miércoles, 21 de febrero de 2018

De iglesias, ermitas y humilladeros (I)

El empinado cuestarrón de Trinidad nos obliga a realizar una forzosa parada, necesaria, donde la traza que traemos viene a entenderse con calle Eras. Damos un suspiro notable, como si se nos fuera el alma en el intento. Pie en tierra, alzamos la mirada con la intención de encontrar un mínimo respiro y la vista se nos estampa con la extraña torre ochavada de la parroquia de San Mateo -que en días quizá fuera la vieja de Santa María la Mayor de las crónicas, en sus años menores como infante templo gótico-. Emerge el campanario cortando el horizonte, por encima de un cerco pétreo, una muralla que abrazó la aldea vieja en los primeros años de la modernidad, un gran paredón, un lienzo de enormes y bien labrados sillares de piedra que, más que defender el pago aldeano, fue instrumento de fiscalización de los arrendamientos ganaderos y los portazgos. Así es, pues no en vano cobijaba en sus adentros, a la vera de la parroquia, un gran espacio abierto y terrizo, más corral de contaduría de ovejas merinas que lugar de encuentro social. Negando que nuestros pasos nos lleven a esta plaza, la “mayor” a falta de otra, un giro a la izquierda nos introduce en un laberinto viario de apelativos sencillos, nombres que se aferraban a la dura cotidianidad de entonces: Huérfanos, Fugitivos, Cestería…, menciones que recuerdan los primeros bocetos urbanos que se derramaron a la vera del castillo. Se trata de casuchines y casonas en barranco, de pendiente imposible, fachadas minúsculas y portales angostos; habitáculos de piedra descompuesta, barro y cal que flanquean calles sinuosas, apretadas y estrechas, tiradas en paralelo a las líneas de nivel que elevan el Cerro del Cueto.

En  nuestro requiebro damos esquinazo a otras formas de entender el crecimiento urbano, pues los siglos que sucedieron a la baja Edad Media gestaron flamantes viarios y novedosas formas de apodarlos. Los unos ligados a los pragmáticos usos de la traza -Iglesia, Pósito, Pilar o Cuidado, cuyo apelativo le venía de canalizar las aguas del mencionado pilar por una cuestecilla empinada y resbaladiza; y los otros emparentados con acontecimientos significativos de la vida social: Potro, Donosa, Chacona... La modernidad saltó el cerco aldeano haciendo que una parte del entorno agrícola y uso común se viera salpicado de edificaciones de todo pelaje, tal es el caso de Ejido, Lejidillo, Eras o la Becerrá; por la misma, en el entorno que mediaba entre aldea y ruedo se multiplicaría la presencia de industrias e ingenios con su consecuente apelativo viario: Piedras, Molinos, Mazacote, Canteras y Herradores. Asimismo, ese afán económico y urbano escoltó de casonas los caminos y cañadas, los transformó en calles de honda resonancia: Pozo Vilches o Real, Luzonas, Pozo Nuevo, Mestanza o Carril. Y ante todo, el nuevo orden villano mudó lo terreno en celestial santificando calles, altozanos y callejas, de tal forma que se gestaron apelativos de nuevo cuño para viarios de larga tradición pagana. De esta manera, mudó Cueto en Santa María o Camino de Linares en Trinidad, y se parieron otros de nueva impronta como Madre de Dios, Rosario, Visitación, Calvario o San Ildefonso.

En dos traspiés nos ponemos en los canteros de la Cestería, arrimados al Laero, un quiñón en perenne barbecho, salpicado de almendros y mustias alcaparreras, que se desliza por la solana del castillo. Desde lo hondo, más que verlo trastear en el otero, escucho su retahíla de vituperios y salmodias.

Se trataba de un tipo delgado en exceso, nervudo, arrugado a la fuerza de tanto pelear con la vida. De sempiterna garrota machacona, gorra descolorida y cazadora deslucida. Se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo, su voz de pregón le precedía en un afán constante por no quedar ajeno a las escenas que pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería, mirando de reojo a la Peñasca y clamando con la garrota en alto que no, que lo esperaran para más adelante. Y tronó mil nombres de los muchos que han penetrado en la fortaleza y de los cientos que vaticina que aún la han de visitar. Poco importaba que alguien lo oyera o no, cada mañana, cada tarde y casi cada noche su voz tenía obligada norma de rasgar la plácida atmósfera de Santa María.

Ahora, situados sobre la artificiosa meseta de Santa María, al exterior del recinto fortificado y en el vértice de poniente, escudriñamos al frente el vecino cerro del Gólgota por apreciar si en la solana hay vacas que aventuren lluvia, ¡cosas de viejos! Era aquélla una mañana de otoño gélida que tuvo como preámbulo una oscura noche de agua. El café, hirviendo, me armó de valor para encauzar la empinada escalera y buscar sus monólogos. En nuestros encuentros poco lugar había para que uno diera opinión. Mucho escuchar, filtrar algún que otro chisme bondadoso, reírte de cualquier desvarío y aprender, y mucho. La garrota, como sus cuerdas vocales, en constante mudanza. Después de su saludo de rigor -¿cómo están los chiquillos? -nos varamos un instante estudiando el horizonte. Era una manera más o menos acordada de dejar claro los intereses del día: esa mañana no tenía tarea pendiente, así lo dejé entrever respondiendo con alguna barbaridad a los improperios y huecas amenazas que seguía disparando.

En días como aquél, de agua y tierra removida, gustábamos de rodear el castillo por ver si nos topábamos con alguna moneda negruzca y de poco valor, alguna flecha oxidada o algún tiesto fuera de lugar que llamara la atención. La hacienda, como siempre, solía tener escasa recompensa. Viramos hacia el callejoncillo que lleva a la puerta del Castillo. De entre la piedra del murete de la diestra y el verde de los jazmines asoma una pequeña traza de calicanto, se la indico. Con seguridad, era parte integrante de una estructura defensiva, una entrada en codo, muy utilizada por la arquitectura militar almohade allá donde el foso de agua era argumento imposible. Por su parte, a modo de respuesta, en un pertinaz movimiento de la garrota señala violentamente un tramo de barro moteado de blanco, junto a la farola de la izquierda. -Un pingue -me indica-, como si no conociera ya la cantinela. Una muela aislada y trozos de una posible rótula inculcan fe a los no creyentes de que la tumba, en su día, estuvo donde índica la punta del báculo. En unos pasos y amena charla nos plantamos junto a la puerta. A nuestra espalda, infiltrado entre la tapia que delimita los corrales de las casas vecinas, un nuevo testigo de tapial viene a ratificar la presencia del artificio codado, que no barbacana.

Como venía ocurriendo casi a diario, a media mañana un tropel de vociferantes escolares intenta colarse en avalancha para llenar de carreras las entrañas de la fortaleza. El caporal introduce el hierro en la cerradura, más ganzúa estrambótica que llave. Logra abrir el portalón no sin esfuerzo y alguna maña, la marabunta entra como una exhalación. Por su parte, el guía retrocede unos pasos mientras repica sobre el empedrado con el remache de hierro de su garrota, se detiene en firme junto a un panel interpretativo. Alza el cayado y lo dirige a las ruinas de Santa María, poco más que una cripta despedazada y un ábside aún más desvestido. -“Socólogo, ¿qué barruntas tú de esto? –espeta al viento sabiendo que estoy a sus espaldas.


sábado, 17 de febrero de 2018

El avaro Martín Esteban

Martín Esteban había sido cabrero y ganadero de lanar desde siempre, como lo fue su padre, lo fue su abuelo y con seguridad algún pariente suyo iba en la tropa de Abraham cuando movió su hato de ovejas por medio “creciente fértil”. De andares nada vacilantes y dormir poco, como burro y a cabezás, era hombre de morder aquí y allá, como las hormigas, mucho juntar y de corto gastar. Habiendo heredado un rebaño considerable, en poco tiempo y su mucho bullir lo había doblado en número y camino llevaba de triplicarlo. A la contra, día con día menguaba en carnes y ganaba en harapos. Siguiendo consejos de los que decían tener buenas entendederas y mejor apostolado, en las cosas de su hacienda había cambiado el campo abierto por los establos cerrados; andar a la par que el ganado por darle vuelta de cuando en cuando; cantar coplas al viento y disfrutar soleándose por un bregar sin tino.


viernes, 16 de febrero de 2018

Presentación "Los Molinos del Jacarero"

El sábado, 24 de febrero, a las 19:00 tendrá lugar la presentación de la novela “Los Molinos del Jacarero” en el Salón de Actos del Excmo. Ayuntamiento de Baños de la Encina.

La obra, que tiene como hilo conductor la tradición local del robo de la Cruz del Cristo del Llano, realiza un interesante repaso de los años finales del siglo XIX en Baños de la Encina, de su patrimonio cultural y de los personajes, casi siempre anónimos, que fueron sus protagonistas.

Prólogo: José Adolfo Estepa Blanco.

La presentación contará con varios amigos del autor:

Marga Reig, periodista agroalimentaria
Francisco Jiménez Rabasco, etnólogo
Eugenia Polo Moreno

Patrocinado por el Excmo. Ayuntamiento de Baños de la Encina.
El importe del dinero recaudado durante la presentación será donado en libros a la Biblioteca Municipal.



domingo, 11 de febrero de 2018

El viejo Braulio

En la andanza, sin encontrar la compostura hídrica que buscaban, a mediodía volcaron el barranco de la Salsipuedes, donde las aguas que traían como guiadera entran en nupcias con las del Rumblar. En la lejanía, por encima de ellos, vieron removerse una silueta confusa. Se trataba del viejo Braulio, que trajinaba sobre un promontorio elevado que se alza preñado entre los arroyos de la Rumblosa y Valdeloshuertos, una loma que a modo de espolón se asoma por encima del paraje donde las aguas de uno y otro se entregan a las del río principal. Trasteaba entre pizarrones y chaparreras, entre tiestos de orzas y tinajas, bajo el enorme cortado de Peñalosa, un gigantesco y mágico despeñadero, lugar donde desde viejo anidaban búhos reales y cigüeña negra. Para los que andan y siempre han andado por la cuenca del Rumblar, su topografía simula un seno que cada alborada gesta la salida del astro solar.

Subieron en su busca por revelarle lo que traían y pedir opinión. Tras los saludos de rigor y sin dar pie a que les cuenten su faena, les comenta que “él anda tras los pasos de una ciudad invisible, y que siendo como era de no dejarse ver habría de llegar el día que diera por verse”. Previendo gestos y burlas de los contertulios, les confirma que “entonces pocos se reirían de su afán”.

Moraba arroyo arriba, bajo una peña, más tinada o paridera que casucha, mal viviendo de lo poco que le daba un huerto pergeñado junto al regato. Y era Braulio hombre enjuto, nervudo y fibroso, de poca y plateada cabellera, con tantos años a la espalda que cuando intentaba enderezarla tenía que hacer un esfuerzo de más, y era de meter cabeza en agujero chico y no sacarla.



sábado, 10 de febrero de 2018

Solsticio

Se hizo un silencio casi eterno, el negro cielo se fue tiñendo de color sangre. Del seno de la roca madre, por levante, se alzó un gigantesco disco rojizo anaranjado, que no era otro que el legendario Neitín, hijo de Andara, el señalado como dios guerrero que habría de ser invicto, el que los mitos cantaban que un día habría de llegar:

Y la noche siempre llega, fría, cruda, curativa, / umbral y aurora del inminente renacer. /
Y siempre, sin falta, comparece el solsticio: “Deus Sol Invictus”.

Neitín se alzó definitivamente llenando de una luz inimaginable los cielos. Borró todo atisbo de oscuridad, deslumbró a la madre luna y apagó de una el ardor de los gamusinos. El agua del barranco comenzó a elevarse creando una densa atmósfera de vapor, que según se elevaba iba incubando nubes de mil formas. Una vez en la cúpula celestial, se enfriaba y volvía a caer, así una y otra vez. Y de todo esto nació el río que fue primero, Iber, padre de todos, que por el mucho metal de sus aguas vendría a llamarse Ferrumblar.