sábado, 14 de marzo de 2026

Sobre el origen del santuario de la virgen de la Encina. Primera versión

La suerte de los que ya calzamos cierta edad es que, poso sobre poso, hemos acumulado un lecho de gratos recuerdos y un filón de conocimiento, aunque también se ha almacenado alguna cicatriz sin cauterizar. Con el tiempo, la memoria, desbordada por las arrugas, es como ánfora reseca y agrietada a la que se le escapan los recuerdos entre las lañas que amarran sus quebraduras. Los que persisten a la sombra otoñal, languidecen y se enmarañan de tal manera que no llegas a reconocer con certeza cuando sucedió cada trasunto. Hay situaciones en las que, casi sin quererlo, llegas a situar la vuelta por delante de la ida. No es que la amnesia sea generalizada, pero con el santuario de la virgen me ocurre un tanto así. Lo más probable es que fuera en romería cuando pisé por primera vez las inmediaciones de la ermita y hasta la propia iglesia, de hecho hay prueba fotográfica de la situación, pero no es ese recuerdo el más profundo que tengo del lugar. Lo mismo yerro, pero andaban los ochenta en sus prolegómenos cuando me llegó la noticia de que dos paisanos, Andrés y Juanito, andaban hurgando por los alrededores de la ermita armados de picola, palustre y cucharro, concretamente en lo que ahora conocemos como la villa romana. Y uno, que ya intuía querencias por la Historia y poseía una bicicleta derbi Rabasa por estrenar, tarde con tarde me acercaba a olisquear cómo llevaban la faena. De entonces, aún guardo en cualquier rincón olvidado algún trocito de estuco coloreado.

La primera ocupación del lugar de la ermita se concentró en las ruinas de la villa que hoy mal se pueden apreciar. Aunque, por hacer la contra, hay algún autor que considera que lo que allí derramó sus piedras, ya sea por el reducido tamaño de su balnea o por su localización geográfica, fue una statio o una caupona, es decir, una taberna económica donde los viajeros podrían dormir, comer y asearse.  Pero ¿sobre qué se cimentan las edificaciones actuales, las que hoy dan forma al complejo del santuario de la virgen de la Encina que observamos? Si nos hacemos eco de los datos arqueológicos, tanto Concha Choclán como Sebastián Moya nos indican que, en el siglo V, tras el periodo romano, el lugar fue abandonado y no volvió a ser ocupado hasta avanzado el XV, ¡¡mil años después!! En el XVII, el balnea sufre una importante remodelación, pues se construyó una vivienda o taller que sirvió de apoyo a la reedificación de la iglesia levantada en el primer tercio del siglo XVII (1621, como expresa la cartela de la clave de su portada).

Pese a ello, en el edificio aparecen algunas singularidades que nos permiten pensar en la existencia de alguna estructura defensiva, quizá anterior al siglo XV. Así sucede en el paño suroriental del patio, donde, en su cimentación, se observa un tramo de muro con disposición atizonada.  Esta manera de edificar, que es propia del califato omeya, es muy distinta a la forma de proceder renacentista y barroca que define la fábrica bañusca, que se caracteriza por la presencia mayoritaria de muros construidos a soga. Aunque, testimonialmente, también hay algún edificio levantado a soga y tizón, como ocurre en algunos muros de la ermita del Cristo del Llano. El testimonio a tizón del santuario nos evoca ciertas construcciones sorianas edificadas durante el siglo X bajo la dirección del general Galib: es el caso del castillo de Gormaz, la ermita de las Mezquitillas o las murallas primitivas de Medinaceli. Pero los sillares a tizón no sólo están presentes en la cerca del patio, piezas sueltas, quizá reutilizadas, aparecen en la torre del crucero y en los contrafuertes del paño noroccidental, curiosamente las estructuras más antiguas del complejo eremítico.

¿Pudo levantarse en el lugar algún tipo de edificación andalusí de carácter defensivo, como sería una torre de control o fortín? No es una certeza en firme, pero de serlo estaría conectado visualmente con el fuerte califal que ocupaba la cresta del cerro del Cueto, el que dio cimiento al castillo almohade de Baños de la Encina. Aunque es posible que también existieran otros fortines y torres de control, hoy mutilados y sin excavar. Es el caso de la estructura que precedió a la ermita de Santa Olalla, en la actualidad molino de viento de Buenos Aires, la cimentación de la ermita de Santo Domingo o Calera, erigida sobre la cabecera del arroyo de la Celada, y el fortín romano del cerro del Salcedo.

Lo cierto es que unos siglos después, a unos metros del patio, se erigió, ahora sí, una torre defensiva. Así lo ponen de manifiesto los merlones y saeteras presentes en el cubo del crucero, el mismo que, con el tiempo, fue estandarte de la que vendría a ser la ermita más primitiva. Por su ubicación, el enclave del santuario está situado en una importante encrucijada, el punto de encuentro de los caminos que bajaban del Campo de Calatrava por Burgalimar, sorteaban Sierra Morena y se dirigían a la cuenca del Guadalimar y La Loma (Cástulo y Baeza), de una parte, y al valle del Guadalquivir y la Campiña por el vado de Espeluy, de otra. El lugar de la ermita pudo tener como desempeño el control de tan importante confluencia. Con esta certeza, podemos proponer que la torre original bajomedieval formó parte de la red de casas fuertes o casas palacio que, a lo largo del siglo XIII, comenzó a edificar Fernando III y culminó su hijo Alfonso X. La torre fue un peón más de la estrategia que pretendía proteger y avituallar el camino que permitiría a los ejércitos castellanos penetrar y conquistar el corazón del al Ándalus almohade: Jaén, Córdoba y Sevilla. Este fue el caso de otras casas fuertes cercanas, como Los Palacios, en la actual Santa Elena, la situada en Zocueca, al oeste de Bailén y en término de Guarromán, que da cobijo al actual santuario de la Virgen de Zocueca, y la levantada al sur del Puerto de Calatrava, cerca del río Fresnedas y ubicada entre Calzada y El Viso del Marqués.

Pero la evidencia arqueológica pone en duda esta datación temprana. Las excavaciones nos indican, como ya se argumentó más arriba, que no sería hasta el siglo XV cuando se testimonie registro arqueológico de ocupación.

Por su parte, la historiografía nos venía diciendo que el primer documento que tiene a la ermita como protagonista relata un encuentro bélico en sus inmediaciones. Sucedió en la segunda mitad del siglo XV (1466), en el marco de las ‘guerras de banderías’ que enfrentaron al monarca Enrique IV, y en su nombre al condestable Lucas de Iranzo, con las órdenes ecuestres de Calatrava y Santiago. En realidad, estos hechos militares fueron el preámbulo de la guerra civil que vendría después por la sucesión al trono de Castilla Y León: ‘Y llegando a Señora Santa María del Enzina, que es a media legua de Baños, fallaron ay dos batallas de cavalleros en que avria tresçientos roçines e larga gente de a pié de las çibdades de Jahen e Andujar, quel señor Condestable les avia enviado en socorro…’.

Pero, recientemente, un documento perteneciente a los Archivos Vaticanos y fechado a 10 de julio de 1411 nos testimonia la existencia de una ermita de Nuestra Señora de la Encina, en Baños. En dicho escrito, Benedicto XIII de Aviñón, el antipapa, concede indulgencias a cuantos arrepentidos y confesados la visiten anualmente y contribuyan de alguna manera a la reparación de la ermita-iglesia de Santa María, en Baños. El texto añade que había sido devastada por los infieles sarracenos: ‘A todos los fieles de Cristo, les ruego que revisen estas cartas (…) como hemos recibido, la iglesia rural o eremítica de la Beata María de la Enzina de Bannos, en la diócesis de Jaén, ha sido destruida y devastada debido a las incursiones de los sarracenos infieles, deseamos que la iglesia misma sea frecuentada con los honores apropiados, y que los fieles cristianos acudan con mayor gusto a la misma o a su reparación por causa de la devoción, y que extiendan más fácilmente sus manos de ayuda, en la medida en que se han visto refrescados allí por el abundante don de la gracia celestial…’.

Si el santuario fue asolado a comienzos del siglo XV, con certeza antes de 1411, la ermita primitiva debió ser muy anterior. Según nuestra opinión sólo caben dos opciones. De una parte, como ya se mencionó anteriormente, la torre defensiva bajomedieval pudo tener su origen en el marco de las políticas de ocupación del territorio generadas por Fernando III y Alfonso X y, por tanto, su génesis estaría avanzada la segunda mitad del siglo XIII. Pero, de otra, quizá la más atinada, cabría la posibilidad de que la torre defensiva se edificara en una fecha posterior, ya avanzado el XV, cuando la ermita más primitiva y sencilla, asolada periódicamente por las huestes nazaríes, se fortaleció con la construcción de la torre, que vendría a reforzar la comunicación permanente y visual con el castillo de Bannos. Por tanto, según mi opinión, el santuario primigenio se levantó en el siglo XIV y sus formas, sencillas, serían similares a las de la ermita gótico mudéjar de la Soledad, en Bailén.

No conservándose testimonio alguno de aquella iglesia rural primitiva, pues fue totalmente lapidada por las modificaciones del XVII, la torre, encajada en el crucero y levantado con mampuestos y sillares esquineros, nos quedó como legado material de las ‘reparaciones’ aventadas por el antipapa y sufragadas en el XV. Es posible, aunque sin total certeza, que los dos contrafuertes exteriores del lado del Evangelio también fueran anteriores a las reformas del XVII. Así puede observarse en su traza primitiva y tosca, en nada equiparable a la monumental reforma del primer tercio del XVII (1621).

Como ya se citó anteriormente, es difícil discernir si la batería de torreones que jalona el escalón de Baños y controla los pasos a Sierra Morena es de origen andalusí y su uso se intensificó en la Baja Edad Media, para después transformarse en ermitas y humilladeros en los albores de la Moderna, o tiene directamente su génesis, como yo opino, en la etapa bajomedieval castellana. En este sentido, el aparejo de la torre nos facilita las cosas. En la fábrica de la torre, en sus sillares esquineros, aparecen algunas marcas lapidarias, a modo de escuadra o ‘L’ volteada en diferentes posiciones. Con seguridad son marcas de asiento, que no de maestros canteros, que, por comparativa con otros edificios de la vecindad provincial, caso de la torre ochavada de la Corredera, en Úbeda, nos certifica su datación en un momento avanzado del siglo XV.


martes, 10 de marzo de 2026

El origen de los latifundios serranos bañuscos

En días de poco o nada que hacer, de andar mano sobre mano, perdías el rato entre amigos y conocidos sentado en los escalones de la Cruz de las Azucenas, dejando pasar la mañana. De entonces, recuerdo conversaciones vacías, de no llegar a ningún término, donde lo mismo negociabas la venta del Salcedo que arrendabas los pastos de los Alarcones. Para el lector ajeno a estas cuestiones, hay que aclarar que se trata de una enorme finca de olivar, la primera, y serrana con buenos herbajes de invierno, la segunda. Entiendo que no es necesario argumentar que el tratante no tenía parte ni propiedad alguna y el comprador andaba con menos perras que la Crista. Pero bueno, era cosa de disparatar y perder el tiempo. Y todo esto viene al caso porque habiendo latifundios en territorio bañusco, su origen y génesis nada tiene que ver con las enormes heredades de la Baja Andalucía, que se configuraron durante la baja Edad Media como propiedades feudales, tras la mal llamada ‘Reconquista’. Pues, ¿qué pueblo no fue conquistador y llegó dando mamporros a diestra y siniestra? Así llegaron los hunos y los otros, véase esteparios y godos, pero también aquellos venidos de las muchas orillas del Mare Nostrum: anatolios, fenicios, griegos, púnicos, romanos, bizantinos, árabes y beréberes. ¿Quién no conquistó?

Si la parcelación latifundista de las campiñas del Guadalquivir fue un proceso feudal promovido fundamentalmente por Fernando III y Alfonso X, en término bañusco la formación de haciendas de enorme tamaño fue por raíles bien distintos. El proceso serrano se produjo en una etapa mucho más tardía, en los primeros tiempos de la Edad Contemporánea, favorecido por las diversas desamortizaciones borbónicas.

El caso bañusco tuvo como escenario la desamortización civil de Madoz (1854), aunque tuvo un precedente de cierta envergadura y carácter eclesiástico durante el reinado de Carlos IV. La venta de los bienes de la iglesia, amparada en los reales decretos de septiembre de 1789, permitió un verdadero expolio de las posesiones locales, principalmente las rentas de la fábrica de la parroquial. Según parece, como nos apunta Richard Herr (1991), sin la oposición del clero local que también se benefició de la hemorragia patrimonial; ‘(…) Por el contrario, algunos de ellos se hicieron con gran parte de las tierras puestas en venta, a las que podían sacar provecho y luego legar a sus herederos de este mundo. Tratándose de bienes temporales, la sangre era más fuerte que el alma’. Pues en este estado de la cuestión, Joseph Pérez Caballero, residente en Madrid y miembro del Real Consejo de Hacienda, como se puede desprender con información detallada de las diferentes subastas de tierras debido a su cargo, fue el principal beneficiario de la usurpación eclesiástica bañusca. Para ello utilizó un agente local, Juan Josef Villar, que fue quien realmente residió en la casona de la calle Trinidad. Como podemos observar, este personaje, junto con otros muchos acólitos de la administración, fue el principal protagonista de este primer proceso desamortizador en el crepúsculo de la Edad Moderna.

‘(…) En total, Pérez Caballero invirtió 430.000 reales en cuarenta y ocho olivares con 4.799 olivos, pertenecientes a la iglesia, y 21 olivares con 2.247 olivos pertenecientes a particulares, convirtiéndose en el primer terrateniente de Baños. Compró, asimismo, ocho parcelas de grano, dos casas y un molino de aceite. Arrendó sus campos de grano a dos vecinos (a los que había superado en la subasta de seis olivares), pero es evidente que explotaba directamente los olivares, como hacían la mayoría de los propietarios forasteros. Es posible que Villar fuera tanto su administrador como su agente en las subastas’.

Pero con todo, el medio rural giennense se desestructuró con la desamortización de Madoz, cuando paralelamente se armó la estructura caciquil que llevó a muchos de los desencuentros sociales y políticos de los siglos XIX y XX. En teoría, quedaban fuera del torbellino desamortizador las tierras propiedad del común de los vecinos y aquellas donde dominaban las diferentes variedades de querqus, ya fueran encinas o alcornoques. Ambas situaciones eran concurrentes en la mayoría de los montes bañuscos. Pero, pese a ello, la influencia política y económica de los licitadores doblegó la ley y propició la venta de la casi totalidad de las tierras municipales, que mayoritariamente acabaron en manos de especuladores con pica en la capital del reino.  Como en ningún caso se favoreció la venta de montes fragmentados en suertes, se anuló la posibilidad de que los vecinos menos pudientes concurrieran a las subastas. Un caso paradigmático se produjo con José María de Palacio. Conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos de poder madrileños, llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados del siglo XIX.

Desde los primeros años cincuenta venía mostrando interés por adquirir las dehesas de Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva, pese a que el ayuntamiento estaba totalmente en contra por pertenecer las heredades al común y no ser de propios. Es decir, eran propiedad del vecindario. Ante la férrea oposición del consistorio, la Sección de Propios de la Diputación ordenó al alcalde, bajo amenaza de multa de 1.000 reales, que promoviera definitivamente la venta. El ayuntamiento, por el contrario, alegaba entre otros argumentos que la venta supondría un importante perjuicio al vecindario, que quedaría privado de los frutos de los montes. Pues bien, finalmente el municipio sufrió la carga de la denuncia y, bajo amenaza de procedimiento judicial, se vio obligado a vender. En 1858 José María de Palacio adquirió la dehesa de Corrales por 75.100 reales, al año siguiente se hizo con Juan Esteban por 94.200 reales y en 1860 compró Garbancillares y Doña Eva al precio de 265.900 reales.

Un caso similar, acumulando mayor cantidad de tierras, se dio con Antonio Cabanilles y la sociedad compuesta por los señores Gómez y Mac Pherson, domiciliados todos en Madrid. Con este objetivo, utilizaban intermediarios especializados que alcanzaban notables reducciones de la tasación inicial. El primero, en dos años, 1860 y 1861, se hizo con 7.476 has, contándose entre sus nuevas posesiones las fincas de Arrebolares, Barranquillo, Monasterios, Belmaras o Iniestares, entre otras. Por su parte, la sociedad de Gómez y Mac Pherson adquirió siete fincas cuya suma superaba las 6.000 has en el corazón de uno de los mayores ‘caladeros’ cinegéticos de Sierra Morena: Chuscaderos, Mariscala, Tembladeros, Navalagallina, Pascual Ibáñez, Peñón del Toro y Las Camarenes fueron algunas de las fincas adquiridas.

Con todo, la avalancha privatizadora no produjo en territorio bañusco situaciones socialmente críticas, que sí cuajaron en otros ámbitos de la geografía provincial. Con toda seguridad, fueran mitigadas por procesos muy particulares, como fue el caso de las roturaciones arbitrarias y vecinales que se dieron en las fincas que circundaban el pueblo, cuyo ejemplo más significativo lo tenemos en los huertos en barranco de la dehesa del Santo Cristo. En la misma situación está el surgimiento de actividades económicas novedosas, como fue la minería del plomo, o el nulo hermetismo de las nuevas propiedades, que permitieron que el vecindario siguiera realizando prácticas que venían desarrollándose desde tiempos inmemoriales, como la caza. Con el correr de los años, las haciendas se vendieron mediante diferentes segregaciones, los usos cambiaron en numerosas ocasiones, el paisaje mudó inmisericorde y la sierra se vació de almas. Y aquellas maneras despóticas de proceder, ¡ay con las maneras!, fondearon en la dársena serrana y quedaron como un lastre difícil de salvar: lo permeable se hizo hermético e, inevitablemente, acarreó consigo un espíritu caciquil que tuvo su mayor expresión en la clausura creciente de los caminos públicos.

Jóvenes en la Cruz de las Azucenas, primeros años 60