domingo, 15 de febrero de 2026

Breve reseña histórica del Castillo de Baños, y 2

Edad Media

Aunque no se tiene testimonio de unas estructuras murarias que puedan adscribirse culturalmente a los periodos emiral y califal, la verdad es que son numerosas las evidencias de cultura material que han aparecido en las excavaciones arqueológicas. Este es el caso de ollas trípode, tornetas y, principalmente, lápidas funerarias reutilizadas en muros y suelos, que refrendan la existencia de inhumaciones islámicas en el cerro del Cueto al menos desde el siglo XI al XIII[1]. Sí es cierto que Abderramán III puso fin a las fitnas —guerras civiles— que sacudían la estabilidad del emirato cordobés y amenazaban la existencia de la dinastía Omeya entre los siglos IX y X. Con la estabilidad, los poblados rebeldes y en altura, instalados en lugares de fácil defensa, como fue el caso de Los Castellones de las Tres Hermanas, Marquihuelo o Cerro del Pico del Águila, reconcentraron su población en emplazamientos que seguían ofreciendo buena defensa, pero con mejor acceso a tierras de cultivo. Era el caso del Cueto[2]. Como se decía, no se conoce la estructura defensiva que se erigió en el Cerro del Cueto, pero el cuartel o fortín existente en la primera mitad del siglo XII debía parecerse a otros muy similares situados a ‘tiro de piedra’, en Despeñaperros y el Macizo del Muradal. Más concretamente al conocido bajo el apelativo de castillo de Malaventura. En su caso, como en el nuestro, se trata de un fuerte rudimentario, un recinto defensivo adaptado a la fisonomía del terreno y cercado mediante una torre monumental y murallas formadas con sillares ciclópeos pertenecientes a culturas anteriores (Bronce e Ibéricas). En su interior albergaba un patio o corral abierto rodeado de diferentes y sencillos cobertizos, o ranchos, para vivienda y establos. En definitiva, el castillo que recortó el horizonte del Cueto hasta la primera mitad del siglo XII se cimentaba en la reutilización de las estructuras de diferentes culturas, las que habían ocupado el Cerro del Cueto desde la Edad del Bronce a la etapa romana, junto con las posteriores aportaciones andalusíes.

Avanzado el siglo XII, cuando la frontera ya estaba en el macizo de Sierra Morena, el invasor castellano, que ya llevaba mucho más de un siglo en contacto con el lugar, fue modelando la voz árabe que daba nombre al castillo, posiblemente baniya y sonido banio, y consolidando un error semántico: interpretó que el nombre del castillo derivaba de la sexta y quinceava acepciones del sustantivo ‘baños’, que lo explicaban como balneario o lugar con aguas mineromedicinales, cuando en realidad procedía de la décima: ‘Especie de corral grande o patio con aposentos o chozas alrededor, en el cual los moros tenían encerrados a los cautivos’. El nombre del castillo, que realmente tuvo su génesis en un fuerte rudimentario y desvencijado, quizá un puesto de avanzada o un presidio de frontera, refugio de personas y bestias en lo más inhóspito de Sierra Morena, pasó a tenerlo en unos baños o termas que nunca habían existido[3].

El tardo medievo: la construcción del castillo almohade

En al-Ándalus, el acceso al califato de los almohades supuso la reunificación de los territorios y la estabilidad política, pero también se puso de relieve que la situación geomilitar en Sierra Morena, su seguridad, ya no era la misma de un siglo atrás. Que la vanguardia castellana superara la barrera del macizo mariánico y campeara libremente por la campiña andaluza era un hecho previsible e inminente. Con estos argumentos, el califato ideó una magnífica estrategia defensiva-ofensiva, aunque el tiempo confirmaría que no fue suficiente. Se diseñó una compleja malla protectora, a modo de capas superpuestas y comunicadas entre sí, integrada por castillos mayores (ḥiṣn) y fortines o torres menores (búrǧ) ampliamente repartidos por toda la geografía serrana[4]. Este fue el caso de fortificaciones como Castro Ferral o Navas de Tolosa, pero también de Burgalimar, Vilches o Baños, situado este último en la retaguardia, en la solana meridional de Sierra Morena.

La mayoría de los castillos y fortines ya existían, con otras condiciones, sólo se tuvo que realizar una remodelación o ampliación, a veces sencilla y en ocasiones más dificultosa. Pero en otras situaciones, reutilizando la ubicación, pero no las construcciones preexistentes, se elevaron de nueva planta castillos mediante la utilización de unas maneras de edificar novedosas. Promovidas por el califato almohade, se abandona la fábrica de sillería de tradición califal y se asume como aparejo oficial la tabiya o tapia de cal y tradición hispánica en sus diferentes versiones y calidades. Así ocurrió con el fortín o presidio bañusco. En la segunda mitad del siglo XII, haciendo tabla rasa y sin conservar las murallas existentes, se edifica de nuevas un hisn que sigue las pautas marcadas por el nuevo califato bereber. Un detallado análisis de sus características arquitectónicas así lo testimonia, pero también lo han certificado las muestras de madera analizadas mediante C14, agujas conservadas en los mechinales del encofrado de torres y paños (Moya García, 2009). La cronología obtenida, que oscila entre 1.120 y 1.230 d.C., junto con la situación geomilitar del momento y las particularidades técnicas de sus murallas[5], nos permite considerar almohade la fundación del castillo cuyas formas se elevan hoy sobre las riscas del cerro del Cueto.

Aquel fortín o presidio desvencijado, cimentado sobre las ruinas de las culturas anteriores, pasó a convertirse en un centro neurálgico del nuevo andamiaje defensivo de Sierra Morena. Por las nuevas circunstancias geomilitares, mudó de ser un simple baniya aislado en la aspereza serrana a ḥiṣn Baniya, un castillo de notable envergadura que tenía bajo su control buena parte de las vías de comunicación que atravesaban el macizo mariánico.

Con la conquista castellana (1212), se generó una reorganización del espacio interior del castillo y la creación de nuevas estructuras defensivas. Se produce un relativo abandono de una parte del castillo, la más meridional, y se fortalece el frente septentrional mediante la construcción de un alcazarejo[6]. En un primer periodo, se cerca con mampostería un espacio trapezoidal formado por un torreón avanzado, dos muros laterales y una de las viejas torres de tapia, que ahora se realza y reviste con piedra irregular y cierto tamaño. En un segundo momento, durante las guerras de banderías acaecidas en el último tercio del siglo XV, con la familia Corvera como protagonista, vuelve a elevarse la torre del homenaje o Almena Gorda con sillares de arenisca de mejor factura.

La fortaleza, con forma oval y una puerta de acceso, está construida con un magnífico tapial de cal, un mortero de tierra, arena, agua, cal y cantos de río, y reforzado con piedras de cierto tamaño en los cajones de cimentación.  En toda su amplitud, se distribuyen 14 torres cuadradas (en realidad una de ellas es pentagonal) estructuradas en 3 niveles y terraza, con acceso superior desde el adarve de ronda. A ellas se suma la torre del homenaje o Almena Gorda, de mayor altura. Realmente, como ya se ha citado, envuelve una bereber similar a las anteriores. Orientada a la meseta que hoy ocupa la Plaza Mayor del pueblo, cubría el único flanco por donde el castillo podía ser atacado mediante trebuchet, un tipo de catapulta que se generalizó a partir del siglo XIII en los asedios de la vieja Europa. Las murallas y torres están rematadas con merlones y perforadas con aspilleras. Por su parte, en el interior del castillo, que gira en torno al espacio abierto que ocupan unos aljibes que debían nutrirse con recuas de mulas, se distribuían las calles y viviendas, cuadras, patios y almacenes, con un propósito más o menos intencionado: crear un complejo entramado urbano que dificultara la acción invasora de cualquier atacante.

El castillo hoy: el andamiaje cultural e identitario de un pueblo

Aunque mantuvo alcaides hasta mucho después, el castillo conservó su carácter militar hasta comienzos del siglo XVI para después caer en una fase decadente que ya fue definitiva en el XVII. Al final del XVI, Las Relaciones Topográficas de Felipe II ya ponían sobre aviso del estado de ruina que amenazaba la fortaleza[7]. Mucho después, en la segunda mitad del XIX, el cementerio parroquial abandonó su ubicación en la calle Donosa y se instaló en el solar del castillo. Allí estuvo el camposanto hasta 1928, cuando nuevamente volvió a trasladarse al paraje de la Peñasca. En su interior contaba con criptas familiares, tanto en superficie como en los habitáculos de las torres, también había nichos incrustados en las murallas y tumbas al exterior del recinto. Desamparado, quedó como lugar de recreo de las chiquillas, que no se arredraban en jugar con los cadáveres momificados, y escenario para las disputas de los críos.

En la segunda mitad del siglo XX se procedió a la exhumación parcial de los cuerpos, que con los años sería total, y, en diferentes intervenciones de excavación arqueológica y restauración, se fue recuperando su estado más o menos original. A partir del celebrado ‘milenario’, conmemorado erróneamente en 1969, al castillo se le fueron dando diferentes usos festivos de carácter puntual, para culminar en la situación actual. Ahora conjuga la visita turística al conjunto monumental con diferentes encuentros teatro musicales, que se celebran a lo largo de todo el año.


[1] MARTÍNEZ NUÑEZ, M. A. (2010): Epígrafes Árabes procedentes de Baños de la Encina. Publicación Virtual Ayuntamiento Baños de la Encina, Jaén.

[2] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. Y CASTILLO ARMENTEROS, J. C. (2025): ‘IAP. Control de movimiento de tierra y excavación arqueológica para la nueva iluminación exterior del área este del castillo de Baños de la Encina, Jaén’, Anuario Arqueológico de Andalucía_2023_223.

[3] CANTARERO QUESADA, J. M. (2026): ‘Anotaciones sobre el origen del nombre del Castillo de Baños de la Encina’, Revista Argentaria, vol. 30.

[4] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M.V. (2021): Análisis arqueológico de la organización espacial del concejo de Baeza durante la Edad Media. Universidad de Jaén.

[5] AZUAR RUIZ, R. y FERREIRA FERNANDES, I.C. (2014): ‘La fortificación del califato almohade, Las Navas de Tolosa (1212-2012)’. Miradas cruzadas.

[6] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. (2019): ‘Complejo defensivo y espacio residencial. El contexto cerámico del castillo de Baños de la Encina. Jaén’. Actas del VI Congreso Internacional de Arqueología Medieval. Alicante.

[7] ‘…el aposento de los alcaides estaba todo caído y arruinado, siendo necesario quinientos ducados para su reparación. / La capilla antigua que había junto al aljibe estaba caída y deshecha. / No tenia mas artilleria que una pieza pequena. / A juicio del Corregidor, esta fortaleza tenia necesidad de muchos reparos y costo grande (2.545.000 maravedis), y era de poco o ningun servicio a S. M., allende de tener dos padrastos muy malos. / Era su alcaide don Juan de Acuna Valenzuela’.


sábado, 14 de febrero de 2026

Breve reseña histórica del Castillo de Baños, 1

El sol de otoño estaba bajando, como una bola de oro, entre lanudas nubes carmesí sobre los olivares y las polvorientas llanuras sin caminos, cuando pasamos a la fortaleza árabe ahora en ruinas. Su interior era una explanada ovalada, ahora usado como cementerio, como demostraban los montones de rica tierra roja que había por todas partes[1].

En 1875, tras una visita al pueblo, el pastor británico H. J. Rose nos relataba el castillo como una ruina decadente, postal muy propia para la época. No teniendo utilidad de mayor calibre, la fortaleza daba entonces asiento al camposanto de la localidad y ofrecía su solar a la muerte. El clérigo no supo ver que, bajo los túmulos, el castillo ocultaba cuatro milenios de fecunda historia. Siendo uno de los castillos más emblemáticos de al-Ándalus, por su antigüedad e imponente y bien conservada arquitectura militar, ha sido lugar de rodaje de diversas películas y reportajes musicales. Declarado Monumento Nacional (1931) e incluido en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, fue génesis de un Conjunto Histórico Artístico, el de Baños de la Encina, certificado por Orden Ministerial (1969). Como epílogo, es uno de los edificios bereberes más sobresalientes de la Península Ibérica, junto a la Giralda o la Torre del Oro, y uno de los conjuntos fortificados hispano-andalusíes mejor conservados de todos los tiempos.

Localizado en las estribaciones meridionales de la Sierra Morena de Jaén, en la esquina sur del pueblo de Baños de la Encina, el castillo se alza imponente sobre el Cerro del Cueto, un relieve residual formado por rocas detríticas de la Cobertura Tabular: conglomerados y areniscas rojizas. Muy usada en la arquitectura local, la arenisca es conocida como piedra de asperón. Bajo esta, que funciona como cimentación natural del castillo, aparecen pizarras de las Facies Culm de Los Pedroches (Macizo Ibérico). En su ladera sur, el hundimiento de la falla de Baños da paso a la fosa de Bailén y pone en contacto las rocas del Macizo Ibérico de Sierra Morena con la Depresión del Guadalquivir. Al mediodía, rompiendo el horizonte, queda la cordillera Bética.

Prehistoria Reciente y Antigüedad

Contrariamente al criterio de H. J. Rose, el Cerro del Cueto muestra hoy su prolífica historia. Poblado desde el Calcolítico debido a la riqueza minera de su entorno, cobre y galena argentífera (plomo y plata), las diferentes excavaciones arqueológicas realizadas en el castillo lo han venido a certificar. Han sacado a la luz placas de arquero, en arcilla, aunque realmente utilizadas como pesas de telar, fuentes de paredes abiertas y herramientas de piedra usadas en la cercana mina del Polígono-Contraminas, que fue explotada desde la etapa final de la Edad del Cobre[2]. Pero será con el cambio de milenio, en torno al 1950 a.C., cuando en la cuenca del río Rumblar se configure un impresionante emporio minero. Poblados centrales, mayores de 1 ha y localizados en posiciones estratégicas, administraban una enorme actividad metalúrgica mientras gestionaban el territorio y el comercio de los metales. Con esta finalidad se apoyan en otros dos tipos de enclaves: fortines de comunicación y filones mineros. En este complejo sistema de organización territorial, el Cerro del Cueto desempeñó un papel protagonista. Allí se levantó uno de aquellos poblados centrales, quizá uno de los mayores debido a su posición estratégica a caballo entre la campiña y la sierra, a modo de atalaya dominante frente a las minas de cobre del Polígono-Contraminas. El poblado, su acrópolis o ciudadela amurallada, ocupaba la mitad meridional del castillo, mientras que viviendas, calles y corrales se disponían en terrazas escalonadas derramándose por la ladera. Como testimonio de aquella cultura de la Edad del Bronce (1950-1450 a.C.), conocida como Argárica o del sudeste, en el interior del castillo podemos apreciar, en su esquina sur, algún muro de mampostería (1,20m de ancho), presencia de su cultura material, restos de actividades metalúrgicas y varios enterramientos bajo el firme de lo que fue el suelo de sus viviendas.

Tras una presencia testimonial durante el periodo ibérico, que se manifestó en un pequeño cuartel para control de las vías de comunicación que penetraban en el interior de la sierra, será en la etapa romana cuando el lugar del Cueto vuelva a desempeñar un papel principal. En la meseta superior, a poniente de los aljibes, se ha documentado un edificio monumental: un santuario. Gestado posiblemente con la centuriación de las tierras de la campiña, fue agente activo en su colonización mediante villae y asentamientos rurales. La escalinata que da acceso al pódium, varios capiteles de adscripción imperial y las losas de piedra de su solería, que serían reutilizadas en el pavimento de una calle almohade, subrayan el protagonismo que desempeñó el alto del Cueto durante los primeros siglos de nuestra era. El carácter sacro del monumento certifica una creencia popular: se sugería que en días de lluvia y escorrentía aparecían diminutas figuras de barro, posiblemente de terracota.




[1] COLECTIVO PROYECTO ARRAYANES (2011): Linares 1875. H.J. Rose. Un clérigo inglés en el distrito minero. Linares.

[2] MOYA GARCÍA, S. R. (2009): 'Actuación arqueológica puntual en el castillo de Burgalimar de Baños de la Encina (Jaén), 2007-2009', Anuario Arqueológico de Andalucía. Sevilla.

jueves, 29 de enero de 2026

Aguas y tierra: el singular enclave de la Alcubilla

En camino y en lo hondo del arroyo, abrigados por el hechizo que rezuma la umbría de la Alcubilla, podremos apreciar y disfrutar de uno de esos ‘paisajes culturales’ que dan sensación de eterna placidez. La arboleda que nos traía, ausente en la calva, muda la fisonomía del enclave y lo castiga con la insolación estival. En conjunto, se trata de un complejo hídrico integrado por pozo ‘burbujeante’, donde se recogía el agua para abrevadero de bestias, y alcubilla o fuente para consumo humano. En realidad, otro pozo protegido por una casilla superior o ‘alacena’ de agua, que funcionaba a modo de aljibe abierto por el frente. Tanto el uno como la otra cuentan con rebosaderos y sus correspondientes canales de evacuación de aguas, que están elaborados con un mortero de cal de enorme calidad constructiva. Ambas canalizaciones, se encontraban en camino y derivaban el líquido sobrante a unos lavaderos naturales instrumentalizados en unos enormes pizarrones, situados por debajo y junto al lecho del arroyo.

Por encima nuestra, derramándose por la ladera, emerge el huerto Miguelico, prototipo del huerto en barranco que predomina en la dehesa Santo Cristo por la que ahora caminamos.

Distribuido en terrazas que se sustentan en laboriosos bancales, levantados con la técnica de la piedra seca o a hueso, sus paredes luchaban por sujetar la vida vegetal a la pendiente del cerro mientras suministraban un mínimo y mísero sustento a la precaria economía familiar del hortelano. En su conjunto, el lugar se eleva como un singular paisaje humanizado que, como si se tratara de un endemismo cultural, parece amarrado a otros tiempos y usos. Sin embargo, su origen no es tan ancestral como podríamos desprender de su engañosa sencillez. La segunda mitad del siglo XIX fue difícil para los vecinos de Baños de la Encina pues, tras aplicar las medidas impuestas por la desamortización civil de Madoz (1855), se vieron obligados a abandonar las tierras del común que venían roturando desde tiempo inmemorial. Como respuesta, queriendo evitar una hambruna generalizada, la vecindad tomó por las bravas diferentes parcelas del interior de la dehesa del Santo Cristo, la más cercana al núcleo de población, pero también de otras aledañas. Este fue el caso de Corrales, Los Llanos, Garbancillares, Marquihuelo, Atalaya, Doña Eva, Cuesta del Gatillo y La Parrilla.

Las tierras, sustentadas en una geología donde predomina la pizarra y el granito, ofrecían una rentabilidad escasa, pero los colonos, conocedores del terreno, pusieron en práctica una estrategia que, sin proporcionarles frutos abundantes, les permitió el sustento necesario para seguir con una vida de muchas carencias. La intervención consistió en aterrazar la caída de los barrancos mediante bancales de piedra seca, sobre todo aquellos que presentaban un mínimo hilo de agua, como este de Miguelico o los del Tío Feo, el Lobo, de Rojo y la Bizca. El huerto resultante, en barranco y con una fuerte pendiente, se complementaba con una porción de tierra de secano destinada a grano, legumbres y aprovechamiento de los rastrojos, predio que era conocido bajo el apelativo genérico de quiñón. Como era de esperar, los nuevos propietarios de las fincas madres, especuladores de cualquier capital que habían adquirido las fincas en amañada subasta, reclamaron ante la autoridad pertinente: la Diputación Provincial. La misma, responsable con sus obligaciones, pero forzada a evitar una posible revuelta social, fue parcheando soluciones que fueron gestando el paisaje que hoy observamos mientras se daba legalidad a las roturaciones arbitrarias de la vecindad. Un primer Decreto Real, de 29 de agosto de 1893, reconoció la titularidad de los colonos siempre que se pudiera justificar que el terreno estaba destinado a uso agrario y se demostrara la antigüedad de la ocupación, que en este caso era de un mínimo de 10 años. Por otra parte, se limitaba la extensión máxima de la parcela a 10 hectáreas y el título de propiedad se conseguía tras pagar a la Administración de Hacienda un 60% de su tasación, es decir un 6% anual durante diez años. Ante los impagos generalizados, un segundo Decreto Real de 25 de junio de 1897 vino a suavizar las medidas propuestas. Redujo el abono al 40% y permitió parcelas de mayor calado, que ahora podrían superar las 10 hectáreas. Con todo, el proceso legalizó unas 300 hectáreas entre huertos, quiñones y tierras de labor.

Pero la bonanza edénica duró muy poco. Unas décadas después, amparada en un supuesto bien común, la trituradora estatal desarmó una buena parte de la estructura hortícola mediante ‘expropiación forzosa por causa de utilidad pública’. ¿El objetivo? Embalsar las aguas del río Rumblar para regar las vegas del bajo Rumblar y Guadalquivir. Como se puede comprender, los predios menores no encontraron otra salida que aceptar lo que era imaginable: perder casa y hacienda por unas perras: ‘Propietario D. Francisco Quesada Ramos. Se le ocupa de una finca rústica dedicada a secano cereales y a huerta con frutales, y de una superficie de 4,1926 Has. la totalidad 0,8385 Has. de huerta con frutales a razón de 7.865,66 ptas. por Ha. son 6.595,36 ptas.; 1,2577 Has. de secano cereal de tercera clase a razón de 811,20 ptas. la Ha., son 1.700,44 ptas.; 1 casa con horno y era, a razón de 38,83 ptas. metro cuadrado de construcción, 20 metros2 son 777 ptas.

Por el contrario, algunas fincas mayores, armadas de una retahíla de peritos, tasadores y abogados, aprovecharon para pescar en ‘río revuelto’. Ni una sola encina, pero tampoco las cercas de piedra seca se quedaron sin pago: ‘…250 metros lineales de cerca de piedra en seco que a razón de 3,00 ptas. el metro, son 750 ptas.…. En la balanza social de la época (1933), el hogar de toda una familia valía tan poco como un corral de ovejas.

La mayoría de las veces, cuando levantamos al andamio que soporta la historia de los lugares y sitios, fijamos la mirada en iglesias, castillos, palacios y catedrales, mientras negamos el protagonismo a otros bienes, como los huertos. Estos, con sus detalles constructivos —, cisternas, bancales, chozas, eras, etc.—, definen con estricta minuciosidad momentos históricos de enorme valor político, gran contenido social y enorme comprensión científica. No debemos dejarlos caer en el pozo de la desidia y, aún menos, nunca debemos olvidar su desempeño social y etnográfico.



viernes, 26 de diciembre de 2025

El viaje que Juan de Rica nunca hizo...pero quizá deseó, 3

De marcas lapidarias y otros trasuntos

Juan necesitaba ayuda para poner en orden las ideas que llevaba en su zurrón, así que, ahora sí, dio un paso delante y llamó la atención de los guardeses. Buscando charla y respuestas para sus interrogantes, dio los buenos días aludiendo a los paisanos. Aquellos, como todo hijo del barro, la lumbre y el tizón, a modo de sentencia y argumentando los mismos tenga usted, apenas emitieron un ronquido sonoro. Creyendo que tendría que mendigar la conversación, decidió adelantarse, doblar el edificio e inspeccionar su fábrica. Pero entonces, con incredulidad, vio que los anfitriones, hasta entonces durmientes y todavía ajenos a sus demandas, se transformaron en unos extraños cicerones. El uno, como trovador medieval, desmenuzó con chascarrillos sus proezas y las ajenas, pero también enumeró cada una de las cicatrices del templo. El otro, aún apocado, mantuvo la pauta anterior limitándose a asentir. La iglesia es un lugar de culto, sí, pero organiza la vida social de la comunidad y las desazones particulares, y es una puerta permanentemente abierta entre el individuo y el plano de los espíritus. La piedra, unas veces, es la firma personal que pervive en la memoria colectiva, en otras es un pergamino donde se redacta un complejo manual de arquitectura, pero la mayoría de las ocasiones es un oráculo donde se vuelcan las mayores inquietudes del individuo, tanto las espirituales como las materiales. En el cerco del templo, los parroquianos se arropan con la inefabilidad de la tradición inmemorial. Y es tanto así, que en el lienzo de sus paredes se acumulan, sin ninguna contradicción, espirales a la madre, lauburos y soles indoeuropeos, herraduras y reticulares, alquerques, dameros y calvarios. Unos y otros se suceden complementariamente y sin disrupción.

Pero el edificio, sus marcas lapidarias, más allá de caprichos estéticos son reflejo de las ambiciones de la comunidad y sirven para cimentar sus valores. En este camino con final no premeditado, hay quien desperdicia toda una vida huyendo de la muerte, cuando, si se sabe convivir con ella, podría ganarse toda una vida. Y así, apoyándose en el palique del uno y en las calladas del otro, las piedras fueron liberando las entretelas de su talla. Como si se tratara de una pizarra, cuando se exfolia en docenas de capas y dobleces, la roca comenzó a desgranar sus historias.

El uno era chaparrete, de andar con calma y poco sobresalto, de ver la vida con la mesura que le daban los años y las muchas heridas; el otro, por el contrario, era un tipo delgado, escurrido y armado de un enorme vozarrón. Caminaba, y casi vivía, eternamente anclado a una garrota machacona. Una gorra de paño, algo descolorida, y una pelliza deslucida completaban su indumentaria. De uno, de su mirada, aprendías un mundo, del otro se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo. Su voz de pregón le precedía, era su deseo no quedar ajeno a la escena que día con día dibujaba con la punta de su bastón. Con movimientos frenéticos, como si de una batuta se tratara, el bardo fue mostrando los signos labrados sobre la piedra mientras que el otro apostillaba su argumentario y se conformaba con asentir a medias. Entre las piedras de la nave sur, a cierta altura, dominaban dos tipos de marcas. Una de ellas se parecía a un reloj de arena reclinado con diferente grado de inclinación, llegando en ocasiones a alcanzar una posición totalmente horizontal; la otra, menos numerosa, recordaba las formas de un sol muy sencillo, podría tratarse de un soliforme o una estrella tartésica que, en sus diferentes interpretaciones como Isis, Astarté, Venus o María, representa la eterna regeneración. Algunos, más incrédulos y materialistas, dirían que aquello no es otra cosa que un pintajo que simboliza el lucero miguero, el que advierte a los pastores que ya llega el crepúsculo matutino. Para nuestro báculo, aquello eran simples marcas de cantero, pero el otro, dubitativo, armado como estaba con la sabiduría que da el mucho escuchar y la conversación a pie de lumbre, meneaba la cabeza en desaprobación. No las tenía todas consigo. Y Juan, agarrándose a la opinión del disconforme, llegó a imaginar cualquier dislate que lo convenciera y fantaseó mensajes ocultos en aquellas piedras.

Soliforme

Siendo verdad que podrían ser marcas de cantero, Juan, que ya tenía muchos tiros dados en este oficio, en ciertos casos, como la imagen del reloj de arena, se inclinaba a pensar que los signos eran marcas de obra, no de cantero. Junto al reloj, comparecen otros dos tipos que podrían catalogarse bajo esta consideración. Es el caso de triángulos rectángulos y escuadras, donde no se marca la hipotenusa, y alguna ‘n’ invertida. Tanto los unos como la otra están relacionadas directamente con los sillares esquineros y aparecen en número testimonial, aunque concentrándose en la cabecera de la iglesia. Por tanto, considerando el número reducido y la escasa diversidad de formas, Juan se dio por bueno que eran marcas de obra y no de cantero. Un cantero no deja sillares sin marcar, ¡quién iba a irse sin cobrar sus perras! Tanto el signo que sugiere un reloj de arena como las marcas esquineras, ya sea escuadras o ‘n’ invertidas, podrían ser indicaciones que el maestro cantero indica al operario que da asiento a los sillares. La primera sugiere la colocación de una doble cola de milano presente entre sillares colindantes, que permitiría unirlos mediante una grapa de hierro reforzada con plomo fundido. Técnica de larga tradición, pues ya era usada en la arquitectura romana, aportaba solidez a muros de cierta longitud y anchura. Por su parte, la escuadra indicaba al alarife la necesidad de colocarla como esquinera para dar mejor asiento a la hilera de sillares, mientras que la ‘n’ invertida podría señalar la obligación de atar los sillares, el inferior con el superior, mediante clavo.

Marca con forma de 'cola de milano'

Lo que nos podría parecer una marca personal del picapedrero, realmente relata las indicaciones de trabajo que el cantero trasmite al alarife para que finalmente coloque el sillar de la manera y en lugar correctos.

Marca lapidaria con forma de N invertida

El silente, digeridas las peroratas del uno y del otro, dando rienda a una imaginación que podría entenderse como desequilibrada cuando realmente era inmensamente creativa, quería creer que el soliforme, pero también el reloj, ocultan códigos secretos difícilmente desentrañables. Aunque, puestos a divagar, podrían ser símbolos prerromanos cuyo rastro se pierde en el comienzo de los tiempos. El uno parecía lo que era, la encarnación del dios solar, la mayor fuerza del universo encarnada en el hijo dios: el crismón, versión primitiva de la Iglesia. Por tanto, se trataría de un acrónimo, una ‘X’ atravesada por una ‘I’ formando de este modo el anagrama que corresponde a las iniciales de Iesus Xristos. El Alfa y Omega ausentes, representan a Cristo como principio y final de todo lo creado. Por su parte, el artilugio de relojería, más allá de fosilizar la hora en la roca, simboliza el infinito, la inmensidad de la creación divina y lo inabarcable de los tiempos.

—La eternidad, sí así debía ser, —pensó Juan en silencio sin llegar a verbalizar su opinión.

Como cuando se desvanece una llamarada, la media mañana consumió la brillante luz del día y la atmósfera se apagó bajo un plomizo manto de color ceniza. El del vozarrón, como a toque de corneta, saludó y buscó abrigo en la taberna más próxima. Juan quedó huérfano de uno de sus báculos. Enrocados, las piezas restantes decidieron rodear el templo por apreciar cualquier otro signo. Tras dar un giro, regresaron a la portada. Allí pudieron apreciar otras marcas, algo diferentes, más complejas y de peor traza, como ejecutadas por una mano poco diestra o realizadas con una herramienta roma. Desde la distancia, aquellas marcas parecían conversar sobre otros asuntos. A uno y otro lado de la puerta, como escoltando las iconografías y respetando su buena talla, sin premeditación ni concierto aparecían cruces de calvario de todo tipo y pelaje. Alguna, incluso, nos recuerda un indalo prehistórico. Las unas de traza simple, como senda ancha en tierra llana, algunas punteadas y con cierta deformidad; las otras, con poca sustancia advirtiendo de la mucha devoción del dibujante. No faltaba alguna más florida y delicada, como si al autor le fuera la vida en el cincelado. Junto a ellas, testimonialmente, aparece algún símbolo de María, caso de los monogramas ‘A’ y ‘M’ integrados entre sí. Interpretados como ‘Auspice María’, indican que el lugar y su autor están bajo la protección de María. Además, uno de los símbolos de María, pues son varios, está coronado por un yugo. Representación de la sumisión a Cristo —Tomad mi yugo sobre vosotros (Mateo 11:29) —, aunque parezca una tosca acumulación simbólica, este anagrama también nos invita a vivir unidos por siempre a Jesucristo y sometidos a él.

Marcas con 'Auspice María'

En todos los casos, calvarios y marcas marianas, vienen a subrayar el carácter sacro del recinto y a resaltar las bondades de guardarse a la vera de sus piedras. Como si se tratara de una redundancia, la presencia de una espiga de trigo, que en la antigüedad representaba al dios Ceres y en la doctrina cristiana a Cristo, simboliza la abundancia de medrar a la sombra del templo.

Marca lapidaria con forma de espiga

Los calvarios más cercanos a la puerta, como los localizados en las jambas de la casa propia, son escenario de un ritual de honda raíz cristiana: el de persignarse a la salida del edificio buscando acaparar la protección de lo sagrado. En el interior de la casa y del templo domina el orden, fuera está el caos.

Diferentes calvarios

En un momento de penumbra, el callado interlocutor dio rienda suelta de sus silencios. Su madre, ya difunta y de nombre Sofía, siempre fue una señora de entrar en razones y estricta en su modo de proceder, tanto en lo más recogido de su casa como de puertas afuera. La señora, que era fregona de oficio, tuvo mala suerte en la vida. Casó pronto y no tardó en ser madre, pero, desengaños del destino, perdió la criatura durante la lactancia. Apenas unos años después enviudó, no sin antes quedar nuevamente encinta del difunto. El niño, póstumo, llegó a un hogar triste y de fuerte control marcial, y la señora, que llevaba la culpa del primogénito como si de una saya se tratara, de este segundo más que madre fue bendita carcelera. Tan encorsetadas fueron las guardias penitenciarias de la progenitora, que el niño creció ajeno al mundo exterior y encerrado en sus anhelos. Pero, por muy estricta que sea una madre, siempre hay una rendija de libertad por la que entra la luz y se liberan los sueños de los infantes. Y al chiquillo, desde muy pequeño, le dio por ausentarse en pilones y alcubillas para charlotear con ondinas, aunque aquellas fueran de cuatro patas y membrana y no tuvieran más diálogo que un nostálgico croar.

En la fuente de las Putas o la del Membrillo, en la del Chato frente al Castillo, en la del Reumbre y hasta en la del Lobo, no le faltó chapotear en ninguna de las del término. Y es que, más que una buena charca, el tipo, que repudiaba una mala compañía, disfrutaba del memorable estruendo que recitaban aquellos bichos. Pero, cosas del azar, ya con cierta edad y recién estrenada la adolescencia, dio con una de aquellas fuentes que al común de los mortales le parece un lodazal y, cosas suyas, aquella fétida y oscura poza le pareció el más bello de los ninfeos. Cierto día, cuando la mañana era un hervidero de chivones y chamarines, dejó atrás la solana y se acercó al venero, una umbría permanente.  En un momento concreto, cuando el chiquillo husmeaba renacuajos en el fango, cuando las piedras del pilón brillaban relamidas por la humedad, una sombra vino a malograrle la contaduría. Con la luz del amanecer, la tipa le pareció un espantajo, que lo era, pero trascurrido un momento ya parloteaban con camadería. No tardó en comprender que la cosa que le traía era una encantá, como aquella sanjuanera que se aparece en el castillo de Eznavejor, también conocido como del Estrecho o de las Torres de Xoray. Pero no son lo que imaginamos, sino espíritus atrapados en la piedra. Los días discurrieron y la amistad se hizo eterna como roca.

—Pasados los años, muchos, se edificó nuestro templo y la fuentecilla se secó —le dice el silente a Juan—. No me preguntes cómo, pero mi amiga, la encantá, que es el numen loci de esta, nuestra tierra, su espíritu protector, mudó la morada y se hizo sustancia en cada una de las piedras de la iglesia. Las marcas lapidarias, aunque no lo parezcan —me relata esperando cierta cara de incredulidad—, no son otro asunto que cada una de sus cicatrices, que van creciendo día con día con nuestros pecados.

Juan, ya peregrino del atardecer, escuchó como el maderaje de las bóvedas se quejó de puro viejo. Para aquellas horas, el anochecer mal regentaba un reino de sombras y el maestro de obras recordó que había venido a tratar corderos.

Como siempre, mil gracias a mi amiga Rosa Cruz... y no sólo por las fotografías

lunes, 22 de diciembre de 2025

El viaje que Juan de Rica nunca hizo...pero quizá deseó, 2

La vereda[1]

Entreverado aún en sus asuntos, Juan recuerda los términos del contrato que firmó unos meses atrás con Andrés de Salamanca, vecino de Linares que oficia de cantero, como él mismo. Corría, como ahora, el año de Nuestro Señor de 1554 y, con dicho protocolo, se comprometían a levantar la torre campanario de San Mateo, en Baños de la Encina. Pueblo situado en la vertiente sur de Sierra Morena, de donde Juan era oriundo, allí tenía abierta cantera de piedra arenisca, en el lugar conocido como del Llano. La nave de dicha iglesia, que llevaba décadas en pie, seguía las pautas propias del gótico de nuestra señora Isabel, pero el campanario, de planta circular, apenas levantaba unos dos metros sobre el cimiento. Aunque tenía cierta flexibilidad para proseguir la obra, debía respetar la traza ya planificada y acordada en planos antiguos. Pero aquella disposición lo llevaba por el camino de la amargura, no le convencían las directrices impuestas. Para él, las formas arquitectónicas, e incluso las señales marcadas a cincel en la piedra, ocultaban un significado que iba más allá de lo estético o lo pragmático, encerraban un poder apotropaico que salvaguardaba, o en su caso condenaba, el discurrir cotidiano y el destino final de cualquier edificio y sus ocupantes. Calzado de ideas y desatinos, por echar cuentas de lo que ya se había edificado en la vecindad, desmenuzó una por una cada fábrica de la proximidad. En los aledaños visitó Santa María y Nuestra Señora de la Encarnación, en Linares y Bailén respectivamente; a de tiro de piedra, en la comarca de la campiña, también conoció las parroquiales de Arjona y Lopera. En todos los casos, la morfología ochavada de sus campanarios, la simbología que estas formas ocultaban, le agradaban en cuanto representaban el encuentro de lo divino y lo humano. Sabía de buena mano que estos edificios guardaban estrecha factura —al menos en la caña— con la de San Nicolás, en Córdoba, y que la presencia de torres poligonales en la arquitectura religiosa jaenera se debía, en buena medida, a la influencia que ejerció sobre ella la arquitectura militar bajomedieval. Es el caso de numerosos castillos y recintos amurallados erigidos en el reino de Jaén, como ocurre con la torre Ochavada, en Torreperogil, o con la torre albarrana de la Corredera de san Fernando, en Úbeda. Un caso similar, de estilo gótico mudéjar, lo representa la torre de Boabdil, que fue mandada construir por el maestre don Luis Guzmán en el año 1432. Juan, buscando interiorizar las ideas que acunaba, se decía que aquellas torres trasmitían una gran fortaleza, la misma que se diluía en el estirado perfil de los campanarios vecinos, más propio de las florituras platerescas que de la razón renacentista. Y no es que pretendiera darle un carácter defensivo a su obra, no, pero, según su propio criterio, en la robustez de las formas es donde tenía que verse el colectivo que ordenaría sus horas con los tañidos de los esquilones de aquel campanario. A modo metáfora, entendía que aquella robustez representaría la mayor o menor vitalidad de la comunidad que bullía a sus pies.

Iglesia de san Mateo, Baños de la Encina

En unas pocas palabras, según su propio criterio, los campanarios de aquellos templos bebían del mismo bálsamo refinado… y aquello no era de su agrado.

Aún metido en las cuentas de sus asuntos, como tenía la obligación de propiciarle condumio a los canteros que le trabajaban la piedra, por San Miguel decidió ir a cortarle el camino a los merinos trashumantes que bajaban de Serranía y, con las mismas, aviarse de corderos para abastecer las calderetas de tanto operario. Adelantándose en el trayecto, antes de que los pastores se instalaran en los extremos de invernada, quería cortar el paso a los hatos que descendían por la Mesta para evitar competidores molestos que adulteraran el precio. En principio, no tenía más intención que obtener carne con pocos dineros, pero, abusando del camino, observaría algunas de las fábricas levantadas en los pueblos de la vereda, sobre todo de aquellas situadas en la vertiente norte de Sierra Morena. Entre otras, aprovecharía el viaje para conocer la obra de Juan de Arama, del que tenía excelentes referencias pese a sus males artes en la correcta gestión de los maravedíes. En camino, surcó la vereda de los Serranos y dejó atrás el murallón de Sierra Morena para dar con sus huesos en Villamanrique, donde cogió posada. Cuando llegó al lugar, con la tarde puesta y vestida de tonos cobrizos, le encandiló el aroma a galianos, sopas cominas y ajos muleros que desprendían sus hogares, un olor que reconfortaba al viajero que, nada más asomar al llano, se le abría ancho y generoso horizonte como viento ábrego. No fue de extrañar que le ganaran por el estómago, pues en aquella parte de la Mancha no es de buen gusto guisar con aceleros y sí de andar, según toca en asuntos culinarios, echando sus tiempos y poniendo los aderezos correctos y sin falta.

Camino en Campo de Montiel. Autora: Rosa Cruz

En una primera impresión, vista desde la lejanía, creyó ver en la torre de San Andrés, pese a su mucha altura, la corpulencia que buscaba para su campanario. Con ciento siete escalones de idénticas proporciones, según supo después, su interior respondía al modelo conocido como de caracol que llaman de husillo. En cierta manera, tanto las proporciones de la iglesia como el arco abovedado de su portada sureste le recordaron el templo gótico de San Pablo, en Úbeda, aunque aquel tenía la torre campanario entallada entre el ábside y el crucero y esta manchega lo erigía a sus pies. Según se decía, la fábrica de su iglesia, la de San Andrés Apóstol, así como las de otras edificaciones vecinas, caso de la Torre de Juan Abad, Terrinches y Villahermosa, eran buena obra del maestro cantero Juan de Arama, que parecía beber de las mismas fuentes que el alcaraceño Andrés de Vandelvira. Esta, de perfil algo achaparrado, le evocaba la fortaleza que envidiaba para su obra pese a la recogida esbeltez de su campanario. Podría parecer un disparate, pero intuía que la cosa estaba en la estructura de su caña: el tramo inferior era de dos cuerpos cuadrados, con mayor tirada, mientras que el superior, recortado y de traza octogonal, remataba el conjunto con un coqueto cuerpo de campanas. ¿Quién sabe?, igual la sustancia no estaba en aquello y sí en la presencia de un enorme y ancho contrafuerte localizado en la esquina suroccidental. Como el Hércules ‘mataleones’ del interior del templo, aquella pieza parecía soportar los mayores trabajos y obtenía las mayores glorias. De Rica era terco en sus ideas y quería que su campanario rezumara simbología por todos sus costados: que finalmente fueron ocho. En su iglesia, se decía, podrían recitarse letanías, salmodias y sermones como en una liturgia repetida, pero, por encima de todo, aquella debía ser la casa de la comunidad. Todos los pobladores debían verse en el templo y, a la vera de su pórtico, debía agitarse la vida cotidiana. Su campanario, como este de San Andrés, tendría fogones o flameros que brillarían como faro sobre el océano de olivos bañusco. En fin, el campanario se alzaría como palo mayor de un galeón que surcaría los tiempos para dejar en el oleaje una estela de memoria.
Iglesia de san Pablo, Úbeda


[1] Aunque son diversas las acepciones de la palabra vereda, que van desde un camino angosto a vía pastoril utilizada por los ganados trashumantes de no menos de 25 varas (aprox. 21 metros), en el mundo de la ganadería trashumante, sobre todo en la Sierra Morena, se entiende por ‘hacer la vereda’ el proceso general, con todos sus componentes laborales, económicos y sociales, que permitía el desplazamiento de los ganados desde sus territorios de origen, en este caso provenientes de los Montes Universales, Señorío de Molina, Serranía de Cuenca, a los extremos de invernada en Sierra Morena, y viceversa.