jueves, 25 de febrero de 2021

y los años

 Y ahora, cuando camino con paso lento y nada me dicen los cantos de sirena, ahora, cuando llama mi atención algo tan insignificante como un soplo de aire, seco y frío, que emana de una boca angosta y estéril, ahora, cuando la tarde se derrumba irremisiblemente, recuerdo que hay quién, y erróneamente, nombra como Cueva de la Mona a esta despanzurrada, vieja y angosta cata minera, cuando en verdad, para andar parejo a la realidad y sin engaños, responde al apelativo de La Niña Bonita. La primera, la que contrariamente y por llevar el pie cambiado apela a un mico, andaba medio oculta en el cerro de enfrente, el que tenía por montera al perezoso mastodonte pétreo del Peñón Gordo, un resto de cantera que despertaba la ilusión y los sueños de cualquier cuadrilla de chiquillos. El simiesco socavón, que es lo que parecía y a la chita callando, se deslizaba monte abajo y a tiro de piedra de la conocida como Granja de los Gatos.

Aunque algunos juraron y perjuraron que la mísera gruta se usó como lazareto de leprosos y otros dan a entender que fue refugio durante la Guerra Civil, los más piensan que se trata de una estrecha e ignominiosa galería que los moros realizaron para huir del castillo, en caso que fuera necesario y con todas las garantías. Para tan ‘memorable’ utilidad, se dice, socavaron un túnel en la pizarra, por debajo de la cuenca del río Rumblar, y que después lo hicieron galopar en tortuoso ascenso y parejo a las aguas del arroyo de la Plata. Finalmente, después de mucho trotar, asomaría sin dar luz en la sorda penumbra que era el vientre abovedado de las ‘Salas’. Se contaba que allí, en la entrañas del Navamorquín, pululaban, sin sentido ni buen orden, los penitentes que se decían mudos. Hay quien, imaginando desvaríos cuando no inventando, creía que el lugar ocultaba enormes tesoros, los que los agarenos habrían dejado en su precipitada huida si alguna vez la hubo.

En realidad, y teniendo todo una explicación mucho más lógica y sencilla, aunque no menos legendaria, parece ser que el origen está en un relato que se pierde en dichos y diretes a caballo entre los siglos XIX y XX. Se cuenta que un rico ingeniero, propietario de minas, casó con una moza lozana, la más guapa del pueblo. De aquellos polvos lo de ‘bonita’. La señora, que tenía dos hermanos bastante quietos y de poca ganancia, y queriendo darles oficio, convenció al marido para que los contratara. Éste, hurgando en la utilidad de los cuñados, les encomendó dar con un posible filón de galena, una veta metálica que intuía orientado con la vecina de la mina del Polígono-Contraminas. Pasado el tiempo y sin ganancia, la cosa quedó en agua de borrajas y la cueva como testigo de la fuerza y el poder que en ocasiones impone la belleza.

Pero lo cierto es que un servidor y a sus años, cuando desde mi interior solo intuyo sombras que danzan con movimientos electrizantes, veo la gruta como un resquicio en medio de la amnesia, un rincón pestilente que en días huele a polvo seco y en otros te envuelve de un silencio mudo que, de cuando en cuando, es roto por un goteo persistente, pero las más de las ocasiones es memoria, recuerdo de robar un brazado de habas verdes y correr, correr sin tino y sin intuir que la vereda tenía un final. 

 


viernes, 5 de febrero de 2021

Lebrija, un arrecife de memoria

La primera impresión que intuyes cuando paseas por el centro histórico, y no solo por las calles intramuros de la Lebrija romana, es la de una ciudad amable, tranquila, generosa, una ciudad de hondas raíces agrícolas. Por momentos, puede dar la sensación que caminas por un pueblo, sí, un pueblo grande con todo lo auténtico y bueno que puede ofrecer una comunidad profundamente enraizada en la Cultura y la Historia: calles estrechas y peatonalizadas, plazuelas recoletas y rincones con un encanto peculiar. Su centro urbano es bullicioso, que no ruidoso, y trasmite una grata sensación de placidez. Un lugar donde todo el mundo se saluda, sin valorar si eres o no convecino.

Lebrija se eleva como un arrecife de memoria, un faro que ilumina la vieja marisma y se empapa de sus sabores.


















miércoles, 3 de febrero de 2021

Candelaria sin lumbre

La cruda noche llega con puntualidad. Gélida, pero curativa, umbral y aurora del inminente renacer. Y siempre, tras ella y sin falta, comparece el solsticio ‘Deus Sol Invictus’.

En años y en lo hondo del llano, vencido por la memoria que me sumerge entre la chatarra del camión de Columpios, espero plácidamente mi primera candelaria sin lumbre. Por frente, en medio de un chortal, un enorme andén de noria pugna por emerger del lodazal. Al amparo de la oscuridad, en la Era de la Lechuga, en el llano de Santa María, sobre las ruinas del Corralón y hasta en los quebrados peñones del Mazacote, observo un rosario de minúsculas lucecitas que se elevan con movimientos ondulantes, luciérnagas que oscilan domeñadas por el viento, que distorsionan y destiñen las sombras de callejas y casonas. Remolinos de humo que bailan al son de un frío que hiere, pavesas balanceadas por el cierzo, pequeñísimas almas que escapan en movimientos concéntricos hacia el cielo que las reclama: una negrura salpicada por miles y centelleantes estrellas.

Sumido en el sosiego de mi soledad, emergen del humo dormido postales borrosas de mañanas que olían a harina ‘tostá’, raspadura de limón, canela y matalahúga. En el recuerdo, los inviernos de mi infancia duermen mecidos por una lenta sucesión de aromas dulces y panes de arraigada tradición.

Con la Pura arrancaban los mixtos. Aventuran la noche más larga y las cosechas de otoño. Barruntaban la próxima candelaria y la rueda de juntar leña echaba a andar. Se trataba de un mantecado preñado en la sabiduría familiar, una dulzaina singular que impregnaba con efluvios de anís el altozano de Herradores, pero también el Cotanillo, Suspiro y Mestanza. Por momentos, cuando la niebla del recuerdo se disipa, se muestran con cierta claridad escenas iluminadas con cientos de estrellas dulces, pilas y pilas de latas negras con azúcar quemada y un chiquillo revuelto en harina. Con la candelaria en el horizonte, comienzan dos meses de acarreo de cualquier cosa que ardiera, cientos de algarradas y tropelías sin límite, y se conseguía apaciguar las inquietudes de unos zagales con poco rumbo. De entonces, el humo levanta estampas que se pierden en el hilo del tiempo, escenas donde la chiquillería arrastra leña recogida en la dehesa, noches que llegan pronto y te cogen con el haz de ramón a media Amargura y mañanas frías en la solana de los Turrumbetes para arrancar el ‘tomillo’ que hará arder el corazón de la lumbre. Pero también me trae imágenes de mucho juego e intrigas infantiles en la penumbra nocturna del Cotanillo, o de la Llaná, metido en alguna pelea a pedradas por robar unos costeros. De cuando en cuando, de entre la borrosa maraña emerge una candelaria calcinada antes de tiempo.

La candelaria nos acercaba al terruño, nos hacía comulgar con nuestro entorno. Metro a metro, codo con codo, entre juegos y peleas, tropezones, porcinos y risas… nos hermanaba con cada uno de los rincones de nuestra geografía más cercana. La mágica umbría de las Migaldías nos envolvía bajo su manto, suspirábamos con los misterios de la Cueva de la Mona y nos atenazaban los miedos del oscuro Pilarejo. Corríamos en volandas por la Piedra Escurridera y nos empapábamos de sueños bajando el arroyo de la Zalá… Nos hacíamos con cada rincón de nuestra tierra, lo domeñábamos y lo respetábamos. Las últimas ascuas traían juegos de barro viejo, cantos y bailes de sierra y renacer, noches de alboroto y tradiciones ancestrales hoy pisoteadas por una modernidad malentendida, por un egoísmo que atenta contra la comunidad y el uso común de la tierra, que ya nada quiere saber de raíces… En el recuerdo, se escucha el eco de campanas que doblan por unas formas de entender la tierra que se apagan. Hoy casi todo es ceniza.

Con los años, aquella noche, la de la candelaria, se fue haciendo más larga. Al jolgorio de la lumbre, sin apenas trance, dieron paso las nuevas obligaciones que imponía la edad. Y así, tras la fiesta de la víspera, la madrugada de San Blas paría cientos de rosquillas, las de la greña en la tética, que, por entonces y como diría mi abuela Pura, eran el mejor remedio para cualquier mal de garganta… Y quizá para la desmemoria.

Fotografía: cazoleta, Edad del Bronce