sábado, 18 de diciembre de 2021

Candelaria sin lumbre, Revista de creatividad literaria Manxa

Con puntualidad, cruda, la noche se viste de negro. Gélida, pero curativa, umbral y aurora del necesario amanecer.

En la hondura del llano, vencido por la memoria que me sumerge entre chatarra y melancolía, espero plácidamente y como espectador mi primera candelaria sin lumbre. Por frente, en medio del chortal, un enorme andén de noria pugna por emerger del lodazal. Desde la lejanía y al amparo de la oscuridad, observo que en la Era de la Lechuga, en el llano de Santa María, sobre las ruinas del Corralón y hasta en los quebrados peñones del Mazacote un rosario de minúsculas lucecitas que se elevan con movimientos ondulantes, luciérnagas que oscilan domeñadas por el viento y que distorsionan las sombras de casonas y callejas, la realidad que parece y no es. Remolinos de humo que bailan al son de un frío que hiere, pavesas balanceadas por el cierzo, pequeñísimas almas que escapan en movimientos concéntricos hacia el cielo que las reclama: una negrura claveteada por miles de estrellas centelleantes.

Sumido en la derrota de mi soledad, emergen del humo dormido postales borrosas, lejanas en el tiempo, de mañanas que olían a harina tostá, raspadura de limón, canela y matalahúga. En el recuerdo, los inviernos de mi infancia duermen mecidos por una lenta sucesión de aromas dulces, aceite nuevo y panes que te miran con unos ojos muy grandes. Con la Pura arrancaban los mixtos, un mantecado gestado por la sabiduría familiar, una dulzaina singular que impregnaba con efluvios de anís la tahona del Cotanillo y sus aledaños. Por momentos, cuando se disipa la niebla que encapota el recuerdo, con cierta vaguedad se dibujan escenas iluminadas por cientos de estrellas dulces que alumbran pilas y pilas de latas ennegrecidas… y a un chiquillo que no levanta un palmo. Con la camisa arremangada y embadurnado en harina, el mocoso imagina lo que desea y jamás se hará realidad. Tras la cosecha generosa, los estertores del otoño presagian que con el invierno podría empantanarse la noche más larga.

La candelaria estaba próxima, se barruntaba los preparativos, y la rueda de juntar leña echaba a andar. Comenzaban dos meses de acarreo de cualquier cosa que ardiera, pero también era tiempo de algarradas y tropelías sin límite que conseguían apaciguar algunas inquietudes y el ímpetu sin razón de unos zagales con poco rumbo. De entonces, el humo dibuja estampas que he perdido con el hilo del tiempo, escenas donde la chiquillería arrastra leña recogida en la dehesa, de noches que llegan pronto y te cogen con el haz de ramón a media Amargura y de mañanas frías en la solana de los Turrumbetes con la única intención de segar el cantueso que prendería el corazón de la lumbre. Pero también me trae imágenes de mucho juego e intrigas infantiles en la penumbra del Cotanillo, o en la anchura de la Llaná, metido en alguna pelea a pedradas por robar unos costeros. De cuando en cuando, de entre la borrosa maraña de recuerdos, emerge una fogata calcinada antes de tiempo por impulso de una mente traviesa. La candelaria nos acercaba al terruño y nos hacía comulgar con nuestro entorno. Codo con codo, entre juegos y peleas, tropezones, porcinos y risas… nos hermanaba con cada uno de los rincones de nuestra geografía más cercana. La mágica umbría de las Migaldías nos envolvía bajo su manto verde y nos vendía esperanzas que igual nunca llegaron; suspirábamos ante el enigmático silencio que desprendía el hoyo de la Cueva la Mona mientras esculpíamos un corazón en el Peñón Gordo; y nos atenazaba un miedo atroz con solo escuchar el nombre de la Encantá, un disparate de señora que enjuagaba sus pecados en las oscuras aguas del Pilarejo. Corríamos sin tino ni dirección por la Piedra Escurridera, un berrocal de fantasmagóricas siluetas rocosas… y nos empapábamos con sueños vanos en el arroyo de la Zalá… Nos hacíamos con cada rincón de nuestra tierra, lo domeñábamos y lo respetábamos. Las últimas ascuas traían juegos de barro viejo, cantos y bailes de sierra y renacer, noches de alboroto y tradiciones ancestrales hoy pisoteadas por una modernidad malentendida, por un egoísmo que atenta contra la comunidad y el uso común de la tierra, que ya nada quiere saber de raíces… En el recuerdo, se escucha el eco de campanas que doblan por unas formas de entender la tierra que se apagan. Hoy casi todo es ceniza, noche y desmemoria. Quizá y por todo, siempre, tras la euforia y sin falta llega la noche más cruda.

Con los años, aquella noche, la de la candelaria, se hizo más larga. Al vértigo de la lumbre, sin apenas trance, dieron paso las obligaciones que imponía la nueva realidad. Y así, tras la fiesta de la víspera, la madrugada de San Blas gestaba cientos de rosquillas, las de la greña en la tética, que, por entonces y como diría mi abuela Pura, eran el mejor remedio para cualquier mal de garganta… y quizá para la desmemoria.

Al final de todo, cuando podría parecer que la noche medra y se hace eterna, entonces, sin falta, llegará el nuevo solsticio, mudará la escena y se tornarán los intérpretes. El ciclo de la vida volverá a girar sin preguntarse razones: Deus Sol Invictus.

* ¡¡¡Mil gracias a mi amiga Rosa Cruz por tender puentes!!!





sábado, 11 de diciembre de 2021

Camino de las Quebradas por el Campo de San Miguel...

... a modo de ficción literaria y prólogo al escrito de mi amiga Rosa Cruz. IX Congreso Virtual sobre Historia de las Vías de Comunicación. Para descargar el texto completo y todas las ponencias del Congreso, clicar aquí

Es posible que Miguelico, hace una eternidad, debido a la enorme envergadura de su cuerpo y la mucha garra que dan los pocos años, luciera como el verdadero galán que ya no era, o al menos no lo aparentaba. Esa facha quedó amortizada en los vericuetos de la mala memoria de algunos, con los tiempos que corren lo único verídico es que su apelativo, en cierta manera despectivo, responde con adecuada corrección a la piltrafa que ahora cuelga de su esqueleto.

El tipo era natural del barrio de San Pedro, a tiro de piedra de las ruinas del alcázar viejo de Baeza. Huérfano y de linaje venido a casi nada, desde muy chico se pegó de tortas con todo cristo. Muy pronto comenzó a batallar y preñar entuertos, más que deshacerlos, y no hubo guerra, batalla o trifulca de la época en la que no tuviera parte y protagonismo. Integrado en el Regimiento de Dragones de Villaviciosa, trasteó por media Europa, El Caribe y América del Norte, donde le tocó bailar con las diferentes escaramuzas de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Después volvió a España para darse de hostias con los portugueses, en la Guerra de las Naranjas. Por aquellos primeros años del siglo que le tocó desbaratar, como estábamos de buenas con los franceses, Miguel se alistó en la tropa que apoyó a los ejércitos napoleónicos para poner patas arriba la media Europa que le quedaba por hurgar. Se ve que no estaba lo suficientemente contento con haber sido objetivo de mil disparos de mosquete y tener suficiente metralla en su cuerpo como para dislocar la brújula más precisa. Desde Etruria, atravesó los reinos de Italia, Baviera, Sajonia y Prusia, para sentar sus posaderas en la Pomerania Sueca con la intención nada desdeñable de conquistar Alemania y el Reino Danés. Pero, puesto sobre aviso de los nuevos desencuentros con el francés, en medio de una sarta de cañonazos atravesó el Mar del Norte para regresar a España y defender la bandera. Nada más arribar a las costas del Cantábrico, atravesó toda la Península para unirse al ejército de Extremadura y darse de bruces con la batalla de Talavera, donde cayó de la grupa, perdió la mitad de los dientes y recibió varios enganches de bayoneta. Una vez repuesto, sin caballo y por no enmendar la plana, se enroló en los ejércitos que debían proteger la huida del Duque de Alburquerque a la Isla de León.

Se dice que herido de nuevo, con muchos años guerreados y diversas condecoraciones, cojitranco y sin más horizonte que un retiro digno en sus tierras de Baeza, se vería inhabilitado para el servicio de las armas. Otros, más leídos, afirman que lisiado, renegando de tanta muerte, decidió dejar atrás una vida de desolación. Aunque hay quién afirma, con muy mala fe, que en verdad ya no le quedaba pueblo, raza o color con quien romperse los morros. Volvió a casa con la esperanza de malvivir con las rentas que el ayuntamiento baezano le debía entregar como premio a sus condecoraciones, pero el consistorio, que bien sabía distinguir entre dar las gracias y dar tierras, hizo de su capa un sayo y lo envío a trajinar de ventanilla en ventanilla burocrática, como era costumbre de la época. Estando en aquella situación y con una soldada irrisoria, obligado a tragarse la distinción que portaba en el pecho, que no era otra que una estrella polar y el lema 'Mi Patria es mi Norte', parece ser que tomó la decisión de emigrar a Villamanrique, un villorrio ubicado en el Campo de Montiel, en las estribaciones septentrionales de Sierra Morena, donde tenía una hermana, o quizá sobrina, y acabar sus años quemando piedra en un viejo y desmadejado yesero en desuso. Aunque esto último son decires de corrillo y no hechos suficientemente contrastados[1].

Como el lugar de la cochura en los hornos estaba más para allá que para acá, o lo que es lo mismo en las inmediaciones de la cercana Puebla del Príncipe, el susodicho se hizo de una burra, Verea la llamó, que lo moviera en sus muchos trajines por las anchuras del Campo de San Miguel. También compró una cabra. La una era sumisa, la otra harto parlanchina. Metido ya en su diario, día con día quemaba en el yesero ripios de una roca muy blanquecina llamada de aljez, una piedra que con cierta mesura iba sustrayendo de un otero paliducho erigido frente a las eras de la población, donde la tradición aventaba ganancias. Se trataba de una ligera elevación que dejaba intuir que la sierra se iba al traste y la primera llanura manchega esgrimía sus resecos intereses. Durante el tiempo de espera, que no era poco y aún se hacía más cansino si había con qué calentar la cabeza, como era el caso, las muchas culpas que envolvían el alma de aquel tipo, y como si se tratara de una siniestra metáfora, se recocían y le obligaban a recordar y revivir los momentos más trágicos. A la par que la encina y las coscojas crepitaban calcinando el mineral de yeso, con cierta y recreada lentitud, los campos y bancales comenzaron a desnudarse con vertiginosa crudeza y la solanera plantó sus primeros reales en el lugar. En poco tiempo no le quedaría una mala sombra donde resguardarse de las penurias cotidianas y de las que ya cargaba en el macuto de la memoria.

El tipo, viendo que perdía con la espera, decidió ganarle la batalla al tiempo con otros menesteres menos monetarios, pero de mayor ganancia espiritual. A tiro de piedra del yesero asomaba un quebrado farallón rocoso, volviendo sobre sus pasos y siguiendo el Camino de las Quebradas, un hilo polvoriento que rompía la quietud de la paramera y vagaba entallado entre frondosos emparrados y rastrojos resecos, como la vida misma. Fondeada a un lado de la vieja senda de Almedina barbechaba esta antigua cantera, una boya de sangre anclada en un mar de arcillas rojas. Más allá, a poniente y cerrando la línea del horizonte, se elevaban las mencionadas Quebradas a modo de una enorme ola marina que se nos viniera encima, como una barrera de arrecifes fosilizada desde tiempos inmemoriales. Se trataba de una ordenada sucesión de obleas cársticas en dislocada posición vertical, valga el símil, un frente de hoplitas dispuesto a vencer a los más temibles ejércitos del tiempo y la desmemoria. Siempre estuvieron ahí y es como si quisieran mantenerse en el lugar por toda la eternidad testificando, contrariamente, la cambiante mutabilidad de este mundo

La ‘piedra grana’, como algunos la llamaban, u ‘horadada’, que dice la cartografía del momento, era mucho más fácil de tallar que la caliza de las Quebradas, también es más voluble al paso del tiempo y a la huella del hombre, de dar fe de las historias y tragedias de este mundo. Quizá fue por esta causa que Miguelico, Miguel Rodríguez, último vástago de aquellos 200 Dragones de Santiago de la ciudad de Baeza, los que cabalgaron a sus anchas por las desmembradas taifas andalusíes tras los pasos de Fernando el III, la eligió como soporte donde imprimir su memoria y los pocos anhelos que aún le quedaban. Aunque también es posible que hiciera tal elección por ser camino de mucho tránsito de los ordenados en Santiago sitos en la comarca, en sus idas y venidas a Caravaca, Encomienda de Santiago, cabeza de Partido y custodia del lignus crucis. En la cimentación de la misma, durante los muchos ratos de calcinación, fue socavando un pequeño santuario, más tinada que eremitorio, un diminuto altar de ofrendas. Es posible que lo hiciera para reducir su estancia en el purgatorio, si así fuese penado, pero lo más cierto es que su interés estuviera en minimizar su condena y suplicios en los infiernos, destino que le era mucho más probable. De frente y al fondo del diminuto recoveco, sobre la pared, el morabito fue tallando diferentes símbolos y cruces, según el día y la compostura de cuerpo y alma, con especial presencia de la Santísima Vera Cruz de Cristo y una cruz patada. El hombre, que de muy locuaz tornó a callado y casi mudo, nunca dio mucha explicación de los motivos que lo movieron. Es posible que los grabados estuvieran de mucho antes, de cuando aquello fue cantera y no tenían más simbología que buscar protección para el lugar y la faena, y el anacoreta tan sólo los respetó y acondicionó como eremitorio. También podría ser que el enclave tuviera un papel principal en el camino histórico que unía Villanueva de los Infantes, en realidad una buena parte del Campo de Montiel, con el lugar santo de Caravaca bajo jurisdicción de los santiaguistas, y como tal quedó remarcado con aquellas cruces. No hay que menospreciar que la Vera Cruz era el mayor tesoro de esta bailía y, como tal, baluarte de los ordenados en Santiago. Aunque, por otra parte, tanto el lugar como el camino podrían haber tenido mayor alcance territorial. Cabe entonces la posibilidad que el tramo se correspondiera con el muy bien reseñado por los cartógrafos como Camino de Granada a Villanueva de los Infantes por el Puerto de Montizón y Villamanrique, ciudad que en sus primeros días fue nominada como Belmonte de la Sierra; o quizá sea una variante del mismo, anterior y fosilizada en el tiempo, heredera del periodo andalusí, cuando Almedina tuvo un papel protagonista como encrucijada principal en el Campo de Montiel.

Pudiera ser, aunque seguro que esta opinión cuenta con escasos acólitos, que estas cruces nada tuvieran que ver con tanta cosa de enjundia y actualidad, que en realidad sólo fueran un recuerdo, una ‘quimera’, de unos orígenes personales lejanos, de una grandeza perdida en el camino de toda una vida. Una evocación de aquella Compañía de los Doscientos Ballesteros del Señor Santiago que anidó como gavilán en la plaza fuerte de Baeza.

Se sucedieron los días y las lunas, el páramo ganó presencia y vistieron el Campo de San Miguel todos los colores imaginables. Una tarde noche de ábrego, bajo las pocas estrellas que se intuían, recordó Miguelico el sonido de la lombarda y el olor a pólvora, rememoró la carcajada de la muerte. Puede ser que fuera algo intuitivo, pero buscó refugio en el interior de la covacha, junto a las cruces, y allí se acurrucó como cuando crio. Sólo fue un instante, pero todos los vecinos de la comarca lo escucharon, en la Puebla y Villamanrique, en Almedina y Torre de Juan Abad. Incluso en el castillo de Montizón, cuyo alcaide decía oír poco, y aún en el pueblo más lejano de Terrinches. Sonó como un golpe seco, como si el pétreo rumor de las Quebradas hubiera intentado avanzar sobre una playa imaginaria. ¡Fue como una andanada de artillería en mitad del océano! El techo de la capilla había caído como una sola roca sobre el cuerpo del baezano certificando una muerte que ya regresaba a sus tareas y tenía el punto de mira en otros pagos. Los ripios de piedra desempeñaron su papel como eterno sepulcro de aquel tipo. Olvido, silencio.

Fotografía: Campo de San Miguel / autora: Rosa Cruz Cabrera 

Poniendo epitafio a tanto trajín, llegó la siega y a su fin la calma.

Primero fue la Orden, que se disolvió. Luego vino la huella, el camino, que cayó en desuso. Después, muerto el fundamento siempre se espera ruina y, con tal proceder, le tocó mísero turno al puente sobre el río Guadalén, quedando sus piedras expuestas a la más dura intemperie y a la desmemoria. Finalmente, aquel yeso ‘colorao’ dejó de ser útil para una modernidad modelada de acero y hormigón y sus hornos acabaron como estercoleros. Hoy, cuando no hay más silencio que el ruido de la chicharra y un disparo al aire, las cruces nos evocan el recuerdo de un viejo hidalgo, el último, y los caminos una y otra vez cercenados.


[1] El personaje y su carrera militar están suficientemente contrastados, no así los años finales de su vida: López Cordero, Juan Antonio: ‘El último hidalgo baezano’. En Crónica de la Cena Jocosa de 2000. Asociación de Amigos de San Antón. Jaén, 2001, pp. 63-66.

martes, 19 de octubre de 2021

La realidad histórica y su ficción literaria como herramienta para el desarrollo y la promoción de recursos y rutas turísticas: sobre el 'Camino de la Vía Dolorosa', Baños de la Encina (y 3)

Lámina 14: Recorrido de la 'Vía Dolorosa' en la mañana de Viernes Santo y apelativos de las calles, Baños de la Encina. Fuente: Callejero de Baños de la Encina, 1888. Instituto Geográfico y Estadístico, Trabajos Topográficos.

Lámina 15: Casona de Catalina de Vitorio, en Calle Amargura / Calle Suspiro con Calle de La Cruz.

En Priego y en la misma línea, la vuelta al Convento de San Francisco se realiza por las calles Río y Acequia. El agua se nos presenta en el itinerario como símbolo de renovación, de la resurrección que obligatoriamente tiene que llegar.

            Lo cierto es que el regreso de los pasos procesionales la mañana del Viernes Santo, desde Jesús del Llano a San Mateo, tenía y aún sigue teniendo a la calle Mestanza, ‘roio’ en el Catastro del Marqués de la Ensenada (XVIII), como primera escala. Después, antes de llegar a la Plaza Mayor y encerrarse los pasos en la parroquial, su destino final, se realiza una segunda etapa que tiene a la calle Donosa como protagonista (ahora llamada Isidoro Bodson). Lo que en cierta manera viene a apoyar la tesis de Braulio, pues hasta mediados el siglo XIX el cementerio parroquial flanqueaba la calle Donosa (la margen izquierda según descenso) y, en cierto sentido, tal nombre venía a reafirmar que sí, que la resurrección era posible, que tendría forzosamente que llegar de la mano de Jesucristo, pero sólo para los ‘donosos’, los que estuvieran llenos de gracia, de dones. Lo que justificaba este apelativo para denominar al último hito del callejero en el camino de la ‘vía dolorosa’ que nos trae.

Lámina 16: Calle Mestanza o del ‘roio’ (arroyo), años 70 del siglo XX. Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Lámina 17: Calle Donosa o Isidoro Bodson, flanco derecho en descenso. En primer plano Casa de los Delgado de Castilla. En la margen contraria es donde estuvo localizado el cementerio parroquial hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Lámina 18: Calle Amargura con calle Visitación / Calle Mestanza: empedrado, lo que se llamó en la época ‘pavimento especial’. Década de los 50 del siglo XX. Autor: Archivo particular de Diego Muñoz-Cobo Rosales.

—Pero, Dios mediante, ¡dejad ya el vino y la cháchara! Noto cierto relente, el viento comienza a removerse, —apostilló La Chacona mientras se ponía en pie bieldo en mano.

 

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             Llegados a este punto, es necesario anotar que la mayor parte del itinerario procesional del Viernes Santo no discurre por la llamada como ‘villa vieja’, por el histórico callejero que comenzó a derramarse a la vera del castillo de Baños en las postrimerías de Alta Edad Media. El ‘camino de la Vía Dolorosa’ utiliza una sección de la trama urbana que, pese a gozar de una alta carga histórica y cultural, queda fuera de los recorridos guiados y al uso que vienen ofreciendo los diferentes agentes turísticos. Se trata de otro momento del hilo de la historia, otra forma de entender la comunidad, usar el territorio y construir las edificaciones. Ahora, perdida la identidad militar de la plaza y alejados del barrio de La Cestería y sus casuchas en pendiente, son mayoritarias las calles que cortan trasversalmente las líneas de nivel del Cerro de la Calera. Sumamente empinadas, están flanqueadas por casonas que se derraman a pie llano, sin escalones interiores ni escalinatas, muy amplias, de un blanco que rayaba la pulcritud. Edificadas con piedra local y tapial, se elevan en planta baja y cámara, en ocasiones con bodega, y en su distribución interna desempeña un papel protagonista el carácter agrícola que en aquel momento condicionaba las economías familiares.

Lámina 19: Barbería del Maestro Ponaire, en Suspiro / Herradores: Pedro Ponaire y Rafael El Chin. Autor: Diego Muñoz-Cobo Rosales. Sirva como homenaje por el enorme trabajo de recopilación fotográfica y creatividad que Diego realizó y puso a disposición de todos los bañuscos.

Y ajenas a los contenidos de este figurado ‘viacrucis’, en un intento de hacer que la crónica doméstica comulgara con la Historia entendida de manera más global, estas calles también se fueron impregnado de historias corrientes, sufrimientos, anécdotas y anhelos que las dotaron de un carácter singular, diferente. Un enorme acervo cultural que ha favorecido que estos barrios tengan hoy una identidad propia, una herramienta cultural que podría ser la mejor carta de presentación para implementar un recurso educativo eficaz y con posibilidades para el uso turístico. Este vecindario y su entorno más inmediato no dispone de un castillo, una iglesia o un palacete, pero sustenta alguna de aquellas cálidas panaderías, con su horno panzudo y unos aromas ancestrales; también resiste la casona que dio sede al antiguo puesto de telégrafos y a la no menos añosa centralita telefónica, reflejo el uno y la otra de la bien recibida modernidad de antaño. Son calles que aún rememoran los aromas a anís seco que desprendía el estanco de Paquito Juan Rafael, por Navidad, y se arrebozan con el olor a tomillo e hinojo de las aceitunas de Isabel La Huevera. Curadas con ceniza y agua salobre, de los pozos bañuscos, endulzaban en una imperecedera tina de barra con inacabables ciclos de veintiún días. Y también recuerdan la figura del Maestro Ponaire, un personaje más que singular que transformó su vieja peluquería de señores, la que aún se mantiene en un estado impoluto, en un lugar de encuentro y distendido debate ‘pajaritero’ (silvestrismo[1]).

Lámina 20: Uno de los tres hornos que hubo en el barrio: La Becerrá / Calle Industria, Calle de la Cruz y Calle Suspiro con Cotanillo. En este caso el último de ellos, Horno de los Cantarero (en la fotografía, Bartolomé Cantarero). Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Y qué decir de la plazuela de la Cruz, que esconde en sus entrañas uno de esos capítulos de nuestra historia que nunca debieron ocurrir, personificado en su refugio de la Guerra Civil; o qué hay de esos tipos y señoras que fueron muy grandes por tan sólo, o tan mucho, tener un genio desbordante y un hacer muy singular, y que dejaron una huella imborrable en la memoria cotidiana: Lola Cantarero, Lucas Pepinollo con sus fábulas protagonizadas por ‘codines’, y su cuñada Lola, Rita y Cándida, Juan Manuel El de la Tonta cabalgando sobre su cascajoso pascuali, un alboroto de hierros y reventones de carburador, El Obispillo con sus mañas para tener entretenida y embobada a la chiquillería, La Paniagua, Antonio Laruta y Marcelino del Moral, cada cual un virtuoso de la música, en su palo, Don Julio El Practicante, Ángel Mañono con sus ‘artes’ o Chisque, entre otros muchos que sería muy largo enunciar. Personajes todos ellos, su hilo vital, con capacidad para armar el mayor andamiaje discursivo que pueda imaginarse.

Y con todo, aunque quedaría mucho más que relatar, también se localizan pequeños rincones, y algún antro, de fama merecida y no para lo bueno, como ocurría con la calle del Potro, la que ahora se identifica con el tramo superior de la Calle de la Cruz:

 

 ‘Hubo, además, más casos de muerte por arma de fuego en la villa. Los Mármol Galindo estuvieron relacionados con dos casos más. En uno de ellos aparece Juan del Mármol Galindo como víctima de un carabinazo, obra de un recaudador de Millones. Un año antes Gregorio del Mármol Galindo, clérigo de Epístola estuvo implicado en la muerte de un vecino:

De dos arcabuzazos, en esta villa en la calle que llaman del Potro, como a ora de las una del día poco, más o menos.

Las espadas y estoques eran también armas mortíferas, La falta de alumbrado público, carencia propia de la época, hacía que la noche fuese un momento apropiado para llevar a cabo venganzas y encerronas. En enero de 1680, hacia las tres de la madrugada, murió a estocadas Pedro García, también en la calle del Potro’[2].

Lámina 21: Palacete de los Mármol Galindo antes de ser derruido, en calle Mestanza. Con seguridad, el equivalente civil de la reconocida joya barroca del Camarín del Santuario del Cristo del Llano. Autor: Juan Manuel Ortiz.



[1] El silvestrismo es la afición a la captura y cuidados en cautividad de ciertos pájaros de campo, pertenecientes a la familia de los fringílidos, con el objeto de su adiestramiento al canto. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvestrismo.

[2] APONTE MARÍN, Ángel: ‘Algunas notas alrededor de un caso de bandolerismo en Baños de la Encina’, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 154. Jaén: Instituto de Estudios Giennenses-Excma. Diputación Provincial de Jaén, 1994. Pág. 139-147.

jueves, 14 de octubre de 2021

La realidad histórica y su ficción literaria como herramienta para el desarrollo y la promoción de recursos y rutas turísticas: sobre el 'Camino de la Vía Dolorosa', Baños de la Encina (2)

Martín, por llamar la atención y crear ciertas expectativas en los oyentes, cosa muy común en el diario proceder de sus negocios, pidió la palabra, detuvo la conversación un momento que se hizo eterno, suspiro, tiró con parsimonia del porrón y, tras unos instantes de silencio, cuando se le antojó, disparó la idea que había madurado.

  —Si como se dice en los mentideros la Cruz de las Azucenas fue picota, es posible que la Amargura fuera usada como corredera, a modo de puerta de atrás por la que desfilarían los condenados que subían desde el calabozo de la Casa Consistorial. El fin de tanto paseíllo no sería otro que exhibirlos como monigotes antes de darles público matarile en el humilladero y exponer allí mismo y a los cuatro vientos el cadáver, —añadió después mientras se limpiaba los belfos con la manga.

En torno a este argumento, cabría la posibilidad de que, en la susodicha cruz, ya fuera picota o rollo, símbolo de señorío y jurisdicción que indicaba que en la Villa se administraba justicia menor y mayor en nombre del rey, se ejecutara a los condenados y se hiciera exposición pública de sus desmembrados ‘cuartos’. La Cruz de las Azucenas, por tanto, podría ser el lugar donde se exhibía a vergüenza pública a los criminales…, o lo que quedara de ellos, y la calle, por ser camino de suplicio y cuesta de mucha pendiente, y sufrimiento, debería su nombre a la amargura que soportaba el reo durante el traslado.

Lámina 6: En primer plano, Cruz de las Azucenas. Ermita de Nuestro Padre Jesús del Llano y camarín barroco que acoge en su interior.

Tras oír aquella argumentación y como si el debate le fuera ajeno, Patricio se levantó un instante y los observó con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. Algunos lo tienen por huraño y cenobita, otros lo consideran muy leído y hombre de costumbres austeras. Lo cierto es que el labriego es de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno de callar. En su papel de augur, pues se tiene por autodidacta y sabio que pocos comprenden, haciendo gala de la fría y premeditada inexpresividad que acostumbra, alzó la vista y miró fijamente al contertulio.

—Mucho presupones y más fantaseas, compadre. ¡No disparates! —Sentenció con la rotundidad que le proporcionaba el vozarrón de su garganta.

Si nos atenemos a las fuentes y documentos escritos, es cierto que surgen numerosas dudas sobre la hipótesis argumentada anteriormente. En los diferentes censos y catastros de la segunda mitad del siglo XVIII (sobre todo en las Preguntas Particulares del Catastro de Ensenada), cuando la calzada estaba flanqueada por corrales sin edificación y alguna casa suelta, las menos, la calle no se menciona con un nombre particular. Se refieren a ella como el ‘viario que sube al Santuario’. Si a esta información le añadimos que la Constitución de 1812 decretó la demolición de rollos y picotas y prohibió la exposición pública de los cadáveres, no parece posible que esta calle hubiera sido bautizada por el ejercicio de una función que nunca tuvo tiempo real de desempeñar.

—¡Uh, pues no sé! Si lo que se quería era burlarse de unos tipejos de mala vida, de unos criminales torturados y engrilletados hasta los ojos con la intención de dar escarmiento, de poco serviría realizar tan particular ‘vía crucis’ por una calle periférica, prácticamente deshabitada, cuando podría hacerse por arteria principal para mayor escarnio y difusión pública: la calle Mestanza, —apostilló Benita con mejor criterio y voz pausada.

Braulio, un tipo de barba descuidada y entrecana, más propia de mendigo que de persona de provecho, se autoproclamaba como ‘erudito más bragado en los tejemanejes históricos del pueblo’. Lo que argumentaba en su mucha lectura y saber interpretar las piedras. Así que, impaciente como era y queriendo en todo momento meter baza, aprovechó uno de los silencios, sin meditarlo ni pedir la vez, para manifestar con cierta precipitación sus ideas.

Lámina 7: Casona agrícola en Travesía Amargura-Desengaño / Calle Amargura.

—Va, va, ¡cuánto maestrillo sin carrera! En otras tierras, donde el rollo fue realmente picota y escenario de ejecuciones, su estirada forma quería aparentar una espada clavada en tierra. El fuste de la columna representaba la hoja y los brazos, en los que se sujetaba al condenado, la empuñadura, —sentenció con rotundidad.

En tal caso y como es obvio, el conjunto escultórico se elevaba como símbolo inquebrantable de la aplicación universal de la Justicia.

A modo de referente y tomándole la palabra a Braulio, así sucede con picotas muy reconocidas de la Meseta Norte, como es el caso de Villalón de Campos o Aguilar de Campos, ambas en la provincia de Valladolid. Situadas en amplios e importantes espacios sociales, como plazas mayores, son instrumento de organización de las mismas: el patíbulo se convierte en centro de especial atención pública. Y ésa y no otra era su verdadera función: dar ejemplo en un lugar de máxima visibilidad.

Por el contrario, nuestra Cruz de las Azucenas, antesala que fue del viejo humilladero bañusco del Cristo de la Luz o del Santo Cristo[1] (germen de la actual ermita barroca del Nuestro Padre Jesús del Llano), se asemeja mucho más al rollo que antecede al Humilladero de Medinaceli (Soria). Parecido, por otra parte, que no debe extrañarnos, pues quizá tuvieron un modelo común en el que mirarse que se expandió con los movimientos trashumantes.

Lámina 8: Rollos de Aguilar de Campos y Villalón de Campos. Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Lourdes Cardenal.

Lámina 9: Ermita del Humilladero de Medinaceli. Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Diego Celso. Ermita de Jesús del Camino, Baños de la Encina.

Otro tanto ocurriría con otra de las ermitas bañuscas, la pequeña, pero robusta, de Jesús del Camino que, muy próxima al Santuario de Nuestra Señora de la Virgen de la Encina, reprodujo la forma ‘torreada’ de aquélla de Medinaceli. Como también sucede con la ermita del Cristo del Llano, apartado del núcleo urbano y ubicado en un cruce de caminos, la principal finalidad del humilladero soriano, además de ser lugar donde los viandantes pedían protección para el viaje (física y espiritual), sería la de purificar el alma del caminante que se detuviese un instante a rezar junto a su cruz. Posiblemente, en la misma dirección y utilidad, la de purgar los pecados de los creyentes, estuvo la causa de que nuestra Cruz del Cristo de la Luz estuviese rematada por un haz de azucenas, símbolo de pureza e inocencia.

Más parece, como con buen criterio nos dice nuestro viejo cronista local, Juan Muñoz-Cobo (Muñoz-Cobo 1988), que de exponerse los cuartos en algún rincón de cierto tránsito del vecindario esto hubiera sido en el barrio de abajo de la villa, en el encuentro del Camino de Andalucía con la población (suroeste). Lugar éste mucho más pasajero que el cruce del Camino del Hoyo/San Lorenzo con el Camino de Los Llanos y Doña Eva, o Castellana, al noroeste del núcleo urbano y donde está ubicada la Cruz de la Azucenas y la ermita del Cristo (junto al viejo aprisco ganadero del Santo Cristo).

Lámina 10: Camino Romano / Restos de fuste reutilizado en los bardales que entallan el Camino.

De tal forma se procedió en la segunda década del siglo XIX, cuando el autor de un cruento asesinato fue ejecutado en La Carolina y su mano derecha expuesta hasta consumirse en un poste de madera de las Eras de Casa (Camino de Andalucía). Quizá, con ese acto de encarnizada justicia y en este enclave concreto, se trataba de evocar la ubicación de una picota anteriormente presente en el lugar y que documentalmente desconocemos. Pese a ello, en las inmediaciones de la calzada, en el tramo llamado como Camino Romano, hemos identificado la presencia de un fuste, de granito, reutilizado como parte de un bardal y que, con cierta probabilidad, podría haber desempeñado aquella utilidad. Construida con materiales menos efímeros que los leños de la picota decimonónica, posiblemente fue derribada bajo los auspicios de la Pepa (Constitución de Cádiz, 1812).

Conociendo al tipo e imaginando que aquello podría acabar en un soliloquio, La Chacona cortó por lo sano acercándole el porrón al auto proclamado como cronista. Martín, más dado a conciliar y sacarle unas perras a todo, tomó ahora la palabra.

—¡Paisanos, vaya faena!, estando como estábamos seguimos como al comienzo, sin aire para aventar y sin ponernos de acuerdo con la cosa del nombre de una calle que para algunos es tan entrañable, —afirmó mirando a La Chacona, que moraba en este vecindario, en el encuentro de Amargura con Visitación.

Martín intentó aprovechar el turno de palabra para cambiar de tercio y charla, pero Benita se lo quitó.

—¡Buf! Es que en cuestión de opiniones ocurre como con las maneras de hablar, que hay ciento, un millón…, en cada pueblo y cada casa se tiene la propia. Que cada cual, en lo suyo, llama al pan y aceite como bien le viene en gana o tiene por costumbre para que así se den por aludidos los convecinos. Aquí, en este pueblo, le llamamos cucharro, pero a tiro de piedra le dicen hoyo, canto y hasta hay quien lo alude como  cachurro o cachucho[2]. Pero esos no son motivos suficientes para ir desuncido de la vecindad, —reflexionó La Chacona—. Y, digo yo, ¿el nombre no vendrá a cuento por la cosa de la religión, por su relación con la Semana Santa? No hay nada más que dar un repaso a los apelativos de las calles de su entorno para apreciar nombres con cierto apego al ‘negociado’ de la iglesia: Cruz, Desengaño, Calvario…

—Podría ser, —meditó pensativo y buen juicio Patricio, que de estos temas estaba bien informado. No en vano era asiduo lector de la Biblia y tenía sus versículos y sentencias siempre en la boca.

El tipo, en relación con la disparatada diversidad de criterio de las gentes, del poco criterio que atesoraban según decía él, y la mucha verborrea de tanto ‘apóstol’ y sabiondo, opinaba que era mejor dejar sueltos a los perros para que hicieran su trabajo.

Al hilo de lo comentado, en la parroquial, durante la madrugada del Viernes Santo, se escenifica una representación dramático-religiosa y tono aflamencado, los ‘Sermones y Pregones de Cristo’, donde interviene el pueblo llano y se recita el ‘Proceso’ de nuestro Señor: El Prendimiento, Soberano Redentor, Poncio Pilato y La Sentencia (Pregones). Este tipo de acto también tuvo, y tiene en menor medida, una amplia repercusión en otros pueblos del entorno, caso de Mengíbar, Villacarrillo, Villanueva del Arzobispo, Cabra del Santo Cristo o Guarromán, y del área sur de la provincia de Córdoba (Subbética)[3]. Posteriormente, como colofón de la ceremonia y por las calles del pueblo, se procesiona la Pasión de Cristo.

Lámina 11: Plaza Constitución / Parroquia de San Mateo, años 70 del siglo XX. Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

—Sí, podría ser, —volvió a repetir Patricio sin inmutarse—. Es posible que la ‘parafernalia’ que tiene lugar en la parroquial durante la madrugada del Viernes Santo, a modo de preámbulo, tuviera su prolongación y epílogo en la calle, donde los ‘pasos procesionales’ emularían, con mayor o menor acierto, el recorrido original de la ‘Vía Dolorosa’. No sería de extrañar que las estaciones tomaran cuerpo en las calles.

Como bien afirma Patricio, el itinerario de la procesión matinal de Viernes Santo, a modo de camino de peregrinaje, es la plasmación física y territorial del viacrucis sobre el callejero bañusco. Proceso de implementación que posiblemente tuvo lugar durante el tránsito del siglo XVIII al XIX, cuando se transformaron los apelativos del callejero.

En las ciudades de mayor entidad, pues se desconoce si también fue de tal manera en pueblos de menor población, parece que existe cierta relación entre la Orden Franciscana, la fundación de cofradías bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús Nazareno y el asunto que tenemos entre manos: los sermones y la representación procesional de la Pasión de Cristo[4]. La hipótesis que propone Patricio es posible. En los primeros siglos de la Edad Moderna y aún después, de diferentes maneras, en los pueblos y ciudades de Europa se fue reproduciendo la ‘Vía Dolorosa’ o ‘Viacrucis’, imitando la original de Tierra Santa. Las variantes fueron numerosas, ya fuera mediante el levantamiento de ‘estaciones de la cruz’ a lo largo del itinerario procesional o dibujando el recorrido original, con sus diferentes apelativos, en la topografía y callejero del pueblo o villa correspondiente. En Andalucía no fueron pocos los casos. Sirva, a modo de ejemplo, Priego de Córdoba, pueblo de la Subbética con el que Baños tiene estrechos lazos y del que recibió intensas influencias artísticas de corte barroco. En aquella ciudad, tras algunas vicisitudes históricas y cambios bien documentados, el itinerario por donde procesiona el Nazareno la mañana del Viernes Santo discurre por una calle Amargura, como ocurre en Baños, y sube a la Ermita del Calvario para después finalizar bajando por las calles del Río y Acequia al Convento de San Francisco, de donde partió a las seis de la mañana. Y es aquí, de la presencia del convento y su capacidad organizativa, donde entroncamos con el papel principal que parece desempeñó la Orden Franciscana en el desarrollo del proceso[5], o al menos así ocurre con este caso concreto.

Braulio, que estaba a la que salta y por no perder su papel de hombre de documentos y profundo conocimiento histórico, tomó la palabra.

¡Leches, claro que sí!, atando cabos aquí y allá podría darse esa circunstancia. Si confrontamos el callejero bañusco de la primera mitad del siglo XVIII (1718)[6] con las nomenclaturas del XIX, si desmenuzamos los cambios que se produjeron, seguro que hubo una voluntad de construir, de simular, ‘el camino de la vía dolorosa’, estación a estación, en el empedrado de nuestras calles, —vociferó efusivamente Braulio, alzando la voz cuanto le permitían sus cuerdas vocales.

Lámina 12: Plazuela de la Cruz / Calle Suspiro o de los Herradores.

En Baños, la calle de La Cruz, hasta el XIX segregada en dos y llamadas como del Potro (tramo superior) y Ejido (tramo inferior), representaría la segunda estación en el Vía Crucis, el momento que Jesucristo carga con la Cruz; mientras que Amargura, sin apelativo reconocible en el siglo anterior a no ser que se tome como tal ‘viario que sube al Santuario’, y Calvario «viejo» son pruebas más que evidentes de la recreación callejera del Viacrucis, como ocurriera en Priego de Córdoba. Por otra parte, Suspiro, que antes del siglo XIX aparece mencionada como Herradores o Cuesta de los Herradores (tras perderlo momentáneamente volvería recuperarlo a lo largo del XX), Visitación (hasta entonces Chacona) y Desengaño son apelativos ciertamente relacionados con actitudes y comportamientos muy humanos de Dios hecho hombre durante su particular viacrucis. En cierta manera podrían representar, respectivamente, el alivio que recibió Jesús cuando Simón Cireneo le ayudó con el peso de la cruz (Suspiro), el encuentro con su madre, con la Verónica o con ambas (Visitación) y la tercera caída o creencia definitiva de que ya no habría atrás en su misión, en su camino al Calvario, a la muerte (Desengaño), antesala de la resurrección. En lo más profundo, el significado de ‘Amargura’ y ‘Calvario’ es idéntico, la única diferencia es geográfica, territorial, pues la amargura o suplicio es previa, es camino, y conduce irremisiblemente al segundo, a un fatídico desenlace final: al lugar del calvario. Y tal cual se dibujó en la trama urbana bañusca.

—Y aquí, en Baños, —apuntaló Braulio sin apenas dar un respiro—, el regreso a la parroquia de San Mateo se encarrila por una calle nombrada como arroyo. ¡Sí, arroyo, pues para quién lo desconozca ése y no otro es el nombre que recibía el tramo inferior de la calle Mestanza en los catastros del XVIII (Ensenada), ‘del roio’ o del arroyo! —afirmó mientras daba saltos de alegría.

Lámina 13: Casona de Amalia, en Calle Amargura / Calle de La Cruz, tramo ‘del Potro’.


[1]Al norte de Bailén, a una legua de distancia está Baños; tiene una Parroquial antigua dedicada a Nuestra Señora y la moderna de San Mateo. La Ermita de la Señora que llaman de la Encina por haberse hallado su Santa Imagen en el hueco de una encina, es antiquísima (…). Hay también en esta Villa las Ermitas siguientes: De Santo Domingo, de San Sebastián, San Ildefonso, Santa Olalla y el humilladero del Santo Xpt.’ (Libro de las Fundaciones de Úbeda, Siglo XVII), recogido en MUÑOZ-COBO FRESCO, Juan: Baños de la Encina: un viaje por su historia milenaria. Jaén: Caja Rural de Jaén, 1988.

[3] PADILLA CERÓN, Andrés: ‘El Sermón de los nazarenos. Una tradición barroca, también en Linares’, Actas del I Congreso de Historia de Linares. Linares: Centro de Estudios Linarenses, Diputación Provincial de Jaén, 2008.

[4] PADILLA CERÓN, Andrés: ‘El Sermón de los nazarenos. Una tradición barroca, también en Linares’, Actas del I Congreso de Historia de Linares. Linares: Centro de Estudios Linarenses, Diputación Provincial de Jaén, 2008.

[5] PELÁEZ DEL ROSAL, Manuel: ‘Una secuencia pasionista: de la calle de la Amargura al Calvario en un imaginario popular barroco’, en Actas del Congreso Internacional Calle de la Amargura. Cádiz: Cofradía de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos, 2019. pág. 649-664.

[6] Archivo Municipal de Baños de la Encina (AMBE): ‘Del Pozo Vilches, de las Eras, Ejido y Del Potro, Becerrada, Pósito y Herradores, Chacona, Ejidillo, Peñas, Arroyo, Mestanza, Luzonas, Plaza, Cueto y Cestería’.