sábado, 26 de febrero de 2022

Noches de agosto

Andábamos por el Peñón Gordo en una tarde noche revuelta, de cabañuelas en retornas, barruntando donde poner el hato y aún rememorando última hazaña, la de días atrás en noche con media luna. Como no teníamos mejor mula que aparejar, nos dio por acercarnos al cementerio y pavonear de audaces cuando no de esperpentos. Pues según dijo uno, siendo verano y habiendo tanto emigrante, para que los vacialacenas pudieran visitar el último asiento de sus difuntos, el Narro, con razón guardián de aquella hacienda, había dejado de par en par las puertas de tan silenciosa cortijá.

A la retranca, y con el rabo entre las patas, supimos que aquella afirmación tenía poco de cierto.

A la ida, ya puestos en verea y por aprovechar el viaje, cada cual cogió una sandia o un melón, según gusto y como le terció, de un huerto que se nos puso por delante. Y yendo ya cada uno con su correspondiente carga, doblamos la última curva para entallarnos en la rectilla que nos ponía por delante la Peñasca. Ya fuera por los tétricos comentarios derramados por el camino, ya fuera por la poca luna y luz o por las cimbreantes sombras de la arboleda, el que iba por delante no tuvo otra idea que inventar una farsa y vocear a plena voz que ‘a lo lejos, detrás de la reja, había visto pasearse un puñao de fantasmas’. ¡¡¡Espantá general!!! El último, no queriendo quedar de invitado y almuerzo de tan respetable concurrencia, con el fin de correr con más brío, no tuvo otra agudeza que tirar la presa vegetal hacia delante, por encima de las cabezas de los compadres. Y de tal suerte fue el lanzamiento, que la sandía cayó en mitad de los fugitivos haciéndose trizas. La compañía, creyendo que las ánimas les agarraban de los cataplines, se tiró cuerpo a tierra desportillándose más de uno contra los duros terrones de las camás.

Días después, estando otra vez de junta de rabadanes y por no liarla, como ocurrió la noche de marras, se tomó la determinación de inventar algún disparate, pero sin meternos en sembrao.

Como esa noche teníamos partía larga en el Peñón Gordo y nos pillaba a tiro de piedra el Pilarejo, a uno le dio por proponer si nos echábamos palante para verle la cara al espantajo de la Encantá. Otro, que muy ufano no sabía cómo alardear del novedoso reloj digital que colgaba de su muñeca, propuso bajar primero, saludar a la doña, dejar la máquina sobre el brocal del lavadero y regresar por las mismas. El siguiente, y al amparo de la luna, que ya era llena, bajaría a recogerlo. Uno tras otro haría otro tanto hasta que, finalmente, la joya regresara de cuerpo entero a su dueño. Y así se procedió.

Situado a media cabecera del barranco, en un lugar de umbría eterna y mucho chortalillo, emergía el Pilarejo, un viejo lavadero que por entonces ya contaba mucha ruina. De antiguo, se decía que con las primeras luces, cuando las mozas casaderas iban a hacer la colada, una señora vestida como la noche les tocaba en la espalda y pedía vez para la fila. Cuando éstas iban a contestar, dando nombre y número, el engendro desaparecía como en un encantamiento. En otras ocasiones, y desde detrás de una retama, se escuchaba su ronca voz susurrar lamentos. Quien tuvo la suerte en contra y observó la faz de la propietaria, afirma que vio una cara llena de llagas que era reflejo de inmensos dolores También se afirmaba, que a partir de ese momento su vida mudaba viéndose de inmediato rodeada de desgracias que no cesaban hasta la misma muerte de la visionaria. También se contaba que el peor momento se sufría al caer la noche más negra, cuando te cogía la oscuridad lavando: la luna enmudecía, se apagaba, y la mujer de turno no veía su semblante reflejado en el agua del pilar. Por el contrario, observaba la cara de una señora de gran belleza, que le alargaba la mano mientras le pedía, con cierto embrujo y mucho engaño, que la sustituyera en su eterno encierro. Por mucho que se negase, a la fuerza y con insistencia intentaba sumirla en las profundidades del venero.

Al comienzo, el asunto fue bien. Fueron bajando de uno en uno, todo el mundo callaba por la incertidumbre de lo que pudiera pasar. El silencio dominaba en el cónclave. Todo cambio cuando regresaron los primeros haciendo alardes de su arrojo, los murmullos comenzaron a inundar la escena, también las risas. A renglón seguido, cuando eran más los de vuelta que los que aún tenían que bajar, los bien venidos comenzaron a relatar historias de mucho meter miedo en el cuerpo, con el fin de amedrentar a los que quedaban por saludar a la doña. Finalmente, a uno se le hincharon las narices y dijo que no bajaba, que el reloj pa la Encantá. Y allí se quedó, en la penumbra del Pilarejo y dándole la hora al espantajo.

Hay quien dice, que desde entonces el fantoche no se guía ni por la luna ni por las estrellas, tampoco por la noche de San Juan, que ahora utiliza el reloj, que la pila era de mucha tralla. Y así le va, que ni asoma.


Fotografía: el Peñón Gordo y el chalé de mi tía Lidia, la 'francesa', desde un corral de la calle Mestanza. Autor: Antonio Moreno 'Miraves'

lunes, 14 de febrero de 2022

Sobre la Plaza y el Castillo

Por delante, tenía San Mateo un anchurón terrizo gestado al amparo y bajo la vigilancia de la torre del castillo, la Almena Gorda. Puede parecer que sus redondeadas formas, al menos las primigenias, tuvieran su origen en cosa de homenaje y poder, pero la cuestión iba por otro lado. En tiempos en que los avances bélicos traían nuevas maneras de guerrear, como el trebuchet, que se generalizó en los asedios de la vieja Europa durante el XIII, y reconociendo que el llano de la plaza era el único punto débil del castillo para el acercamiento de este tipo concreto de catapulta, no es extraño que se fortificara en redondo la torre almohade de levante, dando así cara a lo que luego sería plaza. En una trama urbana donde todo es cuestas y apreturas, no aciertas a saber si la iglesia ocupa y preside los pocos palmos de terreno llano de la vieja aldea de Vannos, o si este extenso accidente geográfico es artificio de la parroquial en un afán de ganar protagonismo en las cosas del Común. En todo caso, se eleva en las entrañas de la muralla que cercaba el núcleo bajomedieval, bastión que, más que defender el pago aldeano de intrusos y batalladores, era instrumento para dar cobijo a los ganados trashumantes y fiscalizar sus pagos. Localizada Santa María la Mayor junto a un gran espacio abierto, que más que plaza era corral de contaduría de merinas, y gestando en sus bajos a la única fuente intramuros, el Pilar, desempeña un papel principal en la gestión de los dineros obtenidos del arrendamiento de los pastos públicos a los pastores de la Serranía de Cuenca y el Señorío de Molina, pilar principal de la economía bañusca en los últimos estertores de la Edad Media.



miércoles, 9 de febrero de 2022

Antonio 'el Tuberista', en recuerdo

En dos traspiés nos pusimos en los canteros de la Cestería, arrimados al Laero, un quiñón en perenne barbecho salpicado de almendros y mustias alcaparreras, que se desliza por la solana del castillo. Desde lo hondo, más que verlo trastear en el otero escucho su retahíla de vituperios y salmodias.

Se trata de un tipo muy delgado, nervudo, arrugado a la fuerza de tanto pelear con la vida. De sempiterna garrota machacona, gorra descolorida y cazadora deslucida. Se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo, su voz de pregón le precedía en un afán constante por no quedar ajeno a las escenas que pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería, mirando de reojo a la Peñasca y clamando con la garrota en alto que no, que lo esperaran para más adelante. Y tronó mil nombres de los muchos que han penetrado en la fortaleza y de los cientos que vaticina que aún la han de visitar. Poco importaba que alguien lo oyera o no, cada mañana, cada tarde y casi cada noche su voz tenía obligada norma de rasgar la plácida atmósfera de Santa María.

Ahora, situados sobre la artificiosa meseta de Santa María, al exterior del recinto fortificado y en el vértice de poniente, escudriñamos al frente el vecino cerro del Gólgota por apreciar si en la solana hay vacas que aventuren lluvia. Se dice que los bichos barruntan los nublos antes que asomen por las lomas de Mosquila, ¡cosas de viejos! Era aquella una mañana de otoño gélida, que tuvo como preámbulo una oscura noche de agua. El café, hirviendo, me armó de valor para encauzar la empinada escalera y buscar sus monólogos. En nuestros encuentros poco lugar había para que uno diera opinión. Mucho escuchar, filtrar algún que otro chisme bondadoso, reírte de cualquier desvarío y aprender… y mucho. La garrota, como sus cuerdas vocales, en constante mudanza. Después de un saludo de rigor, —¿cómo están los chiquillos?—, nos varamos un instante estudiando el horizonte. Era una manera más o menos acordada de dejar claro los intereses del día: esa mañana no tenía tarea pendiente, así lo dejé entrever respondiendo con alguna barbaridad a los improperios sin sentido y huecas amenazas que seguía disparando.

En días como aquel, de agua y tierra removida, gustábamos de rodear el castillo por ver si nos topábamos con alguna moneda negruzca y de poco valor, alguna flecha oxidada o algún tiesto fuera de lugar que llamara la atención. La hacienda, como siempre, solía tener escasa recompensa. Viramos hacia el callejoncillo que lleva a la puerta del Castillo, el de Juan Pablo. De entre el murete de la diestra y el verde de los jazmines asoma una pequeña traza de calicanto, se la indico. Con seguridad, era parte integrante de una estructura defensiva, una entrada en codo, muy utilizada por la arquitectura militar almohade allá donde el foso de agua era argumento imposible. Por su parte, a modo de respuesta, en un pertinaz movimiento de la garrota señala violentamente un tramo de barro moteado de blanco, junto a la farola de la izquierda. —Un pingüe —me indica—, como si no conociera ya la cantinela. Una muela aislada y trozos de una posible rótula inculcan fe a los no creyentes de que la tumba, en su día, estuvo donde índica la punta del báculo. En unos pasos y amena charla nos plantamos junto a la puerta. A nuestra espalda, infiltrado entre la tapia que delimita los corrales de las casas vecinas, un nuevo testigo de tapial viene a ratificar la presencia del artificio codado, que no barbacana.

Como venía ocurriendo casi a diario, a media mañana un tropel de vociferantes escolares intenta colarse en avalancha para llenar de carreras las entrañas de la fortaleza. El caporal introduce el hierro en la cerradura, más ganzúa estrambótica que llave. Logra abrir el portalón no sin esfuerzo y alguna maña, la marabunta entra como una exhalación. Por su parte y de manera más que premeditada, el guía retrocede unos pasos mientras repica sobre el empedrado con el remache de hierro de su garrota y se detiene en firme junto a un panel interpretativo. Alza el cayado y lo dirige a las ruinas de Santa María, poco más que una cripta despedazada y un ábside aún más desvestido. —Socólogo, ¿qué barruntas tú de esto?—, espeta al viento sabiendo que estoy a sus espaldas.

— Otro día, —le digo.

Se toca ligeramente la gorra y apenas baja un ápice el ángulo de la visera. Doy por entendida la insinuación y damos por finado el cónclave.

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Decía el bueno de Juanito ‘Mariano’ que una tertulia sin vino y voces, ni era tertulia ni era . Con Antonio me di muchas voces, o él me las dio, y eché algunos vasillos de la ‘monja’, pocos, porque la ‘señora’ llegó sin avisar y casi se lo lleva ante el ‘jefe’… y los dejamos. En homenaje, amigo, a los buenos ratos de aprendizaje.