sábado, 14 de octubre de 2017

Pedro, Pilar, ¡gracias!

A uno le gustan los comentarios en las redes y una buena puntuación en booking, pero te encuentras esto en el revés de un callejero y se te cae un "lagrimón". ¡Gracias!

Posá la Cestería


miércoles, 11 de octubre de 2017

Hidropaisaje del río Torrente, Nigüelas

En la primera fotografía, el “partidor de aguas” del río Torrente, localizado en el término municipal de Nigüelas, en la zona noroccidental del macizo de Sierra nevada y a tiro de piedra de la turbera de Padul. En el lugar, por debajo del pantanillo, la Central Hidroeléctrica y el Molino Alto, las aguas se repartían -y reparten- para regar de manera ecuánime las tierras de labor y huerta de Nigüelas, Dúrcal, Acequias y Mondújar. Sus usos históricos también han sido otros, desde proporcionar agua potable a los vecinos (como ponen de manifiesto diversos aljibes del conjunto histórico) a mover industrias. De esta última utilidad es testigo fiel la excepcional almazara de Las Laerillas.

Patrimonios y paisajes como estos permiten conocer obligaciones, deberes, formas de moldear el paisaje, pero también responsabilidades, sociales, económicas e históricas.

Partidor de aguas inicial
 Atrojes y piedras del Molino de las Laerillas
 Molino hidráulico de la almazara
 Prensa de viga, en frío en en caliente, caldera
 Molino de las Laerillas, atrojes y obra en tabiyya
 Repartidor de aguas entre Nigüelas y Dúrcal
Acequía de Nigüelas

jueves, 14 de septiembre de 2017

... y al hilo de todo este revuelo

Andaba ya casi mediada la década de los felices años 20, cuando una avalancha de estudios y proyectos desembarcaron en el áspero pellejo de Sierra Morena, más concretamente en el término municipal de Baños de la Encina. En gran medida, arribaron al amparo de las ideas "regeneracionistas" propugnadas por Joaquín Costa en el tránsito de siglo, que encontraron en la Dictadura de Primo de Rivera cierto cobijo. 

Los hubo de variopinto carácter. Los unos, tendentes a la mejora y eficacia de las producciones agrícolas del valle, propugnaban interesantes trasvases de agua desde el río Guarrizas a la Campiñuela. Los más, vinculados a los postulados higienistas del momento, que preocupados por la falta de agua potable durante los meses de estío y por las muchas epidemias que parían, andaban a brazo partido en la búsqueda de nuevos y mejores manantiales que los hontanales del Barranco de Valdeloshuertos..

En esas y en 1924, el ingeniero militar Ángel Arbex evaluó los posibles veneros y el montante económico que supondría su adecuación para el consumo y la posterior conducción de aguas hasta la localidad. Cuatro fueron las opciones que  de barajaron antes de estudio de detalle:
- El Cerro del Navamorquín, del que preocupaba la posible toxicidad de las aguas debido a la alta presencia de filones mineros.
- El encuentro de la falla con Los Ruedos (que se abastecería del venero del Santo Cristo). Pobre en aguas, el coste de funcionamiento se encarecía debido a la necesidad de bombear el líquido elemento hasta la parte superior del pueblo.
- Un proyecto común con la ciudad de Linares, un trasvase de aguas desde el Río Grande, aguas arriba del Rumblar. Para ello se crearía un pantano en el lugar denominado El Puntal, al norte del poblado minero de El Centenillo (que finalmente sí llevaría a cabo la ciudad de Linares).
- Finalmente, la opción considerada como más eficaz fue la de traer las aguas del venero serrano de Gorgogil. Su bondad radicaba en sus buenas y abundantes aguas, aunque mayor caudal ofrecía el venero en la vertiente contraria, en Aguas Negras.

La opción elegida, la de Gorgogil, que fue ejecutada durante la segunda mitad de la década de los cincuenta (siglo XX), lo fue en la virtud de que las aguas vendrían sin esfuerzo por la propia pendiente.

“… A pesar de tener Baños de la Encina unos 3.200 habitantes y debido a su riqueza olivarera varias fábricas de aceite que consumen un caudal importante de agua no tiene abastecimiento de agua propiamente dicho. Unas casas se surten de pozos situados dentro de la población a pesar de ser estos de malas condiciones higiénicas y otros vecinos van a buscar el agua a fuentecillas situadas fuera  del pueblo, algunas a bastante distancia, y todas de caudal muy corto sobre todo en la época de estiaje."

E. Dupuy de Lomé, 1924.

Este suministro vendría a sustituir a las cuatro fuentes históricas que hasta entonces habían abastecido al pueblo: Cayetana, Pacheca, Socavón y Salsipuedes, todas ellas situadas en el Barranco de Valdeloshuertos, a relativa distancia y por debajo de la cota del pueblo. Paradigma de esas cosas casi imposibles, el proyecto fue dando tretas (dictadura, dictablanca, república…dictadura) para culminar su ejecución 30 años después.

Otros proyectos estaban vinculados a la mejora de las vías de comunicación, con el firme objetivo final de aumentar la eficacia de la explotación de los recursos económicos y potenciar una mayor diversificación de los usos del territorio serrano, hasta ese momento extremadamente dependiente de la actividad minera. Años atrás y enteramente unido a la minería, se contó con un proyecto para tender una línea de ferrocarril desde La Carolina a Puertollano, que recorrería todo el norte del término municipal circulando por Los Guindos y El Centenillo. Proyecto fallido.

En aquella algarabía, se redactó un nuevo proyecto que planteaba la construcción de dos pasarelas que salvarían los ríos Rumblar y Grande, mejorando el acceso entre la campiña, a través del pueblo de Baños, y la Sierra. Se utilizaba para ello dos de los caminos históricos que unían el Alto Guadalquivir con La Mancha: los del Hoyo de Mestanza y San Lorenzo de Calatrava. El objetivo final era mejorar las vías de comunicación, favorecer el poblamiento serrano, diversificar la economía agraria interior y optimizar la explotación económica serrana. En fin, hacer que un territorio dependiera en menor medida de un monopolio, por añadido finito.

“… Los tres ríos citados son vadeables por algunos sitios la mayor parte del año, pero aparte de los peligros, molestias e incidencias desagradables a que diariamente da lugar tenerlos que vadear, ocurre con bastante frecuencia que en pocas horas sobreviene crecida que imposibilita el paso e impide, o que los habitantes puedan ir a sus labores, o que si se encontraban en ellas puedan regresar a sus casas, sin dar un rodeo de 18 kilómetros."

Ángel Arbex, 1927.

Pero vinieron las “vacas flacas” del ’29 y el Estado, gestor de desequilibrios territoriales por naturaleza, entonces y ahora, eso sí siempre en busca de la mayor eficacia de las naciones, tomó la firme decisión de embalsar las aguas del río Rumblar para aumentar las posibilidades de riego del curso bajo del Rumblar, las vegas de Espeluy, Villanueva de la Reina y Andújar.

Como otras muchas grandes empresas de desarrollo local, el proyecto cayó bajo la apisonadora de una comprensión más global del territorio. En tierras de Baños, el Rumblar pasó de vía de comunicación que vertebraba el territorio a lámina de agua, a una barrera, que impedía el paso a uno y otro lado de la cuenca hídrica. Lentamente, la posible y visionaria diversificación económica serrana fracasó, el territorio mudó hasta convertirse en una ancha faja serrana con una extrema especialización cinegética y taurina, los pagos se “sembraron” de alambradas y se rompieron los caminos, la opacidad del territorio cabalgó de forma alarmante y el despoblamiento y la precariedad económica vinieron para quedarse.

Con seguridad, el embalse de la Cerrada de la Lóbrega acrecentó la producción de las vegas del bajo Rumblar. Pero, paralelamente, dio al traste con el desarrollo serrano creando una barrera hídrica cada vez más insalvable y un territorio hermético que acrecienta su opacidad a pasos agigantados, aún hoy, casi un siglo después.

Y pasados los muchos años, Baños de la Encina es tierra de viejos, de muchos viejos, alguno de ellos de piedra, que cuesta mucho mantener. Y cuando llegan las vacas flacas, que siempre llegan, en la vega, en los territorios que se llaman a si mismos prósperos de compararse con los otros, que entienden son torpes o perezosos, hay quién dice “y nosotros estamos obligados a mantener estos muertos”

… y quieren comer aparte.



jueves, 7 de septiembre de 2017

De tertulia

Y allí armaban buena tertulia, aunque andando el vino y metidos en finca ajena casi se llegaba a disputa. Defendía uno, más liberal, adalid de desentuertos, los derechos y fueros de los pueblos del norte, tierra de postín, gente de mucho bullir en negocios. Y abanderaba éste la bondad de los conciertos económicos que estas regiones habían firmado con el Gobierno en 1878. Y había otro que afirmaba que “habría de llegar el día en que aquellas provincias andarán por su cuenta, sin ir de la mano de nadie, a la par que Castilla, que son gente con cultura propia, singular, y lengua bien puesta”. El de la yegua alba, habiendo rodado según decía por medio mundo, que no era otro que a uno y otro lado de Sierra Morena, y desde la perspectiva que da saber de la mucha mudanza de las gentes, “aseguraba que cada pueblo, unos y otros, tiene su cerro grande, como tiene ombligo, al que no deja de mirar y tiene como referente, con sus leyendas y mitos, y que, cuando viene con montera, si ha de llover, pues llueve”. Seguía aseverando que “cada indio tiene sus trajines, unos más y otros menos, y que por eso no han de ser más ni mejor puestos los unos que los otros”. Y concluía juramentando que “lo que ocurría es que en estas tierras, las de por debajo de Despeñaperros, la queja siempre es con boca chica y para adentro, y así les iba”.

El de las cabras, entrando al trapo, apuntalaba con rotundidad que “si era por hablas o cultura, Españas hay ciento, un millón…, cada pueblo, cada casa, cada familia lo es. Que cada cual, en su hogar, llama al pan y aceite como bien le viene en gana o tiene por costumbre para que así se den por aludidos los inquilinos de la propia, que en la suya le llaman cucharro y ese no era motivo para ir desyuntado de la vecindad. Si ha de ser para mejor y todos por igual, que haya tres, cuatro o cien Españas; si es para que unos tengan la manija, como venía siendo, y vivir por desigual, ¡que revienten!”. “Bueno, bueno…” –añadió, echando un trago bien largo de la bota, como si el vino fuera a desaparecer de la faz de la tierra-, “reventar, reventar, lo haremos los de turno y como viene siendo norma cada vez que dobla a tiempo revuelto”.


viernes, 25 de agosto de 2017

La noria

No llegó a hoyar el suelo bajo sus posaderas cuando una gigantesca rueda de hierro reclamó su curiosidad. Aficionado ya a perderse en mil desatinos, se levantó presto, como hoja seca atizada por un tirón de viento, y se acercó a la industria. Se izó sobre el andén para poder asomarme a la raja que partía en dos mitades la mole de piedra, circular, fría y eterna; oscura e infinita se abría bajo los herrajes buscando la profundidad de los infiernos.

Un soplo de aire fresco y húmedo, repentino, o quizá dulce, arremetió contra su cara creando sensaciones encontradas. Desde siempre, con seguridad, le atrajo asomarme a la boca de estos anchos y destartalados pozos, oler a umbría y agua queda. Cuando escudriñó en sus entrañas, identificó aquella experiencia contradictoria con lo que debe ser una muerte plácida, sin dolor, como cuando la vida se escapa en silencio, lentamente, sin apenas dejarse notar; como cuando te abate el sueño y eres incapaz de no entregarte en los brazos de Morfeo. Buscó en la profundidad de las aguas el deseo de que hubiera vida al otro lado. La esperanza que algunos dicen hallar en un callejón de luz, él intentó escudriñarla en las negras aguas.

Salió bruscamente del trance, una rana que buscaba cobijo en lo hondo le trajo a la realidad, al bochorno que ya apretaba bien. Repentinamente, le llegó el sonido estridente, agudo, de una chicharra que aventuraba la cruda calima del verano, que dejaba intuir el momento en que la tierra se agosta completamente.



jueves, 24 de agosto de 2017

De postura (2)

Por estas calores y cuando chico, a los zagales que rondábamos el Corralón, un otero en ruina eterna, excelente cubil para ocultar los muchos inventos y las no menos trastás de la chiquillería, nos daba por echar las mañanas de sopor, y no aburrirnos, con trajines que hoy suenan a disparate.

Cuando el sol andaba por todo lo alto, Juan Manuel el de la Tonta doblaba la empinada calleja del Cotanillo cabalgando sobre su cascajoso pascuali, un alboroto de hierros y reventones de carburador, vehículo de un amarillo descolorido que avisaba con gran estruendo de su llegada. Y era Juan Manuel un señor hecho a la semejanza de aquel ingenio del demonio, de vozarrón fuerte, un estampido según horas, pero de un corazón tan grande que no desmerecía el trueno de la voz.

Después de cientos de traqueteos y dejando atrás la rastrojera del Pozo Nuevo y el rumor estridente de las chicharras, llegaba al pie de las cuadras inmerso en un frenesí, que más parecía baile de San Vito, y tal era que puestos los pies en tierra aún lo tenía unos momentos en vilo. La máquina, cargada hasta las trancas con alpacas de paja, por su esperpéntica forma en nada desmerecía a las más afamadas e históricas torres. Unas veces a la muy fotográfica Torre de Pisa, por el mucho ángulo y doblez que mostraba la carga, y no eran menos en las que la inclinación era tal que acababa como la de Babel, dando por tierra con la compostura.

El corral de las vacas tenía tomado un áspero y ancho solar de pizarra, pelado a fuerza de tanto orín y una perenne costra de mierda de vaca. Se retranqueaba por detrás de las cuadras y de una apretada y honda leñera, elevado unos metros sobre la calle y un escalón por debajo del Corralón. De viejo, tuvo que ser casona buena, en ruina desde siempre, como nos indicaba la pared de ripios de piedra, casi sillares, que se elevaba desde el Cotanillo. Del Corralón lo separaba una desportillada tapia de ladrillo cocido en los hornos del vecino Bailén y una escombrera en desuso y pendiente de vértigo.

Más que mediada la mañana y teniendo ya muy desbaratada la vaquería, puestas patas arriba y revoladas varias veces las gallinas, pateados en mil ocasiones los terrones de sal de piedra que dormían en cada uno de los pesebres… y teniendo más que sofocada a Isabel, la señora del susodicho, a aquellas horas la menuda chiquillería no tenía otro afán que esperar la estrepitosa llegada del anfitrión y su carga.

Con la solanera por frente, la faena que se tenía por delante consistía en subir al pajar, a golpe de carrucha, todas y cada una de las alpacas. En realidad, el trajín no agobiaba por el calor o por el trabajo, verdaderamente lo hacía por la caterva de picores que llevaba consigo cada uno de aquellos enormes haces de paja. En perfecta ordenanza y sabiendo de la función de cada uno de los intrigantes, la carga se iba repartiendo en el interior del pajar, a uno y otro lado del ventanuco que daba al exterior, como si de un manual y gigantesco tetris se tratara.

Con el privilegio de un umbral tan elevado y con disimulada calma, apreciábamos el goteo de señores que iba llegando a la casa grande con el castro bajo el brazo, un vinazo blanco y manchego. Como si la cosa no fuera con nosotros, nos ponía sobre aviso y apresurábamos la brega que nos traía.

La paliza, la calor y los picores mermaban su efecto con el juego y las ricias que le liábamos al mencionado Juan Manuel, ya fuera a la entrada o a la salida, con las vacas o con los huevos de las gallinas; por no decir de las mil y unas historias y peripecias que llegamos a enjaretar con el viejo pasquali, como aquélla de un día de marras, cuando lo estampamos sin frenos contra la destartalada y cochambrosa puerta de entrada, mientras jugábamos al escondite entre pesebres. Pero bueno, aunque fuera a robaguita y como el que no quiere la cosa, a modo de recompensa participábamos, o hacíamos cómo si así lo fuera, de una auténtica postura bañusca.

Cuando el bochorno aún no era extremo y la señora de la casa estaba en sus trece, que eran muy pocas las veces, la postura no llegaba a penetrar en la casa grande. En aquellas ocasiones y justificando que los compadres venían con la ropa de trabajo y la tierra de media campiñuela a cuestas, el cónclave tenía lugar en una habitación pequeña, a medio camino entre el corral de las vacas y la propia casa. Era un cuartucho polvoriento, en continua mudanza, donde se notaban en cierto modo los rigores del exterior pues, al no tener ventana, la luz, y los calores, penetraban por la puerta que quedaba entreabierta. De suelo a medio empedrar, cobijaba los mil y un útiles que el propietario utilizaba en las faenas cotidianas que tenía entre manos, ordenados en perfecto desconcierto según se dejaban de usar.

Por la derecha, comunicaba con una escalerilla que ascendía al piso alto, al altillo, una espectacular cámara donde aún se apreciaba la ramoniza de las olivas y el barro que fueron utilizados originalmente para techar la casona primera. El lugar alternaba aperos con cosechas más o menos menguadas, algún mueble viejo y quebrado con canastillas, canastas y canastones de indios, coches viejos, pistolas de plástico y espadas de madera, piezas de un Exin Castillo… y mil y una correrías del vástago de la familia, Juan. Por frente, daba el cuartucho directamente con la casa grande, con el segundo portal. Cuando el rigor de la canícula era extremo, como solía ser norma cada verano, la resistencia de Isabel era ineficaz y la postura campaba a sus anchas por la casa principal.

Toda la parafernalia de señores se iba situando al amparo del primer portal, en las escaleras que daban a salón bonito, el que se elevaba sobre el cuartucho del sótano, o sobre los escalones que subían al segundo portal, donde el relente de una casa vieja rebajaba las calores del trance, las del tiempo y las que producía el castro por muy fresquito que viniera. Una retahíla de gente de buen beber y excelente tertulia, que acababa siempre a voces, mermaba paulatinamente y sin pausa la alacena de la buena de Isabel entre broncas y aspavientos, entre camaradería y ofrecimientos sin dobleces: mi tío Dioni el de las cabras, José el municipal, mi chacho Laruta, Balbino, el Diablo, Goyico, un tipo único, Pedro Ponaire, Maquilera, el Abogao,… y un largo etcétera que a estas alturas y toda una vida después soy incapaz de recordar, que los años no pasan en balde y la memoria merma de forma inevitable.

Por momentos y a modo de maletilla espontáneo que saltara al ruedo, alguno de los intrigantes se colaba entre el barullo de señores y cazaba media berenjena ensartada con pimiento, cuatro chorchos secos, un puñaíllo  de aceitunas, un cuarto de tomate con orégano y sal…, que puntual y equitativamente dividíamos con el resto de la partía haciendo oídos sordos a las muchas voces sin daño del dueño y las risas y chistes de los contertulios. La conquista, por chica que fuera, y las muchas afrentas que nos hacían por meter la mano de manera inadecuada, llenaban de orgullo, con colmo, nuestra infante andadura por aquella etapa de desatinos.




sábado, 19 de agosto de 2017

Sobre Amargura, Desengaño y Cotanillo

Desde el Carril y porque no lo vieran más transeúntes de los que debieran, cogió por la Amargura, amago de calle buena y pendiente de espanto que se trazó con la bonanza que aún campaba un siglo antes, dando esquinazo a Mestanza y Cotanillo. Unos lustros después de su génesis, la vía fue cortada en perpendicular, a media cuesta, por la traviesa del Desengaño, como lo fueron sus aspiraciones económicas y la ilusoria prosperidad del momento. Era barrio de pecheros chicos y medianos, de grano y aceituna, crédulos hijos de la Ilustración, del trabajo y las creencias fisiocráticas, venidos a mucho menos por las guerras (y por los que de siempre con estas tragedias pescan en revuelto), el despotismo y unas esperanzadoras desamortizaciones que, antes de nacer, fenecieron bajo el egoísmo de agrimensores y subastadores públicos. El latifundismo irracional en nupcias con un caciquismo desgarrador y el rentismo de provincias avanzaban de forma irreversible.

Viejo camino de la ermita de Santa Olalla, la calle daba ahora cobijo a casas de piedra buena, con entrada a pie llano, sótano, cámara, cuadras y gallinero, pozo, estercolero y huerto, anchas estancias y varias alcobas. Dejando de lado la estrechez del Cotanillo...





Fotografía Cotanillo: José Pablo Morales Rodríguez

martes, 18 de julio de 2017

Sobre el cucharro de Alfarnate

Existía  la costumbre   entre los vecinos próximos al molino — hoy  casi imposible  de practicar en las modernas almazaras— de acudir por las mañanas con su rebanada de pan para tostarlo en la fogata de la caldera, untarlo con ajo y empaparlo después en aceite nuevo sumergiéndolo en una de las tinajas: eran los  apetitosos  y  nutritivos   “tostones” de aquellos tiempos. Las calorías  aportadas al organismo  por una de estas tostadas eran suficientes para que la persona estuviera  alimentada  durante todo el día, ocupada  en las duras faenas agrícolas,…

Tampoco  me olvido del   delicioso  y sencillo “hoyo de aceite” - “cucharro” en  el cercano Alfarnate y otros lugares—   que los niños pedían por las mañanas  al “maestro de molino”, y en ausencia de éste a sus madres, llenase su oquedad vaciada  de miga  con un chorreón del mismo hasta quedar el pan  empapado, y todo sazonado con una  pizca de sal  para que estuviera más sabroso…  El  “hoyo de aceite”  es uno de los más exquisitos y sanos  manjares de nuestra gastronomía andaluza - mejor  si lo acompañamos de  tomate y un pedazo de bacalao-,   que convendría no cayera en el olvido, relegado, como lo está siendo,  por la antinatural  e insana bollería tan rica  en el colesterol que nos sobra y obstruye nuestras  arterias desde la niñez.

http://www.mondron.es/22.html


Ermita de Santa Olalla

En el esquinazo norte del pueblo se erigían los hormazos mal pergeñados de la ermita de Santa Olalla, otrora elevada sobre el llano del Calvario Viejo, donde el Camino de San Lorenzo y el Cordel merino de Guarromán vienen a darse la mano y prosiguen como uno sólo hacia la villa vieja. Hay aún quien afirma que en su génesis y día fue torreón vigía, cuya función era, junto con la ermita de Santo Domingo, mediar entre la torre vieja del Santuario de la Virgen de la Encina y el mismo castillo. Con la desamortización del primer tercio, perdió capellanías y santero, derramó sus piedras por la cuerda y acabó en nada. Se dice que la imagen de la mártir emeritense tiene altar y devoción en casa de postín y que sus piedras buenas han acabado enderezando las esquinas de las casuchas y corralizas del entorno, mientras que los peores mampuestos y los ripios preñaron a la vera de la ruina una ancha era de pan trillar.

El Jacaero conocía bien el lugar por donde anduvo la ermita, pues no en vano vivió muchos años a su sombra y bajo la encomienda de su tío el Pelusa. El paraje, conocido con razón como Buenos Aires, ocupaba el punto de mayor altura del entorno siendo a juicio del Bermejillo la mejor posición para levantar un molino de viento al uso manchego. Y así, con decisión firme, se elevó con no pocos imprevistos y muchos dineros, pues la iglesia para la cosa de especular, aunque sea con escombros, es aventajada y sagaz. Y se erigió después el artilugio como si de una torre fuerte se tratara, con anchos muros, piedra arenisca de las canteras locales y tres pisos: el primero para bestias y carga, el segundo como almacén y el postrero, que era de adobes de barro colorao del Santo Cristo y mucho ventanuco para oler los vientos, para las faenas propias de la molienda. La industria hecha con madera fue comprada en la conquense Mota del Cuervo, que allí tienen mucha experiencia en como aparejar estos avíos; las enormes piedras, de granito gris y siguiendo los patrones de los empiedros y rulos utilizados en las caserías y almazaras, fueron obra de canteros y picapedreros del pueblo pedrocheño de Alcaracejos,que andaban más puestos en estos saberes.

No siendo suficiente razón tratar con el viento, andaban también indagando sobre molinos viejos o batanes, ya fuera en la Junta de los Ríos, a la sombra de Cerro Molinos y junto a la Picoza, en el río Grande; o ya fuera en el curso medio del Rumblar, por debajo de donde vierte aguas el arroyo de la Boquituerta. Así que, con estas componendas, decidieron visitar el segundo que decían andaba en ruinas más o menos decentes de enmendar.



domingo, 16 de julio de 2017

Amargura y Desengaño

Desde el Carril y porque no lo vieran más transeúntes de los que debieran, bajo por la Amargura dando esquinazo a Mestanza y Cotanillo, amago de calle buena y pendiente de espanto que se trazó con la bonanza que aún campaba un siglo antes. Unos lustros después la vía fue cortada en perpendicular, a media cuesta, por la traviesa del Desengaño, como lo fueron sus aspiraciones económicas y la ilusoria prosperidad. Era barrio de pecheros chicos y medianos, de grano y aceituna, crédulos hijos de la Ilustración, del trabajo y las creencias fisiocráticas, venidas a muchos menos por las guerras (y por los que siempre con estas tragedias pescan en revuelto), el despotismo y unas esperanzadoras desamortizaciones que, antes de nacer, fenecieron bajo el egoísmo de agrimensores y subastadores públicos. El latifundismo desgarrador y el rentismo de provincias avanzaban de forma irreversible.



miércoles, 12 de julio de 2017

Territorio, turismo y senderos temáticos: el caso de Baños de la Encina, Jaén

Mi última publicación en relación con el desarrollo de la práctica turística en Baños de la Encina (Jaén): http://uvadoc.uva.es/handle/10324/24334
"La segunda mitad del siglo XX fue para los municipios de la Sierra Morena de Jaén, y en general para todo el agro provincial, un periodo crítico que acarreó la total desaparición de las labores económicas tradicionales y, en gran medida, de la cultura material a ellas vinculada. Se modificó así, cuando no se arrasó, un paisaje cultural modelado durante siglos..."

El Cerro del Cueto desde Valdeloshuertos

La tierra se quebranta. A cada paso, según se avanza, se levanta bruscamente el polvo del camino, te envuelve, te reseca el aliento. La pesada atmósfera te aplasta contra el suelo, te agacha cuanto puede. El aceite de la jara, el ládano achicharrado, te viste de una calma chica, te envuelve de un aroma pesado, en un viento avaro, holgazán, que no hace ni un solo intento por desperezarse… chirría metálico el sonido de la chicharra, nos arropa un eterno ánimo de siesta.

Julio 2017


jueves, 6 de julio de 2017

Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris

Pie en tierra, la ajedrezada solería de la nave escenifica el complejo juego de la vida, donde el libre albedrío apuesta por colgar de un hilo la eternidad del alma. En los escaques blancos y negros se dirime la apuesta de cada uno.


Fotografía: Rafael Alarcón Sierra. Ermita del Santo Cristo del Llano, Baños de la Encina.

sábado, 1 de julio de 2017

Sobre los serranos

A la espalda del humilladero se elevaba un murete con tres hilás de piedra y remate redondeado, de sillares perfectamente labrados, que abierto de tramo en tramo a modo de acceso cercaba en redondo todo el conjunto de la ermita. En su interior y a modo de sacro preámbulo, un magnífico empedrado hacías las veces de lonja o pórtico del santuario, lugar destinado a diversas ceremonias, procesiones y romerías relacionadas con el Cristo aunque, como justa extensión de lo que era y daba de sí el entorno, acababa una y otra vez como corral de bestias y de cuando en cuando como apeadero de serranos. Y así era, siendo aquellos pastores, serranos trashumantes (de la Serranía de Cuenca y el Señorío de Molina), gente bronca y de poco gastar en lo que no fuera más que necesario, de cuando en cuando se veían en la obligación de pergeñarse pan, aceite, algo de vino, patatas o cualquier otro avituallamiento, y con ese motivo aunque sin mucha querencia, se acercaban al pueblo, más por el ayuno de vino y por saber del mundo que por socializar. Y por ahorrarse unos reales en cuestión de fonda, alargaban los chatos de la noche hasta donde les daban de sí o les dejaban, y hasta sus alcances intentaban unirlos con el vasillo de aguardiente, que algunos apodaban como alcarreño, y la sobá de aceite que, casi con la amanecida y en el horno, se abrochaban entre pecho y espalda. Escasas eran las veces que enlazaban lo uno con lo otro en noches tan largas y duras como las de aquellos inviernos, y se veían abocados a encontrar soluciones de urgencia. Así que, amagando de devotos y si encontraban la ermita abierta a horas tan imprudentes, intentaban dormir en suelo sagrado y de balde, a cubierto de cualquier inclemencia y esperando las primeras luces.


lunes, 26 de junio de 2017

El Carril de Mestanza

Eran las casuchas de piedra encalada, de un blanco que rayaba la pulcritud, achaparradas y más de una con techumbre amarrada con monte, sencillas y de obligada simetría, de aquéllas de compartir a la fuerza cuartos y portales entre varias familias. Y escoltaban a uno y otro lado el carril enlosado de cascajos pétreos hasta darse de bruces con la Cruz de las Azucenas, viejo humilladero y pórtico de la ermita. En el arranque del llano y a espaldas de la doble hilera de casuchines, en un desorden no concebido con voluntad propia, extensas corralizas remontaban apenas un metro sobre el terrazo elevando bardales con muros de piedra oscura, ripios que habían sobrado de las faenas realizadas muchos lustros atrás en las canteras. En su interior, los cortados, medio quiñón medio cabrerizas de ganado, daban cobijo según año a siembras de habas y chorchos, a mulos, burros y bueyes, mucha cabra y alguna vaca, la de menos, y aquí y allá poca cuadra y mucha paridera, algún pajar, numerosos estercoleros y unos cuantos chamizos negros que apenas vestían para romper el horizonte.

Fotografía del Carril de postguerra, propiedad de Plácida Álvarez y compartida en facebook.

domingo, 25 de junio de 2017

La recortá

Con inclemencias tan duras como éstas y noche tras noche, Juana, que llamaban la recortá por su escasa altura y volumen, hacía honor a su apodo intentando dormir encogida, como si poca cosa fuera, bajo la bóveda inferior del Camarín del Cristo, junto a la boca del aljibe que éste cobijaba en sus entrañas. Más amodorrada que durmiendo, por la mañana aseguraba tener siempre los pies en alto no fuera a fulminarla un rayo.

Era el cubil estrecho y a la sazón húmedo, de paredes poco elevadas y bóveda apretada contra el solar. Sostén del propio camarín y cimiento de la cruz del Cristo, ocupaba lo más hondo de aquel macizo torreón que, a modo de bandera, ondeaba en la cima del caballete una enorme veleta. Según opinaba la recortá, aquel amasijo de hierro tenía encomendada como protectora función la de hacer de pararrayos. Todo aquél que sabía de ella, la recordaba desde siempre como santera y mujer responsable de sus funciones, nacida en el tajo e hija y nieta de santeras. Pero en noches de trajín eléctrico como lo era ésta, pese a todo su afán y querencia por lo que custodiaba, todo le traía al pairo,… incluido su buen consorte que nunca llegaba con hora.

Y era Horacico cojo y marido de la susodicha, hombre de huerta que ejecutaba las faenas de venta a domicilio cada tarde, siempre de reata con su Verea, una pollina deslomada y dócil. El nombre del animal no era casual y parecía más puesto por Juana que por el compañero de ronda de la borrica, pues noche sí y noche también guiaba al propietario de vuelta a la ermita en situación poco decorosa. Y en tardes como aquélla Horacico, justificándose en las inclemencias del tiempo y la obligada necesidad de no mojarse por su poca salud, echaba cerrojo a todas y cada una de las tabernas del pueblo. Evitando así calarse por fuera, acababa empapado por dentro.

Fotografía: "la encantá", sotocoro de la Ermita del Santo Cristo, Baños de la Encina. Autor: mi buen amigo Antonio Alarcón Ramírez

miércoles, 10 de mayo de 2017

Sobre cachurros, cachuchos... y cucharros

Es la palabra la piedra que cobija
y el torbellino de aguas que abre barrancos,
es el fuego que arrasa
y el viento que todo muda

En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la temprana muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días a los chiquillos de la casa materna. Fue por entonces, cuando en el altillo de mi tía Rafaela una ancha canasta cubierta de polvo me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los iniciáticos cuentos y novelas del oeste que aparecieron en la cámara, le sucedieron escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de la oculta y pequeña biblioteca que se abría hueco en el despacho de la directora del colegio, doña Anita. “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, que me encarriló por el insaciable mundo de la lectura. Fueron años difíciles para las letras, en los que el libro era una herramienta extraña, un intruso, en pueblos pequeños y de economía precaria como lo era éste, donde la abstinencia escolar era norma casi obligada para los infantes.

Por entonces, con la familia errática por la pérdida de la madre y con la tragedia como trasfondo diario, mi padre y abuelas contaron en esto de tirar para adelante con el apoyo de chachas y tías. Aquello me permitió vagar libremente y sin cortapisas por las casas de todo aquél con un poco de parentesco, lo que era excusa suficiente para olisquear por los rincones y encontrar cualquier escrito que devorar, fuera novela de pistoleros, folletín romántico, vieja revista o periódico descolorido. De aquello, se intensificaron mis correrías por el Santo Cristo, al amparo de la ermita y sus eucaliptos, junto al solar paterno... y se hizo una constante merendar en casa ajena. De aquellos días, llevo en la mochila del recuerdo los bocadillos de tortilla francesa con la yema a medio hacer, que me pergeñaban mi chacha Mariana o mi tía Leonor en aquella cocina blanca inmaculada, de baldosines y sin chimenea. También rememoro la extrañeza por los pucheros a media mañana que guisaba mi tía Ana; aunque en el hato de la memoria tienen una presencia especial los cucharrillos con aceite y polvo de colacao que, de tarde en tarde y con mi primo Dioni, engullíamos en la casa de mi chacha Ana María y mi tía Rafaela.

Por aquellos días el nombre de tan socorrida vianda, cucharro, me sonó extraño, fuerte,… como muy primitivo.

Años más tarde, en el curso de una clase de “lengua” que impartía doña Paqui, maestra que aprecié y que fue mi tutora de sexto, relacionaría arbitrariamente el vocablo con las lenguas de origen prerromano. Pensé sin argumento, que quizá tendría vínculo con aquel euskera que muchos años después intenté aprender mediante un curso televisivo, aunque fuera sin suerte por falta de contertulio. La profesora, además de sentar uno de los principales pilares que haría de mí un eterno aprendiz de historia, consiguió que relacionara todo ese bagaje lingüístico anterior a Roma, quizá sólo por similitud fonética, con una palabra que me era muy familiar: nuestro término “cucharro”.

No debió pasar mucho tiempo, pues eran los años que mi padre tuvo suscripción en el periódico provincial por cosas de fútbol, cuando leí un pequeño artículo de nuestro muy emérito cronista, D. Juan Muñoz – Cobo, padrino de todos los que después nos ha gustado bucear en la historia local. Creo recordar que en dicho texto y con motivo de la cercana Feria de Mayo, hacía una propuesta sobre el origen remoto de este atractivo y singular vocablo gastronómico. Si la memoria no anda con pérdidas, pues ya no está en mis manos aquel artículo que como argumentaba pudo ser editado en una columna de cultura del Diario Jaén, vinculaba la génesis del apelativo, debido a su forma barquiforme, con la presencia fenicia en nuestro territorio, más concretamente en las Salas Galiarda, fortificación que por entonces se consideraba vinculada a esta civilización. Encontraba así en el carácter marinero de este pueblo del Mediterráneo Oriental, también en su capacidad de penetrar en el interior de la península en un afán de comerciar con los productores de metal, el origen de tan significado vocablo.

Mucho tiempo después, ojeando el número 162, año 1996, del Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, tuve la dicha de toparme con un artículo denominado “Una curiosidad lingüística: sobre el posible origen de la palabra cachurro” de José Santiago Haro, por entonces profesor del instituto San Juan de la Cruz de Úbeda. El autor realizó un estudio donde intentaba sin cerrar en firme, hallar el “étimon latino”, es decir, el origen etimológico de esta palabra que, como la nuestra, podemos resumir que viene a significar “hoyo de pan con aceite”.

El profesor, que por sus escritos parece originario de Lopera, aprecia en su investigación que la palabra cachurro es utilizada en un área muy localizada de la provincia de Jaén: su pueblo, Lopera, el vecino Marmolejo y el cercano Fuerte del Rey; en todos ellos su significación es idéntica: canto u hoyo de pan con aceite o miel. Asimismo, constata que en nuestro municipio, Baños de la Encina, el mismo contenido semántico es patrimonio de la palabra cucharro, que él entiende que es una variación por metátesis recíproca del término cachurro; es decir, dos sonidos del mismo vocablo, pronunciado éste en lugares geográficos diferentes, acaban por intercambiar su lugar en la palabra en la que están presentes.

Siguiendo al profesor Santiago Haro, argumenta que este término de la Campiña Sur de Jaén deriva de uno anterior, cachucho, pues éste segundo tiene una mayor dispersión geográfica y un contenido semántico mucho más amplio (pozo, hoyo). Resumiendo, cachurro derivaría de una palabra con un contenido territorial y semántico más genérico, cachucho, y vendría a nombrar lo que entienden por aquellas tierras como un hoyo o coscurro (matiz despectivo) de pan con aceite. El problema surge cuando profundiza en la búsqueda de su origen etimológico con el fin de encontrar el étimon latino de procedencia. El propio Santiago reconoce que duda de todas las posibles opciones, aunque se inclina sin convencimiento por una de ellas:

Cacculus (étimon latino)>cach>cachucho>cachurro>cucharro.

Llegados a este estado de la cuestión, en nuestros pagos y tirando del Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acepción considera cucharro como “Un pedazo de tablón cortado irregularmente que sirve para entablar algunos sitios de las embarcaciones”. De un sentido similar, subrayando la acepción marítima, participan el Diccionario Marítimo Español y Diccionario del Uso del Español de María Moliner.

Metidos ya en faena, poniendo en duda parte de las teorías de Santiago y tirando del uso popular del vocablo, investigué la posibilidad que existiera una mayor dispersión geográfica de nuestro término y que, por ello, tuviera un número más elevado de acepciones semánticas. ¡Eureka!, cucharro es una palabra que está presente en todo el sur peninsular y en gran parte de la Meseta Norte.

Así, en Talavera la Vieja (Cáceres), cucharro es “doblar la lengua haciendo canalillo para mamar”, en Cobos de Segovia indica un tipo específico de punta de trompo que da nombre a la propia peonza, mientras que en Bonillo (Huelva) es una calle principal del recorrido procesional de Semana Santa. En Navalucillos (Toledo) se trata de un mote muy popular, pero en La Puebla de los Infantes (Sevilla) el vocablo se presta para dar gentilicio a sus habitantes.

Sin embargo, el significado con mayor presencia y difusión territorial tiene relación con una forma abarquillada que casi siempre, salvando excepciones que se mencionan, es utilizada para contener alimentos. En este sentido, en la localidad de Feria y en casi todos los pueblos rayanos con Portugal (Badajoz), llaman cucharro a una pila o artesilla móvil para lavar (la excepción que se subrayaba más arriba), de madera o corcho, que dicen “se trata de un recipiente hoy arrumbado en el cobertizo de los cacharros inservibles pero antaño muy utilizado por nuestras abuelas para lavar la colada”. Por su parte, en Albaida de Aljarafe (Sevilla) se hace coincidir con el vocablo talega, entendida ésta como la comida que se consume durante las faenas en el campo. Sin embargo, el valor semántico que más me llamó la atención es cuando se denomina cucharro al instrumento de corcho que se obtiene de la horquilla y nudos del alcornoque. Unas veces es utilizada como fuente donde come el grupo, familiar o de amigos (Aznalcóllar), y las mayoría de las ocasiones es útil para beber de las fuentes públicas, como así ocurre en la Sierra de Aracena. Llegados hasta aquí, no falta lugar geográfico donde desempeñe la función de dornajo para uno o dos cerdos, como ocurre en Mérida.

Como podemos apreciar, y como ya decíamos, en un primer nivel semántico y en la mayoría de los casos el término cucharro se  identifica con un recipiente más o menos abarquillado que casi siempre es de corcho, a modo de una ruda cuchara que es utilizada para contener líquidos y sopeaos. Si avanzamos un salto semántico y pasamos a un segundo nivel, el vocablo originario, por similitud en la forma, ha pasado también a denominar otros contenidos semánticos diferentes a los originales, como ocurre con el casco de un barco, una pila para lavar o un canto de pan con aceite. O telera, que dirían los cordobeses que cada año por aceituna llegaba a Santa Amalia, al corazón de nuestra sierra, y que a grito pelado y voceando telera recibían a la C-15 y a un servidor nada más coronar la Cuesta de las Chinas.

Y así es, nuestro cucharro ya no es un recipiente abarquillado de corcho, madera o barro, se ha transformado en una esquina de pan, eso sí abarquillada (aunque con el tiempo llegue a utilizarse un moño o, como ocurre hoy en día, se haga uso de una barra o un bollo), que contiene un líquido, más o menos espeso; en nuestro caso aceite con sal (o azúcar, o colacao), el churre de un tomate y unos acompañantes contundentes: aceitunas, bacalao, cebolleta y hasta melón. ¡Cuál ha sido nuestra sorpresa cuando, durante el trabajo de investigación, nos ha aparecido el término y la misma acepción en un municipio cercano, Linares (Jaén)! Así nos lo confirma Juan Vicente Acosta, profesor jubilado de SAFA, que ha dedicado parte de su vida a recopilar frases y términos que oyó en su niñez y juventud por la casas y calles de Linares. En uno de sus escritos nos narra con cierta nostalgia “(…) de un tiempo en el que los chavales se comían un cucharro antes de ir al colegio, aunque para ir a comerse unos (…)”.

Ya andado el camino y conociendo que el nombre de nuestro cucharro deriva de un recipiente que contiene líquidos y “sopeaos”, ¿cuál puede ser el étimon primero del que deriva?

Pues vamos a tomar como punto de partida el origen etimológico de una palabra clave perteneciente a la misma familia que cucharro: cuchara. En este sentido, todos los estudiosos en la materia aceptan de manera unánime que el término latino del que procede es cochlea>cuchara (cuchara pequeña en latín). Con estos supuestos, sí consideramos la raíz ya castellana, es decir cuch-ara, dando por bueno como se decía más arriba su evolución del término latino cochlea, al añadirle el sufijo prerromano con connotación despectiva “arro/urro” obtenemos el vocablo que nos trae en faena: cuch-arro . Literalmente, su significado vendría a ser “cuchara ruda, tosca o rústica”, en total consonancia con el primer nivel semántico que venimos considerando, ¿o qué otra cosa es el artilugio de corcho que se cuelga en las fuentes de la Sierra de Aracena para que las gentes beban agua?

Queda una última pregunta que aún nos debemos hacer y que tiene como cimientos la dispersión territorial del término cucharro, ¿cuál es el origen geográfico del vocablo?, ¿cómo llega hasta nuestros pagos?
Aunque hemos anotado una gran dispersión geográfica del término (que es aún muy superior a la que se ha dejado expresada en este texto), podemos subrayar que, obviando su presencia puntual en las provincias de Almería, Navarra y País Vasco, la mayor comparecencia del vocablo se sitúa en Extremadura y la Sierra Norte de Huelva, siendo puntualmente numerosa pero suficientemente reveladora en sierras aledañas, como Montes de Toledo, la Siberia extremeña, las sierras del norte de Sevilla y Aljarafe y nuestro macizo mariánico hasta Jaén. Este hecho nos podría poner en relación la dispersión del término con el fenómeno repoblador llevado a cabo por leoneses, gallegos y castellanos durante la baja Edad Media y según avanzaba el frente de conquista peninsular.

En este estado de la cuestión, interpretamos que nuestro cucharro pudo llegar a los pagos del Rumblar a lo largo de los siglos XIII-XIV y de la mano de los repobladores castellanos. La vecindad del castillo, como así nos cuenta un censo de comienzos del siglo XV, estaba formada por lanceros y saeteros, de los que un número muy reducido se dedicaba también a otros menesteres: pastores de merino, colmeneros y herreros,… del grano, legumbres, sal, vino y aceite les abastecía la corona. Con aquella gente, definitivamente asentada en las estribaciones de la Sierra de Burgalimar y a causa de una dieta donde tenían principal protagonismo pan, aceite y miel, se afincó en nuestra tierra el hoyo, canto, joyo, talega, cachurro,… de pan, que era nombrado en el Castillo Baños, y quizá también en el vecino de Linares, mediante un vocablo tan significativo, tan primitivo, como es cucharro. No llegó solo, hay otros términos, todos originarios del castellano viejo, que se asentaron por el vecindario dando nombre a los hitos orográficos que salpican nuestra tierra: Navamorquina, Serna o Cueto.

Estos párrafos tienen el deseo de aportar soluciones, al menos provisionales, a la vieja inquietud de un mozalbete que deseó aprender de la Historia.






viernes, 28 de abril de 2017

Viernes

Según me contaron, nací una tarde noche de viernes, mientras mi padre bullía de línea en línea acercándose al corazón de Barcelona, camino de endoblar y con una larga madrugada por delante.

Y crecí de viernes en viernes, amarrado a la esquina de una ancha mesa de pino. Allí, por necesidad de la edad y elevado sobre un pequeño cajón de pan, de un amarillo desvaído, devoraba cuentos y novelas de pistoleros mientras esperaba órdenes de mis mayores. Y en aquel rincón apagado se fueron sucediendo las noches, y me hice perpetuo y pasé desapercibido, como el ancho machón encalado que me amparaba y la pesada y vetusta máquina de pesar los bollos que día con día se oxidaba un poco más.

Junto a la esquina, cada noche, desfilaron unos y otros, algunos para un rato, otros se quedaron plantados por un tiempo. Pasaron fantasmas, unos de capa y espada, otros que voceaban a la mínima y los menos de sábana en largo.

Mis primeros viernes, apenas daba por zanjada la escuela, me faltaban pies para bajar de grá en grá la Mestanza, llegar al Cotanillo y dormir apenas unas horas, y me desperezaba con aquellos simpáticos “Barbapapá” de entonces. El tiempo, que todo muda y a  veces sepulta, y las modernidades tecnológicas fueron retrasando el momento de arrancar en el tajo, y así en un traspiés de viernes me levanté con la nueva y triste noticia de la muerte de Rodríguez de la Fuente; y en otro tropezón y con el hacer de las hormonas, disparate tendió un puente entre formación y obligación.

Para la historia, viernes era el día de la diosa Venus, para mis días era arrancar un fin de semana de asueto, que viene a ser lo mismo. Pero a mí el viernes me puso por delante un espejo donde siempre me he mirado y una responsabilidad temprana, quizá demasiado. Compartí ratos en aquellas noches de viernes con otros que quisieron atarse en aquel rincón de la mesa, como Pedro Cámara, Antonio Chaparro,… y el Nani, con quién eché buenos viernes y con quién mudé, momentáneamente, letras por baraja.

Y recuerdo noches encendidas, la tahona apagada y sólo el flamear de la débil llama de dos o tres velones. Y recuerdo estar de manos cruzadas y el chirriar de un denso pero apacible silencio.

A media madrugada de viernes, puesta en orden la primera tanda de panes y barras, bollos, tortas y magdalenas, estaba autorizado a unas horas de descanso. Evitaba entonces mi cama, buscaba la protección de la alcoba de mi padre, de su ancha cama, y allí, rodeado de su olor y con el frío roce de sus sábanas, me dormía arrugado y al cobijo de una almohada doblada a modo de media luna, que me parecía gigantesca, y me engullía en el mundo de los sueños.


domingo, 23 de abril de 2017

Merodeando (y recordando ratos) por Peñalosa

Estando por entonces ajenos a estas cosas de las piedras y su historia, no dimos con evidencia alguna que no fuera pizarras, algún casquijo y mucho desaliento, varias trincheras que certificaban la oculta existencia de unas ruinas y una gran peña cortada; un gigantesco pizarrón salpicado de charrabascas, algún piruétano y mucho monte, un peñasco cortado en vertical y coronado por un nido de búho real, escenario de otros días y otros disparates.


Un domingo entre tostadas y al hilo de las cosas de leer

En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la temprana muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días a los chiquillos de la casa materna. Fue por entonces, cuando en el altillo de mi tía Rafaela una ancha canasta cubierta de polvo me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los iniciáticos cuentos y novelas del oeste que aparecieron en la cámara, le sucedieron escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de la oculta y pequeña biblioteca que se abría hueco en el despacho con la directora del colegio, doña Anita. “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, que me encarriló por el inexplicable mundo de la lectura. Fueron años difíciles para las letras, en los que el libro era una herramienta extraña, un intruso, en pueblos pequeños y de economía precaria, como lo era éste, donde la abstinencia escolar era norma obligada para los infantes.

Y el tiempo, que es mudanza sin traba, trajo inquietudes por leer y saber, ansiedad por disfrutar con las letras y de dar forma a un inescrutable mundo interior que sigo sin desentrañar. Y mis calles comenzaron a recitarme letras que multiplicaban su eco en cada una de las esquinas de este pueblo de Sierra Morena.

Versos cantados en el arrabal del Cueto y en la Cestería, el barrio viejo de la aldea, aquél que se derramó a la vera de la fortaleza en las postrimerías del siglo XV. Calles a pie llano, abiertas a levante y con el tiempo encorsetadas entre casuchines en pendiente levantados con ripios, barro y tapial.

Letras rimadas en el vado de la Plaza Mayor, donde los pecheros locales elevaron la Casa Consistorial y la iglesia gótica, vistiendo de gala las mejores casonas pétreas, símbolos que el tiempo habría de reconocer como máxima expresión del nuevo estatus de villa.

Letras trovadas en calles amarradas a los usos urbanos más cotidianos, Pilar e Iglesia; o las que nacieron bajo el apelativo de acontecimientos significativos de la vida social, como Potro, Fugitivos o Huérfanos, estrecha maraña de piedra y cal.

Letras entonadas en rúas trazadas por la Modernidad, las que saltaron el cerco aldeano siendo bautizadas por las nuevas industrias emergentes -Piedras, Eras, Cuesta los Molinos, del Pozo Nuevo, Mazacote, Canteras, Becerrá, “lejidillo”, Industria o Cuesta Herradores- y las que mudaron caminos en empinadas calles flanqueadas por casonas señeras: Real, Luzonas, Mestanza o Carril.

Letras elevadas al cielo por vericuetos donde el nuevo orden villano mudó lo terreno en celestial santificando calles y callejones, como Santa María, Cruz, Trinidad, Madre de Dios, Plazuela del Rosario, Visitación, Calvario Viejo o San Ildefonso… y en laberintos urbanos donde las musas campan a su libre albedrío, adarves de nombres paridos por los ideales románticos decimonónicos: Salsipuedes, Cuidado, Recuerdo, Amargura o Desengaño.

Letras que resuenan a diario en cada uno de los parajes que salpican el entorno urbano, en el Laero y en el Barranco; en el Llano, por Buenos Aires y en los Charcones; en la Serna, Piedra Bermeja y la Zalá.

Porque la historia de un pueblo no es sólo la suma de sus edificaciones más notables, por contra es la huella que sus gentes han rubricado a fuego en el territorio. Es la fría marca que imprime el cantero en todas y cada una de sus piedras y lo es el trazo de la cal que blanquea fachadas cada primavera; es la húmeda pisada que hoya la bestia del arriero en el barro de la vereda y la cruz que separa caminos; es el caz que conduce el agua al molino y la acequia que reparte suertes en la huerta; es el sello que estampilla el funcionario y el corte de la barbera en la tahona;  es el hierro que identifica la res y el surco de la sementera; es el restregón que sufre el marmolino en cada esquina y el roce que desgasta el asperón del brocal…

…y lo es cada frase cantada a los cuatro vientos de este áspero pellejo serrano.



lunes, 17 de abril de 2017

Mis zapatos de domingo (2)

No era un buen día, o así me lo parecía.

Yo era de calle llana, piso terrizo y polvoriento,
de rincones con magarza y anchas solaneras;
de horizonte abierto apenas roto por casuchas y bardales a medio derruir,
de arremangarme en canteras anegadas de agua podrida,
de tropelías que levantaban vuelo de gallinas y matanzas a pie de calle.

Me vi obligado a descender a lo “bajo” del pueblo
por calles estrechas, de suelo duro y sombra casi perpetua;
callejas apretadas como mis zapatos de domingo,
que ajenos al calendario misal me llevaban por un pavimento pétreo
sin huella alguna de hierba.

Era mi primer día de escuela.

Con las tempranas aguas del otoño,
con las primeras heladas del invierno,
los desplazamientos diarios al viejo corazón de la villa
se hicieron cotidianos.

Mudaron mis muchos ratos entre corrales
por habitaciones poco ventiladas y gélidas,
cambiaron los pálpitos de un suelo atado al calor de la tierra
por geométricos dibujos de baldosas de cemento hidráulico;
truncaron mi azogue por constantes regañinas
que me ataban a un duro pupitre.

Con el invierno, creí que había perdido en la mudanza.

Pero el cuero fue arrugándose hasta hacerse costumbre
y ahora, gastado y viejo,
fue ordenando mi diario sin aspereza alguna.

Fueron los días alargándose,
Y fue gastándose la rígida suela de material.
La rociá del alba,
la luz de media mañana,
la calor de la primavera
comenzaron a pasar a raudales entre los despojos de cuero.

Un viejo texto que dediqué a los días de escuela de mi padre (o al menos a lo que yo interpreté mientras me contaba sus impresiones). Aunque el comienzo fue incómodo, pues creyó perder la libertad que tenía cuando andurreaba por el Santo Cristo, su barrio, acabó devorando todo lo que fuera aprender. Finalmente, como casi todos los de su generación, debió abandonar la escuela para trabajar.

Fotografía: Antonio Miravés. Calle Mestanza, nexo de unión entre el casco viejo de Baños de la Encina y los llanos del Santo Cristo.