martes, 29 de octubre de 2019

A modo de epílogo, otoño

Arrancaba uno de aquellos noviembres preñado de amaneceres limpios, sin una sola nube en el cielo, luminosos, de mañanas que llegaban arropadas de un frío más que crudo y que sucedían a tardes oscuras y lluviosas, que creía por entonces monótonas y de poco lustre y valía ¡qué iluso! Las horas avanzaban tras los visillos contando el tintineo de las gotas de agua que rompían un silencio pausado y complaciente, o con una charla breve, casi apagada, provechosa. Corría uno de aquellos noviembres en los que la vida aún nos saludaba a diario.

Con la noche todavía bien puesta, superando las blancas hiladas de las últimas casas se abría un llano ancho, limpio, infinito, terrizo, salpicado a tramos de eras empedradas aún ajenas a mi cotidianidad, a las mañanas de trilla y a mis tardes de fútbol. La avanzada nos puso por frente, apenas sugiriendo el horizonte, una delgada línea de mampuestos que se aferraba a duras penas a la verticalidad, donde, ante la orden de los mayores, quedó arropado un macutillo escaso de víveres y muy desgastado. Algunos pasos por detrás, a unos metros de la fuente de Marquitos, desde donde me llovían órdenes y regaños, quedaba el hato mayor, con jaulas bien ordenadas y un correoso morral pertrechado de canutillos de cañizo mal pintados en verde, los espartos equitativamente cortados y una pringosa lata de liria, veterana en mil vericuetos y batallas dominicales.

Mientras mi primo izaba varios chaparros varados a la intemperie, que pugnaban por mantener su verdor en ya clara decadencia, mi abuelo faenaba tras el muro de la Viña la Tonta con una lumbre que se resistía sin razones y que empezaba a ennegrecer unas piedras que eran ajenas a la situación, testigos mudos e involuntarios de cientos de aconteceres como el de esa mañana. Haciendo equilibrios sobre el derruido muro, como empezaba a hacerlo con el diario, recibí la orden de traer la lata de liria para que su oscuro contenido, un helado amasijo de auténtico ajonje, pez rubio, aceite frito y agua, volviera a la vida bajo el calor gestado al amparo de la hoguera y el bardal.

Junto al venero, cuando apenas asomaba un hilo de luz por levante, los pájaros de reclamo fueron aupados sobre ganchos de hierro, sobre pequeños montículos de ripios cuando estos se acabaron, para ponerlos a salvo de insectos desagradables. Se daban así por finalizados los prolegómenos. Mi abuelo saludó el día hurgando en el macuto e inaugurando una bota preñada, un pellejo chico y húmedo. Viendo como bajo mis pies se desmoronaba parte del muro, tomé la que parecía definitiva determinación, al menos por el momento, de arrimarme al calor de la fogata y esperar recomendaciones.

Todos tomamos posiciones, aunque al poco y a ratos, rebelde, volvía a auparme a la tapia desmoronada.

Mi primo, arrimándose por vez primera a la hilera de piedras, traía por equipaje una tabla, larga y vieja, algunos espartos cortados y la destartalada lata de liria. Mi abuelo seguía extrayendo y ordenando las pocas viandas del hato, colocándolas sobre dos grandes pizarrones lisos: una talega con el pan partido, mojado y oreado aquella noche, la cabeza de ajos, el aceite…, y demás aperos para las migas de la mañana; y una buena tira de tocino de veta y un tremendo cacho de queso curado que solventarían los honores de la espera.

El vino del pellejo, como las decisiones de la vida, aún me era ajeno.

Mi primo, dejando la madera sobre el muro y viéndome ocioso y pegado a la lumbre, mientras mantenía un ojo y un oído al cielo, los otros al puesto de liria, me alarga un manojillo de espartos y un palo, corto y de estreno, en la cabeza un pegote de pringoso ajonje. Me ordena mirar y seguir su hacienda: sitúa la parte media del esparto sobre el extremo del palo con liria, realiza un movimiento giratorio con el esparto y, con una rapidez inusitada, el hilacho de hierba seca quedaba impregnado de aquel ungüento. A ratos, dediqué aquella primera mañana al aprendizaje de estos menesteres, reponiendo espartos según capturas y evasiones de la presa con pérdida del “arma” vegetal. Aunque la punta de los primeros que empringué quedó cabezolona y con un pegotillo colgando, que haría que, según caminaba la mañana, la liria se corriera e invalidara la herramienta, puso los cimientos de lo bueno y lo malo de otros encuentros matinales semejantes.

A poco que el día clareó, la espera nos trajo a mi padre y tío aparejados de una ancha sartén. Al duro trajín de la noche en la panadería, le sucedía ahora un rato de asueto amarrado a una lumbre, a unas migas y a un puñado de pájaros en un día que me pareció extraño y, por ello y por la nueva, muy especial.

Con la llegada de mi padre, dejé definitivamente las medias alturas de la tapia y bajé con la intención de oír a un hombre que hablaba poco, de escuchar a un padre que comunicaba con su ejemplo. En días como aquéllos tomaron posiciones en mi cabeza ideas extravagantes sobre humanidad, sobre el valor de lo cotidiano, empecé a duras penas a escuchar, y mucho, antes de actuar, a sopesar en su justa medida el esfuerzo constante y diario, sin grandes alardes, dando un paso atrás y cavilando antes de volver al frente.

En aquellos lejanos Santos -fiesta local en Baños de la Encina- había un encuentro con la tierra, de cómo enfrentarse a la vida con las enseñanzas de la tradición de los mayores, algunas buenas y otras malas. Aquellos Santos no eran hijos de los derroteros de la muerte instaurados por el cristianismo en las postrimerías de una Roma decadente; aquellos Santos no conmemoraban la muerte del ciclo estacional de la tierra como hicieran los paganos del norte; aquellos Santos eran el encuentro con la vida, con sus enseñanzas, tras un verano que había achicharrado todo hilo de ella en nuestros montes y campiñas, en Sierra Morena.

La tierra brotaba ahora en los pastos, en los pasos, en sus cosechas de invierno. Hoy, posiblemente, ese espíritu se ha borrado y con él todo atisbo de enseñanza, campando la muerte por doquier. Ahora se cuenta que era un día en el que las campanas doblaban sin descanso ni esperanza, se rememora como una huida; cuando en realidad lo que se narra es un espejismo, una metáfora, un eco que proyecta al pasado la realidad que hoy es.



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