En la hondura de la vega, Patricio me invita a sentarme y a amarrar inquietudes. A disfrutar de la quietud de los Ruedos, un enclave fondeado en los rescoldos de la memoria del lugar. Junto al pozo, acomodados al rebufo de su agua generosa, me dice:
—Hay ocasiones en que el pueblo parece un hormiguero
disparatado, una barcaza sin timón. Bullimos día tras día como si la vida se
nos fuera en un suspiro.
Imbuido por aquellas palabras, me asomo al oscuro hueco circular
para aspirar la húmeda soledad de la cisterna. Inalcanzable, la negrura se
hunde bajo sus herrajes, como si quisiera alcanzar las mismas profundidades del
averno. Un soplo de aire frío, inesperadamente dulce, me golpea el rostro y
despierta en mí sensaciones encontradas.
Tal vez sea una imagen arraigada en la infancia, una
nostalgia sin fundamento, pero desde siempre me ha atraído asomarme a la
angulosa boca de estos anchos y destartalados aguaderos para respirar el olor a
umbría y agua dormida, para recordar la fresca quietud del hontanar que ya no
existe doblegado por el imperio de unos sondeos intensivos que, día tras día,
han ido vaciando el acuífero.
Ahora, cuando solo quedan sequedad y cantos de chicharra,
el pozo parece empeñado en evocarme lo que un día fue: un chortal[1]. Cada
vez que escudriño sus honduras tengo la sensación de que la vida se nos escapa
en silencio, despacio, casi sin hacerse notar, como el sueño que nos vence en
la primera madrugada.
Una rana, refugiada entre las junturas del enfundado de
piedra seca, me devuelve a la realidad, a la conversación con el parroquiano y
al calor de una media mañana que ya aprieta. Allí, sobre el bordillo del andén
de la noria, descansando sobre sus piedras, descubro un sencillo calvario labrado
sobre un bolo de cuarzo. Su trazado podría confundirse con el sencillo dibujo de
un chiquillo.
Calvarios asociados al patrimonio hidráulico
tradicional
Presentes en
construcciones de distinta función y soporte geológico, con tipologías diversas
y soluciones formales muy variadas, en Baños de la Encina se han identificado
cerca de sesenta calvarios relacionados con ámbitos tan diferentes como el
tumular, el apotropaico o el identitario. Asociados tanto a edificios civiles
como a espacios de devoción popular (CANTARERO QUESADA, 2026), existe asimismo
un grupo en el que el agua adquiere un protagonismo especial, ya sea vinculada
a fuentes, manantiales, pozos, norias o encuentro de aguas.
Dentro de esta
tipología destaca el pilar-abrevadero del callejón del Pilar, situado junto a
la cabecera de la parroquia de San Mateo. En este lugar se conserva un calvario
de cuidada factura y notable refinamiento, ornamentado con perfiles redondeados
y sustentado sobre una peana de singular diseño. Junto a la cruz, a menos de un
metro de distancia, aparece cincelada una herradura, antiguo símbolo protector
de origen pagano e inmemorial que está asociado a la buena fortuna.
Como puede
apreciarse, el contenido alegórico de este motivo ha perdurado a lo largo del
tiempo, tanto en el ámbito de la religiosidad popular como entre los miembros
del gremio de los picapedreros. La herradura aparece igualmente como marca
lapidaria en numerosos sillares de la lonja principal de la parroquia de San
Mateo, frente a la puerta del Perdón, un lugar dedicado a mercado desde
antiguo.
Aunque la
herradura como elemento de la guarnición ecuestre era desconocida en el mundo
grecorromano y no se documenta en Europa hasta los siglos IV y V, cuando
comienza a ser utilizada por las comunidades celtas de la Galia, su
representación simbólica como marca lapidaria es muy anterior. Una prueba de
ello se encuentra a escasa distancia del casco urbano de Baños de la Encina, en
la dehesa de Burguillos (Bailén). En este enclave adehesado, junto a la antigua
casa de pastores, se conservan varios ejemplares de herraduras grabadas sobre
una roca de arenisca roja, conocida popularmente como piedra letrera.
En este mismo
afloramiento pueden observarse otras manifestaciones lapidarias de
extraordinario interés, entre ellas la representación de una divinidad de
carácter bisexual, dotada de atributos sexuales masculinos y femeninos, además
de diversos signos epigráficos cuya cronología podría situarse entre el
Calcolítico final y los inicios de la Edad del Bronce (LÓPEZ MARTÍNEZ et al.,
2020).
En
consecuencia, aunque la herradura terminó incorporándose al imaginario
cristiano, su origen como símbolo apotropaico hunde sus raíces en tradiciones
mucho más antiguas. Su presencia reiterada junto a calvarios y marcas
lapidarias asociados a fuentes, manantiales y otros puntos de agua parece
responder a una antigua función protectora de estos espacios, considerados
desde la Prehistoria lugares de especial valor simbólico y ritual.
¿Cómo pudo un
símbolo de origen pagano y tradición prerromana integrarse, conservando buena
parte de sus significados, en el corpus simbólico del cristianismo? La
respuesta, probablemente, se encuentre en un proceso de reinterpretación
sustentado en la tradición legendaria y el imaginario popular.
Lámina
1. Cruz de calvario y herradura junto al pilar abrevadero de San Mateo.
De este modo, la herradura pasó a identificarse con la
huella que el caballo del apóstol Santiago —aunque también el de otros santos y
héroes— habría dejado junto a fuentes naturales o en diversos episodios
bélicos, casi siempre en el contexto de la llamada Reconquista y en apoyo de
las huestes cristianas. Según la tradición oral, aquella impronta era
consecuencia del ímpetu con que la montura del apóstol se abalanzaba sobre el
enemigo mientras Santiago blandía la espada. Otras versiones, de mayor desarrollo
narrativo, relatan cómo el santo acudía en auxilio de un ejército cristiano
cercado por la sed y abocado a la derrota. En ese momento, el caballo dejaba
marcada su huella sobre la roca y, de aquella impronta milagrosa, comenzaba a
brotar un manantial cuyo caudal alteraba el curso de la contienda.
Son numerosos los relatos en los que determinadas aguas,
puestas bajo la protección del apóstol, especialmente las de carácter termal o
dotadas de propiedades terapéuticas, aparecen favoreciendo la salud y el
bienestar de la población (PEDROSA BARTOLOMÉ, 2000).
No muy lejos de los pagos bañuscos, también en las
estribaciones meridionales de Sierra Morena, hay testimonio de esta tradición
inmemorial, aunque relacionada con otro hecho histórico y en el siglo XVI: la
Fuente del Pisar, en Linares.[2]
Por otra parte, dentro de un segundo grupo, el de los
calvarios vinculados a las norias, hemos identificado dos ejemplares. Ello no
significa, sin embargo, que originalmente no existieran muchos más, ya que el
paso del tiempo y la transformación de los usos agrícolas han provocado la
desaparición de buena parte de los andenes de las más de treinta norias
documentadas en el término de Baños de la Encina.
El primero de estos calvarios aparece cincelado en la
cara exterior de un marrano, en el interior
del pozo de la noria de Penecho. La huerta situada en la margen izquierda de la
vieja carretera de Arquillos, en el esquinazo que forman la ya extinta vereda
de Linares y el Camino de Enmedio. La calidad de su ejecución nada tiene que
envidiar a la de los magníficos calvarios labrados en los dinteles de las
casonas más señoriales de la villa, muchas de ellas levantadas al amparo de las
consecuencias derivadas de la desamortización de Carlos IV y la posterior Guerra
con los franceses.
Lámina 2. Interior
de la noria de Penecho: marrano con calvario enmarcado en círculo y
tallado en la cara superior. Fuente: el autor.
El segundo ejemplar, de extraordinaria sencillez,
aparece inciso sobre un gran bolo de río y participa del bordillo que circunda
el andén de la noria de Los Gatos o de Maquilera. La huerta está ubicada en el
paraje de la Colmenera, junto al camino de Bailén y la acequia de Los Huertos.
A primera vista, su morfología podría recordar a una cruz tau; sin embargo, la
singular peana semicircular, atravesada por el madero vertical, remite
claramente al basamento de los calvarios grabados en el pilar-abrevadero de San
Mateo y en la puerta del Sol, también perteneciente al conjunto parroquial de
San Mateo. La cruz principal aparece flanqueada por otras dos de reducido
tamaño y trazo extremadamente esquemático, hasta el punto de que podrían
confundirse con pequeñas estrellas o incluso con lauburus ejecutados
con una factura muy elemental.
Lámina
3. Calvario del andén de la noria de Los Gatos.
Cruciformes antropomorfos en contextos rituales
vinculados a confluencia de aguas
Especialmente
singulares son los grabados cruciformes —interpretados aquí como calvarios—
documentados en el santuario rupestre de Peñalosa, sobre su roquedo. Aunque
alejado del cauce principal del río Rumblar, el enclave ocupa una posición
estratégica en la divisoria de aguas de los arroyos de Valdeloshuertos y La
Rumblosa, dominando el punto donde ambos vierten sus aguas al río Rumbar.
El conjunto
está integrado por cuatro cruciformes antropomorfos, numerosas cazoletas
excavadas sobre una gran laja de pizarra que, a modo de altar, se orienta hacia
levante, así como por varios alquerques y retículas grabados en la roca.
Lámina 4.
Croquis de distribución del enclave de Peñalosa[3].
Los
cruciformes se localizan en el ámbito territorial del sitio arqueológico de
Peñalosa, un destacado poblado argárico adscrito a las culturas de la Edad del
Bronce (CONTRERAS CORTÉS et al., 2024). Todos ellos presentan una
morfología similar: los brazos y la cabecera se rematan nco formas triangulares
o circulares y se alzan sobre una peana de planta triangular. No obstante,
existen diferencias entre los diferentes ejemplares. Uno de ellos representa
una cruz sencilla, aunque claramente elevada sobre peana, mientras que otro de
ellos conserva únicamente su mitad inferior, la peana, debido al acusado
deterioro que afecta a la parte superior.
Las cazoletas
referidas no son una presencia anómala en el sitio arqueológico de Peñalosa,
tampoco en otros ámbitos cercanos como los arroyos de Valdeloshuertos y del
Pilarejo o el más lejano del arroyo del Paridero. En todos los casos se trata
de formas cóncavas talladas a mano en la roca, siempre sobre pizarra y con diferente
tamaño. En el poblado de Peñalosa, al exterior, están presentes junto con
canalillos y espirales en la base de la muralla sureste, pero también en el
pasillo conformado entre la muralla y contramuralla exterior de la zona norte,
en las márgenes del arroyo de La Rumblosa o subiendo al roquedo de la peña de
Peñalosa. También, como si se tratara de un anillo, las de mayor tamaño rodean
al poblado en su contacto con el despeñadero de La Salsipuedes. En su interior,
su presencia es testimonial, aunque están presentes en espacios abiertos.
Lámina 5. Antropomorfo cruciforme del
que cuelgan líneas verticales, a modo de brazos. Cabeza y hombros evocan las
formas de las cazoletas, mientras que las extremidades, tanto brazos como
peana, son triangulares.
Pero, debido a
las incógnitas que encierran, las más interesantes están ubicadas a poniente
del poblado, en el ocaso y en una cota muy inferior de la lámina de aguas del
pantano. Solo es posible observarlas cuando las aguas del pantano están muy
bajas. El conjunto de cazoletas y canalillos, elevado sobre un áspero pizarrón,
parece dibujar una constelación que inevitablemente nos recuerda a Tauro, el
uro sagrado.
Más allá de
una creencia mitológica con una fuerte carga astronómica, la presencia de la
constelación de Tauro era un marcador estacional que permitía regular las
sementeras de primavera (GANGUI, 2020).
Lámina 6. Costelación de Tauro.
Lámina
7. Cruciforme y santuario de espirales. Autor: Francisco Merino Laguna.
En todo el
Creciente Fértil y entre los persas, como ocurría entre los pueblos
indoeuropeos de la estepa póntica, entre ellos los yamnaya[4],
principal componente poblacional de la génesis de la Cultura argárica, las
constelaciones de Tauro y Leo desempeñaban un papel esencial en la organización
del calendario agrícola y ritual. Hace unos 6.000 años, unos cuarenta días
antes del equinoccio de primavera, Tauro desaparecía del cielo vespertino al
quedar oculto por la proximidad del Sol. Este ocaso era interpretado
simbólicamente como la victoria del león sobre el toro, un motivo que quedó
plasmado durante milenios en el arte del Próximo Oriente. Ese momento coincidía
con la labranza y sementera de las tierras, marcando el comienzo del nuevo
ciclo agrícola. Cuarenta días después, al amanecer, el orto helíaco de Tauro
—con la reaparición de las Pléyades y Aldebarán— anunciaba el equinoccio boreal
y el renacimiento de la naturaleza. El retorno del toro simbolizaba así la
fertilidad, el resurgir de la vida y la esperanza de una nueva cosecha.
Dejando atrás
poblado y peña, nos envuelve otra interrogación: ¿qué destino pudieron tener
otras marcas lapidarias, como el santuario de las Espirales, o a la multitud de
betilos[5] que
salpican ambas laderas del arroyo de la Rumblosa?
Consideraciones finales
Todo parece
indicar que los calvarios analizados desempeñaron una función esencialmente
apotropaica, es decir, protectora. Cargados de un profundo contenido simbólico,
actuarían como garantes de la abundancia y de la salud cuando se vinculaban a
fuentes, manantiales y abrevaderos, al tiempo que propiciarían la fertilidad de
las tierras de vega y huerta cuando eran grabados en la estructura de pozos,
norias y confluencias de aguas. En todos los casos, su presencia parece
responder a la necesidad de salvaguardar aquellos espacios de los que dependía
la vida de la comunidad.
Más compleja
resulta, sin embargo, la interpretación de los cruciformes documentados en
Peñalosa. Una primera aproximación permitiría adscribirlos a un horizonte
cronológico relativamente reciente, comprendido entre la Edad Moderna y la
Contemporánea, identificándolos, por tanto, como auténticos calvarios. No
obstante, diversos indicios invitan a cuestionar esta atribución.
En primer
lugar, el enclave carece de evidencias de ocupación posteriores a la Edad del
Bronce, circunstancia que dificulta explicar la ejecución de unos grabados
cristianos en un lugar aparentemente abandonado desde época prehistórica. A
ello se añaden varios rasgos morfológicos que los aproximan más a los
antropomorfos esquemáticos característicos del Calcolítico y de la Edad del
Bronce que a los calvarios propios de la tradición cristiana.
Especialmente
significativo resulta uno de los ejemplares, cuyos brazos presentan una serie
de líneas verticales colgantes que alteran por completo la iconografía habitual
de un calvario y lo aproximan a determinadas representaciones antropomorfas del
arte rupestre prehistórico. Esta circunstancia adquiere mayor relevancia si se
considera que los cruciformes comparten espacio con un altar de cazoletas
claramente prehistórico y con otros grabados de larga tradición simbólica,
entre ellos reticulados y diminutos alquerques que, muy probablemente, también
desempeñaron una función apotropaica (LORENZO ARRIBAS, 2021).
Figura 8.
Reticulados y alquerque diminuto junto a antropomorfo cruciforme. Fuente:
Antonio Torres Muñoz.
En consecuencia, no puede descartarse que estos grabados constituyan la
pervivencia o la reinterpretación de antiguos símbolos protectores cuyo
significado original se habría transformado con el paso del tiempo. Lejos de
tratarse de una ruptura entre el mundo pagano y el cristiano, el conjunto de
evidencias parece apuntar hacia un proceso de continuidad simbólica, en el que
determinados lugares considerados sagrados desde la Prehistoria mantuvieron su
carácter protector mediante la incorporación de nuevos códigos religiosos. Esta
hipótesis, aunque requiere de futuras investigaciones que permitan
contrastarla, ofrece un marco interpretativo coherente para comprender la
singularidad de los grabados de Peñalosa y, en un sentido más amplio, la
extraordinaria capacidad del paisaje para conservar la memoria simbólica de las
comunidades que lo han habitado.
Figura 9.
Localización de Baños de la Encina en la provincia de Jaén[6] y distribución territorial
de los calvarios relacionados con el agua[7].
Bibliografía
CANTARERO QUESADA,
J.M. (2026): «Calvarios, cruces latinas simples y tumulares, Baños de la Encina
(Jaén)». Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 232. En imprenta.
CONTRERAS CORTÉS,
F., MORENO ONORATO, M.A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y ALARCÓN GARCÍA, E. (2024): Peñalosa
(Baños de la Encina, Jaén). Guía oficial del yacimiento de la Edad del Bronce.
Universidad de Granada.
GANGUI, A. (2020):
«De tauroctonías y estrellas: Mitra y la vida de una imagen». MODOS. Revista
de História da Arte. Campinas, v. 4, nº.3, pp. 247-263.
LÓPEZ MARTÍNEZ,
J.J., MORENO ONORATO, A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y PADILLA FERNÁNDEZ, J.J.
(2020): «Puesta en valor del patrimonio histórico y natural del Monte Público
de Burguillos (Bailén, Jaén)». Locvber, vol. 4. Pág. 33-34.
LORENZO ARRIBAS,
J. (2021): «El alquerque medieval, un símbolo protector». Revista Digital de
Iconografía Medieval, vol. XIII, 23. Pág. 107-142.
PEDROSA BARTOLOMÉ
B, J.M. (2000): «Huellas legendarias sobre las rocas: tradiciones orales y
mitología comparada». Revista de Folklore, 238. Pág. 111-118.
[1] Humedal.
[2] Consultado en https://www.ciudaddelinares.es/conoce/cultura, el 3 de agosto de 2026.
[3] Fuente: Google. (2026). Google
Maps [Sitio arqueológico de Peñalosa, Baños de la Encina]. Recuperado el 05 de
agosto de 2026, de https://maps.google.com
[4] Fueron un pueblo de pastores de
las estepas euroasiáticas que, hace unos 5.000 años, protagonizó una de las
migraciones más influyentes de la prehistoria. Su expansión dejó una profunda
huella en la genética de los europeos de la Edad del Bronce. Están estrechamente
vinculados con el origen y difusión de la mayoría de las lenguas indoeuropeas.
[5] Piedra sagrada y oferente a una
divinidad, que en general designa cualquier tipo de piedra erguida que evoque
la presencia de la divinidad y el emplazamiento de un lugar sagrado. Consultado
en https://tesauros.cultura.gob.es/tesauros/bienesculturales/1190318.html el día 3 de agosto de 2026.
[6]INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL
(1978): Mapa provincial de Jaén 1:200.000.
[7] PONCE, FRANCISCO (1878): Mapa
topográfico de Baños de la Encina 1:25.000. Instituto Geográfico y Estadístico
de España.
