósofos, poetas y médicos del momento. Es por todo ello, y no sin motivo, que está integrada en la Red de Juderías de España. Para conocer la ciudad con más detalle, lo aconsejable es visitar el Museo Arqueológico y Etnológico de Lucena, ubicado en las instalaciones del Castillo del Moral, que nos dará las pautas para descubrir los valores de su magnífico conjunto histórico. Por otra parte, no debemos desdeñar su entorno paisajístico, que surte de unos vinos excepcionales, cobija una riqueza ornitológica de interés en sus numerosas lagunas y ensalza con orgullo que, en una de sus aldeas, Jauja, nació uno de los bandoleros románticos más afamados: José María ‘el tempranillo’.

De regreso y en ruta, como te quedarán suficientes ganas de disfrutar de la dorada luz de esta tierra, puedes acercarte a Puente Genil, tierra de un grande del flamenco, Fosforito, visitar la Villa Romana de Fuente Álamo, de espectaculares mosaicos, y degustar su exquisita carne de membrillo. Pero también puedes hacer una ‘enoparada’ en Morilles, la otra grande de la Denominación de Origen Vino Montilla-Moriles, o sorprenderte al descubrir, en lo más recóndito de la villa de Aguilar de la Frontera, su singular y barroca plaza ochavada.

 

Córdoba desde el Puente Romano

Cueva de los Murciélagos, Zuheros

Zuheros, vista general

Bodega de almazara, Baena
Iznájar, vista general
Montilla, su 'sierra'
Priego, Barrio de la Villa

martes, 3 de mayo de 2022

La cultura del agua en Baños de la Encina, artículo publicado por la Universidad alemana de Tübingen

The Culture of Water in a Mountain Environment. The Case of Baños de la Encina, Jaén: A View from Tourism (para bajar artículo, pulsa aquí y descarga pdf).

A partir de la página 145, un trabajo realizado junto con mi hijo José Fernando y de la mano del catedrático Francisco Contreras Cortés.



domingo, 1 de mayo de 2022

Huellas que se pierden en el abismo de la desmemoria. En colaboración con Francisco Miguel Merino Laguna

Para la mayoría de cronistas e historiadores, y como quien dice hasta hace tres días mal contados, acercarse a la memoria colectiva era asomarse al poder acomodado en su sentido más amplio, hurgar en su génesis, narrar su consolidación y describir la farfolla que lo adorna y enaltece, cuando no sus caprichos. Aunque pueda parecer que la situación ya no es la misma, en cierta manera se sigue considerando que el patrimonio, digamos con mayúscula, solo lo constituyen aquellos gigantes de piedra que rompen el perfil de nuestros pueblos y ciudades. Aunque también es cierto que esta opinión tiene cada vez menos defensores. A modo de ejemplo y para no distanciarnos mucho de nuestro terruño, al amparo y sombra de estos asuntos, en nuestra romería se cantaba y aún se recita que ‘Baños de la Encina (…) tiene tres joyas de arte que todo el mundo conoce, el castillo milenario, la iglesia de san Mateo y el camarín del santuario…’. Y mientras tanto, con total normalidad, los molinos arruinaban sus acequias y rodeznos, las eras perdían sus piedras y las fuentes ahogaban sus veneros.

Con el tiempo, que siempre corre en contra, mucho esfuerzo y dedicación constante, tras un sinfín de estudios, no pocas penurias y alguna lágrima, se dio por bueno que algunos de estos elementos etnográficos pasaran a considerarse patrimonio de todos, aunque muchos de ellos, piedra arriba o abajo, ya estaban casi en ruina. En cierta manera, y casi al mismo nivel que los grandes monumentos, estos bienes pasaron a formar parte de la idiosincrasia de las comunidades locales y de su memoria colectiva. Puestos a ello, en nuestros pagos se volvió a elevar un molino, se dignificó alguna fuente y lavó la cara a más de una casería. Otros ingenios, con menos suerte, siguieron desempedrándose. Pero, a fin de cuentas, puestos a ser críticos y escarbando en los asuntos ideológicos, ¿es que la mayoría de estos inmuebles —molinos, puentes, ventas o almazaras— no eran herramientas de aquellas élites?, ¿huellas de lo que mantenía a unos pocos en la cúspide de la pirámide social y económica? Las fuentes, los lavaderos…, ¡eso es otro cantar! Con total seguridad, estos elementos de la vida cotidiana no formaban parte del poder establecido en cada momento. Risas, canciones y juegos, fábulas y mitos… y hasta las normas que regían la espera de la vez para lavar o llenar el cántaro, esto nunca fue manifestación del ejercicio del poder. Por todo ello, si no somos capaces de identificar las marcas, las huellas que todo esto ha dejado, por muy nimias que puedan parecernos, nunca llegaremos a conocer realmente cómo fue una comunidad en el momento histórico que le tocó vivir. Tan solo nos quedaremos con las maneras que tenía el gobierno de turno de expresar el ejercicio de su mandato.

Así que, cansados de hurgar en las manifestaciones del poder, decidimos buscar en un vacío imposible: en los miedos, en los anhelos, en las creencias... Porque, como diría nuestro buen amigo Antonio Torres, qué sería de los bañuscos de cualquier época si no supiéramos reconocer el valor emocional que tienen algunas marcas y expresiones, como es el caso de una sencilla bellota manchada con un perfil que puede parecernos la figura de Nuestra Señora. Por supuesto, la cosa no es tan simple.

Al hilo de todo esto, y por no irnos muy atrás en el tiempo, los que llevamos algunos años peinando canas daremos por bueno que sería imposible comprender a nuestros mayores, y menos aún llegar a entenderlos como colectivo social, si no apreciamos su huella en aquellos paseos dominicales que tenían como escenario la Plaza, la Carretera o la Llaná. Y lo que aquellos encuentros representaban, aunque nos puedan parecer tan simples como lúdicos. Menos aún reconoceremos su huella si no los evocamos en todos y cada uno de los componentes que formaron parte de aquella memoria colectiva, la suya: la diminuta pastelería de Joaquina —que para los de nuestra edad fue la de Manuela—, el kiosco del Maga, el empedrado de la Carretera y el paseo terrizo de la Llaná, el Peñón Gordo, las ‘moreas’ y los viejos álamos –por entonces, las unas casi estacas y los otros frondosos-, los Jardinillos del Barranco o el cine de Columpios… y mucho paseo y pipas. Todo aquello, aunque pueda pensarse que son asuntos de poca importancia, forma parte de la memoria colectiva de una comunidad y de cómo se argumentó y construyó su Historia, la de nuestros mayores, los que vivieron y sufrieron la postguerra y en gran medida nos encarrilaron como país.

En la mayoría de las ocasiones no somos conscientes de que con cada negocio que se cierra y con cada sueño que se apaga, con cada empedrado que se levanta y se dispersa en barbecho, con cada árbol centenario que se tala y arde en la lumbre, con cada horno que huele a polvo y no a jara, con cada tanto…, se pierde un párrafo de memoria de la comunidad que lo redactó y se corta un hilo, uno más, de los muchos que nos unían con la historia de nuestros ancestros.

Huellas y más huellas que se pierden en el abismo de la desmemoria.

¿Y qué hay de la memoria colectiva construida por los que llegamos después? De los que, tutelados por una EGB cuyo recuerdo parece más anecdótico que norma educativa, hoy somos ejecutivos del periodo que nos toca. ¿Qué huellas quedan y dan indicio de los cimientos de nuestra niñez? Nadie comprendería nuestro arrojo sin entender que la manera cotidiana de dirimir las diferencias era una pelea a pedradas en la Llaná; que nos divertíamos aprendiendo a nadar en el abismo de los cabeceros de las Colmenillas o cogiendo ‘níos’ en los mechinales del castillo; o que nuestra mayor aventura, despreciando el riesgo, era subir el Cotanillo encaramados en el cascajoso pasquali de Juan Manuel ‘el de la Tonta’. La máquina, por su esperpéntica forma y abarrotada hasta las trancas con paja, en nada desmerecía a las más afamadas e históricas torres. Unas veces a la muy fotográfica torre de Pisa, por el mucho ángulo y doblez que mostraba la carga; pero en otras ocasiones la inclinación era tal que acababa como la de Babel, dando por tierra con la compostura.

No habría manera de entender nuestra camaradería sin conocer lo que era calcinar una candelaria antes de tiempo, que nos quemaran la del Corralón, o pasar una tarde de pipas, y con el tiempo litros, en la Cruz de las Azucenas. Tampoco habría forma de entender cómo somos si no se aprecian nuestras marcas en un baño con nocturnidad y voces en la alberca de Alfredo, en el hurto de un brazado de habas de la era de Lechuga o no se nos ve en las canteras del Santo Cristo con el agua hasta la cintura, en invierno y medio desnudos, atrapando cabezolones y tiros. Tampoco sabrían de nuestras raíces si no reconocen nuestros miedos en el silencio de la cueva de la Mona o cuando husmeábamos la presencia de la ‘Encantá’, un disparate de señora que enjuagaba sus pecados en las oscuras aguas del Pilarejo; o no aprecian como, durante horas, nos divertíamos dándole patadas a una pelota, cuando no a una lata, en la era de Vidalón o en la de Casa, o el ancho terrizo de la Vuelta la Pera. Pero, ¿alguien sabría cómo realmente fuimos si no reconoce que, posiblemente, aprendimos lo mismo en una mañana de liria en la Quijá que durante toda una semana en el colegio? La esfera de nuestra enseñanza también dejó sus huellas en una camá de olivas de la Campiñuela o en los caballones de la huerta Zambrana… y a la postre, por ceporros, nuestras marcas siempre se dictaban una tarde de verano bajo la parra de Patricio.

Definitivamente, nuestra memoria también se forjó en las cocinas, en la casa de nuestros mayores, en la escena de una chiquilla reprimida y sumisa que aprendía a coser… o en un beso perdido mientras esculpíamos un corazón, que sería eterno, en la dura roca del Peñón Gordo.

Y quizá, en una esfera menos sentimental, pero siempre nostálgica, qué decir de aquellos hitos, de aquellas marcas que identifican y dotan de memoria a nuestras calles. Valga de ejemplo. Conquista siempre fue Cestería, pero poco más conoceríamos del origen de este antiguo apelativo, que ya no es, si no lo viéramos refrendado en cada uno de los mojinetes de majar esparto que aún hoy salpican alguno de los casuchines de ripio, barro y cal que dibujan esta vieja calle. Porque esa y no otra era la industria que utilizaban sus pobladores, cesteros y canasteros, en su quehacer diario.

Y ahora, con el morral cargado de huellas y memoria, nos dejamos caer por caminos de herradura y sin documentar, por cañadas que no están en los papeles ni en los mapas cartográficos. Nos fuimos a hurgar en las raíces primeras, en nuestros argáricos, a encontrar cuando no adivinar las marcas de su memoria colectiva. ¡O qué demonios!, fuimos a documentar lo que pudiera ser un simple juego de niños, aunque en realidad querríamos que fuera una carta de amor a la tierra. Y allí estaban, siempre olvidadas, quebradas en cualquier rincón y roca de Valdeloshuertos, recitando juegos, risas, miedos, deseos, sueños…, pero también sus mitos.

Y rebuscando en el comienzo de nuestros tiempos, en la época de los primeros bañuscos, identificamos por doquier las marcas que ellos nos dejaron. Son huellas que debemos proteger, admirar y transmitir a los futuros habitantes y visitantes de nuestro hermoso pueblo. Debemos considerar que estas improntas tienen un nivel similar a la de los monumentos que tanto apreciamos y que ahora nos identifican, pues están a la altura de aquellos bienes culturales de los que cronistas e historiadores han vertido ríos de tinta.

Nos referimos a yacimientos como Peñalosa o el Fortín de Migaldías, enclaves arqueológicos que ya son parte del corazón de todo bañusco, un patrimonio que hoy es visitado y que atrae la admiración de los viajeros más exigentes. Pero hay otros muchos bienes que, siendo del pueblo, teniendo una entidad igual o mayor que aquellos, no están presentes en folletos promocionales ni en boca de los amantes del patrimonio y apenas son conocidos. Así ocurre con La Verónica, Peñón del Águila, Navamorquín, El Puntal o Salas de Galiarda, entre una infinidad.

En el término de Baños de la Encina, las primeras evidencias de existencia humana se encuentran en las terrazas fluviales del valle del río Rumblar (Galay, Santa Inés o Ángulo), datadas entre 100.000 y 30.000 años antes de nuestra era. En estos yacimientos tan antiguos no solemos encontrar huellas de los primeros bañuscos, pero sí sus herramientas de piedra, con las que nuestros antepasados más lejanos cazaban, recolectaban y preparaban los alimentos conseguidos.

En cambio, en tiempos más recientes, pero también muy antiguos, hace aproximadamente 6.000 años los ancestros nos dejaron su huella en lo más recóndito de nuestras sierras. Nos referimos a las pinturas rupestres que se conservan en el término municipal, como es el caso de Nava el Sach, Barranco del Bu, Canjorro de Peñarrubia, Selladores, Abrigo de las Jaras, El Rodriguero…, y otras tantas que enumerar y que aún no se han identificado. Como podemos apreciar, el municipio cuenta con un enorme arte parietal que nada tiene que envidiar a otros pueblos serranos y que, al contrario, rompiendo fronteras se suma al que aportan nuestros vecinos. Sin embargo, es un patrimonio bastante desconocido. La gran mayoría se encuentra en fincas privadas, herméticas, que dificultan su conocimiento y que nos identifiquemos con lo que simbolizan. Pero, estén donde estén, sean más o menos visibles, debemos vernos en ellas, en quienes las hicieron. Son las primeras huellas bañuscas y son patrimonio de todos.

Pero, al hilo de la capacidad inventiva del ser humano, de sus creencias y sueños, de sus mitos, recientemente se ha descubierto que las pinturas rupestres no son las únicas huellas que nos legaron nuestros ancestros más lejanos. Aunque muchas de estas marcas están en fase de estudio y no han sido publicadas, al menos a nivel local, su relevancia es tal que debemos detenernos, reflexionar e intentar comprenderlas. A diferencia de las pinturas rupestres, en este caso se trata de grabados en piedra que podrían tener una antigüedad aproximada de 4.000 años. Son muy variados en cuanto a tipos y formas y se encuentran dispersos por nuestro término municipal y áreas vecinas. Las más frecuentes son las cazoletas, pero no las únicas. Se trata de concavidades circulares modeladas en la roca, de diferentes tamaños, que van desde unos pocos centímetros a las de mayor envergadura, que podrían alcanzar el medio metro.

Estas cazoletas o insculturas suelen aparecer formando conjuntos, en ocasiones junto con acanaladuras y espirales, aunque también las hay aisladas. Algunas de estas agrupaciones se han encontrado en nuestro pueblo, en Baños de la Encina, formando alineaciones que giran en torno a estructuras rocosas, muy sencillas, que podrían asimilarse con santuarios o espacios de culto y posible vinculación con el astro solar. En otras circunstancias, las cazoletas parecen indicar un camino, una línea de protección o un limes simbólico y carácter sacro. En todo caso, es muy pronto para afirmaciones y se trata de especulaciones que habría que investigar con más detalle.

Desconocemos la utilidad real de las cazoletas, al respecto todo son conjeturas. Hay autores que piensan que podrían ser mapas astrales, mientras que otros defienden que serían marcas que identifican cañadas ganaderas ancestrales. Realmente, por la similitud con un recipiente, podrían utilizarse para contener algún tipo de líquido, quizá para ser prendido como luminaria. Pero esto no ocurre con todas. Muy contrariamente, la mayoría están talladas en rocas con cierta inclinación, incluso casi verticales, lo que impediría este cometido.

Como ocurre con los petroglifos de Burguillos, aunque aquí el soporte sea pizarra y en aquellos es arenisca, hay otra tipología de grabados que aparenta ciertas formas, que a su vez podemos dividir en dos tipos según el trazo: grueso y fino. Entre los de trazo grueso abundan los cruciformes (cruces) con multitud de variantes, conjuntos de espirales de distinto tamaño y formas humanas. De entre los grabados de trazo fino proliferan las cenefas, soliformes (soles) y rayados.

Como podemos apreciar, las huellas que nos dejaron nuestros antepasados, pretéritos o cercanos, son numerosas y diversas. Y todas nos cuentan cómo fuimos y cómo podemos llegar a ser. Es un patrimonio a conocer, interpretar, difundir… y siempre proteger. Es un legado que debemos dejar a las generaciones venideras para que puedan comprender la idiosincrasia de los bañuscos, aquello que nos hace diferentes y que es nuestra verdadera aportación a la Humanidad.

Cine de Columpios, parroquia de San Mateo al fondo. Cine de invierno y de verano en la Carretera

Taquillas del Cine López, o de Columpios, y antropomorfo cruciforme

viernes, 22 de abril de 2022

A vueltas con Patricio, con ilustración de Lourdes García de Salas

Aunque en ocasiones David vence a Goliat, la mayoría de las veces lo ordinario, lo pequeño que no insignificante, hiberna a la sombra del coloso sin levantar palabra. Enmudecido por la grandeza de su adversario, lo cotidiano calla esperando que llegue quien sepa leer en su silencio. Así ocurre en Baños de la Encina, donde, en los viejos arrabales de su magnífico castillo almohade, al rebufo de su espectacular camarín del Cristo, lejos de los vientos de su molino y a la vera de su monumental parroquia de San Mateo, duerme el barrio de la aldea vieja esperando a quién contar los misterios que atesoran sus piedras. Sí, pero también lo que ocultan sus paredes mal pergeñadas con barro y cal. Precipicio, Conquista, Fugitivos, Huérfanos, Cuidado… son apelativos que evocan mucha memoria y conforman una enrevesada madeja de callejas, trancos, ‘graas’ y casuchas, o al menos así nos puede parecer a primera vista. Si se mira con detalle y buen ojo, podremos desentrañar los secretos que con tanto recelo guarda este barrio. Un ventanuco oculto, el extraño volumen de un hilo de casas, un balate de proporciones descomunales o el grabado apenas perceptible, detalles que pueden parecer insignificantes nos permitirán desmadejar la verdadera historia de un pueblo embozado con un velo de magia.

A modo de báculo en que apoyarnos, quedamos con un viejo compañero en el mirador de Santa María, junto al castillo. Pese a lo intempestivo del día, la plazuela del Cueto se presenta hospitalaria, huele a tierra mojada y generosa. La atmósfera está limpia y la sensación es acogedora, como tarde cuando amaina la tormenta. El anciano, hombre de huerta y pocos excesos, nos observa con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. Le llaman Patricio. Algunos lo tienen por huraño y cenobita, otros lo consideran muy leído y hombre de costumbres austeras. Lo cierto es que el labriego es de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno de callar. En su papel de augur, se dice autodidacta y sabio que pocos comprenden. Días atrás, bajo un limonero de la plaza, me contaba que no hay mayor placer que dormir al raso, andar con calma y proceder pacientemente, charlar y discutir con Judas, su perro, ¡tan sencillo! O sentarse, como ahora, sin prisas y a la sombra, para escuchar el silencio y evaluar, con el atino que dan los años, aquellos detalles que nos pueden parecer insignificantes, pero que verdaderamente han marcado la ancha historia de un lugar anclado en la memoria. ‘Venga, vamos a patear un rato por el Camino del Ruedo’, me dice.

A levante del mirador de Santa María, por donde asoma una escalinata que amenaza con hundirnos en los infiernos, queda Precipicio, un despeñadero que nos introduce repentinamente en la más enigmática historia del lugar. Lo que hoy nos puede parecer una calle imposible, por la extrema pendiente que presenta, en realidad y en su día era un caño abierto que evacuaba las aguas del Cerro y minimizaba los daños de las lluvias, a veces torrenciales. Esta ‘calleja de agua’, como otras que seguirán su ejemplo según la trama urbana fuera creciendo y alejándose del otero del castillo, será la primera que se tiré de arriba a abajo con el fin de evitar riadas e inundaciones: Fugitivos, del Arroyo (ahora Mestanza y del Pilar), del Cuidado o Barranco evocan la amenaza que realmente impedían. Ahora, en un requiebro a la izquierda, giramos y nos dejamos llevar por el duende que emana del arrabalillo de la aldea vieja (segunda mitad siglo XV). Nos damos de bruces con un ovillo de apelativos sencillos, pero contundentes, menciones que se aferran a la dura cotidianidad de entonces y que recuerdan los primeros bocetos urbanos que se derramaron a la vera del castillo: Cestería, Huérfanos, Fugitivos, del Horno (ahora Madre de Dios), Eras o Trinidad. Lo que intuitivamente puede parecernos un laberinto viario de origen andalusí, no es tal, pero no por ello deja de ser menos enrevesado e interesante. Se trata de casuchines y casonas escalonadas interiormente, de fachadas minúsculas y portales angostos; habitáculos levantados con sillarejos y ripios, de adobe, madroña y cal, que flanquean calles sinuosas, pero a pie llano, estrechas y sombreadas, tiradas en paralelo a las líneas de nivel que dibuja el Cerro del Cueto.

Las viviendas, soleadas por el mediodía y ventiladas por el ábrego, están engarzadas a escarpas enormes, cortadas en talud y ocultas hoy tras la sombra de la modernidad. En cierta manera, recuerdan la urbanística escalonada de los poblados de la Edad del Bronce que se reparten por el entorno (4.000 años de antigüedad), cuando no sea que se sustenten sobre uno de ellos. En la vecindad, tienen especial protagonismo los enclaves argáricos de Peñalosa, junto al río, o del Cueto, en el interior del castillo.

En Cestería, un rincón acunado por la calma y el silencio, un gato de pelo brillante se relame con parsimonia y confianza. Los mojones de piedra utilizados para majar el esparto, para luego trenzar pleitas y cestas, salpican la calzada y justifican el apelativo de la calle. Aunque hay quienes, sopesando que la poca población de la aldea bajomedieval no daría para la existencia de un gremio consolidado, sugieren que la designación deriva de la presencia, quizá esporádica, de gentes en continua mudanza que eventualmente tendrían aquí su morada: gitanos canasteros —cesteros—, pues no en vano este oficio era uno de sus principales dedicaciones laborales. Por entonces, entrado el siglo XVI, esta gente llevaba algunas décadas viviendo en el Reino de Jaén, de lo que queda constancia en los ‘Hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo’ (1462).

Por la calle del Horno cortamos a Trinidad y abocamos junto al Torreón y Cerco de los Corvera, aunque quizá deberíamos llamarlos de Sánchez Carvajal, Señores de Tobaruela. Pero bueno, eso daría para otra charla entretenida. Por encima de la muralla, un paredón formado por sillares de cierto calado y buena talla, la torre de San Mateo asoma cortando el horizonte. El Cerco, más que defender la aldea intramuros, fue instrumento para el cobro de los arrendamientos ganaderos, o montazgos, y el portazgo, pues no en vano y en origen la plaza fue un gran espacio abierto y terrizo, más corral de contaduría de ovejas merinas y trashumantes que lugar de encuentro social. La situación sería cambiante según progresaba el siglo XVI y entraba el XVII. Cuando la agricultura y la gestión comercial de los caminos se hicieron un hueco en la comunidad bañusca, y se consolidaron como pilares económicos del lugar, el castillo comenzó a dar muestras de cierto abandono y los arrabales experimentaron un interesante proceso de consolidación y crecimiento demográfico. Y fue entonces que comenzaron a levantarse casonas de mayor entidad y presencia, como Escalante, Herrera Cárdenas, Pérez Caballero o Charidad, con fachadas de buena labra y cierto refinamiento, como podemos apreciar cuando paseamos por la Plazuela, Carretera, Trinidad y Eras. Domeñado por el silencio, el callejero susurra fábulas que se pierden en el origen de los tiempos.

De cuando en cuando y apoyados en el criterio de nuestro lazarillo, apreciamos como la roca de asperón emerge desde las mismas entrañas de la tierra. Es la misma piedra que da aliento a sus casonas, que deja entrever que la cantera de la que se extraía la materia prima se levanta ante nuestras mismas narices. Al hilo, nos comenta el silente que un paisano, Juan de Rica, cantero y picapedrero, fue responsable de la fábrica del mismísimo campanario de San Mateo. Siglos después, no habiendo mísero rincón con su nombre ni talla que lo recuerde, nos vemos en la obligación de hacer justo honor a su obra y memoria. 

Reanudamos la marcha bajando por la empinada cuesta de Trinidad. Flanqueados ahora por viejos molinos aceiteros, ingenios que exhiben con crudeza sus despojos, caminamos como si huyéramos del pueblo y de sus historias a entallarnos entre las costuras del Camino viejo de Castilla, también llamado del Muradal o de Andalucía, según desde donde se mire y nombre. Más allá, arranca la Vereda de Linares o Camino Vilches. Donde uno y otra calzada entran en nupcias, emerge un magnífico venero: el de la Vega, que cuenta con pozo y brocal de piedra, ‘babero’ pétreo de excelente fábrica y abrevaderos de arenisca y granito. Visto con cariño y buen aprecio, se trata de un conjunto etnográfico que podríamos entender casi monumental. Patricio invita a sentarnos y amarrar nuestras inquietudes, ya hemos fondeado en el Ruedo. ‘Desde aquí, en ciertas ocasiones, el pueblo parece un disparatado hormiguero, una barcaza sin timón. Es como si la vida se nos fuera en un suspiro’, me dice. ‘Desde aquí se aprecia todo tal y como es en verdad. Y nada es tan grande y de tanta enjundia como creemos entender’. Pasado un momento, lázaro enmudece y nos envuelve un apacible silencio.

Plaza Mayor, al fondo parroquia de San Mateo. Autora: Lourdes García de Salas