martes, 24 de febrero de 2026

La caída de un rayo y su eco en la prensa histórica. Baños de la Encina, Jaén - Rev. digital Argentaria

El día despertó plomizo y frío, muy crudo, acunado por una primavera todavía adolescente. Amaneció desnudo, apenas abrigado por un espeso velo de niebla.

Sin que fuera consciente de lo que realmente acontecía, comenzó a desperezarse una de aquellas mañanas en las que un chiquillo aprende a disfrutar con los pliegues más sencillos de su corta vida. Recluido entre las cuatro paredes de la estancia debido a las inclemencias atmosféricas, aunque también por el enorme celo protector de mis mayores, encaramado a una silla de anea me entretenía en dibujar un encaje de aliento en el cristal empañado de la ventana. Desde aquel sencillo y privilegiado otero, descalzo pero arropado por las últimas ascuas del horno giratorio[1] que se consumían en la planta baja, en silencio y con cautela observaba la danza con que los gorriones desmigaban los brotes de yerba en el callejón frontero, el del chacho Laruta. Picoteando aquí y allá, en cada uno de los zurcidos vegetales que ribeteaban el viejo empedrado, su estridente trajín presagiaba que la jornada echaría el telón con tormenta.

A intervalos cortos, sin apenas romper la plácida monotonía que gesta la soledad de la noche, se escucha el plácido retumbar de la chapa que abre y cierra la boca del horno, un quejido armonioso, continuo y cansino. Al cobijo de la hornilla, al amparo de su templanza, una cafetera desportillada espera humeante la callosa mano que no llega. Se impacienta y silba vehemente sin que nadie acuda a su llamada.

Lámina 1.- Antiguo horno giratorio, década de los 60 del siglo XX. Archivo familiar.

Las horas, como el aguacero, fueron tejiéndose plácidamente. Y con cada puntada y con cada trueno se deshilachaba una costura de luz que trajo finalmente la oscuridad total, aunque rota a intervalos por rasguños eléctricos y un sonido atronador.

Volcada en los retazos de su bastidor, mi abuela Pura, sentada en su silla baja y aprovechando el último hilo de luz del crepúsculo, se metía la tarde en un dedal. En su papel de matriarca, pese a estar encallada en sus costuras, con pausas más que calculadas nos enhebraba una cantinela previsora, una salmodia hilvanada en los dobladillos más ocultos de sus ancestros:

—Venga, poneos el calzao y acercaos al brasero, —nos avisa por primera vez.

—Ca, ¡qué no! Venga, subid los pies a la tarima, —asevera en una segunda ocasión mirando de reojo a cada uno de sus nietos sin dejar la costura.

Irremediablemente, llegó una tercera y, previendo que nos iba a tener que amenazar alpargata en mano, se lo piensa con más calma y determina vestir su mandato con mejores argumentos. Y entonces, metida de lleno en aquella urdimbre, nos relata una vieja historia, un hilo de memoria que tejió siendo aún chiquilla. De aquello hacía ya muchos años, cuando hilaba las entretelas de su infancia en la rueca serrana de Doña Eva, un ancho y reseco retal situado en el árido pellejo de Sierra Morena. Ubicado a tiro de piedra de Baños de la Encina y en la margen derecha del río Rumblar, allí, al calor de su hermana mayor, mi chacha Mariana, y su cuñado Bartolo bordó las primeras vivencias que dieron forma a su niñez. Ambos, mis chachos, guardeses de la finca, se complementaban a la perfección, pues mientras la una era de poco cuerpo el otro parecía acaparar todo el ancho de la estancia; este era hombre tranquilo, pausado, aunque de voz enérgica, la otra era pura dinamita siempre a punto de estallar.

‘El tercer gran comprador de bienes desamortizados en Baños de la Encina fue José María de Palacio, un conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos de poder madrileños, que llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados del siglo XIX. Desde 1851, al menos, este hacendado venía mostrando su interés por adquirir las dehesas Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva. Como quiera que pasaba el tiempo y el Ayuntamiento de Baños no contestaba a su petición, Palacio pedía a la Diputación que intercediera ante la corporación para resolver con urgencia el expediente en el que estaba personado (…) La Sección de Propios de la Diputación, exasperada ya ante la férrea oposición municipal, llegó a ordenar al alcalde de Baños de la Encina, bajo amenaza de una multa de 1.000 reales, que instruyera de una vez por todas los expedientes de venta. Pero ni siquiera esa amenaza hizo retroceder a la corporación, que alegaba, entre otras cosas, que las ventas podrían suponer un importante perjuicio al vecindario al privarle del disfrute de los productos que los montes ofrecían. Pues bien, el mantenimiento de esta actitud iba a costarle al pueblo una multa de 1.000 reales, y junto a ella la amenaza de la Diputación de proceder por la vía judicial. Efectivamente, las veladas amenazas realizadas por la administración provincial obligarían finalmente a la Corporación a enviar a comienzos de 1852 un informe en el que se incluía la valoración de las dehesas solicitadas. Así las cosas, José María de Palacio tuvo que esperar hasta 1858 para adquirir la dehesa Corrales por 75.100 reales, un 56% más de su valor de tasación. Más tarde, en 1859, adquirió la dehesa Juan Esteban por 94.200 reales (un 25% superior a su aprecio), y en 1860 compró Garbancillares y Doña Eva, en las que invirtió 265.900 reales, esto es, casi el doble de su valor de tasación’[2].

Ante la situación de rebeldía, la abuela levantó la vista de su labor, chistó y llamó nuestra atención. Comenzó entonces a relatarnos una trama acaecida en un tiempo bastante lejano, o así nos lo parecía, tanto que ella lo recordaba como una borrosa maraña hilada con seda fina. Nos contó que cierto día, como en un instante, el cielo, fondeado en la quietud de la tarde, se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos rescoldos del hogar se desperezan y avivan bajo el soplo del fuelle. El paño de la tarde se calzó entonces de sombras y desplegó un manto negro, tan oscuro como la umbría que desagua en el río Pinto, uno de los dos afluentes del Rumblar. Y llegó el crepúsculo. Cielo, tierra y arroyos eran de color ceniza, y lo eran las rozas y las rastrojeras, las parideras y las torrucas. Rancheros y pastores se vistieron de gris, dejaron el ganado en majada y se protegieron bajo la cubierta de monte de su chozo. El frío intenso sepultó cualquier recuerdo de la cándida primavera y el viento, que andaba en calma chicha, se rebeló en un instante. Se cerró entonces una noche impenetrable, lóbrega, que vino con abundantes lluvias, y la madrugada quedó hecha retales, rasgada por los quejidos de luz de una borrasca de aquellas que desbarata cualquier plan premeditado.

Vista de campo con arboles

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Lámina 2.- Torrucas en las fincas de Doña Eva y Garbancillares.

En noches como aquella, viniendo el tiempo como venía, el chacho Bartolo tenía por costumbre aparejar una lumbre enorme y acostar pronto el hato familiar, para que la morada no perdiese el calor y cuando llegase la tormenta eléctrica los cogiese guarecidos en el tinado y con las esparteñas en alto.

Pero, a tiro de piedra de la casa principal, por encima de la Cañá del Rastrojo, se elevaba un viejo y destartalado chozo levantado con lajas de pizarra y ripios de granito, vigas de encina y cubierto con monte[3]. Se trataba de una torruca achaparrada, fondeada junto a un redil empedrado y redondo: la era de pan trillar de cuando el chozo era utilizado por piconeros y rancheros. Los primeros rozaban el monte para obtener carbón y picón, mientras que los segundos, llegando tras la estela de aquellos, aplicaban un modelo de labor llamado de ‘cama’ o agricultura de roza. Previo a la sementera, quemaban el rastrojo haciendo de las cenizas fertilizante para la tierra.

Un árbol sin hojas

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Lámina 3.- Torruca de la Cañá del Rastrojo.

En uno o dos años, el monte, quebrado y raquítico, era abandonado por los rancheros, que daban paso a los pastores de merino trashumante. Tras pastar una veintena de años, abonando con el estiércol de las ovejas, volvían a ceder el paso a rancheros y piconeros. Veinticinco años después reiniciaban el ciclo y volvían a ocupar la torruca para trillar y aventar en la era[4].

‘Para hazer la roza, que llaman de cama, la que executan los vezinos desta Villa, talando, y quemando el monte bajo de dichas tierras. Cuias cenizas las venefizian para su produzion, y quedaran de 6ª Calidad, ya si en estas, como en las antecedentes, solo tienen los vecinos de este común El Dominio útil, de sembrarlas, Francamente, sin que por ello, paguen Cosa alguna, en fuerza deel Privilegio, Conzedido, por el Señor Rey Don Sancho, y confirmado, hasta el Señor Don Phelipe Quinto, respecto Aque no tenían tierra en donde hacer Los sembrados…’[5].

‘Y en las que se haze la Roza de Cama, quemando el monte, conzivo benefizio de las cenizas quedara de sexta calidad y produze trigo, con la intermision de veinte o mas años respecto a que es precisso crie nuevo monte, para volber a hazer dicha roza, y quema, para poder sembrarla’[6].

Una casa en el campo

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Lámina 4.- Torruca del Barranco de Don Juan y horno de pan vinculado a rancheros y piconeros.

En un instante, aquel recóndito rincón del mundo quedó envuelto en la más oscura soledad, asaeteado una y mil veces por una trepidante multitud de aguijones eléctricos. En el interior, creyéndose protegidos de la noche y de las inclemencias meteorológicas, una cuadrilla de pastores dejaba pasar el temporal sin más luz que los rescoldos de lo que fue contundente lumbre de leños de encina. Los unos, tres de ellos, junto al hogar e imaginando ser caporales cuando no pasaban de zagales, desafiaban la tormenta tirando de baraja y bota; y otros dos, más temerosos de Dios y de sus advertencias, dormían en el catre colocando las alpargatas y su propia vida sobre la farfolla del colchón. Estando en aquellos trajines, mientras pastoreaban con vino los unos y sesteaban con temor los otros, un rayo tuvo el alcance de partir la torruca en dos y dejar tiesos a los que, pies en tierra, se desgañitaban cantando por bastos.

Los supervivientes, desorientados y tiznados como jeta de churras, adormilados y sin llegar a saber por dónde les había entrado el lobo, salieron tan en desbandada que, de no haberse dado de morros con la casa grande de Doña Eva, con seguridad hubieran hecho la vereda[7] de un tirón sin repostar en aprisco ni abrevadero. El chacho Bartolo, cogido tan de improviso como matanza en Cuaresma, los atendió y socorrió en la medida que pudo e inmediatamente dio aviso del siniestro a las autoridades.

Una casa en el campo

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Lámina 5.- Torrucas de Garbancillares y Seis Deos.

 Fue de esta manera, quizá algo anecdótica, como aquel trágico capítulo de la vida serrana se integró en el tejido familiar y pasó a formar parte de la memoria de mi abuela Pura. Y así, en situación similar y venido el caso, ella hacía uso de aquellas brasas de su niñez para argumentar la obligada prudencia que debía tenerse en asunto de tormentas y temporales.

Vista de una montaña

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Lámina 6.- En dos momentos del año, verano y primavera, corraliza de ganados merinos trashumantes situada en el barranco de la Yegua. Aunque apenas es perceptible, en la parte superior izquierda, junto a la cerca, quedan los restos de una torruca y, a tiro de piedra de la corraliza, elevados sobre un espolón, se levantan los hormazos de una segunda torruca.

Días atrás, cuando los protagonistas ya son recuerdo y ejemplo a tener en cuenta, cuando el relato nos parecía más fábula que hecho histórico, pasados los años, tantos que la memoria es pavesa, templados por mil aguaceros, solaneras y temporales, de manera fortuita cayó en mis manos una noticia de prensa que certificaba el acontecimiento (ABC de 28 de abril de 1923). Así que, de una manera ciertamente rocambolesca, aquel viejo documento periodístico vino a dar certeza a lo que, siendo niños, nos parecía más cuento para amedrentar a imprudentes chiquillos en tarde de borrasca que crónica real.

Diagrama, Texto

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Lámina 7.- Noticia aparecida en el ABC de Madrid, con fecha 28 de abril de 1923


[1] Los hornos giratorios de leña, frente a los morunos ancestrales en los que hornilla y cámara de cocción formaban una sola unidad, tenían la hornilla en un lateral, independiente de la cámara de cocción. El fogón estaba situado a un nivel inferior, por debajo de la solera refractaria, que era la que realmente giraba mediante el uso de un volante exterior y un eje interior.

[2] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y SÁNCHEZ MARTÍNEZ, J.D. (2006): La propiedad de los montes en Sierra Morena Occidental (Jaén), a través de algunas fuentes documentales. Elucidiario, 1: Seminario bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzalá. Jaén. Pág. 219.

[3] El chozo o torruca con cubierta de monte se cubría con materia vegetal en el siguiente orden ascendente: con vigas u horcajos de encina, ramoniza de monte, generalmente formado por jaras y lentiscos, y una capa final que cerraba con gavillas planas de retama. La forma lanceolada de las hojas de retama facilitaba, en caso de lluvia, la rápida evacuación de las aguas.

[4] CANTARERO QUESADA, J.M. (2006): La Torruca, eje cultural de la gestión del territorio. Arte, arqueología e historia, 13. Córdoba. Págs. 289-297.

[5] Fuente: Catastro del Marqués de la Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 10.

[6] Fuente: Catastro del Marqués de la Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 12.

[7] Aunque son diversas las acepciones de la palabra vereda, que van desde un camino angosto a vía pastoril utilizada por los ganados trashumantes de no menos de 25 varas (aprox. 21 metros), en el mundo de la ganadería trashumante, sobre todo en la Sierra Morena de Jaén, se entiende por ‘hacer la vereda’ el proceso general, con todos sus componentes laborales, económicos y sociales, que permitía el desplazamiento de los ganados desde sus territorios de origen, en el caso de Baños de la Encina provenientes de los Montes Universales, Señorío de Molina, Serranía de Cuenca y la alta Sierra de Segura, a los extremos de invernada en Sierra Morena, y viceversa.

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