En aquellos tiempos, cuando una tragedia golpeaba de cerca a la familia —como ocurría con la prematura muerte de un familiar directo—, existía la costumbre de apartar a los chiquillos durante unos días de la casa materna. Era una forma, quizá, de amortiguar el dolor de la pérdida, retrasando para ellos la entrada en ese carnaval de la vida donde la muerte también tiene su sitio.
Fue entonces, durante esos pocos días de refugio en
casa de mi tía Rafaela, cuando, husmeando en el altillo, bajo un montón de
trastos descubrí una ancha canasta de mimbre repleta de cuentos. Sin saberlo,
acababa de abrir de par en par la puerta al maravilloso mundo de la lectura.
Aquel desván no tenía nada de excepcional. No era un lugar lúgubre ni
enigmático; los rincones no dormían bajo la dictadura de telarañas y polvo,
todo lo contrario, relucían como mañana de primavera; y el desván tampoco escondía
viejos secretos de fantasmas olvidados. En realidad, era poco más que un
pasillo ancho que conducía a la alcoba de mis primas, un lugar donde se
almacenaba, sin demasiado orden, la dote que algún día acompañaría a cada una
de las futuras novias. Durante horas, que después se convirtieron en días, fui
rescatando uno a uno aquellos tebeos arrugados —nunca supe si mi primo Dioni había
siquiera llegado a hojearlos— y los devoré con una avidez desconocida.
Regresé a la casa paterna con el corazón encogido por
la pérdida, pero con la cabeza bullendo fantasías. En el trance de unos días se
había abierto un nuevo horizonte y yo miraba al futuro con otros ojos Sin
saberlo, en aquella canasta de mimbre había encontrado mucho más que un puñado
de cuentos: había descubierto un verdadero universo de creatividad.
Pasados unos días, siguiendo los pasos, desanduve el
camino y regresé al Santo Cristo, aunque ahora con la intención de hurgar en la
casona de mi abuela Pura. No recuerdo si fue por intuición o por mera imitación,
pero llegué a pensar que, en cada cámara y en cada altillo, debía esconderse
una canasta abarrotada de cuentos y novelas. Los abuelos la habían abandonado recientemente
obligados por el desamparo de los nietos, por lo que pensé que el solar estaría
impoluto. No fue el caso. Nada más encaramarme por las estrechas escaleras de
la cámara y asomarse a la altura, distinguí una estancia devastada por el
olvido de años, huera. Pude contar alguna silla desvencijada, cajas de cartón
despanzurradas, algunos cajones de madera, de aquellos para almacenar frutas y
verduras, y un rayo de luz que delataba la atmosfera polvorienta de una
estancia que nunca llegó a estar habitada. Pese a ello, allí, entre aquellos
sucios embalajes, en uno de aquellos cajones, dormía la poca lectura juvenil de
mi padre…, o eso llegué a entender: algunas novelas del oeste de Keith Luger y
Silver Kane, ni rastro de Marcial Lafuente Estefanía, y un buen número de
cuentos de Roberto Alcázar y Pedrín.
Por inercia, pese a los esfuerzos de mis abuelas, como
fui sobrino de ciento e hijo de ninguna madre, seguí buscando nuevas lecturas en
cada una de las viviendas de la familia. Pero el pozo ya había quedado yermo.

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