José María Cantarero Quesada
Rosa Cruz Cabrera (fotografías)[1]
Con los
senderos ocurre como con ciertas personas: solo cuando caminas entre sus
costuras y enhebras los hilos de sus entresijos aprendes a reconocer la
naturaleza de sus pasos. Muchas veces, pasados unos días y desvanecida la
emoción del primer encuentro, la senda acaba arrumbada en el trastero de la
desmemoria y sustituida por otros derroteros. Igual ocurre con aquellas
amistades que nunca llegaron a cuajar.
Sin embargo, existen
caminos —muy pocos, quizá— que terminan anudándose
a nuestra propia vida. Cada regreso revela un matiz nuevo, un detalle
inadvertido en visitas anteriores o una historia que siempre estuvo ahí,
aguardando el momento oportuno para ser descubierta. Uno acaba acostumbrándose
a desandarlos una y otra vez, con el deseo de volver antes incluso de haberlos
dejado atrás.
Así me sucede con la
vereda de las Aguas a Peñalosa. Cada paso me ofrece una enseñanza distinta y
una nueva razón para regresar: sospecho que nunca abandonaré el ancho de su
trocha.
A primera vista podría
parecer un sendero más, señalizado con fines lúdicos y deportivos, como tantos
otros itinerarios turísticos concebidos para conducir al caminante hasta un
destino concreto. En este caso, al poblado argárico de Peñalosa, un
extraordinario enclave arqueológico con cerca de cuatro mil años de antigüedad.
Podría pensarse que su razón de ser concluye con el agradable paseo y la visita
de aquellas ruinas memorables.
Nada más lejos de la
realidad. La senda que hoy se relata es mucho más que un camino y un yacimiento
arqueológico. Es el resultado de la unión de antiguas veredas y caminos
tradicionales que durante generaciones dieron sentido a la vida cotidiana de
este territorio. Cada uno de ellos constituye un escenario donde se entrelazan
las innumerables historias que han modelado el carácter de una comunidad
singular: la bañusca.
Pero esta vereda
también permite asomarse a la biografía de personas anónimas que, de otro modo,
quizá habrían pasado de puntillas por la historia. Fueron hombres y mujeres que
acabaron dejando su nombre ligado para siempre a estos parajes y a los oficios
que los modelaron. Entre ellos recuerdo a Antonio, el Tuberista,
guardián infatigable y faro humano del castillo de Baños; a Patricio, hortelano
ejemplar y filósofo de las pequeñas cosas, conocido, no sin motivo, como el
Tuerto de los Charcones; o a mi amigo Juanito, compañero de tantas correrías.
La mayoría transcurrieron mientras cuidaba su hatillo de cabras por los
quiñones del Gólgota y Cerro Colorao, aunque también conservo viva la memoria
de aquella disparatada aventura en una barcaza de piconeros y furtivos que aún
hoy, al evocarla, me arranca una sonrisa.
1.-
Por el piedemonte del cerro del Cueto
Nuestra caminata
comienza junto a la Casa del Pueblo, un edificio levantado, como si se tratara
de una afrenta simbólica, con los sillares de arenisca que un día dieron forma
a la antigua iglesia de Santa María del Cueto. A finales de la década de 1920,
cuando el templo había perdido su función de sacralizar el camposanto del
castillo, sus piedras fueron vendidas al mejor postor y emprendieron una
segunda vida.
Las piezas de mayor atractivo,
aquellas adornadas con molduras y elementos decorativos, acabaron embelleciendo
la huerta de Penecho —que fue de don Luciano Rodríguez—, transformada entonces
en una almunia de inspiración romántica. Los ripios y fragmentos menores
sirvieron para levantar tres humildes viviendas, las que se construyeron sobre
su solar. Una de ellas aún permanece en pie. Los sillares mejor labrados
encontraron un nuevo destino con la llegada de la Segunda República: levantaron
los muros de la Casa del Pueblo, un edificio que, según quién lo contemple, fue
ágora de participación ciudadana o simple mentidero de la vida cotidiana.
Quien observe con
atención sus piedras podrá descubrir alguna inscripción apenas erosionada por
el tiempo, discretos vestigios que escapan al olvido y recuerdan el origen de
un edificio cuyas paredes conservan, literalmente, la memoria de otro que ya no
es: Santa María del Cueto.
El punto de inicio de
la ruta, señalado por un mojón de cartelería pétrea, se encuentra a escasos
doscientos metros de la Oficina de Turismo.
Según iniciamos la
marcha, a nuestra izquierda y en alto, se extienden tierras que en el pasado fueron
de pan y habas. Hoy, sin embargo, aquellos amplios bancales que escalonan la
ladera bajo el castillo —y que aún dejan entrever vestigios de episodios
ocultos bajo el peso de los siglos— sostienen únicamente cepellones de olivos jóvenes
y retorcidos.
Sobre los pasos de
nuestra senda, el que fuera ancestral Camino Ancho —antigua cañada de carne
bajo el apelativo de Cordel de Bailén—, discurre por debajo de nosotros
desfigurado entre las costuras de la actual carretera de Bailén. Continuamos en
un suave descenso por una trocha abierta sobre la pizarra quebrada. A la
derecha, si observamos con atención, distinguiremos a media ladera del Barranco
de Los Turrumbetes una cicatriz rectilínea, trazada como si se tratara de un
arañazo realizado a escuadra y cartabón: se trata del Camino de la Fuente
Cayetana. Junto a él, casi desprendida del propio arrecife de la senda, se abre
la Cueva del Grajo. Desde la distancia apenas parece una diminuta mancha oscura
dispuesta sobre la roca, pero durante siglos sirvió de refugio a los cabreros
cuando el tiempo estaba tormentoso.
Tras avanzar apenas
unos cientos de metros, tras la curva y enfrente, se hunde la anchura del
barranco de Valdeloshuertos. En otro tiempo, una sucesión de huertos
escalonados y encajados contra el hilo del arroyo, que descendía suavemente hasta
desaguar en el cauce principal del río Rumblar. Hoy, como cicatrices cauterizadas
en el pellejo serrano, apenas se dejan ver unos viejos caballones, la poca memoria
de un paisaje cultural olvidado.
Superando el cauce y subiendo
la loma del cerro del Gólgota o del Algarrobo, asoman difusamente viejos
bancales de tierra calma. Esquilmados y abandonados, su solar ha sido tomado por
jaras y retamas que avanzan sin freno mientras que un joven bosquete de
chaparros crece lentamente, armado de la paciencia que da saber que se vuelve
al punto de partida: el monte mediterráneo.
Rompiendo la monotonía,
a poniente y como pequeños bastiones que se resisten al olvido, malviven algunos
huertos en barranco, como el de Rojo. En sus bancales, granados extravagantes y
zarzas sombrías continúan librando una batalla desigual por subsistir en una
tierra que fue fértil y generosa, pero que hoy agosta en el sopor de la
historia apagada.
Casi en la cumbre del
cerro, asomándose de reojo al amplio valle, aparecen las ruinas de una modesta
casucha, la del Gólgota. Desde su precario emplazamiento parece desafiar, cara
a cara, la imponente silueta del castillo. Un poco más arriba, sobre el llano
de arenisca, duerme oculta su antigua era. El círculo de piedras que un día
sirvió para trillar y aventar el grano permanece hoy deshecho y silencioso,
rodeado por las antenas de telecomunicación y como último vestigio de una
tierra que dio pan, pero que a cambio exigió sudor y vidas.
La cueva de la Mona
Aún sobre nuestros
primeros pasos, el camino describe un giro, corta de forma abrupta la pendiente
de la ladera y nos conduce junto a la cueva de la Niña Bonita. Conocida
popularmente como la cueva de la Mona, este enclave ha alimentado durante
generaciones un sinfín de relatos en los que se entremezclan travesuras de
chiquillos, que acaban a pedradas, con conquistas épicas, lazaretos, tesoros
ocultos y episodios de guerra y sangre. Sin embargo, más allá de leyendas sin
argumento, la caverna guarda un secreto mucho más íntimo: la génesis de su
nombre.
Lejos de explicaciones
misteriosas o sobrenaturales, la historia parece tener un origen mucho más
sencillo, aunque no por ello menos legendario. La tradición oral sitúa su
nacimiento en un relato que se pierde entre dichos y recuerdos a caballo entre
los siglos XIX y XX. Cuenta la historia que un acaudalado ingeniero,
propietario de varias explotaciones mineras, contrajo matrimonio con la joven
más hermosa del pueblo. De aquella extraordinaria belleza habría surgido el
apelativo de «Niña Bonita» con el que terminó conociéndose la gruta.
Aquella mujer, de
nombre Agustina Jódar Gutiérrez, era de carácter firme y gran corazón. Una persona
muy querida por sus vecinos. Tras enviudar, asumió la dirección de los negocios
familiares y se puso al frente de la explotación conocida como Mina de la Niña
Agustina, situada aguas arriba del río Grande. Gracias a su capacidad y
determinación, logró gestionar la empresa con notable acierto, convirtiéndose
en una figura respetada y recordada por la comunidad.
Pero volvamos a la
historia que nos ocupa. Agustina tenía dos hermanos de escasa fortuna y andar a
diario mano sobre mano. Deseosa de procurarles un medio de vida, convenció a su
marido para que los empleara en sus explotaciones mineras. El ingeniero,
buscando una tarea útil para sus cuñados, les encomendó abrir una galería a
media ladera del cerro del castillo, justo donde hoy se encuentra la conocida
cueva de la Niña Bonita. Con aquella excavación esperaba localizar un filón de
galena argentífera, una veta de plomo y plata que intuía alineada con la
cercana explotación minera del Polígono-Contraminas.
El tiempo pasó sin que
la empresa diera los frutos esperados. Aunque no faltan quienes sostienen que
los mineros llegaron a encontrar algún tesoro oculto de origen moruno —quizá
unos pocos dírhams olvidados y alguna flecha consumida por el óxido—, lo cierto
es que la aventura terminó sin beneficio alguno. La explotación fue abandonada
y la galería quedó como el único vestigio de una ilusión tan ambiciosa como
efímera. Paradójicamente, lo único que perduró fue el nombre de la cueva,
legado de aquella mujer cuya belleza dio origen a la leyenda.
Con el paso de los
años, la gruta adquirió una nueva vida en el imaginario de los muchachos del
pueblo. Perdida ya la ancestral costumbre de demostrar el paso a la madurez
enfrentándose a un oso o a un lobo, los zagales buscaron otras pruebas con las
que medir el valor y ganarse el respeto de la cuadrilla. Así nació uno de
aquellos desafíos que todavía hoy se recuerdan.
La prueba consistía en
internarse de manera individual hasta el fondo de la cueva y dejar un reloj
sobre una repisa de la roca. Después, uno tras otro y por estricto turno, cada
participante debía adentrarse en la oscuridad para recuperarlo y, tras sacarlo nuevamente
a la luz, el siguiente volvía a depositarlo. Mientras tanto, los que aguardaban
en la entrada alimentaban la tensión contando historias de aparecidas,
tesoros encantados y presencias inquietantes. Y metidos en aquellas
conversaciones, bastaba con que el miedo hiciera presa de alguno para que
cundiera el pánico y todos salieran huyendo despavoridos abandonando al que
estaba en medio del lance en el interior de la cueva. En aquella tesitura, el
reloj quedaba temporalmente huérfano en las profundidades de la gruta. De
hecho, se dice que uno de aquellos relojes nunca volvió a ver la luz.
El ‘Camino Romano’
Apenas unos metros por
adelante, tras dejar atrás una fuente de factura reciente y cuando el terreno
comienza a descender de forma inevitable, el sendero cruza la carretera de
Bailén para desembocar en la traza del antiguo Camino "romano". Este
carril empedrado, que durante siglos comunicó Baños de la Encina con Bailén y
Andújar, fue conocido popularmente como el Camino Ancho por su propia amplitud,
pero también porque trajinó con asuntos comerciales, fue cañada de carne[2] y canalizó la gestión de
los portazgos de la villa. Pese a su denominación tradicional, su empedrado no
procede de época romana, sino de los primeros años del siglo XVIII. Un proyecto
conservado en la Real Chancillería de Granada, redactado por Pedro Gallo y
fechado en torno a 1707, documenta la construcción de uno muy similar en cuanto
a sus hechuras, que es la continuación natural de este camino hacia el norte
para superar los pasos del Muradal. Se trata de un tramo del Camino del Puerto
del Rey, en el parque natural de Despeñaperros, que hoy es conocido con el
apelativo de El Empedraíllo.
A la derecha del
camino, un sólido muro de pizarra protegía los sembrados del apetito de las merinas[3] que atravesaban estas
tierras durante los movimientos trashumantes. En cambio, por la izquierda,
aparecen alineadas y muy castigadas por el abandono tres antiguas eras de pan trillar:
Bartolico Recena, Quijaílla y Baltasar. Sobre la ladera, en el otro
margen de la carretera de Bailén, se conservan las eras de Casa y Valentín
completando un conjunto que testimonia la intensa actividad agrícola que modeló
durante siglos este paisaje cultural.
Puestos en el sitio y
ribeteando la falda del cerro del Cueto, lo que parece una sucesión de bancales
que rompen la ladera para arropar la salida suroeste del pueblo, en verdad
conforman el conjunto de eras que nos trae. Hoy baldío estéril, engulle en sus
adentros la carretera de Bailén, la que popularmente era conocida bajo el
apelativo de Camino Ancho. En su tiempo y derramándose por la solana, el
empedrado de su pavimento dio forma a una suerte de mesetillas más o menos
redondeadas, ásperas y yermas para cosas de labor, pero de enorme utilidad y
algarabía en tierras que fueron de pan. Sin quererlo, formaban un tránsito
necesario entre el callejero encalado y la inmensidad dorada de una campiña que
huía inexorablemente en busca del horizonte. En la actualidad, perdido el sur
cuando nos quisimos subir a la chepa del norte, la campiña ha sido totalmente
colonizada, sin piedad, por un océano inmisericorde de olivos. En días, cuando
las eras ya rezumaban ruina y apenas tenían otra utilidad que guardar trastos como
desván, hizo las veces de cancha futbolera, hogar de candelarias y patio de
recreo. Finalmente, cuando dejaron de escucharse las voces que les dieron vida,
llegó el peor de los destinos: el olvido. Un abandono silencioso muerde cada
una de sus piedras y las desmenuza en un epílogo de destrucción que desdibuja
uno de los testimonios más valiosos de la memoria agrícola de Baños de la
Encina.
Allí donde aún se
conserva el frente de la era, como sucede en la Era de Casa, en el escalón
robado a la ladera aflora un talud amarillento, una roca conocida popularmente
como tosca. Se trata de una arenisca de origen marino con una antigüedad que
varía entre ocho y once millones de años, de cuando este territorio estaba cubierto
por las aguas que fueron los rescoldos del mar de Tetis.
Su característico color
ocre y su textura blanda hicieron de la tosca un material de gran utilidad en
la vida cotidiana. Triturada hasta obtener un polvo fino, se empleaba para
abrillantar vajillas, ollas y sartenes. Mezclada con agua, se transformaba en
una lechada con la que se enjalbegaban los redores —los zócalos que rodeaban
las estancias— y las paredes de las cocinas bañuscas, aportándoles limpieza,
luminosidad y un característico tono claro.
Al final de la cuesta,
cuando las eras de pan y la cañada ya se desdibujan en la memoria, el camino de
piedra da paso a la tierra para después desaparecer bajo el asfalto. El
recorrido gira entonces hacia el sur, se reincorpora a la antigua cañada y,
entre huertas y norias monumentales, alcanza el aprisco de Los Charcones.
Conocido en la
documentación pecuaria como el Cordel de Bailén, históricamente se bifurcaba en
dos itinerarios. Hacia el sur, como Camino de Andújar, buscaba las rastrojeras
de la campiña y descendía hasta el valle del Guadalquivir discurriendo junto a
la dehesa de Burguillos, en el término de Bailén. Hacia el oeste, tras vadear
el río Rumblar por la Pasá de los Baileneros, se internaba como cañada
de carne por la colada de Villanueva para colarse en el corazón ganadero de
Sierra Morena.
Durante siglos, este
cordel constituyó una de las principales rutas de la trashumancia. Por él
discurrían miles de ovejas merinas procedentes de los Montes Universales, en el
Sistema Ibérico, que cada otoño descendían hacia los pastos templados de Sierra
Morena para pasar el invierno. Aquel incesante trasiego marcó profundamente la
economía y el paisaje de estas tierras. Con el declive de la industria lanera y
la desaparición progresiva de la gran trashumancia, las antiguas veredas fueron
ocupadas por un nuevo protagonista: el toro de lidia. Baños de la Encina llegó
a convertirse en uno de los principales enclaves ganaderos de España y, en
1978, ya contaba con 28 hierros y 38 fincas de reses bravas, reflejo del auge
alcanzado por esta actividad.
Hoy la cañada continúa
conduciendo ganado, aunque en una escala mucho más modesta. Son rebaños de
oveja segureña que realizan desplazamientos estacionales entre estas dehesas y
las sierras de Segura, tierra de los conocidos como pontoneros (Pontón Alto y
Bajo). De ellos decían nuestros mayores, no sin cierta ironía: «Cuídate de los
pontoneros, que hacen la verea por los caminos de Mesta». La expresión
aludía a una práctica bien conocida: durante la invernada no arrendaban dehesas
en los extremos, sino que aprovechaban exclusivamente los pastos de las vías
pecuarias alargando una eternidad los trayectos de ida y vuelta, sin gastar un
solo real.
2.-
El Aprisco de Los Charcones y el arroyo de Los Huertos
Cuando quedan atrás las
primeras huertas, ahora desdibujadas entre olivos, tras franquear la estrechura
del puentecillo que salva el arroyo de los Huertos, por fin penetramos en el
descansadero de los Charcones, en tierras de Patricio. El topónimo, como el de
sus enclaves vecinos —Escarchales, Cantalasrranas, Renacuajares o El Charcón—,
confirma que en tiempos inmemoriales este lugar fue un humedal, cuando no una
auténtica ciénaga. Hoy, reseco y domeñado bajo una inmensidad de olivos, apenas
deja oír el eco de lo que un día fue.
Fondeado en la
hondonada, el lugar parece trazado a la manera de un campamento romano. Y no es
solo una impresión. Lo atraviesa de parte a parte el camino que traemos, la
cañada, mientras un humilde arroyo —a veces poco más que un reguero— corta su
discurrir en perpendicular. Cuando las lluvias obligan, el riachuelo recoge la
mayor parte de las aguas de la campiña a través de una intrincada red de zanjas
y acequias.
Cordel y regato, como
si acudieran a una cita largamente concertada, vienen a darse mutuas nupcias en
un pequeño puente de piedra, recio en su sencillez, pero suspendido en mitad de
la nada. Allí se cruzan el decumano y el cardo de esta singular civitas
campesina. A lo largo del primero, siguiendo el viejo camino ganadero, se
suceden dos pozos con sus correspondientes piletas-abrevadero, testimonio de la
secular vocación trashumante del lugar y de su antiguo servicio como aprisco
para rebaños y recuas.
El arroyo, por su
parte, desempeña con igual dignidad el papel de cardo maximus. En su
corto recorrido va sembrando sus orillas de norias de diverso tamaño y
condición, antes de encaminar pausadamente sus aguas hacia el barranco de
Valdeloshuertos.
Como corresponde a toda
colonia latina, el Charcón delimita su perímetro con un ancho muro de piedra,
cubierto de musgo y quebrado aquí y allá por media docena de granados vetustos
y retorcidos que, a modo de bastiones, confieren solidez y prestancia al
cercado. Si las murallas romanas defendían la ciudad de enemigos exteriores, el
aprisco levantó su modesta fortificación para un propósito mucho más prosaico:
impedir que el ganado abandonara el abrevadero y, haciendo de su capa un sayo,
arruinara las huertas que se extendían al otro lado de aquel particular limes.
Sin embargo, la
semejanza termina ahí. Mientras el urbanismo romano hacía del orden una de sus
mayores virtudes, el interior del descansadero es un completo desbarajuste,
fruto de la utilidad antes que del diseño. Basta cruzar el bardal para que el
paisaje se transforme: la huerta recuperaba la disciplina, desplegándose en una
sucesión de caballones de tierra quebradiza y surcos húmedos que dibujan una
geometría tan precisa como fértil.
Aunque hoy apenas lo
delate el paisaje, nos encontramos en los dominios de la antigua huerta
bañusca. Todavía sobreviven, dispersas por el entorno de Los Charcones,
numerosas norias de andén alto, reliquias de un tiempo en que el agua dictaba
el pulso de la vida. Algunas, de porte casi monumental, se yerguen como
torreones desmochados, derrotadas por una sequía crónica que parece haberse
adueñado definitivamente del territorio.
Rodean el aprisco las huertas
y norias de Antero, Liborio y Los Cucos; a tiro de piedra aguardan las de
Zambrana, Matigüelas y los Gatos; un poco más allá, las de Penecho, los
Jaboneros, el Mesto, el Salcedo o la del Chato la Virgen. Cerca de una
treintena componen el inventario local, una sorprendente constelación de
ingenios hidráulicos que aún permite imaginar el rumor incesante de las ruedas,
el ir y venir de los hortelanos y la fertilidad de una recortada vega que
durante siglos vivió al compás del agua y sostuvo a estas tierras y a su
población.
3.-
El barranco de Valdeloshuertos
Cuando el aprisco
comienza a diluirse frente a la avanzadilla de olivas del Prao, que
engulle en su espesura la traza del Cordel de Bailén, giramos a la derecha bajo
la sombra de una recia masa de eucaliptos casi monumentales —quininos, según la
jerga local—. De inmediato nos internamos en el barranco de Valdeloshuertos y
avanzamos entre olivos. Por la diestra queda el curso del arroyo de Los
Huertos. En unos cientos de metros, ahora sí, encajados en los pespuntes de la
vereda de las Aguas —senda abierta para la vigilancia de los asuntos del
pantano (1941) y que recorre todo el perímetro de su lámina de agua (lámina 8)—,
penetramos en las asperezas de Sierra Morena y en los dominios del huerto. Sí,
en masculino, atrás ha quedado la huerta, fértil y pródiga en aguas, y por
delante se anuncia la tierra seca y áspera, el escaso hilo de agua y la casucha
de mal vivir. El género importa. Del antiguo huerto de Patrocinio, por encima
de la casilla ya desvencijada, se conservan los minúsculos bancales del quiñón
y, junto a ella, a uno y otro flanco, los hoyos de la cantera que suministró la
pizarra. En un quiebre del arroyo, por frente de la casilla, permanecen ocultos
y entre la maleza el pozo y la alberca-lavadero.
Desde el umbral de la
casucha, el puentecillo de la traída de aguas del manantial de Gorgogil, elevado
sobre el arroyo, rompe el horizonte. La conducción de aguas, que en origen las
traía desde sierra adentro, aunque realmente es sifón invertido, aún hoy sigue en
servicio. En silencio, transporta las aguas que ahora vienen de la presa del
embalse del Rumblar y calla las historias que un día condujo.
Con toda probabilidad,
mis correrías por Valdeloshuertos comenzaron muy pronto; sin embargo, no creo
conservar ninguna mella anterior a la balompédica que ahora acude a mi memoria,
de cuando una pertinaz sequía dejó completamente reseco el lodazal.
Encajado en la cabecera
del barranco, el campo de fútbol era más bien de dimensiones raquíticas,
aunque, por la lozanía de su herbazal, nada tenía que envidiar a los mejores
terrenos de juego de la provincia. Conviene recordar que, por entonces, la
mayoría de los campos de deporte se asemejaban más a corrales de cabras que a
auténticos escenarios futbolísticos. La comparación resultaba aún más favorable
si se tiene en cuenta que, hasta entonces, nuestros encuentros cotidianos se venían
disputando sobre el empedrado de las eras de Casa y Vidalón o en el polvoriento
descampado de la Vuelta la Pera. Tan exuberante era aquel césped —o,
para ser más precisos, aquella tupida maraña de yerbajos— que no faltaba quien
se imaginara botando un córner en una esquina del Bernabéu o disponiéndose a
lanzar un penalti en el mismísimo Camp Nou. Yo guardaba silencio. En mis
adentros soñaba con saltar del banquillo para calentar la banda del Manzanares.
Aguas arriba, el
improvisado campo rompía contra un recodo del arroyo de los Huertos y la
alberca de Patrocinio; por el contrario, aguas abajo moría junto al puentecillo
de marras. Al otro lado de aquella modesta obra de ingeniería, pasada la
conducción, emergían la singular noria del Morito y su alberca, excavada en la
roca madre para almacenar las aguas. Por el flanco derecho, sopié del castillo,
el terreno tropezaba contra el arrecife de pizarra que sostenía el antiguo
camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas, coincidentes en este tramo;
por la banda contraria, se deshacía bajo el cauce del arroyo, junto al murete
de encauzamiento y el azud que retenía sus aguas.
Hoy, todo aquello se ha
convertido en un erial de cardos, estiércol y aguas negras, un chortal infecto
donde la vida ha sido derrotada.
La barcaza del Rumblar
Pero, por ser fiel a la
verdad, y pese a mis aficiones futboleras, mis primeros recuerdos de
Valdeloshuertos no transcurren sobre un campo de juego, sino sobre una barcaza
desguazada: un navío varado para siempre en la margen fluvial de la cola del
pantano. Junto al puente de las aguas de Gorgogil, parecía devolvernos el eco
de singladuras jamás emprendidas. Fondeada entre aquellos jirones del embalse,
evocaba, para nuestra imaginación, lo que nunca llegó a ser: un galeón de
Manila abierto a los inmensos océanos.
Una de aquellas tardes
ociosas, de mano sobre mano y nada que hacer, con mucho por inventar y aún más que
desbaratar, nos vimos zarpando hacia destinos imaginarios, siempre remotos y
exóticos, aunque nuestro único pantalán posible fuese la orilla de enfrente, la
del cerro del Gólgota o del Cerro del Algarrobo. Sin capitán, pero con
abundancia de grumetes, unos cuantos embarcaron en el vetusto navío, mientras
el resto cruzamos a la ribera opuesta para esperar el desenlace desde un puerto
más seguro. Como la barcaza hacía aguas por todas partes y el único instrumento
para achicar era una vieja y oxidada lata de tomate, pronto comenzó a dar la
impresión de que iba a irse a pique. En esos afanes andaba la improvisada
tripulación cuando el vigía de proa, sin cofa a la que encaramarse y convencido
de que el barco se iba al garete, decidió arrojarse a las procelosas aguas del
Rumblar de entonces: una masa negruzca donde se mezclaban las aguas embalsadas
con los vertidos residuales.
La desgracia quiso que
apenas hubiera tres cuartas de agua putrefacta. El improvisado timonel cayó de
la peor manera posible: de plancha y con todo el cuerpo extendido sobre aquella
superficie inmunda. De regreso, mientras improvisábamos artificios que
justificaran tan sonado naufragio fluvial, quienes habíamos permanecido en
tierra y regresábamos de punto en blanco caminábamos a paso ligero, procurando
mantenernos a distancia del hedor insoportable que despedían los intrépidos
marinos que, a bordo de aquella vieja barcaza, habían dado vida a una aventura
tan disparatada como inolvidable.
Pero, dejando a un lado
la anécdota y retomando el hilo de la historia, conviene detenerse en el origen
de aquellas singulares embarcaciones. Estas barcas se fabricaban de forma
completamente artesanal por un gremio de carpinteros asentado en Don Benito y
en la vecina Villanueva de la Serena. Su destino era, principalmente, la pesca
en el río Guadiana, aunque su uso se extendió de manera generalizada por los
humedales de Extremadura. Así lo documenta un estudio de Felicísimo García
Barriga, quien recoge diversos testimonios sobre la utilización de estas
embarcaciones en las charcas cacereñas de Brozas y Arroyo de la Luz, situadas
entre Cáceres y Alcántara. Conocida popularmente como la barca del Guadiana,
resultaba especialmente apropiada para la pesca de especies como la tenca y la
pardilla.
Su diseño, de planta
casi romboidal y escaso calado, les proporcionaba un fondo plano que las hacía
extraordinariamente estables y maniobrables. Solían transportar a dos personas
y se impulsaban exclusivamente mediante remos. Construidas en madera de pino, sin
embargo, presentaban un inconveniente característico: cuando permanecían largo
tiempo expuestas al sol y al aire, la madera se resecaba, aparecían grietas
entre las tablas y el agua comenzaba a filtrarse con facilidad. Por ello,
cuando no estaban en uso, se mantenían sumergidas para conservar la madera
hidratada y, durante la navegación, nunca faltaba a bordo un cucharro de
corcho, después una vieja lata, con el que achicar, una y otra vez, el agua que
inevitablemente iba entrando.
Y, retomando la
historia local, fue en la década de 1950 cuando un vecino de Baños, José
Columpios, camionero de profesión, tuvo la feliz ocurrencia de aprovechar sus
viajes comerciales por tierras extremeñas para no regresar nunca de vacío a su
pueblo. Su Parrala —como era conocido su pequeño camión— volvía cargada,
de vez en cuando, con alguna de aquellas barcas del Guadiana. Por uno de esos
caprichos con que la vida reescribe la geografía, aquellas embarcaciones,
nacidas para surcar las aguas del Guadiana, terminaron navegando las del
Rumblar, aunque no al servicio de pescadores. Por el contrario, participó de
los asuntos de carboneros y cazadores furtivos[4].
De nueva en vereda, al
hilo de las historias que van arropando la caminata, conviene detener la mirada
allí donde las aguas de la barranquera de los Turrumbetes —también conocido
como reguero del Matadero— vierten su caudal en el arroyo de los Huertos. En frente
nuestra, bajo el camino de la Cayetana, se alza un singular cono aluvial
formado por tierras, ladrillos y piedras, un depósito de sedimentos cuyo origen
se encuentra en las escombreras levantadas durante los años del desarrollismo
urbanístico bañusco, entre los años 70 y 80 del siglo XX. Aquellos vertederos
ocuparon las dos laderas del barranco, precisamente donde hoy se extienden los
dos falsos llanos que conforman el paseo de la Llaná y el aparcamiento
público de la carretera de Bailén. La peculiar naturaleza de este abanico
sedimentario invita a prospectarlo con calma. Entre sus materiales resulta
relativamente sencillo localizar piezas aisladas que, aunque arrancadas de su
contexto original, evocan episodios desdibujados por el paso del tiempo y las
transformaciones del paisaje. Una observación atenta puede deparar el hallazgo
de media muela de arenisca perteneciente a un molino aceitero, el catillus
de un molino harinero romano, un mojinete empleado para majar esparto o las
inconfundibles baldosas de La Moderna, la antigua fábrica de ladrillos de
Linares que alcanzó su máximo esplendor durante el auge de la minería del
distrito Linares – La Carolina.
En definitiva, son vestigios
descontextualizados, supervivientes de escenarios desaparecidos, pero no por
ello carentes de valor. Al contrario, constituyen pequeñas claves que
enriquecen el relato del lugar y aportan matices imprescindibles para
comprender la historia cotidiana de Baños, esa historia hecha de objetos
humildes, usos olvidados y vidas que el tiempo fue sepultando bajo nuevas capas
de tierra.
4.-
La fuente Cayetana
Al hilo de todo esto, o
quizá no tanto, el barranco nos despierta numerosos interrogantes que aún hoy
siguen bullendo en nuestra cabeza y que llevamos mucho tiempo rumiando. Uno de
ellos es el posible origen romano de la fuente Cayetana. Por debajo de la
vereda, la fuente está encajada en lo más hondo del barranco de la Quijá.
A primera vista, si nos dejamos llevar por esa mirada apresurada que solo busca
el escenario perfecto para un selfi, la fuente Cayetana podría parecernos una
humilde casucha de huerta o un chozo de aspecto esperpéntico. Sin embargo, la
realidad, que acaba siempre por colocar cada pieza en su lugar, nos revela que
se trata de una fuente alcubilla: una de las cuatro que abastecieron de agua potable
a la población de Baños hasta mediados del siglo XX, junto con las vecinas del
Socavón, Pacheca y Salsipuedes.
Lámina 12.- Fuente de
la Cayetana.
Situada a sopié del
barranco de Valdeloshuertos, la fuente Cayetana cuenta con tres alcubillas o
aljibes. El más antiguo de ellos, por la sobriedad de su traza y la factura de
sus sillares, bien podría sugerir un origen romano. Los otros dos, cubiertos
con bóveda de medio cañón de ladrillo y techumbre de pizarra, fueron levantados
a comienzos del siglo XX, al calor del crecimiento demográfico propiciado por
la minería. Sin embargo, aquella sospecha nunca terminaba de convencerme. Había
algo que, caminata tras caminata a Peñalosa, seguía royéndome por dentro. Me
repetía una y otra vez que la próxima vez llevaría el metro, porque aquellas
piedras no acababan de darme la talla romana. Pero un día surgía un asunto y
otro un despiste, y siempre regresaba con la misma incertidumbre.
Más allá de otros
indicios, el reducido tamaño de los sillares ya me inspiraba cierta
desconfianza. Tampoco el escaso desgaste de la piedra, especialmente en las
esquinas, encajaba con una obra que hubiera soportado el peso de tantos siglos
y la permanente humedad del barranco. Esperaba encontrar una pátina mucho más
acusada. A ello se sumaba que no reconocía el característico aparejo
almohadillado, tan frecuente en la arquitectura romana de cierta entidad, ni
advertía muescas o grapas —colas de milano o rebajes para tenazas y palancas—
propias de la manipulación de grandes bloques. Y, por supuesto, no había rastro
alguno del opus caementicium, el célebre hormigón romano. Todo apuntaba
en una misma dirección, aunque seguía faltándome una comprobación decisiva:
medir la altura de los sillares. Intuía que en sus proporciones podía
encontrarse la respuesta.
Hasta que un día, en
una de aquellas idas y venidas, recordé los consejos de mi abuelo José María.
Como tantas veces decía él, cuando faltan las herramientas hay que echar mano
de la sencillez del ingenio. En un arranque de inspiración, junto al moderno
puente de madera, dejé la vieja vereda de las Aguas, hoy ensanchada casi hasta
hacerla casi irreconocible, y descendí por un senderillo apenas esbozado
dispuesto a medir la obra con el único instrumento del que disponía: mis
propias manos. La sorpresa fue inmediata. Todas las hileras de sillares
presentaban exactamente la misma altura: una cuarta y cinco dedos —de los
míos—. Pero aún me llamó más la atención comprobar que entre cada hilada
aparecía una fina laja de pizarra, un recurso constructivo habitual en las
edificaciones monumentales de Baños desde los albores de la Edad Moderna, concretamente
desde finales del siglo XV. Además, las juntas estaban trabadas con una delgada
capa de argamasa de cal, un elemento que, por norma general, está ausente en
los aparejos romanos de mayor calidad.
Aquellos indicios,
lejos de cerrar el asunto, avivaron todavía más mi curiosidad. Como quien teme
perder el último tren, salí apresuradamente hacia el pueblo. Ni siquiera me
entretuve en saludar a los contertulios que, a esas horas, ya ocupaban sus
puestos habituales en la plaza. Me dirigí directamente a la iglesia de San
Mateo, dispuesto a medir la fábrica gótica. Y entonces llegó la revelación. Los
sillares de la parte más antigua del templo tenían exactamente la misma altura:
una cuarta y cinco dedos. También allí, entre las hiladas, aparecían la fina
laja de pizarra y el mortero de cal que había observado en la fuente Cayetana. Sonreí,
no pude evitarlo. Había encontrado la pista que llevaba tanto tiempo buscando.
Regresé a casa para
hacer una última comprobación, esta vez con el metro. La equivalencia resultó
ser de 29,6 centímetros. No cabía duda: aunque la fábrica de la fuente no fuera
romana, sus maestros canteros habían trabajado siguiendo el pie romano como
unidad de medida. Nada tenía ello de extraordinario. La iglesia de San Mateo
fue levantada durante el gótico tardío, cuando el influjo del Renacimiento
italiano comenzaba a abrirse paso en Castilla, recuperando no solo las formas
clásicas, sino también parte del legado técnico y metrológico heredado de Roma.
Con todos estos
indicios, y aun a riesgo de equivocarme me inclino a pensar que el aparejo de
la alcubilla primitiva de la fuente Cayetana —no así el de la segunda, cubierta
con bóveda de ladrillo y levantada ya en el primer tercio del siglo XX— bebió
en buena medida de las soluciones constructivas empleadas en la iglesia de San
Mateo. Ambas obras parecen responder a un mismo patrón: el uso del pie romano
como unidad de medida, la interposición de finas lajas de pizarra para
amortiguar la rigidez de la arenisca y la utilización de mortero de cal como
material de unión. Sin embargo, cuanto más detenidamente examinaba la fábrica
de la parroquial, más evidente se hacía que los sillares de la Cayetana
guardaban una afinidad mucho mayor con las ampliaciones acometidas durante el
primer tercio del siglo XVIII que con la obra gótica original. Los sillares de
esa etapa, especialmente los de la cabecera de San Mateo, presentan una labra
mucho más uniforme. Pero hubo un detalle que terminó de llamar mi atención: en
los sillares, los bloques de la Cayetana muestran un fino ribete perimetral
cuidadosamente pulido, mientras que el centro del sillar conserva un acabado
más basto. Ese mismo tratamiento puede apreciarse con claridad en los sillares
del crucero y de la cabecera de San Mateo, levantados en 1732, y también, justo
enfrente, en los de la Casa Grande o de los Zambrana Dávalos, fechada en 1724.
La coincidencia no
termina ahí. Ese mismo modo de labrar la piedra aparece también en la ermita de
Jesús del Camino (1719); en la cabecera del camarín, la sacristía y la casa de
los santeros del santuario de la Virgen de la Encina (1723); en la Casa Consistorial;
en la iglesia de Jesús del Llano (1682-1744) y, de forma especialmente
elocuente, en la portada de la casa parroquial de Santa María del Cueto (1787).
También puede reconocerse en varias casonas señoriales, entre ellas la Casa de
Priores (1756) y la Casa Escalante (1767).
Es cierto que los
sucesivos encalados y su eliminación posterior en los primeros años 70 del
siglo XX, realizadas con bujarda, han desdibujado en buena medida las huellas
originales del trabajo de los canteros. Aun así, me atrevería a sostener que
esta forma tan característica de labrar la piedra —incluida la de la fábrica
más antigua de la fuente Cayetana— responde a un mismo lenguaje constructivo
desarrollado durante el primer tercio del siglo XVIII. No significa
necesariamente que todas aquellas obras salieran de un único cincel o de la
mano de un solo maestro. Más bien parece el fruto de una cuadrilla de oficiales
picapedreros formados en una misma tradición técnica, conocedores de idénticos
recursos y fieles a una manera común de entender el oficio.
Antes de abandonar la
fuente, me viene a la memoria la dura historia de Eulogio, padre de otro
Eulogio, personaje legendario en Baños, hombre de extraordinaria bondad y de carácter
singular, cuya vida terminó de forma tan triste como inesperada. Tenía la
curiosa costumbre de recordar cada día las onomásticas y aniversarios de buena
parte de los vecinos, sobre todo de los más mayores. Y aquella prodigiosa
memoria, unida a su condición de parroquiano habitual de tabernas y barras,
solía verse recompensada con un vasillo de vino manchego.
Pero quien ahora nos
interesa es el padre, el primer Eulogio. Trabajaba como jornalero para las
conocidas «Viudas», una de las familias principales del pueblo. Además de las
faenas del campo que ocupaban sus jornadas hasta el toque del ángelus, tenía
encomendada una tarea tan ingrata como imprescindible. Al caer cada tarde,
acompañado de sus dos borricos, debía bajar hasta la fuente Cayetana para
abastecer de agua la casa. Uno de los animales cargaba cuatro serones o
aguaderas; el otro, de lomo más ancho y conocido por todos como Juanico,
llevaba seis. Entre ambos transportaban el equivalente a diez cántaros de agua.
Medio adormilado y armado de una paciencia infinita, Eulogio iba llenando uno a
uno aquellos recipientes con el escaso hilo de agua que manaba de la fuente. La
faena se prolongaba, noche tras noche, hasta bien entrada la madrugada. Aquella
era la ración diaria destinada a cubrir las necesidades de la casa: la
limpieza, la colada, el uso doméstico y el abastecimiento de moradores y
servicio.
No era un trabajo
especialmente duro por el esfuerzo físico que exigía, sino por la interminable
espera que imponía el exiguo caudal de la Cayetana. Tan lento era el manar del
agua que pocas noches conseguía Eulogio regresar a tiempo para calentar el jergón
antes de que despuntara un nuevo día.
Ahora sí, dejando atrás
historias que poco tienen que ver con nuestro camino y despidiéndonos de la
fuente Cayetana y de sus virtudes —hoy reducidas a un hilo de agua que solo
reaparece, de forma intermitente, cuando llueve a cántaros—, dejamos atrás el puente
de nueva factura y continuamos la marcha encajonados entre las mallas de
alambre que delimitan la vereda. No hay otra ocupación que recrearse en el
paisaje. A nuestra izquierda se extiende un monte bajo de extraordinaria
riqueza, un auténtico mosaico vegetal donde se entremezclan diferentes jaras —pringosa,
jaguarzo y estepa—, con retama, cantueso, mejorana y algunos ejemplares de
escaramujo, antes de fundirse con un cerrado bosquete de encinas que tapiza la
ladera. A la derecha, por el contrario, la lámina de agua abre el horizonte y
convierte el paseo en un improvisado observatorio de aves. Según la estación y
la hora del día, es fácil sorprender la mirada inmóvil de una garza real
apostada en la orilla; contemplar el vuelo majestuoso de la cigüeña blanca —la
negra, mucho más esquiva, rara vez se deja ver, pero se aprecia en el entorno
de Peñalosa—; seguir las veloces evoluciones de abejarucos y golondrinas;
observar las inmersiones de los cormoranes o escuchar el chapoteo de patos y los
novedosos gansos del Nilo mientras lanzan al aire sus ásperos reclamos. En los
cielos, con cierta frecuencia, tampoco suelen faltar a la cita diversos tipos
de águila y buitres leonados, dueños absolutos de las corrientes térmicas.
Aquel paisaje, sin
embargo, me despierta también recuerdos de una relación con el campo muy
distinta de la actual. Vuelve entonces a mi memoria una mañana de liria con mi
buen amigo Juanatos, allá por la loma de la Quijá, en noviembre,
cuando el paso de los pájaros (emigración de las aves insectívoras). Estando en
aquellos trajines cinegéticos, recogiendo las capturas del puesto, en un
traspié, que nunca faltan, propiné una patada involuntaria a la jaula de un
colorín utilizado como reclamo, un jilguero. De no haber sido por la rapidez y
buen pulso de mi compañero, todavía estaría corriendo barranco abajo tras el enchironado.
Eran otros tiempos, para lo bueno y para lo malo. Otra forma de vivir el monte,
de entenderlo y, en cierto modo, de hacerlo cultura propia. Con los años, he
llegado a la conclusión de que muchas de las convicciones que hoy sostengo
nacieron precisamente de aquellas prácticas, que el tiempo, la experiencia y
una nueva sensibilidad terminaron por poner en cuestión. Estas maneras de relacionarse
con el monte también forman parte del aprendizaje que exige nuestra tierra.
5.-
La Cultura Argárica
Atrás quedan los
bancales del Huerto Rojo, tomados por un ejército de granados retorcidos y
zarzas invasoras, entre las que aún resisten algunas higueras. En frente de
nosotros, en la margen contraria de la lámina de agua, se abren los barrancos
de la Colmenera y la Conejera, donde se esconden dos singularidades del
paisaje: el rajal de las Colmenillas, un fósil de la tradición apícola serrana,
y la no menos extraordinaria fuente del Socavón, una mina de agua de probable
origen romano, pequeña y recogida entre los pizarrones, casi siempre sumergida
bajo las aguas del embalse.
Superada la curva que
mira al collado de la Pacheca, intento descubrir el lugar donde mana su fuente.
Pero con este venero sucede lo mismo que con la Encantá —un
fantasmagórico personaje femenino cuyo espíritu, según la tradición, vaga por
el Pilarejo espantando lavanderas y embaucando a los mozos de buen ver—: todo
el mundo habla de ella, aunque nadie es capaz de señalar con certeza su
emplazamiento.
Conviene advertirlo en
este momento: quienes caminen con calma por este tramo, si mantienen la
atención visual podrán descubrir, en la época adecuada, varias especies de
orquídeas silvestres.
La Peña y la
Salsipuedes
Tras unos metros de
suave descenso, la mirada se dirige inevitablemente hacia el enorme roquedo de
Peñalosa, que ahora se alza magnífico por nuestra siniestra dominando el
paisaje y quebrando la línea del horizonte. No conviene, sin embargo, dejarse
engañar por el nombre. Sobre la imponente roca de Peñalosa no se encuentra el enclave
arqueológico que ha dado motivo a nuestra visita, este está situado a tiro de
piedra y a poniente del risco, donde, de antiguo, el poblado se yergue sobre un
espolón. Cortado en su parte meridional por el despeñadero de la Salsipuedes,
su acrópolis se asoma dominando el valle del Rumblar.
En la década de 1970,
cuando salieron a flote las viviendas y las murallas del poblado que hoy
conocemos con el nombre de Peñalosa, gracias al buen tino de Eduardo
Muñoz-Cobo, el paraje era tan agreste y despoblado que ni siquiera tenía una
denominación propia. Así que, llegado el momento de bautizarlo, la elección fue
casi inevitable: era mucho más sensato tomar el nombre de la peña que apoyarse
en el apelativo del despeñadero, cuyo topónimo resultaba poco alentador. Desde
entonces, el asentamiento quedó para siempre identificado como Peñalosa.
Antes de llegar al
poblado, confieso una tentación difícil de reprimir. Desoyendo cualquier norma,
olvidándome por un instante de vallas, alambradas, guardas y cuqueros, me
imagino saltando el cercado sin ceremonia alguna, internándome entre las
charabascas y ascendiendo con sigilo hasta la peña. No me hagáis demasiado
caso: solo son ensoñaciones. Aunque, dicho sea de paso, ¡cuánta cerca hay en Sierra
Morena! Podría pensarse que el ascenso merece la pena únicamente por las
vistas, magníficas en cualquier dirección. Sin embargo, no es el paisaje el
único argumento de este lugar. La cima posee una atmósfera difícil de explicar,
es como si se tratara de un antiguo santuario impregnado de una espiritualidad
que aún perdura.
Lámina 15.- Enorme risco de Peñalosa / embalse del Rumblar
y, al fondo, macizo granítico del Navamorquín.
Solo si intentamos
mirar con los ojos de quienes habitaron estas sierras hace miles de años,
desprendiéndonos por un momento de nuestra forma contemporánea de entender la
relación entre hombre y naturaleza, podremos intuir el significado de las
numerosas cazoletas, alquerques y antropomorfos cruciformes grabados sobre la
roca. Son marcas lapidarias que apenas alcanzamos a descifrar, mensajes
silenciosos que desafían la comprensión de una sociedad tan acelerada como la
nuestra. Todo apunta a que nos hallamos ante símbolos de carácter apotropaico,
signos protectores ligados a un universo de creencias profundamente enraizado
en los ciclos de la naturaleza: la tierra y el sol, la fecundidad y el misterio
del nacimiento, la muerte y la incesante renovación de la vida. Su significado
último quizá se nos escape sin solución posible, pero su presencia sigue
invitando a la reflexión y al asombro.
Con estas ideas
revoloteando en la cabeza, en permanente conversación con mi buen amigo Francis
Merino Laguna, emprendemos el descenso con el máximo cuidado, procurando no
abrir trochas nuevas ni desmadejar la huella que dejó la historia. No hay
motivo para impacientarnos: el barranco y las piedras que conforman el poblado
argárico ya están a la vista.
Y, llegados a este
punto, la pregunta resulta inevitable: ¿qué demonios significa eso de «lo
argárico»?
Aunque la lámina del
pantano evita que seamos conscientes de ello, por frente nuestra, a la altura
de la peña, las aguas de Valdeloshuertos que nos han acompañado durante el
camino entregan finalmente su caudal al Rumblar. La primavera ha sido generosa
y el embalse rebosa. Al fondo, tras la inmensa lámina de agua que sepulta los
antiguos huertos del Marquihuelo y engulle al arroyo de la Plata —también
afluente del Rumblar por su margen derecha—, se alza, inexpugnable, el macizo
granítico del Navamorquín, con sus minas, sus tumbas antropomorfas y su
castillo romano. Pero aquello es otra historia.
El sendero, convertido ahora
en un regato de plata que encharca el camino, serpentea sin otra pretensión que
guiarnos el paso mientras destellea bajo la luz de la primera mañana.
El poblado de Peñalosa
se alza sobre un espolón de pizarra modelado durante millones de años por las
aguas del regato de La Rumblosa, que se hunden precipitadamente por el flanco
sur labrando el desfiladero de la Salsipuedes, y por las del arroyo de Valdeloshuertos
que traíamos por levante. Por frente del poblado, en la otra margen del
Rumblar, también vierten las aguas de otros dos riachuelos, Marquihuelo y de la
Plata, que mansamente discurren como uno solo por el hoyazo del Marquihuelo. La
población de Peñalosa, levantada sobre tanta confluencia de aguas, dominaba la
cuenca fluvial que se extendía a sus pies, aunque hoy duerma bajo la quietud de
un embalse que ha sepultado para siempre viejos caminos y desvelos.
Cuando, como este año,
las lluvias han sido abundantes, cuesta comprender el origen del nombre de la Salsipuedes.
Sin embargo, cuando el Rumblar agoniza por la falta de agua y la barranquera
recupera toda su profundidad y se encajona, resulta fácil entender que aquel
apelativo no obedecía a un simple capricho. Es entonces que se revela con
claridad la defensa natural que protegía el caserío argárico. El poblado está
rodeado por el abrupto acantilado de la Salsipuedes, que lo ciñe en un amplio
arco suspendido sobre el abismo, aunque para su defensa también fue necesario levantar
murallas de diferente naturaleza. Sus flancos norte y oriental, a falta de
despeñadero que evitara el acceso de los intrusos, se vieron reforzados con una
sólida muralla formada por tres paños y varios bastiones macizos, que
garantizaban la defensa y custodiaban dos puertas monumentales, al sur y norte.
Hay quien sostiene,
quizá dejándose llevar por la imaginación, que el risco de Peñalosa, con la
enigmática presencia de sus marcas lapidarias, reproduce el firmamento. En
contraste, en la oscuridad del profundo tajo de la Salsipuedes se hunde un
infierno—a pesar de la luz simbólica que parecen irradiar las cazoletas
repartidas aguas arriba, en ambas márgenes del arroyo—.
En un traspié, mientras
nos recreamos en el silencio de la mañana, la recortada silueta de Peñalosa se
deja entrever entre las encinas. Su perfil quiebra un horizonte de colores
cambiantes, un cielo entrecortado por la piedra que se levanta en permanente
rebeldía.
Con toda probabilidad,
la población originaria estaría formada por grupos clánicos marginales
provenientes de la actual comarca de La Loma. Primero se establecieron en los
poblados del Cueto (Castillo de Baños) y Cerro Tambor, con la finalidad de
rentar los filones metalíferos de la trinchera vecina del Polígono-Contraminas,
para después penetrar en la Cuenca del Rumblar y organizar un verdadero dominio
territorial integrado por poblados principales, fortines y núcleos mineros.
Murallas, acrópolis y viviendas
fueron levantadas por vez primera hacia el 1900 antes de nuestra era, aunque
después, en torno al 1600 y tras un incendio, hubo una remodelación y
ampliación del área habitada, que incluyó la creación de una enorme cisterna. Algunos
autores argumentan que las murallas de pizarra fueron erigidas para defenderse
de un posible enemigo, pero también hay quienes razonan que se armaron para doblegar
a quienes habitaban el interior del poblado. Sin embargo, las numerosas campañas
arqueológicas y el minucioso trabajo de investigadores y auxiliares han ido
desdibujando esta última interpretación. Hoy se relata un panorama diferente: en
aquellas comunidades, pese a existir cierta jerarquización, las diferencias
sociales fueron livianas durante buena parte de la existencia del poblado. Finalmente,
conforme la sociedad fue ganando años, las clases sociales acabarían
acentuándose.
Sus habitantes, que vivían
principalmente de la obtención de cobre arsenicado y de su transformación
metalúrgica, fabricaban herramientas, armas y una especie de lingotes de metal
conocidos como galápagos. Destinados a intercambio comercial, recibían tal
apelativo porque su forma recuerda el caparazón de este reptil. Tras cuatro
siglos de convivencia, la población abandonó el asentamiento de forma pacífica
sin que la arqueología haya encontrado indicios de una destrucción violenta ni desentrañado
las causas en firme de aquella huida.
En su estado actual, nada
de esto se parece a lo que contemplé la primera vez que caminé por el enclave y
supe de su lugar en la historia. La fecha se pierde en el altillo de mi desmemoria,
aunque debió de ser a finales de los años setenta y me acompañaba mi buen amigo
José Adolfo Estepa. Salimos en busca de alguna piedra que nos contara una
historia y justificara la aventura de una mañana de intrigas. En cambio, encontramos
un buen puñado de tiestos y el nacimiento de una curiosidad insaciable por conocer
y entender el pasado. También regresamos con una generosa colección de arañazos
y moratones, fruto de correr como pollos sin cabeza por unos vericuetos que
desconocíamos: el arroyo de la Rumblosa. Con todo, aquellas magulladuras eran
propias de la edad, como los coscorrones, pues forman parte una manera de comprender
que, a fuerza de tropezones, te haces con los caminos. Con la edad, ya habría
tiempo para caminar despacio, sentarse a la sombra, abrir la talega y comer con
tranquilidad. El silencio haría el resto.
Y, al hilo de esto,
quizá es el momento oportuno para dar cuenta del bocadillo para después franquear
las defensas y adentrarnos en el poblado.
El poblado de Peñalosa
El camino difumina su
trazado frente a la muralla, a levante de la entrada meridional. A primera
vista, el frente fortificado podría parecer una gigantesca escalinata, pero la
realidad es bien distinta. Se trata, en efecto, de la sucesión de tres líneas
de muralla conservadas a distinta altura, por la erosión natural producida
durante milenios, y reforzadas por varios bastiones que abrazan y protegen el
conjunto de la acrópolis oriental.
En su interior se alzan
amplias viviendas de planta rectangular, construidas con mampuestos de pizarra
trabados con argamasa y revocados con un mortero de barro enriquecido con cal.
Las cubiertas, de escasa pendiente, respondían a un sistema constructivo tan
ingenioso como eficaz: pilares y vigas de alcornoque —y, en menor medida, de
encina— sostenían un entramado de monte bajo sobre el que se disponían
sucesivas capas de barro, rematadas finalmente con lajas de pizarra.
En el interior de
aquellos habitáculos convivían el hogar y el trabajo, el descanso y la muerte.
En un mismo espacio doméstico se integraban la cocina, el taller, el lecho y la
fosa, reunidos todos ellos en una única realidad cotidiana.
Pero no adelantemos
acontecimientos; ya llegará el momento de relatar sus prácticas funerarias. Se
penetra en el poblado por un angostísimo corredor, la Puerta Meridional, apenas
una rendija abierta entre muros de pizarra de una anchura descomunal y, en su
día, unos cuatro metros de altura. Dejando atrás el vestíbulo, se asciende por
calles estrechas y empinadas que obligan a avanzar en zigzag. En un recodo a la
izquierda, sobre un banco de pizarra elevado, queda atrás lo que pudo ser el pozo
fundacional del poblado. En su fondo, en el marco de un complejo banquete ritual
y tras sacrificar numerosos animales, entre los que destacaba el amplio número
de equinos, se depositaron los despojos del festín mientras se invocaba el
favor y la protección de los dioses para asegurar la prosperidad del
asentamiento.
Quedando atrás una
vivienda que oculta entre sus piedras un foso romano posterior, se discurre por
la acrópolis oriental a través de un corredor encorsetado. Se trata de un
inmenso granero comunal protegido por muros poderosos, un auténtico castillete
en el interior de la fortaleza que se eleva sobre el resto del poblado como si
se tratara de un pequeño alcázar. Desde allí, convertido en referencia visual
para cuantos transitaran por el interior de la cuenca del Rumblar, el
asentamiento dominaba el territorio con la misma autoridad con que, hace casi
cuatro mil años, debió de contemplar el ir y venir de sus habitantes.
Apiñadas bajo el
dominio de la acrópolis encastillada, en la ladera norte las viviendas se
derraman y escalonan sobre tres enormes terrazones, hasta conformar un
intrincado dédalo de callejas que nada tiene que envidiar al legendario
laberinto del Minotauro cretense. El poblado, cuya disposición evoca en cierto
modo el urbanismo alpujarreño, se completaba en las terrazas inferiores con una
gigantesca cisterna capaz de almacenar hasta 400.000 litros de agua. De
dimensiones monumentales, recogía la escorrentía procedente de tejados y calles
para abastecer las necesidades domésticas, servir de abrevadero al ganado,
prevenir los incendios derivados de las actividades metalúrgicas… y, quién
sabe, quizá también alimentar prácticas rituales hoy perdidas en el dédalo del
tiempo.
Al abrigo de las
viviendas, aunque siempre en busca de cualquier hilo de luz que penetrara desde
el exterior, se disponían los telares para trabajar lana y lino. También
podemos identificar los característicos molinos barquiformes, con los que se molían
cebadas y trigos. Ocultos bajo los bancos corridos de los hogares, enterrados
bajo la solería o elevados en el rincón principal de la estancia, como si de un
altar se tratara, reposaban los ancestros. Depositados en posición fetal dentro
de cistas o pithoi y acompañados por un ajuar compuesto por los útiles
de su vida cotidiana y estatus social—armas, herramientas, copas, vasos
carenados o semillas de cantueso—, aquellos difuntos del Bronce ocupaban un
lugar central en la domus. Su presencia convertía la casa en un
auténtico santuario doméstico, donde la memoria de los antepasados magnificaba
el linaje y reforzaba la identidad de la comunidad.
Dejando atrás el calor
de los hogares, identificando algunas de las secuelas del incendio accidental
que arrasó vidas y viviendas transformando para siempre la organización de la
trama urbana, reemprendemos el camino. Aún habrá lugar, en un anchurón abierto
bajo la acrópolis, de identificar un corral destinado a la estabulación del
ganado —principalmente cabras y ovejas—. También debió ser utilizado como lugar
para socializar, como foro de encuentro, espacio de juego y escenario de los
corrillos cotidianos. Abandonamos el poblado por el monumental acceso norte
que, en acusado descenso y encajado entre dos enormes bastiones, nos conduce a las
aguas del embalse. Atrás quedan el pernio y el tranco de granito de la puerta,
detalles que solo descubren quienes saben detener la mirada y escuchar en el
silencio.
Nada más franquear la
puerta, a nuestra derecha se alza un muro singular que asciende ladera arriba.
Asentado sobre bastiones circulares, prolonga su recorrido hacia levante
mediante una trinchera y una senda empedrada con cantos rodados, como si se
tratara de un camino litúrgico. Se interpreta habitualmente como un paño de
muralla o una contramuralla exterior, concebida con una finalidad estrictamente
defensiva. A partir de esa premisa, de su organización, se han elaborado
hipótesis sobre las desventajas tácticas que podría tener un potencial atacante
diestro, que sería un número dominante de la población. Para ello se han tenido
en consideración estudios comparativos realizados en otras fortificaciones
argáricas, especialmente en La Bastida (Murcia).
Sin embargo, y poniendo
en cuestión su finalidad defensiva. ¿Podría esta estrechura desempeñar un papel
simbólico o ceremonial relacionado con los equinoccios, los solsticios, el
ciclo de las estaciones y el calendario agroclimático? Llevando la conjetura un
paso más allá, cuando ambas murallas —la interior y la exterior— conservaban
toda su altura, la forma y la orientación del espacio comprendido entre ellas podrían
evocar, al menos para quien escribe, el corredor ceremonial de un dolmen,
aunque abierto. Resulta imposible determinar si llegó a cubrirse con alguna
estructura vegetal, pero la posibilidad no puede descartarse.
En relación con este
argumento, cobran especial interés las cazoletas labradas en la solería de su
interior, sobre la misma pizarra. Ahí están, dispersas como migas de pan que
invitan a seguir un rastro. Por un momento, haciendo las veces de Pulgarcito,
no puedo evitar adentrarme por una senda interpretativa que muchos considerarán
intransitable: ¿podría la alineación de esas cazoletas guardar relación con la
salida y la puesta del Sol durante los equinoccios?
En esa situación,
encajados entre tanta roca y alzando la vista hacia un revolutum de pizarra
inconcebible, tomamos conciencia de la inmensa cantidad de piedra que debió removerse
y del esfuerzo que aquella empresa debió de exigir. Sin duda fue obra de muchos
hombres, de varias generaciones, cuando no el resultado de una labor
permanente. ¡Qué pobre es el brillo del metal, que exige los mayores
sacrificios sin enriquecer jamás el alma!
Y allí, tendida al
exterior y ajena a toda nuestra retahíla de reflexiones, una estructura
circular permanece impasible. El círculo, nacido al amparo de una determinada
forma de concebir el mundo y de relacionarse con la diosa, cayó en el olvido
para que la comunidad terminara encajándose entre esquinas. Mientras
recorríamos las cotas superiores, identificábamos que las viviendas eran
rectangulares y estaban divididas en espacios diferenciados, como si de
habitaciones se tratara. Sin embargo, por llevar la contraria a esa lógica, en
el exterior aún parece haber quien se empeñó en mantener la antigua tradición: la
de quebrar los ángulos, doblarlos hasta hacer desaparecer las esquinas.
Así es, extramuros
encontramos una construcción anómala para la Edad del Bronce, más propia de la
etapa precedente, la del Cobre. La erosión provocada por el pantano dejó tan
escaso material en su interior que hoy resulta imposible determinar cuál fue su
función o aventurar una teoría sólida sobre su origen. ¿Pudo destinarse a
actividades artesanales? Es posible, pero existe, sin embargo, un dato
revelador: este tipo de unidades de habitación, circulares y situadas fuera del
recinto principal, aparece en algunos poblados amurallados del Neolítico de la
Sierra de Jaén. Allí cumplían una función bien definida. Eran espacios francos,
un enclave destinado a recibir heraldos y embajadas de comunidades vecinas o
lejanas; lugares en los que negociar sin mostrar todas las cartas de la mano. El
hecho de no franquear las murallas impedía revelar las verdaderas defensas y la
fuerza de guerra del poblado.
Sea o no el origen de
esta construcción, la posibilidad permanece abierta. Lo único cierto es que el
círculo representa el encuentro entre iguales.
Y, con todo esto, ¡casi
olvidábamos hablar de los asuntos argáricos! Lo cierto es que Peñalosa formaba
parte de un amplio conjunto de comunidades integradas en una entidad cultural
mucho mayor, dotada de rasgos bien definidos en sus patrones urbanísticos, su
cultura material y sus prácticas funerarias. Adscrita a la Edad del Bronce,
esta cultura se extendió por los actuales territorios de Almería, Murcia y
Granada, alcanzando también, aunque con menor intensidad, Alicante, Albacete,
Jaén y Málaga. Incluso hay quienes sostienen que su influencia llegó a
desbordar esos límites y se derramó sobre la llanura manchega, donde
tradicionalmente se ha certificado la presencia del Bronce Manchego.
Los primeros
testimonios de esta cultura fueron identificados por los hermanos Enrique y
Luis Siret, dos ingenieros de minas belgas que, vaya usted a saber por qué
extraña combinación de azar, ambición y mineral, terminaron excavando en el
rincón sureste de la Península. Fue en el yacimiento de El Argar, situado en el
municipio almeriense de Antas, donde documentaron por primera vez las
características de esta sociedad prehistórica. De aquel enclave procede,
precisamente, el nombre con el que hoy conocemos a toda esta extensa comunidad
cultural: argáricos.
Poco queda ya por
hacer, salvo olisquear cuanto aún se resiste a ser comprendido. La tarde
declina y la perrilla reclama el camino de vuelta. Nos marchamos dándole
vueltas a las enormes cazoletas que bordean el poblado, como si de un limes
territorial se tratara, y a otras que parecen dibujar una constelación que
inevitablemente nos recuerda a Tauro, el uro sagrado. Pero también nos
preguntamos qué destino pudieron tener otras marcas lapidarias, como el
santuario de las Espirales, o a la multitud de betilos que salpican ambas
laderas del arroyo de la Rumblosa[5].
La perra me observa en
silencio, igual se pregunta cómo es posible que alguien sea capaz de rumiar
semejante colección de dislates.
Atrás queda la mole de
Peñalosa. Lo que a nuestros ojos podría parecer un murallón imperecedero se
deshace, en realidad, lentamente, como polvo de ceniza arrastrado por el fuego
de los siglos. En la pizarra, con cada laja que se desprende, desaparece una
crónica, una página de la memoria que se desvanece como el recuerdo de los
difuntos.
Lámina 23.- De regreso caminando
entre estratos verticales de pizarra: piedemonte de Cerro Moyano.
La peña nos despide
desde lo alto, insinuando que guarda mucho más de lo que hemos alcanzado a
comprender. Pero siempre quedará otra visita, otra oportunidad para descubrir
un nuevo matiz. Siempre habrá ocasión de desentrañar una nueva historia, quizá
pequeña e insignificante en apariencia, aunque suficiente para añadir otro
grano de conocimiento sobre la manera de vivir de aquellos pobladores. Ellos sajaron
la tierra y la cubrieron de cicatrices en busca de un «dorado» que tal vez
nunca existió, pero cuya promesa ha alimentado, desde el principio de los
tiempos, la insaciable sed de la ambición humana.
6.-
Un día más… y una historia menos
Y regresamos por donde
habíamos venido, desandando las gastadas piedras de su camino «romano». Con
cada regreso hago recuento de las espigas, del cordón maestro y de cada uno de
los ripios que sostienen el empedrado. He llegado a pensar que, con cada caminata,
con cada matiz que descubro y con cada historia que vuelvo a leer, el camino
pierde una piedra; como si el simple hecho de contemplarlo fuera también una
forma de desgastarlo, de ir borrándolo poco a poco de la memoria de la tierra.
Lámina
24.- ‘Camino Romano’
[1] Láminas 3.2, 5.1, 7, 12, 13.2, 15.1,
15.2, 17.2, 18.1, 21.1, 21.2, 23.
[2] Ganadería trashumante.
[3] Oveja con lana de calidad
superior.
[4] CANTARERO QUESADA, J.M. (2026): La
barcaza del Rumblar, Baños de la Encina. Revista Argentaria, nº 30. pp. 84-89.
[5] CANTARERO QUESADA, J.M. (2026):
“Calvarios y marcas lapidarias: continuidad simbólica entre la prehistoria y la
tradición cristiana. Baños de la Encina (Jaén)”. Revista Argentaria, Vol. 30.
En imprenta.
























