Hasta
donde alcanza la memoria, mis correrías por el barranco de Valdeloshuertos
comenzaron temprano. Sin embargo, ninguna dejó en mí una huella tan viva como
aquella fiebre balompédica que hoy invade mis recuerdos y que se gestó en los
días en que una sequía pertinaz agrietó el lodazal de las Colas del Rumblar y
convirtió el barranco en un improvisado campo de fútbol.
Encajado
en la cabecera de la quebrada, el campo apenas merecía tal nombre: raquítico en
dimensiones e irregular en sus lindes, allí campaba a su albedrío la maleza y
escaseaba el césped. Pero a nuestros ojos infantiles aquello se recuerda como un
estadio legendario. La lozanía del césped —léase yerbajos altos y salvajes— no
tenía nada que envidiar a los mejores terrenos de juego provinciales, aunque
conviene recordar que, en los primeros años setenta, muchos de aquellos campos
oficiales se parecían más a un corral de cabras que a un santuario deportivo.
Para nosotros, acostumbrados a tropezar con la pelota y correrla sobre el irregular
empedrado de las eras de Casa y Vidalón, o sobre el polvo interminable de la Vuelta
la Pera, aquel rincón verde era poco menos que un paraíso deportivo.
Y
así, mientras el balón desaparecía entre la hierba alta, siempre había quien se
imaginaba lanzando un córner en el Bernabéu o ejecutando un penalti decisivo en
el Camp Nou. Yo callaba. En mis adentros, soñaba con saltar desde el banquillo
y calentar la banda del Manzanares, como si el viejo Vicente Calderón aguardara
mi entrada triunfal.
Cauce
arriba, la cancha se cerraba contra un recodo del arroyo de los Huertos, frente
a la alberca de Patrocinio. Por el contrario, hacia donde escapaban las aguas
el terreno moría junto a un pequeño puente: el venter por donde corrían las
aguas de Gorgogil. Más allá del acueducto y de aquella conducción de uralita,
emergían la noria del Morito y su alberca, arrancada a la roca madre para
guardar el agua como si se tratara de un preciado tesoro. A la derecha, bajo la
sombra del castillo, el campo se estrellaba contra el talud de pizarra que
sostenía el viejo camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas, unidos
allí como dos viejos compañeros de viaje. En el flanco opuesto, la línea de
banda se deshacía bajo el arroyo, contra el murete de encauzamiento y el azud
que cortaba la corriente.
Lámina
1.- Barranco y arroyo de Valdeloshuertos, improvisado campo de fútbol
En
aquella cañada, donde los partidos eran tan épicos como accidentados, raro era
el día en que no terminaban entre moratones, aporreaduras o disputas resueltas
a pedradas, ya fuera por las calamitosas condiciones del terreno o por el ardor
de la contienda. Y, sin embargo, regresábamos siempre, llamados por la promesa
de otro partido imposible. Pero llegó un otoño prematuro, cargado de lluvias.
El agua regresó con la paciencia de siglos, anegó el barranco y la ciénaga acabó
devorando la cancha bajo su oscuridad. Allí quedaron enterrados nuestros
estadios imaginarios, los gritos de gol y los sueños infantiles que durante un
breve verano habían convertido el barranco de Valdeloshuertos en el centro de
nuestro universo.
Hoy, todo aquello no es
más que un erial doblado por los cardos, el estiércol y las aguas negras. Donde
un día corrieron los sueños y la pelota, solo queda un chortal sucio y
desolado, un rincón abandonado a la herrumbre del tiempo y del olvido.
Contrariamente, para ser
fieles a la verdad, pese a mis muchas aficiones futboleras mi primera incursión
por Valdeloshuertos no tuvo forma de balón, sino de nave varada. Aquello
comenzó sobre una barcaza desguazada, un navío derrotado que parecía regurgitar
singladuras que nunca llegaron a suceder y que había quedado apeado in
aeternum en la margen fluvial de la cola del pantano, junto al puente de
las aguas de Gorgogil. Fondeada entre aquellos jirones del embalse, la vieja
embarcación despertaba en nosotros —críos de imaginación desmedida y horizontes
cortos— la ilusión de lo imposible: un galeón de Manila dispuesto a abrirse
paso hacia océanos infinitos. Bastaba contemplar su armazón carcomido para que
el Rumblar dejara de ser pantano y se transformara en un mar remoto, poblado de
tormentas, piratas y puertos exóticos.
Cierto día, de aquellos
de estar mano sobre mano, con mucho que inventar y más que desbaratar, una
tarde interminable vestida de hastío, decidimos zarpar. El destino,
naturalmente, era imaginario y lejano, aunque el único pantalán verdadero no
estuviera más allá de la orilla opuesta, la del cerro del Gólgota o del
Algarrobo, apenas a tiro de piedra. Sin capitán que mandara y con demasiados
grumetes para tan escasa tripulación, unos cuantos subieron a bordo mientras el
resto aguardábamos ansiosos en la otra ribera, como aquellos comerciantes
gaditanos de antaño cuando esperaban la llegada de una expedición ultramarina.
Lámina 2.- Familia
disfrutando de un paseo en barca por las aguas del Rumblar. Fuente: Archivo
familiar de Lorenzo Rodríguez García
Pero la barcaza hacía
aguas por todas sus hechuras y no había más herramienta para achicar que una
vieja lata de tomate oxidada. El navío, cansado de tan absurda travesía,
comenzó a venirse a pique con la resignación de un espectro revestido de chatarra.
En esas andaba la tripulación cuando el vigía de proa, sin cofa a la que
encaramarse y viendo que el barco se iba definitivamente al garete, decidió
arrojarse a las procelosas aguas del Rumblar de aquellos años. A decir verdad,
aquello no era agua, sino una condensación negruzca de residuos domiciliarios,
un caldo espeso y turbio donde hasta el reflejo del cielo parecía enfermar. Y
quiso la desgracia —o la comicidad del destino— que el improvisado marino
cayese de la peor manera imaginable: en plancha, a todo lo largo de su cuerpo,
levantando una explosión de légamo y podredumbre que todavía hoy sigue
salpicando mis recuerdos.
A la vuelta, improvisando
explicaciones y artificios que dieran alguna dignidad al naufragio fluvial, los
que habíamos permanecido de punto en blanco caminábamos a paso ligero,
procurando escapar del tufo hediondo que exhalaban aquellos marineros de fortuna
que, a bordo de la barcaza, habían hecho de la tarde la más disparatada de las
aventuras.
Pues al hilo de todo
esto, regresando a historias de mayor calado, descubrimos que aquellas barcas
que creíamos gestadas en nuestro terruño —las veíamos volteadas sobre la
pendiente de pizarra como si siempre hubieran estado allí— eran en realidad
fruto de un paciente trabajo artesanal.
En ocasiones, la Historia
mayor —esa que da contenido a crónicas y archivos—, pero aún más la historia
menuda, la intrahistoria, o lo que algunos llaman la verdadera historia
cotidiana, avanza al capricho de lo anecdótico y se deja arrastrar por los pequeños
avatares de gentes humildes, de personas a pie llano cuyos nombres y apellidos,
sin embargo, permanecen anclados a la memoria de un lugar. Hace unos años,
cuando el embalse del Rumblar apenas retenía unas gotas de agua y mostraba sus
desnudas entrañas de barro y piedra, mi hermano y yo rescatamos una de aquellas
viejas barcazas tradicionales de las cotas más bajas del pantano, concretamente
en el huerto del Tío Lobo. Aquel hallazgo despertó en mí una curiosidad casi
obsesiva por conocer el origen de aquella embarcación. ¡Qué iluso era entonces!
Creía, ingenuamente, que aquellas modestas barquichuelas habían salido de las
manos de carpinteros locales, nacidas únicamente de las necesidades gestadas
con la creación del pantano y del ingenio más próximo.
Pero el asunto discurría
por otros cauces.
En la década de los
cincuenta del siglo XX, cuando la presa y el pantano del Rumblar ya eran una
realidad y aquella inmensa lámina de agua había comenzado a interrumpir el
tránsito natural entre una y otra orilla del río, un paisano de Baños, José
Columpios, camionero de oficio y hombre despierto para los negocios, tuvo una
idea tan sencilla como provechosa: no regresar jamás a casa de vacío.
Y así, en sus trajines
mercantiles por tierras extremeñas, la Parrala —como todos conocían a su
pequeño camión— emprendía el camino de vuelta cargada con alguna de aquellas
barcas. Cambiaba grano por astillas, cereal por madera navegante. De ese modo,
casi sin pretenderlo, aquellas embarcaciones comenzaron a llegar hasta nuestro
pantano, transportadas sobre ruedas como si fueran extraños peces varados sobre
el polvo de los caminos.
Lámina
3.- La Parrala. Fotografía cedida por Isabel García
Adentrándome de lleno en
el asunto, gracias a los recuerdos y testimonios de varios paisanos, entre
ellos Faustino Céspedes, pude averiguar que aquellas barcas se fabricaban
artesanalmente y desde hacía siglos en Don Benito, en la provincia de Badajoz.
Eran embarcaciones dadas a la trashumancia, nómadas del agua. Así lo evocaban
todavía algunos mayores pacenses, que recordaban cómo, subidas a los trenes de
RENFE, migraban a lo largo del año desde las procelosas aguas del Guadiana
hasta las corrientes más serenas del Guadalquivir, en tierras andaluzas, como
si fueran herramientas de una antigua cosecha fluvial itinerante.
Las construía un antiguo
gremio de carpinteros de ribera, cuyos pequeños astilleros se repartían entre
Don Benito y la vecina Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz. Aquellos
botes, concebidos en origen para la pesca en las aguas del Guadiana, acabaron
extendiéndose durante los albores de la Edad Moderna por buena parte de los
humedales extremeños, hasta convertirse en una presencia habitual en las tablas
y charcas de la región. Así lo recoge el estudio de Felicísimo García Barriga
(2002)[1], que documenta la pesca
con barca en las charcas cacereñas de Brozas y Arroyo de la Luz.
Entre Cáceres y
Alcántara, aquel humedal se articulaba en torno a tres grandes láminas de agua:
la charca de Brozas, de unas cincuenta hectáreas, y las lagunas Chica y Grande,
en Arroyo de la Luz. Aquellos botes tan peculiares, conocidos popularmente como
la “barca del Guadiana”, fueron inseparables de la pesca tradicional de tencas
y pardillas[2],
especies autóctonas que durante siglos dieron vida a las aguas quietas de las
tablas extremeñas.
‘Entre diversas especies de
anfibios, reptiles y peces, dos destacan por su importancia y porque son
constantemente mencionadas en las fuentes; son la tenca (nombre científico: Tinca
tinca), un ciprínido que prefiere vivir en aguas estancadas,
preferiblemente en los fondos, donde el agua está más fría, y la pardilla
(nombre científico: Rutilus lemmingi), un pez parecido a la carpa aunque
mucho más pequeño. Ambas especies se convirtieron, como veremos en apartados
posteriores, en la única fuente de pescado fresco de la cual podían disponer
los habitantes de la Extremadura Moderna y, en consecuencia, de Brozas y Arroyo
de la Luz, sobre todo en las épocas del año en las que la Iglesia Católica prohibía
el consumo de carne’ (GARCÍA BARRIGA, 2002).
García Barriga concluye
que la regulación de la pesca en aquellas charcas de Propios hacía posible el
consumo de pescado fresco durante buena parte del año, especialmente en tiempo
de Cuaresma, cuando la Iglesia católica imponía la abstinencia de carne y las
aguas interiores se convertían en una humilde pero indispensable despensa. Y en
toda aquella cadena de oficios, intercambios y saberes culinarios, la barca del
Guadiana ocupaba un lugar central. Era mucho más que una sencilla embarcación:
constituía el vínculo silencioso entre el agua y la mesa, entre el trabajo
paciente de los pescadores y la vida cotidiana de las comunidades que habitaban
la periferia de aquellos humedales extremeños.
Lámina 4.- La Parrala
aparcada en el Plaza Mayor. Fuente AGA (Archivo General de la Administración)
De forma romboidal casi
perfecta y de escaso calado, la barcaza ofrecía un fondo plano, estable y dócil
al manejo sobre las aguas quietas de las charcas. Solía albergar a dos personas
y avanzaba lentamente impulsada por remos, con ese ritmo pausado y silencioso que
es propio de los quehaceres antiguos. Construida en madera de pino, la
embarcación acusaba los efectos del sol y el aire: cuando permanecía demasiado
tiempo fuera de la charca, la madera se abría en pequeñas grietas por las que
comenzaba a filtrarse el agua. Por ello, cuando no se utilizaban, las barcas se
dejaban sumergidas junto a la orilla, amarradas a tierra con los remos
encadenados, como animales de tiro descansando tras una dura jornada. A bordo,
el barquero llevaba siempre consigo un pequeño utensilio cóncavo para el
achique del agua, originalmente fabricado en corcho y conocido con el evocador
nombre de galapaguera. Con el tiempo, la más sencilla modernidad sustituyó
aquel artefacto tradicional por una simple lata de tomate, aunque el gesto de
vaciar el agua del fondo siguió siendo el mismo, repetido generación tras
generación sobre las aguas tranquilas de las tablas extremeñas.
Estando en aquella
tesitura, nos pusimos en contacto con el equipo técnico del Museo Etnográfico
de Don Benito, cuyos miembros merecen nuestro más sincero agradecimiento por la
cortesía y generosa disposición con que nos atendieron. De sus manos recibimos
cumplida noticia de la historia, el origen y la hechura de la barca, como quien
rescata del tiempo la memoria silenciosa de un oficio perdido.
Construida por el antiguo
gremio de artesanos conocido como de los barqueros, la barca del Guadiana
respondía a una arquitectura tan sencilla como sabia, fruto de generaciones
enteras moldeando la madera al compás del río. Su estructura se articulaba en
torno a los siguientes elementos:
-
El asentón, pieza primordial sobre la que
descansa todo el armazón y que otorgaba forma a la embarcación. Integrado en él
se encontraba el cuartón o viga central, nervio maestro que determinaba la
altura y longitud de la barca.
-
Las tablas de los dos haciales o costados.
Unidas al cuartón mediante los llamados combos, se trataba de cuatro hileras de
tablillas transversales que se distinguen de las trabas por no ajustarse
directamente al asentón. Estas piezas, junto al cuartón, conformaban las
piqueras: la proa y la popa, extremos abiertos al curso de las aguas.
-
Las cuatro tablas centrales, fijadas al
asentón a modo de contrafuertes, se dividían en trabas maestras y trabas
simples; siendo las primeras las encargadas de reforzar con mayor firmeza el
cuerpo de la embarcación.
-
En el borde de los haciales del tramo
central se aseguraba el trabón, madera de mayor grosor sobre la que descansaba
el calomollo. Este cilindro estaba destinado a recibir el anillo del remo y
sostener el esfuerzo del remero en cada travesía.
-
Sobre unas trabillas transversales a los
combos se apoyaba la tabla que servía de asiento al barquero. El palo balsero,
reforzado en su punta, penetraba en las aguas protegido por una lámina de
hierro conocida como recatón
De aquella barcaza —que
hoy parece salida de un tiempo remoto y casi legendario— aún queda testimonio
fotográfico, navegando con cotidiana naturalidad las aguas de un pantano
entonces recién construido: el Rumblar, o de la Cerrada de la Lóbrega. Aunque
la presa concluyó su construcción en 1941, las aguas no cubrieron
definitivamente la cuenca hasta 1947. Fue como si el valle hubiera querido
demorarse unos años más antes de entregarse al silencio sumergido.
Lámina 5.- Vaqueros y
carboneros cruzando el pantano. En la fotografía Pedro Altozano, vaquero, con
su hijo Rafael, y el Ribero, reconocido piconero. Autor: Antonio Moreno Miravés
Utilizada por carboneros
y vaqueros, la barca surcaba en su callada singladura las aguas de los ríos Rumblar
y Grande llevando de una orilla a otra hombres y aperos, pero también,
furtivamente, alguna pieza de caza mayor oculta entre los sacos de picón. Bajo
la apariencia humilde de aquel trajín cotidiano, se deslizaban, como tantas
veces ocurre en tierras de monte y miseria, pequeños secretos compartidos al
amparo del silencio y la necesidad.
Asimismo, existen
indicios de que, aunque de manera subsidiaria y casi doméstica, la embarcación
sirvió también para faenas de pesca. A este respecto, retomando la
investigación de García Barriga, sus documentos mencionan el uso ilícito de
ciertas plantas venenosas destinadas a multiplicar las capturas, entre ellas el
beleño o la coca. En los pagos bañuscos de nuestra barcaza ocurría algo
semejante mediante el empleo del verdelobo —nombre local del gordolobo—,
planta de la familia de las escrofulariáceas cuyas hojas servían como mecha de
candil mientras que sus semillas, machacadas con paciencia y maña, eran
arrojadas a las aguas para aturdir a los peces y esquilmar las tablas de los
extremos del Rumblar.
Y aunque esta práctica
pesquera pudiera parecer una práctica nacida al calor de la novedosa existencia
de un pantano, lo cierto es que hundía sus raíces en tiempos mucho más
antiguos. Ya las Ordenanzas Municipales de 1742 advertían contra semejantes
abusos y prohibían expresamente arrojar hierbas ponzoñosas a las tablas para
obtener pescados, prueba inequívoca de que la astucia humana llevaba siglos
tentando la suerte pesquera en las aguas de estos contornos.
‘Y
atento á haver experienzía que algunas Personas en el tiempo en que se corta
dicho Río hechan algunas Yerbas nozibas, y benenosas en las tablas principales
de el á fin de matar pezes ordenamos, y mandamos que qualesquiera Persona que
se áprehenda hechando semejantes Yerbas en cualesquiera parte de dicho Río ó se
justificase haverla hechado se ponga por tiempo de quinze dias preso en la
Carcel Real de esta Villa, y se multara en dos mill maravedíes vellon por los
notorios daños que se puede causar a la salud publica assi bebiendo el agua
como comiendo los pezes muertos con semejante Zebo cuya multa se distribuira
por terceras partes Juez, Denunziador, y Caudales de Propios desta Villa’(ordenanza
30)[3].
Y fue así, por capricho
de lo cotidiano y por mandato de los nuevos tiempos, que la vieja barcaza del
Guadiana acabó transformándose en la del Rumblar. Cambió de aguas, de paisaje y
de oficio, convirtiéndose aquí en soporte de usos variopintos: carboneros,
cinegéticos y ribereños. Sin embargo, por encima de todo, para los chiquillos de
entonces fue escenario de multitud de aventuras, travesuras y recuerdos, como los
que recoge este documento, donde la infancia aún desea seguir navegando sobre
aquellas aguas jóvenes y oscuras.
Lámina 6.- Barca recogida
del fondo de las aguas del Rumblar, hoy expuesta en el Museo del Territorio de
Baños de la Encina
[1] GARCÍA BARRIGA, F. (2002): Aguas
estancadas y pesca en la Extremadura moderna (siglos XVI-XIX): Los casos de
Brozas y Arroyo de la Luz (Cáceres)[1]. Consultado en
https://chdetrujillo.com/aguas-estancadas-y-pesca-en-la-extremadura-moderna-siglos-xvi-xix-los-casos-de-brozas-y-arroyo-de-la-luz-caceres1/,
en 29/05/2026.
[2] ‘…que he de poder pescarla
todos los viernes y jueves de las semanas, vigilias y sus vísperas, los tres
meses de julio, agosto y septiembre a pie, y los demás del año con barco,
guardando la veda en mayo y junio’, en Archivo Histórico Provincial de
Cáceres. Sección Archivo Municipal de Brozas, Libro de Abastos, 1767.
[3] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y GALLEGO
SIMÓN, J.V. (1995): Regulación Ecológica en Sierra Morena. Las Ordenanzas
Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina. Segunda Mitad del
siglo XVIII. Diputación Provincial de Jaén.


