miércoles, 13 de junio de 2018

Slow Guadiato (lentas aguas lentas) o una propuesta de estructura para crear producto turístico

Pese a formar parte de la provincia de Córdoba y estar localizado en el zona centro septentrional de la Comunidad, el Valle del Guadiato (cuenca media y alta) se encuentra en un esquinazo de Andalucía, al otro lado del hilo (macizo) de Sierra Morena, a medio camino entre la Bética y Castilla, pasillo natural de comunicación entre las ciudades de Córdoba y Mérida. Este hecho lo condiciona enormemente, pues en cierto sentido lo ha aislado históricamente de los territorios ubicados al sur y poniente.

A la comarca le dan forma un conjunto de sierras de poca altitud, suelos formados por materiales antiguos (esquistos, cuarcitas, granito) y amplias planicies vertebradas en torno al cauce del río Guadiato. Geopaisajísticamente es continuación de su vecina cordobesa de Los Pedroches y muestra muchas similitudes con la comarcas linderas de la Serena (Extremadura),  El Valle de Alcudia y La Siberia (Castilla La Mancha). De hecho e históricamente, hay quien ha reclamado una macrocomarca o región histórica denominada bajo el neologismo Balutia, que no es otra que la Beturia Túrdula de los romanos  o la Fahs al-Ballut de época musulmana.

En líneas generales, podemos definir que su territorio está formado por un conjunto de penillanuras, campiñas de tierra calma y olivar, y dehesas salpicadas por efímeros chortales de agua, una abundante cañada ganadera y numerosas manchas de encinar, un paisaje sosegado, plácido, que discurre lentamente al ritmo de su río, no en vano llamado por los árabes como “río lento o manso”, y bajo la eterna custodia de gigantes de piedra y acero (castillos y castilletes mineros). Sus pagos, su paisaje cultural, bien podrían ser el escenario de un capítulo del Libro del Buen Amor, de las églogas de Garcilaso o las Bucólicas de Virgilio.

Durante los últimos 25 años, el territorio ha venido realizando un intenso trabajo con el fin de desarrollar en la comarca producto turístico, esfuerzo que ha sido vertebrado en torno a cuatro entidades de diferente carácter y dependencia: Grupo de Desarrollo Rural del Alto Guadiato (integrado por 6 municipios y gestor de las diferentes iniciativas de desarrollo económico emanadas desde Europa), Mancomunidad de Municipios del Valle Guadiato (formada por 11 municipios), CIT Guadiato (surgido a iniciativa de la Mancomunidad) y la Asociación ERA Guadiato (empresarios turísticos). En este sentido, cabe destacar la ingente recuperación de edificios de la arquitectura tradicional que han sido puestos en el mercado turístico como “casa rural”, la mayoría de gran tamaño, número de plazas y autenticidad, bajo la modalidad de alquiler completo.

Igualmente, se vino realizando un gran esfuerzo para desarrollar una red de caminos homologados (GRs, PRs y y Vías Verdes), que al día de hoy no gozan de una buena salud pues, anotando excepciones, se están descatalogando. Por el contrario, pese al intenso trabajo realizado para desarrollar lo que se ha dado en llamar “oferta complementaria”, que la mayoría de las veces es la que dota de “vivencias” a un territorio, el resultado ha sido prácticamente nulo (Cerro Cañas, Posadillas).

Del análisis de la información anterior, se llega a diversas conclusiones. La principal, la que ha de tener una posición de salida y en torno a la que deben girar todas las actuaciones a desarrollar es que el Guadiato es un territorio caracterizado por la fuerza de su paisaje cultural, un medio físico característico, que invita a conocerlo y vivirlo de forma intensa pero con calma. Humanizado durante milenios, es hoy el escenario ideal para desarrollar producto turístico que podríamos encuadrar bajo la tipología denominada como “slow”, una modalidad estrechamente vinculada en su nacimiento con la comida sana, elaborada con paciencia y tiempo, que muy sucintamente podemos definir con los siguientes adjetivos:

Lento, auténtico, local, ecológico, sustentable. Slow Guadiato, soportado sobre su paisaje sosegado y sus recursos, debe ofrecer experiencias muy creativas, vivencias y emociones muy personales, ¡inolvidables!

El turismo slow se sustenta sobre un concepto que aporta a la sociedad actual una clase de viaje que los desconecta de la agitada vida diaria y los transporta a vivir una experiencia totalmente fortalecedora, a ritmo lento para poder observar, complacerse e integrarse en el paisaje y su cultura. Una modalidad turística que aspira a lograr que el turista se detenga un instante a observar el paisaje y se desconecte de todo, formando parte del paisaje  involucrándose en el paisaje, con la comunidad local y el cuidado del medio ambiente.

Por tanto, con estos pilares y teniendo como hilo conductor, ya sea para crear producto, ya sea para promocionar el destino, la marca “Slow Guadiato”, la primera medida a tomar, por otra parte demandada desde siempre por la entidades del territorio, de carácter global y que ha de estar presente en cualquier actuación que se desarrolle es la de…

5.1- Regenerar el paisaje. La minería ha originado algunas zonas con un paisaje desolador, escombreras y cielos abiertos no restaurados, que configuran parte de la superficie de los términos de Belmez y Peñarroya-Pueblonuevo, principalmente, a lo que hay que añadir las ruinas de todas las fábricas existentes en el Cerco Industrial de esta última. Es necesario, por tanto, realizar un programa medioambiental que se centre en la restauración de los terrenos afectados por explotaciones a cielo abierto y que integre en el entorno las zonas restauradas.

5.2- En segundo término y para poder vertebrar el uso turístico de ese paisaje cultural, es necesario establecer una red de senderos bien definida, que estructure el  territorio, tenga entidad propia como experiencia turística y permita disfrutar con intensidad del paisaje, de la práctica de un buen número de actividades de naturaleza que ahora veremos (senderismo, fotografía, observación de flora y fauna, avistamiento de aves, observación astroturística, etc.) y que a su vez permita otras prácticas de diferente índole, como puede ser la visita de los diferentes recursos de carácter cultural, arqueológico y del paisaje minero. Aunque en esta línea se ha venido realizando un gran esfuerzo, la realidad es que pese al gran número de vías pecuarias de uso público y al potencial uso como vía verde de su antigua línea férrea, el amplio inventario de GRs y PRs que tenía homologados esta comarca está en fase de descatalogación por la falta de señalética y por el estado de abandono que han venido provocando actos de vandalismo. En esta línea, sería aconsejable la implantación de senderos con nombre propio y fuerza temática (de las aldeas, de los dólmenes, etc., según estudio de mayor profundidad).

5.3- La 3ª línea de trabajo, mucho más concreta, debe trabajar en la recuperación y puesta en valor turístico de recursos a título individual/grupal, cuya selección vendría condicionada por el desarrollo de los diferentes capítulos/líneas de producto slow guadiato. A modo de primera propuesta:

5.3.1- slow orange Guadiato: recoge aquella línea de trabajo que trabaja y oferta productos creativos que tienen como principal componente y escenario la cultura y los monumentos (turismo naranja). Podríamos enumerar productos del tipo: visita activa a museos y centros de interpretación, conocimiento interactivo de monumentos y paisaje minero, conocimiento activo y creativo del patrimonio arqueológico, utilización creativa de monumentos como escenario de actividades variopintas (recreaciones teatrales, recreaciones históricas, degustación novedosa de productos agroalimentarios, festivales de música, etc.),…

En este sentido, muy grosso modo, sería interesante:

-          Poner en valor y a disposición de uso turístico una selección de bienes patrimoniales que servirán de escenario para la creación de experiencias: red de monumentos modernistas y de origen civil, red de dólmenes y arte rupestre del Guadiato, Red Bélica del Guadiato (incluidos castillos, bunker, trincheras y arquitectura de Regiones Devastadas), etc.
-          Red de Museos y Centros de Interpretación Histórica y Minera, favoreciendo su utilización como puerta para conocer el paisaje Guadiato y siendo escenarios de otros usos y propuestas de producto.
-          Recuperación del Paisaje Minero (castilletes, minas, cortas, escoriales, etc.). En esta línea, y siempre desde el respeto a la protección y las posibilidades técnicas de ejecución, sería interesante crear un “Castillete Geoestelar”, dando uso a uno de ellos o utilizando, si no fuera posible, un  castillo sobre el que si se pudiera actuar (en la línea del Cosmolarium en Hornos de Segura, pero dándole también contenidos de tipo geológico).
-          Intervención integral, bajo la dirección de la Universidad de Córdoba, en Mellaria, como estilete para desarrollar un proyecto de turismo arqueológico viable en la comarca (véase, salvando la distancia, Cástulo en Linares).
-          Apoyar, aún más, el desarrollo de recreaciones teatrales masivas en la línea de la iniciativa tradicional “Obra de Teatro de Fuente Obejuna”. En esta línea y en los últimos años se han desarrollado otras como “Mellaria Restituta” o “Una mirada en el tiempo” que utiliza como escenario la población de Belmez.
-          Utilizar el paisaje minero y el patrimonio monumental como escenario musical.
-          Recuperación meditada del patrimonio industrial y ferroviario, de tal forma que pueda favorecer el desarrollo de un turismo industrial que permita conocer los procesos históricos acaecidos en los dos últimos siglos.
-          Desarrollo de Jornadas de Teatro y Literatura, que ponga en conexión la raíz “Fuente Obejuna” con el turista “tranquilo” y el turismo slow.
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5.3.2- slow green Guadiato: incide en un corpus de trabajo principalmente formado por productos creativos de índole natural, aquella oferta que tiene como escenario el medio natural del territorio, que, por otra parte, huye de actividades que podemos entender como estridentes para el modelo slow (como puede ser la caza o el turismo activo agresivo). Aquí tendrían cabida deportes de bajo impacto, como nordic walking, gimkanas, orientación o geocaching, observación de aves, astroturismo, actividades náuticas, caza fotográfica, micoturismo, pesca, geoturismo, etc.

Actuaciones a proponer son:

-          Restitución del Paisaje Minero.
-          Creación real y sustentable de una Red de Caminos Slow Guadiato (GRs, PRs, Vías Verdes, vías pecuarias, etc.).
-          Adecuación para uso recreativo de las láminas de aguas (en el marco de la normativa vigente y donde no se haya intervenido con anterioridad).
-          Adecuación para la visita de una serie de elementos del paisaje de interés geológico.
-          Equipar adecuadamente los puntos seleccionados para la observación óptima de aves.
-          Equipar adecuadamente los puntos necesarios para la observación astroturística y favorecer la acreditación como Reserva Starlight, tanto del destino como de los establecimientos.
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5.3.3- slow yellow Guadiato: esta línea, mucho más abierta, da cabida a productos creativos relacionados con la gastronomía local, el patrimonio etnográfico en general, las fiestas, etc. En este grupo son muy interesantes actividades/productos como visita activa con degustaciones a empresas y fincas agroganaderas, degustaciones agroalimentarias en monumentos y paisaje minero, celebración de fiestas y ferias de carácter agroalimentario y artesano, participación activa en procesos artesanos de carácter etnográfico, como la elaboración de pan, la participación en la vereda trashumante o la matanza del cerdo, etc.

-          Aunque ajeno al ámbito turístico, creación de empresas de interés agroalimentario y ecológicas. En un segundo capítulo y creando las condiciones idóneas, sería adecuada su indexación con la práctica turística mediante la visita a instalaciones y fincas, la participación en ferias y fiestas temáticas, el uso de sus manufacturas en acciones de producto, etc.
-          Recuperación de las vías pecuarias de la comarca y del patrimonio cultural que las identifica (pilares, abrevaderos, bardales, apriscos, etc.).
-          Realización de fiestas temáticas en la línea de las que ya se realizan (del pan, de la siega, etc.) y ferias agroalimentarias de carácter temático en la línea y dando un paso más de la desarrollada con el Quedo en Zuheros (del queso, del jamón, micológicas, del espárrago silvestre, etc.). Por otra parte y teniendo en cuenta el papel que ha tenido el grano, el pan y los equipamientos relacionados (hornos, eras, etc.), y teniendo en cuenta el impulso de los “panarras” sería interesante crear las condiciones para que Slow Guadiato sea reconocido por su aportación a la “cultura del pan”.
-          Creación de rutas de la tapa, recorridos gastronómicos, etc.
-          Recuperar y subrayar aquellos aspectos arquitectónicos y del paisaje que caracterizan a cada una de las aldeas.

5.4.- Intervenir en el modelo de producto ya establecido, sobre todo en alojamiento y restauración, incentivando el alojamiento en casa rural, de carácter tradicional, por habitaciones (bed and breakfast) y el hotel pequeño soportado sobre bienes del patrimonio inmueble histórico. Por otra parte, sería interesante la especialización de establecimientos en función del tipo de cliente y las necesidades especiales que éste requiere: birding, astroturismo, etc.

Desde la vertiente gastronómica, sería interesante promover una triple línea: mayor número de tiendas agroalimentarias especializadas con venta directa al cliente, desarrollo de restaurantes con cocina de kilómetro 0 y creación de empresas de oferta complementaria que hagan uso de estos recursos para la creación de su producto.

5.5- Ámbito territorial de implantación. Aunque el proyecto y de entrada debe intervenir en los seis municipios que forman parte del GDR Alto Guadiato (Fuente Obejuna, Peñarroya-Pueblonuevo, Belmez, La Granjuela, Valsequillo y Los Blázquez), la extensión a los cinco del medio Guadiato integrados en Sierra Morena (Espiel, Obejo, Villaharta, Villanueva del Rey y Villaviciosa de Córdoba) deber hacerse de manera gradual y una vez establecida la marca Slow Guadiato. Un caso diferente es la comarca vecina de Los Pedroches.

Siendo un continuo geopaisajístico, cuenta con producto agroalimentario de interés y con un interesante desarrollo, también turístico. La colaboración, en muchos aspectos, debe ser inmediata (ferias, producto con visita a instalaciones de Los Pedroches desde empresas de Guadiato, continuidad de senderos en una y otra comarca, etc.), la posible integración debe valorarse con mucha meditación y una vez consolidada la marca Slow Guadiato.

Fuente fotografía: Facebook Turismo Rural Alto Guadiato

lunes, 28 de mayo de 2018

El bosque de color caramelo

Contraria a la tradición de los últimos años, aquella primavera fue de lluvia intensa, fina pero constante. Digamos que fue calaera, como siempre pedían los mayores: buena para la cosecha, abundante para los pantanos y no haciendo destrozo alguno en campos, calles y casas. La tierra derramó agua a borbotones y la sierra se vistió de uno y mil colores, impregnó de mágicos olores la atmósfera y salpicó de vida barrancos, campiñas y valles, solanas y umbrías. Y tanta fue la lluvia de aquel año, que durante los primeros días de verano siguió el cielo llorando mieles, un día sí y otro no.

La floración se alargó más que nunca, los insectos bullían en un sin vivir constante.

Debido a estas bondades y a un calor que llegó tardío y sin apretar, en la margen oeste del río Rumblar era todo un no parar. En la sierra, cada bicho viviente bregaba con júbilo y a lo suyo. En el interior de una corraliza abandonada, junto a los hormazos de un chozo, una cuadrilla de mariquitas disfrutaba balanceándose en los tiernos brotes de un jaguarzo. Por la izquierda, en un clarillo de monte, unas arañas muy chiquitas se descolgaban graciosamente de un gamonito retorcido por el peso de las flores mientras que un escarabajo caminaba laborioso y con parsimonia entre unas diminutas senderuelas. Por frente, decenas de minúsculas mariposas revoloteaban alegremente sobre un jaralillo recortado. Por detrás, en los pizarrones que en su día dieron forma a una paridera, las abejas simulaban jugar a la pillá entre candilicos y narcisos enanos de un amarillo casi translúcido. Ajenos a tanto bullir, como si no fuera con ellos, una mariquita se refrescaba en el rocío de una amapola y un travieso cigarrón dormitaba bajo una hermosa margarita, que lindamente ofrecía sus hojitas a la extraordinaria luz de la mañana.

Un poco más arriba, en lo que fue una robusta torruca de piconeros, casi en la coroneta del cerro, una hilera de hormigas trajinaba con todo un granero. Junto a ellas, en las pizarras del interior del chozo, unos curicas chiquitos y negros como cagarrutas de gato, por esquivar cualquier mirada ajena se ocultan en la maleza. Al fondo de la ruina, a la sombra de una esparraguera de piedra, unos diminutos alacranes se desperezaban sobre la espalda de su madre; mientras que en la terriza y al amparo de la penumbra de un espeso lentisco, un buen número de marranicas jugaban al escondite entre una multitud de brotes de hierba y flores de variopintos colores.

La escena se desarrollaba bajo la atenta e inquietante mirada de una lagartija, inmóvil como una roca, que por el momento prefería solearse.

Junto a un regato lindero, una pareja de diablillos de colores se hacía carantoñas… avanzaba un precioso día de julio. El rocío de la mañana multiplicaba la claridad de una forma extraordinaria impregnando todo de luz, el lugar fue tomado por un bullir constante aparejado de un rumor creciente… se deslizaba una avalancha de alegría que los envolvía a todos en unas inmensas ganas de vivir.

Aunque había comenzado el verano, las solanas al otro lado del Pinto todavía formaban una extensa e irregular manta entre verde y parda, de un brillo intenso y acaramelado, aquí y allá salpicada de encinas y minúsculas motas blancas, amarillas, azules… Pese a estar en una fecha del año muy avanzada, los brotes de la jara se encontraban en todo su esplendor, formando un ondulado monte que sabía a dulce. Entre tanto láudano pringoso, como incordiando a sus primas mayores, destacaba una pequeña manchita morada. una multitud de lindas flores en desorden, un abanico abierto formado por incontables jaras estepas que yacían apaciblemente bajo un sol que calentaba lo justo.

Avanzado mayo suelen llegar los primeros calores, con ellos toda mata que se precie suelta su polen al viento. Pero ese año y debido a la mucha lluvia, los rigores que adelantan el verano no se hicieron notar hasta los primeros días de julio. Fue entonces, tardíamente, cuando la atmósfera se atiborró de polen y acunó los juegos y balanceos que los granitos y pelusas describen en su afán de buscar pareja. De un día para otro, el viento comenzó a bailar con miles de medusas de delgadísimos filamentos vegetales, hilitos brillantes que multiplicaban por cien los reflejos de luz, y las esparció en todas direcciones. Con el tiempo, exhausta y danzando al compás de una canción amorosa, cada espora fecunda otra planta similar dando lugar a cientos de semillas que se reparten por los cuatro vientos. Caen al suelo meciéndose al son de una nana y, debido a la mucha y tardía humedad penetran de inmediato, se acurrucan al calor de la tierra y comienzan a germinar.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Mas sobre "Mis zapatos de domingo", un homenaje a mi padre

No eran los rincones y estantes de la casa familiar de dar cobijo a libro o cuartilla alguna, ni siquiera a los que solían ponerse más a la vista y que daban lustre cuando llegaban las visitas. Y sí era un servidor de mucho olisquear donde hubiera una mota de polvo y ninguna huella que la hubiera profanado. 

En una correría por el Santo Cristo, con mi abuela Pura fuera de guardia, olisqueé lo posible y removí cuanto pude en la cámara de mis mayores. Frente a la ermita y plantada en un ancho callejón, era casa en sempiterna y obligada mudanza, que recuerdo de poco mueble para tan ancho hogar. Estaba situada a espaldas de mi chacha Mariana, corral y “mentidero” por medio. Ofreciendo puerta por patio y por calle terriza y regular, pues de tanto en tanto mudaba de viario a corralón de vacas, los nietos teníamos por firme costumbre entrar en la casa por la ventana de la cocina, un habitáculo pulcro y diminuto. Aunque en el altillo había poco que calcucear, pues mi abuelo era de ganar cuatro reales a media mañana y no llegar con cuartos a la noche, rebuscando encontré argumentos que me parecieron fuera de lugar y ajenos a los usos de la prole. Olvidados en un rincón, envueltos en el lienzo de la desmemoria, tropecé con algunos cuentos de “Roberto Alcázar y Pedrín” y un buen tocho de novelas de pistoleros en un lamentable estado de deterioro. Las unas tenían descompuesto el lomo, los otros andaban sin portada, casi todos hacían gala de unas páginas amarillentas y roídas, cosidas con alambre previendo evitar destrozos mayores. Con el botín, me dejé caer sobre una mecedora vieja, de tela desteñida y con algunos jirones, comencé a hojear uno de los folletines. No pasaron unos minutos cuando presa del interés me sumergí en lo más profundo de sus entresijos… las agujas del tiempo se acunaron en un silencio placentero.

Cuando quise darme cuenta la penumbra se había adueñado del cuartucho, aún así me dio tiempo a leer el wéstern casi por completo, de un tirón. Recuerdo que aquella furtiva tarde, sin tránsito ni aviso, el extraño placer de la lectura me cortejó con insistencia.

Escuché como en el piso de abajo removían sartenes, en la cocina, seguro que mi abuela estaba de vuelta y metida en sus pucheros. Temiendo represalias, cogí al azar dos ejemplares y me los escondí en la cintura del pantalón y ocultos bajo la camiseta. Sujetos por la apretura del calzón, aparejé bien la cincha no fueran a caérseme en la huida, que por entonces estaba uno para no andar sin lastre en días de viento. Bajé las escaleras casi de una y salí de la casa como una exhalación, por la puerta que daba a la calle, no sin oír como en un murmullo que mi abuela trajinaba en la cocina. Quizá fue porque estaba enfrascada en la hacienda y cautivada por los aromas de sus guisos, quizá porque no me faltaron pies para correr, pero lo cierto es que no le di tiempo a que me oliera el rastro.

Pasaron algunos días, se sucedieron los párrafos e inventé mil escenas. En un desliz, dejé los folletines descuidos en un rincón del comedor, por entonces la lectura ya era cosa de mi cotidiano. Doblarse a la costumbre, también el azar, provocaron que mi padre se diera de bruces con el botín. El apaño de los alambres le hizo reconocer que las novelas eran de su propiedad, me miró y pergeñó una leve sonrisa. No medió una luna cuando el resto de novelas y cuentos mudaron de la cámara del Santo Cristo al dormitorio que en la casa del Cotanillo compartíamos mi abuelo José María y un servidor, habitáculo donde una cama de hierro colado, de cabecero redondo y color azul, un diminuto armario y el poco y necesario hueco para bullir encogidos armaban la estrecha alcoba.

No debió trascurrir mucho tiempo, cuando la desgracia vino a vestir de negro la casa. En aquellas vísperas, cuando acaecía alguna tragedia cercana como lo era la muerte de un familiar, el pueblo tenía por costumbre alejar por unos días y de la casa paterna a los chiquillos. Fue por entonces, en aquella coyuntura, cuando una hermosa canasta arrinconada en el altillo de mi tía Rafaela, hasta el colmo de libros y cuentos, cubierta de polvo, me abrió definitivamente y de par en par el mágico misterio de la lectura. La reducida vereda, que poco antes habían inaugurado los escritos de la cámara de los abuelos, mudó a ancho carril. No cabía vuelta atrás.

Cuando me quedé sin letras que engullir, mi padre me recomendó que canjeara sus novelas por una módica comisión en el Kiosco de Doro, un destartalado casuchín de chapa verde y cristales cuadriculados plantado en un anchuroncillo al comienzo del Carril. Y cuando mi progenitor tenía viaje a Linares y yo andaba sin obligaciones, lo acompañaba a la calle Serrallo a las mismas y ahorrando una parte del corretaje fijado. Los años, también su afán porque leyera, auspiciaron mi entrada en un reducido círculo de amigos que intercambiábamos cuentos según precio de cada ejemplar. Cuando me hice veterano en estas artes del trueque descubrí una librería de saldos, con catálogo mensual y compra contra reembolso -Balmes, en Logroño-, con la que me uní en nupcias durante gran parte de mi infancia y la primera adolescencia. Víctima de aquella dependencia, la paga semanal mermaba con mayor o menor premura, de manera proporcional al enganche del momento.

De por entonces atesoro algunos de mis más preciados ejemplares, que quizá no lo sean por su valor literario o económico, pero sí por lo que pesan en la balanza de la nostalgia propia. De entre aquéllos, tiene un papel destacado el primer libro que tuve de los que podría llamar “serios”, un “Diccionario Enciclopédico” que pasó por toda mano, lápiz y bolígrafo de cada uno de los infantes de la familia. Aún lo tengo, quizá un poco destartalado, bajo una cada de polvo, sujetando con su peso una ancha fila de libros... recordando trayectorias.

Aunque éramos de poco o nada regalar en fechas señaladas, un buen día, por su cumpleaños, le hice un agasajo a mi padre. Entiendo que acerté con ofrecerle una colección en facsímil, que no fue otra que una recopilación de viejos cuentos apaisados de “Roberto Alcázar y Pedrín” y “El Hombre Enmascarado”. Recuerdo que se le escapó una sonrisa. De entonces, supe valorar cuánto pesaron los primeros días de escuela en la vida de mi padre, como el apego a la lectura marcó la concepción que se formó de cómo andar por este mundo. Descubrí también, con amargura, que no pudo subirse a un tren que hizo amago de recalar en su estación pero que nunca llegó. Paso de largo, sin hacer escala.  Por todo esto, cuando participé en la idea y redacción de un cuadernillo sobre la historia de la educación y la escuela en Baños de la Encina, lo hice colaborando con un escrito que dediqué a mi padre y a las sensaciones que me transmitió de aquellos años y en aquel trance. Aunque en el texto hablaba en primera persona el protagonista no era yo, lo escribí con pluma prestada:

“Mis zapatos de Domingo”

No era un buen día, o así me lo parecía.

Yo era de calle llana y respirar con anchura, de piso terrizo y polvoriento, de rincones con magarza y extensas solaneras. Era de horizonte abierto apenas roto por solitarias casuchas desvencijadas y bardales a medio derruir. Era de arremangarme el calzón en canteras anegadas de agua podrida, pobladas de légano, tiros y cabezolones. Y era de sembrar tropelías que levantaban el vuelo de gallinas, de correr bestias trabadas sin más interés que desfogar los pocos años, de estorbar en los trajines de las muchas matanzas a pie de calle que llegaban con los primeros fríos del invierno. Pero, cosas de mi corto entender y decidir, aquel día me veía obligado a descender a lo bajo del pueblo por calles estrechas y empinadas, de pavimento duro y sombra casi perpetua; callejas apretadas como lo eran mis rígidos zapatos de domingo, los que ajenos al calendario misal ahora, entre semana, producían rozaduras en mis pies y levantaban tintineos de una solería pétrea donde apenas crecía la hierba del otoño.

Mi madre, ajena a la costumbre familiar, ahogaba lo que yo entendía como la libertad que sí tuvieron mis hermanos mayores, que apenas pisaron colegio. Se acabaron mis andanzas por corralones, mis correrías entre eras y barbechos, mis travesuras a la vera de pilares y alcubillas.

Era mi primer día de escuela.

Con las tempranas aguas del otoño y después con las primeras heladas del invierno, los desplazamientos diarios al viejo corazón de la villa se hicieron cotidianos. Mudaron mis muchos ratos entre corrales y calle por horas eternas en habitaciones oscuras, gélidas y poco ventiladas, donde crujía la madera vieja y olía a polvo rancio. Cambie los pálpitos que me producía un suelo desnudo, atado al calor de la tierra, por mirar y remirar sin interés los gastados y fríos dibujos de las baldosas de cemento que ordenaban aquel símil de mazmorra, habitáculos desangelados que gruñían bajos mis indeseables zapatos de domingo. Truncaron mi innata curiosidad, mi azogue, lo canjearon por constantes regañinas cuyo motivo no entendía, pero que me ataban como una estatua inerte a un duro pupitre, tan sólido como lo eran las lúgubres piedras de la Casa de Purita, el calabozo que ahora amarraba mi libertad de antaño.

Con el invierno, creí que había perdido en la mudanza.

Lo que parecía un mal domingo con zapatos nuevos y sangrantes esollejones, fue haciéndose cotidiano, como aceptar por imposible el matrimonio de la noche y el día. Las esquilas del campanario de San Mateo, que en lo llano de mi Santo Cristo emitían un murmullo lejano y apenas audible, vinieron a ordenar con sus sonoros tañidos los husos de mi diario.

Los juegos fueron a menos y cuando los hubo cambiaron de escenario, del amplio y caótico llano de Buenos Aires a la lonja de la iglesia, un atrio encogido, ordenado en unas pocas cuadrículas de reborde pétreo; de los huertos y quiñones de la Dehesa a los arrabales del castillo; de las plácidas aguas del Rumblar al vértigo de las murallas… Como cada día a media mañana y en avalancha, un tropel de vociferantes chiquillos tomaba con griterío la sinuosa calle Santa María. Unos buscaban el anchurón terrizo de la plaza, los otros, los menos y más avezados, alcanzábamos el otero del Cueto con la intención de olisquear nidos en los mechinales de tapial del castillo o volar aludas en el Laero. En unos minutos la marabunta se deshacía en grupúsculos menores, cada uno a lo suyo, no llegando la trifulca a mayor altercado.

Con el tiempo, que todo muda y a todos nos hace y dobla, los zapatos de domingo fueron perdiendo la rigidez del cuero nuevo, se ensuciaron y rasgaron, malograron su agarrotada forma hasta amoldarse a mis extremidades. Por momentos, llegué a pensar que siempre habían estado allí, calzados en mis pies, formando parte de mi cotidiano. Pero no, un día estuvieron guarecidos en la coqueta buena de lo hondo de la alcoba, en espera, aguardando sin falta la llegada dominical.

La mudanza fue arrugándose hasta hacerse costumbre. Ahora, gastada y vieja, fue conduciendo mi diario sin aspereza alguna. Fueron los días madurando, alargándose, hasta percatarme que con mis andanzas se había gastado el rígido material que daba forma a los zapatos de domingo. Ahora, la rociá del alba, la luz brillante de media mañana, la rejuvenecida calor de la primavera se colaban a raudales entre los despojos de cuero.

Mientras mis zapatos de domingo perdían consistencia, como si hubiera sido de un día para otro comencé a hilvanar, a desenmarañar, los garabatos impresos en un libro estampado con un viejo raquítico y un rapaz achaparrado y entrado en años. Hasta entonces me había acompañado como una carga más que soportar, como lo eran mis zapatos de domingo. El pupitre de mis primeras desdichas, desportillado y cojo, me abrió un hueco cálido en sus entrañas ofreciéndome el placer, la virtud de la lectura, de la escritura, de las cuatro reglas. Fue tan reconfortante mi encuentro con las letras que no comprendí, o ya lo hice tarde, que ocupaba un diván donde dejaba pasar horas ajenas de unos días prestados. Apenas fui consciente del placer de la cultura cuando el préstamo ya reclamaba su caducidad.

Ahora lucía con orgullo mis destartalados zapatos de domingo, aunque estuvieran casi harapientos de tanto usarlos. Noche tras noche me despojaba de ellos y mi madre, contraria a la firme decisión de mi progenitor, los cosió y los remendó alargando una existencia que parecía definitivamente extinta. Cada tachuela, cada costura, prorrogaba la vida del calzado un día más, un suspiro más.

De nuevo hubo mudanza, se acabaron los trasiegos a lo bajo pero no mi encuentro cotidiano con las letras, pues cada tarde casi de noche cambiaba las alpargatas de diario por los remendados zapatos de domingo. Como un suplente y endurecido pellejo, gastado y avezado ya en mil trasiegos, era inmune a los cambios externos. Los garabatos, que ya eran palabras perfectamente inteligibles, iban colando escenas que llenaban lo que un día fue horizonte vacío; las frías mañanas de matanza, atenuadas en su día por el calor de la lumbre, se alejaban en el recuerdo dejándome una creciente e inusitada libertad. En ésas estaba cuando quise detener el tiempo, hacer de aquella mudanza una estampa fija, pero ya era demasiado tarde, o eso llegué a creer. Con los años ganados, con la ilusión de la mucha juventud, quise alternar la dureza de jornadas interminables trajinando embutido en esparteñas con pequeños y sugestivos instantes calzado de domingo, unos minutos que me daban alas para devorar letras, dibujar escenarios cambiantes en un paisaje que iba ensanchándose más y más mientras me atiborraba con las mil y una gestas impresas en papel.

El préstamo definitivamente reclamó su devolución. Aún intenté doblar una esquina de la vida que simuló alargar mi encuentro con las enseñanzas, quise avivar los rescoldos que aún quedaban sin consumir. Comencé a trasegar con legajos deshilachados, unidos con dificultad mediante grapas de alambre duro, a devorar ásperas cuartillas repletas de historias trepidantes y ajenas, exóticas, marcadas con nombres incomprensibles, impronunciables, como Keith Luger o Silver Kane, unas pocas con Marcial Lafuente Estefanía. Busqué refugio en la cámara de mis mayores donde en un intento desesperado, de ficción, traté de hacer llegar el calor de los escritos a mis hermanos, a los amigos, aunque mis aparentes enseñanzas eran amagos ya caducos, eran ceniza.

Me inventé un presente que era un deseo imaginario, fantaseé con un futuro inmediato que apenas podría levantar vuelo bajo el peso de la fría realidad que me venía encima. Había llegado el momento del reembolso, para mis mayores yo era dos manos necesarias cuando llega el estío y es tiempo de cosecha.

Las letras quedaron dormidas, hibernando, preñadas de esperanza.

Baños, primera luna de primavera





viernes, 27 de abril de 2018

Sierra Morena, tierra encastillada

El carácter fronterizo de su sierra, a caballo entre la llanura manchega y los valles del Alto Guadalquivir, ha favorecido el protagonismo de sus puertos, desfiladeros y pasos, ya fuera en momentos de encarnizado enfrentamiento bélico o en periodos de fructíferas relaciones comerciales. De esta manera, la actividad caminera, los trasiegos comerciales a ella asociados y la defensa del territorio han dibujado toda una red de caminos, puentes y pontanillas, castillos y fortines, ventas y mesones… que han salpicado toda su geografía.

Con diferencia, el baluarte militar que más reconocimientos posee es su castillo beréber, germen del actual pueblo de Baños de la Encina, declarado Monumento Histórico Artístico en 1931. Estudios recientes, cada vez más acertados, han ido desentrañando el magnífico y variopinto patrimonio encastillado que este municipio de Sierra Morena acoge en su término histórico.

Así es. Durante la Edad del Bronce (1800 a. C), gentes de la Cultura del Argar y procedentes de La Loma blindan la explotación minera del valle del Rumblar mediante un metódico programa organizativo, cuya finalidad no es otra que obtener un exhaustivo control del territorio. En este sentido, se levantan pequeños y recios fortines que controlan los pasos desde el llano al valle del Rumblar (Era de la Mesta y Migaldías) y se construyen en la cuenca del río una serie de poblados amurallados que controlarían todo el proceso extractivo y metalúrgico (Peñalosa o Verónica). Posteriormente, durante época romana y con similares intereses mineros (aunque ahora de las minas extraerían plata y plomo en vez de cobre), se elevan diferentes fortines y castilletes que vigilarían los pasos hacia las explotaciones mineras. En este sentido, quizá uno de los baluartes más representativos sea la torrus romana de Salas Galiarda, un castillo de envergadura ciclópea y un estado de conservación excepcional, que domina un paisaje increíbel desde las alturas del macizo del Navamorquín. También es de interés el fortín del Cerro del Salcedo que, situado en la cercanías del Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Encina, controlaba los pasos a través de la cuenca del río Grande.

En la baja Edad Media esta parte de Sierra Morena ha dejado de tener la importancia minera que tuvo en otros momentos, pero su carácter fronterizo la posiciona como estratégica en las luchas que enfrentan a los reinos cristianos del norte y a las diferentes oleadas beréberes, primero almorávides y después almohades. En este sentido, el castillo de Baños es un elemento destacado y sobresaliente en una maraña defensiva mucho más compleja, donde también tienen protagonismo otros castillos y torres o castilletes, hisn y burch, que van salpicando todos y cada uno de los pasos de Sierra Morena. Así ocurre con fortificaciones como la del Castillo de las Navas o el castillete de Castro Ferral, en días situados en el término privativo de Baños aunque hoy le son ajenos; pero también es el caso del discutido Burgalimar, que según los últimos estudios está localizado en el paraje de las Tres Hermanas, en las inmediaciones de la aldea bañusca de El Centenillo.

Con la llegada de la Edad Moderna y la pacificación del territorio, los baluartes defensivos tendrán otras funciones y ocuparan otros enclaves. Ahora, su empeño no es otro que fiscalizar el cobro de los impuestos que genera el Camino de Andalucía, principalmente la robda y el portazgo, aunque también el montazgo, y, paralelamente, es su obligación guardarlo y darle avituallamiento. Con esta finalidad, se construyen el Cerco Aldeano y el Torreón viejo del Santuario de Nuestra Señora de la Encina, pero también un entramado de caminos empedrados e ingenios hídricos de un interés etnográfico sobresaliente (Pozo Nuevo, Vilches, de la Vega).


viernes, 20 de abril de 2018

El urbanismo de la Edad Moderna, Baños de la Encina

La tradición medieval había moldeado casuchines de barro y ripios de piedra, de tapial y adobe, de cabios de madroña y monte, que salpican los escalones y escarpas que se derraman a la vera del castillo. Se gesta un arrabalillo mal pergeñado de calles sinuosas, apretadas y llanas, como Cestería y Huérfanos. La modernidad agroindustrial, por el contrario, traza calles empinadas emparejadas con caminos, donde grandes casonas de labor se disponen a uno y otro lado del viaro. De esta forma se aprovecha el desnivel de la calle para introducir en la casa de labor un habitáculo que hasta ahora no tenía presencia en la organización estructural de la vivienda: la bodega, que conservara el aceite, otrora mal visto por el castellano viejo, en grandes tinajones. Ahora, la casona se estructura en altura en tres niveles: bodega, vivienda principal y cámara; y horizontalmente aparecen nuevos habitáculos de uso privado que antes ocupaban el viario común, como las cuadras, el estercolero o el huerto, al fondo de la casa, tras un amplio corral. Una fachada de buen porte da paso a un ancho y empedrado portal que recorre toda la casa y distribuye las estancias, lugar que alterna siestas y tertulias con el paso de las bestias. Ejemplares muestras de esta tipología las encontramos en la casa familiar de los Caridad Zambrana o las casonas que ascienden por las calles Amargura, Travesía Amargura y Mestanza.

Mediada la Edad Moderna, la villa crece económica y urbanísticamente, de la mano de pecheros, pequeños propietarios ajenos al arbitrio de la nobleza que se enriquecen con su propio esfuerzo, pero también con la merma del común. Paralelamente, van creándose pequeñas y contadas fortunas que comienzan a labrar y ahondar unas diferencias que irán a nutrir un caciquismo ahora incipiente. Contrariamente a lo esperado y un siglo después, tras las numerosas y anheladas desamortizaciones civiles, aquellas políticas supuestamente liberales harán de la cuña un abismo social.

La edificación de nuevas y excepcionales casonas tiene su negativo reflejo en la presencia de penuria y barrios marginales. El eje que ahora sustenta el crecimiento no es la calle, será la manzana, preñando palacetes autosuficientes, donde la zona noble se separa claramente de los ámbitos de servidumbre, agropecuarios y artesanales (Cuesta de los Herradores). En este sentido, la Casa Grande o de los Molina de Cerda abre un camino que a no tardar seguiría en menor medida la casona de los Mármol.

El nuevo orden urbano y la merma del común es paralela a la aparición de alineaciones de casuchas y chozas que se localizan al amparo de caminos, en el extrarradio, como ocurre con Santa Eulalia, que se planta al amparo de la ermita homónima y el Camino de San Lorenzo, y junto a viejas canteras abandonadas, como las del Mazacote, donde es difícil diferenciar donde acaba la roca y comienza la morada.