domingo, 4 de febrero de 2018

La Candelaria

Y la noche siempre llega, fría, cruda, curativa,
umbral y aurora del inminente renacer.
Y siempre, sin falta, comparece el solsticio: “Deus Sol Invictus”.

En lo hondo del llano, sentado junto a los restos del camión de Columpios y teniendo por frente la gigantesca noria de la Huerta Zambrana, en años, dejo pasar mi primera Candelaria sin lumbre. Al amparo de la oscuridad, en la Era de la Lechuga, en el llano de Santa María, sobre las ruinas del Corralón y hasta en los quebrados peñones del Mazacote atisbo un rosario de minúsculas lucecitas que se elevan con movimientos ondulantes, luciérnagas de oscilaciones quebradas que motean de claridad y alteran las sombras de callejas y casonas, remolinos de humo que bailan al son de un frío que hiere, pavesas balanceadas por el viento, pequeñísimas almas que se escapan en movimientos concéntricos hacia el cielo que las reclama, una negrura salpicada por miles de estrellas.

En el sosiego de la ausencia, emergen del humo dormido postales borrosas de jornadas que olían a raspadura de limón, harina tostá, canela y matalahúga. En el recuerdo, los inviernos de mi infancia duermen mecidos por una lenta sucesión de aromas a dulces y panes de tradición centenaria.

Con la Pura arrancaban los mixtos, un mantecado preñado por la experiencia familiar, una dulzaina singular que impregnaba de efluvios de anís la calleja del Cotanillo, el altozano de la Cuesta de los Herradores y el viario de la Mestanza. De entre la niebla de la memoria consiguen emerger escenas que dan cobijo a cientos de estrellas dulces, pilas de latas negras y un zagal que pugna por alzar las manos sobre la ancha mesa de pino. Eran también días en los que arrancaban las faenas propias de la candelaria y momentos que animaban las inquietudes de los chiquillos de entonces: dos meses de acarreo de madera, cientos de algarradas y tropelías sin límite. El humo eleva estampas borrosas donde los infantes acarrean leña de pino seco arrebatada a las entrañas de la dehesa, noches que llegan pronto y te cogen con el haz de ramón a media Amargura, mañanas frías en la solana de los Turrumbetes en busca del tomillo verde que será la mecha incendiaria…; y trae también imágenes de mucho juego e intrigas infantiles en la penumbra nocturna del Cotanillo, de la Llaná, metido en alguna pelea a pedradas entre barrios por robar unos costeros y, de cuando en cuando, logro apreciar en lo más oculto de mis fantasmas una candelaria calcinada antes de tiempo.

La Candelaria nos acercaba al terruño, nos hacia comulgar con nuestro entorno. Vara a vara, rincón a rincón, codo con codo, entre juegos y peleas, tropezones, pocinos y risas…, nos hermanaba con la Cueva de la Mona y la Serna, también con el Prao y el Polígono; nos daba a conocer la magia de Las Migaldías y nos impregnaba de los miedos del Pilarejo; nos llevaba en volandas por la Piedra Escurridera y recorríamos palmo a palmo el arroyo de la Zalá…; nos hacía conocedores y dueños de nuestra tierra y la respetábamos. Las últimas ascuas traían juegos de barro viejo, cantos y bailes de sierra y renacer, noches de alboroto y tradiciones ancestrales hoy pisoteadas por una modernidad, por un egoísmo que atenta contra la comunidad y el uso común de la tierra, que nada quiere saber de raíces… y se escucha el eco de campanas que doblan por unas formas de entender la tierra que se apagan.

Con los años, aquella noche, la de la Candelaria, se fue alargando y el jolgorio, sin apenas trance, daba paso a obligaciones de la edad. Y así, tras la fiesta de la víspera, la madrugá paría carros y más carros de las rosquillas de San Blas, las de la greña en la tetica, que por entonces, como diría mi abuela Pura, eran el mejor remedio para los males de garganta.


Santa María, años 60

viernes, 2 de febrero de 2018

Sobre la "robda de Vaños"

En el siglo XV, con los muchos años, la creación de la Santa Hermandad y de un ejército profesional, con la parquedad bélica del entorno y los nuevos usos agrícolas y comerciales del territorio, las edificaciones nombradas, unas antes y otras con los últimos estertores de la centuria, mudarían de fortines vigías a lugares de culto, a la par que surgían nuevos eremitorios y capillas, que pasaremos a analizar y que vienen a completar la nómina que presenta el censo de 1511. Así es, con el fin de la Guerra de Sucesión Castellana, la caída del Reino de Granada y el nacimiento de la “empresa americana” surge un nuevo estatus pacífico donde el lugar de Baños ocupa una posición geoestratégica muy privilegiada. Siempre a disposición de la ciudad de Baeza y de las necesidades del Reino, sobre la población del castillo, de su alcaide, declina ahora la obligación de una reorganización fiscal del tránsito y la protección de los caminos que discurren por su término privativo. Con éstas, ya en las postrimerías del siglo XV y con los Reyes Católicos campando a sus anchas, Sus Majestades emiten desde Santa Fe (1492), donde andaban cerrando sus negocios con el Reino Nazarí de Granada, un documento privilegio que permite al “lugar” de Baños la potestad de cobrar en su manso -territorio bajo su jurisdicción o término privativo- el impuesto denominado como “robda” o roda:
“(…) fue acordado que devyamos mandar que de aquí adelante las personas que paguen la dicha roda en el manso de Vilches o Vaños, logares dela dicha çibdad de Baeça, o en Mengibar, que es en térmyno dela çibdad de Jahén, no paguen en la dicha venta del Toldillo, e el que pagare en la dicha venta no la pague en nynguno delos logares susodichos, y que entretanto que en el nuestro consejo señale e dethermine lo que se debe hazer en todos los portadgos e almoxarifadgos e rodas de nuestros reynos que el que ovyere de coger la dicha roda leve de roda delas mercaderías e cargas e bestyas que pasaren por la dicha venta las contyas de maravedíes siguientes (…) Los quales dichos derechos de roda paguen las personas que pasaren por la dicha venta con las dichas bestyas cargadas o vazías como dicho es, que las personas que pagaren la dicha roda en qualquiera delos dichos logares de Vilches, Olivares o Vaños o Menjibar no la paguen en la Venta del Toldillo, e que las personas que pagaren en la dicha venta del Toldillo no paguen en nynguno delos dichos logares”. (AGS, RGS, III-1492, fol. 141)



jueves, 1 de febrero de 2018

¡Vaya "socólogos"!

En mañanas como aquélla, de agua pasada, olor a tierra y laero removido, gustaba de poco hacer y mucho parlamento, de respirar con anchuras y andar a la par con Antonio. Con la charla, nos daba por rodear el castillo y patear las terrazas “de la Mona”, por ver si aparecía tiesto raro, cacho de herrumbre raído y fuera de costumbre, moneda sin valor ni dueño…, y aquella mañana no tenía que ser de otra manera.

Pese a la lluvia, el goteo de viajeros no cejaba, gustaban de hurgar en los misterios de la alcazaba. Algún que otro despistado, fuera de redil, se asomaba al mirador huyendo de la batuta del guía local. Mil veces puesto en el mismo vericueto y situación, no tardabas en escuchar el mismo eco -¡cuánto olivo!

A esto, respondía uno como ajeno a la situación, -la extensa llanura que ve a sus pies fue ocupada por una cuña marítima. Hasta hace poco más de 8 millones de años todo lo que ve estaba ocupado por una extensa lámina de agua, de ahí lo fértil de esta tierra.

Antonio, alejándose con aspavientos de la escena, voceaba sin dirigir la palabra a nadie -un mar, pues no que dice que ahí abajo había un mar, ¡lo habrá visto él!

- Que sí Antonio, que es así, -le respondía-. ¿Pues no sabes de las muchas conchas gigantes que aparecen por encima de la “Casa de las Señora”?, -le argumento.

Abajo, en el llano, el humo de cien hogueras alimentadas con sierpes intenta elevarse. Antonio aligera el paso y se adelanta unos metros, sigue rumiando a media voz, -¡vaya “socólogos” estos!



domingo, 12 de noviembre de 2017

Los pilares de un paisaje urbano: Baños de la Encina

En los primeros años de la "Modernidad", la aldea de “Bannos” se constituye como plaza básica en la protección y abastecimiento del Camino Real de Andalucía a través del Puerto del Rey (su Concejo tenía Concesión Real para el cobro y deberes de “robda”). No en vano la propiedad concejil de la Venta de Miranda era el único punto de aprovisionamiento en el corazón de Sierra Morena -antes lo fue la de Los Palacios en la vía del Muradal-, a medio camino entre el Viso del Marqués y el valle del Guadiel, se posiciona como principal posta del Camino. Gestionada por un arrendatario, su abultado alquiler -14.300 reales anuales- le convierte en uno de los más importantes ingresos de las arcas municipales.

Pese a la baja calidad agraria de los suelos serranos, la bondad climática invernal hace de este territorio al sur de Sierra Morena uno de los principales pastaderos de extremo para la oveja merina castellana, verdadero pilar económico de la Castilla bajomedieval. La brusca unión de las estribaciones serranas con el valle de arcillas miocénicas de la Campiñuela, engendra los primeros destinos territoriales de esta cañada sin necesidad de penetrar en una serranía por aquellos años muy agreste y feraz. La toponimia de algunos de estos parajes nos evidencia su uso ganadero primigenio: Mesto, Majavieja, cerro de la Mesta o Dehesa del Llano.

Junto a estos dos pilares económicos hemos de reconocer un tercero que permitió que la población arraigase en una tierra que, en principio, no era atrayente debido a su carácter agreste: la concesión, realizada por Fernando III, de un “término privativo” propio gestionado por los pobladores de la entonces aldea dependiente del Concejo de Baeza, bajo cuya jurisdicción recaía. Este hecho, posteriormente ratificado por su hijo Alfonso X y distintos monarcas, entre ellos los propios Reyes Católicos, propiciaba la gestión económica de un territorio, sin cargas económicas, bajo el mando de un muy reducido “concejo aldeano” que en principio encabezaba el propio alcaide del castillo. A Corveras y Carvajales, mandatarios encastillados durante las Guerras de “Banderías” acaecidas en las postrimerías de la Edad Media, sucedieron varias ramas familiares que llegaron a estar completamente emparentadas entre sí, y que comandarían la ya Villa a lo largo de los siglos XVII y XVIII: Molina de la Zerda, Delgado de Castilla, Zambrana, Salcedo o Galindo.

Fotografía: Antonio Miraves

jueves, 9 de noviembre de 2017

El vientre de los Turrumbetes

Un tiempo atrás, husmeando por la redes, por fin encontré una mínima referencia a una toponimia tan bañusca como lo es “turrumbetes”. Hasta entonces desconocía totalmente el trasfondo semántico de la misma, más aún, dudo que algún paisano la conociera. Se trataba de una web, de un pequeño municipio de la “vieja” Castilla, que recogía una especie de vocabulario local. Ahí enumeraba la palabra “turrumbero” o “turrumbete”, que definía como barranco o despeñadero.

Con los pies en el Cueto (alto enriscado en castellano viejo) y formando parte de la primera mesnada castellana que arribó con propiedad al castillo, que mejor apelativo que éste para definir el barranco que rodeaba y rodea al coloso.

Era este lugar, por los años de de mi infancia, un excelente lugar para poner patas arriba el trascurrir cotidiano. Por aquellos días y siendo pago donde se elevaba el único hotel del pueblo, el muy afamado Mirasierra, por allí había que moverse para ver a todo “bicho raro“ que llegara al pueblo: maletillas, actores, comerciales… y turistas. Fruto de la efervescencia turística que planeó sobre el municipio en la segunda mitad de los años 60, el inmueble y sus gestores fueron motor de muchas cosas. Recuerdo, muy vagamente, visitar a una señora que vivía en una de las habitaciones del hotel, creo que amiga de mi madre, pintora o costurera…, poco más me viene a la memoria.

Por allí andaba mi vieja escuela de parvulillos, la llamada como Santo Reino. De cotidiano le faltaban a unos pies para salir corriendo del lugar y, cuando llegaba el fin de semana, nos faltaba tiempo para invadirla saltando por encima de los tejados de las cocheras. El objetivo no era otra que dar por sentado que forzabas la voluntad de los mayores… o así lo creo pasados muchos lustros.

Y allí andaba el chalé del Quemado y las escombreras del pueblo, un fenómeno novedoso en momentos en los que se espabilada lo de construir después de muchos siglos de andar la villa agostada. Con una chapa vieja, la significativa pendiente del lugar y la mucha piedra y ladrillo suelto emulábamos por adelantado lo que luego serían los toboganes de los aquapark que habrían de venir, dándonos de morros con el arroyo de “madres” o la perrera de Luis “Chapa”, el propietario del hotel, posiblemente el mejor cocinero de gastronomía local que anduvo por Sierra Morena. Con su cocina ambulante y una pequeña rehala de perros de caza, era por aquella época la verdadera estrella de muchas de las monterías de nuestra sierra.

Por eso, pasados los muchos años, cuando fui por primera vez a Sierra Nevada y me postulaba como posible geógrafo en ciernes, lo primero que hice, nada más bajarme del autobús, fue meter en la nieve los “litros” que llevaba en la mochila -por ponerlos a “punto de nieve”- y buscar un plástico viejo para tirarnos por la misma… y evocar aquellos espectaculares años de nuestra infancia.