martes, 5 de mayo de 2015

La vida mata, cómo dirían aquellos ilustres

Tardes de viento en días de "cabañuelas de retorno" remueven el polvo de la conciencia, levantan cadáveres ocultos bajo la losa del tiempo y esquivan el acoso de la hermana amnesia. Tardes de viento en días de "cabañuelas de retorno" te recuerdan por dónde anduviste y qué fuiste.

El viento borra asfaltos y alza remolinos de humo dormido.

Terrizo por delante, el matadero asoma al fondo de una ancha explanada dando paso a viejas y olvidadas canteras de piedra que ahondan en las entrañas del Barranco del Pilarejo, cobijo de cabezolones y tiros, retazo de historias menudas, lugar de trajines de zagales e improvisado basurero de estiércol. Parido al amparo del Plan Jaén y al modo arquitectónico de los Poblados de Colonización, sufrió con paciencia los avatares que la modernidad trajo a su entorno.

El matadero del Santo Cristo es un edificio de nueva planta edificado en los albores del “desarrollismo”, en pleno descansadero mesteño del Santo Cristo. Pese a su sencillez, expresa de manera muy nítida los postulados de la racionalidad económica del momento, fomentó los sectores agrícolas locales, ahora fiscalizados, e intentó un distanciamiento de la económica anárquica, de subsistencia y trueque, que hasta entonces imperaba. Destinado a presidir y ordenar un espacio, el de la entonces novedosa barriada que amagaba crecer a poniente de la ermita del Cristo, aún conserva su planta achaparrada y la bella bóveda de su sala de matanza.

A la siniestra del inmueble, apretados contra la blanca hilera de casonas, dos frondosos moreas ponen una nota de color a la ancha calle, huérfana de otros avatares que no fueran el mañanero y esperpéntico desfile de chotos que, con premura, enfilaban a tres patas su última danza. Se alzaban como privilegiados oteros de la chiquillería que, en las tardes mayo, se apremiaban en recoger sus frutos,… y no había día que no salieran por pies bajo la amenaza y gruñidos del propietario colindante.

Pero en tardes de cabañuelas, cuando el viento remueve el polvo de mis años, la terriza anchura se llena de notas de feria, de barcas de acero en elevada huída, de la novedad del “balansé” o del espectacular y único zig-zag. Pues, no en vano, ocupaba ahora lugar privilegiado, al amparo de la ermita y restando protagonismo a los "coches locos". Eran estos tradicional encuentro nocturno de la mocedad que, ocultos en el recodo, ayudaban a blindar aún más la pista colorá, muchos años huidiza de las correrías de deportistas y pasaratos.

Cuando parecía que los artilugios engullían más y más metros, cuando los “pinchitos” tomaban la lonja y el acerado de mi tía Leonor, cuando la feria parecía enraizar definitivamente, la cálida y traicionera huella del asfalto, su viento achicharrante, apretó la anchura del matadero… y éste, su influencia, su preeminencia, vinieron a fenecer a los pies de una moderna fuente de diseño, blanca impoluta. Las apariencias ciudadanas doblaron el pulso a la cotidianidad villana.

Ahora, en estas tardes de cabañuelas, el polvo de mi camino eleva imágenes de mañanas de cuajadera y sangre, de cuando la vida de la bestia, en un suspiro, resbalaba sobre el lebrillo.

Hoy todo eso es ceniza, el calor del asfalto sepulta los recuerdos y el viento anda en calma chicha.



https://www.youtube.com/watch?v=nR0CeR6Hp-E&list=PLstwolqCcf4uR1Y6XKPbxVG_7ohxfKISS

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