Según avanzaba el día, el rumor mudaba en silencio, las conversaciones se hacían más nítidas y el aroma anisado calaba en todos y cada uno de los poros del horno. Con el renacer de la tierra, vuelven los olores a dulce, las buenas charlas, las correrías de la chiquillería entre lebrillos y canastas, los restregones de masa cruda… y el buen hacer de aquellas largas y espléndidas mañanas de arte gastronómico gestado en el saber popular.
Es que no se puede entender la Semana Santa sin el aroma de lo que se gesta en una tahona. Los recuerdos se entrelazan fuerte.
ResponderEliminarGracias
Rosa, yo no lo entiendo de otra manera. Aunque cada vez son menos los olores y más las modas de las 'vacas gordas'
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