martes, 21 de abril de 2026

Romance de la Cueva de la Mona

En la plaza, recepción:

—Que sean buenas tardes. ¡Cuánta gente de bien vivir veo por aquí! ¿Ha ocurrido alguna desgracia? —Pregunta Policarpia al público—. Aquí no trabaja ni el Tato, —le dice en voz baja el más cercano.

—Que yo sepa, ni hoy es día de boda ni de entierro, —se persigna la Policarpia.

—Ah, ya sé. ¿No estaréis esperando a una que iba a llevar a los forasteros a ver la cueva de la Mona? Pues se ha escapado con el cura, —dice la Policarpia a carcajadas.

—Bueno, yo soy la Policarpia, la Polica pa los amigos, ¿sabéis? Que aquí estamos en confianza.

—Jajajajaja. Ayyyy que criaturicas. La cueva no es fácil de ver, eh, no se encuentra así como así. Yo voy para allá, a por tierra amarilla, que es de lo mejor para dejar las sartenes bien limpicas. No para las mías, que están que chillan, para las de mi nuera, que es poco guarrilla, ¿saben? —dice la Polica bajando la voz y haciendo un guiño—. A ver si les da un fregao, que falta les hacen —murmura entre dientes.

—Podéis veniros conmigo y así me echáis una mano, ¡qué una está baldá! Los años y la vida. ¡El Polico era mala gente! —¿Saben?

 

A la altura de la OJE:

            —Cucha, ¿sabéis que era este edificio? —Pregunta la Polica indicando los arcos. Espera respuesta (sería conveniente que llevara algún tipo de garrota o bastón).

            —Pues esto era el matadero viejo, ¡vamos!, la casucha de matanza. Se contaba que aquí, todos los años, se mataban más de 800 chivos, pero yo creo que la mitad eran gatos y ratas —dice con asco—.

 

A la altura de la Sindical:

—Se detiene de manera brusca y, con el bastón en alto, indica la puerta de la Sindical—. Sabéis que aquí, cuando yo era cría y con la feria, ponían una noria enana. Fijaros si era chica que la metían por la puerta de la Sindical, aunque antes esto fue Casa del Pueblo. Bueno, pues esta calle, la que sale a la derecha, no existía, esto era un barranco y una escombrera. ¡Vamos, un basurero!

—Echando a andar por la calle del Pilarejo—. Por debajo, en lo que ahora es carretera, sólo había una vereílla, pero la agrandaron y lo nombraron Camino Ancho. ¡¡Gente con cabeza!! También hicieron este muro y echaron la senda por arriba. ¡Ahora da gusto ir a por tierra amarilla para quitarle la tizne a las sartenes! ¡¡Ayyyy!!, cuánto ha llovido desde entonces

 

Camino de gravilla:

—¡No he andao veces este camino! Por aquí sembraba mi padre los garbanzos y las habas. ¡Mecachis!, tos los años nos las robaban.

—Avanzando el camino—. Mirad que cosas, a esto lo llaman arquitectura en piedra seca. Un bardal, digo yo. Eso sí, bien asentao, sin mortero ni cemento. Esto era obra de manos sabías y mucha paciencia, no como el mal bicho que me robaba las habas.

—¿Sabéis?, estas piedras hablan, cuentan historias de trabajo de sol a sol, de sudores, mucha penuria y miseria. ¡Ay, si yo hubiera cogido a la de las habas! —Con el bastón en alto.

            —Mirad, ¿veis eso que parecen escalones? Son bancales, se levantaban para sujetar la tierra y que el agua no se la llevara con las tormentas. ¡Vamos, se las iba a llevar otra vez, le corto las manos! Volviendo a los bancales, que me pierdo, los garbanzos eran duros como piedras, pero al menos calentaban el estómago.

—Cucha, ahora me viene a la memoria mi comadre, Juana, la Recorta. La pobre, que era muy chiquitica. ¡No le daban miedo las tormentas ni ná!, se pasaba las noches enteras en vela, reza que te reza. Dios la tenga en su gloria. Aunque no sé, era un mal bicho, ¿no sería ella quien me quitaba las habas?

 

A la altura del primer hueco en los setos (se ve la cueva del Grajo).

—Al hilo de las tormentas, ¿veis aquel camino? Llevaba a las fuentes del pueblo, de donde antes se bebía el agua, que en el pueblo no había ni una gota. Eran cuatro, la de la Cayetana, Socavón, la Pacheca y Salsipuedes. Se iba con burros y con el cántaro en la cintura. ¡Ay, que yo la tengo para perderla!

Bueno, ¿veis un huequecico por debajo del camino? Esa es la cueva del Grajo. Ahí se protegían los chiquillos, los que llevaban a pastar cuatro cabras, en días de tormenta. Ahí, to encogiicos, pa perder la vida con una mala chispa.

            —Oye, ¿tú sabes que son los chorchos? —pregunta con ironía al más cercano

(Espera a que haya respuesta o no)

            —Pues de eso también sembraba mi padre. Es el altramuz, una legumbre, como los garbanzos y las habas.

 

Junto al cartel bueno de las Dos Hermanas

—Bueno, pues ya casi estamos. No era pa tanto el viaje, ¿verdad? Aunque to el mundo la llama la cueva de la Mona, su verdadero nombre es de la Niña Bonita. ¡Si es que no hay na más que enteraos y la mitad son tontos!

—En verdad se trata de una cata minera, una mina, que perteneció al marido de Agustina, un hombre de muchos cuartos y pocas luces que babeaba a la primera palabra de su señora. La verdad es que la tipa es guapa, guapa. Eso es cierto. Con cuatro zalamerías lo convenció pa darle trabajo a los hermanos, que no es que sean vagos, no, son lo siguiente.

—Son muy daos a destripar chumbos, porque terrones bien poquitos.

—¡Ayyy, los hermanos! Que casi me pillan dándole a la sin hueso. Míralos, to tiraos. Seguro que medio borrachuzos —le dice al más cercano al oído—. Estos muy dados a la sombra y al vino, que al pico y la pala ná —reafirma como en un murmullo.

            —Al poco de casarse, Agustina enviudó y tuvo que ponerse al frente de los negocios del marido. Entre ellos esta ruina de mina. —En voz baja—, yo creo que están encontrando monedicas de los moros y lo callan. Por eso siguen cavando.

 

En la cueva de la Mona

            —Ea, pues ya estamos aquí. Miren, ahí tienen al orgullo de la familia.

(aparecen los hermanos recostados en la pared, holgazaneando)

—Ya está aquí esta petarda, yo creo que nos vigila. ¿Polica, dónde vas con esa gente? ¿A sacarles los cuartos?  —Le responde con desgana el primer hermano.

            —¡Anda, sacamuelas! Yo voy con ellos por darles compañía y un poco de conversación.

            —Hermano, ¡qué jartura de tía! No hay día que no nos joda la siesta —le comenta con desgana el hermano 2 al primero.

            —El hermano 1 se levanta y se dirige al grupo— ¿No querrán entrar a la mina? Por una perra chica les pico el billete y vamos para adentro.

—¿Ustedes saben que sacamos de aquí? Bueno, lo de sacar es un decir, que no sacamos ná ¿Pero saben qué extraemos? —Deja de hablar un momento y espera respuesta.

            —Galena argentífera, mucho de plomo y un poquito de plata. Mucho de ná y ningún parné, eso es lo que sacamos. Venga, ¿vamos unos pocos para adentro?, —pregunta el hermano 1.

            —A tiempo están de quedarse aquí, al solecico, que ahí sólo hay mosquitos y murciélagos. Con lo agustico que se está aquí, ¿verdad Polica? —Recomienda el hermano 2.

(Aparece Agustina)

—Bien agusticoooo que estáis, ¿no? —Vocea con genio Agustina

(Se levanta el hermano 2 y se pone firme el 1, cambian el talante y se ponen sumisos)

—¿Saben cuándo está agustico una servidora?, —pregunta la hermana dirigiéndose a los viajeros— Cuando estos vagos sacan una buena piedra de mineral y se ganan el jornal, que yo sí les pago a diario: 7 peseticas, ¡Ay, me llevan a la ruina! No hacen otra cosa que críar sombra y barriga.

—Hermano 1 afligido— Hermana, estábamos tratando con estas buenas gentes. Por unas perricas les íbamos a enseñar la mina. Por supuesto, los cuartos serían para ti.

            —Agustina los mira irritados y con pena— Vagos y mastuerzos, vaya tropa que trajo mi madre al mundo.

—Respira hondo y con porte elegante se dirige al grupo— Disculpen ustedes, me llamo Agustina, propietaria de la mina y hermana de estos verracos. Algunos piensan que una mujer sola no puede hacer nada, que cuando el marido muere todo se acaba. Yo perdí al mío, sí, pero no perdí la cabeza. Ni la voluntad ni la mina. Y aquí ando, sacándola adelante pese a tener dos hermanos inútiles. Lo cierto es que tengo otra mina, junto al río Grande, que va bien. ¡Si no fuera por aquella!

—Y ahora, que ya conocen mi historia y lustre, quiero que entren y la vean con sus ojos, de primera mano. Mis hermanos les mostraran el camino, uno por delante y otro por detrás, ellos conocen cada veta y los secretos que guarda. También saben de vino y baraja. ¡Mecachís!, lo único que desconocen son las ganas de trabajar —dice con pena.

—Se dirige a sus hermanos en tono serio y tajante— Id por delante y recordad, sois los guías, pero aquí la que manda soy yo. Que nadie se confunda.

 

En el interior de la cueva

(Entra un primer grupo y Agustina se lleva a la otra mitad a donde está el baldosín bueno de las Dos Hermanas, a contarle la historia, muy breve. Después lo hará con el otro grupo).

            —Nada más entrar, el hermano 1, que va por delante, da las instrucciones necesarias para el recorrido—. Vamos a entrar de uno en uno, en fila india, con el candilico encendido y con cuidado de no tropezar con nada. —Veréis que en todo el trayecto domina la pizarra y también hay pequeñas vetas de cuarzo. ¡Su madre lo duras que están!

            —Sin detenerse en el trayecto, al fondo hace una parada y se dirige al grupo—. Se cuentan muchas leyendas de esta gruta, que si fue lazareto para leprosos, que es un túnel que hicieron los moros para guardar sus tesoros y escapar en caso de asedio, que si comunica con las Salas Galiarda, que es un castillo romano, pasando por debajo del río… ¡¡todo chismes, ni una perrilla ha aparecido! El agujero lo hemos abierto mi hermano y yo a pico, pala y barrenando. Y no hemos encontrado nada, —afirma con pena.

—Ahora, cuando los primeros del grupo vean lo que les voy a enseñar, vamos pasando de uno a uno y lo ve el resto. Si os fijáis bien, en las paredes veréis la huella que dejaron los barrenos, una especie de taladro gigante. Queda como un hueco en forma de tubo pequeño partido por la mitad. Aquí nada de dinamita, ¡¡todo a pulmón, cof, cof!!

(Regresan sobre las mismas, haciendo el hermano 2 alguna broma sobre la presencia de murciélagos y fantasmas).

(Una vez todos fuera, los dos grupos, se reanuda la marcha).

Al pasar junto a la fuente de la cueva de la Mona, la Polica mete baza—, echen unos reales a la fuente, que dicen que da muy buena suerte. ¡Echen unas peseticas y pidan un deseo gordo! Baila cantarina alrededor de la gente.

 

Llegando a la tierra amarilla

—En fin..., ¡¡vaya día llevamos!! —dice la anciana sacudiéndose el delantal— No me distraigan más, que yo venía a por tierra amarilla y se me va a echar la noche encima. Ya verás, vuelvo de vacío.

—¡¡Leches, la tía quejica!!, Polica, ahí tienes tierra, reluce como el sol —le dice el hermano 1.

—La anciana se adelanta con entusiasmo, pero de pronto se para en seco— Pero y esto, maldita sea mi estampa ¿Quién ha enchironao la tierra? ¿Esta valla?  —Maldice la vieja.

—Jajajajaja. Polica, esto antes no pasaba. Pues te han jodido la tarde. Bajemos un poco más, creo que he visto algo más abajo.

—Un momento, un momento, que esta gente de fuera querrá saber por dónde andamos. A ver, los forasteros, ¿que os recuerda esto? —muestra un fósil marino y espera respuesta del grupo.

—Pues igual que estos, pero diminutos, los tenemos entre esta tierra, que realmente es una arenisca. Son crustáceos y microorganismos que fosilizaron entre los limos de un fondo marino.

—¿Mariiiiiinos? —se ríe la Polica—. Vaya tía chismosa esta Agustina. Restos son, pues claaaaaro, pero de alguna paella que se han zampao tus hermanos.

            —Que no, que no. Que todo este valle, hace unos 8 millones de años, era un brazo de mar, el mar de Thetis, —explica dirigiéndose al grupo.

—Jajajaja — se ríe la Polica a carcajadas.

            —Verás y como acaban de los pelos —dicen los dos hermanos a la vez.

—Sí señora, no se ría usted tanto, estos pequeños seres, sus caparazones, estaban formados con carbonato cálcico y se transformaron en calizas diminutas. Alguna cal para encalar portales se ha sacado de los fósiles mayores, que por aquí escasea.

            —¿Ustedes se lo creen? ¿Se imaginan los pececicos por nadando por aquí? Glu, glu, glu. Jajajaja, ¡¡vaya chismosa!!

            —Anda Polica, aquí tienes la tierra. Tira, tira, que la vais a liar —le dice el hermano 1.

—Que alegría, verás que contenta se va a poner mi nuera —dice socarrona mientras se agacha y mete un poco de tierra en su cubo.

            —Continúa el Paseo. De pronto, la anciana se adelanta y exclama con mucha alegría—. ¡Madre del amor hermoso, qué preciosidad! Bien verde y fuerte que está —dice dirigiéndose a unas matas de romero.

            —Ni que hubiera encontrado un tesoro, o un novio. ¡¡A su edad!! —Ríen a carcajadas los dos hermanos.

            —Mucho mejor, ¿ustedes saben, el romero es buen remedio para las rodillas?

            —¿Para tus rodillas? —le pregunta el hermano 1.

—Sí, sí. Romero, aguardiente y a macerar al sol, que así lo hacía mi madre. Luego, por la noche, unas buenas friegas y me levanto con 20 años menos.

 —Yo creo que se lo mete entre pecho y espalda de un buen lingotazo —dice Agustina, muy estirada.

—¿Alguien más tiene artrosis? Que he visto por ahí rodillas que parecían cebollas —se dirige al grupo con una mirada intensa.

            —El romero aguanta el mucho sol, el suelo de piedra y el frío, crece donde nada puede crecer, como la mala hierba. Vamos, como la Polica. Y ahora, que ya tienes la tierra para las sartenes y el romero para tus lingotazos, digo, para las rodillas, ¿podemos seguir con el paseo? Hoy se nos hace de noche —sentencia Agustina.

 

En camino al Pozo de la Vega

(Agustina se adelanta con paso firme hasta alcanzar el muro de pizarra que antecede a la Casa Vilches y queda a la izquierda)

Polica, mira, otro bardal de los que a ti te gustan. Este es muy bonito, de pizarra, y está bien firme. Y esa chimenea, ¿de qué es? —pregunta Agustina.

—¡¡Mira, no me digas que no lo sabes!! Es la chimenea de la Casa Vilches, un antiguo molino de aceite. ¡¡Ay, pues no he sisao yo aceite de aquí!! Eran unos despistaos —le responde la Polica.

—Venga, venga, vamos pa delante que no llegamos al pueblo. Mira, ya está ahí el Pozo de la Vega, enfrente nuestra —refunfuña el hermano.

(Siguen caminando hasta alcanzarlo).

—Veis como ahí está el pozo, no os íbamos a engañar —complementa la Polica.

—Eso, eso, hermana, que luego dicen que no contamos na más que cuentos.

—En realidad, este sitio era es un cruce de caminos muy importante. Por aquí pasaba el Camino que bajaba de la corte —explica Agustina.

—Sí, sí. Aquí el brocal con su babero de piedra, aquí una pileta y un pilón bien puestecicos. Bueno, bien puestecicos, la pileta la han hecho polvo. No hay más que gentucilla destructora.

—Por allí, el camino Cascarrillo, por ahí, el camino Linares o de las Viñas, y, por aquí…, pues por donde hemos venío. Venga, venga, que nos florean la tapa y, como nos descuidemos, también la cerveza —grita el hermano.

—¡Ayyyy, que vida tenía este pozo! —solloza la Polica recordando otros tiempos. En estos pilones bebían las bestias.

—En este circular de granito, las de labor, cabras y cerdos en la pileta rectangular de arenisca. ¿Veis las marcas de desgaste? Esto no es ni de la lluvia ni del viento. Siempre se ha dicho que era de afilar hachas y hocinos, pero no, la piedra de granito no afila. Lo han hecho los años y los hocicos de las bestias, aunque es posible que alguna navaja se afilara en la pileta de arenisca —añade Agustina.

—Na, que no hoy no ceno —lloriquea el hermano.

—Bueno, mañana más. ¡¡Pues no que me he quedado con gana de más charla!!

—Venga, venga…, que verás como no nos dejan ni un roalillo en la barra del bar pa echar una cerveza.

SALUDO AL PÚBICO Y THE END


Fotografías: Ayuntamiento de Baños de la Encina

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