sábado, 13 de junio de 2026

La barcaza del Rumblar

Hasta donde alcanza la memoria, mis correrías por el barranco de Valdeloshuertos comenzaron temprano. Sin embargo, ninguna dejó en mí una huella tan viva como aquella fiebre balompédica que hoy invade mis recuerdos y que se gestó en los días en que una sequía pertinaz agrietó el lodazal de las Colas del Rumblar y convirtió el barranco en un improvisado campo de fútbol.

Encajado en la cabecera de la quebrada, el campo apenas merecía tal nombre: raquítico en dimensiones e irregular en sus lindes, allí campaba a su albedrío la maleza y escaseaba el césped. Pero a nuestros ojos infantiles aquello se recuerda como un estadio legendario. La lozanía del césped —léase yerbajos altos y salvajes— no tenía nada que envidiar a los mejores terrenos de juego provinciales, aunque conviene recordar que, en los primeros años setenta, muchos de aquellos campos oficiales se parecían más a un corral de cabras que a un santuario deportivo. Para nosotros, acostumbrados a tropezar con la pelota y correrla sobre el irregular empedrado de las eras de Casa y Vidalón, o sobre el polvo interminable de la Vuelta la Pera, aquel rincón verde era poco menos que un paraíso deportivo.

Y así, mientras el balón desaparecía entre la hierba alta, siempre había quien se imaginaba lanzando un córner en el Bernabéu o ejecutando un penalti decisivo en el Camp Nou. Yo callaba. En mis adentros, soñaba con saltar desde el banquillo y calentar la banda del Manzanares, como si el viejo Vicente Calderón aguardara mi entrada triunfal.

Cauce arriba, la cancha se cerraba contra un recodo del arroyo de los Huertos, frente a la alberca de Patrocinio. Por el contrario, hacia donde escapaban las aguas el terreno moría junto a un pequeño puente: el venter por donde corrían las aguas de Gorgogil. Más allá del acueducto y de aquella conducción de uralita, emergían la noria del Morito y su alberca, arrancada a la roca madre para guardar el agua como si se tratara de un preciado tesoro. A la derecha, bajo la sombra del castillo, el campo se estrellaba contra el talud de pizarra que sostenía el viejo camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas, unidos allí como dos viejos compañeros de viaje. En el flanco opuesto, la línea de banda se deshacía bajo el arroyo, contra el murete de encauzamiento y el azud que cortaba la corriente.

Lámina 1.- Barranco y arroyo de Valdeloshuertos, improvisado campo de fútbol

En aquella cañada, donde los partidos eran tan épicos como accidentados, raro era el día en que no terminaban entre moratones, aporreaduras o disputas resueltas a pedradas, ya fuera por las calamitosas condiciones del terreno o por el ardor de la contienda. Y, sin embargo, regresábamos siempre, llamados por la promesa de otro partido imposible. Pero llegó un otoño prematuro, cargado de lluvias. El agua regresó con la paciencia de siglos, anegó el barranco y la ciénaga acabó devorando la cancha bajo su oscuridad. Allí quedaron enterrados nuestros estadios imaginarios, los gritos de gol y los sueños infantiles que durante un breve verano habían convertido el barranco de Valdeloshuertos en el centro de nuestro universo.

Hoy, todo aquello no es más que un erial doblado por los cardos, el estiércol y las aguas negras. Donde un día corrieron los sueños y la pelota, solo queda un chortal sucio y desolado, un rincón abandonado a la herrumbre del tiempo y del olvido.

Contrariamente, para ser fieles a la verdad, pese a mis muchas aficiones futboleras mi primera incursión por Valdeloshuertos no tuvo forma de balón, sino de nave varada. Aquello comenzó sobre una barcaza desguazada, un navío derrotado que parecía regurgitar singladuras que nunca llegaron a suceder y que había quedado apeado in aeternum en la margen fluvial de la cola del pantano, junto al puente de las aguas de Gorgogil. Fondeada entre aquellos jirones del embalse, la vieja embarcación despertaba en nosotros —críos de imaginación desmedida y horizontes cortos— la ilusión de lo imposible: un galeón de Manila dispuesto a abrirse paso hacia océanos infinitos. Bastaba contemplar su armazón carcomido para que el Rumblar dejara de ser pantano y se transformara en un mar remoto, poblado de tormentas, piratas y puertos exóticos.

Cierto día, de aquellos de estar mano sobre mano, con mucho que inventar y más que desbaratar, una tarde interminable vestida de hastío, decidimos zarpar. El destino, naturalmente, era imaginario y lejano, aunque el único pantalán verdadero no estuviera más allá de la orilla opuesta, la del cerro del Gólgota o del Algarrobo, apenas a tiro de piedra. Sin capitán que mandara y con demasiados grumetes para tan escasa tripulación, unos cuantos subieron a bordo mientras el resto aguardábamos ansiosos en la otra ribera, como aquellos comerciantes gaditanos de antaño cuando esperaban la llegada de una expedición ultramarina.

Lámina 2.- Familia disfrutando de un paseo en barca por las aguas del Rumblar. Fuente: Archivo familiar de Lorenzo Rodríguez García

Pero la barcaza hacía aguas por todas sus hechuras y no había más herramienta para achicar que una vieja lata de tomate oxidada. El navío, cansado de tan absurda travesía, comenzó a venirse a pique con la resignación de un espectro revestido de chatarra. En esas andaba la tripulación cuando el vigía de proa, sin cofa a la que encaramarse y viendo que el barco se iba definitivamente al garete, decidió arrojarse a las procelosas aguas del Rumblar de aquellos años. A decir verdad, aquello no era agua, sino una condensación negruzca de residuos domiciliarios, un caldo espeso y turbio donde hasta el reflejo del cielo parecía enfermar. Y quiso la desgracia —o la comicidad del destino— que el improvisado marino cayese de la peor manera imaginable: en plancha, a todo lo largo de su cuerpo, levantando una explosión de légamo y podredumbre que todavía hoy sigue salpicando mis recuerdos.

A la vuelta, improvisando explicaciones y artificios que dieran alguna dignidad al naufragio fluvial, los que habíamos permanecido de punto en blanco caminábamos a paso ligero, procurando escapar del tufo hediondo que exhalaban aquellos marineros de fortuna que, a bordo de la barcaza, habían hecho de la tarde la más disparatada de las aventuras.

Pues al hilo de todo esto, regresando a historias de mayor calado, descubrimos que aquellas barcas que creíamos gestadas en nuestro terruño —las veíamos volteadas sobre la pendiente de pizarra como si siempre hubieran estado allí— eran en realidad fruto de un paciente trabajo artesanal.

En ocasiones, la Historia mayor —esa que da contenido a crónicas y archivos—, pero aún más la historia menuda, la intrahistoria, o lo que algunos llaman la verdadera historia cotidiana, avanza al capricho de lo anecdótico y se deja arrastrar por los pequeños avatares de gentes humildes, de personas a pie llano cuyos nombres y apellidos, sin embargo, permanecen anclados a la memoria de un lugar. Hace unos años, cuando el embalse del Rumblar apenas retenía unas gotas de agua y mostraba sus desnudas entrañas de barro y piedra, mi hermano y yo rescatamos una de aquellas viejas barcazas tradicionales de las cotas más bajas del pantano, concretamente en el huerto del Tío Lobo. Aquel hallazgo despertó en mí una curiosidad casi obsesiva por conocer el origen de aquella embarcación. ¡Qué iluso era entonces! Creía, ingenuamente, que aquellas modestas barquichuelas habían salido de las manos de carpinteros locales, nacidas únicamente de las necesidades gestadas con la creación del pantano y del ingenio más próximo.

Pero el asunto discurría por otros cauces.

En la década de los cincuenta del siglo XX, cuando la presa y el pantano del Rumblar ya eran una realidad y aquella inmensa lámina de agua había comenzado a interrumpir el tránsito natural entre una y otra orilla del río, un paisano de Baños, José Columpios, camionero de oficio y hombre despierto para los negocios, tuvo una idea tan sencilla como provechosa: no regresar jamás a casa de vacío.

Y así, en sus trajines mercantiles por tierras extremeñas, la Parrala —como todos conocían a su pequeño camión— emprendía el camino de vuelta cargada con alguna de aquellas barcas. Cambiaba grano por astillas, cereal por madera navegante. De ese modo, casi sin pretenderlo, aquellas embarcaciones comenzaron a llegar hasta nuestro pantano, transportadas sobre ruedas como si fueran extraños peces varados sobre el polvo de los caminos.

Lámina 3.- La Parrala. Fotografía cedida por Isabel García

Adentrándome de lleno en el asunto, gracias a los recuerdos y testimonios de varios paisanos, entre ellos Faustino Céspedes, pude averiguar que aquellas barcas se fabricaban artesanalmente y desde hacía siglos en Don Benito, en la provincia de Badajoz. Eran embarcaciones dadas a la trashumancia, nómadas del agua. Así lo evocaban todavía algunos mayores pacenses, que recordaban cómo, subidas a los trenes de RENFE, migraban a lo largo del año desde las procelosas aguas del Guadiana hasta las corrientes más serenas del Guadalquivir, en tierras andaluzas, como si fueran herramientas de una antigua cosecha fluvial itinerante.

Las construía un antiguo gremio de carpinteros de ribera, cuyos pequeños astilleros se repartían entre Don Benito y la vecina Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz. Aquellos botes, concebidos en origen para la pesca en las aguas del Guadiana, acabaron extendiéndose durante los albores de la Edad Moderna por buena parte de los humedales extremeños, hasta convertirse en una presencia habitual en las tablas y charcas de la región. Así lo recoge el estudio de Felicísimo García Barriga (2002)[1], que documenta la pesca con barca en las charcas cacereñas de Brozas y Arroyo de la Luz.

Entre Cáceres y Alcántara, aquel humedal se articulaba en torno a tres grandes láminas de agua: la charca de Brozas, de unas cincuenta hectáreas, y las lagunas Chica y Grande, en Arroyo de la Luz. Aquellos botes tan peculiares, conocidos popularmente como la “barca del Guadiana”, fueron inseparables de la pesca tradicional de tencas y pardillas[2], especies autóctonas que durante siglos dieron vida a las aguas quietas de las tablas extremeñas.

‘Entre diversas especies de anfibios, reptiles y peces, dos destacan por su importancia y porque son constantemente mencionadas en las fuentes; son la tenca (nombre científico: Tinca tinca), un ciprínido que prefiere vivir en aguas estancadas, preferiblemente en los fondos, donde el agua está más fría, y la pardilla (nombre científico: Rutilus lemmingi), un pez parecido a la carpa aunque mucho más pequeño. Ambas especies se convirtieron, como veremos en apartados posteriores, en la única fuente de pescado fresco de la cual podían disponer los habitantes de la Extremadura Moderna y, en consecuencia, de Brozas y Arroyo de la Luz, sobre todo en las épocas del año en las que la Iglesia Católica prohibía el consumo de carne’ (GARCÍA BARRIGA, 2002).

García Barriga concluye que la regulación de la pesca en aquellas charcas de Propios hacía posible el consumo de pescado fresco durante buena parte del año, especialmente en tiempo de Cuaresma, cuando la Iglesia católica imponía la abstinencia de carne y las aguas interiores se convertían en una humilde pero indispensable despensa. Y en toda aquella cadena de oficios, intercambios y saberes culinarios, la barca del Guadiana ocupaba un lugar central. Era mucho más que una sencilla embarcación: constituía el vínculo silencioso entre el agua y la mesa, entre el trabajo paciente de los pescadores y la vida cotidiana de las comunidades que habitaban la periferia de aquellos humedales extremeños.

Lámina 4.- La Parrala aparcada en el Plaza Mayor. Fuente AGA (Archivo General de la Administración)

De forma romboidal casi perfecta y de escaso calado, la barcaza ofrecía un fondo plano, estable y dócil al manejo sobre las aguas quietas de las charcas. Solía albergar a dos personas y avanzaba lentamente impulsada por remos, con ese ritmo pausado y silencioso que es propio de los quehaceres antiguos. Construida en madera de pino, la embarcación acusaba los efectos del sol y el aire: cuando permanecía demasiado tiempo fuera de la charca, la madera se abría en pequeñas grietas por las que comenzaba a filtrarse el agua. Por ello, cuando no se utilizaban, las barcas se dejaban sumergidas junto a la orilla, amarradas a tierra con los remos encadenados, como animales de tiro descansando tras una dura jornada. A bordo, el barquero llevaba siempre consigo un pequeño utensilio cóncavo para el achique del agua, originalmente fabricado en corcho y conocido con el evocador nombre de galapaguera. Con el tiempo, la más sencilla modernidad sustituyó aquel artefacto tradicional por una simple lata de tomate, aunque el gesto de vaciar el agua del fondo siguió siendo el mismo, repetido generación tras generación sobre las aguas tranquilas de las tablas extremeñas.

Estando en aquella tesitura, nos pusimos en contacto con el equipo técnico del Museo Etnográfico de Don Benito, cuyos miembros merecen nuestro más sincero agradecimiento por la cortesía y generosa disposición con que nos atendieron. De sus manos recibimos cumplida noticia de la historia, el origen y la hechura de la barca, como quien rescata del tiempo la memoria silenciosa de un oficio perdido.

Construida por el antiguo gremio de artesanos conocido como de los barqueros, la barca del Guadiana respondía a una arquitectura tan sencilla como sabia, fruto de generaciones enteras moldeando la madera al compás del río. Su estructura se articulaba en torno a los siguientes elementos:

-       El asentón, pieza primordial sobre la que descansa todo el armazón y que otorgaba forma a la embarcación. Integrado en él se encontraba el cuartón o viga central, nervio maestro que determinaba la altura y longitud de la barca.

-       Las tablas de los dos haciales o costados. Unidas al cuartón mediante los llamados combos, se trataba de cuatro hileras de tablillas transversales que se distinguen de las trabas por no ajustarse directamente al asentón. Estas piezas, junto al cuartón, conformaban las piqueras: la proa y la popa, extremos abiertos al curso de las aguas.

-       Las cuatro tablas centrales, fijadas al asentón a modo de contrafuertes, se dividían en trabas maestras y trabas simples; siendo las primeras las encargadas de reforzar con mayor firmeza el cuerpo de la embarcación.

-       En el borde de los haciales del tramo central se aseguraba el trabón, madera de mayor grosor sobre la que descansaba el calomollo. Este cilindro estaba destinado a recibir el anillo del remo y sostener el esfuerzo del remero en cada travesía.

-       Sobre unas trabillas transversales a los combos se apoyaba la tabla que servía de asiento al barquero. El palo balsero, reforzado en su punta, penetraba en las aguas protegido por una lámina de hierro conocida como recatón

De aquella barcaza —que hoy parece salida de un tiempo remoto y casi legendario— aún queda testimonio fotográfico, navegando con cotidiana naturalidad las aguas de un pantano entonces recién construido: el Rumblar, o de la Cerrada de la Lóbrega. Aunque la presa concluyó su construcción en 1941, las aguas no cubrieron definitivamente la cuenca hasta 1947. Fue como si el valle hubiera querido demorarse unos años más antes de entregarse al silencio sumergido.

Personas en un barco en el agua

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 5.- Vaqueros y carboneros cruzando el pantano. En la fotografía Pedro Altozano, vaquero, con su hijo Rafael, y el Ribero, reconocido piconero. Autor: Antonio Moreno Miravés

Utilizada por carboneros y vaqueros, la barca surcaba en su callada singladura las aguas de los ríos Rumblar y Grande llevando de una orilla a otra hombres y aperos, pero también, furtivamente, alguna pieza de caza mayor oculta entre los sacos de picón. Bajo la apariencia humilde de aquel trajín cotidiano, se deslizaban, como tantas veces ocurre en tierras de monte y miseria, pequeños secretos compartidos al amparo del silencio y la necesidad.

Asimismo, existen indicios de que, aunque de manera subsidiaria y casi doméstica, la embarcación sirvió también para faenas de pesca. A este respecto, retomando la investigación de García Barriga, sus documentos mencionan el uso ilícito de ciertas plantas venenosas destinadas a multiplicar las capturas, entre ellas el beleño o la coca. En los pagos bañuscos de nuestra barcaza ocurría algo semejante mediante el empleo del verdelobo —nombre local del gordolobo—, planta de la familia de las escrofulariáceas cuyas hojas servían como mecha de candil mientras que sus semillas, machacadas con paciencia y maña, eran arrojadas a las aguas para aturdir a los peces y esquilmar las tablas de los extremos del Rumblar.

Y aunque esta práctica pesquera pudiera parecer una práctica nacida al calor de la novedosa existencia de un pantano, lo cierto es que hundía sus raíces en tiempos mucho más antiguos. Ya las Ordenanzas Municipales de 1742 advertían contra semejantes abusos y prohibían expresamente arrojar hierbas ponzoñosas a las tablas para obtener pescados, prueba inequívoca de que la astucia humana llevaba siglos tentando la suerte pesquera en las aguas de estos contornos.

Y atento á haver experienzía que algunas Personas en el tiempo en que se corta dicho Río hechan algunas Yerbas nozibas, y benenosas en las tablas principales de el á fin de matar pezes ordenamos, y mandamos que qualesquiera Persona que se áprehenda hechando semejantes Yerbas en cualesquiera parte de dicho Río ó se justificase haverla hechado se ponga por tiempo de quinze dias preso en la Carcel Real de esta Villa, y se multara en dos mill maravedíes vellon por los notorios daños que se puede causar a la salud publica assi bebiendo el agua como comiendo los pezes muertos con semejante Zebo cuya multa se distribuira por terceras partes Juez, Denunziador, y Caudales de Propios desta Villa’(ordenanza 30)[3].

Y fue así, por capricho de lo cotidiano y por mandato de los nuevos tiempos, que la vieja barcaza del Guadiana acabó transformándose en la del Rumblar. Cambió de aguas, de paisaje y de oficio, convirtiéndose aquí en soporte de usos variopintos: carboneros, cinegéticos y ribereños. Sin embargo, por encima de todo, para los chiquillos de entonces fue escenario de multitud de aventuras, travesuras y recuerdos, como los que recoge este documento, donde la infancia aún desea seguir navegando sobre aquellas aguas jóvenes y oscuras.

Imagen que contiene interior, cuarto, vivo, tabla

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 6.- Barca recogida del fondo de las aguas del Rumblar, hoy expuesta en el Museo del Territorio de Baños de la Encina



[1] GARCÍA BARRIGA, F. (2002): Aguas estancadas y pesca en la Extremadura moderna (siglos XVI-XIX): Los casos de Brozas y Arroyo de la Luz (Cáceres)[1]. Consultado en https://chdetrujillo.com/aguas-estancadas-y-pesca-en-la-extremadura-moderna-siglos-xvi-xix-los-casos-de-brozas-y-arroyo-de-la-luz-caceres1/, en 29/05/2026.

[2] ‘…que he de poder pescarla todos los viernes y jueves de las semanas, vigilias y sus vísperas, los tres meses de julio, agosto y septiembre a pie, y los demás del año con barco, guardando la veda en mayo y junio’, en Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Sección Archivo Municipal de Brozas, Libro de Abastos, 1767.

[3] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y GALLEGO SIMÓN, J.V. (1995): Regulación Ecológica en Sierra Morena. Las Ordenanzas Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina. Segunda Mitad del siglo XVIII. Diputación Provincial de Jaén.