sábado, 29 de agosto de 2026

Calvarios y marcas lapidarias: continuidad simbólica entre la prehistoria y la tradición cristiana. Baños de la encina (Jaén)

En la hondura de la vega, Patricio me invita a sentarme y a amarrar inquietudes. A disfrutar de la quietud de los Ruedos, un enclave fondeado en los rescoldos de la memoria del lugar. Junto al pozo, acomodados al rebufo de su agua generosa, me dice:

—Hay ocasiones en que el pueblo parece un hormiguero disparatado, una barcaza sin timón. Bullimos día tras día como si la vida se nos fuera en un suspiro.

Imbuido por aquellas palabras, me asomo al oscuro hueco circular para aspirar la húmeda soledad de la cisterna. Inalcanzable, la negrura se hunde bajo sus herrajes, como si quisiera alcanzar las mismas profundidades del averno. Un soplo de aire frío, inesperadamente dulce, me golpea el rostro y despierta en mí sensaciones encontradas.

Tal vez sea una imagen arraigada en la infancia, una nostalgia sin fundamento, pero desde siempre me ha atraído asomarme a la angulosa boca de estos anchos y destartalados aguaderos para respirar el olor a umbría y agua dormida, para recordar la fresca quietud del hontanar que ya no existe doblegado por el imperio de unos sondeos intensivos que, día tras día, han ido vaciando el acuífero.

Ahora, cuando solo quedan sequedad y cantos de chicharra, el pozo parece empeñado en evocarme lo que un día fue: un chortal[1]. Cada vez que escudriño sus honduras tengo la sensación de que la vida se nos escapa en silencio, despacio, casi sin hacerse notar, como el sueño que nos vence en la primera madrugada.

Una rana, refugiada entre las junturas del enfundado de piedra seca, me devuelve a la realidad, a la conversación con el parroquiano y al calor de una media mañana que ya aprieta. Allí, sobre el bordillo del andén de la noria, descansando sobre sus piedras, descubro un sencillo calvario labrado sobre un bolo de cuarzo. Su trazado podría confundirse con el sencillo dibujo de un chiquillo.

Calvarios asociados al patrimonio hidráulico tradicional

Presentes en construcciones de distinta función y soporte geológico, con tipologías diversas y soluciones formales muy variadas, en Baños de la Encina se han identificado cerca de sesenta calvarios relacionados con ámbitos tan diferentes como el tumular, el apotropaico o el identitario. Asociados tanto a edificios civiles como a espacios de devoción popular (CANTARERO QUESADA, 2026), existe asimismo un grupo en el que el agua adquiere un protagonismo especial, ya sea vinculada a fuentes, manantiales, pozos, norias o encuentro de aguas.

Dentro de esta tipología destaca el pilar-abrevadero del callejón del Pilar, situado junto a la cabecera de la parroquia de San Mateo. En este lugar se conserva un calvario de cuidada factura y notable refinamiento, ornamentado con perfiles redondeados y sustentado sobre una peana de singular diseño. Junto a la cruz, a menos de un metro de distancia, aparece cincelada una herradura, antiguo símbolo protector de origen pagano e inmemorial que está asociado a la buena fortuna.

Como puede apreciarse, el contenido alegórico de este motivo ha perdurado a lo largo del tiempo, tanto en el ámbito de la religiosidad popular como entre los miembros del gremio de los picapedreros. La herradura aparece igualmente como marca lapidaria en numerosos sillares de la lonja principal de la parroquia de San Mateo, frente a la puerta del Perdón, un lugar dedicado a mercado desde antiguo.

Aunque la herradura como elemento de la guarnición ecuestre era desconocida en el mundo grecorromano y no se documenta en Europa hasta los siglos IV y V, cuando comienza a ser utilizada por las comunidades celtas de la Galia, su representación simbólica como marca lapidaria es muy anterior. Una prueba de ello se encuentra a escasa distancia del casco urbano de Baños de la Encina, en la dehesa de Burguillos (Bailén). En este enclave adehesado, junto a la antigua casa de pastores, se conservan varios ejemplares de herraduras grabadas sobre una roca de arenisca roja, conocida popularmente como piedra letrera.

En este mismo afloramiento pueden observarse otras manifestaciones lapidarias de extraordinario interés, entre ellas la representación de una divinidad de carácter bisexual, dotada de atributos sexuales masculinos y femeninos, además de diversos signos epigráficos cuya cronología podría situarse entre el Calcolítico final y los inicios de la Edad del Bronce (LÓPEZ MARTÍNEZ et al., 2020).

En consecuencia, aunque la herradura terminó incorporándose al imaginario cristiano, su origen como símbolo apotropaico hunde sus raíces en tradiciones mucho más antiguas. Su presencia reiterada junto a calvarios y marcas lapidarias asociados a fuentes, manantiales y otros puntos de agua parece responder a una antigua función protectora de estos espacios, considerados desde la Prehistoria lugares de especial valor simbólico y ritual.

¿Cómo pudo un símbolo de origen pagano y tradición prerromana integrarse, conservando buena parte de sus significados, en el corpus simbólico del cristianismo? La respuesta, probablemente, se encuentre en un proceso de reinterpretación sustentado en la tradición legendaria y el imaginario popular.

 

Lámina 1. Cruz de calvario y herradura junto al pilar abrevadero de San Mateo.

De este modo, la herradura pasó a identificarse con la huella que el caballo del apóstol Santiago —aunque también el de otros santos y héroes— habría dejado junto a fuentes naturales o en diversos episodios bélicos, casi siempre en el contexto de la llamada Reconquista y en apoyo de las huestes cristianas. Según la tradición oral, aquella impronta era consecuencia del ímpetu con que la montura del apóstol se abalanzaba sobre el enemigo mientras Santiago blandía la espada. Otras versiones, de mayor desarrollo narrativo, relatan cómo el santo acudía en auxilio de un ejército cristiano cercado por la sed y abocado a la derrota. En ese momento, el caballo dejaba marcada su huella sobre la roca y, de aquella impronta milagrosa, comenzaba a brotar un manantial cuyo caudal alteraba el curso de la contienda.

Son numerosos los relatos en los que determinadas aguas, puestas bajo la protección del apóstol, especialmente las de carácter termal o dotadas de propiedades terapéuticas, aparecen favoreciendo la salud y el bienestar de la población (PEDROSA BARTOLOMÉ, 2000).

No muy lejos de los pagos bañuscos, también en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, hay testimonio de esta tradición inmemorial, aunque relacionada con otro hecho histórico y en el siglo XVI: la Fuente del Pisar, en Linares.[2]

Por otra parte, dentro de un segundo grupo, el de los calvarios vinculados a las norias, hemos identificado dos ejemplares. Ello no significa, sin embargo, que originalmente no existieran muchos más, ya que el paso del tiempo y la transformación de los usos agrícolas han provocado la desaparición de buena parte de los andenes de las más de treinta norias documentadas en el término de Baños de la Encina.

El primero de estos calvarios aparece cincelado en la cara exterior de un marrano, en el interior del pozo de la noria de Penecho. La huerta situada en la margen izquierda de la vieja carretera de Arquillos, en el esquinazo que forman la ya extinta vereda de Linares y el Camino de Enmedio. La calidad de su ejecución nada tiene que envidiar a la de los magníficos calvarios labrados en los dinteles de las casonas más señoriales de la villa, muchas de ellas levantadas al amparo de las consecuencias derivadas de la desamortización de Carlos IV y la posterior Guerra con los franceses.

Lámina 2. Interior de la noria de Penecho: marrano con calvario enmarcado en círculo y tallado en la cara superior. Fuente: el autor.

El segundo ejemplar, de extraordinaria sencillez, aparece inciso sobre un gran bolo de río y participa del bordillo que circunda el andén de la noria de Los Gatos o de Maquilera. La huerta está ubicada en el paraje de la Colmenera, junto al camino de Bailén y la acequia de Los Huertos. A primera vista, su morfología podría recordar a una cruz tau; sin embargo, la singular peana semicircular, atravesada por el madero vertical, remite claramente al basamento de los calvarios grabados en el pilar-abrevadero de San Mateo y en la puerta del Sol, también perteneciente al conjunto parroquial de San Mateo. La cruz principal aparece flanqueada por otras dos de reducido tamaño y trazo extremadamente esquemático, hasta el punto de que podrían confundirse con pequeñas estrellas o incluso con lauburus ejecutados con una factura muy elemental.

Lámina 3. Calvario del andén de la noria de Los Gatos.

Cruciformes antropomorfos en contextos rituales vinculados a confluencia de aguas

Especialmente singulares son los grabados cruciformes —interpretados aquí como calvarios— documentados en el santuario rupestre de Peñalosa, sobre su roquedo. Aunque alejado del cauce principal del río Rumblar, el enclave ocupa una posición estratégica en la divisoria de aguas de los arroyos de Valdeloshuertos y La Rumblosa, dominando el punto donde ambos vierten sus aguas al río Rumbar.

El conjunto está integrado por cuatro cruciformes antropomorfos, numerosas cazoletas excavadas sobre una gran laja de pizarra que, a modo de altar, se orienta hacia levante, así como por varios alquerques y retículas grabados en la roca.

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Lámina 4. Croquis de distribución del enclave de Peñalosa[3].

Los cruciformes se localizan en el ámbito territorial del sitio arqueológico de Peñalosa, un destacado poblado argárico adscrito a las culturas de la Edad del Bronce (CONTRERAS CORTÉS et al., 2024). Todos ellos presentan una morfología similar: los brazos y la cabecera se rematan nco formas triangulares o circulares y se alzan sobre una peana de planta triangular. No obstante, existen diferencias entre los diferentes ejemplares. Uno de ellos representa una cruz sencilla, aunque claramente elevada sobre peana, mientras que otro de ellos conserva únicamente su mitad inferior, la peana, debido al acusado deterioro que afecta a la parte superior.Principio del formulario

Las cazoletas referidas no son una presencia anómala en el sitio arqueológico de Peñalosa, tampoco en otros ámbitos cercanos como los arroyos de Valdeloshuertos y del Pilarejo o el más lejano del arroyo del Paridero. En todos los casos se trata de formas cóncavas talladas a mano en la roca, siempre sobre pizarra y con diferente tamaño. En el poblado de Peñalosa, al exterior, están presentes junto con canalillos y espirales en la base de la muralla sureste, pero también en el pasillo conformado entre la muralla y contramuralla exterior de la zona norte, en las márgenes del arroyo de La Rumblosa o subiendo al roquedo de la peña de Peñalosa. También, como si se tratara de un anillo, las de mayor tamaño rodean al poblado en su contacto con el despeñadero de La Salsipuedes. En su interior, su presencia es testimonial, aunque están presentes en espacios abiertos.

Lámina 5. Antropomorfo cruciforme del que cuelgan líneas verticales, a modo de brazos. Cabeza y hombros evocan las formas de las cazoletas, mientras que las extremidades, tanto brazos como peana, son triangulares.

Pero, debido a las incógnitas que encierran, las más interesantes están ubicadas a poniente del poblado, en el ocaso y en una cota muy inferior de la lámina de aguas del pantano. Solo es posible observarlas cuando las aguas del pantano están muy bajas. El conjunto de cazoletas y canalillos, elevado sobre un áspero pizarrón, parece dibujar una constelación que inevitablemente nos recuerda a Tauro, el uro sagrado.

Más allá de una creencia mitológica con una fuerte carga astronómica, la presencia de la constelación de Tauro era un marcador estacional que permitía regular las sementeras de primavera (GANGUI, 2020).

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Lámina 6. Costelación de Tauro.

Lámina 7. Cruciforme y santuario de espirales. Autor: Francisco Merino Laguna.

En todo el Creciente Fértil y entre los persas, como ocurría entre los pueblos indoeuropeos de la estepa póntica, entre ellos los yamnaya[4], principal componente poblacional de la génesis de la Cultura argárica, las constelaciones de Tauro y Leo desempeñaban un papel esencial en la organización del calendario agrícola y ritual. Hace unos 6.000 años, unos cuarenta días antes del equinoccio de primavera, Tauro desaparecía del cielo vespertino al quedar oculto por la proximidad del Sol. Este ocaso era interpretado simbólicamente como la victoria del león sobre el toro, un motivo que quedó plasmado durante milenios en el arte del Próximo Oriente. Ese momento coincidía con la labranza y sementera de las tierras, marcando el comienzo del nuevo ciclo agrícola. Cuarenta días después, al amanecer, el orto helíaco de Tauro —con la reaparición de las Pléyades y Aldebarán— anunciaba el equinoccio boreal y el renacimiento de la naturaleza. El retorno del toro simbolizaba así la fertilidad, el resurgir de la vida y la esperanza de una nueva cosecha.

Dejando atrás poblado y peña, nos envuelve otra interrogación: ¿qué destino pudieron tener otras marcas lapidarias, como el santuario de las Espirales, o a la multitud de betilos[5] que salpican ambas laderas del arroyo de la Rumblosa?

Consideraciones finales

Todo parece indicar que los calvarios analizados desempeñaron una función esencialmente apotropaica, es decir, protectora. Cargados de un profundo contenido simbólico, actuarían como garantes de la abundancia y de la salud cuando se vinculaban a fuentes, manantiales y abrevaderos, al tiempo que propiciarían la fertilidad de las tierras de vega y huerta cuando eran grabados en la estructura de pozos, norias y confluencias de aguas. En todos los casos, su presencia parece responder a la necesidad de salvaguardar aquellos espacios de los que dependía la vida de la comunidad.

Más compleja resulta, sin embargo, la interpretación de los cruciformes documentados en Peñalosa. Una primera aproximación permitiría adscribirlos a un horizonte cronológico relativamente reciente, comprendido entre la Edad Moderna y la Contemporánea, identificándolos, por tanto, como auténticos calvarios. No obstante, diversos indicios invitan a cuestionar esta atribución.

En primer lugar, el enclave carece de evidencias de ocupación posteriores a la Edad del Bronce, circunstancia que dificulta explicar la ejecución de unos grabados cristianos en un lugar aparentemente abandonado desde época prehistórica. A ello se añaden varios rasgos morfológicos que los aproximan más a los antropomorfos esquemáticos característicos del Calcolítico y de la Edad del Bronce que a los calvarios propios de la tradición cristiana.

Especialmente significativo resulta uno de los ejemplares, cuyos brazos presentan una serie de líneas verticales colgantes que alteran por completo la iconografía habitual de un calvario y lo aproximan a determinadas representaciones antropomorfas del arte rupestre prehistórico. Esta circunstancia adquiere mayor relevancia si se considera que los cruciformes comparten espacio con un altar de cazoletas claramente prehistórico y con otros grabados de larga tradición simbólica, entre ellos reticulados y diminutos alquerques que, muy probablemente, también desempeñaron una función apotropaica (LORENZO ARRIBAS, 2021).

Una mano muestra un objeto en la mano

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Figura 8. Reticulados y alquerque diminuto junto a antropomorfo cruciforme. Fuente: Antonio Torres Muñoz.

En consecuencia, no puede descartarse que estos grabados constituyan la pervivencia o la reinterpretación de antiguos símbolos protectores cuyo significado original se habría transformado con el paso del tiempo. Lejos de tratarse de una ruptura entre el mundo pagano y el cristiano, el conjunto de evidencias parece apuntar hacia un proceso de continuidad simbólica, en el que determinados lugares considerados sagrados desde la Prehistoria mantuvieron su carácter protector mediante la incorporación de nuevos códigos religiosos. Esta hipótesis, aunque requiere de futuras investigaciones que permitan contrastarla, ofrece un marco interpretativo coherente para comprender la singularidad de los grabados de Peñalosa y, en un sentido más amplio, la extraordinaria capacidad del paisaje para conservar la memoria simbólica de las comunidades que lo han habitado.

Mapa

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Figura 9. Localización de Baños de la Encina en la provincia de Jaén[6] y distribución territorial de los calvarios relacionados con el agua[7].

Bibliografía

CANTARERO QUESADA, J.M. (2026): «Calvarios, cruces latinas simples y tumulares, Baños de la Encina (Jaén)». Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 232. En imprenta. 

CONTRERAS CORTÉS, F., MORENO ONORATO, M.A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y ALARCÓN GARCÍA, E. (2024): Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Guía oficial del yacimiento de la Edad del Bronce. Universidad de Granada.

GANGUI, A. (2020): «De tauroctonías y estrellas: Mitra y la vida de una imagen». MODOS. Revista de História da Arte. Campinas, v. 4, nº.3, pp. 247-263.

LÓPEZ MARTÍNEZ, J.J., MORENO ONORATO, A., ARBOLEDAS MARTÍNEZ, L. y PADILLA FERNÁNDEZ, J.J. (2020): «Puesta en valor del patrimonio histórico y natural del Monte Público de Burguillos (Bailén, Jaén)». Locvber, vol. 4. Pág. 33-34.

LORENZO ARRIBAS, J. (2021): «El alquerque medieval, un símbolo protector». Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. XIII, 23. Pág. 107-142.

PEDROSA BARTOLOMÉ B, J.M. (2000): «Huellas legendarias sobre las rocas: tradiciones orales y mitología comparada». Revista de Folklore, 238. Pág. 111-118.

 



[1] Humedal.

[2] Consultado en https://www.ciudaddelinares.es/conoce/cultura, el 3 de agosto de 2026.

[3] Fuente: Google. (2026). Google Maps [Sitio arqueológico de Peñalosa, Baños de la Encina]. Recuperado el 05 de agosto de 2026, de https://maps.google.com

[4] Fueron un pueblo de pastores de las estepas euroasiáticas que, hace unos 5.000 años, protagonizó una de las migraciones más influyentes de la prehistoria. Su expansión dejó una profunda huella en la genética de los europeos de la Edad del Bronce. Están estrechamente vinculados con el origen y difusión de la mayoría de las lenguas indoeuropeas.

[5] Piedra sagrada y oferente a una divinidad, que en general designa cualquier tipo de piedra erguida que evoque la presencia de la divinidad y el emplazamiento de un lugar sagrado. Consultado en https://tesauros.cultura.gob.es/tesauros/bienesculturales/1190318.html el día 3 de agosto de 2026.

[6]INSTITUTO GEOGRÁFICO NACIONAL (1978): Mapa provincial de Jaén 1:200.000.

[7] PONCE, FRANCISCO (1878): Mapa topográfico de Baños de la Encina 1:25.000. Instituto Geográfico y Estadístico de España.

sábado, 1 de agosto de 2026

Al hilo de Silver Kane y Roberto Alcázar y Pedrín

En aquellos tiempos, cuando una tragedia golpeaba de cerca a la familia —como ocurría con la prematura muerte de un familiar directo—, existía la costumbre de apartar a los chiquillos durante unos días de la casa materna. Era una forma, quizá, de amortiguar el dolor de la pérdida, retrasando para ellos la entrada en ese carnaval de la vida donde la muerte también tiene su sitio.

Fue entonces, durante esos pocos días de refugio en casa de mi tía Rafaela, cuando, husmeando en el altillo, bajo un montón de trastos descubrí una ancha canasta de mimbre repleta de cuentos. Sin saberlo, acababa de abrir de par en par la puerta al maravilloso mundo de la lectura. Aquel desván no tenía nada de excepcional. No era un lugar lúgubre ni enigmático; los rincones no dormían bajo la dictadura de telarañas y polvo, todo lo contrario, relucían como mañana de primavera; y el desván tampoco escondía viejos secretos de fantasmas olvidados. En realidad, era poco más que un pasillo ancho que conducía a la alcoba de mis primas, un lugar donde se almacenaba, sin demasiado orden, la dote que algún día acompañaría a cada una de las futuras novias. Durante horas, que después se convirtieron en días, fui rescatando uno a uno aquellos tebeos arrugados —nunca supe si mi primo Dioni había siquiera llegado a hojearlos— y los devoré con una avidez desconocida.

Regresé a la casa paterna con el corazón encogido por la pérdida, pero con la cabeza bullendo fantasías. En el trance de unos días se había abierto un nuevo horizonte y yo miraba al futuro con otros ojos Sin saberlo, en aquella canasta de mimbre había encontrado mucho más que un puñado de cuentos: había descubierto un verdadero universo de creatividad.

Pasados unos días, siguiendo los pasos, desanduve el camino y regresé al Santo Cristo, aunque ahora con la intención de hurgar en la casona de mi abuela Pura. No recuerdo si fue por intuición o por mera imitación, pero llegué a pensar que, en cada cámara y en cada altillo, debía esconderse una canasta abarrotada de cuentos y novelas. Los abuelos la habían abandonado recientemente obligados por el desamparo de los nietos, por lo que pensé que el solar estaría impoluto. No fue el caso. Nada más encaramarme por las estrechas escaleras de la cámara y asomarse a la altura, distinguí una estancia devastada por el olvido de años, huera. Pude contar alguna silla desvencijada, cajas de cartón despanzurradas, algunos cajones de madera, de aquellos para almacenar frutas y verduras, y un rayo de luz que delataba la atmosfera polvorienta de una estancia que nunca llegó a estar habitada. Pese a ello, allí, entre aquellos sucios embalajes, en uno de aquellos cajones, dormía la poca lectura juvenil de mi padre…, o eso llegué a entender: algunas novelas del oeste de Keith Luger y Silver Kane, ni rastro de Marcial Lafuente Estefanía, y un buen número de cuentos de Roberto Alcázar y Pedrín.

Por inercia, pese a los esfuerzos de mis abuelas, como fui sobrino de ciento e hijo de ninguna madre, seguí buscando nuevas lecturas en cada una de las viviendas de la familia. Pero el pozo ya había quedado yermo.

La lonja del Santo Cristo desde el callejón de mi abuela Pura y la chacha Mariana

sábado, 13 de junio de 2026

La barcaza del Rumblar

Hasta donde alcanza la memoria, mis correrías por el barranco de Valdeloshuertos comenzaron temprano. Sin embargo, ninguna dejó en mí una huella tan viva como aquella fiebre balompédica que hoy invade mis recuerdos y que se gestó en los días en que una sequía pertinaz agrietó el lodazal de las Colas del Rumblar y convirtió el barranco en un improvisado campo de fútbol.

Encajado en la cabecera de la quebrada, el campo apenas merecía tal nombre: raquítico en dimensiones e irregular en sus lindes, allí campaba a su albedrío la maleza y escaseaba el césped. Pero a nuestros ojos infantiles aquello se recuerda como un estadio legendario. La lozanía del césped —léase yerbajos altos y salvajes— no tenía nada que envidiar a los mejores terrenos de juego provinciales, aunque conviene recordar que, en los primeros años setenta, muchos de aquellos campos oficiales se parecían más a un corral de cabras que a un santuario deportivo. Para nosotros, acostumbrados a tropezar con la pelota y correrla sobre el irregular empedrado de las eras de Casa y Vidalón, o sobre el polvo interminable de la Vuelta la Pera, aquel rincón verde era poco menos que un paraíso deportivo.

Y así, mientras el balón desaparecía entre la hierba alta, siempre había quien se imaginaba lanzando un córner en el Bernabéu o ejecutando un penalti decisivo en el Camp Nou. Yo callaba. En mis adentros, soñaba con saltar desde el banquillo y calentar la banda del Manzanares, como si el viejo Vicente Calderón aguardara mi entrada triunfal.

Cauce arriba, la cancha se cerraba contra un recodo del arroyo de los Huertos, frente a la alberca de Patrocinio. Por el contrario, hacia donde escapaban las aguas el terreno moría junto a un pequeño puente: el venter por donde corrían las aguas de Gorgogil. Más allá del acueducto y de aquella conducción de uralita, emergían la noria del Morito y su alberca, arrancada a la roca madre para guardar el agua como si se tratara de un preciado tesoro. A la derecha, bajo la sombra del castillo, el campo se estrellaba contra el talud de pizarra que sostenía el viejo camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas, unidos allí como dos viejos compañeros de viaje. En el flanco opuesto, la línea de banda se deshacía bajo el arroyo, contra el murete de encauzamiento y el azud que cortaba la corriente.

Lámina 1.- Barranco y arroyo de Valdeloshuertos, improvisado campo de fútbol

En aquella cañada, donde los partidos eran tan épicos como accidentados, raro era el día en que no terminaban entre moratones, aporreaduras o disputas resueltas a pedradas, ya fuera por las calamitosas condiciones del terreno o por el ardor de la contienda. Y, sin embargo, regresábamos siempre, llamados por la promesa de otro partido imposible. Pero llegó un otoño prematuro, cargado de lluvias. El agua regresó con la paciencia de siglos, anegó el barranco y la ciénaga acabó devorando la cancha bajo su oscuridad. Allí quedaron enterrados nuestros estadios imaginarios, los gritos de gol y los sueños infantiles que durante un breve verano habían convertido el barranco de Valdeloshuertos en el centro de nuestro universo.

Hoy, todo aquello no es más que un erial doblado por los cardos, el estiércol y las aguas negras. Donde un día corrieron los sueños y la pelota, solo queda un chortal sucio y desolado, un rincón abandonado a la herrumbre del tiempo y del olvido.

Contrariamente, para ser fieles a la verdad, pese a mis muchas aficiones futboleras mi primera incursión por Valdeloshuertos no tuvo forma de balón, sino de nave varada. Aquello comenzó sobre una barcaza desguazada, un navío derrotado que parecía regurgitar singladuras que nunca llegaron a suceder y que había quedado apeado in aeternum en la margen fluvial de la cola del pantano, junto al puente de las aguas de Gorgogil. Fondeada entre aquellos jirones del embalse, la vieja embarcación despertaba en nosotros —críos de imaginación desmedida y horizontes cortos— la ilusión de lo imposible: un galeón de Manila dispuesto a abrirse paso hacia océanos infinitos. Bastaba contemplar su armazón carcomido para que el Rumblar dejara de ser pantano y se transformara en un mar remoto, poblado de tormentas, piratas y puertos exóticos.

Cierto día, de aquellos de estar mano sobre mano, con mucho que inventar y más que desbaratar, una tarde interminable vestida de hastío, decidimos zarpar. El destino, naturalmente, era imaginario y lejano, aunque el único pantalán verdadero no estuviera más allá de la orilla opuesta, la del cerro del Gólgota o del Algarrobo, apenas a tiro de piedra. Sin capitán que mandara y con demasiados grumetes para tan escasa tripulación, unos cuantos subieron a bordo mientras el resto aguardábamos ansiosos en la otra ribera, como aquellos comerciantes gaditanos de antaño cuando esperaban la llegada de una expedición ultramarina.

Lámina 2.- Familia disfrutando de un paseo en barca por las aguas del Rumblar. Fuente: Archivo familiar de Lorenzo Rodríguez García

Pero la barcaza hacía aguas por todas sus hechuras y no había más herramienta para achicar que una vieja lata de tomate oxidada. El navío, cansado de tan absurda travesía, comenzó a venirse a pique con la resignación de un espectro revestido de chatarra. En esas andaba la tripulación cuando el vigía de proa, sin cofa a la que encaramarse y viendo que el barco se iba definitivamente al garete, decidió arrojarse a las procelosas aguas del Rumblar de aquellos años. A decir verdad, aquello no era agua, sino una condensación negruzca de residuos domiciliarios, un caldo espeso y turbio donde hasta el reflejo del cielo parecía enfermar. Y quiso la desgracia —o la comicidad del destino— que el improvisado marino cayese de la peor manera imaginable: en plancha, a todo lo largo de su cuerpo, levantando una explosión de légamo y podredumbre que todavía hoy sigue salpicando mis recuerdos.

A la vuelta, improvisando explicaciones y artificios que dieran alguna dignidad al naufragio fluvial, los que habíamos permanecido de punto en blanco caminábamos a paso ligero, procurando escapar del tufo hediondo que exhalaban aquellos marineros de fortuna que, a bordo de la barcaza, habían hecho de la tarde la más disparatada de las aventuras.

Pues al hilo de todo esto, regresando a historias de mayor calado, descubrimos que aquellas barcas que creíamos gestadas en nuestro terruño —las veíamos volteadas sobre la pendiente de pizarra como si siempre hubieran estado allí— eran en realidad fruto de un paciente trabajo artesanal.

En ocasiones, la Historia mayor —esa que da contenido a crónicas y archivos—, pero aún más la historia menuda, la intrahistoria, o lo que algunos llaman la verdadera historia cotidiana, avanza al capricho de lo anecdótico y se deja arrastrar por los pequeños avatares de gentes humildes, de personas a pie llano cuyos nombres y apellidos, sin embargo, permanecen anclados a la memoria de un lugar. Hace unos años, cuando el embalse del Rumblar apenas retenía unas gotas de agua y mostraba sus desnudas entrañas de barro y piedra, mi hermano y yo rescatamos una de aquellas viejas barcazas tradicionales de las cotas más bajas del pantano, concretamente en el huerto del Tío Lobo. Aquel hallazgo despertó en mí una curiosidad casi obsesiva por conocer el origen de aquella embarcación. ¡Qué iluso era entonces! Creía, ingenuamente, que aquellas modestas barquichuelas habían salido de las manos de carpinteros locales, nacidas únicamente de las necesidades gestadas con la creación del pantano y del ingenio más próximo.

Pero el asunto discurría por otros cauces.

En la década de los cincuenta del siglo XX, cuando la presa y el pantano del Rumblar ya eran una realidad y aquella inmensa lámina de agua había comenzado a interrumpir el tránsito natural entre una y otra orilla del río, un paisano de Baños, José Columpios, camionero de oficio y hombre despierto para los negocios, tuvo una idea tan sencilla como provechosa: no regresar jamás a casa de vacío.

Y así, en sus trajines mercantiles por tierras extremeñas, la Parrala —como todos conocían a su pequeño camión— emprendía el camino de vuelta cargada con alguna de aquellas barcas. Cambiaba grano por astillas, cereal por madera navegante. De ese modo, casi sin pretenderlo, aquellas embarcaciones comenzaron a llegar hasta nuestro pantano, transportadas sobre ruedas como si fueran extraños peces varados sobre el polvo de los caminos.

Lámina 3.- La Parrala. Fotografía cedida por Isabel García

Adentrándome de lleno en el asunto, gracias a los recuerdos y testimonios de varios paisanos, entre ellos Faustino Céspedes, pude averiguar que aquellas barcas se fabricaban artesanalmente y desde hacía siglos en Don Benito, en la provincia de Badajoz. Eran embarcaciones dadas a la trashumancia, nómadas del agua. Así lo evocaban todavía algunos mayores pacenses, que recordaban cómo, subidas a los trenes de RENFE, migraban a lo largo del año desde las procelosas aguas del Guadiana hasta las corrientes más serenas del Guadalquivir, en tierras andaluzas, como si fueran herramientas de una antigua cosecha fluvial itinerante.

Las construía un antiguo gremio de carpinteros de ribera, cuyos pequeños astilleros se repartían entre Don Benito y la vecina Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz. Aquellos botes, concebidos en origen para la pesca en las aguas del Guadiana, acabaron extendiéndose durante los albores de la Edad Moderna por buena parte de los humedales extremeños, hasta convertirse en una presencia habitual en las tablas y charcas de la región. Así lo recoge el estudio de Felicísimo García Barriga (2002)[1], que documenta la pesca con barca en las charcas cacereñas de Brozas y Arroyo de la Luz.

Entre Cáceres y Alcántara, aquel humedal se articulaba en torno a tres grandes láminas de agua: la charca de Brozas, de unas cincuenta hectáreas, y las lagunas Chica y Grande, en Arroyo de la Luz. Aquellos botes tan peculiares, conocidos popularmente como la “barca del Guadiana”, fueron inseparables de la pesca tradicional de tencas y pardillas[2], especies autóctonas que durante siglos dieron vida a las aguas quietas de las tablas extremeñas.

‘Entre diversas especies de anfibios, reptiles y peces, dos destacan por su importancia y porque son constantemente mencionadas en las fuentes; son la tenca (nombre científico: Tinca tinca), un ciprínido que prefiere vivir en aguas estancadas, preferiblemente en los fondos, donde el agua está más fría, y la pardilla (nombre científico: Rutilus lemmingi), un pez parecido a la carpa aunque mucho más pequeño. Ambas especies se convirtieron, como veremos en apartados posteriores, en la única fuente de pescado fresco de la cual podían disponer los habitantes de la Extremadura Moderna y, en consecuencia, de Brozas y Arroyo de la Luz, sobre todo en las épocas del año en las que la Iglesia Católica prohibía el consumo de carne’ (GARCÍA BARRIGA, 2002).

García Barriga concluye que la regulación de la pesca en aquellas charcas de Propios hacía posible el consumo de pescado fresco durante buena parte del año, especialmente en tiempo de Cuaresma, cuando la Iglesia católica imponía la abstinencia de carne y las aguas interiores se convertían en una humilde pero indispensable despensa. Y en toda aquella cadena de oficios, intercambios y saberes culinarios, la barca del Guadiana ocupaba un lugar central. Era mucho más que una sencilla embarcación: constituía el vínculo silencioso entre el agua y la mesa, entre el trabajo paciente de los pescadores y la vida cotidiana de las comunidades que habitaban la periferia de aquellos humedales extremeños.

Lámina 4.- La Parrala aparcada en el Plaza Mayor. Fuente AGA (Archivo General de la Administración)

De forma romboidal casi perfecta y de escaso calado, la barcaza ofrecía un fondo plano, estable y dócil al manejo sobre las aguas quietas de las charcas. Solía albergar a dos personas y avanzaba lentamente impulsada por remos, con ese ritmo pausado y silencioso que es propio de los quehaceres antiguos. Construida en madera de pino, la embarcación acusaba los efectos del sol y el aire: cuando permanecía demasiado tiempo fuera de la charca, la madera se abría en pequeñas grietas por las que comenzaba a filtrarse el agua. Por ello, cuando no se utilizaban, las barcas se dejaban sumergidas junto a la orilla, amarradas a tierra con los remos encadenados, como animales de tiro descansando tras una dura jornada. A bordo, el barquero llevaba siempre consigo un pequeño utensilio cóncavo para el achique del agua, originalmente fabricado en corcho y conocido con el evocador nombre de galapaguera. Con el tiempo, la más sencilla modernidad sustituyó aquel artefacto tradicional por una simple lata de tomate, aunque el gesto de vaciar el agua del fondo siguió siendo el mismo, repetido generación tras generación sobre las aguas tranquilas de las tablas extremeñas.

Estando en aquella tesitura, nos pusimos en contacto con el equipo técnico del Museo Etnográfico de Don Benito, cuyos miembros merecen nuestro más sincero agradecimiento por la cortesía y generosa disposición con que nos atendieron. De sus manos recibimos cumplida noticia de la historia, el origen y la hechura de la barca, como quien rescata del tiempo la memoria silenciosa de un oficio perdido.

Construida por el antiguo gremio de artesanos conocido como de los barqueros, la barca del Guadiana respondía a una arquitectura tan sencilla como sabia, fruto de generaciones enteras moldeando la madera al compás del río. Su estructura se articulaba en torno a los siguientes elementos:

-       El asentón, pieza primordial sobre la que descansa todo el armazón y que otorgaba forma a la embarcación. Integrado en él se encontraba el cuartón o viga central, nervio maestro que determinaba la altura y longitud de la barca.

-       Las tablas de los dos haciales o costados. Unidas al cuartón mediante los llamados combos, se trataba de cuatro hileras de tablillas transversales que se distinguen de las trabas por no ajustarse directamente al asentón. Estas piezas, junto al cuartón, conformaban las piqueras: la proa y la popa, extremos abiertos al curso de las aguas.

-       Las cuatro tablas centrales, fijadas al asentón a modo de contrafuertes, se dividían en trabas maestras y trabas simples; siendo las primeras las encargadas de reforzar con mayor firmeza el cuerpo de la embarcación.

-       En el borde de los haciales del tramo central se aseguraba el trabón, madera de mayor grosor sobre la que descansaba el calomollo. Este cilindro estaba destinado a recibir el anillo del remo y sostener el esfuerzo del remero en cada travesía.

-       Sobre unas trabillas transversales a los combos se apoyaba la tabla que servía de asiento al barquero. El palo balsero, reforzado en su punta, penetraba en las aguas protegido por una lámina de hierro conocida como recatón

De aquella barcaza —que hoy parece salida de un tiempo remoto y casi legendario— aún queda testimonio fotográfico, navegando con cotidiana naturalidad las aguas de un pantano entonces recién construido: el Rumblar, o de la Cerrada de la Lóbrega. Aunque la presa concluyó su construcción en 1941, las aguas no cubrieron definitivamente la cuenca hasta 1947. Fue como si el valle hubiera querido demorarse unos años más antes de entregarse al silencio sumergido.

Personas en un barco en el agua

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Lámina 5.- Vaqueros y carboneros cruzando el pantano. En la fotografía Pedro Altozano, vaquero, con su hijo Rafael, y el Ribero, reconocido piconero. Autor: Antonio Moreno Miravés

Utilizada por carboneros y vaqueros, la barca surcaba en su callada singladura las aguas de los ríos Rumblar y Grande llevando de una orilla a otra hombres y aperos, pero también, furtivamente, alguna pieza de caza mayor oculta entre los sacos de picón. Bajo la apariencia humilde de aquel trajín cotidiano, se deslizaban, como tantas veces ocurre en tierras de monte y miseria, pequeños secretos compartidos al amparo del silencio y la necesidad.

Asimismo, existen indicios de que, aunque de manera subsidiaria y casi doméstica, la embarcación sirvió también para faenas de pesca. A este respecto, retomando la investigación de García Barriga, sus documentos mencionan el uso ilícito de ciertas plantas venenosas destinadas a multiplicar las capturas, entre ellas el beleño o la coca. En los pagos bañuscos de nuestra barcaza ocurría algo semejante mediante el empleo del verdelobo —nombre local del gordolobo—, planta de la familia de las escrofulariáceas cuyas hojas servían como mecha de candil mientras que sus semillas, machacadas con paciencia y maña, eran arrojadas a las aguas para aturdir a los peces y esquilmar las tablas de los extremos del Rumblar.

Y aunque esta práctica pesquera pudiera parecer una práctica nacida al calor de la novedosa existencia de un pantano, lo cierto es que hundía sus raíces en tiempos mucho más antiguos. Ya las Ordenanzas Municipales de 1742 advertían contra semejantes abusos y prohibían expresamente arrojar hierbas ponzoñosas a las tablas para obtener pescados, prueba inequívoca de que la astucia humana llevaba siglos tentando la suerte pesquera en las aguas de estos contornos.

Y atento á haver experienzía que algunas Personas en el tiempo en que se corta dicho Río hechan algunas Yerbas nozibas, y benenosas en las tablas principales de el á fin de matar pezes ordenamos, y mandamos que qualesquiera Persona que se áprehenda hechando semejantes Yerbas en cualesquiera parte de dicho Río ó se justificase haverla hechado se ponga por tiempo de quinze dias preso en la Carcel Real de esta Villa, y se multara en dos mill maravedíes vellon por los notorios daños que se puede causar a la salud publica assi bebiendo el agua como comiendo los pezes muertos con semejante Zebo cuya multa se distribuira por terceras partes Juez, Denunziador, y Caudales de Propios desta Villa’(ordenanza 30)[3].

Y fue así, por capricho de lo cotidiano y por mandato de los nuevos tiempos, que la vieja barcaza del Guadiana acabó transformándose en la del Rumblar. Cambió de aguas, de paisaje y de oficio, convirtiéndose aquí en soporte de usos variopintos: carboneros, cinegéticos y ribereños. Sin embargo, por encima de todo, para los chiquillos de entonces fue escenario de multitud de aventuras, travesuras y recuerdos, como los que recoge este documento, donde la infancia aún desea seguir navegando sobre aquellas aguas jóvenes y oscuras.

Imagen que contiene interior, cuarto, vivo, tabla

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Lámina 6.- Barca recogida del fondo de las aguas del Rumblar, hoy expuesta en el Museo del Territorio de Baños de la Encina



[1] GARCÍA BARRIGA, F. (2002): Aguas estancadas y pesca en la Extremadura moderna (siglos XVI-XIX): Los casos de Brozas y Arroyo de la Luz (Cáceres)[1]. Consultado en https://chdetrujillo.com/aguas-estancadas-y-pesca-en-la-extremadura-moderna-siglos-xvi-xix-los-casos-de-brozas-y-arroyo-de-la-luz-caceres1/, en 29/05/2026.

[2] ‘…que he de poder pescarla todos los viernes y jueves de las semanas, vigilias y sus vísperas, los tres meses de julio, agosto y septiembre a pie, y los demás del año con barco, guardando la veda en mayo y junio’, en Archivo Histórico Provincial de Cáceres. Sección Archivo Municipal de Brozas, Libro de Abastos, 1767.

[3] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y GALLEGO SIMÓN, J.V. (1995): Regulación Ecológica en Sierra Morena. Las Ordenanzas Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina. Segunda Mitad del siglo XVIII. Diputación Provincial de Jaén.