En la plaza, recepción:
—Que sean buenas tardes. ¡Cuánta
gente de bien vivir veo por aquí! ¿Ha ocurrido alguna desgracia? —Pregunta
Policarpia al público—. Aquí no trabaja ni el Tato, —le dice en voz baja el más
cercano.
—Que yo sepa, ni hoy es
día de boda ni de entierro, —se persigna la Policarpia.
—Ah, ya sé. ¿No estaréis
esperando a una que iba a llevar a los forasteros a ver la cueva de la Mona?
Pues se ha escapado con el cura, —dice la Policarpia a carcajadas.
—Bueno, yo soy la
Policarpia, la Polica pa los amigos, ¿sabéis? Que aquí estamos en confianza.
—Jajajajaja. Ayyyy que
criaturicas. La cueva no es fácil de ver, eh, no se encuentra así como así. Yo
voy para allá, a por tierra amarilla, que es de lo mejor para dejar las
sartenes bien limpicas. No para las mías, que están que chillan, para las de mi
nuera, que es poco guarrilla, ¿saben? —dice la Polica bajando la voz y haciendo
un guiño—. A ver si les da un fregao, que falta les hacen —murmura entre
dientes.
—Podéis veniros conmigo y
así me echáis una mano, ¡qué una está baldá! Los años y la vida. ¡El Polico era
mala gente! —¿Saben?
A la altura de la OJE:
—Cucha,
¿sabéis que era este edificio? —Pregunta la Polica indicando los arcos. Espera
respuesta (sería conveniente que llevara algún tipo de garrota o bastón).
—Pues
esto era el matadero viejo, ¡vamos!, la casucha de matanza. Se contaba que
aquí, todos los años, se mataban más de 800 chivos, pero yo creo que la mitad
eran gatos y ratas —dice con asco—.
A la altura de la Sindical:
—Se detiene de manera
brusca y, con el bastón en alto, indica la puerta de la Sindical—. Sabéis que
aquí, cuando yo era cría y con la feria, ponían una noria enana. Fijaros si era
chica que la metían por la puerta de la Sindical, aunque antes esto fue Casa
del Pueblo. Bueno, pues esta calle, la que sale a la derecha, no existía, esto
era un barranco y una escombrera. ¡Vamos, un basurero!
—Echando a andar por la
calle del Pilarejo—. Por debajo, en lo que ahora es carretera, sólo había una
vereílla, pero la agrandaron y lo nombraron Camino Ancho. ¡¡Gente con cabeza!!
También hicieron este muro y echaron la senda por arriba. ¡Ahora da gusto ir a
por tierra amarilla para quitarle la tizne a las sartenes! ¡¡Ayyyy!!, cuánto ha
llovido desde entonces
Camino de gravilla:
—¡No he andao veces este
camino! Por aquí sembraba mi padre los garbanzos y las habas. ¡Mecachis!, tos
los años nos las robaban.
—Avanzando el camino—. Mirad
que cosas, a esto lo llaman arquitectura en piedra seca. Un bardal, digo yo.
Eso sí, bien asentao, sin mortero ni cemento. Esto era obra de manos sabías y
mucha paciencia, no como el mal bicho que me robaba las habas.
—¿Sabéis?, estas piedras hablan,
cuentan historias de trabajo de sol a sol, de sudores, mucha penuria y miseria.
¡Ay, si yo hubiera cogido a la de las habas! —Con el bastón en alto.
—Mirad,
¿veis eso que parecen escalones? Son bancales, se levantaban para sujetar la
tierra y que el agua no se la llevara con las tormentas. ¡Vamos, se las iba a
llevar otra vez, le corto las manos! Volviendo a los bancales, que me pierdo,
los garbanzos eran duros como piedras, pero al menos calentaban el estómago.
—Cucha, ahora me viene a
la memoria mi comadre, Juana, la Recorta. La pobre, que era muy chiquitica. ¡No
le daban miedo las tormentas ni ná!, se pasaba las noches enteras en vela, reza
que te reza. Dios la tenga en su gloria. Aunque no sé, era un mal bicho, ¿no sería
ella quien me quitaba las habas?
A la altura del primer hueco en los setos
(se ve la cueva del Grajo).
—Al hilo de las tormentas,
¿veis aquel camino? Llevaba a las fuentes del pueblo, de donde antes se bebía
el agua, que en el pueblo no había ni una gota. Eran cuatro, la de la Cayetana,
Socavón, la Pacheca y Salsipuedes. Se iba con burros y con el cántaro en la
cintura. ¡Ay, que yo la tengo para perderla!
—Bueno,
¿veis un huequecico por debajo del camino? Esa es la cueva del Grajo. Ahí se
protegían los chiquillos, los que llevaban a pastar cuatro cabras, en días de
tormenta. Ahí, to encogiicos, pa perder la vida con una mala chispa.
—Oye,
¿tú sabes que son los chorchos? —pregunta con ironía al más cercano
(Espera
a que haya respuesta o no)
—Pues de eso también sembraba mi padre. Es el altramuz,
una legumbre, como los garbanzos y las habas.
Junto al cartel bueno de las Dos Hermanas
—Bueno, pues ya casi
estamos. No era pa tanto el viaje, ¿verdad? Aunque to el mundo la llama la
cueva de la Mona, su verdadero nombre es de la Niña Bonita. ¡Si es que no hay
na más que enteraos y la mitad son tontos!
—En verdad se trata de una
cata minera, una mina, que perteneció al marido de Agustina, un hombre de
muchos cuartos y pocas luces que babeaba a la primera palabra de su señora. La
verdad es que la tipa es guapa, guapa. Eso es cierto. Con cuatro zalamerías lo
convenció pa darle trabajo a los hermanos, que no es que sean vagos, no, son lo
siguiente.
—Son muy daos a destripar
chumbos, porque terrones bien poquitos.
—¡Ayyy, los hermanos! Que
casi me pillan dándole a la sin hueso. Míralos, to tiraos. Seguro que medio
borrachuzos —le dice al más cercano al oído—. Estos muy dados a la sombra y al
vino, que al pico y la pala ná —reafirma como en un murmullo.
—Al
poco de casarse, Agustina enviudó y tuvo que ponerse al frente de los negocios
del marido. Entre ellos esta ruina de mina. —En voz baja—, yo creo que están
encontrando monedicas de los moros y lo callan. Por eso siguen cavando.
En la cueva de la Mona
—Ea,
pues ya estamos aquí. Miren, ahí tienen al orgullo de la familia.
(aparecen
los hermanos recostados en la pared, holgazaneando)
—Ya está aquí esta
petarda, yo creo que nos vigila. ¿Polica, dónde vas con esa gente? ¿A sacarles
los cuartos? —Le responde con desgana el
primer hermano.
—¡Anda,
sacamuelas! Yo voy con ellos por darles compañía y un poco de conversación.
—Hermano,
¡qué jartura de tía! No hay día que no nos joda la siesta —le comenta con
desgana el hermano 2 al primero.
—El
hermano 1 se levanta y se dirige al grupo— ¿No querrán entrar a la mina? Por
una perra chica les pico el billete y vamos para adentro.
—¿Ustedes saben que
sacamos de aquí? Bueno, lo de sacar es un decir, que no sacamos ná ¿Pero saben
qué extraemos? —Deja de hablar un momento y espera respuesta.
—Galena
argentífera, mucho de plomo y un poquito de plata. Mucho de ná y ningún parné,
eso es lo que sacamos. Venga, ¿vamos unos pocos para adentro?, —pregunta el
hermano 1.
—A
tiempo están de quedarse aquí, al solecico, que ahí sólo hay mosquitos y
murciélagos. Con lo agustico que se está aquí, ¿verdad Polica? —Recomienda el
hermano 2.
(Aparece
Agustina)
—Bien agusticoooo que
estáis, ¿no? —Vocea con genio Agustina
(Se
levanta el hermano 2 y se pone firme el 1, cambian el talante y se ponen
sumisos)
—¿Saben cuándo está agustico
una servidora?, —pregunta la hermana dirigiéndose a los viajeros— Cuando estos
vagos sacan una buena piedra de mineral y se ganan el jornal, que yo sí les
pago a diario: 7 peseticas, ¡Ay, me llevan a la ruina! No hacen otra cosa que
críar sombra y barriga.
—Hermano 1 afligido— Hermana,
estábamos tratando con estas buenas gentes. Por unas perricas les íbamos a
enseñar la mina. Por supuesto, los cuartos serían para ti.
—Agustina
los mira irritados y con pena— Vagos y mastuerzos, vaya tropa que trajo mi
madre al mundo.
—Respira hondo y con
porte elegante se dirige al grupo— Disculpen ustedes, me llamo Agustina,
propietaria de la mina y hermana de estos verracos. Algunos piensan que una
mujer sola no puede hacer nada, que cuando el marido muere todo se acaba. Yo
perdí al mío, sí, pero no perdí la cabeza. Ni la voluntad ni la mina. Y aquí
ando, sacándola adelante pese a tener dos hermanos inútiles. Lo cierto es que
tengo otra mina, junto al río Grande, que va bien. ¡Si no fuera por aquella!
—Y ahora, que ya conocen
mi historia y lustre, quiero que entren y la vean con sus ojos, de primera mano.
Mis hermanos les mostraran el camino, uno por delante y otro por detrás, ellos
conocen cada veta y los secretos que guarda. También saben de vino y baraja.
¡Mecachís!, lo único que desconocen son las ganas de trabajar —dice con pena.
—Se dirige a sus hermanos
en tono serio y tajante— Id por delante y recordad, sois los guías, pero aquí la
que manda soy yo. Que nadie se confunda.
En el interior de la
cueva
(Entra
un primer grupo y Agustina se lleva a la otra mitad a donde está el baldosín
bueno de las Dos Hermanas, a contarle la historia, muy breve. Después lo hará
con el otro grupo).
—Nada más entrar, el hermano 1, que va por delante, da
las instrucciones necesarias para el recorrido—. Vamos a entrar de uno en uno,
en fila india, con el candilico encendido y con cuidado de no tropezar con
nada. —Veréis que en todo el trayecto domina la pizarra y también hay pequeñas
vetas de cuarzo. ¡Su madre lo duras que están!
—Sin detenerse en el trayecto, al fondo hace una parada y
se dirige al grupo—. Se cuentan muchas leyendas de esta gruta, que si fue
lazareto para leprosos, que es un túnel que hicieron los moros para guardar sus
tesoros y escapar en caso de asedio, que si comunica con las Salas Galiarda,
que es un castillo romano, pasando por debajo del río… ¡¡todo chismes, ni una
perrilla ha aparecido! El agujero lo hemos abierto mi hermano y yo a pico, pala
y barrenando. Y no hemos encontrado nada, —afirma con pena.
—Ahora,
cuando los primeros del grupo vean lo que les voy a enseñar, vamos pasando de
uno a uno y lo ve el resto. Si os fijáis bien, en las paredes veréis la huella
que dejaron los barrenos, una especie de taladro gigante. Queda como un hueco en
forma de tubo pequeño partido por la mitad. Aquí nada de dinamita, ¡¡todo a
pulmón, cof, cof!!
(Regresan
sobre las mismas, haciendo el hermano 2 alguna broma sobre la presencia de
murciélagos y fantasmas).
(Una
vez todos fuera, los dos grupos, se reanuda la marcha).
—Al
pasar junto a la fuente de la cueva de la Mona, la Polica mete baza—, echen
unos reales a la fuente, que dicen que da muy buena suerte. ¡Echen unas
peseticas y pidan un deseo gordo! —Baila cantarina
alrededor de la gente.
Llegando a la tierra amarilla
—En fin..., ¡¡vaya día
llevamos!! —dice la anciana sacudiéndose el delantal— No me distraigan más, que
yo venía a por tierra amarilla y se me va a echar la noche encima. Ya verás, vuelvo
de vacío.
—¡¡Leches, la tía
quejica!!, Polica, ahí tienes tierra, reluce como el sol —le dice el hermano 1.
—La anciana se adelanta con
entusiasmo, pero de pronto se para en seco— Pero y esto, maldita sea mi estampa
¿Quién ha enchironao la tierra? ¿Esta valla? —Maldice la vieja.
—Jajajajaja. Polica, esto
antes no pasaba. Pues te han jodido la tarde. Bajemos un poco más, creo que he
visto algo más abajo.
—Un momento, un momento,
que esta gente de fuera querrá saber por dónde andamos. A ver, los forasteros, ¿que
os recuerda esto? —muestra un fósil marino y espera respuesta del grupo.
—Pues igual que estos,
pero diminutos, los tenemos entre esta tierra, que realmente es una arenisca.
Son crustáceos y microorganismos que fosilizaron entre los limos de un fondo
marino.
—¿Mariiiiiinos? —se ríe
la Polica—. Vaya tía chismosa esta Agustina. Restos son, pues claaaaaro, pero
de alguna paella que se han zampao tus hermanos.
—Que
no, que no. Que todo este valle, hace unos 8 millones de años, era un brazo de
mar, el mar de Thetis, —explica dirigiéndose al grupo.
—Jajajaja — se ríe la
Polica a carcajadas.
—Verás
y como acaban de los pelos —dicen los dos hermanos a la vez.
—Sí señora, no se ría
usted tanto, estos pequeños seres, sus caparazones, estaban formados con
carbonato cálcico y se transformaron en calizas diminutas. Alguna cal para
encalar portales se ha sacado de los fósiles mayores, que por aquí escasea.
—¿Ustedes
se lo creen? ¿Se imaginan los pececicos por nadando por aquí? Glu, glu, glu. Jajajaja,
¡¡vaya chismosa!!
—Anda
Polica, aquí tienes la tierra. Tira, tira, que la vais a liar —le dice el
hermano 1.
—Que alegría, verás que
contenta se va a poner mi nuera —dice socarrona mientras se agacha y mete un
poco de tierra en su cubo.
—Continúa
el Paseo. De pronto, la anciana se adelanta y exclama con mucha alegría—. ¡Madre
del amor hermoso, qué preciosidad! Bien verde y fuerte que está —dice dirigiéndose
a unas matas de romero.
—Ni que hubiera encontrado un tesoro, o un novio. ¡¡A su
edad!! —Ríen a carcajadas los dos hermanos.
—Mucho
mejor, ¿ustedes saben, el romero es buen remedio para las rodillas?
—¿Para
tus rodillas? —le pregunta el hermano 1.
—Sí, sí. Romero,
aguardiente y a macerar al sol, que así lo hacía mi madre. Luego, por la noche,
unas buenas friegas y me levanto con 20 años menos.
—Yo creo que se lo mete entre pecho y espalda
de un buen lingotazo —dice Agustina, muy estirada.
—¿Alguien más tiene artrosis?
Que he visto por ahí rodillas que parecían cebollas —se dirige al grupo con una
mirada intensa.
—El
romero aguanta el mucho sol, el suelo de piedra y el frío, crece donde nada
puede crecer, como la mala hierba. Vamos, como la Polica. Y ahora, que ya tienes
la tierra para las sartenes y el romero para tus lingotazos, digo, para las rodillas,
¿podemos seguir con el paseo? Hoy se nos hace de noche —sentencia Agustina.
En camino al Pozo de la Vega
(Agustina se adelanta con paso firme hasta alcanzar el
muro de pizarra que antecede a la Casa Vilches y queda a la izquierda)
—Polica,
mira, otro bardal de los que a ti te gustan. Este es muy bonito, de pizarra, y
está bien firme. Y esa chimenea, ¿de qué es? —pregunta Agustina.
—¡¡Mira, no me digas que
no lo sabes!! Es la chimenea de la Casa Vilches, un antiguo molino de aceite.
¡¡Ay, pues no he sisao yo aceite de aquí!! Eran unos despistaos —le responde la
Polica.
—Venga, venga, vamos pa
delante que no llegamos al pueblo. Mira, ya está ahí el Pozo de la Vega,
enfrente nuestra —refunfuña el hermano.
(Siguen caminando hasta alcanzarlo).
—Veis como ahí está el
pozo, no os íbamos a engañar —complementa la Polica.
—Eso, eso, hermana, que
luego dicen que no contamos na más que cuentos.
—En realidad, este sitio
era es un cruce de caminos muy importante. Por aquí pasaba el Camino que bajaba
de la corte —explica Agustina.
—Sí, sí. Aquí el brocal
con su babero de piedra, aquí una pileta y un pilón bien puestecicos. Bueno,
bien puestecicos, la pileta la han hecho polvo. No hay más que gentucilla
destructora.
—Por allí, el camino
Cascarrillo, por ahí, el camino Linares o de las Viñas, y, por aquí…, pues por
donde hemos venío. Venga, venga, que nos florean la tapa y, como nos
descuidemos, también la cerveza —grita el hermano.
—¡Ayyyy, que vida tenía
este pozo! —solloza la Polica recordando otros tiempos. En estos pilones bebían
las bestias.
—En este circular de
granito, las de labor, cabras y cerdos en la pileta rectangular de arenisca.
¿Veis las marcas de desgaste? Esto no es ni de la lluvia ni del viento. Siempre
se ha dicho que era de afilar hachas y hocinos, pero no, la piedra de granito
no afila. Lo han hecho los años y los hocicos de las bestias, aunque es posible
que alguna navaja se afilara en la pileta de arenisca —añade Agustina.
—Na, que no hoy no ceno —lloriquea
el hermano.
—Bueno, mañana más.
¡¡Pues no que me he quedado con gana de más charla!!
—Venga, venga…, que verás como no nos dejan ni un roalillo en la barra del bar pa echar una cerveza.
SALUDO AL PÚBICO Y THE END


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