jueves, 31 de diciembre de 2020

¡Cuídate de la bonanza!

El día despertó plomizo y frío, acunado por una adolescente primavera. Y amaneció desnudo, apenas abrigado por un espeso velo de niebla.

Sin ser consciente de lo que realmente acontecía, comenzó a desperezarse una de aquellas mañanas en las que un chiquillo aprende a disfrutar con los pliegues más sencillos de su corta vida. Recluido entre las cuatro paredes de la estancia debido a las inclemencias atmosféricas, pero también por el manto protector de mis mayores, encaramado a una silla de anea, me entretenía en dibujar un encaje de aliento en el empañado cristal de la ventana. Desde aquel sencillo y privilegiado otero, descalzo y arropado por las ascuas del horno moruno que se consumían en la planta baja, observaba con cautela la danza con que los gorriones desmigaban los brotes de yerba en el callejón del chacho Laruta, picoteando aquí y allá, en cada uno de los zurcidos que ribeteaban el viejo empedrado. Su estridente trajín presagiaba que el día echaría el telón con tormenta.

Las horas se tejieron plácidamente, y con cada puntada se deshilachaba una costura de luz.

Volcada en sus retazos, mi abuela Pura, sentada en su silla baja y aprovechando el último hilo de luz del crepúsculo, se metía la tarde en un dedal. En su papel de matriarca, a intervalos más que calculados y pese a estar encallada en sus costuras, nos enhebraba una cantinela previsora, una salmodia hilvanada en los dobladillos más enraizados de sus ancestros:

—Venga, poneos el calzao y acercaros al brasero, —nos avisó por primera vez.

—Ca, ¡qué no! Venga, subid los pies a la tarima, —anunció en una segunda ocasión.

Irremediablemente, llegó una tercera y, previendo que nos iba a tener que amenazar alpargata en mano, se lo pensó con más calma y determinó vestir su mandato con buenos argumentos. Y entonces, metida de lleno en aquella urdimbre, nos relató una vieja historia, un hilo de memoria que hilvanó siendo aún chiquilla. De aquello hacía muchos años, cuando desmadejaba las entretelas de su infancia en el bastidor serrano de Doña Eva, una diminuta costura en el ancho pellejo de Sierra Morena. Allí, al calor de su hermana mayor, mi chacha Mariana, y su cuñado Bartolo bordaba sus primeras vivencias. El uno y la otra se complementaban a la perfección, pues la una era de poco cuerpo mientras el otro lo acaparaba todo; éste era hombre tranquilo, pausado, pero de enérgica voz, la otra era dinamita siempre a punto de estallar.

La abuela levantó la vista de su labor, chistó y llamó nuestra atención. Comenzó a relatarnos la trama acaecida en un lejano día, de hace tanto que ella lo recordaba como una borrosa maraña hilada con seda fina. Nos contó como en un instante, el cielo, fondeado en la quietud de la tarde, se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos rescoldos del hogar se desperezan y avivan bajo el soplo del fuelle. El paño de la tarde se calzó entonces de sombras y desplegó un manto negro, tan oscuro como la umbría que desagua en el río Pinto. Y llegó el crepúsculo. Cielo, tierra y arroyos eran de color ceniza, y lo eran las rozas y las rastrojeras, las parideras y las torrucas. Rancheros y pastores se vistieron de gris. El intenso frío sepultó cualquier recuerdo de la cándida primavera y el viento, que andaba en calma chicha, se rebeló en un instante. Se cerró entonces la noche más impenetrable, vino la lluvia, abundante, y la madrugada quedó hecha retales, rasgada por los quejidos de luz de una borrasca de las que desbarata cualquier plan premeditado.

En noches como aquélla, y viniendo el tiempo como venía, el chacho Bartolo tenía por costumbre aparejar una buena lumbre y acostar pronto el hato familiar porque no perdiese el calor, para que cuando llegase la tormenta eléctrica los cogiese guarecidos en el tinao y con las esparteñas en alto.

A tiro de piedra de la casa principal, por encima de la Cañá del Rastrojo, se elevaba un viejo y destartalado chozo de pizarra y monte, una achaparrada torruca fondeada junto a un redil empedrado. En un instante, aquel recóndito rincón del mundo quedó envuelto en la más oscura soledad, asaeteado una y mil veces por una trepidante multitud de aguijones eléctricos. En el interior, creyéndose protegidos de la noche y de las inclemencias meteorológicas, una cuadrilla de pastores dejaba pasar el temporal sin más luz que los rescoldos de lo que fue contundente lumbre de encina. Los unos, junto al hogar e imaginando ser caporales cuando no pasaban de zagales, desafiaban la tormenta tirando de baraja y bota; y otros dos, más temerosos de Dios y de sus advertencias, dormían en el catre colocando las alpargatas y su propia vida sobre la farfolla del colchón. Estando en aquellos trajines, mientras pastoreaban con vino los unos y sesteaban con temor los otros, un relámpago no tuvo otro alcance que partir la torruca en dos y dejar tiesos a los que, pies en tierra, se desgañitaban cantando por bastos.

Los supervivientes, desorientados y tiznados como jeta de churras, adormilados y sin llegar a saber por dónde les había entrado el lobo, salieron tan en desbandada que, de no haberse dado de morros con la casa grande, con seguridad hubieran hecho la vereda de un tirón y sin repostar en aprisco ni abrevadero. El chacho Bartolo, cogido tan de improviso como matanza en Cuaresma, los atendió y socorrió en la medida que pudo e inmediatamente dio aviso del siniestro a las autoridades.

Fue de esta manera, quizá algo anecdótica, como aquel trágico capítulo serrano se integró en el tejido familiar y pasó a formar parte de su memoria. Y así, en situación similar y venido el caso, mi abuela hacía uso de aquellas brasas de su niñez para argumentar la obligada prudencia que había de tenerse en materia de tormentas y temporales.

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Días atrás, cuando los protagonistas ya son memoria y ejemplo, superadas muchas lunas, tantas que la memoria es ya pavesa, templados por mil aguaceros, solaneras y temporales, cayó en mis manos la noticia de prensa del acontecimiento (ABC de 28 de abril de 1923). Y de esta manera tan rocambolesca, aquel viejo comunicado vino a dar certeza a lo que, siendo niños, nos parecía más cuento para amedrentar la imprudente juventud en tarde de borrasca que crónica real.





lunes, 28 de diciembre de 2020

Avaricia

Martín Esteban había sido cabrero, pastor  y tratante de lanas desde que se desenganchó de la teta de su madre, desde siempre, como lo fue su padre, lo fue su abuelo y con seguridad lo fue el primero de su estirpe. Y sin duda, algún pariente suyo iba en la tropa de Abraham cuando el patriarca movió su hato de ovejas por todas y cada una de las majadas del Creciente Fértil. De andares poco vacilantes y dormir un instante, como burro y a cabezás, era hombre de morder aquí y allá, como las hormigas, de juntar mucha plata, gastar ninguna y vender a su padre si era menester para obtener una miguica de ganancia.

Habiendo heredado un rebaño notable, en poco tiempo y por su mucho bullir, lo había doblado en número y camino llevaba de triplicarlo. Contrariamente, día con día menguaba en carnes y ganaba en harapos. Pues hete ahí que, en las cosas de gestionar su hacienda y dejándose llevar por los consejos de los que decían tener buenas entendederas y mejor apostolado, había cambiado el campo abierto y la ancha vereda por la pestilente estrechez de las cuadras, pastorear a la par que el ganado por darle metódica vuelta y grano contado, cantar coplas al viento y disfrutar soleándose por un bregar sin tino ni rumbo… y, pese a todo, consumido, abatido, se quejaba de andar sin cuartos y día con día se le resecaba el alma un poquito mientras hacía las mayores cábalas monetarias.

Cierta tarde, cuando volvía de darle una vuelta al hato que tenía en la Dehesilla, se paró un momento en el otero del Cueto, por confirmar desde la distancia la buena maniobraba del rebaño. Mientras andaba abstraído con su obligación, se le acercó uno del gremio, un tratante que conocía de vista, de alguna que otra feria de ganados en la que habían coincidido. Sin precisar mucho, le sonaba que el personaje era un tipo extraño, callado y ojeroso, muy dado a jugarse los cuartos y también los corderos. Según las malas lenguas, perdía en contadas ocasiones, pues se jactaba sin remordimiento de cierto pacto que tenía con los demonios.

—Buena tarde tenga, compadre —le espetó el tahúr.

            —¡Ehhh! —gruñó con desconfianza el cabrero previendo un posible engaño.

            —¿Qué?, ¿cómo va la hacienda?

            —Con pérdidas, ¡cómo va a ir!

El tratante, sabiendo que Martín no era de bastos ni dados, pero que, como buen pastor, tenía querencia por el juego de ‘los lobos’, una variante local del 'alquerque de doce', intentó sacarle la tajada por ese agujero.

            —¿No quieres ganarme unos cuartos? Ahí al lado, sobre las piedras del atrio de Santa María, hay tallado un tablero. ¿Nos apostamos unas pesetas? Mejor aún, ¿unos corderos? Sí ganas, te quedas los que ya tengo casi apalabrados con el matarife del matadero, para Navidades. Si pierdes, me quedo la majada que tienes pastando en la Dehesilla.

Enfrascado en sus falsas cavilaciones, el pastor, que tenía muy reconocida fama en estos lances, imaginó doblar el rebaño.

            —Tan solo una condición. Tú juegas con ‘lobos’ y yo con ‘ovejas’ y, si hacemos tablas, me pagas con las doce ovejas, pero de carne y hueso, y posponemos la partida una noche más. Y así hasta lograr el desempate, —aseveró Martín con cierto brillo de avaricia en los ojos.

El cabrero, muy habilidoso en este juego y creyendo haber engañado al fullero, y éste, dejándose llevar por intenciones ocultas, prolongaron el juego noche tras noche empatando en un carrusel sin fin. La ganancia de ovejas se hacía interminable y, con todo, el pastor nunca saciaba su avaricia. Llegó un momento en que parecía que Martín jugara solo y el divertimento se limitara a sumar y sumar corderos. Por fin, cierta noche oscura, dicen que por el solsticio de invierno, Martín intentó levantar la mirada del tablero, pero fue incapaz. Llevaba lunas atrapado en el interior de la piedra, envuelto tan solo por el terrible y negro hilo de su avaricia, y ya no jugaba contra adversario alguno. Quiso lanzar un grito de auxilio, pero de su garganta no salió sonido alguno.

Pasaron muchos lustros, aunque pareció que fueran siglos, y la capilla funeraria se desarmó piedra a piedra. Unas acabaron adornando una vieja huerta, la mayoría levantando una nueva edificación, la Casa del Pueblo, de algunas se perdió el rastro y unas pocas acabaron como sillares en las casonas colindantes de la Calle Santa María, entre ellas el viejo tablero de juego.

Y hay quien dice que en ciertas noches de invierno, cuando más largas y oscuras son, cuando el pueblo duerme en silencio y la escarcha tiñe de negro los pastos de la Dehesilla, al pasear por las calle se oye contar corderos: 12, 24, 36, 48...