martes, 21 de abril de 2026

Romance de la Cueva de la Mona

En la plaza, recepción:

—Que sean buenas tardes. ¡Cuánta gente de bien vivir veo por aquí! ¿Ha ocurrido alguna desgracia? —Pregunta Policarpia al público—. Aquí no trabaja ni el Tato, —le dice en voz baja el más cercano.

—Que yo sepa, ni hoy es día de boda ni de entierro, —se persigna la Policarpia.

—Ah, ya sé. ¿No estaréis esperando a una que iba a llevar a los forasteros a ver la cueva de la Mona? Pues se ha escapado con el cura, —dice la Policarpia a carcajadas.

—Bueno, yo soy la Policarpia, la Polica pa los amigos, ¿sabéis? Que aquí estamos en confianza.

—Jajajajaja. Ayyyy que criaturicas. La cueva no es fácil de ver, eh, no se encuentra así como así. Yo voy para allá, a por tierra amarilla, que es de lo mejor para dejar las sartenes bien limpicas. No para las mías, que están que chillan, para las de mi nuera, que es poco guarrilla, ¿saben? —dice la Polica bajando la voz y haciendo un guiño—. A ver si les da un fregao, que falta les hacen —murmura entre dientes.

—Podéis veniros conmigo y así me echáis una mano, ¡qué una está baldá! Los años y la vida. ¡El Polico era mala gente! —¿Saben?

 

A la altura de la OJE:

            —Cucha, ¿sabéis que era este edificio? —Pregunta la Polica indicando los arcos. Espera respuesta (sería conveniente que llevara algún tipo de garrota o bastón).

            —Pues esto era el matadero viejo, ¡vamos!, la casucha de matanza. Se contaba que aquí, todos los años, se mataban más de 800 chivos, pero yo creo que la mitad eran gatos y ratas —dice con asco—.

 

A la altura de la Sindical:

—Se detiene de manera brusca y, con el bastón en alto, indica la puerta de la Sindical—. Sabéis que aquí, cuando yo era cría y con la feria, ponían una noria enana. Fijaros si era chica que la metían por la puerta de la Sindical, aunque antes esto fue Casa del Pueblo. Bueno, pues esta calle, la que sale a la derecha, no existía, esto era un barranco y una escombrera. ¡Vamos, un basurero!

—Echando a andar por la calle del Pilarejo—. Por debajo, en lo que ahora es carretera, sólo había una vereílla, pero la agrandaron y lo nombraron Camino Ancho. ¡¡Gente con cabeza!! También hicieron este muro y echaron la senda por arriba. ¡Ahora da gusto ir a por tierra amarilla para quitarle la tizne a las sartenes! ¡¡Ayyyy!!, cuánto ha llovido desde entonces

 

Camino de gravilla:

—¡No he andao veces este camino! Por aquí sembraba mi padre los garbanzos y las habas. ¡Mecachis!, tos los años nos las robaban.

—Avanzando el camino—. Mirad que cosas, a esto lo llaman arquitectura en piedra seca. Un bardal, digo yo. Eso sí, bien asentao, sin mortero ni cemento. Esto era obra de manos sabías y mucha paciencia, no como el mal bicho que me robaba las habas.

—¿Sabéis?, estas piedras hablan, cuentan historias de trabajo de sol a sol, de sudores, mucha penuria y miseria. ¡Ay, si yo hubiera cogido a la de las habas! —Con el bastón en alto.

            —Mirad, ¿veis eso que parecen escalones? Son bancales, se levantaban para sujetar la tierra y que el agua no se la llevara con las tormentas. ¡Vamos, se las iba a llevar otra vez, le corto las manos! Volviendo a los bancales, que me pierdo, los garbanzos eran duros como piedras, pero al menos calentaban el estómago.

—Cucha, ahora me viene a la memoria mi comadre, Juana, la Recorta. La pobre, que era muy chiquitica. ¡No le daban miedo las tormentas ni ná!, se pasaba las noches enteras en vela, reza que te reza. Dios la tenga en su gloria. Aunque no sé, era un mal bicho, ¿no sería ella quien me quitaba las habas?

 

A la altura del primer hueco en los setos (se ve la cueva del Grajo).

—Al hilo de las tormentas, ¿veis aquel camino? Llevaba a las fuentes del pueblo, de donde antes se bebía el agua, que en el pueblo no había ni una gota. Eran cuatro, la de la Cayetana, Socavón, la Pacheca y Salsipuedes. Se iba con burros y con el cántaro en la cintura. ¡Ay, que yo la tengo para perderla!

Bueno, ¿veis un huequecico por debajo del camino? Esa es la cueva del Grajo. Ahí se protegían los chiquillos, los que llevaban a pastar cuatro cabras, en días de tormenta. Ahí, to encogiicos, pa perder la vida con una mala chispa.

            —Oye, ¿tú sabes que son los chorchos? —pregunta con ironía al más cercano

(Espera a que haya respuesta o no)

            —Pues de eso también sembraba mi padre. Es el altramuz, una legumbre, como los garbanzos y las habas.

 

Junto al cartel bueno de las Dos Hermanas

—Bueno, pues ya casi estamos. No era pa tanto el viaje, ¿verdad? Aunque to el mundo la llama la cueva de la Mona, su verdadero nombre es de la Niña Bonita. ¡Si es que no hay na más que enteraos y la mitad son tontos!

—En verdad se trata de una cata minera, una mina, que perteneció al marido de Agustina, un hombre de muchos cuartos y pocas luces que babeaba a la primera palabra de su señora. La verdad es que la tipa es guapa, guapa. Eso es cierto. Con cuatro zalamerías lo convenció pa darle trabajo a los hermanos, que no es que sean vagos, no, son lo siguiente.

—Son muy daos a destripar chumbos, porque terrones bien poquitos.

—¡Ayyy, los hermanos! Que casi me pillan dándole a la sin hueso. Míralos, to tiraos. Seguro que medio borrachuzos —le dice al más cercano al oído—. Estos muy dados a la sombra y al vino, que al pico y la pala ná —reafirma como en un murmullo.

            —Al poco de casarse, Agustina enviudó y tuvo que ponerse al frente de los negocios del marido. Entre ellos esta ruina de mina. —En voz baja—, yo creo que están encontrando monedicas de los moros y lo callan. Por eso siguen cavando.

 

En la cueva de la Mona

            —Ea, pues ya estamos aquí. Miren, ahí tienen al orgullo de la familia.

(aparecen los hermanos recostados en la pared, holgazaneando)

—Ya está aquí esta petarda, yo creo que nos vigila. ¿Polica, dónde vas con esa gente? ¿A sacarles los cuartos?  —Le responde con desgana el primer hermano.

            —¡Anda, sacamuelas! Yo voy con ellos por darles compañía y un poco de conversación.

            —Hermano, ¡qué jartura de tía! No hay día que no nos joda la siesta —le comenta con desgana el hermano 2 al primero.

            —El hermano 1 se levanta y se dirige al grupo— ¿No querrán entrar a la mina? Por una perra chica les pico el billete y vamos para adentro.

—¿Ustedes saben que sacamos de aquí? Bueno, lo de sacar es un decir, que no sacamos ná ¿Pero saben qué extraemos? —Deja de hablar un momento y espera respuesta.

            —Galena argentífera, mucho de plomo y un poquito de plata. Mucho de ná y ningún parné, eso es lo que sacamos. Venga, ¿vamos unos pocos para adentro?, —pregunta el hermano 1.

            —A tiempo están de quedarse aquí, al solecico, que ahí sólo hay mosquitos y murciélagos. Con lo agustico que se está aquí, ¿verdad Polica? —Recomienda el hermano 2.

(Aparece Agustina)

—Bien agusticoooo que estáis, ¿no? —Vocea con genio Agustina

(Se levanta el hermano 2 y se pone firme el 1, cambian el talante y se ponen sumisos)

—¿Saben cuándo está agustico una servidora?, —pregunta la hermana dirigiéndose a los viajeros— Cuando estos vagos sacan una buena piedra de mineral y se ganan el jornal, que yo sí les pago a diario: 7 peseticas, ¡Ay, me llevan a la ruina! No hacen otra cosa que críar sombra y barriga.

—Hermano 1 afligido— Hermana, estábamos tratando con estas buenas gentes. Por unas perricas les íbamos a enseñar la mina. Por supuesto, los cuartos serían para ti.

            —Agustina los mira irritados y con pena— Vagos y mastuerzos, vaya tropa que trajo mi madre al mundo.

—Respira hondo y con porte elegante se dirige al grupo— Disculpen ustedes, me llamo Agustina, propietaria de la mina y hermana de estos verracos. Algunos piensan que una mujer sola no puede hacer nada, que cuando el marido muere todo se acaba. Yo perdí al mío, sí, pero no perdí la cabeza. Ni la voluntad ni la mina. Y aquí ando, sacándola adelante pese a tener dos hermanos inútiles. Lo cierto es que tengo otra mina, junto al río Grande, que va bien. ¡Si no fuera por aquella!

—Y ahora, que ya conocen mi historia y lustre, quiero que entren y la vean con sus ojos, de primera mano. Mis hermanos les mostraran el camino, uno por delante y otro por detrás, ellos conocen cada veta y los secretos que guarda. También saben de vino y baraja. ¡Mecachís!, lo único que desconocen son las ganas de trabajar —dice con pena.

—Se dirige a sus hermanos en tono serio y tajante— Id por delante y recordad, sois los guías, pero aquí la que manda soy yo. Que nadie se confunda.

 

En el interior de la cueva

(Entra un primer grupo y Agustina se lleva a la otra mitad a donde está el baldosín bueno de las Dos Hermanas, a contarle la historia, muy breve. Después lo hará con el otro grupo).

            —Nada más entrar, el hermano 1, que va por delante, da las instrucciones necesarias para el recorrido—. Vamos a entrar de uno en uno, en fila india, con el candilico encendido y con cuidado de no tropezar con nada. —Veréis que en todo el trayecto domina la pizarra y también hay pequeñas vetas de cuarzo. ¡Su madre lo duras que están!

            —Sin detenerse en el trayecto, al fondo hace una parada y se dirige al grupo—. Se cuentan muchas leyendas de esta gruta, que si fue lazareto para leprosos, que es un túnel que hicieron los moros para guardar sus tesoros y escapar en caso de asedio, que si comunica con las Salas Galiarda, que es un castillo romano, pasando por debajo del río… ¡¡todo chismes, ni una perrilla ha aparecido! El agujero lo hemos abierto mi hermano y yo a pico, pala y barrenando. Y no hemos encontrado nada, —afirma con pena.

—Ahora, cuando los primeros del grupo vean lo que les voy a enseñar, vamos pasando de uno a uno y lo ve el resto. Si os fijáis bien, en las paredes veréis la huella que dejaron los barrenos, una especie de taladro gigante. Queda como un hueco en forma de tubo pequeño partido por la mitad. Aquí nada de dinamita, ¡¡todo a pulmón, cof, cof!!

(Regresan sobre las mismas, haciendo el hermano 2 alguna broma sobre la presencia de murciélagos y fantasmas).

(Una vez todos fuera, los dos grupos, se reanuda la marcha).

Al pasar junto a la fuente de la cueva de la Mona, la Polica mete baza—, echen unos reales a la fuente, que dicen que da muy buena suerte. ¡Echen unas peseticas y pidan un deseo gordo! Baila cantarina alrededor de la gente.

 

Llegando a la tierra amarilla

—En fin..., ¡¡vaya día llevamos!! —dice la anciana sacudiéndose el delantal— No me distraigan más, que yo venía a por tierra amarilla y se me va a echar la noche encima. Ya verás, vuelvo de vacío.

—¡¡Leches, la tía quejica!!, Polica, ahí tienes tierra, reluce como el sol —le dice el hermano 1.

—La anciana se adelanta con entusiasmo, pero de pronto se para en seco— Pero y esto, maldita sea mi estampa ¿Quién ha enchironao la tierra? ¿Esta valla?  —Maldice la vieja.

—Jajajajaja. Polica, esto antes no pasaba. Pues te han jodido la tarde. Bajemos un poco más, creo que he visto algo más abajo.

—Un momento, un momento, que esta gente de fuera querrá saber por dónde andamos. A ver, los forasteros, ¿que os recuerda esto? —muestra un fósil marino y espera respuesta del grupo.

—Pues igual que estos, pero diminutos, los tenemos entre esta tierra, que realmente es una arenisca. Son crustáceos y microorganismos que fosilizaron entre los limos de un fondo marino.

—¿Mariiiiiinos? —se ríe la Polica—. Vaya tía chismosa esta Agustina. Restos son, pues claaaaaro, pero de alguna paella que se han zampao tus hermanos.

            —Que no, que no. Que todo este valle, hace unos 8 millones de años, era un brazo de mar, el mar de Thetis, —explica dirigiéndose al grupo.

—Jajajaja — se ríe la Polica a carcajadas.

            —Verás y como acaban de los pelos —dicen los dos hermanos a la vez.

—Sí señora, no se ría usted tanto, estos pequeños seres, sus caparazones, estaban formados con carbonato cálcico y se transformaron en calizas diminutas. Alguna cal para encalar portales se ha sacado de los fósiles mayores, que por aquí escasea.

            —¿Ustedes se lo creen? ¿Se imaginan los pececicos por nadando por aquí? Glu, glu, glu. Jajajaja, ¡¡vaya chismosa!!

            —Anda Polica, aquí tienes la tierra. Tira, tira, que la vais a liar —le dice el hermano 1.

—Que alegría, verás que contenta se va a poner mi nuera —dice socarrona mientras se agacha y mete un poco de tierra en su cubo.

            —Continúa el Paseo. De pronto, la anciana se adelanta y exclama con mucha alegría—. ¡Madre del amor hermoso, qué preciosidad! Bien verde y fuerte que está —dice dirigiéndose a unas matas de romero.

            —Ni que hubiera encontrado un tesoro, o un novio. ¡¡A su edad!! —Ríen a carcajadas los dos hermanos.

            —Mucho mejor, ¿ustedes saben, el romero es buen remedio para las rodillas?

            —¿Para tus rodillas? —le pregunta el hermano 1.

—Sí, sí. Romero, aguardiente y a macerar al sol, que así lo hacía mi madre. Luego, por la noche, unas buenas friegas y me levanto con 20 años menos.

 —Yo creo que se lo mete entre pecho y espalda de un buen lingotazo —dice Agustina, muy estirada.

—¿Alguien más tiene artrosis? Que he visto por ahí rodillas que parecían cebollas —se dirige al grupo con una mirada intensa.

            —El romero aguanta el mucho sol, el suelo de piedra y el frío, crece donde nada puede crecer, como la mala hierba. Vamos, como la Polica. Y ahora, que ya tienes la tierra para las sartenes y el romero para tus lingotazos, digo, para las rodillas, ¿podemos seguir con el paseo? Hoy se nos hace de noche —sentencia Agustina.

 

En camino al Pozo de la Vega

(Agustina se adelanta con paso firme hasta alcanzar el muro de pizarra que antecede a la Casa Vilches y queda a la izquierda)

Polica, mira, otro bardal de los que a ti te gustan. Este es muy bonito, de pizarra, y está bien firme. Y esa chimenea, ¿de qué es? —pregunta Agustina.

—¡¡Mira, no me digas que no lo sabes!! Es la chimenea de la Casa Vilches, un antiguo molino de aceite. ¡¡Ay, pues no he sisao yo aceite de aquí!! Eran unos despistaos —le responde la Polica.

—Venga, venga, vamos pa delante que no llegamos al pueblo. Mira, ya está ahí el Pozo de la Vega, enfrente nuestra —refunfuña el hermano.

(Siguen caminando hasta alcanzarlo).

—Veis como ahí está el pozo, no os íbamos a engañar —complementa la Polica.

—Eso, eso, hermana, que luego dicen que no contamos na más que cuentos.

—En realidad, este sitio era es un cruce de caminos muy importante. Por aquí pasaba el Camino que bajaba de la corte —explica Agustina.

—Sí, sí. Aquí el brocal con su babero de piedra, aquí una pileta y un pilón bien puestecicos. Bueno, bien puestecicos, la pileta la han hecho polvo. No hay más que gentucilla destructora.

—Por allí, el camino Cascarrillo, por ahí, el camino Linares o de las Viñas, y, por aquí…, pues por donde hemos venío. Venga, venga, que nos florean la tapa y, como nos descuidemos, también la cerveza —grita el hermano.

—¡Ayyyy, que vida tenía este pozo! —solloza la Polica recordando otros tiempos. En estos pilones bebían las bestias.

—En este circular de granito, las de labor, cabras y cerdos en la pileta rectangular de arenisca. ¿Veis las marcas de desgaste? Esto no es ni de la lluvia ni del viento. Siempre se ha dicho que era de afilar hachas y hocinos, pero no, la piedra de granito no afila. Lo han hecho los años y los hocicos de las bestias, aunque es posible que alguna navaja se afilara en la pileta de arenisca —añade Agustina.

—Na, que no hoy no ceno —lloriquea el hermano.

—Bueno, mañana más. ¡¡Pues no que me he quedado con gana de más charla!!

—Venga, venga…, que verás como no nos dejan ni un roalillo en la barra del bar pa echar una cerveza.

SALUDO AL PÚBICO Y THE END


Fotografías: Ayuntamiento de Baños de la Encina

jueves, 2 de abril de 2026

La Semana Santa

Según avanzaba el día, el rumor mudaba en silencio, las conversaciones se hacían más nítidas y el aroma anisado calaba en todos y cada uno de los poros del horno. Con el renacer de la tierra, vuelven los olores a dulce, las buenas charlas, las correrías de la chiquillería entre lebrillos y canastas, los restregones de masa cruda… y el buen hacer de aquellas largas y espléndidas mañanas de arte gastronómico gestado en el saber popular.



sábado, 14 de marzo de 2026

Sobre el origen del santuario de la virgen de la Encina. Primera versión

La suerte de los que ya calzamos cierta edad es que, poso sobre poso, hemos acumulado un lecho de gratos recuerdos y un filón de conocimiento, aunque también se ha almacenado alguna cicatriz sin cauterizar. Con el tiempo, la memoria, desbordada por las arrugas, es como ánfora reseca y agrietada a la que se le escapan los recuerdos entre las lañas que amarran sus quebraduras. Los que persisten a la sombra otoñal, languidecen y se enmarañan de tal manera que no llegas a reconocer con certeza cuando sucedió cada trasunto. Hay situaciones en las que, casi sin quererlo, llegas a situar la vuelta por delante de la ida. No es que la amnesia sea generalizada, pero con el santuario de la virgen me ocurre un tanto así. Lo más probable es que fuera en romería cuando pisé por primera vez las inmediaciones de la ermita y hasta la propia iglesia, de hecho hay prueba fotográfica de la situación, pero no es ese recuerdo el más profundo que tengo del lugar. Lo mismo yerro, pero andaban los ochenta en sus prolegómenos cuando me llegó la noticia de que dos paisanos, Andrés y Juanito, andaban hurgando por los alrededores de la ermita armados de picola, palustre y cucharro, concretamente en lo que ahora conocemos como la villa romana. Y uno, que ya intuía querencias por la Historia y poseía una bicicleta derbi Rabasa por estrenar, tarde con tarde me acercaba a olisquear cómo llevaban la faena. De entonces, aún guardo en cualquier rincón olvidado algún trocito de estuco coloreado.

La primera ocupación del lugar de la ermita se concentró en las ruinas de la villa que hoy mal se pueden apreciar. Aunque, por hacer la contra, hay algún autor que considera que lo que allí derramó sus piedras, ya sea por el reducido tamaño de su balnea o por su localización geográfica, fue una statio o una caupona, es decir, una taberna económica donde los viajeros podrían dormir, comer y asearse.  Pero ¿sobre qué se cimentan las edificaciones actuales, las que hoy dan forma al complejo del santuario de la virgen de la Encina que observamos? Si nos hacemos eco de los datos arqueológicos, tanto Concha Choclán como Sebastián Moya nos indican que, en el siglo V, tras el periodo romano, el lugar fue abandonado y no volvió a ser ocupado hasta avanzado el XV, ¡¡mil años después!! En el XVII, el balnea sufre una importante remodelación, pues se construyó una vivienda o taller que sirvió de apoyo a la reedificación de la iglesia levantada en el primer tercio del siglo XVII (1621, como expresa la cartela de la clave de su portada).

Pese a ello, en el edificio aparecen algunas singularidades que nos permiten pensar en la existencia de alguna estructura defensiva, quizá anterior al siglo XV. Así sucede en el paño suroriental del patio, donde, en su cimentación, se observa un tramo de muro con disposición atizonada.  Esta manera de edificar, que es propia del califato omeya, es muy distinta a la forma de proceder renacentista y barroca que define la fábrica bañusca, que se caracteriza por la presencia mayoritaria de muros construidos a soga. Aunque, testimonialmente, también hay algún edificio levantado a soga y tizón, como ocurre en algunos muros de la ermita del Cristo del Llano. El testimonio a tizón del santuario nos evoca ciertas construcciones sorianas edificadas durante el siglo X bajo la dirección del general Galib: es el caso del castillo de Gormaz, la ermita de las Mezquitillas o las murallas primitivas de Medinaceli. Pero los sillares a tizón no sólo están presentes en la cerca del patio, piezas sueltas, quizá reutilizadas, aparecen en la torre del crucero y en los contrafuertes del paño noroccidental, curiosamente las estructuras más antiguas del complejo eremítico.

¿Pudo levantarse en el lugar algún tipo de edificación andalusí de carácter defensivo, como sería una torre de control o fortín? No es una certeza en firme, pero de serlo estaría conectado visualmente con el fuerte califal que ocupaba la cresta del cerro del Cueto, el que dio cimiento al castillo almohade de Baños de la Encina. Aunque es posible que también existieran otros fortines y torres de control, hoy mutilados y sin excavar. Es el caso de la estructura que precedió a la ermita de Santa Olalla, en la actualidad molino de viento de Buenos Aires, la cimentación de la ermita de Santo Domingo o Calera, erigida sobre la cabecera del arroyo de la Celada, y el fortín romano del cerro del Salcedo.

Lo cierto es que unos siglos después, a unos metros del patio, se erigió, ahora sí, una torre defensiva. Así lo ponen de manifiesto los merlones y saeteras presentes en el cubo del crucero, el mismo que, con el tiempo, fue estandarte de la que vendría a ser la ermita más primitiva. Por su ubicación, el enclave del santuario está situado en una importante encrucijada, el punto de encuentro de los caminos que bajaban del Campo de Calatrava por Burgalimar, sorteaban Sierra Morena y se dirigían a la cuenca del Guadalimar y La Loma (Cástulo y Baeza), de una parte, y al valle del Guadalquivir y la Campiña por el vado de Espeluy, de otra. El lugar de la ermita pudo tener como desempeño el control de tan importante confluencia. Con esta certeza, podemos proponer que la torre original bajomedieval formó parte de la red de casas fuertes o casas palacio que, a lo largo del siglo XIII, comenzó a edificar Fernando III y culminó su hijo Alfonso X. La torre fue un peón más de la estrategia que pretendía proteger y avituallar el camino que permitiría a los ejércitos castellanos penetrar y conquistar el corazón del al Ándalus almohade: Jaén, Córdoba y Sevilla. Este fue el caso de otras casas fuertes cercanas, como Los Palacios, en la actual Santa Elena, la situada en Zocueca, al oeste de Bailén y en término de Guarromán, que da cobijo al actual santuario de la Virgen de Zocueca, y la levantada al sur del Puerto de Calatrava, cerca del río Fresnedas y ubicada entre Calzada y El Viso del Marqués.

Pero la evidencia arqueológica pone en duda esta datación temprana. Las excavaciones nos indican, como ya se argumentó más arriba, que no sería hasta el siglo XV cuando se testimonie registro arqueológico de ocupación.

Por su parte, la historiografía nos venía diciendo que el primer documento que tiene a la ermita como protagonista relata un encuentro bélico en sus inmediaciones. Sucedió en la segunda mitad del siglo XV (1466), en el marco de las ‘guerras de banderías’ que enfrentaron al monarca Enrique IV, y en su nombre al condestable Lucas de Iranzo, con las órdenes ecuestres de Calatrava y Santiago. En realidad, estos hechos militares fueron el preámbulo de la guerra civil que vendría después por la sucesión al trono de Castilla Y León: ‘Y llegando a Señora Santa María del Enzina, que es a media legua de Baños, fallaron ay dos batallas de cavalleros en que avria tresçientos roçines e larga gente de a pié de las çibdades de Jahen e Andujar, quel señor Condestable les avia enviado en socorro…’.

Pero, recientemente, un documento perteneciente a los Archivos Vaticanos y fechado a 10 de julio de 1411 nos testimonia la existencia de una ermita de Nuestra Señora de la Encina, en Baños. En dicho escrito, Benedicto XIII de Aviñón, el antipapa, concede indulgencias a cuantos arrepentidos y confesados la visiten anualmente y contribuyan de alguna manera a la reparación de la ermita-iglesia de Santa María, en Baños. El texto añade que había sido devastada por los infieles sarracenos: ‘A todos los fieles de Cristo, les ruego que revisen estas cartas (…) como hemos recibido, la iglesia rural o eremítica de la Beata María de la Enzina de Bannos, en la diócesis de Jaén, ha sido destruida y devastada debido a las incursiones de los sarracenos infieles, deseamos que la iglesia misma sea frecuentada con los honores apropiados, y que los fieles cristianos acudan con mayor gusto a la misma o a su reparación por causa de la devoción, y que extiendan más fácilmente sus manos de ayuda, en la medida en que se han visto refrescados allí por el abundante don de la gracia celestial…’.

Si el santuario fue asolado a comienzos del siglo XV, con certeza antes de 1411, la ermita primitiva debió ser muy anterior. Según nuestra opinión sólo caben dos opciones. De una parte, como ya se mencionó anteriormente, la torre defensiva bajomedieval pudo tener su origen en el marco de las políticas de ocupación del territorio generadas por Fernando III y Alfonso X y, por tanto, su génesis estaría avanzada la segunda mitad del siglo XIII. Pero, de otra, quizá la más atinada, cabría la posibilidad de que la torre defensiva se edificara en una fecha posterior, ya avanzado el XV, cuando la ermita más primitiva y sencilla, asolada periódicamente por las huestes nazaríes, se fortaleció con la construcción de la torre, que vendría a reforzar la comunicación permanente y visual con el castillo de Bannos. Por tanto, según mi opinión, el santuario primigenio se levantó en el siglo XIV y sus formas, sencillas, serían similares a las de la ermita gótico mudéjar de la Soledad, en Bailén.

No conservándose testimonio alguno de aquella iglesia rural primitiva, pues fue totalmente lapidada por las modificaciones del XVII, la torre, encajada en el crucero y levantado con mampuestos y sillares esquineros, nos quedó como legado material de las ‘reparaciones’ aventadas por el antipapa y sufragadas en el XV. Es posible, aunque sin total certeza, que los dos contrafuertes exteriores del lado del Evangelio también fueran anteriores a las reformas del XVII. Así puede observarse en su traza primitiva y tosca, en nada equiparable a la monumental reforma del primer tercio del XVII (1621).

Como ya se citó anteriormente, es difícil discernir si la batería de torreones que jalona el escalón de Baños y controla los pasos a Sierra Morena es de origen andalusí y su uso se intensificó en la Baja Edad Media, para después transformarse en ermitas y humilladeros en los albores de la Moderna, o tiene directamente su génesis, como yo opino, en la etapa bajomedieval castellana. En este sentido, el aparejo de la torre nos facilita las cosas. En la fábrica de la torre, en sus sillares esquineros, aparecen algunas marcas lapidarias, a modo de escuadra o ‘L’ volteada en diferentes posiciones. Con seguridad son marcas de asiento, que no de maestros canteros, que, por comparativa con otros edificios de la vecindad provincial, caso de la torre ochavada de la Corredera, en Úbeda, nos certifica su datación en un momento avanzado del siglo XV.


martes, 10 de marzo de 2026

El origen de los latifundios serranos bañuscos

En días de poco o nada que hacer, de andar mano sobre mano, perdías el rato entre amigos y conocidos sentado en los escalones de la Cruz de las Azucenas, dejando pasar la mañana. De entonces, recuerdo conversaciones vacías, de no llegar a ningún término, donde lo mismo negociabas la venta del Salcedo que arrendabas los pastos de los Alarcones. Para el lector ajeno a estas cuestiones, hay que aclarar que se trata de una enorme finca de olivar, la primera, y serrana con buenos herbajes de invierno, la segunda. Entiendo que no es necesario argumentar que el tratante no tenía parte ni propiedad alguna y el comprador andaba con menos perras que la Crista. Pero bueno, era cosa de disparatar y perder el tiempo. Y todo esto viene al caso porque habiendo latifundios en territorio bañusco, su origen y génesis nada tiene que ver con las enormes heredades de la Baja Andalucía, que se configuraron durante la baja Edad Media como propiedades feudales, tras la mal llamada ‘Reconquista’. Pues, ¿qué pueblo no fue conquistador y llegó dando mamporros a diestra y siniestra? Así llegaron los hunos y los otros, véase esteparios y godos, pero también aquellos venidos de las muchas orillas del Mare Nostrum: anatolios, fenicios, griegos, púnicos, romanos, bizantinos, árabes y beréberes. ¿Quién no conquistó?

Si la parcelación latifundista de las campiñas del Guadalquivir fue un proceso feudal promovido fundamentalmente por Fernando III y Alfonso X, en término bañusco la formación de haciendas de enorme tamaño fue por raíles bien distintos. El proceso serrano se produjo en una etapa mucho más tardía, en los primeros tiempos de la Edad Contemporánea, favorecido por las diversas desamortizaciones borbónicas.

El caso bañusco tuvo como escenario la desamortización civil de Madoz (1854), aunque tuvo un precedente de cierta envergadura y carácter eclesiástico durante el reinado de Carlos IV. La venta de los bienes de la iglesia, amparada en los reales decretos de septiembre de 1789, permitió un verdadero expolio de las posesiones locales, principalmente las rentas de la fábrica de la parroquial. Según parece, como nos apunta Richard Herr (1991), sin la oposición del clero local que también se benefició de la hemorragia patrimonial; ‘(…) Por el contrario, algunos de ellos se hicieron con gran parte de las tierras puestas en venta, a las que podían sacar provecho y luego legar a sus herederos de este mundo. Tratándose de bienes temporales, la sangre era más fuerte que el alma’. Pues en este estado de la cuestión, Joseph Pérez Caballero, residente en Madrid y miembro del Real Consejo de Hacienda, como se puede desprender con información detallada de las diferentes subastas de tierras debido a su cargo, fue el principal beneficiario de la usurpación eclesiástica bañusca. Para ello utilizó un agente local, Juan Josef Villar, que fue quien realmente residió en la casona de la calle Trinidad. Como podemos observar, este personaje, junto con otros muchos acólitos de la administración, fue el principal protagonista de este primer proceso desamortizador en el crepúsculo de la Edad Moderna.

‘(…) En total, Pérez Caballero invirtió 430.000 reales en cuarenta y ocho olivares con 4.799 olivos, pertenecientes a la iglesia, y 21 olivares con 2.247 olivos pertenecientes a particulares, convirtiéndose en el primer terrateniente de Baños. Compró, asimismo, ocho parcelas de grano, dos casas y un molino de aceite. Arrendó sus campos de grano a dos vecinos (a los que había superado en la subasta de seis olivares), pero es evidente que explotaba directamente los olivares, como hacían la mayoría de los propietarios forasteros. Es posible que Villar fuera tanto su administrador como su agente en las subastas’.

Pero con todo, el medio rural giennense se desestructuró con la desamortización de Madoz, cuando paralelamente se armó la estructura caciquil que llevó a muchos de los desencuentros sociales y políticos de los siglos XIX y XX. En teoría, quedaban fuera del torbellino desamortizador las tierras propiedad del común de los vecinos y aquellas donde dominaban las diferentes variedades de querqus, ya fueran encinas o alcornoques. Ambas situaciones eran concurrentes en la mayoría de los montes bañuscos. Pero, pese a ello, la influencia política y económica de los licitadores doblegó la ley y propició la venta de la casi totalidad de las tierras municipales, que mayoritariamente acabaron en manos de especuladores con pica en la capital del reino.  Como en ningún caso se favoreció la venta de montes fragmentados en suertes, se anuló la posibilidad de que los vecinos menos pudientes concurrieran a las subastas. Un caso paradigmático se produjo con José María de Palacio. Conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos de poder madrileños, llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados del siglo XIX.

Desde los primeros años cincuenta venía mostrando interés por adquirir las dehesas de Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva, pese a que el ayuntamiento estaba totalmente en contra por pertenecer las heredades al común y no ser de propios. Es decir, eran propiedad del vecindario. Ante la férrea oposición del consistorio, la Sección de Propios de la Diputación ordenó al alcalde, bajo amenaza de multa de 1.000 reales, que promoviera definitivamente la venta. El ayuntamiento, por el contrario, alegaba entre otros argumentos que la venta supondría un importante perjuicio al vecindario, que quedaría privado de los frutos de los montes. Pues bien, finalmente el municipio sufrió la carga de la denuncia y, bajo amenaza de procedimiento judicial, se vio obligado a vender. En 1858 José María de Palacio adquirió la dehesa de Corrales por 75.100 reales, al año siguiente se hizo con Juan Esteban por 94.200 reales y en 1860 compró Garbancillares y Doña Eva al precio de 265.900 reales.

Un caso similar, acumulando mayor cantidad de tierras, se dio con Antonio Cabanilles y la sociedad compuesta por los señores Gómez y Mac Pherson, domiciliados todos en Madrid. Con este objetivo, utilizaban intermediarios especializados que alcanzaban notables reducciones de la tasación inicial. El primero, en dos años, 1860 y 1861, se hizo con 7.476 has, contándose entre sus nuevas posesiones las fincas de Arrebolares, Barranquillo, Monasterios, Belmaras o Iniestares, entre otras. Por su parte, la sociedad de Gómez y Mac Pherson adquirió siete fincas cuya suma superaba las 6.000 has en el corazón de uno de los mayores ‘caladeros’ cinegéticos de Sierra Morena: Chuscaderos, Mariscala, Tembladeros, Navalagallina, Pascual Ibáñez, Peñón del Toro y Las Camarenes fueron algunas de las fincas adquiridas.

Con todo, la avalancha privatizadora no produjo en territorio bañusco situaciones socialmente críticas, que sí cuajaron en otros ámbitos de la geografía provincial. Con toda seguridad, fueran mitigadas por procesos muy particulares, como fue el caso de las roturaciones arbitrarias y vecinales que se dieron en las fincas que circundaban el pueblo, cuyo ejemplo más significativo lo tenemos en los huertos en barranco de la dehesa del Santo Cristo. En la misma situación está el surgimiento de actividades económicas novedosas, como fue la minería del plomo, o el nulo hermetismo de las nuevas propiedades, que permitieron que el vecindario siguiera realizando prácticas que venían desarrollándose desde tiempos inmemoriales, como la caza. Con el correr de los años, las haciendas se vendieron mediante diferentes segregaciones, los usos cambiaron en numerosas ocasiones, el paisaje mudó inmisericorde y la sierra se vació de almas. Y aquellas maneras despóticas de proceder, ¡ay con las maneras!, fondearon en la dársena serrana y quedaron como un lastre difícil de salvar: lo permeable se hizo hermético e, inevitablemente, acarreó consigo un espíritu caciquil que tuvo su mayor expresión en la clausura creciente de los caminos públicos.

Jóvenes en la Cruz de las Azucenas, primeros años 60

martes, 24 de febrero de 2026

La caída de un rayo y su eco en la prensa histórica. Baños de la Encina, Jaén - Rev. digital Argentaria

El día despertó plomizo y frío, muy crudo, acunado por una primavera todavía adolescente. Amaneció desnudo, apenas abrigado por un espeso velo de niebla.

Sin que fuera consciente de lo que realmente acontecía, comenzó a desperezarse una de aquellas mañanas en las que un chiquillo aprende a disfrutar con los pliegues más sencillos de su corta vida. Recluido entre las cuatro paredes de la estancia debido a las inclemencias atmosféricas, aunque también por el enorme celo protector de mis mayores, encaramado a una silla de anea me entretenía en dibujar un encaje de aliento en el cristal empañado de la ventana. Desde aquel sencillo y privilegiado otero, descalzo pero arropado por las últimas ascuas del horno giratorio[1] que se consumían en la planta baja, en silencio y con cautela observaba la danza con que los gorriones desmigaban los brotes de yerba en el callejón frontero, el del chacho Laruta. Picoteando aquí y allá, en cada uno de los zurcidos vegetales que ribeteaban el viejo empedrado, su estridente trajín presagiaba que la jornada echaría el telón con tormenta.

A intervalos cortos, sin apenas romper la plácida monotonía que gesta la soledad de la noche, se escucha el plácido retumbar de la chapa que abre y cierra la boca del horno, un quejido armonioso, continuo y cansino. Al cobijo de la hornilla, al amparo de su templanza, una cafetera desportillada espera humeante la callosa mano que no llega. Se impacienta y silba vehemente sin que nadie acuda a su llamada.

Lámina 1.- Antiguo horno giratorio, década de los 60 del siglo XX. Archivo familiar.

Las horas, como el aguacero, fueron tejiéndose plácidamente. Y con cada puntada y con cada trueno se deshilachaba una costura de luz que trajo finalmente la oscuridad total, aunque rota a intervalos por rasguños eléctricos y un sonido atronador.

Volcada en los retazos de su bastidor, mi abuela Pura, sentada en su silla baja y aprovechando el último hilo de luz del crepúsculo, se metía la tarde en un dedal. En su papel de matriarca, pese a estar encallada en sus costuras, con pausas más que calculadas nos enhebraba una cantinela previsora, una salmodia hilvanada en los dobladillos más ocultos de sus ancestros:

—Venga, poneos el calzao y acercaos al brasero, —nos avisa por primera vez.

—Ca, ¡qué no! Venga, subid los pies a la tarima, —asevera en una segunda ocasión mirando de reojo a cada uno de sus nietos sin dejar la costura.

Irremediablemente, llegó una tercera y, previendo que nos iba a tener que amenazar alpargata en mano, se lo piensa con más calma y determina vestir su mandato con mejores argumentos. Y entonces, metida de lleno en aquella urdimbre, nos relata una vieja historia, un hilo de memoria que tejió siendo aún chiquilla. De aquello hacía ya muchos años, cuando hilaba las entretelas de su infancia en la rueca serrana de Doña Eva, un ancho y reseco retal situado en el árido pellejo de Sierra Morena. Ubicado a tiro de piedra de Baños de la Encina y en la margen derecha del río Rumblar, allí, al calor de su hermana mayor, mi chacha Mariana, y su cuñado Bartolo bordó las primeras vivencias que dieron forma a su niñez. Ambos, mis chachos, guardeses de la finca, se complementaban a la perfección, pues mientras la una era de poco cuerpo el otro parecía acaparar todo el ancho de la estancia; este era hombre tranquilo, pausado, aunque de voz enérgica, la otra era pura dinamita siempre a punto de estallar.

‘El tercer gran comprador de bienes desamortizados en Baños de la Encina fue José María de Palacio, un conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos de poder madrileños, que llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados del siglo XIX. Desde 1851, al menos, este hacendado venía mostrando su interés por adquirir las dehesas Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva. Como quiera que pasaba el tiempo y el Ayuntamiento de Baños no contestaba a su petición, Palacio pedía a la Diputación que intercediera ante la corporación para resolver con urgencia el expediente en el que estaba personado (…) La Sección de Propios de la Diputación, exasperada ya ante la férrea oposición municipal, llegó a ordenar al alcalde de Baños de la Encina, bajo amenaza de una multa de 1.000 reales, que instruyera de una vez por todas los expedientes de venta. Pero ni siquiera esa amenaza hizo retroceder a la corporación, que alegaba, entre otras cosas, que las ventas podrían suponer un importante perjuicio al vecindario al privarle del disfrute de los productos que los montes ofrecían. Pues bien, el mantenimiento de esta actitud iba a costarle al pueblo una multa de 1.000 reales, y junto a ella la amenaza de la Diputación de proceder por la vía judicial. Efectivamente, las veladas amenazas realizadas por la administración provincial obligarían finalmente a la Corporación a enviar a comienzos de 1852 un informe en el que se incluía la valoración de las dehesas solicitadas. Así las cosas, José María de Palacio tuvo que esperar hasta 1858 para adquirir la dehesa Corrales por 75.100 reales, un 56% más de su valor de tasación. Más tarde, en 1859, adquirió la dehesa Juan Esteban por 94.200 reales (un 25% superior a su aprecio), y en 1860 compró Garbancillares y Doña Eva, en las que invirtió 265.900 reales, esto es, casi el doble de su valor de tasación’[2].

Ante la situación de rebeldía, la abuela levantó la vista de su labor, chistó y llamó nuestra atención. Comenzó entonces a relatarnos una trama acaecida en un tiempo bastante lejano, o así nos lo parecía, tanto que ella lo recordaba como una borrosa maraña hilada con seda fina. Nos contó que cierto día, como en un instante, el cielo, fondeado en la quietud de la tarde, se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos rescoldos del hogar se desperezan y avivan bajo el soplo del fuelle. El paño de la tarde se calzó entonces de sombras y desplegó un manto negro, tan oscuro como la umbría que desagua en el río Pinto, uno de los dos afluentes del Rumblar. Y llegó el crepúsculo. Cielo, tierra y arroyos eran de color ceniza, y lo eran las rozas y las rastrojeras, las parideras y las torrucas. Rancheros y pastores se vistieron de gris, dejaron el ganado en majada y se protegieron bajo la cubierta de monte de su chozo. El frío intenso sepultó cualquier recuerdo de la cándida primavera y el viento, que andaba en calma chicha, se rebeló en un instante. Se cerró entonces una noche impenetrable, lóbrega, que vino con abundantes lluvias, y la madrugada quedó hecha retales, rasgada por los quejidos de luz de una borrasca de aquellas que desbarata cualquier plan premeditado.

Vista de campo con arboles

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 2.- Torrucas en las fincas de Doña Eva y Garbancillares.

En noches como aquella, viniendo el tiempo como venía, el chacho Bartolo tenía por costumbre aparejar una lumbre enorme y acostar pronto el hato familiar, para que la morada no perdiese el calor y cuando llegase la tormenta eléctrica los cogiese guarecidos en el tinado y con las esparteñas en alto.

Pero, a tiro de piedra de la casa principal, por encima de la Cañá del Rastrojo, se elevaba un viejo y destartalado chozo levantado con lajas de pizarra y ripios de granito, vigas de encina y cubierto con monte[3]. Se trataba de una torruca achaparrada, fondeada junto a un redil empedrado y redondo: la era de pan trillar de cuando el chozo era utilizado por piconeros y rancheros. Los primeros rozaban el monte para obtener carbón y picón, mientras que los segundos, llegando tras la estela de aquellos, aplicaban un modelo de labor llamado de ‘cama’ o agricultura de roza. Previo a la sementera, quemaban el rastrojo haciendo de las cenizas fertilizante para la tierra.

Un árbol sin hojas

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 3.- Torruca de la Cañá del Rastrojo.

En uno o dos años, el monte, quebrado y raquítico, era abandonado por los rancheros, que daban paso a los pastores de merino trashumante. Tras pastar una veintena de años, abonando con el estiércol de las ovejas, volvían a ceder el paso a rancheros y piconeros. Veinticinco años después reiniciaban el ciclo y volvían a ocupar la torruca para trillar y aventar en la era[4].

‘Para hazer la roza, que llaman de cama, la que executan los vezinos desta Villa, talando, y quemando el monte bajo de dichas tierras. Cuias cenizas las venefizian para su produzion, y quedaran de 6ª Calidad, ya si en estas, como en las antecedentes, solo tienen los vecinos de este común El Dominio útil, de sembrarlas, Francamente, sin que por ello, paguen Cosa alguna, en fuerza deel Privilegio, Conzedido, por el Señor Rey Don Sancho, y confirmado, hasta el Señor Don Phelipe Quinto, respecto Aque no tenían tierra en donde hacer Los sembrados…’[5].

‘Y en las que se haze la Roza de Cama, quemando el monte, conzivo benefizio de las cenizas quedara de sexta calidad y produze trigo, con la intermision de veinte o mas años respecto a que es precisso crie nuevo monte, para volber a hazer dicha roza, y quema, para poder sembrarla’[6].

Una casa en el campo

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 4.- Torruca del Barranco de Don Juan y horno de pan vinculado a rancheros y piconeros.

En un instante, aquel recóndito rincón del mundo quedó envuelto en la más oscura soledad, asaeteado una y mil veces por una trepidante multitud de aguijones eléctricos. En el interior, creyéndose protegidos de la noche y de las inclemencias meteorológicas, una cuadrilla de pastores dejaba pasar el temporal sin más luz que los rescoldos de lo que fue contundente lumbre de leños de encina. Los unos, tres de ellos, junto al hogar e imaginando ser caporales cuando no pasaban de zagales, desafiaban la tormenta tirando de baraja y bota; y otros dos, más temerosos de Dios y de sus advertencias, dormían en el catre colocando las alpargatas y su propia vida sobre la farfolla del colchón. Estando en aquellos trajines, mientras pastoreaban con vino los unos y sesteaban con temor los otros, un rayo tuvo el alcance de partir la torruca en dos y dejar tiesos a los que, pies en tierra, se desgañitaban cantando por bastos.

Los supervivientes, desorientados y tiznados como jeta de churras, adormilados y sin llegar a saber por dónde les había entrado el lobo, salieron tan en desbandada que, de no haberse dado de morros con la casa grande de Doña Eva, con seguridad hubieran hecho la vereda[7] de un tirón sin repostar en aprisco ni abrevadero. El chacho Bartolo, cogido tan de improviso como matanza en Cuaresma, los atendió y socorrió en la medida que pudo e inmediatamente dio aviso del siniestro a las autoridades.

Una casa en el campo

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 5.- Torrucas de Garbancillares y Seis Deos.

 Fue de esta manera, quizá algo anecdótica, como aquel trágico capítulo de la vida serrana se integró en el tejido familiar y pasó a formar parte de la memoria de mi abuela Pura. Y así, en situación similar y venido el caso, ella hacía uso de aquellas brasas de su niñez para argumentar la obligada prudencia que debía tenerse en asunto de tormentas y temporales.

Vista de una montaña

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 6.- En dos momentos del año, verano y primavera, corraliza de ganados merinos trashumantes situada en el barranco de la Yegua. Aunque apenas es perceptible, en la parte superior izquierda, junto a la cerca, quedan los restos de una torruca y, a tiro de piedra de la corraliza, elevados sobre un espolón, se levantan los hormazos de una segunda torruca.

Días atrás, cuando los protagonistas ya son recuerdo y ejemplo a tener en cuenta, cuando el relato nos parecía más fábula que hecho histórico, pasados los años, tantos que la memoria es pavesa, templados por mil aguaceros, solaneras y temporales, de manera fortuita cayó en mis manos una noticia de prensa que certificaba el acontecimiento (ABC de 28 de abril de 1923). Así que, de una manera ciertamente rocambolesca, aquel viejo documento periodístico vino a dar certeza a lo que, siendo niños, nos parecía más cuento para amedrentar a imprudentes chiquillos en tarde de borrasca que crónica real.

Diagrama, Texto

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

Lámina 7.- Noticia aparecida en el ABC de Madrid, con fecha 28 de abril de 1923


[1] Los hornos giratorios de leña, frente a los morunos ancestrales en los que hornilla y cámara de cocción formaban una sola unidad, tenían la hornilla en un lateral, independiente de la cámara de cocción. El fogón estaba situado a un nivel inferior, por debajo de la solera refractaria, que era la que realmente giraba mediante el uso de un volante exterior y un eje interior.

[2] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y SÁNCHEZ MARTÍNEZ, J.D. (2006): La propiedad de los montes en Sierra Morena Occidental (Jaén), a través de algunas fuentes documentales. Elucidiario, 1: Seminario bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzalá. Jaén. Pág. 219.

[3] El chozo o torruca con cubierta de monte se cubría con materia vegetal en el siguiente orden ascendente: con vigas u horcajos de encina, ramoniza de monte, generalmente formado por jaras y lentiscos, y una capa final que cerraba con gavillas planas de retama. La forma lanceolada de las hojas de retama facilitaba, en caso de lluvia, la rápida evacuación de las aguas.

[4] CANTARERO QUESADA, J.M. (2006): La Torruca, eje cultural de la gestión del territorio. Arte, arqueología e historia, 13. Córdoba. Págs. 289-297.

[5] Fuente: Catastro del Marqués de la Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 10.

[6] Fuente: Catastro del Marqués de la Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 12.

[7] Aunque son diversas las acepciones de la palabra vereda, que van desde un camino angosto a vía pastoril utilizada por los ganados trashumantes de no menos de 25 varas (aprox. 21 metros), en el mundo de la ganadería trashumante, sobre todo en la Sierra Morena de Jaén, se entiende por ‘hacer la vereda’ el proceso general, con todos sus componentes laborales, económicos y sociales, que permitía el desplazamiento de los ganados desde sus territorios de origen, en el caso de Baños de la Encina provenientes de los Montes Universales, Señorío de Molina, Serranía de Cuenca y la alta Sierra de Segura, a los extremos de invernada en Sierra Morena, y viceversa.