miércoles, 10 de mayo de 2017

Sobre cachurros, cachuchos... y cucharros

Es la palabra la piedra que cobija
y el torbellino de aguas que abre barrancos,
es el fuego que arrasa
y el viento que todo muda

En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la temprana muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días a los chiquillos de la casa materna. Fue por entonces, cuando en el altillo de mi tía Rafaela una ancha canasta cubierta de polvo me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los iniciáticos cuentos y novelas del oeste que aparecieron en la cámara, le sucedieron escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de la oculta y pequeña biblioteca que se abría hueco en el despacho de la directora del colegio, doña Anita. “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, que me encarriló por el insaciable mundo de la lectura. Fueron años difíciles para las letras, en los que el libro era una herramienta extraña, un intruso, en pueblos pequeños y de economía precaria como lo era éste, donde la abstinencia escolar era norma casi obligada para los infantes.

Por entonces, con la familia errática por la pérdida de la madre y con la tragedia como trasfondo diario, mi padre y abuelas contaron en esto de tirar para adelante con el apoyo de chachas y tías. Aquello me permitió vagar libremente y sin cortapisas por las casas de todo aquél con un poco de parentesco, lo que era excusa suficiente para olisquear por los rincones y encontrar cualquier escrito que devorar, fuera novela de pistoleros, folletín romántico, vieja revista o periódico descolorido. De aquello, se intensificaron mis correrías por el Santo Cristo, al amparo de la ermita y sus eucaliptos, junto al solar paterno... y se hizo una constante merendar en casa ajena. De aquellos días, llevo en la mochila del recuerdo los bocadillos de tortilla francesa con la yema a medio hacer, que me pergeñaban mi chacha Mariana o mi tía Leonor en aquella cocina blanca inmaculada, de baldosines y sin chimenea. También rememoro la extrañeza por los pucheros a media mañana que guisaba mi tía Ana; aunque en el hato de la memoria tienen una presencia especial los cucharrillos con aceite y polvo de colacao que, de tarde en tarde y con mi primo Dioni, engullíamos en la casa de mi chacha Ana María y mi tía Rafaela.

Por aquellos días el nombre de tan socorrida vianda, cucharro, me sonó extraño, fuerte,… como muy primitivo.

Años más tarde, en el curso de una clase de “lengua” que impartía doña Paqui, maestra que aprecié y que fue mi tutora de sexto, relacionaría arbitrariamente el vocablo con las lenguas de origen prerromano. Pensé sin argumento, que quizá tendría vínculo con aquel euskera que muchos años después intenté aprender mediante un curso televisivo, aunque fuera sin suerte por falta de contertulio. La profesora, además de sentar uno de los principales pilares que haría de mí un eterno aprendiz de historia, consiguió que relacionara todo ese bagaje lingüístico anterior a Roma, quizá sólo por similitud fonética, con una palabra que me era muy familiar: nuestro término “cucharro”.

No debió pasar mucho tiempo, pues eran los años que mi padre tuvo suscripción en el periódico provincial por cosas de fútbol, cuando leí un pequeño artículo de nuestro muy emérito cronista, D. Juan Muñoz – Cobo, padrino de todos los que después nos ha gustado bucear en la historia local. Creo recordar que en dicho texto y con motivo de la cercana Feria de Mayo, hacía una propuesta sobre el origen remoto de este atractivo y singular vocablo gastronómico. Si la memoria no anda con pérdidas, pues ya no está en mis manos aquel artículo que como argumentaba pudo ser editado en una columna de cultura del Diario Jaén, vinculaba la génesis del apelativo, debido a su forma barquiforme, con la presencia fenicia en nuestro territorio, más concretamente en las Salas Galiarda, fortificación que por entonces se consideraba vinculada a esta civilización. Encontraba así en el carácter marinero de este pueblo del Mediterráneo Oriental, también en su capacidad de penetrar en el interior de la península en un afán de comerciar con los productores de metal, el origen de tan significado vocablo.

Mucho tiempo después, ojeando el número 162, año 1996, del Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, tuve la dicha de toparme con un artículo denominado “Una curiosidad lingüística: sobre el posible origen de la palabra cachurro” de José Santiago Haro, por entonces profesor del instituto San Juan de la Cruz de Úbeda. El autor realizó un estudio donde intentaba sin cerrar en firme, hallar el “étimon latino”, es decir, el origen etimológico de esta palabra que, como la nuestra, podemos resumir que viene a significar “hoyo de pan con aceite”.

El profesor, que por sus escritos parece originario de Lopera, aprecia en su investigación que la palabra cachurro es utilizada en un área muy localizada de la provincia de Jaén: su pueblo, Lopera, el vecino Marmolejo y el cercano Fuerte del Rey; en todos ellos su significación es idéntica: canto u hoyo de pan con aceite o miel. Asimismo, constata que en nuestro municipio, Baños de la Encina, el mismo contenido semántico es patrimonio de la palabra cucharro, que él entiende que es una variación por metátesis recíproca del término cachurro; es decir, dos sonidos del mismo vocablo, pronunciado éste en lugares geográficos diferentes, acaban por intercambiar su lugar en la palabra en la que están presentes.

Siguiendo al profesor Santiago Haro, argumenta que este término de la Campiña Sur de Jaén deriva de uno anterior, cachucho, pues éste segundo tiene una mayor dispersión geográfica y un contenido semántico mucho más amplio (pozo, hoyo). Resumiendo, cachurro derivaría de una palabra con un contenido territorial y semántico más genérico, cachucho, y vendría a nombrar lo que entienden por aquellas tierras como un hoyo o coscurro (matiz despectivo) de pan con aceite. El problema surge cuando profundiza en la búsqueda de su origen etimológico con el fin de encontrar el étimon latino de procedencia. El propio Santiago reconoce que duda de todas las posibles opciones, aunque se inclina sin convencimiento por una de ellas:

Cacculus (étimon latino)>cach>cachucho>cachurro>cucharro.

Llegados a este estado de la cuestión, en nuestros pagos y tirando del Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acepción considera cucharro como “Un pedazo de tablón cortado irregularmente que sirve para entablar algunos sitios de las embarcaciones”. De un sentido similar, subrayando la acepción marítima, participan el Diccionario Marítimo Español y Diccionario del Uso del Español de María Moliner.

Metidos ya en faena, poniendo en duda parte de las teorías de Santiago y tirando del uso popular del vocablo, investigué la posibilidad que existiera una mayor dispersión geográfica de nuestro término y que, por ello, tuviera un número más elevado de acepciones semánticas. ¡Eureka!, cucharro es una palabra que está presente en todo el sur peninsular y en gran parte de la Meseta Norte.

Así, en Talavera la Vieja (Cáceres), cucharro es “doblar la lengua haciendo canalillo para mamar”, en Cobos de Segovia indica un tipo específico de punta de trompo que da nombre a la propia peonza, mientras que en Bonillo (Huelva) es una calle principal del recorrido procesional de Semana Santa. En Navalucillos (Toledo) se trata de un mote muy popular, pero en La Puebla de los Infantes (Sevilla) el vocablo se presta para dar gentilicio a sus habitantes.

Sin embargo, el significado con mayor presencia y difusión territorial tiene relación con una forma abarquillada que casi siempre, salvando excepciones que se mencionan, es utilizada para contener alimentos. En este sentido, en la localidad de Feria y en casi todos los pueblos rayanos con Portugal (Badajoz), llaman cucharro a una pila o artesilla móvil para lavar (la excepción que se subrayaba más arriba), de madera o corcho, que dicen “se trata de un recipiente hoy arrumbado en el cobertizo de los cacharros inservibles pero antaño muy utilizado por nuestras abuelas para lavar la colada”. Por su parte, en Albaida de Aljarafe (Sevilla) se hace coincidir con el vocablo talega, entendida ésta como la comida que se consume durante las faenas en el campo. Sin embargo, el valor semántico que más me llamó la atención es cuando se denomina cucharro al instrumento de corcho que se obtiene de la horquilla y nudos del alcornoque. Unas veces es utilizada como fuente donde come el grupo, familiar o de amigos (Aznalcóllar), y las mayoría de las ocasiones es útil para beber de las fuentes públicas, como así ocurre en la Sierra de Aracena. Llegados hasta aquí, no falta lugar geográfico donde desempeñe la función de dornajo para uno o dos cerdos, como ocurre en Mérida.

Como podemos apreciar, y como ya decíamos, en un primer nivel semántico y en la mayoría de los casos el término cucharro se  identifica con un recipiente más o menos abarquillado que casi siempre es de corcho, a modo de una ruda cuchara que es utilizada para contener líquidos y sopeaos. Si avanzamos un salto semántico y pasamos a un segundo nivel, el vocablo originario, por similitud en la forma, ha pasado también a denominar otros contenidos semánticos diferentes a los originales, como ocurre con el casco de un barco, una pila para lavar o un canto de pan con aceite. O telera, que dirían los cordobeses que cada año por aceituna llegaba a Santa Amalia, al corazón de nuestra sierra, y que a grito pelado y voceando telera recibían a la C-15 y a un servidor nada más coronar la Cuesta de las Chinas.

Y así es, nuestro cucharro ya no es un recipiente abarquillado de corcho, madera o barro, se ha transformado en una esquina de pan, eso sí abarquillada (aunque con el tiempo llegue a utilizarse un moño o, como ocurre hoy en día, se haga uso de una barra o un bollo), que contiene un líquido, más o menos espeso; en nuestro caso aceite con sal (o azúcar, o colacao), el churre de un tomate y unos acompañantes contundentes: aceitunas, bacalao, cebolleta y hasta melón. ¡Cuál ha sido nuestra sorpresa cuando, durante el trabajo de investigación, nos ha aparecido el término y la misma acepción en un municipio cercano, Linares (Jaén)! Así nos lo confirma Juan Vicente Acosta, profesor jubilado de SAFA, que ha dedicado parte de su vida a recopilar frases y términos que oyó en su niñez y juventud por la casas y calles de Linares. En uno de sus escritos nos narra con cierta nostalgia “(…) de un tiempo en el que los chavales se comían un cucharro antes de ir al colegio, aunque para ir a comerse unos (…)”.

Ya andado el camino y conociendo que el nombre de nuestro cucharro deriva de un recipiente que contiene líquidos y “sopeaos”, ¿cuál puede ser el étimon primero del que deriva?

Pues vamos a tomar como punto de partida el origen etimológico de una palabra clave perteneciente a la misma familia que cucharro: cuchara. En este sentido, todos los estudiosos en la materia aceptan de manera unánime que el término latino del que procede es cochlea>cuchara (cuchara pequeña en latín). Con estos supuestos, sí consideramos la raíz ya castellana, es decir cuch-ara, dando por bueno como se decía más arriba su evolución del término latino cochlea, al añadirle el sufijo prerromano con connotación despectiva “arro/urro” obtenemos el vocablo que nos trae en faena: cuch-arro . Literalmente, su significado vendría a ser “cuchara ruda, tosca o rústica”, en total consonancia con el primer nivel semántico que venimos considerando, ¿o qué otra cosa es el artilugio de corcho que se cuelga en las fuentes de la Sierra de Aracena para que las gentes beban agua?

Queda una última pregunta que aún nos debemos hacer y que tiene como cimientos la dispersión territorial del término cucharro, ¿cuál es el origen geográfico del vocablo?, ¿cómo llega hasta nuestros pagos?
Aunque hemos anotado una gran dispersión geográfica del término (que es aún muy superior a la que se ha dejado expresada en este texto), podemos subrayar que, obviando su presencia puntual en las provincias de Almería, Navarra y País Vasco, la mayor comparecencia del vocablo se sitúa en Extremadura y la Sierra Norte de Huelva, siendo puntualmente numerosa pero suficientemente reveladora en sierras aledañas, como Montes de Toledo, la Siberia extremeña, las sierras del norte de Sevilla y Aljarafe y nuestro macizo mariánico hasta Jaén. Este hecho nos podría poner en relación la dispersión del término con el fenómeno repoblador llevado a cabo por leoneses, gallegos y castellanos durante la baja Edad Media y según avanzaba el frente de conquista peninsular.

En este estado de la cuestión, interpretamos que nuestro cucharro pudo llegar a los pagos del Rumblar a lo largo de los siglos XIII-XIV y de la mano de los repobladores castellanos. La vecindad del castillo, como así nos cuenta un censo de comienzos del siglo XV, estaba formada por lanceros y saeteros, de los que un número muy reducido se dedicaba también a otros menesteres: pastores de merino, colmeneros y herreros,… del grano, legumbres, sal, vino y aceite les abastecía la corona. Con aquella gente, definitivamente asentada en las estribaciones de la Sierra de Burgalimar y a causa de una dieta donde tenían principal protagonismo pan, aceite y miel, se afincó en nuestra tierra el hoyo, canto, joyo, talega, cachurro,… de pan, que era nombrado en el Castillo Baños, y quizá también en el vecino de Linares, mediante un vocablo tan significativo, tan primitivo, como es cucharro. No llegó solo, hay otros términos, todos originarios del castellano viejo, que se asentaron por el vecindario dando nombre a los hitos orográficos que salpican nuestra tierra: Navamorquina, Serna o Cueto.

Estos párrafos tienen el deseo de aportar soluciones, al menos provisionales, a la vieja inquietud de un mozalbete que deseó aprender de la Historia.






viernes, 28 de abril de 2017

Viernes

Según me contaron, nací una tarde noche de viernes, mientras mi padre bullía de línea en línea acercándose al corazón de Barcelona, camino de endoblar y con una larga madrugada por delante.

Y crecí de viernes en viernes, amarrado a la esquina de una ancha mesa de pino. Allí, por necesidad de la edad y elevado sobre un pequeño cajón de pan, de un amarillo desvaído, devoraba cuentos y novelas de pistoleros mientras esperaba órdenes de mis mayores. Y en aquel rincón apagado se fueron sucediendo las noches, y me hice perpetuo y pasé desapercibido, como el ancho machón encalado que me amparaba y la pesada y vetusta máquina de pesar los bollos que día con día se oxidaba un poco más.

Junto a la esquina, cada noche, desfilaron unos y otros, algunos para un rato, otros se quedaron plantados por un tiempo. Pasaron fantasmas, unos de capa y espada, otros que voceaban a la mínima y los menos de sábana en largo.

Mis primeros viernes, apenas daba por zanjada la escuela, me faltaban pies para bajar de grá en grá la Mestanza, llegar al Cotanillo y dormir apenas unas horas, y me desperezaba con aquellos simpáticos “Barbapapá” de entonces. El tiempo, que todo muda y a  veces sepulta, y las modernidades tecnológicas fueron retrasando el momento de arrancar en el tajo, y así en un traspiés de viernes me levanté con la nueva y triste noticia de la muerte de Rodríguez de la Fuente; y en otro tropezón y con el hacer de las hormonas, disparate tendió un puente entre formación y obligación.

Para la historia, viernes era el día de la diosa Venus, para mis días era arrancar un fin de semana de asueto, que viene a ser lo mismo. Pero a mí el viernes me puso por delante un espejo donde siempre me he mirado y una responsabilidad temprana, quizá demasiado. Compartí ratos en aquellas noches de viernes con otros que quisieron atarse en aquel rincón de la mesa, como Pedro Cámara, Antonio Chaparro,… y el Nani, con quién eché buenos viernes y con quién mudé, momentáneamente, letras por baraja.

Y recuerdo noches encendidas, la tahona apagada y sólo el flamear de la débil llama de dos o tres velones. Y recuerdo estar de manos cruzadas y el chirriar de un denso pero apacible silencio.

A media madrugada de viernes, puesta en orden la primera tanda de panes y barras, bollos, tortas y magdalenas, estaba autorizado a unas horas de descanso. Evitaba entonces mi cama, buscaba la protección de la alcoba de mi padre, de su ancha cama, y allí, rodeado de su olor y con el frío roce de sus sábanas, me dormía arrugado y al cobijo de una almohada doblada a modo de media luna, que me parecía gigantesca, y me engullía en el mundo de los sueños.


domingo, 23 de abril de 2017

Merodeando (y recordando ratos) por Peñalosa

Estando por entonces ajenos a estas cosas de las piedras y su historia, no dimos con evidencia alguna que no fuera pizarras, algún casquijo y mucho desaliento, varias trincheras que certificaban la oculta existencia de unas ruinas y una gran peña cortada; un gigantesco pizarrón salpicado de charrabascas, algún piruétano y mucho monte, un peñasco cortado en vertical y coronado por un nido de búho real, escenario de otros días y otros disparates.


Un domingo entre tostadas y al hilo de las cosas de leer

En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la temprana muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días a los chiquillos de la casa materna. Fue por entonces, cuando en el altillo de mi tía Rafaela una ancha canasta cubierta de polvo me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los iniciáticos cuentos y novelas del oeste que aparecieron en la cámara, le sucedieron escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de la oculta y pequeña biblioteca que se abría hueco en el despacho con la directora del colegio, doña Anita. “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, que me encarriló por el inexplicable mundo de la lectura. Fueron años difíciles para las letras, en los que el libro era una herramienta extraña, un intruso, en pueblos pequeños y de economía precaria, como lo era éste, donde la abstinencia escolar era norma obligada para los infantes.

Y el tiempo, que es mudanza sin traba, trajo inquietudes por leer y saber, ansiedad por disfrutar con las letras y de dar forma a un inescrutable mundo interior que sigo sin desentrañar. Y mis calles comenzaron a recitarme letras que multiplicaban su eco en cada una de las esquinas de este pueblo de Sierra Morena.

Versos cantados en el arrabal del Cueto y en la Cestería, el barrio viejo de la aldea, aquél que se derramó a la vera de la fortaleza en las postrimerías del siglo XV. Calles a pie llano, abiertas a levante y con el tiempo encorsetadas entre casuchines en pendiente levantados con ripios, barro y tapial.

Letras rimadas en el vado de la Plaza Mayor, donde los pecheros locales elevaron la Casa Consistorial y la iglesia gótica, vistiendo de gala las mejores casonas pétreas, símbolos que el tiempo habría de reconocer como máxima expresión del nuevo estatus de villa.

Letras trovadas en calles amarradas a los usos urbanos más cotidianos, Pilar e Iglesia; o las que nacieron bajo el apelativo de acontecimientos significativos de la vida social, como Potro, Fugitivos o Huérfanos, estrecha maraña de piedra y cal.

Letras entonadas en rúas trazadas por la Modernidad, las que saltaron el cerco aldeano siendo bautizadas por las nuevas industrias emergentes -Piedras, Eras, Cuesta los Molinos, del Pozo Nuevo, Mazacote, Canteras, Becerrá, “lejidillo”, Industria o Cuesta Herradores- y las que mudaron caminos en empinadas calles flanqueadas por casonas señeras: Real, Luzonas, Mestanza o Carril.

Letras elevadas al cielo por vericuetos donde el nuevo orden villano mudó lo terreno en celestial santificando calles y callejones, como Santa María, Cruz, Trinidad, Madre de Dios, Plazuela del Rosario, Visitación, Calvario Viejo o San Ildefonso… y en laberintos urbanos donde las musas campan a su libre albedrío, adarves de nombres paridos por los ideales románticos decimonónicos: Salsipuedes, Cuidado, Recuerdo, Amargura o Desengaño.

Letras que resuenan a diario en cada uno de los parajes que salpican el entorno urbano, en el Laero y en el Barranco; en el Llano, por Buenos Aires y en los Charcones; en la Serna, Piedra Bermeja y la Zalá.

Porque la historia de un pueblo no es sólo la suma de sus edificaciones más notables, por contra es la huella que sus gentes han rubricado a fuego en el territorio. Es la fría marca que imprime el cantero en todas y cada una de sus piedras y lo es el trazo de la cal que blanquea fachadas cada primavera; es la húmeda pisada que hoya la bestia del arriero en el barro de la vereda y la cruz que separa caminos; es el caz que conduce el agua al molino y la acequia que reparte suertes en la huerta; es el sello que estampilla el funcionario y el corte de la barbera en la tahona;  es el hierro que identifica la res y el surco de la sementera; es el restregón que sufre el marmolino en cada esquina y el roce que desgasta el asperón del brocal…

…y lo es cada frase cantada a los cuatro vientos de este áspero pellejo serrano.



lunes, 17 de abril de 2017

Mis zapatos de domingo (2)

No era un buen día, o así me lo parecía.

Yo era de calle llana, piso terrizo y polvoriento,
de rincones con magarza y anchas solaneras;
de horizonte abierto apenas roto por casuchas y bardales a medio derruir,
de arremangarme en canteras anegadas de agua podrida,
de tropelías que levantaban vuelo de gallinas y matanzas a pie de calle.

Me vi obligado a descender a lo “bajo” del pueblo
por calles estrechas, de suelo duro y sombra casi perpetua;
callejas apretadas como mis zapatos de domingo,
que ajenos al calendario misal me llevaban por un pavimento pétreo
sin huella alguna de hierba.

Era mi primer día de escuela.

Con las tempranas aguas del otoño,
con las primeras heladas del invierno,
los desplazamientos diarios al viejo corazón de la villa
se hicieron cotidianos.

Mudaron mis muchos ratos entre corrales
por habitaciones poco ventiladas y gélidas,
cambiaron los pálpitos de un suelo atado al calor de la tierra
por geométricos dibujos de baldosas de cemento hidráulico;
truncaron mi azogue por constantes regañinas
que me ataban a un duro pupitre.

Con el invierno, creí que había perdido en la mudanza.

Pero el cuero fue arrugándose hasta hacerse costumbre
y ahora, gastado y viejo,
fue ordenando mi diario sin aspereza alguna.

Fueron los días alargándose,
Y fue gastándose la rígida suela de material.
La rociá del alba,
la luz de media mañana,
la calor de la primavera
comenzaron a pasar a raudales entre los despojos de cuero.

Un viejo texto que dediqué a los días de escuela de mi padre (o al menos a lo que yo interpreté mientras me contaba sus impresiones). Aunque el comienzo fue incómodo, pues creyó perder la libertad que tenía cuando andurreaba por el Santo Cristo, su barrio, acabó devorando todo lo que fuera aprender. Finalmente, como casi todos los de su generación, debió abandonar la escuela para trabajar.

Fotografía: Antonio Miravés. Calle Mestanza, nexo de unión entre el casco viejo de Baños de la Encina y los llanos del Santo Cristo.