El sol de otoño estaba bajando, como una
bola de oro, entre lanudas nubes carmesí sobre los olivares y las polvorientas
llanuras sin caminos, cuando pasamos a la fortaleza árabe ahora en ruinas. Su
interior era una explanada ovalada, ahora usado como cementerio, como
demostraban los montones de rica tierra roja que había por todas partes[1].
En 1875,
tras una visita al pueblo, el pastor británico H. J. Rose nos relataba el
castillo como una ruina decadente, postal muy propia para la época. No teniendo
utilidad de mayor calibre, la fortaleza daba entonces asiento al camposanto de
la localidad y ofrecía su solar a la muerte. El clérigo no supo ver que, bajo
los túmulos, el castillo ocultaba cuatro milenios de fecunda historia. Siendo
uno de los castillos más emblemáticos de al-Ándalus, por su antigüedad e
imponente y bien conservada arquitectura militar, ha sido lugar de rodaje de diversas
películas y reportajes musicales. Declarado Monumento Nacional (1931) e
incluido en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, fue génesis de
un Conjunto Histórico Artístico, el de Baños de la Encina, certificado por
Orden Ministerial (1969). Como epílogo, es uno de los edificios bereberes más
sobresalientes de la Península Ibérica, junto a la Giralda o la Torre del Oro,
y uno de los conjuntos fortificados hispano-andalusíes mejor conservados de
todos los tiempos.
Localizado
en las estribaciones meridionales de la Sierra Morena de Jaén, en la esquina
sur del pueblo de Baños de la Encina, el castillo se alza imponente sobre el
Cerro del Cueto, un relieve residual formado por rocas detríticas de la Cobertura
Tabular: conglomerados y areniscas rojizas. Muy usada en la arquitectura local,
la arenisca es conocida como piedra de asperón. Bajo esta, que funciona como
cimentación natural del castillo, aparecen pizarras de las Facies Culm de Los
Pedroches (Macizo Ibérico). En su ladera sur, el hundimiento de la falla de
Baños da paso a la fosa de Bailén y pone en contacto las rocas del Macizo
Ibérico de Sierra Morena con la Depresión del Guadalquivir. Al mediodía,
rompiendo el horizonte, queda la cordillera Bética.
Prehistoria
Reciente y Antigüedad
Contrariamente
al criterio de H. J. Rose, el Cerro del Cueto muestra hoy su prolífica historia.
Poblado desde el Calcolítico debido a la riqueza minera de su entorno, cobre y
galena argentífera (plomo y plata), las diferentes excavaciones arqueológicas
realizadas en el castillo lo han venido a certificar. Han sacado a la luz placas
de arquero, en arcilla, aunque realmente utilizadas como pesas de telar,
fuentes de paredes abiertas y herramientas de piedra usadas en la cercana mina
del Polígono-Contraminas, que fue explotada desde la etapa final de la Edad del
Cobre[2]. Pero será con el cambio
de milenio, en torno al 1950 a.C., cuando en la cuenca del río Rumblar se
configure un impresionante emporio minero. Poblados centrales, mayores de 1 ha
y localizados en posiciones estratégicas, administraban una enorme actividad
metalúrgica mientras gestionaban el territorio y el comercio de los metales.
Con esta finalidad se apoyan en otros dos tipos de enclaves: fortines de
comunicación y filones mineros. En este complejo sistema de organización
territorial, el Cerro del Cueto desempeñó un papel protagonista. Allí se levantó
uno de aquellos poblados centrales, quizá uno de los mayores debido a su posición
estratégica a caballo entre la campiña y la sierra, a modo de atalaya dominante
frente a las minas de cobre del Polígono-Contraminas. El poblado, su acrópolis
o ciudadela amurallada, ocupaba la mitad meridional del castillo, mientras que
viviendas, calles y corrales se disponían en terrazas escalonadas derramándose
por la ladera. Como testimonio de aquella cultura de la Edad del Bronce
(1950-1450 a.C.), conocida como Argárica o del sudeste, en el interior del
castillo podemos apreciar, en su esquina sur, algún muro de mampostería (1,20m
de ancho), presencia de su cultura material, restos de actividades metalúrgicas
y varios enterramientos bajo el firme de lo que fue el suelo de sus viviendas.


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