sábado, 31 de agosto de 2013

Burch al Hammam

La primera ocupación del Cerro del Cueto, uno de los dos montes que, junto a la Calera, soportan al núcleo de población de Baños de la Encina, y sobre el que se sitúa el castillo, nos remonta a los últimos latidos de la Edad del Cobre que, en la zona, ofrece ciertos testimonios en Cerro Tambor (hace unos 4.000 años). Desde este lugar la población ejercía el control de la mina de azurita y malaquita (cobre) del Polígono-Contraminas, donde el valle se da de bruces con las primeras estribaciones serranas, al pie del vecino cerro del Gólgota. Asimismo, encontramos en el interior del castillo muros pertenecientes a la Edad del Bronce y de la cultura Íbera, que también tienen amplia presencia fuera de sus tapias deslizándose hacia el barranco de Valdeloshuertos por el oeste y al llano por el sur.
 
Roma plantó un mausoleo funerario, a modo de templo, en la corona artificialmente amesetada de su cota más elevada. Una estela hallada durante las recientes excavaciones arqueológicas, que parece directamente vinculada a este inmueble, nos identifica a una tal “Ilicia” como el personaje reverenciado bajo esas piedras, posiblemente una dama perteneciente a los notables publicani  que regentaron la explotación minera de esta parte de Sierra Morena durante el Alto Imperio.
 
El Castillo, heredero de las clásicas fortalezas bizantinas que tuvieron su predecesor en los campamentos castrenses de Roma y una amplia dispersión a una y otra margen de la franja sahariana, es quizá su mejor testigo en toda Europa
 
De rara forma ovalada -adaptándose a las curvas de nivel del cerro- y tabiyya como principal componente, está organizado en quince torres cuadradas (una es ligeramente pentagonal) que avanzan desde el lienzo de muralla. En su interior presenta una complicada urbanística de época almohade (siglo XII) y bajomedieval. La compleja trama urbana tenía como objetivo principal desorientar y provocar el caos en un posible atacante, que consiguiera ultrajar sus murallas defensivas una vez superada la entrada en codo de acceso al castillo, de la que hoy apenas quedan contados y mudos testigos en la calleja que nos lleva a la puerta del castillo y en las ruinas de la que fuera Santa María del Cueto (cripta, que no aljibe, y ábside), que aprovechó para su construcción parte de la propia estructura “codada”.
 
En el interior, elevándose apenas sobre el laberinto urbano, un pequeño patio de armas se asoma sobre la ruina del que fuera mausoleo romano organizando, en su justa medida, el simulado desorden de las viviendas. La trama, salpicada de calles pétreas que preconizan en el tiempo los empedrados que caracterizarían la aldea bajomedieval de “Bannos”, va derramando pequeños detalles que nos narran como eran las cosas en esta tierra de frontera. Las casonas cobijan cuadras y molinas, alternan jaraiz con bodegas, trazan conducciones y registros pluviales, pisan suelos de barro y cal, sientan goznes y trancos, y…, en fin, viven en tiempos que fueron de guerra, pero también de encuentro con un territorio que les era de nuevas. Ya bajo control castellano, la estructura interna es alterada mediante la construcción de un reducido y bien defendido castillete o alcazarejo de sillares medianamente regulares. Paralelamente, se reviste de piedra el exterior de la torre cuadrada situada más al noreste, dando lugar a una estructura cilíndrica que se eleva en altura sobre las demás: la torre del homenaje o Almena Gorda. En una primera fase gana en robustez logrando a duras penas doblegar bajo su mando al resto de hermanas; será ya en el tránsito entre los siglos XIV y XV, posiblemente durante las luchas de “banderías” que acaecieron en los estertores del reinado de Enrique IV y que auparían al poder de Castilla a Isabel I, cuando la terraza superior, almenada, muda en sala que cierra en bóveda apuntada y torna a mirar de frente a los nuevos poderes emergentes (Plaza Mayor). Sobre la meseta central se sitúan los aljibes, dos naves excavadas en la roca y cerradas en altura por una doble bóveda de medio punto elaborada con ladrillo.
 
Los muros laterales de los pozos están construidos con la técnica del “opus signinum” (el mortero se realiza de una sola vez evitando la presencia de mechinales), evitando así las filtraciones del agua embalsada; cada vez se suman más investigadores que certifican un probable origen romano de este equipamiento hídrico. Tierra roja libre de materia orgánica, chino de río, cal como aglutinante y agua es la fórmula mágica que ha permitido que este coloso, después de muchos siglos, siga perfectamente en pie. Sobre la cota del suelo, donde aparece un mortero con alta presencia de ripios de piedra y considerable tamaño que permite nivelar la irregular superficie, se van levantando sucesivas hiladas de este calicanto, denominado por los musulmanes tabiyya o tapial. En realidad, no es otro material que el “opus caementicium” heredado de la arquitectura romana. En cada hilada de mortero se vertía el material sobre un molde rectangular de madera o encofrado, a modo de cajón sin fondo ni tapa, que medía dos codos de altura y entre cuatro y seis codos de longitud (el codo equivale a 42 centímetros). Entre hiladas, se situaban pequeños maderos (agujas) que sostenían el encofrado de madera y que, al pudrirse, funcionaban a modo de junta de dilatación. Podemos apreciar la huella que dejaron estos maderos en la sucesión de agujeros o mechinales que surcan todos los muros del castillo. El cajón se ayudaba de otros elementos complementarios, como el costal o vara vertical que evitaba que los cajones se abrieran; y el codal, que hacía lo propio impidiendo que se cerraran. El material se vertía en tandas, que eran apelmazadas con un pesado pisón de madera.
 
Acabados los muros, se remataban con un enlucido rico en cal que protegía de las inclemencias meteorológicas y que era decorado profusamente mediante excisión con elementos vegetales muy esquemáticos (zigzag, espigas, ramificaciones, flores, etc.).
 
En 1626, la aldea de Baños se segrega del concejo de Baeza constituyéndose como villa. El nuevo orden jurídico y civil, in crescendo hasta la promulgación de las primeras ordenanzas municipales de la villa (1742), pone una losa definitiva a la actividad vital del castillo. La población y el poder se van derramando extramuros, alejándose del coloso que acabará dando cobijo a la muerte.
 




 

viernes, 30 de agosto de 2013

De clérigos de armas tomar y otras cosas de la calle del Potro, Baños de la Encina 1

Hubo, además, más casos de muerte por arma de fuego en la villa. Los Mármol Galindo estuvieron relacionados con dos casos más. En uno de ellos aparece Juan del Mármol Galindo como víctima de un carabinazo, obra de un recaudador de “millones”. Un año antes Gregorio del Mármol Galindo, clérigo de Epístola estuvo implicado en la muerte de un vecino:
 
“De dos alcabuzazos, en esta villa en la calle que llaman del Potro, como a ora de las una del día poco, más o menos.”
 
Las espadas y estoques eran también armas mortíferas, La falta de alumbrado público, carencia propia de la época, hacia que la noche fuese un momento apropiado para llevar a cabo venganzas y encerronas. En enero de 1680, hacia las tres de la madrugada, murió a estocadas Pedro García, también en la calle del Potro.
...
 
“Algunas notas alrededor de un caso de bandolerismo en Baños de la Encina”, Ángel Aponte Marín.
 
 

jueves, 29 de agosto de 2013

De trazas urbanas y otros apuntes sobre el territorio

En esto de las redes sociales, una amiga y paisana me interrogaba sobre si conocía el origen de la bella denominación que luce uno de los ejes viarios en los que anduve por los años de mi niñez. “Desengaño”, un apelativo no poco evocador, pero no menos que la vecina “Amargura” o la más alejada y recogida “Recuerdo”.
 
Las verdad sea dicha, siempre me han atraído y bastante los apelativos de las calles de mi pueblo; aún más, siempre me ha llamado a la curiosidad el posible origen de las trazas viarias que a diario pisoteo, pues en gran parte esconden mucho de la memoria del territorio, de sus gentes y de la evolución de la una y las otras. No es menos verdad que bien poco he profundizado en el tema, poco más que alguna que otra anotación puntual, que anda agazapada entre los muchos papeles que he ido acumulando en un supuesto despacho de trabajo que tengo en casa, ¡pero es que éste no pasa de grandiosa papelera! 
 
Debajo de algún montón de apuntes, carpetas y libros deben respirar las notas sobre la atrayente, misteriosa y aún anónima, al menos para un servidor, calle del Potro, escenario de tabernáculos varios y numerosos aconteceres trágicos.  De la mano, entre copias de Ordenanzas y articulados, debe suspirar la transcripción completa de un censo de 1932, donde, de la mano de mi vieja máquina electrónica -comprada al amparo de mi primera beca en Granada-, comencé a comparar denominaciones viarias e “industrias” presentes.
 
Poco más he llegado a trabajar, aunque sí esboce mentalmente una primera, seguro que esperpéntica, línea evolutiva de las nominaciones que tienen las calles del pueblo de Baños de la Encina.
 
Los primeros apelativos aldeanos, ausente memoria alguna del territorio, pues no en vano las denominaciones musulmanas no superan el llano desapareciendo totalmente en las ondulaciones serranas, se agarran a los accidentes topográficos que dan nombre a la estrechez urbana y al territorio que la circunda.  Así, el interior del castillo y el Cueto formarían el núcleo principal, cuando no el único habitado, siendo este segundo el nombre con el que el castellano viejo llama a los cerros enriscados. La periferia viene argumentada mediante las propias características del relieve que, en breve, sumaría su inmediata utilidad primaria o algún hecho de cierta relevancia local: Laero, Ladera, Barranco, Llano, Buenos Aires, Cantalasranas, Charcones, Precipicio, Calera, Piedras Bermejas, Cotanillo, Serna , Ruedos o Celada (Zalá) significan este primer periodo.
 
Pronto, con el crecimiento urbano bajo medieval aparecerían nuevas nominaciones, ya vinculadas a los nuevos usos urbanos (Cestería, Cuidado, Pilar e Iglesia) o quizá a acontecimientos significativos de la vida social (Potro, Fugitivos o Huérfanos). La Modernidad saltó el cerco aldeano y subrayó la presencia de industrias y sus consecuencias (Piedras, Eras, Molinos, Mazacote, Canteras, Becerrá, Cruz, Industria o Herradores) y transformó caminos en calles (Real, Luzonas, Mestanza o Carril); pero, ante todo, el nuevo orden villano mudó lo terreno en celestial santificando calles y callejones, como Santa María, Trinidad, Madre de Dios, Rosario, Visitación, Calvario o San Ildefonso.
 
Finalmente, la postmodernidad, perdida de manera definitiva la memoria que se agarraba al territorio y sus quehaceres, cargada ahora de parcialidad, humanizó y bandeó indistintamente los apelativos de nuestras calles.
 
Y llegados aquí, nos queda la rotulación de aquéllas más bellas, o al menos las más evocadoras, con las que arrancaba el relato y a las que se podría sumar Salsipuedes. Su carga poética quizá oculte alguna iniciativa de un alma muy particular, o quizá encontrara cobijo en las ideas románticas de la segunda mitad del XIX; o, posiblemente,  con mayor seguridad, sea la suma de ambas situaciones.
 


 

viernes, 23 de agosto de 2013

La vida en papel: el matadero


Tardes de viento en días de cabañuelas de retorno remueven el polvo de la conciencia, levantan los cadáveres del tiempo y esquivan a la hermana amnesia. Tardes de viento en días de cabañuelas de retorno te recuerdan por dónde anduviste y qué fuiste.
 
El viento borra asfaltos y alza remolinos de humo dormido.
 
Terrizo por delante, el matadero asoma al fondo de una ancha explanada, achaparrado, dando paso a las viejas canteras de piedra, cobijo de cabezolones, tiros y retazos de las historias y los trajines de zagales. Parido al amparo del plan de los Poblados de Colonización, sufrió con paciencia los avatares que la modernidad trajo a su entorno.
 
A su siniestra, apretados contra las blancas fachados, dos frondosos morales ponen una nota de color a una ancha calle huérfana de otros avatares que no fueran el mañanero y esperpéntico desfile de chotos que con premura arriban a su último baile. Se alzaban como oteros de la chiquillería en las tardes mayo, que se ufanaban en recoger sus frutos. Y que no había día que no salieran por pies bajo la amenaza y gruñidos del propietario colindante.
 
Pero, cuando el viento remueve el polvo de mis años, la anchura cercada se llena de notas de feria, de las barcas de acero en huída, de la novedad del “balansé” o del espectacular y único zig-zag, no en vano ocupando lugar privilegiado al amparo de la ermita y restando protagonismo a unos coches locos que envalentonaban a las cosas de la mocedad. Ocultos en el recodo, ayudaban a blindar aún más la pista colorá, muchos años huidiza a las correrías de deportistas y pasaratos.
 
Cuando parecía que la feria engullía más y más metros, cuando los “pinchitos” tomaban la lonja y la acera de mi tía Leonor, la cálida y traicionera huella del asfalto trajo un viento ahora achicharrante, que pareció estrechar la mirada e influjo del matadero que vino a fenecer a los pies de una moderna fuente que marcaba la muerte de las cosas de pueblo y dejaba aparentes notas de ciudad.
 
El polvo de mi camino también me trae mañanas de sábado donde me veo cargado con la cuajadera de mi abuela Pura calle Amargura arriba, en busca de los trajines que mi tío Jeromo tenía en la sala de matanza. Con amargura olía la calor con la que al chivo se le iba la vida en un suspiro y ésta resbalaba en el barreño.
 
Con su fenecer, plácidamente murió todo un callado sistema económico serrano que ya renqueaba, y que dio al traste con la carne de choto como de sobresaliente y centenaria presencia en la dieta bañusca; como así afirmaba el Catastro del Marqués de la Ensenada allá por mediados del siglo XVIII.
 
La calor acalla al viento.

Hermana Amnesia, Los Enemigos: http://youtu.be/eSU2ZWNVwjo

domingo, 18 de agosto de 2013

Baños de la Encina "cruce" geológico

La localidad se encuentra al norte de la provincia de Jaén, a 50 km de la capital, en las primeras estribaciones al sur de Sierra Morena, a 420 m de altitud sobre el nivel del mar. Desde el punto de vista geológico, la localidad se asienta en el límite entre dos de los grandes dominios geológicos de la península, el Macizo Varisco Ibérico representado  en el entorno del pueblo por pizarras plegadas y granitos paleozoicos encajados (edad 400-300 millones de años) que conforman Sierra Morena, por el lado occidental, y las margas y areniscas marinas miocenas (edad 9-8 millones de años) de la Depresión del Guadalquivir, por el lado oriental.
 
El accidente tectónico de la Falla de Baños, cuya traza rectilínea cruza el pueblo, separa el bloque sureste hundido donde afloran los materiales de la Depresión del Guadalquivir del bloque noroeste levantado donde afloran las rocas metamórficas e ígneas de Sierra Morena. El Castillo de Baños y la mayor parte de las casas de la localidad están cimentadas sobre bancos de areniscas rojas depositadas por ríos (edad entre 250-205 millones de años) que se disponen horizontales y discordantes sobre las pizarras y el granito (no en vano esta unidad de areniscas es conocida como Cobertera Tabular). Mirando hacia el sur desde el pueblo se divisa, al otro lado de la Depresión del Guadalquivir, la silueta de las Sierras de Cazorla, Mágina y Sierra Sur que configuran el frente montañoso de otro gran dominio geológico, la Cordillera Bética.

Falla de Baños, encuentro entre la pizarra del Paleozoico y los materiales sedimentarios del Cuaternario.
 
Areniscas marinas del Mioceno en el Camino de Majavieja.
 
Encuentro entre la pizarra y los materiales ígneos, Piedras Bermejas. 
 
Acebuche nacido entre pórfidos rojos, Piedras Bermejas. 
 
Ríos y arroyos aprovechan los grandes quiebres producidos en los estratos de pizarra para fluir, Embalse del Rumblar. 
 
Viejas majadas medievales de oveja merina realizadas aprovechando los grandes bolos de pórfido del terreno, Migaldías. 
 
El castillo de Baños sentando sus cimientos sobre una mesa tabular de areniscas, Cerro del Cueto.
 
Plácida tarde lluvia en el llano de Baños: La Campiñuela.

sábado, 10 de agosto de 2013

Sobre imperios y otros desvaríos

“…

La armada capitaneada por Magallanes lucía el pendón de Castilla, pero el impulso motor provenía del Rialto de Venecia y del emporio especiero de Alejandría, ambos ansiosos de arrebatar a Portugal su preponderancia comercial, así como de la Banca de Ausburgo, cuya influencia llegaba a los más apartados rincones del mundo. El secreto objetivo de la empresa era devolver a la República de Venecia y a la Liga Hanseática su dominio sobre la economía mercantil e industrial de Europa mediante la recuperación de su monopolio en el comercio oriental. El alma de la expedición permaneció entre bastidores, y no fue otro que el capitalista Jakob Fugger de Ausburgo, banquero a un tiempo del dux de Venecia y el rey de España…”.
 
McKew Parr, Charles: “Magallanes, un noble capitán”. Madrid, 1955.