miércoles, 27 de marzo de 2024

Al hilo de las cosas del castillo

Al hilo de las cosas de nuestro castillo, embarrados en discernir si sus murallas son de origen califal o almohade, cuando anecdóticamente ambos periodos históricos se rigen bajo el cetro de un califato; y enzarzados en si fueron erigidas por gracia de Alhakén II, pero sin ningún sentido geopolítico, o se levantaron por orden de Yusuf al Mansur como pieza destacada de una maraña defensiva, como si se tratara de una compleja partida de ajedrez disputada sobre el pellejo fronterizo de Sierra Morena, hay uno y mil detalles de interés que han quedado relegados en el altillo de la desmemoria. Mientras tanto, con el tiempo y con cada tuit, cada una de sus grietas se hace trinchera. Apoyados en el báculo de Patricio, en su disparata manera de mirar e interpretar cada cascarro, lo que a primera vista nos puede parecer una minucia a poco que le demos una repensada tenemos un sillar que nos arma un castillo. Así ocurre con la entrada en recodo de la fortaleza, desfigurada a fuerza de tantos usos y retoques, o con la decoración de sus lienzos de muralla, donde no llegamos a discurrir con mucha claridad si se trata de un complejo esgrafiado o un simple encintado, aunque para hacer honor a la verdad hay que decir presenta un buen número de singularidades iconográficas.

Y estando con aquellas, nos dio por acordarnos de los capiteles de arenisca que salpican el área de poniente de la fortaleza y hacernos algunas preguntas. Pertenecientes a un templo o sacelio dístilo (dos columnas), posiblemente patrocinado por una tal Felicia si aceptamos el argumento de la estela o ara votiva que se localizó durante las excavaciones arqueológicas de la primera década del siglo XXI, están catalogados cronológicamente entre los siglos I y IV.  Pero, ¿y qué fue de sus fustes? Poca memoria nos queda, o ninguna, ¿pero materialmente qué ha sido de ellos? Aunque, a la luz de las noticias que tenemos, nos pueda parecer improbable enhebrar algún hilo, si miramos con cautela y buen tino nos daremos cuenta como van apareciendo pequeñas piezas de un puzle que nos entallan por el buen camino. Ítaca está cerca. Veamos, pues, cuarteados por el paso del tiempo y desgastados de tanto uso, duermen encastrados como simples ripios en los muros vecinales o desparramados por el Laero. Así es, en las inmediaciones de la fortaleza e integrados en los muros medianeros que separan los corrales de la calle Santa María del callejoncillo del castillo, han aparecido diversos fragmentos de un fuste tallado en granito. Muy similar es la pieza que, hasta hace bien poco tiempo, se encontraba junto al Camino Romano y que formaba parte de los ripios de una portera; o los que aún se encuentran en la Huerta de Penecho. Estos últimos integraban el lote de piedra, sillares y tambores de pilastra obtenidos de la iglesia de Santa María del Cueto, a la vera del castillo, que adquirió la familia Rodríguez para, con las mismas ruinas, dar un toque de jardín romántico a dicha huerta. Sin embargo, en la calle Fugitivos, en la grada que antecedía a la casa de Mariano, hasta hace poco más de una década se encontraba un fuste completo que hacía las veces de asiento. Siendo también de granito, cuando los capiteles están labrados en arenisca, puede parecernos una extraña conjunción, pero nada más lejos de la realidad. En Sierra Morena, sobre todo en los ámbitos mineros, no son pocos los casos que se asemejan. Valga de testimonio el templete, también dístilo, que podemos apreciar en Munigua o Mulva, sierra adentro del núcleo urbano de Villanueva del Río y Minas (Sevilla).

Capitel junto a la escalinata de acceso al templo. Autor: Plácida Sánchez Rosales




Fragmento de fuste junto al 'Camino Romano'



Templo dístilo en Munigua. Autor: Turismo de Sevilla


lunes, 11 de marzo de 2024

De símbolos apotropaicos

Al hilo de nuestro castillo, embarrados en discernir si sus murallas son de origen califal o almohade, cuando anecdóticamente ambos periodos históricos se rigen bajo el cetro de un califato, o si fueron erigidas por gracia y buen criterio de Alhakén II o se levantaron por orden de Yusuf al Mansur como pieza destacada en una compleja partida de ajedrez, hay uno y mil detalles de interés que han quedado relegados en el altillo de la desmemoria. Apoyados en el báculo de Patricio, en su disparata manera de mirar e interpretar, lo que a primera vista nos puede parecer una minucia a poco que le demos una repensada se hace un sillar que nos arma un castillo. Así ocurre con la entrada de la fortaleza, desfigurada a fuerza de tantos usos y retoques, o la decoración de sus lienzos, donde no llegamos a discurrir con claridad si se trata de un complejo esgrafiado o un simple encintado, pero que presenta un buen número de singularidades. Ese es el caso de la afamada flor de cuatro pétalos presente en una almena, pero también de un zigzag a contracorriente de la norma, un pequeño y sencillo 'capitelillo' o la sucesión de lo que podríamos denominar como varias cruces de San Andrés, cuando en realidad podría ser el eje vertical de una sebka. Aunque lo que más me llama la atención es el último hallazgo, que descubrí recientemente mientras paseaba con la perrilla, un doble y singular ‘alquerque de doce’ dibujado en vertical sobre un cajón del lienzo de muralla. ¡Vamos, lo que en Baños llamamos un tablero de Los Lobos! Con una posible función apotropaica, podría ser un símbolo protector realizado tras la conquista castellana del castillo. Si ya me lo decía con su vozarrona el bueno de Antonio, por lo que me toca y contrario a la costumbre: ‘si la puerta la hicimos tu chacho el Fino y un servidor, de peón’.



lunes, 4 de marzo de 2024

La edad

Casi de siempre, desde que siendo bien chico descubrí que en mi pueblo había presencia de una cultura antiquísima, he hurgado en cada uno de sus recovecos para descubrirme e identificarme con el terruño que modelaron hasta hacerlo suyo. Con ese afán, he perseguido un hilván de pizarra, aunque en silencio me decía mucho, he mirado en el descosido de toda charabasca por si ocultaba un ripio enmudecido y he husmeado en el interior de cada hormazo de piedra para tirar del hilo que tejiera cualquier historia. Y procediendo de esta manera, el otero de La Verónica no quedó ajeno a un trajín tan ilusionante. Tan sencillo como la ‘rociá’, que brilla con el primer hilo de luz de la mañana, aquellas extrañas corralizas me insuflaron el suficiente ánimo para no abandonar tan prematuras inquietudes.

En el lugar, de muy zagal y mirándome en mis mayores, aprendí a caminar sin un ápice de vértigo por la estrechez de la herradura del río y a salir del barranco sin que se me quebrara el aliento. Después, mucho después, cuando supe de terrazas, acrópolis y fortines, con los ojos como rastros diseccioné cada palmo de tierra, desentrañé cada ripio de piedra y, con cada tiesto, creí experimentar lo que pudieron sentir nuestros ancestros al manipular una pieza que era un útil cotidiano. Busqué y mil veces busqué… una roca bermeja, ancha y abarquillada para moler grano, una espiral tallada en una estela o una cazoleta horadadas en la roca, ¡qué no sé qué demonios simboliza! Pero también hurgué allí donde pudiera haber un cacho de barro con el pellizco de un mamelón, la quebrada forma de una tulipa o el toque aristocrático de una copa funeraria, y todo con la ilusión de empuñar una alabarda o ataviarme con una diadema de plata. Me encaramé a un bastión, supuestamente altanero y ahora doblegado por el peso del tiempo, y oteé su horizonte. Zigzagueé por sus estrechos e imaginarios adarves sin presentar batalla y quise apreciar sobre un altozano distante una señal de alerta, una estela de humo que se elevaba entre una cohorte de pavesas.

Pero, inmerso en aquel desatino, no fui capaz de desentrañar su esencia verdadera. Fue tarde, quizá en el ocaso de un silencioso día de otoño, cuando aprendí a detenerme un instante, sentarme sobre una peña y observar cada detalle del entorno, por nimio que fuera. Entonces y sólo entonces fui capaz de experimentar lo que aquella gente sentía al comulgar con la naturaleza que los envolvía; fue entonces que disfruté de algo tan sencillo como el horizonte por donde manaba el río, un paisaje que se retorcía una y cien veces huyendo hacia un norte que se difumina en la memoria de los tiempos. Quiero creer que fue entonces cuando descubrí las bondades del viento, la lluvia y el olor a tierra mojada.

De tanto mirar a la acrópolis jamás vi lo que se derramaba a su vera. Colgado del barranco, acunado por el tiempo y domeñado por el olvido, el huerto siempre estuvo ahí, como sus piedras, sus pozas y sus bancales, como una extensión diacrónica del poblado argárico. No supe verlo, Y como si fuera un eco atemporal del viejo martillo minero, allí estaba también la callada voz de sus hortelanos, clamando por llamar mi atención como sirena huérfana de marinero. Cicatrizados sobre la roca, aquellos versos siempre estuvieran así de cerca, como una huella imperecedera, casi eterna, pero no supe verlos. Mi criterio histórico me dice que el huerto, con su corraliza de cabras, fue después que el poblado argárico de La Verónica, pero lo cierto es que el uno y el otro siempre fueron. Esa manera de construir no es modo cultural de un momento histórico concreto, en verdad es la manera de hacer que nos impone esta tierra, tan áspera y tan difícil de doblegar. Desde los comienzos de la Humanidad hubo unas directrices para lidiar con esta tierra, y la dominaban los pobladores de La Verónica y los constructores del huerto de la ‘Bizca’, pero también la conocían a pie juntillas los que armaron el rajal de las colmenillas o el pantanillo del arroyo Rumblarejo. Con el tiempo, triunfó la desmemoria y una supuesta racionalidad que no tiene nada de humanidad y sí de expolio. Doblegamos unas maneras de hacer e, imitando al norte, perdimos el sur. Como paquidermos, penetramos en la rueda de la productividad, en el mecánico hastío de la rutina diaria, en gastar, tirar y quemar, nos dejamos llevar por la filosofía del despojo. La tierra siempre nos dictó sus normas, pero ahora las repudiamos olvidándolas en la ancha papelera del escritorio.

Se nos dijo que había que correr para llegar lo más lejos posible…, y el camino perdimos la humanidad y el criterio para dilucidad la verdad de la mentira. Y como idiotas seguimos perdiendo el tiempo, y hasta la vida, intentando adelantar a los demás.

Inmersión en la pecera, / inmersión en tu pecera, / inmersión en mi pecera.

¡Listos para la inmersión!