sábado, 13 de junio de 2026

La barcaza del Rumblar

Hasta donde alcanza la memoria, mis correrías por el barranco de Valdeloshuertos comenzaron temprano. Sin embargo, ninguna dejó en mí una huella tan viva como aquella fiebre balompédica que hoy invade mis recuerdos y que se gestó en los días en que una sequía pertinaz agrietó el lodazal de las Colas del Rumblar y convirtió el barranco en un improvisado campo de fútbol.

Encajado en la cabecera de la quebrada, el campo apenas merecía tal nombre: raquítico en dimensiones e irregular en sus lindes, allí campaba a su albedrío la maleza y escaseaba el césped. Pero a nuestros ojos infantiles aquello se recuerda como un estadio legendario. La lozanía del césped —léase yerbajos altos y salvajes— no tenía nada que envidiar a los mejores terrenos de juego provinciales, aunque conviene recordar que, en los primeros años setenta, muchos de aquellos campos oficiales se parecían más a un corral de cabras que a un santuario deportivo. Para nosotros, acostumbrados a tropezar con la pelota y correrla sobre el irregular empedrado de las eras de Casa y Vidalón, o sobre el polvo interminable de la Vuelta la Pera, aquel rincón verde era poco menos que un paraíso deportivo.

Y así, mientras el balón desaparecía entre la hierba alta, siempre había quien se imaginaba lanzando un córner en el Bernabéu o ejecutando un penalti decisivo en el Camp Nou. Yo callaba. En mis adentros, soñaba con saltar desde el banquillo y calentar la banda del Manzanares, como si el viejo Vicente Calderón aguardara mi entrada triunfal.

Cauce arriba, la cancha se cerraba contra un recodo del arroyo de los Huertos, frente a la alberca de Patrocinio. Por el contrario, hacia donde escapaban las aguas el terreno moría junto a un pequeño puente: el venter por donde corrían las aguas de Gorgogil. Más allá del acueducto y de aquella conducción de uralita, emergían la noria del Morito y su alberca, arrancada a la roca madre para guardar el agua como si se tratara de un preciado tesoro. A la derecha, bajo la sombra del castillo, el campo se estrellaba contra el talud de pizarra que sostenía el viejo camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas, unidos allí como dos viejos compañeros de viaje. En el flanco opuesto, la línea de banda se deshacía bajo el arroyo, contra el murete de encauzamiento y el azud que cortaba la corriente.

Lámina 1.- Barranco y arroyo de Valdeloshuertos, improvisado campo de fútbol

En aquella cañada, donde los partidos eran tan épicos como accidentados, raro era el día en que no terminaban entre moratones, aporreaduras o disputas resueltas a pedradas, ya fuera por las calamitosas condiciones del terreno o por el ardor de la contienda. Y, sin embargo, regresábamos siempre, llamados por la promesa de otro partido imposible. Pero llegó un otoño prematuro, cargado de lluvias. El agua regresó con la paciencia de siglos, anegó el barranco y la ciénaga acabó devorando la cancha bajo su oscuridad. Allí quedaron enterrados nuestros estadios imaginarios, los gritos de gol y los sueños infantiles que durante un breve verano habían convertido el barranco de Valdeloshuertos en el centro de nuestro universo.

Hoy, todo aquello no es más que un erial doblado por los cardos, el estiércol y las aguas negras. Donde un día corrieron los sueños y la pelota, solo queda un chortal sucio y desolado, un rincón abandonado a la herrumbre del tiempo y del olvido.

Contrariamente, para ser fieles a la verdad, pese a mis muchas aficiones futboleras mi primera incursión por Valdeloshuertos no tuvo forma de balón, sino de nave varada. Aquello comenzó sobre una barcaza desguazada, un navío derrotado que parecía regurgitar singladuras que nunca llegaron a suceder y que había quedado apeado in aeternum en la margen fluvial de la cola del pantano, junto al puente de las aguas de Gorgogil. Fondeada entre aquellos jirones del embalse, la vieja embarcación despertaba en nosotros —críos de imaginación desmedida y horizontes cortos— la ilusión de lo imposible: un galeón de Manila dispuesto a abrirse paso hacia océanos infinitos. Bastaba contemplar su armazón carcomido para que el Rumblar dejara de ser pantano y se transformara en un mar remoto, poblado de tormentas, piratas y puertos exóticos.

Cierto día, de aquellos de estar mano sobre mano, con mucho que inventar y más que desbaratar, una tarde interminable vestida de hastío, decidimos zarpar. El destino, naturalmente, era imaginario y lejano, aunque el único pantalán verdadero no estuviera más allá de la orilla opuesta, la del cerro del Gólgota o del Algarrobo, apenas a tiro de piedra. Sin capitán que mandara y con demasiados grumetes para tan escasa tripulación, unos cuantos subieron a bordo mientras el resto aguardábamos ansiosos en la otra ribera, como aquellos comerciantes gaditanos de antaño cuando esperaban la llegada de una expedición ultramarina.

Lámina 2.- Familia disfrutando de un paseo en barca por las aguas del Rumblar. Fuente: Archivo familiar de Lorenzo Rodríguez García

Pero la barcaza hacía aguas por todas sus hechuras y no había más herramienta para achicar que una vieja lata de tomate oxidada. El navío, cansado de tan absurda travesía, comenzó a venirse a pique con la resignación de un espectro revestido de chatarra. En esas andaba la tripulación cuando el vigía de proa, sin cofa a la que encaramarse y viendo que el barco se iba definitivamente al garete, decidió arrojarse a las procelosas aguas del Rumblar de aquellos años. A decir verdad, aquello no era agua, sino una condensación negruzca de residuos domiciliarios, un caldo espeso y turbio donde hasta el reflejo del cielo parecía enfermar. Y quiso la desgracia —o la comicidad del destino— que el improvisado marino cayese de la peor manera imaginable: en plancha, a todo lo largo de su cuerpo, levantando una explosión de légamo y podredumbre que todavía hoy sigue salpicando mis recuerdos.

A la vuelta, improvisando explicaciones y artificios que dieran alguna dignidad al naufragio fluvial, los que habíamos permanecido de punto en blanco caminábamos a paso ligero, procurando escapar del tufo hediondo que exhalaban aquellos marineros de fortuna que, a bordo de la barcaza, habían hecho de la tarde la más disparatada de las aventuras.

Pues al hilo de todo esto, regresando a historias de mayor calado, descubrimos que aquellas barcas que creíamos gestadas en nuestro terruño —las veíamos volteadas sobre la pendiente de pizarra como si siempre hubieran estado allí— eran en realidad fruto de un paciente trabajo artesanal.

En ocasiones, la Historia mayor —esa que da contenido a crónicas y archivos—, pero aún más la historia menuda, la intrahistoria, o lo que algunos llaman la verdadera historia cotidiana, avanza al capricho de lo anecdótico y se deja arrastrar por los pequeños avatares de gentes humildes, de personas a pie llano cuyos nombres y apellidos, sin embargo, permanecen anclados a la memoria de un lugar. Hace unos años, cuando el embalse del Rumblar apenas retenía unas gotas de agua y mostraba sus desnudas entrañas de barro y piedra, mi hermano y yo rescatamos una de aquellas viejas barcazas tradicionales de las cotas más bajas del pantano, concretamente en el huerto del Tío Lobo. Aquel hallazgo despertó en mí una curiosidad casi obsesiva por conocer el origen de aquella embarcación. ¡Qué iluso era entonces! Creía, ingenuamente, que aquellas modestas barquichuelas habían salido de las manos de carpinteros locales, nacidas únicamente de las necesidades gestadas con la creación del pantano y del ingenio más próximo.

Pero el asunto discurría por otros cauces.

En la década de los cincuenta del siglo XX, cuando la presa y el pantano del Rumblar ya eran una realidad y aquella inmensa lámina de agua había comenzado a interrumpir el tránsito natural entre una y otra orilla del río, un paisano de Baños, José Columpios, camionero de oficio y hombre despierto para los negocios, tuvo una idea tan sencilla como provechosa: no regresar jamás a casa de vacío.

Y así, en sus trajines mercantiles por tierras extremeñas, la Parrala —como todos conocían a su pequeño camión— emprendía el camino de vuelta cargada con alguna de aquellas barcas. Cambiaba grano por astillas, cereal por madera navegante. De ese modo, casi sin pretenderlo, aquellas embarcaciones comenzaron a llegar hasta nuestro pantano, transportadas sobre ruedas como si fueran extraños peces varados sobre el polvo de los caminos.

Lámina 3.- La Parrala. Fotografía cedida por Isabel García

Adentrándome de lleno en el asunto, gracias a los recuerdos y testimonios de varios paisanos, entre ellos Faustino Céspedes, pude averiguar que aquellas barcas se fabricaban artesanalmente y desde hacía siglos en Don Benito, en la provincia de Badajoz. Eran embarcaciones dadas a la trashumancia, nómadas del agua. Así lo evocaban todavía algunos mayores pacenses, que recordaban cómo, subidas a los trenes de RENFE, migraban a lo largo del año desde las procelosas aguas del Guadiana hasta las corrientes más serenas del Guadalquivir, en tierras andaluzas, como si fueran herramientas de una antigua cosecha fluvial itinerante.

Las construía un antiguo gremio de carpinteros de ribera, cuyos pequeños astilleros se repartían entre Don Benito y la vecina Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz. Aquellos botes, concebidos en origen para la pesca en las aguas del Guadiana, acabaron extendiéndose durante los albores de la Edad Moderna por buena parte de los humedales extremeños, hasta convertirse en una presencia habitual en las tablas y charcas de la región. Así lo recoge el estudio de Felicísimo García Barriga (2002)[1], que documenta la pesca con barca en las charcas cacereñas de Brozas y Arroyo de la Luz.

Entre Cáceres y Alcántara, aquel humedal se articulaba en torno a tres grandes láminas de agua: la charca de Brozas, de unas cincuenta hectáreas, y las lagunas Chica y Grande, en Arroyo de la Luz. Aquellos botes tan peculiares, conocidos popularmente como la “barca del Guadiana”, fueron inseparables de la pesca tradicional de tencas y pardillas[2], especies autóctonas que durante siglos dieron vida a las aguas quietas de las tablas extremeñas.

‘Entre diversas especies de anfibios, reptiles y peces, dos destacan por su importancia y porque son constantemente mencionadas en las fuentes; son la tenca (nombre científico: Tinca tinca), un ciprínido que prefiere vivir en aguas estancadas, preferiblemente en los fondos, donde el agua está más fría, y la pardilla (nombre científico: Rutilus lemmingi), un pez parecido a la carpa aunque mucho más pequeño. Ambas especies se convirtieron, como veremos en apartados posteriores, en la única fuente de pescado fresco de la cual podían disponer los habitantes de la Extremadura Moderna y, en consecuencia, de Brozas y Arroyo de la Luz, sobre todo en las épocas del año en las que la Iglesia Católica prohibía el consumo de carne’ (GARCÍA BARRIGA, 2002).

García Barriga concluye que la regulación de la pesca en aquellas charcas de Propios hacía posible el consumo de pescado fresco durante buena parte del año, especialmente en tiempo de Cuaresma, cuando la Iglesia católica imponía la abstinencia de carne y las aguas interiores se convertían en una humilde pero indispensable despensa. Y en toda aquella cadena de oficios, intercambios y saberes culinarios, la barca del Guadiana ocupaba un lugar central. Era mucho más que una sencilla embarcación: constituía el vínculo silencioso entre el agua y la mesa, entre el trabajo paciente de los pescadores y la vida cotidiana de las comunidades que habitaban la periferia de aquellos humedales extremeños.

Lámina 4.- La Parrala aparcada en el Plaza Mayor. Fuente AGA (Archivo General de la Administración)

De forma romboidal casi perfecta y de escaso calado, la barcaza ofrecía un fondo plano, estable y dócil al manejo sobre las aguas quietas de las charcas. Solía albergar a dos personas y avanzaba lentamente impulsada por remos, con ese ritmo pausado y silencioso que es propio de los quehaceres antiguos. Construida en madera de pino, la embarcación acusaba los efectos del sol y el aire: cuando permanecía demasiado tiempo fuera de la charca, la madera se abría en pequeñas grietas por las que comenzaba a filtrarse el agua. Por ello, cuando no se utilizaban, las barcas se dejaban sumergidas junto a la orilla, amarradas a tierra con los remos encadenados, como animales de tiro descansando tras una dura jornada. A bordo, el barquero llevaba siempre consigo un pequeño utensilio cóncavo para el achique del agua, originalmente fabricado en corcho y conocido con el evocador nombre de galapaguera. Con el tiempo, la más sencilla modernidad sustituyó aquel artefacto tradicional por una simple lata de tomate, aunque el gesto de vaciar el agua del fondo siguió siendo el mismo, repetido generación tras generación sobre las aguas tranquilas de las tablas extremeñas.

Estando en aquella tesitura, nos pusimos en contacto con el equipo técnico del Museo Etnográfico de Don Benito, cuyos miembros merecen nuestro más sincero agradecimiento por la cortesía y generosa disposición con que nos atendieron. De sus manos recibimos cumplida noticia de la historia, el origen y la hechura de la barca, como quien rescata del tiempo la memoria silenciosa de un oficio perdido.

Construida por el antiguo gremio de artesanos conocido como de los barqueros, la barca del Guadiana respondía a una arquitectura tan sencilla como sabia, fruto de generaciones enteras moldeando la madera al compás del río. Su estructura se articulaba en torno a los siguientes elementos:

-       El asentón, pieza primordial sobre la que descansa todo el armazón y que otorgaba forma a la embarcación. Integrado en él se encontraba el cuartón o viga central, nervio maestro que determinaba la altura y longitud de la barca.

-       Las tablas de los dos haciales o costados. Unidas al cuartón mediante los llamados combos, se trataba de cuatro hileras de tablillas transversales que se distinguen de las trabas por no ajustarse directamente al asentón. Estas piezas, junto al cuartón, conformaban las piqueras: la proa y la popa, extremos abiertos al curso de las aguas.

-       Las cuatro tablas centrales, fijadas al asentón a modo de contrafuertes, se dividían en trabas maestras y trabas simples; siendo las primeras las encargadas de reforzar con mayor firmeza el cuerpo de la embarcación.

-       En el borde de los haciales del tramo central se aseguraba el trabón, madera de mayor grosor sobre la que descansaba el calomollo. Este cilindro estaba destinado a recibir el anillo del remo y sostener el esfuerzo del remero en cada travesía.

-       Sobre unas trabillas transversales a los combos se apoyaba la tabla que servía de asiento al barquero. El palo balsero, reforzado en su punta, penetraba en las aguas protegido por una lámina de hierro conocida como recatón

De aquella barcaza —que hoy parece salida de un tiempo remoto y casi legendario— aún queda testimonio fotográfico, navegando con cotidiana naturalidad las aguas de un pantano entonces recién construido: el Rumblar, o de la Cerrada de la Lóbrega. Aunque la presa concluyó su construcción en 1941, las aguas no cubrieron definitivamente la cuenca hasta 1947. Fue como si el valle hubiera querido demorarse unos años más antes de entregarse al silencio sumergido.

Personas en un barco en el agua

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Lámina 5.- Vaqueros y carboneros cruzando el pantano. En la fotografía Pedro Altozano, vaquero, con su hijo Rafael, y el Ribero, reconocido piconero. Autor: Antonio Moreno Miravés

Utilizada por carboneros y vaqueros, la barca surcaba en su callada singladura las aguas de los ríos Rumblar y Grande llevando de una orilla a otra hombres y aperos, pero también, furtivamente, alguna pieza de caza mayor oculta entre los sacos de picón. Bajo la apariencia humilde de aquel trajín cotidiano, se deslizaban, como tantas veces ocurre en tierras de monte y miseria, pequeños secretos compartidos al amparo del silencio y la necesidad.

Asimismo, existen indicios de que, aunque de manera subsidiaria y casi doméstica, la embarcación sirvió también para faenas de pesca. A este respecto, retomando la investigación de García Barriga, sus documentos mencionan el uso ilícito de ciertas plantas venenosas destinadas a multiplicar las capturas, entre ellas el beleño o la coca. En los pagos bañuscos de nuestra barcaza ocurría algo semejante mediante el empleo del verdelobo —nombre local del gordolobo—, planta de la familia de las escrofulariáceas cuyas hojas servían como mecha de candil mientras que sus semillas, machacadas con paciencia y maña, eran arrojadas a las aguas para aturdir a los peces y esquilmar las tablas de los extremos del Rumblar.

Y aunque esta práctica pesquera pudiera parecer una práctica nacida al calor de la novedosa existencia de un pantano, lo cierto es que hundía sus raíces en tiempos mucho más antiguos. Ya las Ordenanzas Municipales de 1742 advertían contra semejantes abusos y prohibían expresamente arrojar hierbas ponzoñosas a las tablas para obtener pescados, prueba inequívoca de que la astucia humana llevaba siglos tentando la suerte pesquera en las aguas de estos contornos.

Y atento á haver experienzía que algunas Personas en el tiempo en que se corta dicho Río hechan algunas Yerbas nozibas, y benenosas en las tablas principales de el á fin de matar pezes ordenamos, y mandamos que qualesquiera Persona que se áprehenda hechando semejantes Yerbas en cualesquiera parte de dicho Río ó se justificase haverla hechado se ponga por tiempo de quinze dias preso en la Carcel Real de esta Villa, y se multara en dos mill maravedíes vellon por los notorios daños que se puede causar a la salud publica assi bebiendo el agua como comiendo los pezes muertos con semejante Zebo cuya multa se distribuira por terceras partes Juez, Denunziador, y Caudales de Propios desta Villa’(ordenanza 30)[3].

Y fue así, por capricho de lo cotidiano y por mandato de los nuevos tiempos, que la vieja barcaza del Guadiana acabó transformándose en la del Rumblar. Cambió de aguas, de paisaje y de oficio, convirtiéndose aquí en soporte de usos variopintos: carboneros, cinegéticos y ribereños. Sin embargo, por encima de todo, para los chiquillos de entonces fue escenario de multitud de aventuras, travesuras y recuerdos, como los que recoge este documento, donde la infancia aún desea seguir navegando sobre aquellas aguas jóvenes y oscuras.

Imagen que contiene interior, cuarto, vivo, tabla

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Lámina 6.- Barca recogida del fondo de las aguas del Rumblar, hoy expuesta en el Museo del Territorio de Baños de la Encina



[1] GARCÍA BARRIGA, F. (2002): Aguas estancadas y pesca en la Extremadura moderna (siglos XVI-XIX): Los casos de Brozas y Arroyo de la Luz (Cáceres)[1]. Consultado en https://chdetrujillo.com/aguas-estancadas-y-pesca-en-la-extremadura-moderna-siglos-xvi-xix-los-casos-de-brozas-y-arroyo-de-la-luz-caceres1/, en 29/05/2026.

[2] ‘…que he de poder pescarla todos los viernes y jueves de las semanas, vigilias y sus vísperas, los tres meses de julio, agosto y septiembre a pie, y los demás del año con barco, guardando la veda en mayo y junio’, en Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Sección Archivo Municipal de Brozas, Libro de Abastos, 1767.

[3] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y GALLEGO SIMÓN, J.V. (1995): Regulación Ecológica en Sierra Morena. Las Ordenanzas Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina. Segunda Mitad del siglo XVIII. Diputación Provincial de Jaén.


sábado, 23 de mayo de 2026

La tormenta, que vendrá

Pese a mis malos hábitos, de cuando en cuando me agarro a uno bueno. Mi aportación a la Antología Sierra Morena Poesía 2026:

Mientras nos regodeábamos con la absurda generosidad de las vacas gordas, en ganancias y pérdidas que caían en saco vacío, la disciplina y el sentido común cayeron quebrados por el cinismo y una avaricia insulsa. Y en las vueltas que te da el día, cuando no te queda más senda que aquella que camina atenazada entre rebuznos y balidos, observas que la curiosidad, ya moribunda, se desangra bajo la intransigente daga de wikipedias de paja e IAs que alumbran sueños hueros. Y entonces observas que cada huella que dejas, cada voz al viento y cada beso perdido se diluyen en el más inhóspito vacío. Y el molino, fondeado en la quietud del mediodía, estirado como gigante laureado, pero cimentando sobre el fango y la miseria, se regocijaba en las rentas levantadas sobre el rastro de su usura. Mientras tanto, ajeno a los aires dominantes, el común se revuelca ufano en sus vacuos deleites.

Pero en un instante que nadie quiso prever, pese a las muchas predicciones sin razón y vaticinios mal calculados, el cielo se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos rescoldos de la fragua se desperezan y avivan bajo el efecto del fuelle. Y llegó la tarde. Cielo, tierra y ríos eran de color ceniza, y lo eran las plantas, las callejas y sus viviendas, y la gente se vistió de un gris enrabietado. El intenso calor sepultó los recuerdos y todo mérito, y el viento, que andaba entones en calma chicha, se rebeló en un instante. Cuando la negra oscuridad cubrió la noche, vino la lluvia, abundante. Durante la madrugada no fue menos, la oscuridad llegó aparejada con una tormenta de las que desbarata cualquier plan premeditado. En un ataque de furia desmedida, el vendaval elevó bruscamente las aspas del gigante y las hizo volar por los aires. Con el mismo impulso, movió el eje y mandó al garete el palo de gobierno provocando que entre tanto estropicio se arruinara toda la techumbre y se desencajara el fraile. Los estampó contra los corrales de enfrente. Con la cabeza a descubierto, el desconcierto del eje hizo añicos la rueda catalina, la linterna y la tolva, que se derrumbaron sobre las muelas como si de un peso muerto se tratara. Los empiedros se quedaron sin sustento y quebraron las vigas de los dos entresuelos, que cayeron envueltos en un estruendo desolador. Todo el ingenio interior se vino abajo, maderas, herrajes, granos, haciendas y sueños. Una hora, dos y tres…, el viento se calmó y la lluvia comenzó a deslizarse con suavidad, caladera, deshaciendo pacientemente los adobes de barro del piso superior. Los travesaños, destrozados y fragmentados en mil astillas, mostraron con cruenta desnudez su interior, un laberinto de canalillos y madera devorada, serrín. Minúsculos raíles subterráneos, horadados día a día y con constancia, certificaban la cansina e impenitente labor de la polilla. Durante lustros, el gusano, perseverante, había ido deshilvanando cualquier recuerdo de lo que fue la comunidad para moldear una sociedad deshecha por el abuso de la tecnología y una opulencia engañosa. ¡Es la victoria del individuo y la identidad particular de cada metro de tierra!, justificaban sin sonrojarse los voceros.

Con la tormenta, el molino perdió los vientos y su maquila, derramó sus piedras por la cuerda y acabó casi en nada. Allí quedó olvidada la piedra solera del molino, como hidalgo viejo venido a nada, anclada a la que fue su ruina. La volandera también rondó por el lugar, junto a la puerta de levante, pero en uno de aquellos proyectos de adecentamiento del patrimonio, no se sabe cimentado sobre qué criterios, acabó rota en mil pedazos y desperdigada por la escombrera de la Piedra Escurridera. Los sillares buenos acabaron aplomando las esquinas de unas cuantas casuchas, los mampuestos de mayor tamaño enderezaron las corralizas vecinas y los ripios se utilizaron para gestar una de aquellas rechonchas eras de pan trillar, ruedo de piedra, sudor y viento que se derramaba a la sombra vespertina de la ruina. Y de lo que quedó en pie, de nuevas echó a andar la noria del tiempo.

Y es ahora que, sobre los cimientos de la miseria,

‘los hijos de la lluvia están

creciendo a mi alrededor.

Los días vienen y se van,

se desvanecen con mi voz’*.

* 091: La canción del espantapájaros.




viernes, 1 de mayo de 2026

Anotaciones sobre el origen del nombre del castillo de Baños de la Encina

1.- La abundancia hídrica, ¿realidad o ficción?

Contrariamente a lo que pueda parecer, enclavado en las estribaciones meridionales del macizo de la Sierra Morena de Jaén, el nombre del pueblo de Baños de la Encina no tiene su origen en la existencia de alguna therma o alhama renombrada e identificada, tampoco en la abundancia hídrica de su entorno o en la presencia de aguas mineromedicinales con propiedades terapéuticas reconocidas. Ninguna de esas situaciones se da ni se ha verificado documental o históricamente. En realidad, gran parte del conjunto histórico está horadado por un rosario de pozos particulares que, sin total certeza por su carácter privado, podría superar la cincuentena. A esa cantidad, se suma un número menor de pozos y alcubillas públicos que están repartidos por el frente sur del pueblo, de levante a poniente —véase Nuevo, Vilches, de la Serna, de la Vega y Charcones—, y al norte de la aldea vieja en localizaciones dispersas —Luzonas, del Cotanillo, Alcubilla y Pocico Ciego—. En todos los casos, estos veneros ofrecen agua salobre nada apta para el consumo humano como suministro potable. Por el contrario, en el pasado, algunos de ellos fueron excepcionales para la elaboración de pan.

Sin embargo, las aguas que manan de diferentes localizaciones de la periferia urbana, todas ellas en el piedemonte serrano, son de muy distinta calidad. Así ocurre con el pozo de Huerto Lucero o los manantiales de La Pizarrilla, el Pilar de la Virgen o la fuente del Barranco del Pilar. En una situación muy similar se encuentran las distintas fuentes históricas localizadas en el barranco de Valdeloshuertos —Cayetana, Socavón, Pacheca y Salsipuedes—, que son de las que tradicionalmente se suministró de agua potable la población de Baños. Pero, en todos los casos, son fuentes menores que apenas llegaban a asegurar el abastecimiento del conjunto de la vecindad. Así nos lo venía a confirmar el ingeniero Dupuy de Lôme (1924), mediante un estudio realizado en la década de los años veinte del pasado siglo[1].

Imagen que contiene exterior, edificio, roca, pasto

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Lámina 1. Pozo de la Vega (arriba) y fuente de la Cayetana (abajo).

Por otra parte, es una realidad que la fosa de La Campiñuela, la llanura que se derrama entre el la falla de Baños y la cuenca del río Guadiel, contiene un enorme acuífero, un reservorio hídrico del que sólo se ha podido extraer agua recientemente y mediante complejas técnicas de extracción, que la obtienen, quizá abusivamente, a más de cien metros de profundidad (sondeo y bombeo). Algo similar ocurre con la cuña de terreno que, de levante a poniente, barre la falda del pueblo y flanquea el exiguo e intermitente cauce del arroyo de los Huertos. Aunque hoy no pueda parecerlo, el lugar se corresponde con una antigua zona de inundación cíclica que acoge en su seno un buen número de zanjas (acequias) y zonas de encharcamiento, cuyo apelativo certifica un tiempo pasado como humedal fosilizado: Cantalasrranas, Renacuajares, Escarchales, Charcones y Valdeloshuertos. Geografía, por cierto, donde se contabiliza el mayor número de antiguas norias de la localidad. Con todo, hoy languidecen agotadas por una sequía crónica. De entre más de una veintena, es necesario significar algunas de ellas, las presentes en las huertas de Penecho, Zambrana, Fausto, Matigüelas, Antero y del Morito.

Imagen que contiene pasto, exterior, edificio, oveja

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Lámina 2. Pozo de noria del Morito (izquierda) y abrevadero del pozo de la Vega (derecha).

Un castillo rodeado de árboles

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Lámina 3. Noria de Antero (arriba) y noria de la huerta Zambrana (abajo).

Realmente, nos encontramos con un territorio donde las lluvias son escasas y, cuando llegan, tienen carácter torrencial, un entorno con escasos reservorios hídricos donde los pobladores han tenido que ingeniárselas históricamente para construir una amplia diversidad de ingenios e infraestructuras que les permitieran obtener, domeñar y almacenar el agua que necesitaban para producir alimentos, transformar las materias primas y sobrevivir (CANTARERO RODRÍGUEZ y CANTARERO QUESADA, 2020). Como ya nos avanza Araque Jiménez et alter (2005): ‘El agua, en un territorio sin regulación cárstica o nival que atenúe las fuertes oscilaciones estacionales mediterráneas, ha sido tradicionalmente uno de los recursos más apreciados por agricultores y ganaderos. Estos colectivos, desde luego, se aplicaron con tesón y esfuerzo para desarrollar mecanismos que resultaron efectivos en el intento de control de su carrera natural hacia el mar. No sorprende, por ello, ni la cantidad ni variedad de infraestructuras que todavía hoy se conservan: pozos, aljibes, alcubillas, albercas, abrevaderos y, de forma más reciente, balsas, pantanetas y grandes embalses, los cuales forman un conjunto espectacular que da buena muestra de cuanto decimos’.

Pese a todos estos argumentos, como por cierto ya nos adelantaba Dupuy de Lôme en su estudio, desde la vertiente cuantitativa el volumen de aguas de los veneros bañuscos es insignificante si se compara con fuentes y manantiales de la vecindad provincial, como es el caso de Sierra Mágina. Así es, en esta comarca cada pueblo se ha erigido sobre la generosidad de hontanales de enorme fecundidad. Valga como ejemplo los manantiales de la Fuenmayor y del Nacimiento del río Cuadros, en Torres y Bedmar respectivamente. O más cercanos a estos pagos bañuscos, en La Loma, las arcas de agua que han suministrado el abastecimiento potable de las ciudades históricas de Úbeda y Baeza o del reputado balneario de san Andrés, en Canena. Aún más próximos a nuestra localización, tenemos los veneros del barranco de Valdeazores, La Cerecilla y La Aliseda, este último soporte de un famoso balneario decimonónico y todos ellos en territorio del parque natural de Despeñaperros. Una comparativa crítica pone en cuestión la posible bondad hídrica del entorno bañusco y la existencia de un razonamiento hídrico que justifique el apelativo inmemorial del pueblo y su castillo.

2.- Los castillos edificados con la técnica en piedra seca: un referente histórico

Efectivamente, así es, no hay indicios sólidos de que el nombre del castillo, y por ende del pueblo, deriven de la presencia de un importante conjunto termal más allá de la existencia testimonial de algún pequeño balnea puntual, sencillo y familiar, como son los casos de las villae de la Virgen de la Encina (CHOCLÁN SABINA Y PÉREZ BAREA, 1988; MOYA GARCÍA, 1991) y Santa Amalia. Por el contrario, con los datos que se tienen, el apelativo de ‘baños’ podría derivar de la evolución fonética y errónea interpretación semántica de una voz árabe. Veamos. Con la toma de Toledo (1085), el frente de combate avanza y la frontera de Sierra Morena comienza a constituirse como una realidad más cercana. Castilla, en su primer contacto con el lugar, debió escuchar, y también asimilar, el nombre árabe con que era conocida la fortaleza del cerro del Cueto que, por entonces (siglo XII), se elevaba en el altozano que después sería germen histórico del núcleo urbano actual de Baños de la Encina reutilizando la ruina de antiguas fortificaciones históricas. Lejos de parecerse a las murallas que en la actualidad ostenta la fortaleza, su fisonomía evocaría la de otros castillos similares localizados en el entorno del desfiladero de Despeñaperros y puerto del Muradal. En uso durante el periodo emiral, estos fortines serranos, construidos mediante la técnica de la piedra seca y carácter ciclópeo, se cimentaban en estructuras murarias pretéritas originadas en las culturas del Bronce y reutilizadas durante el periodo ibérico: Castellón de las Sacerdotisas y castillos de la Niebla, Malaventura y Collado de los Jardines (CANTARERO QUESADA et alter, 2025). Con toda probabilidad, el castillo o fortín que recortaba el horizonte del Cueto hasta el siglo XII se sustentaba en la reutilización de las murallas erigidas durante el amplio periodo que va desde la Edad del Bronce al dominio romano (santuario funerario). Las diversas excavaciones arqueológicas realizadas en el interior de la fortaleza, también en las inmediaciones del castillo, han puesto de manifiesto la riqueza histórico-cultural del lugar y certifican que la presencia humana ha sido prácticamente constante, aunque con pequeñas interrupciones temporales, desde una etapa tardía de la Edad del Cobre hasta la edificación de las murallas actuales del castillo en las postrimerías del siglo XII. Valga como testimonio de esta afirmación el poblado argárico del Cueto, su pequeña torrus ibérica, el santuario romano, posiblemente relacionado con la ‘centuriación’ de la campiñuela, o los testimonios defensivos y funerarios de carácter emiral presentes en el Cueto (ARBOLEDAS et alter, 2014) que tras las excavaciones arqueológicas han quedado a la vista. En conjunto, la suma de todas estas estructuras ha dado forma a los diferentes horizontes históricos que han configurado el complejo que hoy es el castillo de Baños de la Encina.

Edificio de piedra

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Lámina 4.- Interior del castillo de Baños durante las excavaciones arqueológicas (2007). Autor: Sebastián Moya García.

Vista de una roca

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Lámina 5. Lienzo occidental del castillo de Malaventura (Despeñaperros).

En cierto modo, el fortín prealmohade del Cueto recordaría el aspecto que hoy presenta el castillo de Malaventura, un recinto defensivo adaptado a la fisonomía del terreno y cerrado mediante murallas formadas con sillares ciclópeos. En su interior alberga un patio o corral rodeado de diferentes y sencillos cobertizos para viviendas y estables, también llamados ranchos (CERVANTES SAAVEDRA, 1615)[2]. Si el apelativo del castillo de Baños hubiera derivado de la presencia de unos baños o termas, como ha venido defendiendo la historiografía clásica, hubiera sido uno más de los pueblos y ciudades que, bajo el apelativo de Alhamas o Alhamillas, salpican la geografía del sur peninsular. Pero no es el caso: ‘Los topónimos transmitidos por los reconquistadores cristianos casi nunca eran traducciones de topónimos árabes sino la castellanización de voces árabes, que a su vez podían ser palabras propiamente árabes o bien la arabización de topónimos preislámicos’ (TORRES JIMÉNEZ, 2003: 327).

Imagen que contiene roca, montaña, árbol, parado

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Lámina 6. Croquis distribución interior del castillo de Malaventura (LÓPEZ CORDERO et alter, 2025).

3.- Los orígenes fonéticos del apelativo: ḥiṣn Baniya

Por el contrario, con la información que hoy disponemos —y con el apoyo y buen criterio de la Doctora y amiga Ana Sánchez Medina[3] y Juan José Villar Lijarcio, amigo y natural de Bailén[4]—, esa voz, con la que debieron identificar almorávides y almohades el fortín que precedió al castillo actual y lugar de Baños, podría identificarse con ‘baniya’ o ‘bania’. La voz, cuya génesis está en el árabe clásico, en castellano vendría a traducirse literalmente como los fundamentos de una construcción, digamos las paredes de un edificio o corralón sin ningún tipo de cubierta. Lo que en arquitectura se entiende por ‘construcción en alberca’. El término, que por contacto con la soldadesca venida del norte evolucionó a ‘banio’ y, posteriormente, a ‘baño’, fue asumido por la lengua castellana, que lo conserva en su acepción 10 con esta otra interpretación: ‘Especie de corral grande o patio con aposentos o chozas alrededor, en el cual los moros tenían encerrados a los cautivos’ (DRAE). Por otra parte, como se puede comprobar, el vocablo tuvo una amplia difusión por todo el Mediterráneo. Así lo pone de manifiesto las referencias a los ‘baños’ de Argel, entendidos como presidio, tan popularizados por la comedia cervantina (Los Baños de Argel), aunque no fueron los únicos, también hay alusiones documentales a los de Trípoli, Túnez o Constantinopla (PÉREZ CASTRILLO, 2011). En este mismo sentido, más cercano en el tiempo y debido a la presencia gala en tierras africanas, el término, bajo la expresión ‘le bagne’, fue adoptado por los franceses para designar una colonia penal. Recuérdese ‘le Bagne de Toulon’, prisión que se popularizó por ser el lugar de encarcelamiento del ficticio Jean Valjean, el héroe de Los Miserables.

Los castellanos afincados al norte del frente de conquista, con Sierra Morena de por medio, iban realizando incursiones recurrentes en el tiempo con el fin de desbaratar el dominio andalusí del valle del Guadalquivir. Es el caso, a modo de ejemplo, de la conquista de Almería y por ende de Jaén, que llevó a buen término Alfonso VII en 1147. Por tanto, durante una larga etapa de contacto, el periodo que el macizo mariánico contó con el estatus de frontera, esta gente debió escuchar repetidamente esta voz, la de baniya, identificándolo con la existencia de un fuerte rudimentario, muy similar al de Malaventura, levantado sobre el cerro del Cueto. Las hordas ‘reconquistadoras’, a fuerza de pronunciarla con imprecisiones, provocarían la evolución del sonido y la distorsión semántica de la siguiente manera: Baniya > Banio > Bannos (en ciertas ocasiones Vannos) > y, finalmente, Baños con la consolidación de la virgulilla; de igual forma que lo haría su gentilicio bani-osco > bañusco, donde ‘bani’ es la raíz, árabe, y ‘osco’ la desinencia que indica procedencia, un gentilicio cuyo génesis se origina en el castellano más primitivo.

La primera interpretación semántica errónea de la que tenemos constancia, al menos mediante documento escrito, se recoge en el conocido popularmente como ‘Poema latino de Almería’, cuyo título cierto es Cantar de la conquista de Almería por Alfonso VII (1147). En unas estrofas se citan localizaciones de un marco geográfico inequívoco, el norte y centro de la actual provincia de Jaén, y en el verso 294 relata ‘Redditur et Bannos, castellum nobile quoddam’[5]. Como podemos apreciar, en una referencia irrefutable de la fortaleza bañusca, ya parece inducirse que el apelativo del castillo del Cueto podría tener su causa en la existencia de unos baños o termas. Sólo unos años después, profundizando definitivamente en el error y dando por sentado que el origen del nombre está en unas termas y no en la presencia de un presidio, mediante privilegio rodado expedido en Andújar el 8 de junio de 1155 —Facta carta in Anduger XIIII Kalendas Iuli Era I. C. LXXXXIII—, el rey citado más arriba, Alfonso VII, manifiesta ‘…otorgó a Abdelaziz de Baeza la aldea de Balneum (Baños), situada entre las de Folena y Bosogra, y más tarde le concedió también la aldea de Bailén, y la de Segral (Los Escuderos) con su castillo sobre el Guadalimar (Giribaile)’ (TORRES JIMÉNEZ, 2005: 35). Posteriormente, el arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada (1243), en su crónica De rebus Hispaniae o Historia Gothica (JIMÉNEZ DE RADA, 1989), relata, entre otros hechos, la batalla de las Navas de Tolosa y la inmediata conquista del territorio:

“Exinde procedentes quidam ex nostris castrum de Bilche fortissimum obsederunt. Nos vero die tertia post bellum, quarta scilicet feria venientes cepimus castrum Bilche, nec non et alia tria scilicet, Ferral, et Balnea, et Tolosam, quae usque hodie per Dei gratiam a fidelibus incoluntur”[6].

En el documento, redactado en latín, el castillo del Cueto vuelve a ser mencionado mediante el nominativo plural “Balnea”, es decir, Baños, consolidando en adelante la mala interpretación del origen del apelativo del castillo y lugar de Baños. Lo que realmente tuvo su génesis en un fuerte desvencijado, quizá un puesto de avanzada o un presidio de frontera, refugio de personas y bestias en lo más inhóspito de Sierra Morena, pasó a tenerlo en unas baños o termas que nunca existieron.

Como es de lógico entendimiento, en los siglos siguientes se fue acentuando el error semántico para aparecer citado de manera persistente con el apelativo Bannos. A modo de ejemplo, un escrito emitido en julio de 1411 por Benedicto XIII de Aviñón (RUIZ DE LOIZAGA, 2015: 408). Redactado en la diócesis de Tortosa, mediante el mismo se concede indulgencias a cuantos arrepentidos y confesados visiten anualmente la ermita-iglesia de Santa María, en Baños de la Encina (Jaén), devastada por los infieles sarracenos, con el fin de que contribuyan de alguna manera a su reparación (Reg. Aven. 337, fols. 264v-265r).

“…Cum itaque, sicut accepimus ruralis seu heremitica ecclesia beate Marie dell Enzina de Bannos, Gienensis diocesis, propter incursus infidelium sarracenorum destructa et devastata existit, nos cupientes ut ecclesia ipsa congruis honoribus frequentetur, et ut christifideles eo libentius causa devotionis confluant ad eandem seu reparationem ipsius…”[7].

4.- Conclusiones

¿Cabe la posibilidad de que la fortaleza primitiva de Baños, el edificio que precedió a las murallas que actualmente se levantan en el cerro del Cueto, se articulara como un presidio o fortín de apoyo al viajero, aislado y localizado en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, en la retaguardia del frente de combate y protegido de las algaradas del norte tras la frontera natural de Sierra Morena? La afirmación es posible en su totalidad. Pero, con la victoria almohade en la batalla de Alarcos (1195), y pese a ella, se pone de relieve que la situación geomilitar en Sierra Morena, su seguridad, ya no es la misma de un siglo atrás: que la vanguardia castellana supere la barrera del macizo mariánico y campeé por la campiña andaluza es un hecho inminente y previsible, como muy pronto avanzaría la toma del castillo de Salvatierra por las huestes calatravas (1198), al norte del macizo serrano. Con estos argumentos, el califa Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur, vencedor de Alarcos, ideó una magnífica estrategia militar, aunque el tiempo confirmaría que no fue suficiente, por la que creó una malla defensiva, a modo de capas superpuestas y comunicadas entre sí, integrada por castillos mayores (ḥiṣn) y torres menores (búrǧ) ampliamente repartidos por toda la geografía serrana (GUTIÉRREZ CALDERÓN, 2021). Fue el caso de las fortificaciones de Castro Ferral, Navas, Torre Albert, Burgalimar, Vilches, Giribaile, Linares, San Eufemia, Montizón, Ero, de la Estrella… y el propio de Baños o ḥiṣn Baniya, situado en la retaguardia, a la solana meridional de Sierra Morena.

Vista de una montaña

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Lámina 7. Emplazamiento del castillo de Burgalimar en el Castellón de las Tres Hermanas (El Centenillo) y cerramiento oriental.

Una montaña de roca

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Lámina 8. Muro suroccidental y torre del castillo de Burgalimar.

En un buen número, los fortines y castillos ya existían y sólo hubo que llevar a buen término una simple remodelación o ampliación. En otros casos, reutilizando el lugar, pero no las construcciones anteriores, se elevan de nueva planta castillos mediante la utilización de unas maneras de edificar novedosas. Promovidas por el califato almohade, se abandona la fábrica de sillería de tradición califal y se asume como aparejo oficial la tabilla o tapia de cal en sus diferentes versiones. Así ocurre con el fortín o presidio bañusco, que en las postrimerías del siglo XII y sin respetar las murallas existentes, se edifica de nuevas desde los cimientos siguiendo las pautas marcadas por el califato. En un análisis detallado de sus características arquitectónicas así se testimonia, pero también lo han certificado las muestras analizadas de C14 obtenidas de las agujas aún presentes en los mechinales del encofrado de torres y paños (MOYA GARCÍA, 2009). Su cronología, que oscila entre 1.120 y 1.230 d.C., junto con la situación geomilitar que sucedió a la batalla de Alarcos y las particularidades de sus murallas (AZUAR Y FERREIRA, 2014: 403), nos permite considerar almohade la fundación de los paños y torres del castillo que hoy se eleva sobre las riscas del cerro del Cueto.

Imagen en blanco y negro de un edificio

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Lámina 9. Castillo de Baños de la Encina (1969). Fuente: Ministerio de Información y Turismo, Archivo General de Simancas.

Por tanto, aquel fortín o presidio desvencijado, cimentado sobre las ruinas de las culturas anteriores, paso a convertirse en un centro neurálgico del nuevo andamiaje defensivo de Sierra Morena. Por las nuevas circunstancias geomilitares, mudó de ser un simple baniya aislado en la aspereza serrana a ḥiṣn Baniya, un castillo de notable envergadura que tenía bajo su control buena parte de las vías de comunicación que atravesaban el macizo mariánico, ya penetraran estas por los caminos identificados hoy como de El Hoyo, San Lorenzo o de La Plata (Burgalimar), del Puerto del Rey, el Muradal (Castro Ferral) y Camino de Olavide. La evolución fonética y el error semántico, que llevarían a interpretar el origen de su nombre en la existencia de unos baños o termas, es una historia de siglos que llevó a debates estériles durante el XX y gran parte del XXI, y a identificar erróneamente el castillo de Baños con Bûrǧ al-Hammam y Burgalimar. En realidad, la verdad iba por otro camino: Definitivamente, el castillo del Cueto, que es el de Baños, nada tiene que ver con Burgalimar, la ‘torre bermeja’ situada a tiro de piedra del poblado de El Centenillo y en el paraje de las Tres Hermanas, y su apelativo deriva de la voz ‘baniya’, que apelaba a un fortín o presidio bereber erigido sobre la ruina de las culturas precedentes y levantado en las estribaciones meridionales de Sierra Morena.

Un castillo en la calle

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Lámina 10. Castillo de Baños o ‘Hisn Baniia’, escalinata de subida al santuario romano.

5.- Bibliografía

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ARCHIVO MUNICIPAL DE BAÑOS DE LA ENCINA (1981): “Abastecimiento de aguas potables en Baños de la Encina (Jaén). Anteproyecto”. Libro de feria y fiestas de Baños de la Encina. Pág. 10-12.

AZUAR RUIZ, R. y FERREIRA FERNANDES, I.C. (2014): “La fortificación del califato almohade, Las Navas de Tolosa (1212-2012)”. Miradas cruzadas. Pág. 395-420.

CANTARERO RODRÍGUEZ, J.F. y CANTARERO QUESADA, J.M. (2020): “Los senderos temáticos, una herramienta para poner en valor turístico la cultura del agua en Sierra Morena. El caso de Baños de la Encina, Jaén”. VIII Congreso virtual sobre historia de las vías de comunicación. Pág. 31-72.

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CERVANTES SAAVEDRA, M. de (1615): Los Baños de Argel.

CHOCLÁN SABINA, C. y PÉREZ BAREA, C. (1988): “Prospección con sondeos estratigráficos en ermita de la Virgen de la Encina, Baños de la Encina, Jaén”. Anuario Arqueológico de Andalucía, tomo III Actividades de urgencia. Pág. 148-156.

GUTIÉRREZ CALDERÓN, M.V. (2021): Análisis arqueológico de la organización espacial del concejo de Baeza durante la Edad Media. Universidad de Jaén.

HUGO, V (1862): Les misérables. A. Lacroix, Verboeckhoven & Ce.

JIMÉNEZ DE RADA, R. (1989): Historia de los hechos de España. Alianza Editorial, Madrid. Introducción, traducción, notas e índices de Juan Fernández Valverde.

LÓPEZ CORDERO J.A., JIMÉNEZ RABASCO, F., CANTARERO QUESADA, J.M. y GONZÁLEZ CANO, J. (2025): ‘Arquitectura defensiva realizada en piedra seca en el Parque Natural de Despeñaperros. Argentaria, vol. 29. Pág. 1-12.

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MOYA GARCÍA, SEBASTIÁN R. (2009): “Actuación arqueológica puntual en el castillo de Burgalimar de Baños de la Encina (Jaén), 2007-2009 (borrador)”. Anuario Arqueológico de Andalucía. Sevilla.

PÉREZ CASTRILLO, R. (2011): “Cautivos españoles evadidos de Constantinopla en el siglo XVI”. Anaquel de estudios árabes, Vol. 22. Pág. 265-278.

RUIZ DE LOIZAGA, S. (2015): “Documentos vaticanos referentes a la diócesis de Jaén en la baja edad media (siglo XV)”. Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 212. Pág. 399-424.

TORRES JIMÉNEZ, J. C. (2003): “Orígenes del Bandolerismo serreño. Su incidencia en la despoblación secular de Sierra Morena (1282-1598)”. El Bandolerismo en Andalucía, Actas de las Sextas Jornadas. Lucena. Pág. 315-358.


[1] ‘… A pesar de tener Baños de la Encina unos 3.200 habitantes y debido a su riqueza olivarera varias fábricas de aceite que consumen un caudal importante de agua no tiene abastecimiento de agua propiamente dicho. Unas casas se surten de pozos situados dentro de la población a pesar de ser estos de malas condiciones higiénicas y otros vecinos van a buscar el agua a fuentecillas situadas fuera del pueblo, algunas a bastante distancia, y todas de caudal muy corto sobre todo en la época de estiaje'.

[2] ‘…Gente viene de tropel; / en el rancho nos entremos, / adonde a solas podremos / ver lo que el billete dice’.

[3] Profesora de la Escuela Oficial de Idiomas Axarquía, Vélez-Málaga.

[4] Archivero, Licenciado en Historia.

[5] ‘Ríndase asimismo Baños, fortaleza famosa’.

[6] ‘Nosotros, llegando al tercer día después de la batalla, es decir, el miércoles, tomamos el castillo de Vilches y además otros tres, a saber, Ferral, Baños y Tolosa, que hasta el día de hoy los habitan los fieles por la gracia de Dios, y allí nos detuvimos un día’. Traducción de Juan Fernández Valverde. Alianza Editorial, 1989.

[7] ‘… Puesto que, como hemos sabido, la iglesia rural o ermita de la Beata María de la Encina de Baños, en la diócesis de Jaén, ha sido destruida y devastada por las incursiones de los sarracenos infieles, deseamos que la iglesia sea frecuentada con los honores debidos, y que los fieles cristianos acudan a ella con devoción para que su restauración sea lo más pronto posible…’.