viernes, 12 de julio de 2019

Sobre aguas y sus ingenios

Contrariamente a lo que pueda parecer, el nombre de este municipio, enclavado en las estribaciones meridionales del macizo de Sierra Morena, no tiene su origen en la presencia de algún balnea o alhama distinguido, tampoco en la abundancia hídrica de su entorno. Efectivamente, así es. Según las últimas investigaciones el apelativo podría derivar de la transcripción fonética que los primeros castellanos realizaron del sonido banya, a la sazón denominación que parece que los agarenos daban al castillo (hins banya) que se eleva en el Cerro del Cueto y que fue germen histórico del núcleo urbano actual. Con la información de la que hoy se dispone, en árabe clásico vendría a traducirse como “fortaleza con profundas raíces históricas”, “antigua”, “con mucha historia” (no debe olvidarse la riqueza arqueológica de sus cimientos). A fuerza de escucharlo durante casi un siglo, el periodo que el macizo mariano contó con el estatus de frontera, y erróneamente pronunciado por las hordas “reconquistadoras”, evolucionaría de la siguiente manera: banya>bañia>baños; de igual forma que lo haría su gentilicio bani-oscos>bañuscos.

Pese a ello, o quizá por ese mismo déficit hídrico, y también por la concentración en un espacio tan reducido de una gran diversidad geomorfológica, pues no en vano el pueblo se levanta sobre uno de los escalones de la denominada Falla de Baños, la población ha modelado una infinidad de maneras e ingenios para obtener y almacenar agua para los diferentes usos cotidianos, ya sean estos domésticos, agrícolas o industriales. Esta manera de intervenir en el territorio, que sin ahondar en la investigación de campo podría parecer propia de la ocupación castellana, contrariamente tiene una profunda raíz histórica. En este sentido, es necesario subrayar la presencia de una serie de equipamientos hidráulicos de gran interés, como la gigantesca cisterna pétrea de Peñalosa (Edad del Bronce), que recoge las aguas de lluvia y escorrentía que fluyen por el callejero del poblado; la pequeña balnea de la cercana villa romana del Santuario de la Virgen de la Encina, cuyas aguas provienen de la vecina Fuente del Barranco del Pilar y que fue embrión del propio santuario; dos albercas elaboradas con mortero u opus caementicium, la de Los Perales de Purita y la del Polígono, la primera es hoy soporte de una más moderna y modesta utilizada para riego, mientras la segunda es cimiento de una casilla de mina de la primer mitad del siglo XX; o el doble aljibe almohade del castillo y los caces de drenaje de la Alcubilla, cuya fábrica realizada con opus signinum muestra una gran dureza y calidad.

Aun así, será durante los siglos XVI al XVIII cuando se edificarán la mayor parte de los ingenios hidráulicos que hoy dan forma a la interesante red etnológica que atesora el entorno más inmediato del municipio, un área rústica conocida popularmente como Los Ruedos. Grosso modo, podemos clasificar los bienes hidráulicos en cinco tipologías según el uso para el que se destinó el agua: ordenación territorial, doméstico, ya sea para beber u otros usos (aseo, elaboración de pan, cocer alimentos, etc.), tránsito viario/comercial y ganadero, agrario e industrial. Formando parte de este amplio abanico de recursos, podemos enumerar desde las “callejas de agua” (Arroyo, Cuidado, Barranco), que evacuaban del callejero y sin daños las aguas de lluvia, a veces torrenciales, a las zanjas empedradas de la Campiñuela, que drenaron los parajes pantanosos de Los Charcones y Cantalasrranas y proporcionaron una cuña de tierra fértil para uso hortícola; desde los pozos monumentales, como Nuevo y de la Vega, que salpicaron el Camino Real y abastecieron de agua a recuas y rebaños, hasta las ingeniosas alcubillas y fuentes del barranco de Valdeloshuertos (Cayetana, Socavón, etc.), que proveyeron de agua potable a la población; desde los pantanillos, habilitados en arroyos como el Rumblarejo para conducir de agua a las viejas almazaras, hasta los caces y molinos del Rumblar, que facilitaron la molienda de la cosecha de grano obtenida mediante un complejo sistema agrícola de aprovechamiento de los pagos serranos (llamado “roza de cama”)…; en fin, a modo de epílogo de este amplio listado de bienes de carácter etnológico subrayar que, en un espacio muy reducido del conjunto histórico del municipio, un área que no llega a las cinco hectáreas, se contabilizan hoy más de un centenar de pozos para uso doméstico, en la mayoría de los casos de una talla excelente.

Tan vasta enumeración patrimonial no sólo aporta información sobre las diversas soluciones técnicas utilizadas en distintos ámbitos económico-culturales y en diferentes momentos de su historia, también nos ayuda a entender procesos más complejos que, a escala local, han dado forma a la historia cotidiana de un territorio en muchos casos estéril como pocos. El agua, en un territorio sin regulación cárstica o nival que atenúe las fuertes oscilaciones estacionales mediterráneas, ha sido tradicionalmente uno de los recursos más apreciados por agricultores y ganaderos. En este sentido, por tanto, también nos muestra lo escasa y necesaria que es el agua en un entorno ambientalmente crítico como lo es éste, obligándonos a desarrollar un uso racional de ella si nuestro deseo es acorde con criterios de sostenibilidad. Por cierto, criterios muy contrarios al agobiante y férreo monopolio que hoy ejerce el cultivo del olivar.





miércoles, 19 de junio de 2019

Los Caminos de Indias (Andalucía), propuesta








La llegada y colonización de las “Indias Occidentales” (1492), la posterior Circunnavegación comandada por Magallanes y llevada a buen puerto por Elcano (1519-1522) y el establecimiento de la “Carrera de Indias” transformó la ciudad de Sevilla, que se consolida como centro neurálgico de los Reinos Hispanos e impone su frenético ritmo económico y social al continente europeo. La ciudad y su puerto se convierten en el centro mercantil y financiero del viejo mundo, en origen y destino del tráfico de Indias. Este trasiego social, esa transformación económica y cultural, no modeló tan sólo las tierras del Bajo Guadalquivir, sus efectos se extendieron como una mancha de aceite por toda la región, acentuándose en aquellas poblaciones que salpicaban las principales vías de comunicación que iban y venían a Castilla.

De una parte, las Cortes, el poder político y la capacidad decisoria seguían estando en Castilla, hecho que provoca un general trasiego de metales, piedras preciosas, especias y mercancías exóticas desde el puerto de Sevilla al corazón del reino: la Meseta. De otra, era de obligación abastecer a los galeones: de suministros para la tripulación, de géneros y “baratijas” a los mercaderes que comerciaban con las élites transoceánicas y de alimentos adaptados a la dieta europea para la población criolla. Por todo ello, los caminos históricos y las poblaciones que se extienden como un reguero por sus trazas toman un protagonismo principal en la génesis y desarrollo de la “Aventura de Indias”, ya sea por el abastecimiento de productos agroalimentarios, por el trasiego de mercancías o por el movimiento de capital, conocimientos e ideas.

En los albores del siglo XVI serán muchos los caminos históricos que arriben y tengan como punto de partida Sevilla. Cada uno de ellos se especializará en función de su punto de origen, las peculiaridades geomorfológicas de su traza, las posibilidades agroeconómicas de su territorio, el tipo de mercancías que fluye por sus calzadas, etc., pero todos ellos participaron de forma activa en modelar un “nuevo mundo” a uno y otro lado del Océano, en las Indias Occidentales y en las Orientales pero también en el Viejo Continente: en conjunto, vendrán a configurar y consolidar en territorio andaluz una red viaria decisiva, los “Caminos de Indias” por tierra firme. Por su protagonismo histórico y el patrimonio cultural que atesoran, por la riqueza natural y tradición agrogastronómica que poseen, por el trasiego ideológico que fluye por sus “arrecifes”… en general, por la potencialidad turística que presentan, se puede destacar la necesaria puesta en valor de cinco de ellos:

1.- Los Caminos Reales del Azogue

Desde mediados del siglo XVI, el destino final de casi todo el mercurio o azogue producido en Almadén fueron las minas de plata americanas, sobre todo las de Nueva España (México). En América, el azogue se utilizaba para amalgamar los minerales de bajo contenido en plata antes de su introducción en los hornos metalúrgicos, un método que era conocido como beneficio de patio.

Los tres caminos utilizados para transportarlo al puerto de Sevilla, dos carreteros y uno arriero, tenían un tramo común entre Almadén (Ciudad Real) y Azuaga, villa extremeña situado a unos 150 kilómetros al suroeste de Almadén. De esta población partían tres itinerarios, dos de ellos aptos para carretas y el tercero solo para caballerías, que cruzaban Sierra Morena y el Guadalquivir y concluían en las Reales Atarazanas de Sevilla. En este recinto el azogue se volvía a empacar para que no se derramase en la travesía atlántica y se embarcaba en los galeones de la Flota de Indias.

Cada primavera, Los Caminos Reales del Azogue se convertían en un bullicioso escenario tomado por gentes, animales y carros, que en su viaje de regreso aprovechaban para transportar los bienes necesarios para la mina, pero también para abastecer las poblaciones por las que transitaban. Todo ello significó una fuente de intercambio y prosperidad para un amplio territorio.

2.- El Camino Real Cervantino o de la Plata (o de Las Ventas)

Las visitas reales, el tránsito de viajeros ilustres y los primeros turistas de Renacimiento llenaron de vida los mesones y ventas que salpicaban el macizo de Sierra Morena entre las ciudades de Toledo y Córdoba (de ahí el apodo de Camino de las Ventas). El traslado a la Corte de todas las riquezas provenientes del nuevo continente americano, hicieron de este camino un eje viario estratégico, un nudo de comunicaciones entre el norte y el sur de la Península Ibérica. Por aquí pasaban la mayor parte de los viajeros que transitaban de la corte castellana a la Baja Andalucía (Córdoba, Sevilla y Cádiz), o a Málaga a través del Camino del Carpio.

Por otra parte, muchos autores del Siglo de Oro sitúan la acción de sus obras en este camino. Pícaros, reyes, caballeros y damas, amantes, golfines, clérigos y un sinfín de personajes serán los protagonistas de las vivencias creadas por las mayores glorias de la literatura española. El paso por Sierra Morena será cantado por su belleza y temido por sus peligros. En este mismo sentido, este recorrido, que forma parte del histórico Camino Real de Sevilla a León, será el escenario de un buen número de las aventuras y desventuras de don Quijote y es también el primer tramo del camino de retorno a su aldea desde su lugar de penitencia, primero, y desde la venta del Molinillo, después. Es por todo ello que algunos autores proponen apodarlo como “Cervantino”.

3.- El Camino Colombino o Real de Sevilla a Guadalupe

El Camino Real de Sevilla a Guadalupe, también denominado Camino del Sur o Camino Colombino, fue utilizado desde su génesis por los peregrinos de Andalucía Occidental que subían a Guadalupe. Por este camino también peregrinaron al templo mariano miles de cautivos procedentes de las mazmorras de Argel o de los remos de las naves turcas; por esta ruta salieron, rumbo a la aventura americana, muchos soldados que después, sanos, salvos y con algo de hacienda regresaron a dar gracias a la Madre.

No en vano, ya desde el siglo XIV, el monasterio de Guadalupe fue uno de los destinos preferidos de un buen número de peregrinos, viajeros, visitantes, turistas y personajes ilustres la historia de España. Desde Sevilla subió Colón a Guadalupe en 1493 y 1496 (de ahí la denominación de “Colombino”) y Hernán Cortés lo haría en 1528 tras someter al imperio azteca. También los Reyes Católicos realizaron este camino en varias ocasiones, sobre todo, tras la conquista de Granada.

4.- El Camino de Postas del Correo Real

Este Camino, que discurre por tierras de vega y formaba parte del Itinerario Valencia a Sevilla de la Edad Moderna, unía de la manera más corta dos históricas ciudades del valle del Guadalquivir: Sevilla y Córdoba. Pese al mucho tiempo transcurrido y a las numerosas coyunturas históricas negativas que se han dado, este camino no ha desaparecido del mapa viario y hoy mantiene un recorrido muy similar al que tenía desde finales del Imperio Romano.

Los Reyes Católicos, en su afán de centralizar el poder, consideran que una manera de controlar el territorio era a través de las vías de comunicación y de la mayor fluidez de la información, a la sazón, durante su reinado se regulariza el Correo como servicio público de la Corona. En principio sólo sería para el ámbito de lo político, después, con la Carrera de Indias, también se utilizó para la actividad económica y las transacciones mercantiles. Por todo ello y a finales del siglo XVI, el tramo de Sevilla a Córdoba por la margen derecha del Guadalquivir asume la función de itinerario de posta del Correo Real. De esta manera, todo el itinerario se verá salpicado por postas, posadas, puntos de control viario y grandes haciendas agrícolas.

5.- El Camino de los Romanos

Ya desde la prehistoria tardía, el eje viario que discurre paralelo a las aguas del Betis (tradicionalmente conocido como “Vía Augusta) y que comunicaba Gades con las tierras del Alto Guadalquivir y con el levante peninsular -una vez superada Sierra Morena-, se constituyó como una gran vía comercial-cultural, un hilo viario que comunicaba personas, mercancías e ideas. Con seguridad, fue el eje peninsular de comunicación más importante de la antigüedad. A lo largo de la historia, este hecho ha propiciado que su entorno se viera salpicado de calzadas, puentes, castillos y fortalezas, casas de postas y estafetas, haciendas y cortijos, pueblos y ciudades… En líneas generales, este patrimonio histórico cultural ha moldeado el carácter que mejor define lo que hoy es la idiosincrasia andaluza.

Sin tomar partido en los diferentes debates académicos que discuten la existencia de una o varias “Vías Augustas” o los que divergen en la denominación de sus diferentes tramos (Vía Augusta, Vía Heraclea, Camino de Aníbal…), con seguridad se puede afirmar la existencia de un itinerario romano que uniría Sevilla con Córdoba a través de Carmona y Écija, que luego continuaría hasta Cástulo (Linares) por Andújar y Mengíbar (Iliturgi). Por la época que nos trae (siglo XVI), este itinerario de origen ibero-púnico-romano estaría ahora conformado por la suma del primer tramo del camino histórico de Sevilla a León (que discurre por la campiña y la margen izquierda del Guadalquivir hasta Córdoba) y un segundo tramo que formaría parte del Camino Sevilla-Valencia (Córdoba-Linares). Desde Linares, la vía se bifurca en varias alternativas que podrían ser consideradas como prolongaciones, ya sea hacia la Meseta por el Puerto del Rey/Muradal (Camino de Toledo a Granada) o al Levante por el Puerto de Montizón (Linares a Montiel -Mariana-), etc.

Este trazado se caracteriza por la presencia de un importante legado romano, de ahí nuestra propuesta de usar el nombre genérico “Camino de los Romanos”, que por otra parte es como aparece y en numerosas ocasiones es llamado en los topográficos del siglo XIX y XX (no en vano muchos de los municipios por los que discurre están integrados en la Ruta Bética Romana). Durante la Edad Moderna este camino va a posicionarse como un importante eje de desarrollo agroeconómico y de difusión de ideas. Así es, las tierras que bordean el camino y río se verán salpicadas de haciendas y cortijos, de grandes complejos agrarios que van a abastecer de productos alimentarios a los Galeones y Flotas de Indias. Aunque en mayor número serán las caserías aceiteras las que ocupen estas campiñas, no serán las únicas, generalizándose un trasiego mercantil de aceites, vinos, granos, mantas, etc.


miércoles, 8 de mayo de 2019

La desmemoria

I
El crío bajó los escalones del altillo descalzo, con la mayor prudencia y en silencio, apenas levitando sobre los maderos, como si con el peso de sus pocos años quisiera evitar el crujir de tanta historia. La escalera es vieja y quejumbrosa, casi tanto como la casona del Cotanillo que acoge una tahona de toda la vida, la misma que se eleva desde siempre donde la Cuesta de los Herradores muda a altozano. Hay quien sabe de escritos y linajes, que afirma que antes de cocer panes, era ermita y aún antes fue atalaya de guardar aguas y aljibes. Aunque con absoluta verdad sólo se puede jurar que el horno está plantado junto a un palacete de prestigio y lustre, el de los Mármol. Por aquellos años, el caserón volcaba sus mejores prendas a la calle Mestanza, eje viario muy principal y venido a menos que comunicaba la Plaza Mayor con la ermita del Cristo. Situado ya en el “anchuroncete” del descansillo y elevado dos pares de escalones por encima del obrador, se agachó y apretó cuanto pudo a la recia y apolillada baranda de madera, en un intento de esquivar la mirada paterna. Observó fugazmente la tarea de sus mayores, reculó al instante y se acurrucó placenteramente, arropado por aromas a vainilla, canela y limón. Y así, aprovechando la mucha penumbra que dominaba el lugar, intentó en vano fundirse con el paredón de piedra, barro y cal para quedar en nada y seguir descubriendo los trajines de su progenitor. Éste, con media sonrisa y una colilla de tabaco colgando de la comisura de la boca, disimula, aunque hace tiempo que ha barruntado la presencia del vástago. El chiquillo, en el desconocimiento que tiene de todo y en lo mucho que le maravilla lo novedoso, no albergaba más intención que conocer el extraño universo de sus mayores, un escenario que se sumerge en la más oscura noche y empapa el altillo con espléndidos aromas de aceite caliente y cáscara de naranja.
Si se observa desde el exterior, la vetusta tahona asemeja una enorme y achaparrada máquina de vapor, un mastodonte rosa anaranjado que eructa persistentes volutas de humo e impregna la mañana de aromas a pan caliente, aceite desahumado y azúcar tostada. El interior es acogedor, en parte le recuerda la calidez de la cuadra de los abuelos, aunque no sus malolientes pestilencias, o la sugestiva atmósfera de la bodega de decantes del molino aceitero. Allí todo es oscuridad, aquí no hay más luz que la que presta la hornilla desde una esquina de lo más hondo. En el obrador cuelga también un lucero, diminuto y parpadeante, que se eleva apenas un codo sobre los cuarterones de pino de la vieja y robusta mesa de bolear panes. De frente, tras el mostrador, emerge una recia y oronda artesa labrada con el corazón de una encina centenaria, un cuezo dorado que cada noche preña cientos de hogazas y miles de tortas de aceite. Bailando con la mucha penumbra, una masa polvorienta, entre nívea y tostada, duerme plácidamente suspendida y dibuja una atmósfera acogedora, poética, que se posa en cualquier rincón. En el lugar más insospechado y en la esquina más oculta, sobre el encaje de harina, destaca una anotación apenas inteligible, alguna suma, una receta no memorizada o cualquier deuda sin pagar. Perdida la rutina de contar días, el descolorido calendario de pared conserva impreso el borrador de un viejo dicho… y sobre una tela de araña que despide destellos de plata hay escrito un soneto de luz.
Y el niño duerme arropado por una nana de silencio.
A cortos intervalos, sin apenas truncar la plácida monotonía que gesta la soledad, se escucha el plácido retumbar de la chapa que abre y cierra la boca del horno, un quejido armonioso, continuo y cansino. Al cobijo de la hornilla, al amparo de su templanza, una cafetera desportillada espera humeante la callosa mano que no llega, se impacienta y silba con vehemencia.
En el horno, a primera vista, todo es desorden, un disparate, pero cada trasto tiene su lugar y función, como la enorme zafra de aceite, que rezuma bondades a pie de artesa, o un cuezo generoso, un hoyo de madera vieja y olor agrio que fecunda una masa madre secular. De una esquina, donde el olvido campa a sus anchas, unas bielas sobresalen de la pared lateral dando herrumbroso testimonio de lo que fue una tahona mecánica, tan efímera como la triste y corta vida del borrico que girando en redondo le dio utilidad y escasa vida.
El pequeño, que desde el altillo imagina todo un mundo fascinante, va edificando una memoria cotidiana formada con recuerdos que huelen a harina tostada, masa madre y leña verde. De entonces, rememora sonidos a corteza crujiente y crepitar de jara, y la nostalgia le sabe a miga ligera empapada en aceite de oliva, de ésa que te mira con unos ojos enormes y mucha ternura. Desde el otero de sus fantasías aprecia un armario desencajado, un amasijo de tablones que ya no llora lágrimas de resina y sí destila aromas a canela, matalahúga y limón. Una, dos, tres, cuatro…, bajo la atenta mirada del chiquillo la alacena se llena de hojas de lata doradas, de color azúcar tostada, sostén que es de un ejército de golosinas dulces. La tahona evoca en el niño recuerdos que aún no tiene, pálpitos a tierra vieja y aceite nuevo.
El padre alza la vista y lo mira sonriente:
—Venga, baja, ahí te vas a quedar como un pasmarote —le dice con cierto gesto de complicidad.
El chiquillo desciende los escalones de dos en dos y se sitúa en una esquina de la ancha mesa, sobre una vieja caja de madera que lo eleva lo suficiente para dominar el quehacer paterno. Sube los brazos sobre la mesa, como esperando con cierta inquietud las órdenes del mayor. Aprecia que el panadero tiene entre manos una masa aceitosa, muy terrosa, que bajo sus puños y una maestría inquietante va cogiendo consistencia. Primero asemeja un volcán, después parece una esfera irregular y apenas en unos segundos se transforma en una enorme torta circular. El nene, curioso y encandilado, apega la mejilla a la mesa, como intentando precisar el grosor exacto de cada torta…, y así una y otra vez sin llegar a concluir cómo todas pueden ser tan parejas, al milímetro. Entonces, el padre sustrae de un cajón una figura de hojalata, una estrella de cuatro puntas, y en un movimiento frenético y fugaz transforma la mesa en un cielo espolvoreado de astros, pequeños y dulces.
II
Sobre el ancho y negro lienzo de la madrugada, la aurora traza con desgano sus últimas pinceladas y dibuja un día gris, que no quiere desperezarse, tan gélido como el acero que duerme al raso. En su disparatado y vibrante baile, unos murceguillos tempraneros desmadejan la oscura noche y definitivamente enhebran el alba con finos hilos de oro. Las esquilas de San Mateo, de cotidiano inertes y mudas, saludan con alegres tañidos cada mañana de “Viernes de Dolores”.
Viniendo la Semana Santa madrugadora, los últimos días de la cosecha de aceituna se entremezclan con la hacienda repostera propia de tan sacras fechas, y son las señoras, madres y abuelas, las protagonistas de tanto trajín. Y siendo así, en la tahona, apenas despuntan las primeras luces de la mañana, se dan cita la obligación de las unas con la devoción de las otras. Las primeras, embutidas en un sinfín de refajos con los que eludir fríos y barros, armadas de “cascarabitos” con los que deshacer heladas y embozadas de lanas que esgrimir frente a los sabañones; las segundas, lebrillo en cadera y pertrechadas de canastas de vareta de olivo, ascienden la cuesta en un ir y venir, en un trasiego de aceites desahumados, raspaduras de naranja y limón, “papelillos del lobo”, azúcar y vainilla. Las unas y las otras, todas, bullen contagiadas por una algarabía insultante para unas horas tan disparatadas. Y es también el horno, lugar de encuentro de todo un universo humano, un desfile procesional que inaugura el día. Los más adelantados en llegar son los “pajariteros”, quizá los últimos de la temporada, bien pertrechados de aros de hierro y una masa de “alambres retorcidos” que apenas permite reconocerlos. Casi a la par, hacen acto de presencia un número indeterminado de “serranos merinos” y piconeros, los unos austeros y de poca charla, los otros ennegrecidos como la noche de pelear con tanta quema. Y por aquellas horas, hay una terna –guardas de finca, carniceros de chico y el encargado del matadero público– que utiliza la tahona como posta y taberna de sus tratos, que no es otra que la cría y matanza de chotos para provisionar al pueblo de la carne de mayor usanza. E igualmente pasan revista un zapatero de nuevo que charla de sus cosas y de las mejoras del producto con uno de viejo; y el jabonero, que va relatando que no le salen las cuentas con la sosa; y el maestro de obras, que barrunta negocios con el calero… y hasta desfila por allí la recovera con sus “mandaos” y el “sifonero”, que le comenta a uno que dice inventar que el día que los envases de sus gaseosas sean mucho más ligeros, se hace millonario, que lo ve venir. Y éste de los descubrimientos, que habla poco y pone mucho la oreja, predice que está enfrascado con una máquina que aspirará en un santiamén las aceitunas de los olivos, ¡hay cada tarado!
Los primeros aromas ya impregnan unas callejas que en breve serán tomadas por el vuelo rasante y el gorjeo de las primeras golondrinas. A poco, ya en el horno y tras los saludos de rigor, el “panaero”, en su papel de alquimista, reparte equitativamente, según aceite y pretensiones, la sal, el agua…, la levadura. Las señoras, ya en el corte, a modo de extraño ejército de amazonas, brazo “arremangao”, meten en labor el lebrillo de barro. A base de puños, no pocos sudores y una artritis aventajada, no queda otra, emparejan la masa según intención: un sinfín de golosinas que endulzarán las “merendicas” de unas fiestas de tanto guardar. Según avanza la mañana y la faena, el maestro pala, en la boca del horno y en su papel, comienza a agitar violentamente el rabo de su útil como queriendo ganar terreno a las señoras, que con más ahínco se arriman al viejo horno moruno con la intención de seguir con más detalle la cochura de su hacienda: docenas de tortas de aceite y canela, centenares de magdalenas de leche y raspadura de limón, crujientes “sobás” de matalahúga, ajonjolí y un charco de aceite de oliva, hileras e hileras de galletas ralladas, de un intenso olor a huevo y vainilla, y alguna menudencia de cabello de ángel y vino blanco. En una de aquéllas, entre el barullo de las doñas, las carreras de la chiquillería y los juramentos en vano del tahonero, el rabo acaba intencionadamente en la espalda de alguna de las matronas, o de los infantes, apaciguando así el alboroto hasta un nuevo envite.
Finalmente, ante la mirada entre atónita y golosa de los menores, asoman por la boca del horno, humeantes, los “melindres” más aventajados. No son pocas las quemaduras de paladar y más numerosos los dolores de tripa, y todo por apresurase en engullir las primeras chucherías, pero ¡ay!, palos con gusto no duelen. Ahora sí, los aromas a vainilla comienzan a dominar sobre el revuelo y el trajín que regían unos instantes atrás, pese a que el bullicio también ha crecido por los muchos comentarios de la faena. Según avanza el día, el rumor enmudece, las conversaciones se hacen más nítidas, huele a “pringue” cocida, de la buena, y el aroma anisado se cuela en todos y cada uno de los poros de la tahona. Con el renacer de la tierra, vuelven los olores a aceite, las buenas charlas, las correrías de la chiquillería entre lebrillos y canastas, los restregones de masa cruda…, retorna el buen hacer de aquellas largas y espléndidas mañanas de trajín cotidiano. Eran tiempos en los que el reloj andaba más paciente, cuando los pucheros y los guisos, los adobos, las gachas y los dulces se elaboraban con tesón, mucho cariño, buen hacer y mejores materias. Tiempos en los que madres y abuelas, al amparo del cálido vientre moruno, mudaban en arte sus labores culinarias.
III
El chiquillo perdió las ganas de curiosear tras la baranda apolillada, ni siquiera hay baranda, ahora es un elegante antepecho de metacrilato.
La casona principal, la que lucía galas en calle de postín, viste hoy ruinas. Y la tahona ya no es un coloso humeante, ahora es fría, metálica, aséptica… no hay un solo rincón que escape a los hilos blanquecinos de la moderna iluminación, que se cuela en todos y cada uno de los recovecos. Casi que te da un escalofrío cuando comienza la faena. Por no haber, ni rastro hay de los viejos aromas, sólo huele a plástico y cartón. Tampoco hay zafras de aceite de oliva, de las que rezuman sabor a tierra vieja, la yema es en polvo y cualquier elaborado contiene antioxidantes. La masa madre no es agria, se presenta en granitos menudos y es un concepto que se debe explicar, entender y manipular…, “lea las instrucciones adjuntas”. Casi no hay mota de polvo que ensucie la impoluta imagen del novedoso e higiénico “Punto Caliente”.
El horno ya no es un ancho y cálido habitáculo de encuentro y charla, un ir y venir de gentes de todo “pelaje” y muchos tratos, es un local reducido, empequeñecido, apretado por un sinfín de estanterías de plástico rígido y cajas de mercaderías venidas de cualquier confín del mundo. Ya no queda ni asomo de la vieja y eterna cafetera de porcelana, ni de sus aromas torrefactos. No permanece siquiera el rincón que ocupaba a la diestra de la boca del horno, junto a la cazuelilla de las cuchillas de corte y las barberas desbastadas. El soniquete de la portilla del horno yace mudo bajo el metálico brillo del olvido. Ya no es el horno un vientre cálido, ahora es un infierno de armario que cierra herméticamente, un ingenio del demonio que se traga de una tacada, sin necesidad de hornero ni maña, un helado fardo de globalidad que sin despeinarse fulmina la memoria de todo un pueblo.
Las aceituneras ya no lucen sus pesados refajos, ahora visten mono y andan equipadas como si fueran a conquistar algún satélite lunar. El eco que mece el viento ha mudado. Ya no hay palique ni alegría, no queda huella de aquellos chismes picantes, cuentos y despellejes simpáticos, ahora retumba un estruendo impenitente, continuo, molesto. Las voces callan y un ruido insoportable se esparce por cada una de las “camás” de olivos, donde domina la más estricta disciplina de una cadena de montaje.
Y siendo de tal forma, el niño viejo reconoce que hay asuntos que andan por mejor camino, pues mujer y hombre van ahora más parejos en derechos y obligaciones… o así lo parece.
Con todo, de las entretelas del olvido emergen algunas de aquellas señoras, que lebrillo en cadera, armadas de canastas y paños, bullen en un trajín repostero casi milenario que impregna las callejas de aromas familiares, casi mágicos. ¡Cada vez son menos! Y estas matronas, tirando de los últimos flecos de nuestros saberes, le siguen dando forma al hornazo del “Domingo de Resurrección”, la perfecta comunión entre la harina de trigo y el aceite de oliva, una torta dulce que con unos delgados tentáculos engulle un huevo. Entiéndase a modo de metáfora, es como si la tradición tratara de estrecharse en un abrazo con la eterna renovación que contrariamente nunca parece llegar.
El niño viejo, protegido por la sombra que le ofrece su desmemoria, piensa que en un suspiro se le ha ido un mundo. Y reconoce que nuestro pueblo, donde todo son carreras y consumo, donde es fácil olvidar de dónde se viene, aún conserva el cucharro, el encuentro culinario y cotidiano más enraizado con la tradición cultural. Desposorio inmemorial entre el pan de ojos grandes y el aceite de oliva generoso, este moño de miga blanca y corteza crujiente se viste con lo sencillo y paciente, con el churre de un tomate “estrujao”, bacalao, aceitunas “machacás” y rábano, y se disfruta a la sombra de la historia. El niño viejo eleva la cabeza, calcula la hora y se da un respiro.
—Sí —reconoce—, en Andalucía las plazuelas siempre deben vestirse con un árbol que dé cobijo. Y nuestra Cultura, ¿qué necesita nuestra Cultura? ¡Ay!, precisa de memoria a la que aferrarse.


viernes, 3 de mayo de 2019

De las cosas chicas

Un buen día, de tertulia tranquila, me contó un viejo sabio que la verdadera grandeza de este mundo está en las acciones pequeñas, en los goces cotidianos, en los detalles más menudos. Porque estas obras nunca se hacen de manera premeditada, son improvisadas, salen enteramente del corazón y obligan a la sonrisa más generosa y sincera.

Pero hay ocasiones que las veredas más extrañas nos inclinan a lo contrario.

Podemos pensar y repensar, hacer unas y mil cuentas, realizar todos los sacrificios posibles y con el trabajo de toda una vida levantaremos el edificio más grande y presuntuoso, digno de la mayor altanería. Pero todo este esfuerzo solo acrecentará nuestro ego y… quizá, la envidia de algún convecino. En una mala noche de tormenta todo se puede venir abajo y tan solo nos quedará ruina y el recuerdo de las privaciones que tuvimos.

Al hilo y metido en este soliloquio, me decía el erudito, el santuario de Nuestra Señora es un lugar impregnado de mucha magia y devoción, y lo es por fortuna, porque se ha levantado con pequeños y solidarios esfuerzos cotidianos. Y han sido tantos a lo largo de su historia que no hay notario que pueda dar fe de todos ellos. Si uno de esas obras chicas se pierde, se malogra, es una punzada en el corazón, una lágrima amarga, una pérdida irreparable como lo fue el incendio de la encina centenaria, pero aún nos quedará la mayor, nos quedaran las miles de inquietudes de todo un pueblo talladas en los muchos años de nuestro Santuario.

En unos casos, el paño de la historia ha arropado estas pequeñas obras de misterio y las ha transformado de tal manera que hoy son irreconocibles. Así ocurre con el empedrado de la lonja, aparentemente muy sencillo, pero que dibuja con sus piedras una “spica” o estrella de ocho puntas encerrada en el interior de una cruz solar. Y el conjunto, que parece no decirnos nada, representa simbólicamente a nuestra Señora de la Encina como dominadora de las estaciones climatológicas, lucero del alba que antecede a la luz solar, símbolo de la fertilidad en su más amplio sentido: la de ser madre de Cristo.

Hay ocasiones en las que la ruina has desvestido cualesquiera de los rincones de su entorno hasta hacerlo irreconocible, como ocurre con el balnea romano plantado en el vestíbulo del lugar. Y en otras el protagonismo lo tiene la pérdida de memoria, como ha sucedió con el torreón medieval que quedó enmascarado en la colosal masa pétrea de la ermita y que hoy apenas podemos distinguir.

Hay situaciones en las que las inquietudes se dibujan tan pequeñas, tan aparentemente insignificantes, que pasan desapercibidas al ojo más avezado. Este es el caso de las marcas de cantero talladas en el cubo del camarín o las cuñas de madera que aparecen en algunas cornisas. Unas y otras son muestras de una devoción que hoy escapa a nuestro entendimiento.

Hay otras intervenciones tan sencillas, de carácter tan pragmático, que provocan la sonrisa más sana posible. Así ocurre con las anotaciones que el maestro albañil realizó en el yeso interior de la espadaña, donde reflejó el cariño más profundo con el monumento.

Hay algunas iniciativas tan solidarias, aparentemente tan simples, que merecen el aplauso más generoso. Como cuando, en común, un buen número de vecinos y vecinas blanquea y pinta el edificio sin más interés que lograr que los actos luzcan de la manera más brillante.

Y hay inquietudes que son una muestra de devoción inconcebible para algunos. Muestra de ello son los desvelos y cuidados que se tuvo, y de cotidiano se tiene, con el retallo de la encina centenaria… y qué decir de la devoción del difunto que en vida pide que sus cenizas descansen junto a la tierra que sustenta las raíces del chaparro.

Por todo ello, me cuenta el sabio, si un día de ordinario uno toma asiento en el poyete corrido de la lonja notará en su espalda la frialdad de las piedras. Y puede parecerte que todo duerme bajo el velo del silencio, pero no es así. Si prestamos atención, si escuchamos con el alma, podremos oír una inmensa algarabía, la que forman los alegres repiques de la esquila, de la campana menuda que sustenta la espadaña, mezclados con los piropos a Nuestra Señora, ¡¡¡viva la chiquitilla de los olivares!!!


martes, 23 de abril de 2019

23 de abril

En aquellas vísperas, si la casa materna se vestía con el manto de la tragedia, como ocurría con la temprana muerte de un familiar cercano, el pueblo tenía por costumbre alejar del hogar y por unos días a los chiquillos. Fue por entonces, y en el altillo de mi tía Rafaela, cuando una ancha canasta olvidada, repleta de tebeos y polvo, me abrió de par en par el mágico misterio de la lectura. A los primeros e iniciáticos cuentos infantiles se sumaron un puñado de novelas del oeste que envejecían pacientemente en la cámara de mis abuelos, un ramillete de hojas amarillentas y roídas, un recuerdo toscamente grapado con un alambre oxidado por los muchos años y el abandono paterno. Y vinieron después escritos que rezumaban intrigas y aventuras, inquilinos de una pequeña y oculta biblioteca que se abría hueco en el minúsculo y ordenado despacho de la directora del colegio, doña Anita. Y aun siendo aquellos años y con aquellos pueblos campo en barbecho para las letras, “La Isla del Tesoro”, “Los Viajes de Marco Polo” o “Viaje a la Luna” vinieron a consolidar un poso ya inevitable, una necesidad que me encarriló por el insaciable camino de hilvanar palabras.