lunes, 30 de octubre de 2023

Cestería

A media calle Cestería, un rincón que todavía agosta acunado por unas maneras de hacer que no entienden de prisas y agobios, nos remira un gato de pelo brillante que se relame con parsimonia y cierta desconfianza. A uno y otro lado de la calle, junto a la puerta de las viviendas, apreciamos algunos mojinetes de piedra, a modo de sencillos poyos cilíndricos elaborados con la excelente arenisca color salmón de las canteras locales. Las fibras de esparto, una vez cocidas bajo las aguas del río Rumblar* o soterradas en estiércol, eran majadas o machacadas sobre esta dura superficie mediante mazos de madera. Posteriormente, una vez domeñados los manojos de esparto, se utilizaban para trenzar pleitas y tomizas con las que fabricar serones, capazos, barjas, maromas…, y hasta canastas y cestas. Estos ingenios pétreos siguen salpicando la calzada y justifican el apelativo de la calle, que en origen no era otro que Cestería pese a que nos empeñemos en adornarla con el sobrenombre de Conquista. Como ocurre con Patricio, del que llegados hasta aquí no deben sorprendernos dislates, y sopesando que la poca población de la aldea bajomedieval no daría para la existencia de un gremio consolidado y jurídicamente constituido, hay quienes sugieren que la designación podría derivar de la presencia, más o menos estable y coyuntural, de un número incierto de asalariados que, en este enclave y cobijados en chozas o en las cuevas mencionadas más arriba, elaborarían el conjunto de la ‘industria’ vegetal necesaria y utilizada al por mayor para la colosal construcción de San Mateo (maromas, serones, esportones y esportillas, aguaderas, alpargatas, etc.). Otra opción posible es que fuera morada de gentes en continua mudanza, que eventualmente y de manera periódica se instalarían en el lugar. Este sería el caso de los gitanos canasteros —cesteros—, pues no en vano este oficio era una de sus principales dedicaciones laborales y por entonces, en las postrimerías del siglo XV y comienzos delas XVI, estas gentes ya llevaban algunas décadas viviendo en el Reino de Jaén. De este hecho ha quedado constancia en los ‘Hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo’ (1462).

* ‘Teniendo la Experienzia de que en los años faltos, y escasos de Aguas los pozos y fuentes de Agua dulze que sirven para el Abasto comun de esta Villa án escaezido de forma que ha sido preziso ocurrir por agua al Rio herrumbrar, y aunque no haya esta nezesidad muchas Personas la traen por ser espezial para conservazion de salud por su bondad, ordenamos que desde el dia fin de Mayo asta el Ultimo de octubre no se labe ropa, cure Lienza, ni se éche a Cozer Cañamo, Lino ni otra semilla alguna en dicho Rio desde el Molino de pan moler que llaman Zeron arriba pena de treszientos maravedíes á el que contravenga á esta disposizion áplicados por terzeras partes, Juez, Denunziador, y Caudal de propios de esta Villa’.

Ordenanzas Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina’, ordenanza 29








viernes, 27 de octubre de 2023

De Santos

Corrían tardes como las de hoy, de las que barren el verano y barruntan un merecido otoño, y aun así bufábamos sin disimulo y con el mayor desenfreno.

Las obligaciones militares habían reducido la compañía en los últimos Santos y año con otro la peña mermaba o crecía, cuando no era que mudaban los integrantes. Quizá, por todo aquello, los que agostamos en caladero fijo nunca faltábamos a nuestras ‘obligaciones’ con una fiesta tan señalada.

Por medio, nos desnudamos de lo que pensamos erróneamente que eran lastres de la tradición y nos quedamos en nada, tan sólo con la facha.

Hubo ocasiones en las que se sumaron amigos y compañeros de estudios, que diríamos ultramontanos, aunque en realidad procedían de a tiro de piedra. Como fue el caso de Sergio e Hilario, que no tuvieron otra que comenzar la ‘santería’, de antemano y por su cuenta, faenándose una botella de anís en la mismísima puerta del Santuario, a la buena vista y severo juicio de mi tía Rafaela. ¡Qué desatinos! En otra situación, y no buen criterio, no tuvimos otra ocurrencia que ahogar al ‘cuatro latas’ de mi padre en Navarredonda, viéndonos obligados a venir a pie y toda prisa desde la Atalaya. Como por entonces el coche era una herramienta de trabajo, armamos tal trajín que aún martillea en mi memoria.

Y en materia de abasto, cómo no recordar cuando nos avituallamos de mucho pan, algo de aceite y poca chicha. Tan sólo llevamos dos pollos para asar sin más aliño que nuestra mucha inexperiencia. Pan casi no faltó, pero en lo que respecta a las gallináceas, la primera la engulló la lumbre. Nada extraño, si consideramos que la parrilla que armamos era el espaldar de una vieja silla de madera. Y qué contar del segundo que, siguiendo las enseñanzas del precedente, nos lo hurtó un perro pulgoso, que no envidiaba calamidad alguna al mismísimo podenco de don Alonso Quijano, y se lo tragó sin el mayor pudor.

En otro caso, con borrasca por medio, un enorme barrizal y de perdidos al río, medio chasis de la moto de Félix acabó en los asientos traseros de mi Simca…, y allí hubiera quedado por toda la eternidad de no haber enviado a aquel blindado al desguace.

Pero un año en las que las vacantes fueron numerosas, por no faltar a las buenas costumbres y porque mi primo Dioni y yo nos aferrábamos a un hierro ardiendo en estas cosas de montar un sarao, armamos la de Cristo a partes iguales con Atila, como nómadas errantes y sin rumbo. De peña en peña, nos dio por dejarnos caer por esas sierras de dios en su ‘cuatro latas’, que era más fiable que el mencionado más arriba. De compañía, una buena ristra de chorizos, mucho pan de mi padre, sendos litronas de la tiendecilla de Manuela y una impenitente cinta de ‘Egin’, un préstamo del Torreño que nos legó un verdadero desconcierto musical.

No fueron unos Santos de ir a preparar el chozo, echarnos la manta a la cabeza y no montar nada, como otros que les precedieron cuando la ‘partía’ andaba completa, con Juan y los Merguis, o en otras ocasiones en las se sumaron Juan Carlos ‘el Pelao’ y Félix, o como cuando nos acompañó el Toni de Santanita. Estos fueron de echar un rato a pie de la lumbre sin organizar ningún dislate fuera de lugar, pero donde no faltaron las muchas voces. Ahora, eso sí ¡los chorizos sudaron como nunca y dieron para mucho concilio!

Fueron unos Santos de un par de fines de semana, de mucha bulla y ningún tropiezo. En cierta manera fueron raros, como ningunos otros, ¡únicos! De los que con seguridad ya nunca repetiremos.

Ahora sí, el otoño llegó en serio.




domingo, 15 de octubre de 2023

'Castilla' en Baños

El carácter fronterizo de su sierra, a caballo entre la llanura manchega y los valles que evacuan sus aguas a la cuenca del Alto Guadalquivir, ha favorecido el protagonismo de sus puertos, desfiladeros y collados, ya fuera en momentos de encarnizado enfrentamiento bélico o en periodos de fructíferas relaciones comerciales. De esta manera, la actividad caminera y los trasiegos comerciales a ella asociados, o la defensa del territorio, han dibujado toda una red de caminos, puentes y pontanillas, castillos y fortines, fuentes, ventas y mesones… que aún hoy salpica toda su geografía.

Con diferencia, el baluarte militar que más reconocimientos atesora es su castillo. Edificado durante el califato beréber, posiblemente a finales del siglo XII, y siguiendo la más pura tradición hispano romana, el interior de su recinto acoge evidencias materiales que arrancan en los albores de la Edad del Bronce (Bronce argárico) y, sin apenas interrupción histórica, suma poblado fortificado, torrus íbera, mausoleo funerario, burch emiral, cementerios cristiano, corral de juegos y hasta una pista de baile que igual giró al son de un pasodoble que al frenético compás de Ska-P. Germen del actual pueblo de Baños de la Encina, fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1931.

Estudios recientes, cada vez más acertados y que nunca renuncian a reconocer el mérito de los precursores, han ido desentrañando el magnífico y variopinto patrimonio encastillado que este municipio de Sierra Morena acoge en su término histórico.

Así es. Durante la Edad del Bronce (1800 a. C), gentes de aculturación argárica, y casi con seguridad procedentes de lo que hoy es la comarca de La Loma, atrincheraron la cuenca del Rumblar mediante un metódico programa organizativo, cuya finalidad no era otra que obtener un exhaustivo control del territorio. De esta manera se aseguraban la más eficaz explotación de los filones de cobre existentes en las entrañas metalíferas de Sierra Morena. En este sentido, se levantan pequeños y recios fortines que controlan los pasos y collados que, desde el valle del Nacimiento, dan acceso a la cuenca del río Rumblar. Este es el caso los fortines de Migaldías y Playa del Tamujoso o la Era de la Mesta. Y en el interior de la cuenca, sobre escarpas y espolones naturales, se construyen y amurallan con lienzos y bastiones una serie de poblados principales, mayores de una hectárea, que controlarían todo el proceso extractivo y metalúrgico (Peñalosa, Cueto o Verónica, entre otros), aunque también dibujarían el orden político y social que marcaría estos modos de habitar y colonizar la sierra. Durante el Bronce Tardío y los albores de la primera Edad del Hierro la cuenca del Rumblar sería un solar demográfico, pero aun así hay ciertas reminiscencias del poblamiento anterior, como podemos apreciar en el cerro del Cueto. Aquí se levanta, por entonces, un pequeño torrus que reutiliza las estructuras preexistentes de tradición argárica. Sin poder alcanzar una conclusión definitiva, su presencia podría estar relacionada con un uso variopinto del territorio, que iría desde la ocupación agraria de las tierras del piedemonte al control de los pasos de esta parte de Sierra Morena (vados del Tamujoso). En esto último, quizá con finalidad minera, aunque también propiamente caminera (relaciones geopolíticas y comerciales con la Oretanía de la vertiente norte serrana).

Posteriormente, durante época romana y persiguiendo ahora intereses mineros (extracción de galena argentífera: plomo y plata), se levantan, de una parte, diferentes fortines que vigilarían los pasos hacia las explotaciones mineras, y, de otra, castilletes, que las regentarían asegurándoles protección. En este sentido, y encuadrado en la segunda tipología, uno de los baluartes más representativos es con seguridad el castellum romano de Salas Galiarda, pero también los de Escoriales y el Castellón del río Guadalevín. En este primer caso, nos encontramos con un castillo que domina un paisaje increíble desde las alturas del macizo del Navamorquín. La muralla norte presenta un estado de conservación excepcional, tan evidente que nos puede parecer de envergadura ciclópea, pero que en realidad sigue las pautas constructivas propias de la República y el Alto Imperio, como dejan ver sus lienzos y torres levantadas mediante opus cuadratum. No muestra menor interés la batería de fortines que salpican todo el escalón de Baños, mirando al valle de la Campiñuela y defendiendo los pasos y collados que penetran en el pellejo serrano y minero. Algunos de ellos aprovechan recintos anteriores, del Bronce, como son los casos del fortín de la Playa del Tamujoso y la propia Peñalosa, donde se limitan a reutilizar parte de la acrópolis occidental y defenderla mediante un sistema de doble foso. Pero también hay otros que parecen ser de nuevo cuño, como es el caso de cerro del Salcedo y, probablemente, de los Comederos de Garbancillares. El primero, situado en las cercanías del Santuario de Nuestra Señora de la Encina, controlaba el collado del barranco de la Fuente del Pilar dando paso a Navarredonda y la cuenca baja del río Grande, puerta del territorio minero que gira en torno al río Guadalevín (actual El Centenillo).

En la baja Edad Media esta parte de Sierra Morena ha dejado de tener la importancia minera que tuvo en otros momentos, o al menos no se hace uso de esta fuente económica, pero su carácter abrupto y fronterizo la sigue posicionando como estratégica. Primero, como escenario de las luchas encarnizadas que se desarrolla durante la fitna que sacudió el emirato cordobés entre los siglos IX y X, posteriormente, de las batallas que enfrentaron al reino norteño de Castilla con las diferentes oleadas beréberes, primero almorávides y después almohades. Aunque en término bañusco nos quedan pocas evidencias de ese primer periodo, este debió ser el caso de nuestro hisn o iz del Cueto, que, reutilizando las estructuras precedentes, tanto del Bronce, como íberas y romanas (templo o mausoleo funerario de Ilicia), se encastilló en altura para tener continuidad durante el califato Omeya. Algunos ejemplos muy similares sí los podemos identificar mucho más al norte, en los pasos de Despeñaperros, donde estructuras muy sencillas, pero bien protegidas, en ocasiones reutilizando estructuras murarias de carácter ciclópeo y posible origen íbero, controlaban caminos imposibles. Esta es la situación del cerro del Castillo, sobre el collado de los Jardines, Peñaflor y el Castellón de los Órganos.

En este sentido, y haciendo alusión al segundo término, a las batallas que se desarrollaron entre los siglos XII y XIII, el castillo de Baños se posiciona como elemento protagonista e integrado en una maraña defensiva mucho más compleja, donde también tienen participación otros castillos y torres o castilletes, hisn y burch, que van salpicando todos y cada uno de los pasos de esta parte de Sierra Morena. Así ocurre con fortificaciones como los castillos de las Navas y Castro Ferral, en días situados en el término privativo de Baños, aunque hoy le son ajenos; pero también es el caso del discutido Burgalimar o burch al hamar, que nos burch al hamman, cuya enorme torre de cuarcita roja aún sorprende oteando vigilante la enormidad de la fisonomía serrana. Los estudios más recientes certifican su localización al norte del término bañusco, en el paraje de las Tres Hermanas y fiscalizando el histórico camino de Baños a San Lorenzo, que en días fue de Cástulo a Oreto, en las inmediaciones de la aldea minera de El Centenillo.

Aunque pocas evidencias nos quedan de ello, durante el periodo mencionado anteriormente o posiblemente en la etapa inmediatamente posterior, de la primera ocupación castellana y cuando los calatravos son vanguardia y manejan la batuta, el alfoz bañusco se ve salpicado de pequeñas torres de control visual. Así ocurre con los pasos de altura, los que se venían ocupando desde la Edad del Bronce, pero también con el llano, en las tierras inmediatas al piedemonte y custodiando abastecimientos de agua junto a un camino que, ahora, canalizará las avanzadillas calatravas. Entre los primeros, tenemos los casos de Buenos Aires y la Celada, cuyas piedras, corriendo el tiempo, servirían para armar el molino de viento del Santo Cristo y la ermita de Santa Domingo, junto a la calera. Por su parte, entre los segundos, se cuentan otras infraestructuras militares que gestarían con posterioridad ermitas, santuarios y caserías. Con seguridad, esta es la situación del torreón viejo del santuario de la Virgen de la Encina, pero es posible que también lo fuera de la casería del Salcedo y las ermitas de san Marcos y san Ildefonso, la primera frente al fortín romano del Salcedo y las segundas en la periferia de la aldea vieja de Vannos: san Marcos junto al pozo Nuevo y san Ildefonso a la vera del pozo Vilches.

Con la llegada de la Edad Moderna y la pacificación del territorio, los baluartes otrora defensivos tendrán otras funciones y ocuparán otros enclaves. Ahora, el empeño no es otro que fiscalizar el cobro de los impuestos que generan los caminos y el comercio, principalmente la robda y el portazgo, y asegurarse los ingresos generados por el arrendamiento de los pastos de un término privativo enorme: el montazgo. Paralelamente, es su obligación guardar el camino y darle avituallamiento. Con esta finalidad, se construyen el Cerco Aldeano y se sacraliza el torreón viejo del Santuario de Nuestra Señora de la Encina, pero también se asegura la viabilidad de los caminos, muchos de ellos empedrados, y se consolidan unos ingenios hídricos que hoy presentan un interés etnográfico sobresaliente: alcubillas del Salcedo y la Serna, pozos Nuevo, Vilches, de la Vega y Charcones, fuente del Barranco del Pilar y pilar de la Virgen.

 

Posible camino calatravo