miércoles, 29 de enero de 2014

Sendero del Bronce, Baños de la Encina

El marco geográfico: la dehesa del Santo Cristo o del Llano

Corría el año de 1246 cuando el rey santo Fernando III de Castilla, tras reorganizar el concejo de la realenga ciudad de Baeza, hizo una serie de concesiones a su aldea de Bannos (Baños de la Encina). Entre estos privilegios está la concesión de un término privativo para usufructo de los vecinos sin obligación de pagar a cambio impuesto alguno a las arcas del concejo de Baeza; este terreno es el denominado en los textos del momento como defessa de Navamorquina. Para algunos cronistas este hecho tenía como causa que el rey hubiera nacido años atrás en el propio castillo de Baños (tomado y vuelto a perder en los años finales del siglo XII). Argumentos de mayor constatación histórica nos dicen que esta concesión forma parte de una estrategia del monarca cuyo objetivo era evitar el despoblamiento de unas tierras ásperas y poco fértiles, recién conquistadas, pero a la sazón control y defensa de los pasos de Sierra Morena entre la llanura manchega y la vega del Guadalquivir.

Posteriormente, este término privativo fue segregado en cuatro dehesas de las que la más cercana al núcleo urbano es la denominada del Llano. Una parcela que ronda las quinientas hectáreas y que cubre una estrecha franja de terreno entre el núcleo urbano de Baños de la Encina y los ríos Grande y Rumblar, alargándose hacia el nordeste hasta la altura del santuario de la Virgen de la Encina. Alejada del núcleo de la finca matriz, más al noroeste, y muy cercana al pueblo, casi tocando los ruedos de éste, fue perdiendo su uso como pastadero de invierno de oveja merina trashumante, ganándole terreno el ganado local: cabras, mulos y burros, colmenas y ganado porcino. Una sobreexplotación local excesiva (debido a la proximidad) llevó a la dehesa a una situación de quasi ruina ambiental. La reforestación llevada a cabo durante la década de los cincuenta del siglo XX, principalmente con coníferas, palio en parte la situación, pero, sesenta años después, el carácter alóctono de algunas de las especies introducidas (eucalipto rojo) está causando pérdidas de suelo irreparables y un agotamiento parcial de la mayoría de los veneros de agua tan presentes en la zona. Pese a ello la encina y su cohorte van muy despacio colonizando su viejo territorio haciendo que la primavera embriague de calor y olor este pellejo serrano: cantueso, romero, mejorana, jara pringosa, jaguarzo, jara estepa, retama, …

Tras la Desamortización Civil de Madoz (1885) y la subasta pública de los bienes del Común del concejo de Baños, los vecinos, acostumbrados a roturar las tierras serranas, sólo encontraron cobijo en los barrancos que desde el pueblo se dejan caer a la cuenca del Rumblar (Dehesa de Santo Cristo). Abancalaron los barrancos, detuvieron el agua y consiguieron que tierras muy ásperas les dieran de comer creando pequeños vergeles entre lomas peladas de cantueso y retama. Fue toda una revolución popular en las postrimerías del siglo XIX que, refrendado por dos decretos redactados por la Excma. Diputación Provincial, permitió la legal propiedad de los vecinos.

Por último, esta zona, antes que se construyera el embalse del Rumblar o de la Cerrada de la Lóbrega, fue nudo importante de las comunicaciones entre Baños y el sur manchego, como atestiguan los referentes culturales comunes (no en vano Baños de la Encina posee el único molino de viento de tipología manchega en Andalucía -siglo XVIII-). Caminos como el del Hoyo o de Los Llanos, San Lorenzo y la Cayetana surcan la dehesa salpicados de fuentes y pozos, y hasta casi se obtiene durante la Dictadura de Primo de Rivera la construcción de dos pasarelas metálicas que salvaran el paso de los ríos Rumblar y Grande. Cayeron irremediablemente en el olvido.

Al día de hoy, la dehesa del Santo Cristo se va constituyendo en un pulmón natural de gran calidad, inmediato al pueblo, con una carga histórica, arqueológica y etnográfica sobresaliente.

La ruta

Arranca nuestra senda circular en el llano del Santo Cristo, en el lateral posterior izquierdo del campo de deportes municipal. Aunque hoy bajo una maraña de viviendas y asfalto, este descansadero de ganado merino, el del Santo Cristo, ofrecía hasta hace bien poco un horizonte totalmente limpio de obstáculos que, teniendo como principal cometido la posta de los ganados trashumantes, compaginaba con otros usos de interés para el común. Así, un rosario de eras de pan trillar se sucedían a modo de gigantescos círculos empedrados que, en días de asueto, soportaban a empedernidos futboleros. Pero fueron las canteras para extraer arenisca (la piedra local) las que mayor empuje tuvieron, como la de “Marquitos”, a nuestra derecha, dando cobijo a la piscina local, como antaño lo diera a docenas de mozalbetes que, arremangados los calzones por encima de la rodilla, buscaban entre las aguas sucias y estancadas del hoyo de la cantera cabezolones (renacuajos) y tiros (salamandras). De aquí, de sus tierras rojas y blancas, se obtuvieron las principales materias primas que dieron forma a nuestro castillo: tierra -roja-, también utilizada para el barro de los tejados y las legendarias “canicas de barro”, y cal -blanca- (a la sazón este es el cerro de la Calera).

Frente a nosotros arranca el “viejo camino de los Llanos”, hoy en parte sepultado por la aguas del embalse del Rumblar, y que fuera acceso principal a la vieja dehesa de la Navamorquina, un conjunto de tierras serranas que Fernando III el Santo otorgó como privilegio a los pobladores de la incipiente aldea de “Bannos”, desde los siglos XIII al primer tercio del XVII bajo jurisdicción del concejo de Baeza. Con posterioridad esa dehesa se segregaría en cuatro, entre ellas la del Santo Cristo por las que discurre el itinerario que vamos a recorrer. Iniciamos la senda surcando, a uno y otro lado, entre las últimas casas del pueblo; por nuestra derecha una de las pocas ganaderías ovinas que quedan en el pueblo.

Dejando atrás las últimas casas, iniciamos un pequeño tramo descendente que nos aventura por un tupido bosque de pino alóctono que, a veces, alterna con eucalipto, recuerdo la reforestación realizada durante la década de los cincuenta del siglo XX, añoranza de una bella “postal franquista” que pretendía, aunque sólo fuera paisajísticamente, acercarnos a nuestros vecinos del norte de Europa. Cuando el camino de tierra viene casi a tocar la pista asfaltada, se nos ofrece un pequeño desvío (de ida y vuelta) que nos permite, a voluntad, acercarnos a conocer las ruinas de un viejo “rajal de colmenas”, una especie de corral pétreo, rectangular y escalonado, que guarecía las colmenas de abejas, a sus inquilinos y producción, de posibles asaltos del ganado. En su interior, entre un bosque de jara y romero que lucha por dominar las pendientes, nos llama la atención la ordenada presencia de unos decrépitos almendros. Para no despistarnos, cuando acaba la vereda tomamos como referencia la torreta de una línea eléctrica, el rajal se encuentra avanzando en línea recta algo por debajo de la misma. Tras la visita, volvemos al arranque del desvío.

Llaneamos por una pequeña meseta bastante aclarada de pinos hasta llegar el puntalillo de la Cruz Chiquita, hoy desaparecida. Ésta saludaba al viajero que desde la sierra arribaba al pueblo; aquí el camino nos obliga a hacer un giro de noventa grados a la derecha y comenzamos un pendiente descenso. Cuando de nuevo volvemos a arrimarnos a la carretera, el sendero nos ofrece una nueva alternativa, también de ida y vuelta, que nos acerca al magnífico y elevado mirador de Cerro Moyano desde el que podemos observar el poblado de Peñalosa. La altura nos ofrece una postal que es la suma de la luminosidad del pantano en lo hondo, la inmensidad de la sierra que se aleja en lomas infinitas que cabalgan unas sobre otras, el castillo romano de las Salas Galiarda, junto al cerro del Navalmorquín, y nuestra alcazaba moruna erguida sobre su cerro del Cueto. Peñalosa es cabeza de un conjunto de poblados, fortines y minas que se distribuyen hace cuatro milenios a lo largo de la cuenca del río Rumblar desarrollando una modélica explotación de los filones mineros (cobre). Volvemos sobre nuestros pasos y, cuando arribamos al cruce, si nos dejamos caer ligeramente a la derecha de la carretera nos topamos con la primera evidencia de los llamados huertos en barranco, un sistema de subsistencia agraria que tendremos ocasión de conocer en profundidad durante el trayecto. Aquí nos muestra los restos de la casa de pizarra que dio cobijo a sus moradores y parte de los muros por los que discurría longitudinalmente la tierra de labor.

Retomamos el trayecto, ahora ligeramente ascendente, para pasar a llanear después de un giro de noventa grados a la derecha y, tras otro a la izquierda, comenzamos a descender sin solución hasta casi tocar el agua del embalse. El proyecto para embalsar las aguas del río Rumblar en el paraje reconocido como “Cerrada de la Lóbrega” tuvo su visto bueno a finales de 1929, previo a la renuncia del dictador Miguel Primo de Rivera, finiquito de una etapa regeneracionista sin parangón. Tras innumerables vicisitudes, entre ellas la sinrazón de la Guerra Civil, las obras llegan a buen puerto en 1941, siendo en 1947 cuando se consiguen embalsar por primera vez los 126 Hm3 de capacidad del pantano. El paso de los años, que todo clarifica, nos ha dejado una gran brecha líquida que segrega el núcleo de población de su sierra bajo la necesidad de unas aguas útiles en la campiña, en el bajo Rumblar; fértiles pagos de huerta sepultados, como las del Marquigüelo y Valdeloshuertos, junto con las fuentes que suministraban a los bañuscos (Cayetana, Pacheca, Socavón y Salsipuedes); y un poblado constructor, el del Rumblar, que señorea sus agraviados despojos.

Nos incorporamos al carril de tierra que nace donde acaba la pista de asfalto, ahora llaneamos un buen trecho hasta cortar por encima del cauce seco del arroyo Jamilena, forzando un giro a la izquierda de 90 grados. El sendero asciende serpenteando entre jaras y romeros hasta asomar a un puntalillo, enfrente nuestra nos ha venido observando un colmenar, por el que, tras girar a la izquierda, cruzaremos siguiendo la cuerda del propio puntal. El trayecto nos lleva a un fuerte descenso cuyo final nos obliga a girar a nuestra derecha para afrontar una subida larga y continua, pero de un nivel no muy pronunciado. Durante todo el trayecto, a nuestra izquierda, nos irá acompañando el “huerto Banderas” o del “Tío Feo”, prototipo de los huertos en barranco que se desarrollaron durante la segunda mitad del siglo XIX en el corazón de la Dehesa del Santo Cristo.

Se trata de un huerto encajado y escalonado que para riego hace uso del arroyo que corre parejo a él o, en ciertos casos, se ayuda de ingenios como pozos, norias y, como en este caso, de un socavón o mina de agua. Este conjunto de huertos se distribuye a la umbría del pueblo, dejándose caer hacia los ríos Rumblar y Grande, y tienen su origen en el periodo de convulsiones sociales que sucedieron a la desamortización civil de Madoz (1855): ante la privatización de las tierras del Común, la población rotura pequeñas parcelas que va transformando en huertos de subsistencia que, finalmente, en la década de los noventa del siglo XIX, propiciado por dos reales decretos, reconocen la propiedad de los colonos.

A media pendiente a nuestra izquierda, donde se deja notar la cota máxima que alcanzan las aguas del pantano, tenemos un itinerario alternativo, de trayecto más complejo, que nos acerca a Migaldías por un itinerario donde podemos apreciar una mayor riqueza botánica: iniesta, distintas variedades de jara, lentisco, esparraguera silvestre, romero, mejorana, cantueso, retama, etc. Si tomamos esta opción, hay que salirse de la pista principal por la vereílla que cruza a la otra vertiente de la “colilla” del pantano. En caso contrario, seguimos hasta el final de la larga cuesta, que gira apenas y sigue subiendo por un cordel más empinado hasta otear las parras del huerto Lobo; giramos a la izquierda sumándonos al camino principal que se nos ofrece y de nuevo a la izquierda siguiendo una curva de nivel que llanea hasta asomarse a las Piedras Bermejas. Giramos de nuevo a la izquierda descendiendo hasta el corazón de este hito geológico.

Ante nosotros se despliega un conjunto de bolos y canchales de color rojizo que salpican un espectacular relieve. Se trata de una brecha periférica del batolito de los Pedroches que, motivado por un enfriamiento mucho más rápido del magma, da lugar a un filón de pórfidos muy interesante que se despliega sin razón de continuidad por la vecina “Piedra Escurridera”. Donde el sendero viene recrearse en un pequeña vaguada, se nos oferta un empinado desvió de ida y vuelta que nos lleva al Fortín de Migaldías (es el trayecto que traeríamos si hubiéramos elegido el desvió de Migaldías en el Huerto Banderas). Allí localizamos un fortín de control del territorio vinculado a la explotación minera de la cuenca durante la Edad del Bronce (hace 4000 años). Ha sido excavado y rehabilitado de tal forma que podemos reconocer sus atributos y función (ofrece una panorámica magnífica de la “junta de los ríos” Grande y Pinto donde vienen a formar el Rumblar, de la Picoza (río Grande) y de la Verónica, poblado gemelo a Peñalosa. En esta zona, si descendemos por el camino un poco más en dirección al embalse, podemos apreciar las antiguas majadas de piedra, destinadas a guarecer los ganados merinos durante las postrimerías de la Edad Media.

Volviendo a la ruta principal, en la misma vaguada realizamos un fuerte giro que nos permite seguir bajando, ahora sobre los restos empedrados del antiguo “camino de San Lorenzo”, de posible origen romano. Nos llevará a la Alcubilla ascendiendo por el arroyo, casi siempre seco, del mismo nombre. Aquí nos encontramos un doble ingenio hídrico formado por un pozo y una alcubilla o arca de agua; se trata de un doble venero de agua, el primero salobre (para las bestias) y el segundo potable. Este tipo de equipamiento, a modo de aljibe, solía construirse para almacenar agua en las fuentes de escaso caudal. Si observamos con detenimiento, podemos apreciar la presencia de una doble acequia, o rebosadero, realizada con mortero de cal, de posible origen musulmán. Venían a unirse desde ambos ingenios para evacuar el agua sobrante al vecino arroyo.

Frente a nosotros, al final de la etapa, se alza majestuoso uno de los más bellos ejemplos de la arquitectura hortícola en barranco: el huerto Miguelico. Llegando a su tramo superior, habremos vuelto al punto de inicio. Una opción alternativa, abajo en la Alcubilla, es seguir ascendiendo por el arroyo de la Alcubilla que nos llevará a la Piedra Escurridera, verdadero monumento natural y etnográfico, y al Pocico Ciego, tramo que nos aleja relativamente del punto de arranque pero que nos lleva a una excepcional área recreativa.


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