Edad
Media
Aunque no
se tiene testimonio de unas estructuras murarias que puedan adscribirse culturalmente
a los periodos emiral y califal, la verdad es que son numerosas las evidencias
de cultura material que han aparecido en las excavaciones arqueológicas. Este
es el caso de ollas trípode, tornetas y, principalmente, lápidas
funerarias reutilizadas en muros y suelos, que refrendan la existencia de
inhumaciones islámicas en el cerro del Cueto al menos desde el siglo XI al XIII[1]. Sí es cierto que
Abderramán III puso fin a las fitnas —guerras civiles— que sacudían la
estabilidad del emirato cordobés y amenazaban la existencia de la dinastía
Omeya entre los siglos IX y X. Con la estabilidad, los poblados rebeldes y en
altura, instalados en lugares de fácil defensa, como fue el caso de Los
Castellones de las Tres Hermanas, Marquihuelo o Cerro del Pico del Águila,
reconcentraron su población en emplazamientos que seguían ofreciendo buena
defensa, pero con mejor acceso a tierras de cultivo. Era el caso del Cueto[2]. Como se decía, no se
conoce la estructura defensiva que se erigió en el Cerro del Cueto, pero el
cuartel o fortín existente en la primera mitad del siglo XII debía parecerse a
otros muy similares situados a ‘tiro de piedra’, en Despeñaperros y el Macizo
del Muradal. Más concretamente al conocido bajo el apelativo de castillo de
Malaventura. En su caso, como en el nuestro, se trata de un fuerte
rudimentario, un recinto defensivo adaptado a la fisonomía del terreno y cercado
mediante una torre monumental y murallas formadas con sillares ciclópeos
pertenecientes a culturas anteriores (Bronce e Ibéricas). En su interior
albergaba un patio o corral abierto rodeado de diferentes y sencillos
cobertizos, o ranchos, para vivienda y establos. En definitiva, el castillo que
recortó el horizonte del Cueto hasta la primera mitad del siglo XII se cimentaba
en la reutilización de las estructuras de diferentes culturas, las que habían
ocupado el Cerro del Cueto desde la Edad del Bronce a la etapa romana, junto
con las posteriores aportaciones andalusíes.
Avanzado
el siglo XII, cuando la frontera ya estaba en el macizo de Sierra Morena, el
invasor castellano, que ya llevaba mucho más de un siglo en contacto con el lugar,
fue modelando la voz árabe que daba nombre al castillo, posiblemente baniya
y sonido banio, y consolidando un error semántico: interpretó que el
nombre del castillo derivaba de la sexta y quinceava acepciones del sustantivo
‘baños’, que lo explicaban como balneario o lugar con aguas mineromedicinales,
cuando en realidad procedía de la décima: ‘Especie de corral grande o patio con
aposentos o chozas alrededor, en el cual los moros tenían encerrados a los
cautivos’. El nombre del castillo, que realmente tuvo su génesis en un fuerte
rudimentario y desvencijado, quizá un puesto de avanzada o un presidio de
frontera, refugio de personas y bestias en lo más inhóspito de Sierra Morena,
pasó a tenerlo en unos baños o termas que nunca habían existido[3].
El
tardo medievo: la construcción del castillo almohade
En
al-Ándalus, el acceso al califato de los almohades supuso la reunificación de
los territorios y la estabilidad política, pero también se puso de relieve que
la situación geomilitar en Sierra Morena, su seguridad, ya no era la misma de
un siglo atrás. Que la vanguardia castellana superara la barrera del macizo
mariánico y campeara libremente por la campiña andaluza era un hecho previsible
e inminente. Con estos argumentos, el califato ideó una magnífica estrategia defensiva-ofensiva,
aunque el tiempo confirmaría que no fue suficiente. Se diseñó una compleja malla
protectora, a modo de capas superpuestas y comunicadas entre sí, integrada por
castillos mayores (ḥiṣn) y fortines o torres menores (búrǧ)
ampliamente repartidos por toda la geografía serrana[4]. Este fue el caso de
fortificaciones como Castro Ferral o Navas de Tolosa, pero también de Burgalimar,
Vilches o Baños, situado este último en la retaguardia, en la solana meridional
de Sierra Morena.
La mayoría
de los castillos y fortines ya existían, con otras condiciones, sólo se tuvo
que realizar una remodelación o ampliación, a veces sencilla y en ocasiones más
dificultosa. Pero en otras situaciones, reutilizando la ubicación, pero no las
construcciones preexistentes, se elevaron de nueva planta castillos mediante la
utilización de unas maneras de edificar novedosas. Promovidas por el califato
almohade, se abandona la fábrica de sillería de tradición califal y se asume
como aparejo oficial la tabiya o tapia de cal y tradición hispánica en
sus diferentes versiones y calidades. Así ocurrió con el fortín o presidio
bañusco. En la segunda mitad del siglo XII, haciendo tabla rasa y sin conservar
las murallas existentes, se edifica de nuevas un hisn que sigue las
pautas marcadas por el nuevo califato bereber. Un detallado análisis de sus
características arquitectónicas así lo testimonia, pero también lo han
certificado las muestras de madera analizadas mediante C14, agujas conservadas en
los mechinales del encofrado de torres y paños (Moya García, 2009). La
cronología obtenida, que oscila entre 1.120 y 1.230 d.C., junto con la
situación geomilitar del momento y las particularidades técnicas de sus
murallas[5], nos permite considerar
almohade la fundación del castillo cuyas formas se elevan hoy sobre las riscas
del cerro del Cueto.
Aquel
fortín o presidio desvencijado, cimentado sobre las ruinas de las culturas
anteriores, pasó a convertirse en un centro neurálgico del nuevo andamiaje
defensivo de Sierra Morena. Por las nuevas circunstancias geomilitares, mudó de
ser un simple baniya aislado en la aspereza serrana a ḥiṣn Baniya,
un castillo de notable envergadura que tenía bajo su control buena parte de las
vías de comunicación que atravesaban el macizo mariánico.
Con la
conquista castellana (1212), se generó una reorganización del espacio interior
del castillo y la creación de nuevas estructuras defensivas. Se produce un
relativo abandono de una parte del castillo, la más meridional, y se fortalece el
frente septentrional mediante la construcción de un alcazarejo[6]. En un primer periodo, se
cerca con mampostería un espacio trapezoidal formado por un torreón avanzado,
dos muros laterales y una de las viejas torres de tapia, que ahora se realza y
reviste con piedra irregular y cierto tamaño. En un segundo momento, durante
las guerras de banderías acaecidas en el último tercio del siglo XV, con
la familia Corvera como protagonista, vuelve a elevarse la torre del homenaje o
Almena Gorda con sillares de arenisca de mejor factura.
La
fortaleza, con forma oval y una puerta de acceso, está construida con un
magnífico tapial de cal, un mortero de tierra, arena, agua, cal y cantos de río,
y reforzado con piedras de cierto tamaño en los cajones de cimentación. En toda su amplitud, se distribuyen 14 torres
cuadradas (en realidad una de ellas es pentagonal) estructuradas en 3 niveles y
terraza, con acceso superior desde el adarve de ronda. A ellas se suma la torre
del homenaje o Almena Gorda, de mayor altura. Realmente, como ya se ha citado, envuelve
una bereber similar a las anteriores. Orientada a la meseta que hoy ocupa la Plaza
Mayor del pueblo, cubría el único flanco por donde el castillo podía ser
atacado mediante trebuchet, un tipo de catapulta que se generalizó a
partir del siglo XIII en los asedios de la vieja Europa. Las murallas y torres
están rematadas con merlones y perforadas con aspilleras. Por su parte, en el
interior del castillo, que gira en torno al espacio abierto que ocupan unos aljibes
que debían nutrirse con recuas de mulas, se distribuían las calles y viviendas,
cuadras, patios y almacenes, con un propósito más o menos intencionado: crear
un complejo entramado urbano que dificultara la acción invasora de cualquier atacante.
El
castillo hoy: el andamiaje cultural e identitario de un pueblo
Aunque
mantuvo alcaides hasta mucho después, el castillo conservó su carácter militar
hasta comienzos del siglo XVI para después caer en una fase decadente que ya
fue definitiva en el XVII. Al final del XVI, Las Relaciones Topográficas de
Felipe II ya ponían sobre aviso del estado de ruina que amenazaba la
fortaleza[7]. Mucho después, en la
segunda mitad del XIX, el cementerio parroquial abandonó su ubicación en la
calle Donosa y se instaló en el solar del castillo. Allí estuvo el camposanto
hasta 1928, cuando nuevamente volvió a trasladarse al paraje de la Peñasca. En
su interior contaba con criptas familiares, tanto en superficie como en los
habitáculos de las torres, también había nichos incrustados en las murallas y
tumbas al exterior del recinto. Desamparado, quedó como lugar de recreo de las chiquillas,
que no se arredraban en jugar con los cadáveres momificados, y escenario para
las disputas de los críos.
En la
segunda mitad del siglo XX se procedió a la exhumación parcial de los cuerpos,
que con los años sería total, y, en diferentes intervenciones de excavación
arqueológica y restauración, se fue recuperando su estado más o menos original.
A partir del celebrado ‘milenario’, conmemorado erróneamente en 1969, al
castillo se le fueron dando diferentes usos festivos de carácter puntual, para
culminar en la situación actual. Ahora conjuga la visita turística al conjunto
monumental con diferentes encuentros teatro musicales, que se celebran a lo
largo de todo el año.
[1] MARTÍNEZ NUÑEZ, M. A. (2010): Epígrafes
Árabes procedentes de Baños de la Encina. Publicación Virtual Ayuntamiento
Baños de la Encina, Jaén.
[2] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. Y
CASTILLO ARMENTEROS, J. C. (2025): ‘IAP. Control de movimiento de tierra y
excavación arqueológica para la nueva iluminación exterior del área este del
castillo de Baños de la Encina, Jaén’, Anuario Arqueológico de
Andalucía_2023_223.
[3] CANTARERO QUESADA, J. M. (2026):
‘Anotaciones sobre el origen del nombre del Castillo de Baños de la Encina’, Revista
Argentaria, vol. 30.
[4] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M.V. (2021): Análisis
arqueológico de la organización espacial del concejo de Baeza durante la Edad
Media. Universidad de Jaén.
[5] AZUAR RUIZ, R. y FERREIRA
FERNANDES, I.C. (2014): ‘La fortificación del califato almohade, Las Navas de
Tolosa (1212-2012)’. Miradas cruzadas.
[6] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. (2019): ‘Complejo
defensivo y espacio residencial. El contexto cerámico del castillo de Baños de
la Encina. Jaén’. Actas del VI Congreso Internacional de Arqueología
Medieval. Alicante.
[7] ‘…el aposento de los alcaides
estaba todo caído y arruinado, siendo necesario quinientos ducados para su
reparación. / La capilla antigua que había junto al aljibe estaba caída y
deshecha. / No tenia mas artilleria que una pieza pequena. / A juicio del Corregidor,
esta fortaleza tenia necesidad de muchos reparos y costo grande (2.545.000
maravedis), y era de poco o ningun servicio a S. M., allende de tener dos
padrastos muy malos. / Era su alcaide don Juan de Acuna Valenzuela’.













