domingo, 23 de abril de 2017

Merodeando (y recordando ratos) por Peñalosa

Estando por entonces ajenos a estas cosas de las piedras y su historia, no dimos con evidencia alguna que no fuera pizarras, algún casquijo y mucho desaliento, varias trincheras que certificaban la oculta existencia de unas ruinas y una gran peña cortada; un gigantesco pizarrón salpicado de charrabascas, algún piruétano y mucho monte, un peñasco cortado en vertical y coronado por un nido de búho real, escenario de otros días y otros disparates.


Un domingo entre tostadas y al hilo de las cosas de leer

En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la temprana muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días a los chiquillos de la casa materna. Fue por entonces, cuando en el altillo de mi tía Rafaela una ancha canasta cubierta de polvo me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los iniciáticos cuentos y novelas del oeste que aparecieron en la cámara, le sucedieron escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de la oculta y pequeña biblioteca que se abría hueco en el despacho con la directora del colegio, doña Anita. “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, que me encarriló por el inexplicable mundo de la lectura. Fueron años difíciles para las letras, en los que el libro era una herramienta extraña, un intruso, en pueblos pequeños y de economía precaria, como lo era éste, donde la abstinencia escolar era norma obligada para los infantes.

Y el tiempo, que es mudanza sin traba, trajo inquietudes por leer y saber, ansiedad por disfrutar con las letras y de dar forma a un inescrutable mundo interior que sigo sin desentrañar. Y mis calles comenzaron a recitarme letras que multiplicaban su eco en cada una de las esquinas de este pueblo de Sierra Morena.

Versos cantados en el arrabal del Cueto y en la Cestería, el barrio viejo de la aldea, aquél que se derramó a la vera de la fortaleza en las postrimerías del siglo XV. Calles a pie llano, abiertas a levante y con el tiempo encorsetadas entre casuchines en pendiente levantados con ripios, barro y tapial.

Letras rimadas en el vado de la Plaza Mayor, donde los pecheros locales elevaron la Casa Consistorial y la iglesia gótica, vistiendo de gala las mejores casonas pétreas, símbolos que el tiempo habría de reconocer como máxima expresión del nuevo estatus de villa.

Letras trovadas en calles amarradas a los usos urbanos más cotidianos, Pilar e Iglesia; o las que nacieron bajo el apelativo de acontecimientos significativos de la vida social, como Potro, Fugitivos o Huérfanos, estrecha maraña de piedra y cal.

Letras entonadas en rúas trazadas por la Modernidad, las que saltaron el cerco aldeano siendo bautizadas por las nuevas industrias emergentes -Piedras, Eras, Cuesta los Molinos, del Pozo Nuevo, Mazacote, Canteras, Becerrá, “lejidillo”, Industria o Cuesta Herradores- y las que mudaron caminos en empinadas calles flanqueadas por casonas señeras: Real, Luzonas, Mestanza o Carril.

Letras elevadas al cielo por vericuetos donde el nuevo orden villano mudó lo terreno en celestial santificando calles y callejones, como Santa María, Cruz, Trinidad, Madre de Dios, Plazuela del Rosario, Visitación, Calvario Viejo o San Ildefonso… y en laberintos urbanos donde las musas campan a su libre albedrío, adarves de nombres paridos por los ideales románticos decimonónicos: Salsipuedes, Cuidado, Recuerdo, Amargura o Desengaño.

Letras que resuenan a diario en cada uno de los parajes que salpican el entorno urbano, en el Laero y en el Barranco; en el Llano, por Buenos Aires y en los Charcones; en la Serna, Piedra Bermeja y la Zalá.

Porque la historia de un pueblo no es sólo la suma de sus edificaciones más notables, por contra es la huella que sus gentes han rubricado a fuego en el territorio. Es la fría marca que imprime el cantero en todas y cada una de sus piedras y lo es el trazo de la cal que blanquea fachadas cada primavera; es la húmeda pisada que hoya la bestia del arriero en el barro de la vereda y la cruz que separa caminos; es el caz que conduce el agua al molino y la acequia que reparte suertes en la huerta; es el sello que estampilla el funcionario y el corte de la barbera en la tahona;  es el hierro que identifica la res y el surco de la sementera; es el restregón que sufre el marmolino en cada esquina y el roce que desgasta el asperón del brocal…

…y lo es cada frase cantada a los cuatro vientos de este áspero pellejo serrano.



lunes, 17 de abril de 2017

Mis zapatos de domingo (2)

No era un buen día, o así me lo parecía.

Yo era de calle llana, piso terrizo y polvoriento,
de rincones con magarza y anchas solaneras;
de horizonte abierto apenas roto por casuchas y bardales a medio derruir,
de arremangarme en canteras anegadas de agua podrida,
de tropelías que levantaban vuelo de gallinas y matanzas a pie de calle.

Me vi obligado a descender a lo “bajo” del pueblo
por calles estrechas, de suelo duro y sombra casi perpetua;
callejas apretadas como mis zapatos de domingo,
que ajenos al calendario misal me llevaban por un pavimento pétreo
sin huella alguna de hierba.

Era mi primer día de escuela.

Con las tempranas aguas del otoño,
con las primeras heladas del invierno,
los desplazamientos diarios al viejo corazón de la villa
se hicieron cotidianos.

Mudaron mis muchos ratos entre corrales
por habitaciones poco ventiladas y gélidas,
cambiaron los pálpitos de un suelo atado al calor de la tierra
por geométricos dibujos de baldosas de cemento hidráulico;
truncaron mi azogue por constantes regañinas
que me ataban a un duro pupitre.

Con el invierno, creí que había perdido en la mudanza.

Pero el cuero fue arrugándose hasta hacerse costumbre
y ahora, gastado y viejo,
fue ordenando mi diario sin aspereza alguna.

Fueron los días alargándose,
Y fue gastándose la rígida suela de material.
La rociá del alba,
la luz de media mañana,
la calor de la primavera
comenzaron a pasar a raudales entre los despojos de cuero.

Un viejo texto que dediqué a los días de escuela de mi padre (o al menos a lo que yo interpreté mientras me contaba sus impresiones). Aunque el comienzo fue incómodo, pues creyó perder la libertad que tenía cuando andurreaba por el Santo Cristo, su barrio, acabó devorando todo lo que fuera aprender. Finalmente, como casi todos los de su generación, debió abandonar la escuela para trabajar.

Fotografía: Antonio Miravés. Calle Mestanza, nexo de unión entre el casco viejo de Baños de la Encina y los llanos del Santo Cristo.

sábado, 8 de abril de 2017

Abril

El viento devora asfaltos y alza remolinos de humo dormido.

Recuerdo a mi abuela, una señora pequeña, pelo fino y blanco, moño apretado, sentada en una silla baja al fondo del portal, haciendo hora. Recuerdo a mi abuelo de tertulia, en los Piñones y al amparo de un frondoso eucalipto, un magnífico altozano a la campiña, a la tierra donde tanto derramó. Una cara oscura, quemada y cuarteada, apretada bajo su boina, adelantando la sonrisa más blanca y amable, sincera, que uno pueda imaginar.

Despacio, con movimientos repetidos día tras día, como en una liturgia, mi abuela se acercaba a la vieja alacena de madera y yeso, bajo la escalera de la cámara, y allí, al amparo de la vajilla, a modo de oculta perla, emergía una ovalada magdalena de concha, Bimbo.

Pasados los años, muchos, puede parecer extraño y hasta ridículo, pero la memoria pone en valor los pequeños detalles que uno dejó pasar y florecen con la luna de abril.

Hoy, todo aquello es ceniza, el calor del asfalto sepulta los recuerdos y el viento anda en calma chicha.



viernes, 17 de marzo de 2017

Peñalosa, la ciudad callada

Y sobre una empinada loma que parece avanzar sobre las aguas del río Ferrumblar, se derrama un todo pétreo, donde casas, calles, tumbas, cisterna y corralizas se suceden de manera anárquica apretadas por una recia muralla de pizarra descompuesta por los desaires del tiempo.

Al amparo de una mastodóntica acrópolis, más torre que alcázar, que bien se asemeja a la del mito heleno del laberinto, grandes paredones enfrentados van descendiendo, a modo de escalones, hasta llegar al río. En su interior, se gesta un entramado urbano que da forma a un asentamiento que dominó la economía minera del valle del Rumblar durante el segundo milenio antes de Cristo.

La maciza muralla externa, en casos de más de un metro de anchura, simula serpentear por la pendiente viéndose salpicada, a intervalos, por bastiones circulares de gran grosor. Orientados a norte y sur, agrupados en pareja, y como si se abalanzaran hacia el exterior del recinto, dos pares de ellos ofrecen entre sus “fauces” un pequeña hueco, a modo de puerta apretada, que retorciéndose entre callejas nos deja penetrar en las entrañas prehistóricas de la Sierra Morena de Jaén.

Peñalosa, mecida hoy por las aguas del Rumblar, esgrime murallas que se elevan de la madre tierra, presenta macizos bastiones circulares, traza complejos pasillos murados que pugnan por asemejarse al mismísimo laberinto del Minotauro de la Creta legendaria, rinde culto a la gran piedra por donde nace el sol cada día y se levanta sobre las sacras aguas rojas del Barranco de Salsipuedes,… Peñalosa es hoy una ciudad que grita en su silencio.








miércoles, 8 de marzo de 2017

El Castillo de Baños, un otero elevado sobre las aguas

Así pues, ávido caminante comenzamos un bello paseo por la historia de este pueblo… El camino de Mesta que traemos, nos pone por frente el escalón de Baños, que ya nos adelanta el fin del llano, del olivar y de la tierra calma, y que el agreste pellejo de Sierra Morena nos viene encima.

Han sido los pagos ocupados por la histórica aldea bajomedieval de "vannos" tierras de retener mucha agua y de gentes que daban muchas tretas para obtenerla. Quizá el nombre de su castillo, que por entonces coronaba un cerro enriscado germen de la futura villa, le venga de antaño, de cuando Castilla llegó a esta frontera allá por el siglo XIII y, a la vera de su alcázar, se diera de bruces con un amplio humedal que le franqueaba el paso. Y los castellanos, que tiran de llaneza y sencillez, y de poco calentarse la cabeza en devaneos, no tuvieron otra que nominar Cueto al enrisco, Charcones y Cantalasranas al enfango y castillo de Baños a aquél que oteaba sobre las aguas. Y desde entonces hasta ahora, siempre fue de "los baños", pese a que se han rebuscado otros apelativos según las querencias y modas de cada época, como ocurrió en tiempos pasados y presentes. Y así, cuando se ensalzaban reconquistas, era Burgalimar, y cuando son las tierras de África a las que se hace un guiño, nos decantamos por Burch Al Hammam.

Hijos que somos del “trajinado milenario de este castillo”, nuestra interpretación se fue quedando excesivamente apresada entre los muros del coloso y la larga enumeración de títulos que fueron atesorando fortaleza y villa. Así, se dejó de lado el territorio que lo cobija  y perdimos la perspectiva histórica. Pero, por encima de milenios, banderas y reyes, el mayor emblema de este pueblo emerge ahora justificando que sus muchos años le deben bastante a la roca que lo sustenta. Siempre se ha dicho que las formas del recinto amurallado que hoy apreciamos, semejan un raro ovoide, ¡quizá no haya mayor aseveración al respecto! Y es que sus lienzos se amarran férreamente a las formas externas del enriscado Cerro del Cueto sobre el que se eleva.

Así es, el actual recinto del castillo se levanta sobre una masa tabular, más o menos uniforme, de arenisca rosácea del triásico, la que decíamos del Cueto, una gigantesca plataforma de piedra, un firme cimiento, que cabalga sobre los viejos y discordantes pliegues de pizarra del Carbonífero, un verdadero hormigón natural que sirve de sustento a esta obra de los hombres. La muralla sigue la delimitación externa de la arenisca, lo que condiciona la caprichosa forma ovalada de la fortaleza.

Y es que cuando se accede al pueblo desde la campiña, como hacemos ahora, avistamos las estribaciones de la Sierra Morena, un frente de montañas redondas y achaparradas que difícilmente superan los 500 metros de altitud. Hoy, son testigo veraz de lo que un día fuera un sistema fluvial que depositaba gravas, arenas y lodos (sedimentados hace poco más de 200 millones de años), ¡queda a la imaginación del lector lo que fuera una  amplia marisma! El delta de un río, que vendría a desembocar a la cuenca marina que hoy ocupa el valle de Bailén, a los pies del pueblo de Baños. Como herencia de la sedimentación de entonces, han quedado estos cerretes de cumbre llana, de arenisca, cuya piedra utilizan los bañuscos para construir sus casas, y algunas elevaciones menores formadas por cantos rodados con los que dan forma a los empedrados de sus calles. Entre los primeros, afloran parajes como Los Llanos, la Dehesilla, el Cerro de la Calera o el mismo Cerro del Cueto; mientras que los segundos están representados por la Cuesta de las Chinas o la Obra de los Moros, un hito de gran interés geológico que campa al borde de la carretera de la sierra una vez superada la presa del Rumblar.

El camino ganadero que nos ha traído al pueblo, que no es otro que la “verea” de Linares, corta en perpendicular el polvoriento y otrora empedrado Camino Viejo de Andalucía, Real o del Puerto del Rey, preñando en su encuentro uno de los muchos y pétreos ingenios hidráulicos que, como un rosario, salpican los ruedos de la villa: el Pozo de la Vega. En su día, durante el largo tránsito local que medió entre las edades Media y Moderna, formó parte de un complejo programa hídrico que la oligarquía local implantó mediante la creación de un conjunto de pozos, pilares, fuentes y alcubillas, según la jerga local, que suministrarían agua potable a viajeros, recoveros, arrieros, recuas y ganado local en el transitar por este eje viario, ya fuera para los que enfilaban hacia el puerto indiano de Sevilla, o para aquéllos de más corto lance en sus mercadeos entre el llano y la sierra.

Ahora, con la villa por montera, superado el Molino Vilches, que este pueblo es muy aceitero, y según ascendemos la empinada calle de la Trinidad, somos conscientes de que el verdadero espíritu que domina esta población es la eterna presencia de la piedra. Aquí y allá, en trazas y casonas, aparece enmarañada entre el colorido de la cal y el verdor de geranios, jazmines, gitanillas,… que cuelgan refugiándose bajo los frescos vanos de las moradas pétreas. Se trata de la ya mencionada arenisca rosácea, que igual da forma a casonas palaciegas (Priores, Escalante, Delgado de Castilla, Molina de la Cerda,…), que eleva iglesias y ermitas (Virgen de la Encina, Jesús del Llano, Cristo del Camino,…), que dota de señorío las edificaciones civiles y militares (Casa Consistorial, Torreón Poblaciones Dávalos, Cerco de los Corvera,…), que permite laborar a industrias e ingenios (Casería del Salcedo, Molino de Viento del Santo Cristo, Casa de Consumos y Carnicerías, almazaras y molinos,…); o que, simplemente, llena de tintineos sonoros el callejero al son de nuestro andar.

En dos traspiés nos ponemos en los canteros de la Cestería, arrimados al Laero, un quiñón de tierra calma que limpiamente se desliza bajo el castillo.

Ahora, situados sobre la meseta de Santa María y al exterior del recinto fortificado, en el vértice oeste, observamos al frente el vecino cerro del Gólgota y, en lo hondo, el barranco que corre entre éste y el del Cueto, por el que antaño discurría el arroyo de Valdeloshuertos. Lo que hogaño es una bella lámina de agua, en días mejores fue la principal vía de comunicación entre la Campiñuela (el valle que está a los pies del pueblo), es decir las tierras del Alto Guadalquivir, y la sierra, para dar paso posteriormente a la llanura manchega. Ofrecía la brecha dos vías alternativas para subir a las tierras de la “Oretun Germanorum” de los íberos. La una era pareja al río Rumblar y su afluente El Grande, arribando por la Sierra de San Andrés y del Agua a los términos actuales de El Viso del Marqués y San Lorenzo de Calatrava, utilizando en parte, desde el mítico "Mojón de la Legua", lo que hoy es el desusado cordel ganadero “Principal de la Plata”; y la otra, cruzando longitudinalmente la vaguada del Marquigüelo, iba a superar el siguiente escalón serrano -el Cerro Navamorquín- y, a través de La Castellana, el Camino de la Plata y Navalcardo, ascender a los pagos de Mestanza. No en vano, se identifica este acceso como la vía romana de Cástulo a Sisapo, dos de los principales centros mineros a una y otra vertiente de Sierra Morena.

En este marco de las vías de comunicación valle-sierra, es evidente que el Cerro del Cueto ha sido desde tiempos inmemoriales un histórico y estratégico otero. ¡Navegamos ahora cinco mil años atrás! Frente a nosotros, en el lateral sur del Gólgota y sobre la línea de falla, asoman los restos de lo que parece una escombrera y una maraña vegetal, que es solo la punta del iceberg de una trinchera que se alarga hacia el suroeste algo más de 1.500 metros. Se trata de la rafa minera o mina a cielo abierto del Polígono-Contraminas que, aunque explotada en época romana (galena argentífera) y rentabilizada durante gran parte del siglo XX por “sacagéneros”, hunde su origen en la Edad del Cobre para consolidarse en la del Bronce (azurita y malaquita). Con seguridad, durante el primer periodo, poblados como Cerro Tambor, sobre la trinchera, y el Cueto (castillo) están directamente relacionados con su explotación económica, como después lo estaría el núcleo metalúrgico de Peñalosa, localizado en el encuentro del arroyo de Valdeloshuertos con el río Rumblar.

Tras la excavación arqueológica del interior del castillo, podemos apreciar en la sección noroeste restos murarios de esa época, que también se suceden ladera abajo, ya en el exterior del recinto fortificado. Se trataría de un poblado que seguiría las pautas urbanísticas de la cercana Peñalosa: en el interior de macizas murallas, apretadas casas de piedra, tierra y madera se reparten por terrazas que se suceden en altura, comunicándose entre sí por calles estrechas y laberínticas. El poblado estaría coronado por una acrópolis bien defendida, que coincidiría aproximadamente, en el caso del Cueto, con lo que hoy es el recinto central del castillo. Su estratégica situación visual y la inmediatez a recursos mineros, agrícolas y ganaderos lo dotan de un protagonismo sobresaliente en el marco de la Edad del Bronce de la Cuenca del Rumblar.

Ocupado también por oretanos, será durante época romana cuando este altozano adquiera un carácter más que sobresaliente. A caballo entre valle y sierra, de una eficacia visual extraordinaria, se torna en morada eterna de Felicia, una notable dama romana posiblemente vinculada a los publicani que regentaron la explotación minera de esta parte de Sierra Morena, cuya cabeza más visible se localizaba en la vecina ciudad de Cástulo: la “Societas Castulonensis”. La parte superior del cerro, hasta entonces formada por encrespadas rocas de arenisca, se pica y nivela hasta crear una plataforma plana y elevada a la que se accede por una amplia escalinata frontal aún presente. Sobre esta meseta se eleva un templo o mausoleo funerario de proporciones más que considerables, que avisa de la importancia de la familia de la finada, a la que de facto se rendía un culto que se escapa hoy de lo humanamente entendible. Aún hoy podemos apreciar esta pequeña llanura artificial, que da cobijo en sus entrañas a dos aljibes y enarbola las ruinas del templo, como así ponen de manifiesto varios y dispersos capiteles y las baldosas de piedra del enlosado, reutilizadas posteriormente como firme de las que serían callejas almohades. Todo una exaltación de cómo gira la rueda del tiempo.

La caída de la empresa minera durante el bajo imperio romano, aceleró una tendencia que despoblaría la serranía y que, paralelamente, fue salpicando la Campiñuela (valle agrario bajo el pueblo) de pequeñas explotaciones agrarias, alquerías, cortijadas y quintanas (villae), como así ponen de manifiesto las ruinas de Las Mendozas, Las Marquesas, Nacimiento o Santuario de la Virgen. Pese a la intensidad de este primer desarrollo agrícola, el tránsito definitivo a la Edad Media trajo consigo un vacío casi generalizado del territorio, sobre todo en el pellejo serrano, donde la población queda reducida a la mítica “Folenam”, proceso que tuvo su mayor expresión durante el Emirato y el Califato Omeya.

La sangría poblacional puesta de manifiesto durante este primer periodo de dominio musulmán, viene ratificado por la nula presencia de yacimientos arqueológicos y por la total ausencia de topónimos árabes que vinieran a refrendar una probable ocupación serrana que, quizá, nunca se produjo de manera intensa en los cinco siglos de presencia islámica. Pero, con seguridad, el factor que más incide en este éxodo humano, testimonial en el valle (y en el Cerro del Cueto), es el desplazamiento hacia el oeste de las vías de comunicación entre el Guadalquivir y la Meseta, que ahora se desarrollarán principalmente a través del Valle de Los Pedroches (Córdoba). Esta recóndita parte de la sierra y su valle quedan relegados de la territorialidad principal, conformándose La Campiñuela como un reducto secundario dedicado a labores ganaderas donde, de manera puntual, las antiguas instalaciones del Cueto son reutilizadas como fortín militar.

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Era una mañana de sábado fría, que tuvo como precedente una dura noche de agua. El café, hirviendo, me armó de valor para encauzar la empinada escalera y buscar sus monólogos. En nuestros encuentros poco lugar había para dar opinión, mucho escuchar, filtrar algún que otro chisme y desvarío y aprender, y mucho. La garrota, como sus cuerdas vocales, en constante mudanza. Después de su saludo de rigor -¿cómo están los chiquillos?- nos varamos momentáneamente estudiando el horizonte; era una manera más o menos acordada de dejar claro los intereses del día; esa mañana no tenía qué hacer, y así lo dejé entrever respondiendo con alguna barbaridad a sus improperios y huecas amenazas.

En días como aquél, de agua y tierra removida, gustábamos de rodear el castillo por ver si aparecía alguna moneda de poco valor o alguna flecha raída, pero aquella mañana buscamos el interior de la mole. Aún en el exterior, donde comienza a elevarse la corta pendiente que nos lleva a la puerta del coloso, a nuestra derecha, a unos centímetros del suelo e incrustado en el murete que separa la calle del hondo de Santa María, le señalo una pequeña muestra de calicanto que nos da indicios de la presencia, otrora, de un muro lateral, que reutilizaría la posterior iglesia funeraria (aún quedan vestigios de su cripta y ábside frente a la puerta del castillo y a un nivel inferior). Con seguridad, formaba parte de una estructura defensiva, una entrada en codo, muy utilizada por la arquitectura militar almohade allá donde el foso de agua era argumento imposible.

Por su parte, en un movimiento pertinaz de la garrota, señala violentamente un barro moteado de blanco que rodea la farola de la izquierda, un muerto –me confirma-, como si no conociera ya la canción. Una muela, aislada, inculca fe a los no creyentes de que la tumba, en su día, estuvo. En unos pocos pasos nos plantamos frente a la puerta, a nuestra espalda, infiltrado entre la tapia que delimita los corrales de las casas vecinas, un nuevo testigo de tapial viene a ratificarnos la presencia del artificio codado, que no barbacana.

En esas, nos topamos con el doble y pétreo arco de herradura y el amigo improvisa que la entrada, años ha, fue ligeramente adulterada cuando él daba sus primeros pasos como peón de albañil. El acceso, encarado entre dos torres, es uno más de los elementos de protección del complejo sistema defensivo, aunque hoy falta el matacán que debió coronar el frente de fachada, perdido en aquellos engalanamientos de la portada.

No sin esfuerzo, el amigo abre la pesada puerta con algo que parece más ganzúa estrambótica que llave. El remate de hierro que da fin a la extremidad inferior de la garrota, va repicando bruscamente en el contacto con los escalones que nos adentran en las entrañas protegidas del castillo. La rampa asciende a una pequeña meseta, aunque originalmente un muro lo impedía obligando al invasor a girar bruscamente a la izquierda. Penetraba por un estrecho pasillo flanqueado a siniestra por los muros del castillo y, en la diestra, por una línea de viviendas posiblemente destinadas a caballerizas. La estrategia defensiva se seguía aplicando a todos y cada uno de los modelados urbanísticos aquí ejecutados.

Ahora, discurrimos por una calle de traza apretada y con retazos de lo que fuera un pavimento empedrado con arenisca descompuesta. Si alzamos la vista hacia el lienzo lateral, podremos apreciar en él la sucesión de unas serie de incisiones, muy esquemáticas, que alternan franjas moteadas con líneas en zigzag y elementos vegetales desnaturalizados que dan forma a un ataurique, una decoración geométrica impresa sobre el enlucido de cal que protegía los muros de la acción erosiva de los agentes atmosféricos.

Como venía ocurriendo casi a diario, a media mañana, un tropel de vociferantes escolares se cuela en avalancha llenando de carreras el corazón de la fortaleza. Unos al frente, prestos a asomarse al ventanuco que mira al río; los otros al alcazarejo, buscando la escalinata que penetra en la almena gorda; los menos, se contentan con subir a la meseta y esperar las indicaciones de los mayores.
Se toca ligeramente la gorra, baja apenas el ángulo de la visera y doy por entendida la insinuación. Damos por finado el cónclave.

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Elevadas sus murallas cuando Sierra Morena figuraba de protagonista fronterizo, cuando Castilla y las huestes almohades andaban en dura gresca y en los prolegómenos de Las Navas, es el Castillo heredero de las clásicas fortalezas bizantinas que tuvieron su predecesor en los campamentos castrenses de Roma. Este modelo, con una amplia dispersión a una y otra margen de la franja sahariana, tiene en el de Baños, con seguridad, su mejor testigo en toda Europa.

Varado sobre un racimo de casas blancas y tabiyya o calicanto como principal componente, está organizado en quince torres cuadradas -aunque una es ligeramente pentagonal- que avanzan desde el lienzo de muralla en lo que se ha dado en llamar formación “en cremallera”.

Tierra roja libre de materia orgánica, chino de río, cal como aglutinante y agua es la fórmula magistral que ha permitido que este coloso, después de muchos siglos, siga perfectamente en pie. En la cota inferior, un cimiento de mortero con presencia de ripios de piedra de considerable tamaño permite nivelar la irregular superficie, dando paso en altura a sucesivas hiladas de este calicanto, denominado por los musulmanes tabiyya o tapial. En realidad, no es otro material que el “opus caementicium” heredado de la arquitectura romana. En cada hilada de mortero se vertía el material sobre un molde rectangular de madera o encofrado, a modo de cajón sin fondo ni tapa, que medía dos codos de altura y entre cuatro y seis codos de longitud (el codo equivale aproximadamente a 42 centímetros). Entre hiladas, se situaban pequeños maderos resinosos (agujas) que sostenían el encofrado de madera y que, al encogerse por la pérdida de humedad, funcionaban a modo de junta de dilatación. Aún podemos apreciar la huella que dejaron estos maderos en la sucesión de agujeros o mechinales que surcan todos los muros del castillo. El cajón se ayudaba de otros elementos complementarios, como el costal o vara vertical que evitaba que los cajones se abrieran; y el codal, que hacía lo propio impidiendo que se cerraran. El material se vertía en tandas, que eran apelmazadas con un fatigoso pisón de madera.

En su interior, una compleja trama urbana, de época almohade (siglo XII) y bajomedieval, tenía como objetivo principal desorientar, provocar el caos y desarmar las embestidas de un posible atacante que ya hubiera ultrajado sus primeras defensas. Elevándose apenas sobre el laberinto urbano, un pequeño patio de armas ocupa las ruinas del que fuera mausoleo romano organizando a su alrededor, en su justa medida, el simulado desorden de las viviendas. Comparte meseta con los aljibes, dos naves excavadas en la roca y cerradas en altura por una doble bóveda de medio punto elaborada con ladrillo. Los muros laterales de los pozos están construidos con la técnica del “opus signinum”, es decir, el mortero se elabora de una sola vez, y no en tandas o encofrados, forzando de esta manera la ausencia de agujas y mechinales, y evitando así las filtraciones y pérdidas del agua embalsada.

El complejo urbano intramuros, salpicado de calles pétreas que preconizan en el tiempo los empedrados que caracterizarían algunos siglos después la villa moderna de Baños, ha dejado un poso de pequeños detalles que nos narran como eran las cosas en esta tierra de frontera. Las casonas cobijan cuadras y molinas, alternan jaraíz con bodegas, despliegan conducciones, redores y registros pluviales, pisan sobre suelos de barro y cal, sientan goznes y trancos, y…, en fin, viven en tiempos que fueron de guerra, pero también de encuentro con un territorio que les era de nuevas.

Ya bajo control castellano, la estructura interna del castillo es alterada mediante la construcción de un reducido y bien defendido castillete o alcazarejo realizado con sillares pétreos medianamente regulares. Paralelamente, se reviste de piedra el exterior de la torre situada más al noreste, dando lugar a una estructura cilíndrica que se eleva en altura sobre las demás: la torre del homenaje o almena gorda. En una primera fase gana en robustez logrando, a duras penas, doblegar bajo su mando al resto de hermanas; será ya en las postrimerías del siglo XV, posiblemente durante las luchas de “banderías” que acaecieron en los estertores del reinado de Enrique IV, cuando la terraza superior, almenada, muda en sala que cierra en bóveda apuntada, se alza aún más y torna a mirar de frente a los nuevos poderes emergentes de la Plaza Mayor.

En 1626, la aldea de Baños se segrega del concejo de Baeza constituyéndose como villa. El nuevo orden jurídico y civil, in crescendo hasta la promulgación de las primeras ordenanzas municipales de la villa (1742), pone una losa definitiva a la actividad vital del castillo. La población y el poder se van desparramando extramuros, alejándose del coloso que acabará dando cobijo a la muerte.



lunes, 27 de febrero de 2017

De la Pura a Pascua (o una reflexión sobre los ciclos de vida y muerte)

Y la noche siempre llega, fría, cruda, curativa,
umbral y aurora del inminente renacer.
Y siempre, sin falta, comparece el solsticio: Deus Sol Invictus.

En lo hondo del llano, sentado junto a los restos del camión de “columpios” y teniendo por frente la gigantesca noria de la Huerta Zambrana, en años, dejo pasar mi primera Candelaria sin lumbre. Al amparo de la oscuridad, en la Era de la Lechuga, en el llano de Santa María, sobre las ruinas del Corralón y hasta en los quebrados peñones del Mazacote atisbo un rosario de minúsculas lucecitas que se elevan con movimientos ondulantes, luciérnagas de oscilaciones quebradas que motean de claridad y alteran las sombras de callejas y casonas, remolinos de humo que bailan al son de un frío que hiere, pavesas balanceadas por el viento, pequeñísimas almas que se escapan en movimientos concéntricos hacia el cielo que las reclama, una negrura salpicada por miles de estrellas.

En el sosiego de la ausencia, emergen del humo dormido postales borrosas de jornadas que olían a raspadura de limón, harina tostá, canela y matalahúga. En el recuerdo, los inviernos de mi infancia duermen mecidos por una lenta sucesión de aromas a dulces y panes de tradición centenaria.

Con la “Pura” arrancaban los mixtos, un mantecado preñado de la experiencia de la familia, una dulzaina singular que impregnaba de efluvios de anís la calleja del Cotanillo, el altozano de la Cuesta de los Herradores y el viario de la Mestanza. De entre la niebla de la memoria consiguen emerger escenas que dan cobijo a cientos de estrellas dulces, pilas de latas negras y un zagal que pugna por alzar las manos sobre la ancha mesa de pino. Eran también días en los que arrancaban las faenas propias de la candelaria y momentos que animaban las inquietudes de los chiquillos de entonces, dos meses de acarreo, algarradas y tropelías sin límite. El humo eleva estampas borrosas donde los infantes acarrean leña de pino seco arrebatada a las entrañas de la dehesa, noches que llegan pronto y te cogen con el haz de ramón a media Amargura, mañanas frías en la solana de los Turrumbetes en busca del tomillo verde que será la mecha incendiaria;… y trae también imágenes de mucho juego e intrigas infantiles en la penumbra nocturna del Cotanillo, de la Llaná, metido en alguna pelea a pedradas entre barrios por robar unos costeros y, de cuando en cuando, logro apreciar en lo más oculto de mis fantasmas una candelaria calcinada antes de tiempo.

La Candelaria nos acercaba al terruño, nos hacia comulgar con nuestro entorno. Vara a vara, rincón a rincón, codo con codo, entre juegos y peleas, tropezones y risas,… nos hermanaba con la Cueva de la Mona y la Serna, también con el Prao y el Polígono; nos daba a conocer la magia de Las Migaldías y nos impregnaba de los miedos del Pilarejo; nos llevaba en volandas por la Piedra Escurridera y recorríamos palmo a palmo el arroyo de la Zalá;… nos hacía conocedores y dueños de nuestra tierra y la respetábamos. Las últimas ascuas traían juegos de barro viejo, cantos y bailes de sierra y renacer, noches de alboroto y tradiciones ancestrales hoy pisoteadas por una modernidad que nada quiere saber de raíces,… y se escucha el eco de campanas que doblan por unas formas de entender la tierra que se apagan.

Con los años, aquella noche, la de la Candelaria, se fue alargando y el jolgorio, sin apenas trance, daba paso a obligaciones de la edad. Y así, tras la fiesta de la víspera, la madrugá paría carros y más carros de las rosquillas de San Blas, las de la greña en la tética, que por entonces, como diría mi abuela Pura, eran el mejor remedio para los males de garganta.

Con los primeros balbuceos de la primavera arribaba la sacra semana, un epílogo del ya desmadejado invierno que se descolgaba con la primera luna. Una metáfora resumida en unos pocos versos, una octava real que encierra en sus rimas las constantes del ciclo vital de la tierra, de la rueda de la historia y de la vanidad del hombre. En realidad y desde mi rincón desmemoriado, las recuerdo como un estrambótico bullicio, como un dulce equinoccio preñado de un excepcional repertorio de la mejor repostería casera.

La tahona es ahora fría, mecánica, casi que te da repelús cuando comienza la faena.

No queda ni un ápice de la vieja y eternamente caliente cafetera de porcelana y de sus aromas torrefactos, no permanece siquiera el rincón que ocupaba, a la derecha de la boca del horno, junto a la cazuelilla de las cuchillas de corte y las barberas desbastadas. El ajetreo y el soniquete de la puerta, en su vaivén continuo mientras da paso a la pala, duermen bajo el polvo del olvido, ahora sólo se escucha la sintonía de fondo de Radio3, que suena en un radiocasete destartalado, de un negro manchado por toda la harina de un molino. Ya no es el horno un vientre cálido, ahora es un infierno de armario que cierra herméticamente, un ingenio del demonio que se traga de una tacada cientos de tortas de aceite y canela, miles de magdalenas de huevo y raspadura de limón, anchas sobás de matalahúga y ajonjolí que semejan un lago de aceite de oliva salpicado de una multitud de piquitos de pato, docenas de hiladas de galletas ralladas con vainilla,...

Pero aún nos quedaban aquellas señoras, lebrillo en cadera, armadas de canastas y paños, que apenas despuntaba el día apresuraban sus andares camino del horno en busca de un trajín repostero, casi milenario, que impregnaba las callejas de aromas familiares.

Y nos quedaba, claro, aquel hornazo que cada Domingo de Resurrección, sin falta, llenaba de almuerzos la dehesa del Santo Cristo, y que no era otro confite que una torta de azúcar crujiente a fuerza de empaparse en el agua que soltaba el huevo que la oprimía. Amasada con el mejor aceite de oliva, de ella se elevaban un par de tirillas, a modo de finos tentáculos, que se enlazaban en un estrecho abrazo con la eterna renovación.





domingo, 26 de febrero de 2017

La Memoria Despedazada

"...La mole de Joaquinito se desmorona un poquito cada tarde de lluvia..."

La reciente y efímera bonanza económica había elevado considerablemente la altura de las viviendas linderas, mudando las oscuras y viejas cámaras agrícolas en amplias alcobas con suelos de terrazo. Aún así, los primeros hilos de luz del día seguían brincando por encima de caballetes y tejados, saludando prematuramente a la desordenada braña que coronaba el corralón, un recoveco en el corazón del pueblo salpicado de amapoles, malvas y jaramagos. Se trataba de una antigua casona venida a poco, un viejo solar henchido de historias cotidianas que ahora dormían bajo sus escombros, un otero elevado sobre la ruina de sus piedras y los muchos lustros,… el mejor cobijo para las innumerables travesuras de la chiquillería del barrio.

Su irregular solería, de tierra apisonada y casquijos de teja, se alzaba algo más de dos metros sobre la vía principal, donde la escarpada calle Amargura viene a mudar en altozano. Quedaba así el emplazamiento a suficiente resguardo de toda mirada ajena, de tal manera que la chavalería podía evadir juegos y gamberradas del severo control de sus mayores. Era lugar habitual de cría de cachorros callejeros y correrías sin nombre, de candelarias por febrero y lumbres en las gélidas tardes de invierno, de voces a grito pelado y algún beso prematuro, escenario de mil y un desencuentros jugando a la pita,… en fin, era un elíseo donde los más menudos tramaban tropelías sin fin.

A poniente, el lugar cerraba por el cotanillo, un herbazal embutido entre paredones, apenas calleja, sin luz, sucio y apretado entre bardales elevados con ripios de piedra y pizarra que se perdían en un fondo tabicado de ruinas y miseria.

Aquella mañana de sábado, como desde siempre, iría llenando de correrías y voces el solar del corralón y lo hondo del cotanillo, mientras, las madres abrían de par en par ventanas y puertas para hacer sábado, la limpieza general de la semana. Los primeros inquilinos en llegar recibían un sol apenas templado, de una primavera aún infante; los más rezagados lo sufrían ya envalentonado bien entrada la mañana.

Aquel día, aunque esperado, los tenía inquietos a todos.

Por el flanco contrario, el adarve del cotanillo daba paso a portones y corrales, a cuadras y pajares, a traseras de casonas otrora influyentes y en aquellos días decrépitas por la ausencia de sus obligaciones tradicionales, presa fácil de zagales muy arrimados a la aventura y de vasta imaginación. La de la moscarra, la de la ratilla,… ya eran historia, habían sido ultrajadas en aventuras previas y sabían a poco. Aquella mañana era diferente, venía ataviada con traje de domingo pues la presa sería la Casa de Joaquinito, el palacete de los Mármol, una de las haciendas más importantes del municipio. Como el resto de moradas vecinas, volcaba sus mejores prendas a la calle Mestanza, eje viario muy principal que comunicaba la parroquia de San Mateo con la ermita del Cristo.

Separado del corralón por una tapia de ladrillo achacosa y de poca altura, hundido unos metros por debajo del mismo y en la retaguardia de un caserón ilustre que volcaba a la travesía Amargura, el corral de las vacas de Juan Manuel el de la tonta era lugar principal de encuentros, juegos y algún que otro desvarío de chiquillos. Su pajar, a espaldas de todo, era centro neurálgico para planificar escaramuzas y bravatas, como aquélla que les traía entre manos, la de desvirgar la casona del piano, la de Joaquinito, hasta entonces harto impenetrable.

Ya conocían sus cuadras y graneros, cada uno de los pozos y los empedrados de sus corralizas, pero el patio de la casa principal, que daba acceso a los bajos nobles, era rebelde un día sí y otro también, pues el desnivel entre los corrales de servicio, los que daban al cotanillo, y el aristocrático era enorme. Desde la altura se apreciaba que, aún salvando estas defensas y accediendo al umbrío jardín central, donde pozo y emparrado lucían bellas estructuras de hierro, los portones de acceso a la casa se levantaban como robustos molinos henchidos de poder que dibujaban con sus aspas trampas inexpugnables, trabas irremediables a la curiosidad de los críos. Semanas atrás, saltando no sin riesgo entre bardales y tejados, se llegó a lo hondo del atrio. Ya en el claustro, las pesquisas no lograron otro objetivo que acrecentar la querencia de los intrusos y subrayar el fracaso en los intentos de penetrar más allá.

Pero la paciencia, un arte que no se aprende y que la mayoría de las veces es hija de la persistencia, les regaló sus dones.

Coincidiendo con el tiempo de la poda de los olivos, la casona se hizo acopio de abundante leña sin saber que el trajín era atentamente seguido por los intrigantes. En esas, aprovecharon un resquicio de los empleados para violar la intimidad de los portales, lo que les permitió deambular por los bajos y memorizar cada una de las estancias. La oportunidad les hizo apreciar que en una de las paredes de la ancha cocina, un cálido habitáculo sacado de un cuento los hermanos Grimm, aparecía un pequeño y reciente derrumbe oculto tras la leña. Aquel reducido boquete les permitiría el paso desde el patio de las parras, penetrando así en el interior por la morada del fogón. El descuido de los empleados y la nueva descubierta propició el entusiasmo de los conspiradores, que se quedaron de piedra al toparse de una con el codiciado piano. La ambición no tiene medida y es madre del atrevimiento, así que, ni cortos ni perezosos, martillearon unas estrepitosas notas en el botín poniendo en aviso al guardián de la mansión. Pedro, que así se llamaba el centinela, llegó a la sala en un suspiro y, cogiéndolos en pleno ultraje, los entonó con unos bien merecidos correazos.

El recuerdo de los recientes cardenales los había alentado para programar con celeridad el asalto definitivo, que sería aquella deseada mañana de sábado;…y en ésas estaban.

Con los años, todo ese mundo de la infancia, de la mía y de los muchos que nos precedieron, fue mermado a zarpazos hasta quedar como una endémica evocación, un pesado lastre sepultado por una modernidad global que cada vez entiendo menos. Lebrillo, comba, churro va, macaco, jirafa, urda, chilindrina, los lobos, la flor de romero, mosca, galopa, pita, espolique, tableta, échale migas al caldero, la peste, colache, la taba, …, son ahora palabras vacías de contenido, ecos sordos, sonidos incomprensibles para unos niños que ya no corren por las calles.

Pero aún queda el escenario donde dormían aquellos recuerdos, y quedamos nosotros los chiquillos de antaño, memoria con fecha de caducidad. O eso creía.

El corralón ha finado bajo el empuje sin medida del precio del suelo y el ensordecedor avance de las máquinas. Del cotanillo, del corral de las vacas, las cuadras y el pajar queda poco menos que la impronta y una cochera que ya no cobija aquel destartalado y pajizo pasquali de entonces. La mole de Joaquinito se desmorona un poquito cada tarde de lluvia. Ha perdido los emparrados y sus parras, las puertas y alacenas,... tampoco ha sobrevivido Pedro, del piano sólo resta la marca que dejaron sus patas sobre el suelo de cemento hidráulico. El palacete se derrumba despacio, aunque su segura caída es inminente.

Que cada uno descanse como pueda en un mundo donde sólo importa lo fugaz, pues como decía el músico la vida mata.

Baños de la Encina, unos días antes del solsticio de invierno con motivo del VI Recital Sierra Morena Poesía

Fotografía (modificada): José Pablo Morañes Rodríguez



viernes, 17 de febrero de 2017

De fuego y piedra

La piedra y el fuego, enemigos irreconciliables condenados a convivir, la primera luchando por la eternidad, el segundo eternamente pugnando por la mudanza. El sustrato geológico, y los suelos, han condicionado las esencias que caracterizan a todos y cada uno de los bienes de nuestra tierra. Así, es imposible disociar la piedra caliza, que a modo de columna vertebra la geografía andaluza, y el poder transformador del fuego. Nada sería igual en el Barrio Viejo del Alcázar (San Basilio), la Judería cordobesa o el Albaicín si desapareciera la blancura de sus trazados; nada sería igual en los lienzos y torres de la Alhambra o en las murallas almohades del Alcázar de Sevilla, sin la cal que da consistencia a su tabiya (tapial u “opus caementicium”);… no, Andalucía no sería la misma sin calares y caleras como los de Morón.