lunes, 17 de diciembre de 2018

Homenaje al viejo niño de las albarcas

Fotografía: Rosa Cruz

Sobre el lienzo de la madrugada la aurora traza sus últimas pinceladas, dibuja una mañana gris, solitaria y quebradiza, tan fría como el acero que duerme al raso. Bajo los bancales de piedra, el nogal, que siempre estuvo ahí, cuando la sementera y en la siega, con el barbecho y en tiempo de escardar, distante de las bravatas de la gente espera impenitente la visita de diario, el soliloquio del viejo niño, el susurro que le pone al corriente de la cochura de esa noche. Día tras día, el vecino se acercaba con parsimonia a la desbaratada parata, renqueante, como midiendo cada paso, con la paciencia que dan los muchos años y las buenas hechuras. Se dejaba caer en su silla plegable mientras subía la última masa, siempre en eterna espera, y apreciaba con metódica atención como cientos de diminutos murciélagos dibujaban una vibrante danza en la húmeda atmósfera de la mañana, sin más intención que penetrar en la estrecha y pétrea morada que con el amanecer les daría cobijo. La sombra, a primera hora sedente y alargada, disfrutaba de las cosas sencillas como hacía el niño niño en los primeros años de su vida, cuando marraneaba en los charcos con las relucientes albarcas que le trenzó su abuelo.

En su disparatado baile, los roedores volantes desmadejan la oscura noche y definitivamente enhebran la primera mañana con finos hilos de oro. La silla plegable del viejo niño sigue vacía y empapada por la rociá. Siempre varada junto al bardal, al cobijo y sombra de la vieja noguera.

Por frente, dando pie al pueblo llano, el nogal tiene por vecindad una vetusta tahona, una casona de ladrillo recio y barro, un mastodonte panzón que por la chepa eructa volutas de humo e impregna la mañana de aromas a pan caliente, café negro y azúcar tostada. Su interior es cálido, como los cuarterones de pino viejo de la robusta mesa de bolear panes, y acogedor, tanto como la ancha artesa labrada con el corazón de una encina milenaria, un cuezo dorado que cada noche se preña de cientos de hogazas.

En el interior no hay más luz que la que presta la hornilla y un pequeño lucero pegado al obrador, el que ofrece una diminuta y parpadeante bombilla fruto de las muchas mañas del hombre niño. La cafetera, junto al horno, espera humeante la callosa mano que no llega, y se impacienta. El grano de trigo, mudado a polvo entre níveo y tostado, se posa en cada rincón del inmueble y duerme plácidamente suspendido creando una atmósfera acogedora, poética. En el lugar más insospechado, trazado sobre la harina, arranca un romance; en la esquina más oculta, donde cuelga una tela de araña que despide destellos de plata, hay impreso un soneto; y en el viejo calendario de pared y colores desvaídos apenas es inteligible el borrador de una estrofa. Aunque todo es silencio, de cuando en cuando se escucha el tintineo, armonioso y cansino de la chapa que cierra la boca del horno, y en su continuo trajín trova versos.

En el exterior, por delante del bancal y a la vera del árbol, un pequeño recipiente de hoja de lata aprieta en su interior un puñado de cuartillas de emergencia, por si las letras juegan a improvisar mientras asoma el primer hilo de luz de la mañana. Avanzan las horas y crece la inquietud del viejo árbol, que ajeno a las cosas de los hombres sí conoce que “noviembre lleva el otoño calado hasta los huesos”. Conociendo que la muerte es inevitable y da fe de lo que se fue en vida, el nogal deja caer sus hojas para que dancen al antojo de los vientos, que ya toca. Se descuelgan una a una, con lentitud, hasta tejer una jarapa de cien tonalidades, un bello encaje multicolor.

Y teniendo certeza de lo inevitable, a modo de homenaje del buen amigo que marchó, cada hoja muestra en su envés un verso-memoria del viejo niño de las albarcas empercudías de barro.

A la memoria de Antonio Maldonado García, un hombre bueno: entrebosquesypiedras.blogspot.com

domingo, 16 de diciembre de 2018

Cuento de las "Dos Hermanas"


Pues ya tengo mi nueva "criatura" en casa: "La leyenda de las dos hermanas", una versión libre de la bella leyenda que en su día recopilara nuestro cronista local, D. Juan Muñoz-Cobo, y de la que ya realicé una primera versión, una obrita de teatro que escenificó el AMPA de nuestro colegio, ¡bienvenida sea!
Agradecer la colaboración de mi buen amigo, antiguo compañero de estudios, Juan Basilio Martos Ramos, que me ha acompañado con dos bellas ilustraciones (portada y contra).

lunes, 6 de agosto de 2018

El bosque de ovejas de piedra y fantasmas cimbreantes (Cuento de Triana, Cap. 3)

Metida de nuevo en los trajines de la ventolera, un poco mareada por tanto zarandeo, intentó mirar hacia abajo. Lo que al principio le pareció una extensa e inescrutable mancha verde formada por los cientos de copas de los árboles, un bonito y apretado bosque de pinos, poco a poco se fue aclarando permitiéndole que viera las cosicas de su interior. La mágica luz que había en el interior de las piedrecicas le facilitó ver todas y cada una de las plantas que nacían a la sombra de los árboles, la belleza de aquella umbría la dejó sin palabras.

Pudo entrever una inmensidad de candilicos que buscaban la protección y sombra de las rocas, también la humedad que había a su vera. Vio cientos de gladiolos dispersos por todo el monte, formando diminutos bosquetes de un llamativo color azullillo. A modo de distinguido contraste, apreció también el amarillo luminoso de las escobas, que formaban pequeñas manchitas en las cotas más bajas del cerro, ya linderas con la ribera del río. También había un ejército de orquídeas, diminutas y moradas, fugaces, que se cuenta son las larvitas de los duendes que hacen y deshacen a su antojo en el bosque. Pero en realidad, a la sombra de tan vetustos árboles, lo que más dominaba es el musgo y los líquenes, innumerables helechos, frondosos lentiscos y alguna y severa encina, que hermanados luchan por recuperar un terreno que les fue robado por tanto pino y eucalipto… Y, por todo lo ancho del monte, campaban cientos o miles de “peos de lobo”, pequeñas bolitas blancas y deformes ocultas entre una maraña de hojitas de pino.

Planeando plácidamente, superó una corraliza gigantesca, donde se dice que los duendes ceban seres fantasmagóricos que rondan por la noche, y pasó por la coroneta del cerro, el lugar donde minutos antes había caído Trompetilla. A su izquierda quedaba el otero de Cerro Molinos, rematado por un castillete de pizarra muy antiguo, con miles de años; a la derecha se escondía el barranco del arroyo Paridero, escalonado por una sucesión de frondosos y generosos huertos; y al frente se asomaba un rebaño de piedras brillantes.

Unos simpáticos arrendajos se le pusieron a la par venga y venga charlotear, le acompañaron en su vuelo durante unos instantes que a Semillita se le hicieron interminables. Mientras volaba, le pareció ver dos siluetas en la línea del horizonte, que ajeno a la rutina diaria de cada cual mostraba el camino a la noche. La una andaba muy lentamente, armada con varios pinceles y una paleta, como si husmeara cada rincón del paisaje. La otra le seguía complaciente, cargada con un atril y esperando la toma de decisiones de la primera.

En un plisplás superó la cima y volcó a la solana de Piedras Bermejas. El hato de rocas presente en Las Migaldías mudó en un rebaile a rebaño de proporciones gigantescas. Las piedras, vistas desde arriba, parecían una piara de lustrosas y reborondas ovejas a la que daban forma miles de peñascos en eterna trashumancia, de toda forma y tamaño, incontables. En medio de tanto pedrusco, no había huequecito de tierra que no estuviera tomado por la jara negra, una planta de dureza extrema pariente de Semillita. Entre todas formaban una mancha verde parda, de enormes proporciones, moteada de pequeñísimas florecitas blancas y puntitos amarillos. De tanto en tanto, una retama en flor y algún altramuz amarillo ponían una nota de mayor color. Por mucha atención que puso, Semillita no apreció ninguna mata de su familia más directa, ¡nada! Se entristeció bastante y derramó una lagrimita de pena al verse tan sola. 

Un tanto desprevenida por la congoja, no fue consciente del cambio que hizo Brisa de Poniente, que bruscamente viró el impulso de su soplo hacia el Este. Cruzaron por encima del arroyo de la Alcubilla, un hilo de poca agua, mucha pizarra y alguna adelfa, y se elevaron de un arreón hasta el pelado del Cerro Estacas. Estando arriba, surcaron un llanete pequeño tomado por una multitud de bardales, corralizas y majanos… un pedregal. Algo más allá, en la cuerda, les saludó un fantasmagórico bosquete formado por más de un millar de gamonitos, muy erguidos, delgados y cimbreantes. Se alzaban de tanto en tanto, como pasmarotes de manos abiertas, moviendo al viento su flexible cintura mientras balanceaban sus diminutas y bellas flores, estrellitas de impolutos pétalos blancos. En medio, en un hoyete pelao, se desparramaba una temprana mata de alcaparra, ¡ah no!, eran dos, tres y hasta cuatro. Del tronco le salían ramificaciones muy alargadas con brotes tiernos y verdes, que crecían hasta abrazarse las unas con las otras. Con los días y las calores, cuando sus cientos de flores cogieran forma de bolita, las delgadísimas ramas se harían espinosas y sangrantes.

Aburrida la cumpleañera y exhausta la pequeña, volaron bajo, muy rasante, tanto que Semillita tropezó con la vara de un gamón y cayó al suelo pelado. Rodó unos metros hasta quedar varada entre las matas de alcaparra, en un huequecito libre de vegetación. La brisa, aburrida y sin pastel, regresó sobre sus pasos, a juguetear con el agua en la Junta de los Ríos.

La primera intención de las Matas fue arroparla bajo la protección de sus brotes, para que descansara un poco de tanto vaivén. Así hicieron y la dejaron dormir un ratillo. Entretanto, escucharon acercarse un zumbido, que cada vez era más sonoro y cercano, más fuerte, ocultaron aún más a la pequeña por prevenir. Pero en nada se dieron cuenta del origen, se trataba de una escuadra de abejas que venía bastante alterada y con cara de malas pulgas.

-¿A dónde va, buena gente? –preguntó la Mata Uno con interés.
-A dónde va a ser –contestaron al unísono-, la locaria de Trompetilla, que anda con lo suyo dándonos mala fama.
-¡Y cuándo no! –dio como respuesta la misma mata-. Pues por aquí ni rastro, si apareciera ya le damos norte, ¡si es que es posible dárselo!

Mientras las abejas se retiraban, Semillita comenzó a removerse debido al barullo montado. Por la agradable acogida y la humedad, que siendo escasa era suficiente, hizo un primer intento de echar raíces que no pasó desapercibido para las matas. Éstas, con pena, intentaron impedirlo, pues aún teniéndole cariño y queriendo su bien, reconocían que si echaba raíces entre ellas, con el tiempo, la protección mudaría a daño seguro. O lo harían ellas, directamente, pinchándole con sus púas, o sería el hombre quien lo hiciera, dándole un pisotón cuando viniera buscando las alcaparras y los alcaparrones de su cosecha.

-¡Eh, tú!, ¿volvéis para el río? –preguntaron a voces a la abeja más rezagada.
-Sí –contestaron a la vez y de forma unánime varias de ellas.
-Haced el favor, llevad de huésped a Semillita, seguro que por allí hay mejor tierra y más cobijo para ella. Podéis dejarla a tiro de piedra de aquí, en la umbría de las Migaldías, donde los lentiscos y los escaramujos son más abundantes. ¡Seguro que allí echa raíces con fuerza!

Semillita, arropada por los brotes, asomó un poquito su linda carita, miró a las abejas con sus grandes ojitos e hizo una mueca de resignada aprobación. Entonces, cuando salía de una de entre el verde de las matas, los gamonitos comenzaron a bailar de forma desenfrenada, tan trepidante que a punto estuvieron de romper su delgada cintura. Nadie se dio cuenta del aviso, el motivo de aquello estaba en una brisa que se producía de tarde en tarde y a la puesta del sol, cuando un vientecillo enfurecido elevaba sus cabreos desde el río hasta el pueblo cercano. De un zarpazo cogió a Semillita y la mandó por los aires.

-¡Uuuuuuuuuuuuuuuy!, ¡leches! Hasta oooooooooooooooooooooootra. –No le dio tiempo a decir nada más.

Mientras surcaba el cielo a gran velocidad apreció las primeras lucecitas artificiales, que ya vestían de claridad la creciente oscuridad que se cernía sobre el pueblo.

-¡Yo nunca he estado en un pueblo! –pensó-, ¿cómo será?, ¿tendrá los edificios y la magia que me contaron las mayores?

Cada achuchón del viento la aproximaba un poquito más a las casonas de la vecindad, aunque todavía se apreciaban a cierta distancia.

Ilustración: Juan Basilio Martos Ramos

martes, 31 de julio de 2018

El bosque de las piedras que esconden rayitos de sol (Cuento de Triana, cap. 2

Entre la maraña vegetal, atenazada y totalmente oculta por sus mayores, robustas y endurecidas por los muchos años, una joven y pequeñita jara se esforzaba en lanzar su diminuta simiente por encima de sus parientes. Encogida, apretadita entre los estambres, la semilla no encontraba momento para armarse del valor suficiente para coger impulso y volar libre.

-Venga, una, dos y…, -siempre se animaba contando, pero nada, que no, que se quedaba siempre en la intentona.
-Vamos -le decían las ancianas del entorno-, venga anímate, que si el impulso es grande podrás llegar al pueblo del otro lado del río –le insinuaban en broma-. Allí, con suerte, podrás conocer un castillo sin rey ni hada, pero que quizá tenga un fantasma. O una ermita, que dicen brilla como el sol aunque reine la noche. También hay un gigante con cien manos, que cuentan que nunca deja de moverlas, y una iglesia enorme, tan grande que, según se dice, en majada cabrían en su interior miles de ovejas.

Por fin, la semilla se decidió alentada por la sabiduría y ánimo de sus mayores, que le hablaban de las muchas dudas que ellas tuvieron en su día y lo fácil que fue cuando se decidieron, pero también por la cantinela que su madre le había dado aquella mañana. Y así, la tarde del día 20 tomó aire, contó hasta tres –aún no sabía de la existencia de más números- y sus pequeñas piernecillas la catapultaron hacia arriba.

-¡Aaaaaaaaaaaaaadiós! –dijo a voces mientras se despedía de toda la vecindad. Según subía, se agarró fuertemente al culito de una abeja que casualmente pasaba por allí. Se quedó patidifusa, pues el bicho iba haciendo unos giros muy estrambóticos. Trompetilla la llamaban, porque decían las malas lenguas que se ponía de polen hasta las orejas perdiendo casi siempre el rumbo… había ocasiones en las que se le iba la “olla”.

Tomaron altura. Las abrazó una corriente de aire calentito que las impulsó un poquito más arriba y las lanzó mucho más lejos. Semillita se dejó llevar, por ahora no era su intención dejarse caer y germinar, ¡su deseo era viajar y conocer aquel pueblo! Cuando todo parecía ir viento en popa, se les cruzó un dislocado cigarrón que saltó frente a ellas. ¡Casi las esturrea! 

-¡Ay gachón!, qué nos llevas por delante. ¡Locarias!, hay que mirar por dónde salta uno, ¡ayayayayay…!.

Fue tal el susto, que la semilla, sin querer, abrió las manos y se soltó del culete de la disparatada abejita.

-¡Qué me caigo!

Cuando se despeñaba de unas, otra ventolera de aire caliente la elevó una barbaridad, tanto que Semillita se vio de nuevo embarcada en un viaje a lo desconocido que imaginaba más que emocionante.

-¡Vaaaaaaamos allá, a volaaaaaaaaaar! –pensó sin saber a dónde iría a parar.

Por muy potente que fuera el impulso de turno, según costumbre, caería unos cientos de metros más abajo de su vieja morada, junto al río. Pero, un ligero e inesperado viento la alzó de nuevo un tanto más al cielo, por donde pasaba casualmente la juguetona y revoltosa Brisa de Poniente. Andaba ésta muy contenta, pues celebraba su cumpleaños y esperaba le regalaran un pastel. Y así iba, dando trompicones volátiles, sopla que te sopla como imitando que apagaba las velas de su tarta. Aunque iba despistada con su tarea, vio a Semillita y la acogió con dulzura entre sus vaporosos brazos.

-¡Qué nos vamos de viaje! –le dijo-. ¿Sabes?, hoy es mi cumpleaños, -le soltó con entusiasmo.

Distraída con la tertulia, la desvió en dirección al río más próximo, el llamado como Pinto por el color vinazo de sus aguas. La hizo volar de un tirón sobre las olas, apenas unos centímetros por encima del agua, pues Trompetilla, que venía haciendo de las suyas, despistó un momento la atención de Brisa de Poniente. El azaroso percance provocó que Semillita se mojara un poquito los deditos de las patitas.

-¡Achíssss!, ¡buf, qué fría está!

Pero había sido tan enérgico el arreón que le había propinado la entusiasta brisa, que saltó de una sola vez el regato del Pinto y también la anchura de su hermano mayor, el llamado por todos como río Grande. Con las mismas, fue a caer a la ribera contraria, donde campaba a sus anchas un bosque umbrío llamado de Las Migaldías, un mágico pinar de bonitos contrastes, donde la luz y la oscuridad jugueteaban a su antojo.

-¡Uf, qué sofoco! Casi la palmo, –pensó Semilla medio tiritando por el frío y por el susto que se había llevado.

Había caído a plomo sobre una arena muy fina, calentita, de un dorado que relucía tan intenso como los últimos hilos de luz de la tarde más brillante. El lugar estaba salpicado por una infinidad de bolos redondos, de diferentes tamaños, que parecían un plácido hato de ovejas rechonchas y colorás. De un tamaño y color peculiar, de un bermejo llamativo y brillante, parecía como si en lo más hondo de las piedras de este bosque habitaran estrellitas minúsculas o rayitos robados al sol. Hay quien dice que estas piedras se formaron en lo más hondo de la tierra, que son hijas de una roca tan gigante que no hubo quién pudiera medirla, una piedra reboronda que al comienzo de los tiempos le hurtó al sol un pedacito de la luz que le es propia.

Rocco, el más robusto de aquellos peñascos, aterrorizado por la previsible y horrenda caída, por un posible y trágico desenlace, cerró los ojos cuando la vio descender y se encogió lo poco que pudo como si con aquello pudiera evitar el impacto. Pero no, el estropicio no fue tal, la esponjosa arena amortiguó el brutal trompazo. Pese a ello, Semilla quedó tirada en el suelo todo lo ancha que era, que era muy poquito. Parecía un pelín lastimada, bastante asustada y algo contusionada, ¡ay!, estaba totalmente despeinada y sin maquillar.

Semilla quedó aturdida por el brutal aterrizaje, pero en parte también lo fue por la belleza del lugar, un rincón situado a esta parte del río donde la familia de estepas nunca había viajado. Todavía con todo el susto en el cuerpo, vio volar por encima de ella a Trompetilla, como si el percance no fuera con ella. Aún seguía con su esperpéntico baile aéreo, sin darse cuenta del estropicio que había montado despistando a Brisa de Poniente.

-Buenas tardes tengan ustedes –saludó con desparpajo Trompetilla al hato de rocas -con todo su morro-, sin darse cuenta de la desbaratada situación de la semillita. Ella, toda tirada en la arena, miraba la escena lastimada y con pasmado asombro mientras abría enormemente sus grandes ojos, redondicos y de un bonito color castaño.

Semillita, mientras intentaba levantarse del suelo, siguió con la mirada el alocado e irregular vuelo de la abeja chiflada. Dejó de verla cuando el cerro comenzaba a elevarse y se perdía la vista. Allí, en lo más alto de la cima, donde el horizonte se escabullía entre los pinos y unos estirados cantuesos, le pareció observar como Trompetilla caía de bruces contra la hojarasca.

-¡Tarambana!, -le voceó, intentando no reírse del desastroso alunizaje de la abeja.

Semillita se levantó del todo sacudiéndose la mucha arena que la envolvía. De pronto, a sus espaldas y sin haberse dado cuenta de ninguna presencia, escuchó un sonoro vozarrón.

-Con tanto vuelo y con tan pocas alas no llegarás a ningún sitio. Ya verás, o no germinas o te pierdes en el intento –la voz sonó con rotundidad y pesimismo, provenía de Rocco. Afirmaba tal cosa mientras movía varias veces sus mofletes pétreos, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como negando y produciendo con ello un crujido espantoso.

Semilla, con cara de pocos amigos, fue a replicarle a la piedra, pero la Brisa, que volvía a las andadas bastante alborotada y sin pastel, la introdujo en un travieso remolino y la izó de nuevo por los aires. La elevó una barbaridad, casi tanto que la semilla creyó que iba tocar una esfera clarita. Era doña Luna, que aún estaba muy bajita en el cielo. Recién desperezada, comenzaba su ronda desaliñada y sin peinar. Semillita la saludó efusívamente recibiendo por respuesta un bostezo.


Ilustración: Juan Basilio Martos Ramos

sábado, 28 de julio de 2018

El bosque de color caramelo (Cuento de Triana, cap. 1)

Contraria a la tradición de los últimos años, aquella primavera fue de lluvia intensa, fina pero constante. Digamos que fue calaera, como siempre pedían los mayores: buena para la cosecha, abundante para los pantanos y no haciendo destrozo alguno en campos, calles y casas. La tierra derramó agua a borbotones y la sierra se vistió de uno y mil colores, impregnó de mágicos olores la atmósfera y salpicó de vida barrancos, campiñas y valles, también y por igual solanas que umbrías. Fue tanta la lluvia de aquel año, que durante los primeros días de verano, uno sí y el otro también, el cielo siguió llorando a borbotones como si tuviera unas enormes goteras.

Con el clima de tal manera, la floración se alargó más que nunca. El rocío de la mañana fue multiplicando la claridad de una forma extraordinaria e impregnando todo de luz.

Debido a estas bondades y a una calor que llegó tarde y sin apretar, a poniente del río Rumblar era todo un trajín. En la sierra, cada bicho viviente bregaba con júbilo y a lo suyo, bullían alegremente en un constante sin parar. A media ladera, en el ancho de una corraliza abandonada, una cuadrilla de mariquitas disfrutaba balanceándose en los tiernos brotes de un jaguarzo. Por la izquierda, en un clarillo de monte, unas arañas muy chiquitas se descolgaban graciosamente de un gamonito que se retorcía por el peso de las flores mientras que un escarabajo caminaba laborioso y con parsimonia entre unas diminutas senderuelas. Por frente, decenas de minúsculas mariposas revoloteaban gozosamente sobre un jaralillo recortado. Por detrás, en los pizarrones que en su día dieron forma a una paridera, las abejas simulaban jugar a la pillá entre candilicos y narcisos enanos de un amarillo casi translúcido. Ajenos a tanta agitación, como si no fuera con ellos, una mariquita se refrescaba en el rocío de una amapola y un travieso cigarrón dormitaba bajo una hermosa margarita, tan coqueta ella que lindamente ofrecía sus hojitas a la extraordinaria luz de la mañana.

En la cima del cerro, entre los hormazos de lo que había sido una robusta torruca de piconeros, una hilera de hormigas trajinaba con todo un granero. Junto a ellas, en las pizarras del interior del chozo, unos curicas chiquitos y negros como cagarrutas de gato, se ocultaban entre la maleza por esquivar cualquier mirada ajena. Al fondo de la ruina, a la sombra de una esparraguera de piedra, unos diminutos alacranes se desperezaban sobre la espalda de su madre; mientras, en la terriza y al amparo de la penumbra de un espeso lentisco, un buen número de marranicas jugaban al escondite entre una multitud de brotes de hierba y flores de cien colores.

La apacible escena se desarrollaba bajo la atenta e inquietante mirada de una lagartija, inmóvil como una roca, que por el momento prefería solearse. En el piedemonte, junto a un regato lindero, una pareja de diablillos de colores se hacían carantoñas mientras avanzaba un luminoso día de julio.

Aunque ya había comenzado el verano, las solanas al otro lado del Pinto todavía formaban una extensa e irregular manta entre verde y parda, de un brillo intenso y pegajoso, aquí y allá salpicada de encinas y minúsculas motas blancas, amarillas, azules… Pese a estar en una fecha del año muy avanzada, los brotes de la jara se encontraban en todo su esplendor, formando un ondulado monte que sabía a dulce de caramelo. Entre tanto láudano pringoso, como incordiando a sus primas mayores, destacaba una pequeña manchita morada, una multitud de lindas flores en desorden, un abanico abierto formado por incontables jaras estepas que yacían apaciblemente bajo un sol que calentaba lo justito.

Con mayo bien entrado es cuando suelen llegar los primeros calores, y con ellos toda mata que se precie libera su simiente. Pero ese año y debido a la mucha lluvia, los rigores que adelantan el verano no se hicieron notar hasta los primeros días de julio. Fue entonces, muy tardíamente, cuando la atmósfera se atiborró de polen y acunó los mil juegos que granitos y pelusas realizan en su afán de buscar pareja. De un día para otro, el viento comenzó a bailar con miles de medusas de delgadísimos filamentos vegetales, hilitos brillantes que multiplicaban por cien los reflejos de luz, y las esparció en todas direcciones. Con el tiempo, exhausta y danzando al compás de una canción de amor, cada espora fecundó a otra planta similar dando lugar a cientos de semillas que se repartieron por los cuatro vientos. Con los días, cuajaron y cayeron al suelo meciéndose al son de una nana. Se hundieron de inmediato debido a la mucha y tardía humedad, se acurrucaron al calor de la tierra y comenzaron a germinar.


Ilustraciones: Juan Basilio Martos Ramos