miércoles, 9 de febrero de 2022

Antonio 'el Tuberista', en recuerdo

En dos traspiés nos pusimos en los canteros de la Cestería, arrimados al Laero, un quiñón en perenne barbecho salpicado de almendros y mustias alcaparreras, que se desliza por la solana del castillo. Desde lo hondo, más que verlo trastear en el otero escucho su retahíla de vituperios y salmodias.

Se trata de un tipo muy delgado, nervudo, arrugado a la fuerza de tanto pelear con la vida. De sempiterna garrota machacona, gorra descolorida y cazadora deslucida. Se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo, su voz de pregón le precedía en un afán constante por no quedar ajeno a las escenas que pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería, mirando de reojo a la Peñasca y clamando con la garrota en alto que no, que lo esperaran para más adelante. Y tronó mil nombres de los muchos que han penetrado en la fortaleza y de los cientos que vaticina que aún la han de visitar. Poco importaba que alguien lo oyera o no, cada mañana, cada tarde y casi cada noche su voz tenía obligada norma de rasgar la plácida atmósfera de Santa María.

Ahora, situados sobre la artificiosa meseta de Santa María, al exterior del recinto fortificado y en el vértice de poniente, escudriñamos al frente el vecino cerro del Gólgota por apreciar si en la solana hay vacas que aventuren lluvia. Se dice que los bichos barruntan los nublos antes que asomen por las lomas de Mosquila, ¡cosas de viejos! Era aquella una mañana de otoño gélida, que tuvo como preámbulo una oscura noche de agua. El café, hirviendo, me armó de valor para encauzar la empinada escalera y buscar sus monólogos. En nuestros encuentros poco lugar había para que uno diera opinión. Mucho escuchar, filtrar algún que otro chisme bondadoso, reírte de cualquier desvarío y aprender… y mucho. La garrota, como sus cuerdas vocales, en constante mudanza. Después de un saludo de rigor, —¿cómo están los chiquillos?—, nos varamos un instante estudiando el horizonte. Era una manera más o menos acordada de dejar claro los intereses del día: esa mañana no tenía tarea pendiente, así lo dejé entrever respondiendo con alguna barbaridad a los improperios sin sentido y huecas amenazas que seguía disparando.

En días como aquel, de agua y tierra removida, gustábamos de rodear el castillo por ver si nos topábamos con alguna moneda negruzca y de poco valor, alguna flecha oxidada o algún tiesto fuera de lugar que llamara la atención. La hacienda, como siempre, solía tener escasa recompensa. Viramos hacia el callejoncillo que lleva a la puerta del Castillo, el de Juan Pablo. De entre el murete de la diestra y el verde de los jazmines asoma una pequeña traza de calicanto, se la indico. Con seguridad, era parte integrante de una estructura defensiva, una entrada en codo, muy utilizada por la arquitectura militar almohade allá donde el foso de agua era argumento imposible. Por su parte, a modo de respuesta, en un pertinaz movimiento de la garrota señala violentamente un tramo de barro moteado de blanco, junto a la farola de la izquierda. —Un pingüe —me indica—, como si no conociera ya la cantinela. Una muela aislada y trozos de una posible rótula inculcan fe a los no creyentes de que la tumba, en su día, estuvo donde índica la punta del báculo. En unos pasos y amena charla nos plantamos junto a la puerta. A nuestra espalda, infiltrado entre la tapia que delimita los corrales de las casas vecinas, un nuevo testigo de tapial viene a ratificar la presencia del artificio codado, que no barbacana.

Como venía ocurriendo casi a diario, a media mañana un tropel de vociferantes escolares intenta colarse en avalancha para llenar de carreras las entrañas de la fortaleza. El caporal introduce el hierro en la cerradura, más ganzúa estrambótica que llave. Logra abrir el portalón no sin esfuerzo y alguna maña, la marabunta entra como una exhalación. Por su parte y de manera más que premeditada, el guía retrocede unos pasos mientras repica sobre el empedrado con el remache de hierro de su garrota y se detiene en firme junto a un panel interpretativo. Alza el cayado y lo dirige a las ruinas de Santa María, poco más que una cripta despedazada y un ábside aún más desvestido. —Socólogo, ¿qué barruntas tú de esto?—, espeta al viento sabiendo que estoy a sus espaldas.

— Otro día, —le digo.

Se toca ligeramente la gorra y apenas baja un ápice el ángulo de la visera. Doy por entendida la insinuación y damos por finado el cónclave.

*****

Decía el bueno de Juanito ‘Mariano’ que una tertulia sin vino y voces, ni era tertulia ni era ná. Con Antonio me di muchas voces, o él me las dio, y eché algunos vasillos de la ‘monja’, pocos, porque la ‘señora’ llegó sin avisar y casi se lo lleva ante el ‘jefe’… y los dejamos. En homenaje, amigo, a los buenos ratos de aprendizaje.




sábado, 18 de diciembre de 2021

Candelaria sin lumbre, Revista de creatividad literaria Manxa

Con puntualidad, cruda, la noche se viste de negro. Gélida, pero curativa, umbral y aurora del necesario amanecer.

En la hondura del llano, vencido por la memoria que me sumerge entre chatarra y melancolía, espero plácidamente y como espectador mi primera candelaria sin lumbre. Por frente, en medio del chortal, un enorme andén de noria pugna por emerger del lodazal. Desde la lejanía y al amparo de la oscuridad, observo que en la Era de la Lechuga, en el llano de Santa María, sobre las ruinas del Corralón y hasta en los quebrados peñones del Mazacote un rosario de minúsculas lucecitas que se elevan con movimientos ondulantes, luciérnagas que oscilan domeñadas por el viento y que distorsionan las sombras de casonas y callejas, la realidad que parece y no es. Remolinos de humo que bailan al son de un frío que hiere, pavesas balanceadas por el cierzo, pequeñísimas almas que escapan en movimientos concéntricos hacia el cielo que las reclama: una negrura claveteada por miles de estrellas centelleantes.

Sumido en la derrota de mi soledad, emergen del humo dormido postales borrosas, lejanas en el tiempo, de mañanas que olían a harina tostá, raspadura de limón, canela y matalahúga. En el recuerdo, los inviernos de mi infancia duermen mecidos por una lenta sucesión de aromas dulces, aceite nuevo y panes que te miran con unos ojos muy grandes. Con la Pura arrancaban los mixtos, un mantecado gestado por la sabiduría familiar, una dulzaina singular que impregnaba con efluvios de anís la tahona del Cotanillo y sus aledaños. Por momentos, cuando se disipa la niebla que encapota el recuerdo, con cierta vaguedad se dibujan escenas iluminadas por cientos de estrellas dulces que alumbran pilas y pilas de latas ennegrecidas… y a un chiquillo que no levanta un palmo. Con la camisa arremangada y embadurnado en harina, el mocoso imagina lo que desea y jamás se hará realidad. Tras la cosecha generosa, los estertores del otoño presagian que con el invierno podría empantanarse la noche más larga.

La candelaria estaba próxima, se barruntaba los preparativos, y la rueda de juntar leña echaba a andar. Comenzaban dos meses de acarreo de cualquier cosa que ardiera, pero también era tiempo de algarradas y tropelías sin límite que conseguían apaciguar algunas inquietudes y el ímpetu sin razón de unos zagales con poco rumbo. De entonces, el humo dibuja estampas que he perdido con el hilo del tiempo, escenas donde la chiquillería arrastra leña recogida en la dehesa, de noches que llegan pronto y te cogen con el haz de ramón a media Amargura y de mañanas frías en la solana de los Turrumbetes con la única intención de segar el cantueso que prendería el corazón de la lumbre. Pero también me trae imágenes de mucho juego e intrigas infantiles en la penumbra del Cotanillo, o en la anchura de la Llaná, metido en alguna pelea a pedradas por robar unos costeros. De cuando en cuando, de entre la borrosa maraña de recuerdos, emerge una fogata calcinada antes de tiempo por impulso de una mente traviesa. La candelaria nos acercaba al terruño y nos hacía comulgar con nuestro entorno. Codo con codo, entre juegos y peleas, tropezones, porcinos y risas… nos hermanaba con cada uno de los rincones de nuestra geografía más cercana. La mágica umbría de las Migaldías nos envolvía bajo su manto verde y nos vendía esperanzas que igual nunca llegaron; suspirábamos ante el enigmático silencio que desprendía el hoyo de la Cueva la Mona mientras esculpíamos un corazón en el Peñón Gordo; y nos atenazaba un miedo atroz con solo escuchar el nombre de la Encantá, un disparate de señora que enjuagaba sus pecados en las oscuras aguas del Pilarejo. Corríamos sin tino ni dirección por la Piedra Escurridera, un berrocal de fantasmagóricas siluetas rocosas… y nos empapábamos con sueños vanos en el arroyo de la Zalá… Nos hacíamos con cada rincón de nuestra tierra, lo domeñábamos y lo respetábamos. Las últimas ascuas traían juegos de barro viejo, cantos y bailes de sierra y renacer, noches de alboroto y tradiciones ancestrales hoy pisoteadas por una modernidad malentendida, por un egoísmo que atenta contra la comunidad y el uso común de la tierra, que ya nada quiere saber de raíces… En el recuerdo, se escucha el eco de campanas que doblan por unas formas de entender la tierra que se apagan. Hoy casi todo es ceniza, noche y desmemoria. Quizá y por todo, siempre, tras la euforia y sin falta llega la noche más cruda.

Con los años, aquella noche, la de la candelaria, se hizo más larga. Al vértigo de la lumbre, sin apenas trance, dieron paso las obligaciones que imponía la nueva realidad. Y así, tras la fiesta de la víspera, la madrugada de San Blas gestaba cientos de rosquillas, las de la greña en la tética, que, por entonces y como diría mi abuela Pura, eran el mejor remedio para cualquier mal de garganta… y quizá para la desmemoria.

Al final de todo, cuando podría parecer que la noche medra y se hace eterna, entonces, sin falta, llegará el nuevo solsticio, mudará la escena y se tornarán los intérpretes. El ciclo de la vida volverá a girar sin preguntarse razones: Deus Sol Invictus.

* ¡¡¡Mil gracias a mi amiga Rosa Cruz por tender puentes!!!





sábado, 11 de diciembre de 2021

Camino de las Quebradas por el Campo de San Miguel...

... a modo de ficción literaria y prólogo al escrito de mi amiga Rosa Cruz. IX Congreso Virtual sobre Historia de las Vías de Comunicación. Para descargar el texto completo y todas las ponencias del Congreso, clicar aquí

Es posible que Miguelico, hace una eternidad, debido a la enorme envergadura de su cuerpo y la mucha garra que dan los pocos años, luciera como el verdadero galán que ya no era, o al menos no lo aparentaba. Esa facha quedó amortizada en los vericuetos de la mala memoria de algunos, con los tiempos que corren lo único verídico es que su apelativo, en cierta manera despectivo, responde con adecuada corrección a la piltrafa que ahora cuelga de su esqueleto.

El tipo era natural del barrio de San Pedro, a tiro de piedra de las ruinas del alcázar viejo de Baeza. Huérfano y de linaje venido a casi nada, desde muy chico se pegó de tortas con todo cristo. Muy pronto comenzó a batallar y preñar entuertos, más que deshacerlos, y no hubo guerra, batalla o trifulca de la época en la que no tuviera parte y protagonismo. Integrado en el Regimiento de Dragones de Villaviciosa, trasteó por media Europa, El Caribe y América del Norte, donde le tocó bailar con las diferentes escaramuzas de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Después volvió a España para darse de hostias con los portugueses, en la Guerra de las Naranjas. Por aquellos primeros años del siglo que le tocó desbaratar, como estábamos de buenas con los franceses, Miguel se alistó en la tropa que apoyó a los ejércitos napoleónicos para poner patas arriba la media Europa que le quedaba por hurgar. Se ve que no estaba lo suficientemente contento con haber sido objetivo de mil disparos de mosquete y tener suficiente metralla en su cuerpo como para dislocar la brújula más precisa. Desde Etruria, atravesó los reinos de Italia, Baviera, Sajonia y Prusia, para sentar sus posaderas en la Pomerania Sueca con la intención nada desdeñable de conquistar Alemania y el Reino Danés. Pero, puesto sobre aviso de los nuevos desencuentros con el francés, en medio de una sarta de cañonazos atravesó el Mar del Norte para regresar a España y defender la bandera. Nada más arribar a las costas del Cantábrico, atravesó toda la Península para unirse al ejército de Extremadura y darse de bruces con la batalla de Talavera, donde cayó de la grupa, perdió la mitad de los dientes y recibió varios enganches de bayoneta. Una vez repuesto, sin caballo y por no enmendar la plana, se enroló en los ejércitos que debían proteger la huida del Duque de Alburquerque a la Isla de León.

Se dice que herido de nuevo, con muchos años guerreados y diversas condecoraciones, cojitranco y sin más horizonte que un retiro digno en sus tierras de Baeza, se vería inhabilitado para el servicio de las armas. Otros, más leídos, afirman que lisiado, renegando de tanta muerte, decidió dejar atrás una vida de desolación. Aunque hay quién afirma, con muy mala fe, que en verdad ya no le quedaba pueblo, raza o color con quien romperse los morros. Volvió a casa con la esperanza de malvivir con las rentas que el ayuntamiento baezano le debía entregar como premio a sus condecoraciones, pero el consistorio, que bien sabía distinguir entre dar las gracias y dar tierras, hizo de su capa un sayo y lo envío a trajinar de ventanilla en ventanilla burocrática, como era costumbre de la época. Estando en aquella situación y con una soldada irrisoria, obligado a tragarse la distinción que portaba en el pecho, que no era otra que una estrella polar y el lema 'Mi Patria es mi Norte', parece ser que tomó la decisión de emigrar a Villamanrique, un villorrio ubicado en el Campo de Montiel, en las estribaciones septentrionales de Sierra Morena, donde tenía una hermana, o quizá sobrina, y acabar sus años quemando piedra en un viejo y desmadejado yesero en desuso. Aunque esto último son decires de corrillo y no hechos suficientemente contrastados[1].

Como el lugar de la cochura en los hornos estaba más para allá que para acá, o lo que es lo mismo en las inmediaciones de la cercana Puebla del Príncipe, el susodicho se hizo de una burra, Verea la llamó, que lo moviera en sus muchos trajines por las anchuras del Campo de San Miguel. También compró una cabra. La una era sumisa, la otra harto parlanchina. Metido ya en su diario, día con día quemaba en el yesero ripios de una roca muy blanquecina llamada de aljez, una piedra que con cierta mesura iba sustrayendo de un otero paliducho erigido frente a las eras de la población, donde la tradición aventaba ganancias. Se trataba de una ligera elevación que dejaba intuir que la sierra se iba al traste y la primera llanura manchega esgrimía sus resecos intereses. Durante el tiempo de espera, que no era poco y aún se hacía más cansino si había con qué calentar la cabeza, como era el caso, las muchas culpas que envolvían el alma de aquel tipo, y como si se tratara de una siniestra metáfora, se recocían y le obligaban a recordar y revivir los momentos más trágicos. A la par que la encina y las coscojas crepitaban calcinando el mineral de yeso, con cierta y recreada lentitud, los campos y bancales comenzaron a desnudarse con vertiginosa crudeza y la solanera plantó sus primeros reales en el lugar. En poco tiempo no le quedaría una mala sombra donde resguardarse de las penurias cotidianas y de las que ya cargaba en el macuto de la memoria.

El tipo, viendo que perdía con la espera, decidió ganarle la batalla al tiempo con otros menesteres menos monetarios, pero de mayor ganancia espiritual. A tiro de piedra del yesero asomaba un quebrado farallón rocoso, volviendo sobre sus pasos y siguiendo el Camino de las Quebradas, un hilo polvoriento que rompía la quietud de la paramera y vagaba entallado entre frondosos emparrados y rastrojos resecos, como la vida misma. Fondeada a un lado de la vieja senda de Almedina barbechaba esta antigua cantera, una boya de sangre anclada en un mar de arcillas rojas. Más allá, a poniente y cerrando la línea del horizonte, se elevaban las mencionadas Quebradas a modo de una enorme ola marina que se nos viniera encima, como una barrera de arrecifes fosilizada desde tiempos inmemoriales. Se trataba de una ordenada sucesión de obleas cársticas en dislocada posición vertical, valga el símil, un frente de hoplitas dispuesto a vencer a los más temibles ejércitos del tiempo y la desmemoria. Siempre estuvieron ahí y es como si quisieran mantenerse en el lugar por toda la eternidad testificando, contrariamente, la cambiante mutabilidad de este mundo

La ‘piedra grana’, como algunos la llamaban, u ‘horadada’, que dice la cartografía del momento, era mucho más fácil de tallar que la caliza de las Quebradas, también es más voluble al paso del tiempo y a la huella del hombre, de dar fe de las historias y tragedias de este mundo. Quizá fue por esta causa que Miguelico, Miguel Rodríguez, último vástago de aquellos 200 Dragones de Santiago de la ciudad de Baeza, los que cabalgaron a sus anchas por las desmembradas taifas andalusíes tras los pasos de Fernando el III, la eligió como soporte donde imprimir su memoria y los pocos anhelos que aún le quedaban. Aunque también es posible que hiciera tal elección por ser camino de mucho tránsito de los ordenados en Santiago sitos en la comarca, en sus idas y venidas a Caravaca, Encomienda de Santiago, cabeza de Partido y custodia del lignus crucis. En la cimentación de la misma, durante los muchos ratos de calcinación, fue socavando un pequeño santuario, más tinada que eremitorio, un diminuto altar de ofrendas. Es posible que lo hiciera para reducir su estancia en el purgatorio, si así fuese penado, pero lo más cierto es que su interés estuviera en minimizar su condena y suplicios en los infiernos, destino que le era mucho más probable. De frente y al fondo del diminuto recoveco, sobre la pared, el morabito fue tallando diferentes símbolos y cruces, según el día y la compostura de cuerpo y alma, con especial presencia de la Santísima Vera Cruz de Cristo y una cruz patada. El hombre, que de muy locuaz tornó a callado y casi mudo, nunca dio mucha explicación de los motivos que lo movieron. Es posible que los grabados estuvieran de mucho antes, de cuando aquello fue cantera y no tenían más simbología que buscar protección para el lugar y la faena, y el anacoreta tan sólo los respetó y acondicionó como eremitorio. También podría ser que el enclave tuviera un papel principal en el camino histórico que unía Villanueva de los Infantes, en realidad una buena parte del Campo de Montiel, con el lugar santo de Caravaca bajo jurisdicción de los santiaguistas, y como tal quedó remarcado con aquellas cruces. No hay que menospreciar que la Vera Cruz era el mayor tesoro de esta bailía y, como tal, baluarte de los ordenados en Santiago. Aunque, por otra parte, tanto el lugar como el camino podrían haber tenido mayor alcance territorial. Cabe entonces la posibilidad que el tramo se correspondiera con el muy bien reseñado por los cartógrafos como Camino de Granada a Villanueva de los Infantes por el Puerto de Montizón y Villamanrique, ciudad que en sus primeros días fue nominada como Belmonte de la Sierra; o quizá sea una variante del mismo, anterior y fosilizada en el tiempo, heredera del periodo andalusí, cuando Almedina tuvo un papel protagonista como encrucijada principal en el Campo de Montiel.

Pudiera ser, aunque seguro que esta opinión cuenta con escasos acólitos, que estas cruces nada tuvieran que ver con tanta cosa de enjundia y actualidad, que en realidad sólo fueran un recuerdo, una ‘quimera’, de unos orígenes personales lejanos, de una grandeza perdida en el camino de toda una vida. Una evocación de aquella Compañía de los Doscientos Ballesteros del Señor Santiago que anidó como gavilán en la plaza fuerte de Baeza.

Se sucedieron los días y las lunas, el páramo ganó presencia y vistieron el Campo de San Miguel todos los colores imaginables. Una tarde noche de ábrego, bajo las pocas estrellas que se intuían, recordó Miguelico el sonido de la lombarda y el olor a pólvora, rememoró la carcajada de la muerte. Puede ser que fuera algo intuitivo, pero buscó refugio en el interior de la covacha, junto a las cruces, y allí se acurrucó como cuando crio. Sólo fue un instante, pero todos los vecinos de la comarca lo escucharon, en la Puebla y Villamanrique, en Almedina y Torre de Juan Abad. Incluso en el castillo de Montizón, cuyo alcaide decía oír poco, y aún en el pueblo más lejano de Terrinches. Sonó como un golpe seco, como si el pétreo rumor de las Quebradas hubiera intentado avanzar sobre una playa imaginaria. ¡Fue como una andanada de artillería en mitad del océano! El techo de la capilla había caído como una sola roca sobre el cuerpo del baezano certificando una muerte que ya regresaba a sus tareas y tenía el punto de mira en otros pagos. Los ripios de piedra desempeñaron su papel como eterno sepulcro de aquel tipo. Olvido, silencio.

Fotografía: Campo de San Miguel / autora: Rosa Cruz Cabrera 

Poniendo epitafio a tanto trajín, llegó la siega y a su fin la calma.

Primero fue la Orden, que se disolvió. Luego vino la huella, el camino, que cayó en desuso. Después, muerto el fundamento siempre se espera ruina y, con tal proceder, le tocó mísero turno al puente sobre el río Guadalén, quedando sus piedras expuestas a la más dura intemperie y a la desmemoria. Finalmente, aquel yeso ‘colorao’ dejó de ser útil para una modernidad modelada de acero y hormigón y sus hornos acabaron como estercoleros. Hoy, cuando no hay más silencio que el ruido de la chicharra y un disparo al aire, las cruces nos evocan el recuerdo de un viejo hidalgo, el último, y los caminos una y otra vez cercenados.


[1] El personaje y su carrera militar están suficientemente contrastados, no así los años finales de su vida: López Cordero, Juan Antonio: ‘El último hidalgo baezano’. En Crónica de la Cena Jocosa de 2000. Asociación de Amigos de San Antón. Jaén, 2001, pp. 63-66.

martes, 19 de octubre de 2021

La realidad histórica y su ficción literaria como herramienta para el desarrollo y la promoción de recursos y rutas turísticas: sobre el 'Camino de la Vía Dolorosa', Baños de la Encina (y 3)

Lámina 14: Recorrido de la 'Vía Dolorosa' en la mañana de Viernes Santo y apelativos de las calles, Baños de la Encina. Fuente: Callejero de Baños de la Encina, 1888. Instituto Geográfico y Estadístico, Trabajos Topográficos.

Lámina 15: Casona de Catalina de Vitorio, en Calle Amargura / Calle Suspiro con Calle de La Cruz.

En Priego y en la misma línea, la vuelta al Convento de San Francisco se realiza por las calles Río y Acequia. El agua se nos presenta en el itinerario como símbolo de renovación, de la resurrección que obligatoriamente tiene que llegar.

            Lo cierto es que el regreso de los pasos procesionales la mañana del Viernes Santo, desde Jesús del Llano a San Mateo, tenía y aún sigue teniendo a la calle Mestanza, ‘roio’ en el Catastro del Marqués de la Ensenada (XVIII), como primera escala. Después, antes de llegar a la Plaza Mayor y encerrarse los pasos en la parroquial, su destino final, se realiza una segunda etapa que tiene a la calle Donosa como protagonista (ahora llamada Isidoro Bodson). Lo que en cierta manera viene a apoyar la tesis de Braulio, pues hasta mediados el siglo XIX el cementerio parroquial flanqueaba la calle Donosa (la margen izquierda según descenso) y, en cierto sentido, tal nombre venía a reafirmar que sí, que la resurrección era posible, que tendría forzosamente que llegar de la mano de Jesucristo, pero sólo para los ‘donosos’, los que estuvieran llenos de gracia, de dones. Lo que justificaba este apelativo para denominar al último hito del callejero en el camino de la ‘vía dolorosa’ que nos trae.

Lámina 16: Calle Mestanza o del ‘roio’ (arroyo), años 70 del siglo XX. Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Lámina 17: Calle Donosa o Isidoro Bodson, flanco derecho en descenso. En primer plano Casa de los Delgado de Castilla. En la margen contraria es donde estuvo localizado el cementerio parroquial hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Lámina 18: Calle Amargura con calle Visitación / Calle Mestanza: empedrado, lo que se llamó en la época ‘pavimento especial’. Década de los 50 del siglo XX. Autor: Archivo particular de Diego Muñoz-Cobo Rosales.

—Pero, Dios mediante, ¡dejad ya el vino y la cháchara! Noto cierto relente, el viento comienza a removerse, —apostilló La Chacona mientras se ponía en pie bieldo en mano.

 

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             Llegados a este punto, es necesario anotar que la mayor parte del itinerario procesional del Viernes Santo no discurre por la llamada como ‘villa vieja’, por el histórico callejero que comenzó a derramarse a la vera del castillo de Baños en las postrimerías de Alta Edad Media. El ‘camino de la Vía Dolorosa’ utiliza una sección de la trama urbana que, pese a gozar de una alta carga histórica y cultural, queda fuera de los recorridos guiados y al uso que vienen ofreciendo los diferentes agentes turísticos. Se trata de otro momento del hilo de la historia, otra forma de entender la comunidad, usar el territorio y construir las edificaciones. Ahora, perdida la identidad militar de la plaza y alejados del barrio de La Cestería y sus casuchas en pendiente, son mayoritarias las calles que cortan trasversalmente las líneas de nivel del Cerro de la Calera. Sumamente empinadas, están flanqueadas por casonas que se derraman a pie llano, sin escalones interiores ni escalinatas, muy amplias, de un blanco que rayaba la pulcritud. Edificadas con piedra local y tapial, se elevan en planta baja y cámara, en ocasiones con bodega, y en su distribución interna desempeña un papel protagonista el carácter agrícola que en aquel momento condicionaba las economías familiares.

Lámina 19: Barbería del Maestro Ponaire, en Suspiro / Herradores: Pedro Ponaire y Rafael El Chin. Autor: Diego Muñoz-Cobo Rosales. Sirva como homenaje por el enorme trabajo de recopilación fotográfica y creatividad que Diego realizó y puso a disposición de todos los bañuscos.

Y ajenas a los contenidos de este figurado ‘viacrucis’, en un intento de hacer que la crónica doméstica comulgara con la Historia entendida de manera más global, estas calles también se fueron impregnado de historias corrientes, sufrimientos, anécdotas y anhelos que las dotaron de un carácter singular, diferente. Un enorme acervo cultural que ha favorecido que estos barrios tengan hoy una identidad propia, una herramienta cultural que podría ser la mejor carta de presentación para implementar un recurso educativo eficaz y con posibilidades para el uso turístico. Este vecindario y su entorno más inmediato no dispone de un castillo, una iglesia o un palacete, pero sustenta alguna de aquellas cálidas panaderías, con su horno panzudo y unos aromas ancestrales; también resiste la casona que dio sede al antiguo puesto de telégrafos y a la no menos añosa centralita telefónica, reflejo el uno y la otra de la bien recibida modernidad de antaño. Son calles que aún rememoran los aromas a anís seco que desprendía el estanco de Paquito Juan Rafael, por Navidad, y se arrebozan con el olor a tomillo e hinojo de las aceitunas de Isabel La Huevera. Curadas con ceniza y agua salobre, de los pozos bañuscos, endulzaban en una imperecedera tina de barra con inacabables ciclos de veintiún días. Y también recuerdan la figura del Maestro Ponaire, un personaje más que singular que transformó su vieja peluquería de señores, la que aún se mantiene en un estado impoluto, en un lugar de encuentro y distendido debate ‘pajaritero’ (silvestrismo[1]).

Lámina 20: Uno de los tres hornos que hubo en el barrio: La Becerrá / Calle Industria, Calle de la Cruz y Calle Suspiro con Cotanillo. En este caso el último de ellos, Horno de los Cantarero (en la fotografía, Bartolomé Cantarero). Autor: Antonio Moreno ‘Miraves’.

Y qué decir de la plazuela de la Cruz, que esconde en sus entrañas uno de esos capítulos de nuestra historia que nunca debieron ocurrir, personificado en su refugio de la Guerra Civil; o qué hay de esos tipos y señoras que fueron muy grandes por tan sólo, o tan mucho, tener un genio desbordante y un hacer muy singular, y que dejaron una huella imborrable en la memoria cotidiana: Lola Cantarero, Lucas Pepinollo con sus fábulas protagonizadas por ‘codines’, y su cuñada Lola, Rita y Cándida, Juan Manuel El de la Tonta cabalgando sobre su cascajoso pascuali, un alboroto de hierros y reventones de carburador, El Obispillo con sus mañas para tener entretenida y embobada a la chiquillería, La Paniagua, Antonio Laruta y Marcelino del Moral, cada cual un virtuoso de la música, en su palo, Don Julio El Practicante, Ángel Mañono con sus ‘artes’ o Chisque, entre otros muchos que sería muy largo enunciar. Personajes todos ellos, su hilo vital, con capacidad para armar el mayor andamiaje discursivo que pueda imaginarse.

Y con todo, aunque quedaría mucho más que relatar, también se localizan pequeños rincones, y algún antro, de fama merecida y no para lo bueno, como ocurría con la calle del Potro, la que ahora se identifica con el tramo superior de la Calle de la Cruz:

 

 ‘Hubo, además, más casos de muerte por arma de fuego en la villa. Los Mármol Galindo estuvieron relacionados con dos casos más. En uno de ellos aparece Juan del Mármol Galindo como víctima de un carabinazo, obra de un recaudador de Millones. Un año antes Gregorio del Mármol Galindo, clérigo de Epístola estuvo implicado en la muerte de un vecino:

De dos arcabuzazos, en esta villa en la calle que llaman del Potro, como a ora de las una del día poco, más o menos.

Las espadas y estoques eran también armas mortíferas, La falta de alumbrado público, carencia propia de la época, hacía que la noche fuese un momento apropiado para llevar a cabo venganzas y encerronas. En enero de 1680, hacia las tres de la madrugada, murió a estocadas Pedro García, también en la calle del Potro’[2].

Lámina 21: Palacete de los Mármol Galindo antes de ser derruido, en calle Mestanza. Con seguridad, el equivalente civil de la reconocida joya barroca del Camarín del Santuario del Cristo del Llano. Autor: Juan Manuel Ortiz.



[1] El silvestrismo es la afición a la captura y cuidados en cautividad de ciertos pájaros de campo, pertenecientes a la familia de los fringílidos, con el objeto de su adiestramiento al canto. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Silvestrismo.

[2] APONTE MARÍN, Ángel: ‘Algunas notas alrededor de un caso de bandolerismo en Baños de la Encina’, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 154. Jaén: Instituto de Estudios Giennenses-Excma. Diputación Provincial de Jaén, 1994. Pág. 139-147.