El día
despertó plomizo y frío, muy crudo, acunado por una primavera todavía adolescente.
Amaneció desnudo, apenas abrigado por un espeso velo de niebla.
Sin que fuera consciente de lo que
realmente acontecía, comenzó a desperezarse una de aquellas mañanas en las que
un chiquillo aprende a disfrutar con los pliegues más sencillos de su corta
vida. Recluido entre las cuatro paredes de la estancia debido a las
inclemencias atmosféricas, aunque también por el enorme celo protector de mis
mayores, encaramado a una silla de anea me entretenía en dibujar un encaje de
aliento en el cristal empañado de la ventana. Desde aquel sencillo y
privilegiado otero, descalzo pero arropado por las últimas ascuas del horno giratorio[1]
que se consumían en la planta baja, en silencio y con cautela observaba la
danza con que los gorriones desmigaban los brotes de yerba en el callejón frontero,
el del chacho Laruta. Picoteando aquí y allá, en cada uno de los zurcidos vegetales
que ribeteaban el viejo empedrado, su estridente trajín presagiaba que la
jornada echaría el telón con tormenta.
A intervalos
cortos, sin apenas romper la plácida monotonía que gesta la soledad de la noche,
se escucha el plácido retumbar de la chapa que abre y cierra la boca del horno,
un quejido armonioso, continuo y cansino. Al cobijo de la hornilla, al amparo
de su templanza, una cafetera desportillada espera humeante la callosa mano que
no llega. Se impacienta y silba vehemente sin que nadie acuda a su llamada.
Lámina 1.- Antiguo horno giratorio,
década de los 60 del siglo XX. Archivo familiar.
Las horas, como el aguacero, fueron
tejiéndose plácidamente. Y con cada puntada y con cada trueno se deshilachaba
una costura de luz que trajo finalmente la oscuridad total, aunque rota a
intervalos por rasguños eléctricos y un sonido atronador.
Volcada en los retazos de su
bastidor, mi abuela Pura, sentada en su silla baja y aprovechando el último
hilo de luz del crepúsculo, se metía la tarde en un dedal. En su papel de
matriarca, pese a estar encallada en sus costuras, con pausas más que calculadas
nos enhebraba una cantinela previsora, una salmodia hilvanada en los
dobladillos más ocultos de sus ancestros:
—Venga, poneos
el calzao y acercaos al brasero, —nos avisa por primera vez.
—Ca, ¡qué no!
Venga, subid los pies a la tarima, —asevera en una segunda ocasión mirando de
reojo a cada uno de sus nietos sin dejar la costura.
Irremediablemente, llegó una
tercera y, previendo que nos iba a tener que amenazar alpargata en mano, se lo
piensa con más calma y determina vestir su mandato con mejores argumentos. Y
entonces, metida de lleno en aquella urdimbre, nos relata una vieja historia,
un hilo de memoria que tejió siendo aún chiquilla. De aquello hacía ya muchos
años, cuando hilaba las entretelas de su infancia en la rueca serrana de Doña
Eva, un ancho y reseco retal situado en el árido pellejo de Sierra Morena. Ubicado
a tiro de piedra de Baños de la Encina y en la margen derecha del río Rumblar,
allí, al calor de su hermana mayor, mi chacha Mariana, y su cuñado Bartolo bordó
las primeras vivencias que dieron forma a su niñez. Ambos, mis chachos, guardeses
de la finca, se complementaban a la perfección, pues mientras la una era de
poco cuerpo el otro parecía acaparar todo el ancho de la estancia; este era
hombre tranquilo, pausado, aunque de voz enérgica, la otra era pura dinamita
siempre a punto de estallar.
‘El tercer
gran comprador de bienes desamortizados en Baños de la Encina fue José María de
Palacio, un conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos
de poder madrileños, que llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados
del siglo XIX. Desde 1851, al menos, este hacendado venía mostrando su interés
por adquirir las dehesas Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva. Como
quiera que pasaba el tiempo y el Ayuntamiento de Baños no contestaba a su
petición, Palacio pedía a la Diputación que intercediera ante la corporación
para resolver con urgencia el expediente en el que estaba personado (…) La
Sección de Propios de la Diputación, exasperada ya ante la férrea oposición
municipal, llegó a ordenar al alcalde de Baños de la Encina, bajo amenaza de
una multa de 1.000 reales, que instruyera de una vez por todas los expedientes
de venta. Pero ni siquiera esa amenaza hizo retroceder a la corporación, que
alegaba, entre otras cosas, que las ventas podrían suponer un importante perjuicio
al vecindario al privarle del disfrute de los productos que los montes
ofrecían. Pues bien, el mantenimiento de esta actitud iba a costarle al pueblo
una multa de 1.000 reales, y junto a ella la amenaza de la Diputación de
proceder por la vía judicial. Efectivamente, las veladas amenazas realizadas
por la administración provincial obligarían finalmente a la Corporación a
enviar a comienzos de 1852 un informe en el que se incluía la valoración de las
dehesas solicitadas. Así las cosas, José María de Palacio tuvo que esperar
hasta 1858 para adquirir la dehesa Corrales por 75.100 reales, un 56% más de su
valor de tasación. Más tarde, en 1859, adquirió la dehesa Juan Esteban por
94.200 reales (un 25% superior a su aprecio), y en 1860 compró Garbancillares y
Doña Eva, en las que invirtió 265.900 reales, esto es, casi el doble de su
valor de tasación’[2].
Ante la situación de rebeldía, la
abuela levantó la vista de su labor, chistó y llamó nuestra atención. Comenzó entonces
a relatarnos una trama acaecida en un tiempo bastante lejano, o así nos lo
parecía, tanto que ella lo recordaba como una borrosa maraña hilada con seda
fina. Nos contó que cierto día, como en un instante, el cielo, fondeado en la
quietud de la tarde, se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos
rescoldos del hogar se desperezan y avivan bajo el soplo del fuelle. El paño de
la tarde se calzó entonces de sombras y desplegó un manto negro, tan oscuro
como la umbría que desagua en el río Pinto, uno de los dos afluentes del
Rumblar. Y llegó el crepúsculo. Cielo, tierra y arroyos eran de color ceniza, y
lo eran las rozas y las rastrojeras, las parideras y las torrucas.
Rancheros y pastores se vistieron de gris, dejaron el ganado en majada y se
protegieron bajo la cubierta de monte de su chozo. El frío intenso sepultó
cualquier recuerdo de la cándida primavera y el viento, que andaba en calma
chicha, se rebeló en un instante. Se cerró entonces una noche impenetrable, lóbrega,
que vino con abundantes lluvias, y la madrugada quedó hecha retales, rasgada
por los quejidos de luz de una borrasca de aquellas que desbarata cualquier
plan premeditado.
Lámina 2.-
Torrucas en las fincas de Doña Eva y Garbancillares.
En noches como aquella, viniendo el
tiempo como venía, el chacho Bartolo tenía por costumbre aparejar una lumbre enorme
y acostar pronto el hato familiar, para que la morada no perdiese el calor y
cuando llegase la tormenta eléctrica los cogiese guarecidos en el tinado y
con las esparteñas en alto.
Pero, a tiro de piedra de la casa
principal, por encima de la Cañá del Rastrojo, se elevaba un
viejo y destartalado chozo levantado con lajas de pizarra y ripios de granito,
vigas de encina y cubierto con monte[3].
Se trataba de una torruca achaparrada, fondeada junto a un redil
empedrado y redondo: la era de pan trillar de cuando el chozo era utilizado por
piconeros y rancheros. Los primeros rozaban el monte para obtener carbón y
picón, mientras que los segundos, llegando tras la estela de aquellos,
aplicaban un modelo de labor llamado de ‘cama’ o agricultura de roza. Previo a
la sementera, quemaban el rastrojo haciendo de las cenizas fertilizante para la
tierra.
Lámina 3.- Torruca de la Cañá
del Rastrojo.
En uno o dos años, el monte,
quebrado y raquítico, era abandonado por los rancheros, que daban paso a los
pastores de merino trashumante. Tras pastar una veintena de años, abonando con
el estiércol de las ovejas, volvían a ceder el paso a rancheros y piconeros. Veinticinco
años después reiniciaban el ciclo y volvían a ocupar la torruca para
trillar y aventar en la era[4].
‘Para hazer la
roza, que llaman de cama, la que executan los vezinos desta Villa, talando, y
quemando el monte bajo de dichas tierras. Cuias cenizas las venefizian para su
produzion, y quedaran de 6ª Calidad, ya si en estas, como en las antecedentes,
solo tienen los vecinos de este común El Dominio útil, de sembrarlas,
Francamente, sin que por ello, paguen Cosa alguna, en fuerza deel Privilegio,
Conzedido, por el Señor Rey Don Sancho, y confirmado, hasta el Señor Don
Phelipe Quinto, respecto Aque no tenían tierra en donde hacer Los sembrados…’[5].
‘Y en las que
se haze la Roza de Cama, quemando el monte, conzivo benefizio de las cenizas
quedara de sexta calidad y produze trigo, con la intermision de veinte o mas
años respecto a que es precisso crie nuevo monte, para volber a hazer dicha
roza, y quema, para poder sembrarla’[6].
Lámina 4.- Torruca del Barranco de
Don Juan y horno de pan vinculado a rancheros y piconeros.
En un instante, aquel recóndito
rincón del mundo quedó envuelto en la más oscura soledad, asaeteado una y mil
veces por una trepidante multitud de aguijones eléctricos. En el interior,
creyéndose protegidos de la noche y de las inclemencias meteorológicas, una
cuadrilla de pastores dejaba pasar el temporal sin más luz que los rescoldos de
lo que fue contundente lumbre de leños de encina. Los unos, tres de ellos, junto
al hogar e imaginando ser caporales cuando no pasaban de zagales, desafiaban la
tormenta tirando de baraja y bota; y otros dos, más temerosos de Dios y de sus
advertencias, dormían en el catre colocando las alpargatas y su propia vida
sobre la farfolla del colchón. Estando en aquellos trajines, mientras
pastoreaban con vino los unos y sesteaban con temor los otros, un rayo tuvo el alcance
de partir la torruca en dos y dejar tiesos a los que, pies en
tierra, se desgañitaban cantando por bastos.
Los supervivientes, desorientados y
tiznados como jeta de churras, adormilados y sin llegar a saber por dónde les
había entrado el lobo, salieron tan en desbandada que, de no haberse dado de
morros con la casa grande de Doña Eva, con seguridad hubieran hecho la vereda[7] de un tirón
sin repostar en aprisco ni abrevadero. El chacho Bartolo, cogido tan de
improviso como matanza en Cuaresma, los atendió y socorrió en la medida que
pudo e inmediatamente dio aviso del siniestro a las autoridades.
Lámina 5.-
Torrucas de Garbancillares y Seis Deos.
Lámina 6.- En dos momentos del año,
verano y primavera, corraliza de ganados merinos trashumantes situada en el
barranco de la Yegua. Aunque apenas es perceptible, en la parte superior
izquierda, junto a la cerca, quedan los restos de una torruca y, a tiro de
piedra de la corraliza, elevados sobre un espolón, se levantan los hormazos de
una segunda torruca.
Días atrás, cuando los
protagonistas ya son recuerdo y ejemplo a tener en cuenta, cuando el relato nos
parecía más fábula que hecho histórico, pasados los años, tantos que la memoria
es pavesa, templados por mil aguaceros, solaneras y temporales, de manera
fortuita cayó en mis manos una noticia de prensa que certificaba el
acontecimiento (ABC de 28 de abril de 1923). Así que, de una manera ciertamente
rocambolesca, aquel viejo documento periodístico vino a dar certeza a lo que,
siendo niños, nos parecía más cuento para amedrentar a imprudentes chiquillos en
tarde de borrasca que crónica real.
Lámina 7.- Noticia aparecida en el ABC de Madrid, con fecha 28 de abril de 1923
[1] Los
hornos giratorios de leña, frente a los morunos ancestrales en los que hornilla
y cámara de cocción formaban una sola unidad, tenían la hornilla en un lateral,
independiente de la cámara de cocción. El fogón estaba situado a un nivel
inferior, por debajo de la solera refractaria, que era la que realmente giraba
mediante el uso de un volante exterior y un eje interior.
[2] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y SÁNCHEZ
MARTÍNEZ, J.D. (2006): La propiedad de los montes en Sierra Morena Occidental (Jaén),
a través de algunas fuentes documentales. Elucidiario, 1: Seminario
bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzalá. Jaén. Pág. 219.
[3] El chozo o torruca con
cubierta de monte se cubría con materia vegetal en el siguiente orden
ascendente: con vigas u horcajos de encina, ramoniza de monte,
generalmente formado por jaras y lentiscos, y una capa final que cerraba con gavillas
planas de retama. La forma lanceolada de las hojas de retama facilitaba, en
caso de lluvia, la rápida evacuación de las aguas.
[4] CANTARERO QUESADA, J.M. (2006): La
Torruca, eje cultural de la gestión del territorio. Arte, arqueología e
historia, 13. Córdoba. Págs. 289-297.
[5] Fuente: Catastro del Marqués de la
Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 10.
[6] Fuente: Catastro del Marqués de la
Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 12.
[7] Aunque son diversas las acepciones
de la palabra vereda, que van desde un camino angosto a vía pastoril utilizada
por los ganados trashumantes de no menos de 25 varas (aprox. 21 metros), en el
mundo de la ganadería trashumante, sobre todo en la Sierra Morena de Jaén, se
entiende por ‘hacer la vereda’ el proceso general, con todos sus componentes
laborales, económicos y sociales, que permitía el desplazamiento de los ganados
desde sus territorios de origen, en el caso de Baños de la Encina provenientes
de los Montes Universales, Señorío de Molina, Serranía de Cuenca y la alta
Sierra de Segura, a los extremos de invernada en Sierra Morena, y viceversa.










