sábado, 23 de mayo de 2026

La tormenta, que vendrá

Pese a mis malos hábitos, de cuando en cuando me agarro a uno bueno. Mi aportación a la Antología Sierra Morena Poesía 2026:

Mientras nos regodeábamos con la absurda generosidad de las vacas gordas, en ganancias y pérdidas que caían en saco vacío, la disciplina y el sentido común cayeron quebrados por el cinismo y una avaricia insulsa. Y en las vueltas que te da el día, cuando no te queda más senda que aquella que camina atenazada entre rebuznos y balidos, observas que la curiosidad, ya moribunda, se desangra bajo la intransigente daga de wikipedias de paja e IAs que alumbran sueños hueros. Y entonces observas que cada huella que dejas, cada voz al viento y cada beso perdido se diluyen en el más inhóspito vacío. Y el molino, fondeado en la quietud del mediodía, estirado como gigante laureado, pero cimentando sobre el fango y la miseria, se regocijaba en las rentas levantadas sobre el rastro de su usura. Mientras tanto, ajeno a los aires dominantes, el común se revuelca ufano en sus vacuos deleites.

Pero en un instante que nadie quiso prever, pese a las muchas predicciones sin razón y vaticinios mal calculados, el cielo se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos rescoldos de la fragua se desperezan y avivan bajo el efecto del fuelle. Y llegó la tarde. Cielo, tierra y ríos eran de color ceniza, y lo eran las plantas, las callejas y sus viviendas, y la gente se vistió de un gris enrabietado. El intenso calor sepultó los recuerdos y todo mérito, y el viento, que andaba entones en calma chicha, se rebeló en un instante. Cuando la negra oscuridad cubrió la noche, vino la lluvia, abundante. Durante la madrugada no fue menos, la oscuridad llegó aparejada con una tormenta de las que desbarata cualquier plan premeditado. En un ataque de furia desmedida, el vendaval elevó bruscamente las aspas del gigante y las hizo volar por los aires. Con el mismo impulso, movió el eje y mandó al garete el palo de gobierno provocando que entre tanto estropicio se arruinara toda la techumbre y se desencajara el fraile. Los estampó contra los corrales de enfrente. Con la cabeza a descubierto, el desconcierto del eje hizo añicos la rueda catalina, la linterna y la tolva, que se derrumbaron sobre las muelas como si de un peso muerto se tratara. Los empiedros se quedaron sin sustento y quebraron las vigas de los dos entresuelos, que cayeron envueltos en un estruendo desolador. Todo el ingenio interior se vino abajo, maderas, herrajes, granos, haciendas y sueños. Una hora, dos y tres…, el viento se calmó y la lluvia comenzó a deslizarse con suavidad, caladera, deshaciendo pacientemente los adobes de barro del piso superior. Los travesaños, destrozados y fragmentados en mil astillas, mostraron con cruenta desnudez su interior, un laberinto de canalillos y madera devorada, serrín. Minúsculos raíles subterráneos, horadados día a día y con constancia, certificaban la cansina e impenitente labor de la polilla. Durante lustros, el gusano, perseverante, había ido deshilvanando cualquier recuerdo de lo que fue la comunidad para moldear una sociedad deshecha por el abuso de la tecnología y una opulencia engañosa. ¡Es la victoria del individuo y la identidad particular de cada metro de tierra!, justificaban sin sonrojarse los voceros.

Con la tormenta, el molino perdió los vientos y su maquila, derramó sus piedras por la cuerda y acabó casi en nada. Allí quedó olvidada la piedra solera del molino, como hidalgo viejo venido a nada, anclada a la que fue su ruina. La volandera también rondó por el lugar, junto a la puerta de levante, pero en uno de aquellos proyectos de adecentamiento del patrimonio, no se sabe cimentado sobre qué criterios, acabó rota en mil pedazos y desperdigada por la escombrera de la Piedra Escurridera. Los sillares buenos acabaron aplomando las esquinas de unas cuantas casuchas, los mampuestos de mayor tamaño enderezaron las corralizas vecinas y los ripios se utilizaron para gestar una de aquellas rechonchas eras de pan trillar, ruedo de piedra, sudor y viento que se derramaba a la sombra vespertina de la ruina. Y de lo que quedó en pie, de nuevas echó a andar la noria del tiempo.

Y es ahora que, sobre los cimientos de la miseria,

‘los hijos de la lluvia están

creciendo a mi alrededor.

Los días vienen y se van,

se desvanecen con mi voz’*.

* 091: La canción del espantapájaros.




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