sábado, 29 de agosto de 2026

Calvarios y marcas lapidarias: continuidad simbólica entre la prehistoria y la tradición cristiana. Baños de la encina (Jaén)

En la hondura de la vega, Patricio me invita a sentarme y a amarrar inquietudes. A disfrutar de la quietud de los Ruedos, un enclave fondeado en los rescoldos de la memoria del lugar. Junto al pozo, acomodados al rebufo de su agua generosa, me dice:

—Hay ocasiones en que el pueblo parece un hormiguero disparatado, una barcaza sin timón. Bullimos día tras día como si la vida se nos fuera en un suspiro.

Imbuido por aquellas palabras, me asomo al oscuro hueco circular para aspirar la húmeda soledad de la cisterna. Inalcanzable, la negrura se hunde bajo sus herrajes, como si quisiera alcanzar las mismas profundidades del averno. Un soplo de aire frío, inesperadamente dulce, me golpea el rostro y despierta en mí sensaciones encontradas.

Tal vez sea una imagen arraigada en la infancia, una nostalgia sin fundamento, pero desde siempre me ha atraído asomarme a la angulosa boca de estos anchos y destartalados aguaderos para respirar el olor a umbría y agua dormida, para recordar la fresca quietud del hontanar que ya no existe doblegado por el imperio de unos sondeos intensivos que, día tras día, han ido vaciando el acuífero.

Ahora, cuando solo quedan sequedad y cantos de chicharra, el pozo parece empeñado en evocarme lo que un día fue: un chortal[1]. Cada vez que escudriño sus honduras tengo la sensación de que la vida se nos escapa en silencio, despacio, casi sin hacerse notar, como el sueño que nos vence en la primera madrugada.

Una rana, refugiada entre las junturas del enfundado de piedra seca, me devuelve a la realidad, a la conversación con el parroquiano y al calor de una media mañana que ya aprieta. Allí, sobre el bordillo del andén de la noria, descansando sobre sus piedras, descubro un sencillo calvario labrado sobre un bolo de cuarzo. Su trazado podría confundirse con el sencillo dibujo de un chiquillo.

Calvarios asociados al patrimonio hidráulico tradicional

Presentes en construcciones de distinta función y soporte geológico, con tipologías diversas y soluciones formales muy variadas, en Baños de la Encina se han identificado cerca de sesenta calvarios relacionados con ámbitos tan diferentes como el tumular, el apotropaico o el identitario. Asociados tanto a edificios civiles como a espacios de devoción popular (CANTARERO QUESADA, 2026), existe asimismo un grupo en el que el agua adquiere un protagonismo especial, ya sea vinculada a fuentes, manantiales, pozos, norias o encuentro de aguas.

Dentro de esta tipología destaca el pilar-abrevadero del callejón del Pilar, situado junto a la cabecera de la parroquia de San Mateo. En este lugar se conserva un calvario de cuidada factura y notable refinamiento, ornamentado con perfiles redondeados y sustentado sobre una peana de singular diseño. Junto a la cruz, a menos de un metro de distancia, aparece cincelada una herradura, antiguo símbolo protector de origen pagano e inmemorial que está asociado a la buena fortuna.

Como puede apreciarse, el contenido alegórico de este motivo ha perdurado a lo largo del tiempo, tanto en el ámbito de la religiosidad popular como entre los miembros del gremio de los picapedreros. La herradura aparece igualmente como marca lapidaria en numerosos sillares de la lonja principal de la parroquia de San Mateo, frente a la puerta del Perdón, un lugar dedicado a mercado desde antiguo.

Aunque la herradura como elemento de la guarnición ecuestre era desconocida en el mundo grecorromano y no se documenta en Europa hasta los siglos IV y V, cuando comienza a ser utilizada por las comunidades celtas de la Galia, su representación simbólica como marca lapidaria es muy anterior. Una prueba de ello se encuentra a escasa distancia del casco urbano de Baños de la Encina, en la dehesa de Burguillos (Bailén). En este enclave adehesado, junto a la antigua casa de pastores, se conservan varios ejemplares de herraduras grabadas sobre una roca de arenisca roja, conocida popularmente como piedra letrera.

En este mismo afloramiento pueden observarse otras manifestaciones lapidarias de extraordinario interés, entre ellas la representación de una divinidad de carácter bisexual, dotada de atributos sexuales masculinos y femeninos, además de diversos signos epigráficos cuya cronología podría situarse entre el Calcolítico final y los inicios de la Edad del Bronce (LÓPEZ MARTÍNEZ et al., 2020).

En consecuencia, aunque la herradura terminó incorporándose al imaginario cristiano, su origen como símbolo apotropaico hunde sus raíces en tradiciones mucho más antiguas. Su presencia reiterada junto a calvarios y marcas lapidarias asociados a fuentes, manantiales y otros puntos de agua parece responder a una antigua función protectora de estos espacios, considerados desde la Prehistoria lugares de especial valor simbólico y ritual.

¿Cómo pudo un símbolo de origen pagano y tradición prerromana integrarse, conservando buena parte de sus significados, en el corpus simbólico del cristianismo? La respuesta, probablemente, se encuentre en un proceso de reinterpretación sustentado en la tradición legendaria y el imaginario popular.

 

Lámina 1. Cruz de calvario y herradura junto al pilar abrevadero de San Mateo.

De este modo, la herradura pasó a identificarse con la huella que el caballo del apóstol Santiago —aunque también el de otros santos y héroes— habría dejado junto a fuentes naturales o en diversos episodios bélicos, casi siempre en el contexto de la llamada Reconquista y en apoyo de las huestes cristianas. Según la tradición oral, aquella impronta era consecuencia del ímpetu con que la montura del apóstol se abalanzaba sobre el enemigo mientras Santiago blandía la espada. Otras versiones, de mayor desarrollo narrativo, relatan cómo el santo acudía en auxilio de un ejército cristiano cercado por la sed y abocado a la derrota. En ese momento, el caballo dejaba marcada su huella sobre la roca y, de aquella impronta milagrosa, comenzaba a brotar un manantial cuyo caudal alteraba el curso de la contienda.

Son numerosos los relatos en los que determinadas aguas, puestas bajo la protección del apóstol, especialmente las de carácter termal o dotadas de propiedades terapéuticas, aparecen favoreciendo la salud y el bienestar de la población (PEDROSA BARTOLOMÉ, 2000).

No muy lejos de los pagos bañuscos, también en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, hay testimonio de esta tradición inmemorial, aunque relacionada con otro hecho histórico y en el siglo XVI: la Fuente del Pisar, en Linares.[2]

Por otra parte, dentro de un segundo grupo, el de los calvarios vinculados a las norias, hemos identificado dos ejemplares. Ello no significa, sin embargo, que originalmente no existieran muchos más, ya que el paso del tiempo y la transformación de los usos agrícolas han provocado la desaparición de buena parte de los andenes de las más de treinta norias documentadas en el término de Baños de la Encina.

El primero de estos calvarios aparece cincelado en la cara exterior de un marrano, en el interior del pozo de la noria de Penecho. La huerta situada en la margen izquierda de la vieja carretera de Arquillos, en el esquinazo que forman la ya extinta vereda de Linares y el Camino de Enmedio. La calidad de su ejecución nada tiene que envidiar a la de los magníficos calvarios labrados en los dinteles de las casonas más señoriales de la villa, muchas de ellas levantadas al amparo de las consecuencias derivadas de la desamortización de Carlos IV y la posterior Guerra con los franceses.

Lámina 2. Interior de la noria de Penecho: marrano con calvario enmarcado en círculo y tallado en la cara superior. Fuente: el autor.

El segundo ejemplar, de extraordinaria sencillez, aparece inciso sobre un gran bolo de río y participa del bordillo que circunda el andén de la noria de Los Gatos o de Maquilera. La huerta está ubicada en el paraje de la Colmenera, junto al camino de Bailén y la acequia de Los Huertos. A primera vista, su morfología podría recordar a una cruz tau; sin embargo, la singular peana semicircular, atravesada por el madero vertical, remite claramente al basamento de los calvarios grabados en el pilar-abrevadero de San Mateo y en la puerta del Sol, también perteneciente al conjunto parroquial de San Mateo. La cruz principal aparece flanqueada por otras dos de reducido tamaño y trazo extremadamente esquemático, hasta el punto de que podrían confundirse con pequeñas estrellas o incluso con lauburus ejecutados con una factura muy elemental.

Lámina 3. Calvario del andén de la noria de Los Gatos.

Cruciformes antropomorfos en contextos rituales vinculados a confluencia de aguas

Especialmente singulares son los grabados cruciformes —interpretados aquí como calvarios— documentados en el santuario rupestre de Peñalosa, sobre su roquedo. Aunque alejado del cauce principal del río Rumblar, el enclave ocupa una posición estratégica en la divisoria de aguas de los arroyos de Valdeloshuertos y La Rumblosa, dominando el punto donde ambos vierten sus aguas al río Rumbar.

El conjunto está integrado por cuatro cruciformes antropomorfos, numerosas cazoletas excavadas sobre una gran laja de pizarra que, a modo de altar, se orienta hacia levante, así como por varios alquerques y retículas grabados en la roca.

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Lámina 4. Croquis de distribución del enclave de Peñalosa[3].

Los cruciformes se localizan en el ámbito territorial del sitio arqueológico de Peñalosa, un destacado poblado argárico adscrito a las culturas de la Edad del Bronce (CONTRERAS CORTÉS et al., 2024). Todos ellos presentan una morfología similar: los brazos y la cabecera se rematan nco formas triangulares o circulares y se alzan sobre una peana de planta triangular. No obstante, existen diferencias entre los diferentes ejemplares. Uno de ellos representa una cruz sencilla, aunque claramente elevada sobre peana, mientras que otro de ellos conserva únicamente su mitad inferior, la peana, debido al acusado deterioro que afecta a la parte superior.Principio del formulario

Las cazoletas referidas no son una presencia anómala en el sitio arqueológico de Peñalosa, tampoco en otros ámbitos cercanos como los arroyos de Valdeloshuertos y del Pilarejo o el más lejano del arroyo del Paridero. En todos los casos se trata de formas cóncavas talladas a mano en la roca, siempre sobre pizarra y con diferente tamaño. En el poblado de Peñalosa, al exterior, están presentes junto con canalillos y espirales en la base de la muralla sureste, pero también en el pasillo conformado entre la muralla y contramuralla exterior de la zona norte, en las márgenes del arroyo de La Rumblosa o subiendo al roquedo de la peña de Peñalosa. También, como si se tratara de un anillo, las de mayor tamaño rodean al poblado en su contacto con el despeñadero de La Salsipuedes. En su interior, su presencia es testimonial, aunque están presentes en espacios abiertos.

Lámina 5. Antropomorfo cruciforme del que cuelgan líneas verticales, a modo de brazos. Cabeza y hombros evocan las formas de las cazoletas, mientras que las extremidades, tanto brazos como peana, son triangulares.

Pero, debido a las incógnitas que encierran, las más interesantes están ubicadas a poniente del poblado, en el ocaso y en una cota muy inferior de la lámina de aguas del pantano. Solo es posible observarlas cuando las aguas del pantano están muy bajas. El conjunto de cazoletas y canalillos, elevado sobre un áspero pizarrón, parece dibujar una constelación que inevitablemente nos recuerda a Tauro, el uro sagrado.

Más allá de una creencia mitológica con una fuerte carga astronómica, la presencia de la constelación de Tauro era un marcador estacional que permitía regular las sementeras de primavera (GANGUI, 2020).

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Lámina 6. Costelación de Tauro.

Lámina 7. Cruciforme y santuario de espirales. Autor: Francisco Merino Laguna.

En todo el Creciente Fértil y entre los persas, como ocurría entre los pueblos indoeuropeos de la estepa póntica, entre ellos los yamnaya[4], principal componente poblacional de la génesis de la Cultura argárica, las constelaciones de Tauro y Leo desempeñaban un papel esencial en la organización del calendario agrícola y ritual. Hace unos 6.000 años, unos cuarenta días antes del equinoccio de primavera, Tauro desaparecía del cielo vespertino al quedar oculto por la proximidad del Sol. Este ocaso era interpretado simbólicamente como la victoria del león sobre el toro, un motivo que quedó plasmado durante milenios en el arte del Próximo Oriente. Ese momento coincidía con la labranza y sementera de las tierras, marcando el comienzo del nuevo ciclo agrícola. Cuarenta días después, al amanecer, el orto helíaco de Tauro —con la reaparición de las Pléyades y Aldebarán— anunciaba el equinoccio boreal y el renacimiento de la naturaleza. El retorno del toro simbolizaba así la fertilidad, el resurgir de la vida y la esperanza de una nueva cosecha.

Dejando atrás poblado y peña, nos envuelve otra interrogación: ¿qué destino pudieron tener otras marcas lapidarias, como el santuario de las Espirales, o a la multitud de betilos[5] que salpican ambas laderas del arroyo de la Rumblosa?

Consideraciones finales

Todo parece indicar que los calvarios analizados desempeñaron una función esencialmente apotropaica, es decir, protectora. Cargados de un profundo contenido simbólico, actuarían como garantes de la abundancia y de la salud cuando se vinculaban a fuentes, manantiales y abrevaderos, al tiempo que propiciarían la fertilidad de las tierras de vega y huerta cuando eran grabados en la estructura de pozos, norias y confluencias de aguas. En todos los casos, su presencia parece responder a la necesidad de salvaguardar aquellos espacios de los que dependía la vida de la comunidad.

Más compleja resulta, sin embargo, la interpretación de los cruciformes documentados en Peñalosa. Una primera aproximación permitiría adscribirlos a un horizonte cronológico relativamente reciente, comprendido entre la Edad Moderna y la Contemporánea, identificándolos, por tanto, como auténticos calvarios. No obstante, diversos indicios invitan a cuestionar esta atribución.

En primer lugar, el enclave carece de evidencias de ocupación posteriores a la Edad del Bronce, circunstancia que dificulta explicar la ejecución de unos grabados cristianos en un lugar aparentemente abandonado desde época prehistórica. A ello se añaden varios rasgos morfológicos que los aproximan más a los antropomorfos esquemáticos característicos del Calcolítico y de la Edad del Bronce que a los calvarios propios de la tradición cristiana.

Especialmente significativo resulta uno de los ejemplares, cuyos brazos presentan una serie de líneas verticales colgantes que alteran por completo la iconografía habitual de un calvario y lo aproximan a determinadas representaciones antropomorfas del arte rupestre prehistórico. Esta circunstancia adquiere mayor relevancia si se considera que los cruciformes comparten espacio con un altar de cazoletas claramente prehistórico y con otros grabados de larga tradición simbólica, entre ellos reticulados y diminutos alquerques que, muy probablemente, también desempeñaron una función apotropaica (LORENZO ARRIBAS, 2021).

Una mano muestra un objeto en la mano

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Figura 8. Reticulados y alquerque diminuto junto a antropomorfo cruciforme. Fuente: Antonio Torres Muñoz.

En consecuencia, no puede descartarse que estos grabados constituyan la pervivencia o la reinterpretación de antiguos símbolos protectores cuyo significado original se habría transformado con el paso del tiempo. Lejos de tratarse de una ruptura entre el mundo pagano y el cristiano, el conjunto de evidencias parece apuntar hacia un proceso de continuidad simbólica, en el que determinados lugares considerados sagrados desde la Prehistoria mantuvieron su carácter protector mediante la incorporación de nuevos códigos religiosos. Esta hipótesis, aunque requiere de futuras investigaciones que permitan contrastarla, ofrece un marco interpretativo coherente para comprender la singularidad de los grabados de Peñalosa y, en un sentido más amplio, la extraordinaria capacidad del paisaje para conservar la memoria simbólica de las comunidades que lo han habitado.

Mapa

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Figura 9. Localización de Baños de la Encina en la provincia de Jaén[6] y distribución territorial de los calvarios relacionados con el agua[7].

Bibliografía

CANTARERO QUESADA, J.M. (2026): «Calvarios, cruces latinas simples y tumulares, Baños de la Encina (Jaén)». Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 232. En imprenta. 

CONTRERAS CORTÉS, F., MORENO ONORATO, M.A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y ALARCÓN GARCÍA, E. (2024): Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Guía oficial del yacimiento de la Edad del Bronce. Universidad de Granada.

GANGUI, A. (2020): «De tauroctonías y estrellas: Mitra y la vida de una imagen». MODOS. Revista de História da Arte. Campinas, v. 4, nº.3, pp. 247-263.

LÓPEZ MARTÍNEZ, J.J., MORENO ONORATO, A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y PADILLA FERNÁNDEZ, J.J. (2020): «Puesta en valor del patrimonio histórico y natural del Monte Público de Burguillos (Bailén, Jaén)». Locvber, vol. 4. Pág. 33-34.

LORENZO ARRIBAS, J. (2021): «El alquerque medieval, un símbolo protector». Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. XIII, 23. Pág. 107-142.

PEDROSA BARTOLOMÉ B, J.M. (2000): «Huellas legendarias sobre las rocas: tradiciones orales y mitología comparada». Revista de Folklore, 238. Pág. 111-118.

 



[1] Humedal.

[2] Consultado en https://www.ciudaddelinares.es/conoce/cultura, el 3 de agosto de 2026.

[3] Fuente: Google. (2026). Google Maps [Sitio arqueológico de Peñalosa, Baños de la Encina]. Recuperado el 05 de agosto de 2026, de https://maps.google.com

[4] Fueron un pueblo de pastores de las estepas euroasiáticas que, hace unos 5.000 años, protagonizó una de las migraciones más influyentes de la prehistoria. Su expansión dejó una profunda huella en la genética de los europeos de la Edad del Bronce. Están estrechamente vinculados con el origen y difusión de la mayoría de las lenguas indoeuropeas.

[5] Piedra sagrada y oferente a una divinidad, que en general designa cualquier tipo de piedra erguida que evoque la presencia de la divinidad y el emplazamiento de un lugar sagrado. Consultado en https://tesauros.cultura.gob.es/tesauros/bienesculturales/1190318.html el día 3 de agosto de 2026.

[6]INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL (1978): Mapa provincial de Jaén 1:200.000.

[7] PONCE, FRANCISCO (1878): Mapa topográfico de Baños de la Encina 1:25.000. Instituto Geográfico y Estadístico de España.

sábado, 1 de agosto de 2026

Al hilo de Silver Kane y Roberto Alcázar y Pedrín

En aquellos tiempos, cuando una tragedia golpeaba de cerca a la familia —como ocurría con la prematura muerte de un familiar directo—, existía la costumbre de apartar a los chiquillos durante unos días de la casa materna. Era una forma, quizá, de amortiguar el dolor de la pérdida, retrasando para ellos la entrada en ese carnaval de la vida donde la muerte también tiene su sitio.

Fue entonces, durante esos pocos días de refugio en casa de mi tía Rafaela, cuando, husmeando en el altillo, bajo un montón de trastos descubrí una ancha canasta de mimbre repleta de cuentos. Sin saberlo, acababa de abrir de par en par la puerta al maravilloso mundo de la lectura. Aquel desván no tenía nada de excepcional. No era un lugar lúgubre ni enigmático; los rincones no dormían bajo la dictadura de telarañas y polvo, todo lo contrario, relucían como mañana de primavera; y el desván tampoco escondía viejos secretos de fantasmas olvidados. En realidad, era poco más que un pasillo ancho que conducía a la alcoba de mis primas, un lugar donde se almacenaba, sin demasiado orden, la dote que algún día acompañaría a cada una de las futuras novias. Durante horas, que después se convirtieron en días, fui rescatando uno a uno aquellos tebeos arrugados —nunca supe si mi primo Dioni había siquiera llegado a hojearlos— y los devoré con una avidez desconocida.

Regresé a la casa paterna con el corazón encogido por la pérdida, pero con la cabeza bullendo fantasías. En el trance de unos días se había abierto un nuevo horizonte y yo miraba al futuro con otros ojos Sin saberlo, en aquella canasta de mimbre había encontrado mucho más que un puñado de cuentos: había descubierto un verdadero universo de creatividad.

Pasados unos días, siguiendo los pasos, desanduve el camino y regresé al Santo Cristo, aunque ahora con la intención de hurgar en la casona de mi abuela Pura. No recuerdo si fue por intuición o por mera imitación, pero llegué a pensar que, en cada cámara y en cada altillo, debía esconderse una canasta abarrotada de cuentos y novelas. Los abuelos la habían abandonado recientemente obligados por el desamparo de los nietos, por lo que pensé que el solar estaría impoluto. No fue el caso. Nada más encaramarme por las estrechas escaleras de la cámara y asomarse a la altura, distinguí una estancia devastada por el olvido de años, huera. Pude contar alguna silla desvencijada, cajas de cartón despanzurradas, algunos cajones de madera, de aquellos para almacenar frutas y verduras, y un rayo de luz que delataba la atmosfera polvorienta de una estancia que nunca llegó a estar habitada. Pese a ello, allí, entre aquellos sucios embalajes, en uno de aquellos cajones, dormía la poca lectura juvenil de mi padre…, o eso llegué a entender: algunas novelas del oeste de Keith Luger y Silver Kane, ni rastro de Marcial Lafuente Estefanía, y un buen número de cuentos de Roberto Alcázar y Pedrín.

Por inercia, pese a los esfuerzos de mis abuelas, como fui sobrino de ciento e hijo de ninguna madre, seguí buscando nuevas lecturas en cada una de las viviendas de la familia. Pero el pozo ya había quedado yermo.

La lonja del Santo Cristo desde el callejón de mi abuela Pura y la chacha Mariana