martes, 19 de octubre de 2021

La realidad histórica y su ficción literaria como herramienta para el desarrollo y la promoción de recursos y rutas turísticas: sobre el 'Camino de la Vía Dolorosa', Baños de la Encina (y 3)

Lámina 14: Recorrido de la 'Vía Dolorosa' en la mañana de Viernes Santo y apelativos de las calles, Baños de la Encina. Fuente: Callejero de Baños de la Encina, 1888. Instituto Geográfico y Estadístico, Trabajos Topográficos.

Lámina 15: Casona de Catalina de Vitorio, en Calle Amargura / Calle Suspiro con Calle de La Cruz.

En Priego y en la misma línea, la vuelta al Convento de San Francisco se realiza por las calles Río y Acequia. El agua se nos presenta en el itinerario como símbolo de renovación, de la resurrección que obligatoriamente tiene que llegar.

            Lo cierto es que el regreso de los pasos procesionales la mañana del Viernes Santo, desde Jesús del Llano a San Mateo, tenía y aún sigue teniendo a la calle Mestanza, ‘roio’ en el Catastro del Marqués de la Ensenada (XVIII), como primera escala. Después, antes de llegar a la Plaza Mayor y encerrarse los pasos en la parroquial, su destino final, se realiza una segunda etapa que tiene a la calle Donosa como protagonista (ahora llamada Isidoro Bodson). Lo que en cierta manera viene a apoyar la tesis de Braulio, pues hasta mediados el siglo XIX el cementerio parroquial flanqueaba la calle Donosa (la margen izquierda según descenso) y, en cierto sentido, tal nombre venía a reafirmar que sí, que la resurrección era posible, que tendría forzosamente que llegar de la mano de Jesucristo, pero sólo para los ‘donosos’, los que estuvieran llenos de gracia, de dones. Lo que justificaba este apelativo para denominar al último hito del callejero en el camino de la ‘vía dolorosa’ que nos trae.

Lámina 16: Calle Mestanza o del ‘roio’ (arroyo), años 70 del siglo XX. Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Lámina 17: Calle Donosa o Isidoro Bodson, flanco derecho en descenso. En primer plano Casa de los Delgado de Castilla. En la margen contraria es donde estuvo localizado el cementerio parroquial hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Lámina 18: Calle Amargura con calle Visitación / Calle Mestanza: empedrado, lo que se llamó en la época ‘pavimento especial’. Década de los 50 del siglo XX. Autor: Archivo particular de Diego Muñoz-Cobo Rosales.

—Pero, Dios mediante, ¡dejad ya el vino y la cháchara! Noto cierto relente, el viento comienza a removerse, —apostilló La Chacona mientras se ponía en pie bieldo en mano.

 

*********************

             Llegados a este punto, es necesario anotar que la mayor parte del itinerario procesional del Viernes Santo no discurre por la llamada como ‘villa vieja’, por el histórico callejero que comenzó a derramarse a la vera del castillo de Baños en las postrimerías de Alta Edad Media. El ‘camino de la Vía Dolorosa’ utiliza una sección de la trama urbana que, pese a gozar de una alta carga histórica y cultural, queda fuera de los recorridos guiados y al uso que vienen ofreciendo los diferentes agentes turísticos. Se trata de otro momento del hilo de la historia, otra forma de entender la comunidad, usar el territorio y construir las edificaciones. Ahora, perdida la identidad militar de la plaza y alejados del barrio de La Cestería y sus casuchas en pendiente, son mayoritarias las calles que cortan trasversalmente las líneas de nivel del Cerro de la Calera. Sumamente empinadas, están flanqueadas por casonas que se derraman a pie llano, sin escalones interiores ni escalinatas, muy amplias, de un blanco que rayaba la pulcritud. Edificadas con piedra local y tapial, se elevan en planta baja y cámara, en ocasiones con bodega, y en su distribución interna desempeña un papel protagonista el carácter agrícola que en aquel momento condicionaba las economías familiares.

Lámina 19: Barbería del Maestro Ponaire, en Suspiro / Herradores: Pedro Ponaire y Rafael El Chin. Autor: Diego Muñoz-Cobo Rosales. Sirva como homenaje por el enorme trabajo de recopilación fotográfica y creatividad que Diego realizó y puso a disposición de todos los bañuscos.

Y ajenas a los contenidos de este figurado ‘viacrucis’, en un intento de hacer que la crónica doméstica comulgara con la Historia entendida de manera más global, estas calles también se fueron impregnado de historias corrientes, sufrimientos, anécdotas y anhelos que las dotaron de un carácter singular, diferente. Un enorme acervo cultural que ha favorecido que estos barrios tengan hoy una identidad propia, una herramienta cultural que podría ser la mejor carta de presentación para implementar un recurso educativo eficaz y con posibilidades para el uso turístico. Este vecindario y su entorno más inmediato no dispone de un castillo, una iglesia o un palacete, pero sustenta alguna de aquellas cálidas panaderías, con su horno panzudo y unos aromas ancestrales; también resiste la casona que dio sede al antiguo puesto de telégrafos y a la no menos añosa centralita telefónica, reflejo el uno y la otra de la bien recibida modernidad de antaño. Son calles que aún rememoran los aromas a anís seco que desprendía el estanco de Paquito Juan Rafael, por Navidad, y se arrebozan con el olor a tomillo e hinojo de las aceitunas de Isabel La Huevera. Curadas con ceniza y agua salobre, de los pozos bañuscos, endulzaban en una imperecedera tina de barra con inacabables ciclos de veintiún días. Y también recuerdan la figura del Maestro Ponaire, un personaje más que singular que transformó su vieja peluquería de señores, la que aún se mantiene en un estado impoluto, en un lugar de encuentro y distendido debate ‘pajaritero’ (silvestrismo[1]).

Lámina 20: Uno de los tres hornos que hubo en el barrio: La Becerrá / Calle Industria, Calle de la Cruz y Calle Suspiro con Cotanillo. En este caso el último de ellos, Horno de los Cantarero (en la fotografía, Bartolomé Cantarero). Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Y qué decir de la plazuela de la Cruz, que esconde en sus entrañas uno de esos capítulos de nuestra historia que nunca debieron ocurrir, personificado en su refugio de la Guerra Civil; o qué hay de esos tipos y señoras que fueron muy grandes por tan sólo, o tan mucho, tener un genio desbordante y un hacer muy singular, y que dejaron una huella imborrable en la memoria cotidiana: Lola Cantarero, Lucas Pepinollo con sus fábulas protagonizadas por ‘codines’, y su cuñada Lola, Rita y Cándida, Juan Manuel El de la Tonta cabalgando sobre su cascajoso pascuali, un alboroto de hierros y reventones de carburador, El Obispillo con sus mañas para tener entretenida y embobada a la chiquillería, La Paniagua, Antonio Laruta y Marcelino del Moral, cada cual un virtuoso de la música, en su palo, Don Julio El Practicante, Ángel Mañono con sus ‘artes’ o Chisque, entre otros muchos que sería muy largo enunciar. Personajes todos ellos, su hilo vital, con capacidad para armar el mayor andamiaje discursivo que pueda imaginarse.

Y con todo, aunque quedaría mucho más que relatar, también se localizan pequeños rincones, y algún antro, de fama merecida y no para lo bueno, como ocurría con la calle del Potro, la que ahora se identifica con el tramo superior de la Calle de la Cruz:

 

 ‘Hubo, además, más casos de muerte por arma de fuego en la villa. Los Mármol Galindo estuvieron relacionados con dos casos más. En uno de ellos aparece Juan del Mármol Galindo como víctima de un carabinazo, obra de un recaudador de Millones. Un año antes Gregorio del Mármol Galindo, clérigo de Epístola estuvo implicado en la muerte de un vecino:

De dos arcabuzazos, en esta villa en la calle que llaman del Potro, como a ora de las una del día poco, más o menos.

Las espadas y estoques eran también armas mortíferas, La falta de alumbrado público, carencia propia de la época, hacía que la noche fuese un momento apropiado para llevar a cabo venganzas y encerronas. En enero de 1680, hacia las tres de la madrugada, murió a estocadas Pedro García, también en la calle del Potro’[2].

Lámina 21: Palacete de los Mármol Galindo antes de ser derruido, en calle Mestanza. Con seguridad, el equivalente civil de la reconocida joya barroca del Camarín del Santuario del Cristo del Llano. Autor: Juan Manuel Ortiz.



[1] El silvestrismo es la afición a la captura y cuidados en cautividad de ciertos pájaros de campo, pertenecientes a la familia de los fringílidos, con el objeto de su adiestramiento al canto. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvestrismo.

[2] APONTE MARÍN, Ángel: ‘Algunas notas alrededor de un caso de bandolerismo en Baños de la Encina’, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 154. Jaén: Instituto de Estudios Giennenses-Excma. Diputación Provincial de Jaén, 1994. Pág. 139-147.

jueves, 14 de octubre de 2021

La realidad histórica y su ficción literaria como herramienta para el desarrollo y la promoción de recursos y rutas turísticas: sobre el 'Camino de la Vía Dolorosa', Baños de la Encina (2)

Martín, por llamar la atención y crear ciertas expectativas en los oyentes, cosa muy común en el diario proceder de sus negocios, pidió la palabra, detuvo la conversación un momento que se hizo eterno, suspiro, tiró con parsimonia del porrón y, tras unos instantes de silencio, cuando se le antojó, disparó la idea que había madurado.

  —Si como se dice en los mentideros la Cruz de las Azucenas fue picota, es posible que la Amargura fuera usada como corredera, a modo de puerta de atrás por la que desfilarían los condenados que subían desde el calabozo de la Casa Consistorial. El fin de tanto paseíllo no sería otro que exhibirlos como monigotes antes de darles público matarile en el humilladero y exponer allí mismo y a los cuatro vientos el cadáver, —añadió después mientras se limpiaba los belfos con la manga.

En torno a este argumento, cabría la posibilidad de que, en la susodicha cruz, ya fuera picota o rollo, símbolo de señorío y jurisdicción que indicaba que en la Villa se administraba justicia menor y mayor en nombre del rey, se ejecutara a los condenados y se hiciera exposición pública de sus desmembrados ‘cuartos’. La Cruz de las Azucenas, por tanto, podría ser el lugar donde se exhibía a vergüenza pública a los criminales…, o lo que quedara de ellos, y la calle, por ser camino de suplicio y cuesta de mucha pendiente, y sufrimiento, debería su nombre a la amargura que soportaba el reo durante el traslado.

Lámina 6: En primer plano, Cruz de las Azucenas. Ermita de Nuestro Padre Jesús del Llano y camarín barroco que acoge en su interior.

Tras oír aquella argumentación y como si el debate le fuera ajeno, Patricio se levantó un instante y los observó con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. Algunos lo tienen por huraño y cenobita, otros lo consideran muy leído y hombre de costumbres austeras. Lo cierto es que el labriego es de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno de callar. En su papel de augur, pues se tiene por autodidacta y sabio que pocos comprenden, haciendo gala de la fría y premeditada inexpresividad que acostumbra, alzó la vista y miró fijamente al contertulio.

—Mucho presupones y más fantaseas, compadre. ¡No disparates! —Sentenció con la rotundidad que le proporcionaba el vozarrón de su garganta.

Si nos atenemos a las fuentes y documentos escritos, es cierto que surgen numerosas dudas sobre la hipótesis argumentada anteriormente. En los diferentes censos y catastros de la segunda mitad del siglo XVIII (sobre todo en las Preguntas Particulares del Catastro de Ensenada), cuando la calzada estaba flanqueada por corrales sin edificación y alguna casa suelta, las menos, la calle no se menciona con un nombre particular. Se refieren a ella como el ‘viario que sube al Santuario’. Si a esta información le añadimos que la Constitución de 1812 decretó la demolición de rollos y picotas y prohibió la exposición pública de los cadáveres, no parece posible que esta calle hubiera sido bautizada por el ejercicio de una función que nunca tuvo tiempo real de desempeñar.

—¡Uh, pues no sé! Si lo que se quería era burlarse de unos tipejos de mala vida, de unos criminales torturados y engrilletados hasta los ojos con la intención de dar escarmiento, de poco serviría realizar tan particular ‘vía crucis’ por una calle periférica, prácticamente deshabitada, cuando podría hacerse por arteria principal para mayor escarnio y difusión pública: la calle Mestanza, —apostilló Benita con mejor criterio y voz pausada.

Braulio, un tipo de barba descuidada y entrecana, más propia de mendigo que de persona de provecho, se autoproclamaba como ‘erudito más bragado en los tejemanejes históricos del pueblo’. Lo que argumentaba en su mucha lectura y saber interpretar las piedras. Así que, impaciente como era y queriendo en todo momento meter baza, aprovechó uno de los silencios, sin meditarlo ni pedir la vez, para manifestar con cierta precipitación sus ideas.

Lámina 7: Casona agrícola en Travesía Amargura-Desengaño / Calle Amargura.

—Va, va, ¡cuánto maestrillo sin carrera! En otras tierras, donde el rollo fue realmente picota y escenario de ejecuciones, su estirada forma quería aparentar una espada clavada en tierra. El fuste de la columna representaba la hoja y los brazos, en los que se sujetaba al condenado, la empuñadura, —sentenció con rotundidad.

En tal caso y como es obvio, el conjunto escultórico se elevaba como símbolo inquebrantable de la aplicación universal de la Justicia.

A modo de referente y tomándole la palabra a Braulio, así sucede con picotas muy reconocidas de la Meseta Norte, como es el caso de Villalón de Campos o Aguilar de Campos, ambas en la provincia de Valladolid. Situadas en amplios e importantes espacios sociales, como plazas mayores, son instrumento de organización de las mismas: el patíbulo se convierte en centro de especial atención pública. Y ésa y no otra era su verdadera función: dar ejemplo en un lugar de máxima visibilidad.

Por el contrario, nuestra Cruz de las Azucenas, antesala que fue del viejo humilladero bañusco del Cristo de la Luz o del Santo Cristo[1] (germen de la actual ermita barroca del Nuestro Padre Jesús del Llano), se asemeja mucho más al rollo que antecede al Humilladero de Medinaceli (Soria). Parecido, por otra parte, que no debe extrañarnos, pues quizá tuvieron un modelo común en el que mirarse que se expandió con los movimientos trashumantes.

Lámina 8: Rollos de Aguilar de Campos y Villalón de Campos. Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Lourdes Cardenal.

Lámina 9: Ermita del Humilladero de Medinaceli. Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Diego Celso. Ermita de Jesús del Camino, Baños de la Encina.

Otro tanto ocurriría con otra de las ermitas bañuscas, la pequeña, pero robusta, de Jesús del Camino que, muy próxima al Santuario de Nuestra Señora de la Virgen de la Encina, reprodujo la forma ‘torreada’ de aquélla de Medinaceli. Como también sucede con la ermita del Cristo del Llano, apartado del núcleo urbano y ubicado en un cruce de caminos, la principal finalidad del humilladero soriano, además de ser lugar donde los viandantes pedían protección para el viaje (física y espiritual), sería la de purificar el alma del caminante que se detuviese un instante a rezar junto a su cruz. Posiblemente, en la misma dirección y utilidad, la de purgar los pecados de los creyentes, estuvo la causa de que nuestra Cruz del Cristo de la Luz estuviese rematada por un haz de azucenas, símbolo de pureza e inocencia.

Más parece, como con buen criterio nos dice nuestro viejo cronista local, Juan Muñoz-Cobo (Muñoz-Cobo 1988), que de exponerse los cuartos en algún rincón de cierto tránsito del vecindario esto hubiera sido en el barrio de abajo de la villa, en el encuentro del Camino de Andalucía con la población (suroeste). Lugar éste mucho más pasajero que el cruce del Camino del Hoyo/San Lorenzo con el Camino de Los Llanos y Doña Eva, o Castellana, al noroeste del núcleo urbano y donde está ubicada la Cruz de la Azucenas y la ermita del Cristo (junto al viejo aprisco ganadero del Santo Cristo).

Lámina 10: Camino Romano / Restos de fuste reutilizado en los bardales que entallan el Camino.

De tal forma se procedió en la segunda década del siglo XIX, cuando el autor de un cruento asesinato fue ejecutado en La Carolina y su mano derecha expuesta hasta consumirse en un poste de madera de las Eras de Casa (Camino de Andalucía). Quizá, con ese acto de encarnizada justicia y en este enclave concreto, se trataba de evocar la ubicación de una picota anteriormente presente en el lugar y que documentalmente desconocemos. Pese a ello, en las inmediaciones de la calzada, en el tramo llamado como Camino Romano, hemos identificado la presencia de un fuste, de granito, reutilizado como parte de un bardal y que, con cierta probabilidad, podría haber desempeñado aquella utilidad. Construida con materiales menos efímeros que los leños de la picota decimonónica, posiblemente fue derribada bajo los auspicios de la Pepa (Constitución de Cádiz, 1812).

Conociendo al tipo e imaginando que aquello podría acabar en un soliloquio, La Chacona cortó por lo sano acercándole el porrón al auto proclamado como cronista. Martín, más dado a conciliar y sacarle unas perras a todo, tomó ahora la palabra.

—¡Paisanos, vaya faena!, estando como estábamos seguimos como al comienzo, sin aire para aventar y sin ponernos de acuerdo con la cosa del nombre de una calle que para algunos es tan entrañable, —afirmó mirando a La Chacona, que moraba en este vecindario, en el encuentro de Amargura con Visitación.

Martín intentó aprovechar el turno de palabra para cambiar de tercio y charla, pero Benita se lo quitó.

—¡Buf! Es que en cuestión de opiniones ocurre como con las maneras de hablar, que hay ciento, un millón…, en cada pueblo y cada casa se tiene la propia. Que cada cual, en lo suyo, llama al pan y aceite como bien le viene en gana o tiene por costumbre para que así se den por aludidos los convecinos. Aquí, en este pueblo, le llamamos cucharro, pero a tiro de piedra le dicen hoyo, canto y hasta hay quien lo alude como  cachurro o cachucho[2]. Pero esos no son motivos suficientes para ir desuncido de la vecindad, —reflexionó La Chacona—. Y, digo yo, ¿el nombre no vendrá a cuento por la cosa de la religión, por su relación con la Semana Santa? No hay nada más que dar un repaso a los apelativos de las calles de su entorno para apreciar nombres con cierto apego al ‘negociado’ de la iglesia: Cruz, Desengaño, Calvario…

—Podría ser, —meditó pensativo y buen juicio Patricio, que de estos temas estaba bien informado. No en vano era asiduo lector de la Biblia y tenía sus versículos y sentencias siempre en la boca.

El tipo, en relación con la disparatada diversidad de criterio de las gentes, del poco criterio que atesoraban según decía él, y la mucha verborrea de tanto ‘apóstol’ y sabiondo, opinaba que era mejor dejar sueltos a los perros para que hicieran su trabajo.

Al hilo de lo comentado, en la parroquial, durante la madrugada del Viernes Santo, se escenifica una representación dramático-religiosa y tono aflamencado, los ‘Sermones y Pregones de Cristo’, donde interviene el pueblo llano y se recita el ‘Proceso’ de nuestro Señor: El Prendimiento, Soberano Redentor, Poncio Pilato y La Sentencia (Pregones). Este tipo de acto también tuvo, y tiene en menor medida, una amplia repercusión en otros pueblos del entorno, caso de Mengíbar, Villacarrillo, Villanueva del Arzobispo, Cabra del Santo Cristo o Guarromán, y del área sur de la provincia de Córdoba (Subbética)[3]. Posteriormente, como colofón de la ceremonia y por las calles del pueblo, se procesiona la Pasión de Cristo.

Lámina 11: Plaza Constitución / Parroquia de San Mateo, años 70 del siglo XX. Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

—Sí, podría ser, —volvió a repetir Patricio sin inmutarse—. Es posible que la ‘parafernalia’ que tiene lugar en la parroquial durante la madrugada del Viernes Santo, a modo de preámbulo, tuviera su prolongación y epílogo en la calle, donde los ‘pasos procesionales’ emularían, con mayor o menor acierto, el recorrido original de la ‘Vía Dolorosa’. No sería de extrañar que las estaciones tomaran cuerpo en las calles.

Como bien afirma Patricio, el itinerario de la procesión matinal de Viernes Santo, a modo de camino de peregrinaje, es la plasmación física y territorial del viacrucis sobre el callejero bañusco. Proceso de implementación que posiblemente tuvo lugar durante el tránsito del siglo XVIII al XIX, cuando se transformaron los apelativos del callejero.

En las ciudades de mayor entidad, pues se desconoce si también fue de tal manera en pueblos de menor población, parece que existe cierta relación entre la Orden Franciscana, la fundación de cofradías bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús Nazareno y el asunto que tenemos entre manos: los sermones y la representación procesional de la Pasión de Cristo[4]. La hipótesis que propone Patricio es posible. En los primeros siglos de la Edad Moderna y aún después, de diferentes maneras, en los pueblos y ciudades de Europa se fue reproduciendo la ‘Vía Dolorosa’ o ‘Viacrucis’, imitando la original de Tierra Santa. Las variantes fueron numerosas, ya fuera mediante el levantamiento de ‘estaciones de la cruz’ a lo largo del itinerario procesional o dibujando el recorrido original, con sus diferentes apelativos, en la topografía y callejero del pueblo o villa correspondiente. En Andalucía no fueron pocos los casos. Sirva, a modo de ejemplo, Priego de Córdoba, pueblo de la Subbética con el que Baños tiene estrechos lazos y del que recibió intensas influencias artísticas de corte barroco. En aquella ciudad, tras algunas vicisitudes históricas y cambios bien documentados, el itinerario por donde procesiona el Nazareno la mañana del Viernes Santo discurre por una calle Amargura, como ocurre en Baños, y sube a la Ermita del Calvario para después finalizar bajando por las calles del Río y Acequia al Convento de San Francisco, de donde partió a las seis de la mañana. Y es aquí, de la presencia del convento y su capacidad organizativa, donde entroncamos con el papel principal que parece desempeñó la Orden Franciscana en el desarrollo del proceso[5], o al menos así ocurre con este caso concreto.

Braulio, que estaba a la que salta y por no perder su papel de hombre de documentos y profundo conocimiento histórico, tomó la palabra.

¡Leches, claro que sí!, atando cabos aquí y allá podría darse esa circunstancia. Si confrontamos el callejero bañusco de la primera mitad del siglo XVIII (1718)[6] con las nomenclaturas del XIX, si desmenuzamos los cambios que se produjeron, seguro que hubo una voluntad de construir, de simular, ‘el camino de la vía dolorosa’, estación a estación, en el empedrado de nuestras calles, —vociferó efusivamente Braulio, alzando la voz cuanto le permitían sus cuerdas vocales.

Lámina 12: Plazuela de la Cruz / Calle Suspiro o de los Herradores.

En Baños, la calle de La Cruz, hasta el XIX segregada en dos y llamadas como del Potro (tramo superior) y Ejido (tramo inferior), representaría la segunda estación en el Vía Crucis, el momento que Jesucristo carga con la Cruz; mientras que Amargura, sin apelativo reconocible en el siglo anterior a no ser que se tome como tal ‘viario que sube al Santuario’, y Calvario «viejo» son pruebas más que evidentes de la recreación callejera del Viacrucis, como ocurriera en Priego de Córdoba. Por otra parte, Suspiro, que antes del siglo XIX aparece mencionada como Herradores o Cuesta de los Herradores (tras perderlo momentáneamente volvería recuperarlo a lo largo del XX), Visitación (hasta entonces Chacona) y Desengaño son apelativos ciertamente relacionados con actitudes y comportamientos muy humanos de Dios hecho hombre durante su particular viacrucis. En cierta manera podrían representar, respectivamente, el alivio que recibió Jesús cuando Simón Cireneo le ayudó con el peso de la cruz (Suspiro), el encuentro con su madre, con la Verónica o con ambas (Visitación) y la tercera caída o creencia definitiva de que ya no habría atrás en su misión, en su camino al Calvario, a la muerte (Desengaño), antesala de la resurrección. En lo más profundo, el significado de ‘Amargura’ y ‘Calvario’ es idéntico, la única diferencia es geográfica, territorial, pues la amargura o suplicio es previa, es camino, y conduce irremisiblemente al segundo, a un fatídico desenlace final: al lugar del calvario. Y tal cual se dibujó en la trama urbana bañusca.

—Y aquí, en Baños, —apuntaló Braulio sin apenas dar un respiro—, el regreso a la parroquia de San Mateo se encarrila por una calle nombrada como arroyo. ¡Sí, arroyo, pues para quién lo desconozca ése y no otro es el nombre que recibía el tramo inferior de la calle Mestanza en los catastros del XVIII (Ensenada), ‘del roio’ o del arroyo! —afirmó mientras daba saltos de alegría.

Lámina 13: Casona de Amalia, en Calle Amargura / Calle de La Cruz, tramo ‘del Potro’.


[1]Al norte de Bailén, a una legua de distancia está Baños; tiene una Parroquial antigua dedicada a Nuestra Señora y la moderna de San Mateo. La Ermita de la Señora que llaman de la Encina por haberse hallado su Santa Imagen en el hueco de una encina, es antiquísima (…). Hay también en esta Villa las Ermitas siguientes: De Santo Domingo, de San Sebastián, San Ildefonso, Santa Olalla y el humilladero del Santo Xpt.’ (Libro de las Fundaciones de Úbeda, Siglo XVII), recogido en MUÑOZ-COBO FRESCO, Juan: Baños de la Encina: un viaje por su historia milenaria. Jaén: Caja Rural de Jaén, 1988.

[3] PADILLA CERÓN, Andrés: ‘El Sermón de los nazarenos. Una tradición barroca, también en Linares’, Actas del I Congreso de Historia de Linares. Linares: Centro de Estudios Linarenses, Diputación Provincial de Jaén, 2008.

[4] PADILLA CERÓN, Andrés: ‘El Sermón de los nazarenos. Una tradición barroca, también en Linares’, Actas del I Congreso de Historia de Linares. Linares: Centro de Estudios Linarenses, Diputación Provincial de Jaén, 2008.

[5] PELÁEZ DEL ROSAL, Manuel: ‘Una secuencia pasionista: de la calle de la Amargura al Calvario en un imaginario popular barroco’, en Actas del Congreso Internacional Calle de la Amargura. Cádiz: Cofradía de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos, 2019. pág. 649-664.

[6] Archivo Municipal de Baños de la Encina (AMBE): ‘Del Pozo Vilches, de las Eras, Ejido y Del Potro, Becerrada, Pósito y Herradores, Chacona, Ejidillo, Peñas, Arroyo, Mestanza, Luzonas, Plaza, Cueto y Cestería’.