Según avanzaba el día, el rumor mudaba en silencio, las conversaciones se hacían más nítidas y el aroma anisado calaba en todos y cada uno de los poros del horno. Con el renacer de la tierra, vuelven los olores a dulce, las buenas charlas, las correrías de la chiquillería entre lebrillos y canastas, los restregones de masa cruda… y el buen hacer de aquellas largas y espléndidas mañanas de arte gastronómico gestado en el saber popular.
el cotanillo
.....horneamos experiencias
jueves, 2 de abril de 2026
sábado, 14 de marzo de 2026
Sobre el origen del santuario de la virgen de la Encina. Primera versión
La suerte de los que ya calzamos cierta edad es que,
poso sobre poso, hemos acumulado un lecho de gratos recuerdos y un filón de conocimiento,
aunque también se ha almacenado alguna cicatriz sin cauterizar. Con el tiempo,
la memoria, desbordada por las arrugas, es como ánfora reseca y agrietada a la
que se le escapan los recuerdos entre las lañas que amarran sus quebraduras. Los
que persisten a la sombra otoñal, languidecen y se enmarañan de tal manera que
no llegas a reconocer con certeza cuando sucedió cada trasunto. Hay situaciones
en las que, casi sin quererlo, llegas a situar la vuelta por delante de la ida.
No es que la amnesia sea generalizada, pero con el santuario de la virgen me
ocurre un tanto así. Lo más probable es que fuera en romería cuando pisé por
primera vez las inmediaciones de la ermita y hasta la propia iglesia, de hecho hay
prueba fotográfica de la situación, pero no es ese recuerdo el más profundo que
tengo del lugar. Lo mismo yerro, pero andaban los ochenta en sus prolegómenos
cuando me llegó la noticia de que dos paisanos, Andrés y Juanito, andaban hurgando
por los alrededores de la ermita armados de picola, palustre y cucharro,
concretamente en lo que ahora conocemos como la villa romana. Y uno, que ya
intuía querencias por la Historia y poseía una bicicleta derbi Rabasa por
estrenar, tarde con tarde me acercaba a olisquear cómo llevaban la faena. De
entonces, aún guardo en cualquier rincón olvidado algún trocito de estuco
coloreado.
La primera ocupación del lugar de la ermita se
concentró en las ruinas de la villa que hoy mal se pueden apreciar. Aunque,
por hacer la contra, hay algún autor que considera que lo que allí derramó sus
piedras, ya sea por el reducido tamaño de su balnea o por su
localización geográfica, fue una statio o una caupona, es decir,
una taberna económica donde los viajeros podrían dormir, comer y asearse. Pero ¿sobre qué se cimentan las edificaciones
actuales, las que hoy dan forma al complejo del santuario de la virgen de la
Encina que observamos? Si nos hacemos eco de los datos arqueológicos, tanto
Concha Choclán como Sebastián Moya nos indican que, en el siglo V, tras el
periodo romano, el lugar fue abandonado y no volvió a ser ocupado hasta avanzado
el XV, ¡¡mil años después!! En el XVII, el balnea sufre una importante
remodelación, pues se construyó una vivienda o taller que sirvió de apoyo a la
reedificación de la iglesia levantada en el primer tercio del siglo XVII (1621,
como expresa la cartela de la clave de su portada).
Pese a ello, en el edificio aparecen algunas singularidades
que nos permiten pensar en la existencia de alguna estructura defensiva, quizá anterior
al siglo XV. Así sucede en el paño suroriental del patio, donde, en su
cimentación, se observa un tramo de muro con disposición atizonada. Esta manera de edificar, que es propia del
califato omeya, es muy distinta a la forma de proceder renacentista y barroca
que define la fábrica bañusca, que se caracteriza por la presencia mayoritaria de
muros construidos a soga. Aunque, testimonialmente, también hay algún edificio
levantado a soga y tizón, como ocurre en algunos muros de la ermita del Cristo
del Llano. El testimonio a tizón del santuario nos evoca ciertas construcciones
sorianas edificadas durante el siglo X bajo la dirección del general Galib: es
el caso del castillo de Gormaz, la ermita de las Mezquitillas o las murallas primitivas
de Medinaceli. Pero los sillares a tizón no sólo están presentes en la cerca
del patio, piezas sueltas, quizá reutilizadas, aparecen en la torre del crucero
y en los contrafuertes del paño noroccidental, curiosamente las estructuras más
antiguas del complejo eremítico.
¿Pudo levantarse en el lugar algún tipo de edificación
andalusí de carácter defensivo, como sería una torre de control o fortín? No es
una certeza en firme, pero de serlo estaría conectado visualmente con el fuerte
califal que ocupaba la cresta del cerro del Cueto, el que dio cimiento al
castillo almohade de Baños de la Encina. Aunque es posible que también existieran
otros fortines y torres de control, hoy mutilados y sin excavar. Es el caso de
la estructura que precedió a la ermita de Santa Olalla, en la actualidad molino
de viento de Buenos Aires, la cimentación de la ermita de Santo Domingo o
Calera, erigida sobre la cabecera del arroyo de la Celada, y el fortín romano
del cerro del Salcedo.
Lo cierto es que unos siglos después, a unos metros
del patio, se erigió, ahora sí, una torre defensiva. Así lo ponen de manifiesto
los merlones y saeteras presentes en el cubo del crucero, el mismo que, con el
tiempo, fue estandarte de la que vendría a ser la ermita más primitiva. Por su
ubicación, el enclave del santuario está situado en una importante encrucijada,
el punto de encuentro de los caminos que bajaban del Campo de Calatrava por
Burgalimar, sorteaban Sierra Morena y se dirigían a la cuenca del Guadalimar y
La Loma (Cástulo y Baeza), de una parte, y al valle del Guadalquivir y la
Campiña por el vado de Espeluy, de otra. El lugar de la ermita pudo tener como
desempeño el control de tan importante confluencia. Con esta certeza, podemos proponer
que la torre original bajomedieval formó parte de la red de casas fuertes o
casas palacio que, a lo largo del siglo XIII, comenzó a edificar Fernando III y
culminó su hijo Alfonso X. La torre fue un peón más de la estrategia que
pretendía proteger y avituallar el camino que permitiría a los ejércitos
castellanos penetrar y conquistar el corazón del al Ándalus almohade: Jaén,
Córdoba y Sevilla. Este fue el caso de otras casas fuertes cercanas, como Los
Palacios, en la actual Santa Elena, la situada en Zocueca, al oeste de Bailén y
en término de Guarromán, que da cobijo al actual santuario de la Virgen de
Zocueca, y la levantada al sur del Puerto de Calatrava, cerca del río Fresnedas
y ubicada entre Calzada y El Viso del Marqués.
Pero la evidencia arqueológica pone en duda esta
datación temprana. Las excavaciones nos indican, como ya se argumentó más
arriba, que no sería hasta el siglo XV cuando se testimonie registro
arqueológico de ocupación.
Por su parte, la historiografía nos venía diciendo
que el primer documento que tiene a la ermita como protagonista relata un
encuentro bélico en sus inmediaciones. Sucedió en la segunda mitad del siglo XV
(1466), en el marco de las ‘guerras de banderías’ que enfrentaron al monarca
Enrique IV, y en su nombre al condestable Lucas de Iranzo, con las órdenes
ecuestres de Calatrava y Santiago. En realidad, estos hechos militares fueron
el preámbulo de la guerra civil que vendría después por la sucesión al trono de
Castilla Y León: ‘Y llegando a Señora Santa María del Enzina, que es a media
legua de Baños, fallaron ay dos batallas de cavalleros en que avria tresçientos
roçines e larga gente de a pié de las çibdades de Jahen e Andujar, quel señor
Condestable les avia enviado en socorro…’.
Pero, recientemente, un documento perteneciente a
los Archivos Vaticanos y fechado a 10 de julio de 1411 nos testimonia la
existencia de una ermita de Nuestra Señora de la Encina, en Baños. En dicho escrito,
Benedicto XIII de Aviñón, el antipapa, concede indulgencias a cuantos
arrepentidos y confesados la visiten anualmente y contribuyan de alguna manera
a la reparación de la ermita-iglesia de Santa María, en Baños. El texto añade que
había sido devastada por los infieles sarracenos: ‘A
todos los fieles de Cristo, les ruego que revisen estas cartas (…) como hemos
recibido, la iglesia rural o eremítica de la Beata María de la Enzina de
Bannos, en la diócesis de Jaén, ha sido destruida y devastada debido a las
incursiones de los sarracenos infieles, deseamos que la iglesia misma sea
frecuentada con los honores apropiados, y que los fieles cristianos acudan con
mayor gusto a la misma o a su reparación por causa de la devoción, y que
extiendan más fácilmente sus manos de ayuda, en la medida en que se han visto
refrescados allí por el abundante don de la gracia celestial…’.
Si el santuario fue asolado a comienzos del siglo
XV, con certeza antes de 1411, la ermita primitiva debió ser muy anterior. Según
nuestra opinión sólo caben dos opciones. De una parte, como ya se mencionó anteriormente,
la torre defensiva bajomedieval pudo tener su origen en el marco de las
políticas de ocupación del territorio generadas por Fernando III y Alfonso X y,
por tanto, su génesis estaría avanzada la segunda mitad del siglo XIII. Pero,
de otra, quizá la más atinada, cabría la posibilidad de que la torre defensiva se
edificara en una fecha posterior, ya avanzado el XV, cuando la ermita más
primitiva y sencilla, asolada periódicamente por las huestes nazaríes, se fortaleció
con la construcción de la torre, que vendría a reforzar la comunicación permanente
y visual con el castillo de Bannos. Por tanto, según mi opinión, el santuario
primigenio se levantó en el siglo XIV y sus formas, sencillas, serían similares
a las de la ermita gótico mudéjar de la Soledad, en Bailén.
No conservándose testimonio alguno de aquella
iglesia rural primitiva, pues fue totalmente lapidada por las modificaciones
del XVII, la torre, encajada en el crucero y levantado con mampuestos y
sillares esquineros, nos quedó como legado material de las ‘reparaciones’ aventadas
por el antipapa y sufragadas en el XV. Es posible, aunque sin total
certeza, que los dos contrafuertes exteriores del lado del Evangelio también
fueran anteriores a las reformas del XVII. Así puede observarse en su traza primitiva
y tosca, en nada equiparable a la monumental reforma del primer tercio del XVII
(1621).
Como ya se citó anteriormente, es difícil discernir
si la batería de torreones que jalona el escalón de Baños y controla los pasos
a Sierra Morena es de origen andalusí y su uso se intensificó en la Baja Edad
Media, para después transformarse en ermitas y humilladeros en los albores de
la Moderna, o tiene directamente su génesis, como yo opino, en la etapa
bajomedieval castellana. En este sentido, el aparejo de la torre nos facilita
las cosas. En la fábrica de la torre, en sus sillares esquineros, aparecen algunas
marcas lapidarias, a modo de escuadra o ‘L’ volteada en diferentes posiciones.
Con seguridad son marcas de asiento, que no de maestros canteros, que, por
comparativa con otros edificios de la vecindad provincial, caso de la torre
ochavada de la Corredera, en Úbeda, nos certifica su datación en un momento
avanzado del siglo XV.
martes, 10 de marzo de 2026
El origen de los latifundios serranos bañuscos
En días de poco o nada que hacer, de andar
mano sobre mano, perdías el rato entre amigos y conocidos sentado en los
escalones de la Cruz de las Azucenas, dejando pasar la mañana. De entonces,
recuerdo conversaciones vacías, de no llegar a ningún término, donde lo mismo
negociabas la venta del Salcedo que arrendabas los pastos de los Alarcones. Para
el lector ajeno a estas cuestiones, hay que aclarar que se trata de una enorme
finca de olivar, la primera, y serrana con buenos herbajes de invierno, la
segunda. Entiendo que no es necesario argumentar que el tratante no tenía parte
ni propiedad alguna y el comprador andaba con menos perras que la Crista. Pero
bueno, era cosa de disparatar y perder el tiempo. Y todo esto viene al caso
porque habiendo latifundios en territorio bañusco, su origen y génesis nada
tiene que ver con las enormes heredades de la Baja Andalucía, que se
configuraron durante la baja Edad Media como propiedades feudales, tras la mal
llamada ‘Reconquista’. Pues, ¿qué pueblo no fue conquistador y llegó dando
mamporros a diestra y siniestra? Así llegaron los hunos y los otros, véase
esteparios y godos, pero también aquellos venidos de las muchas orillas del
Mare Nostrum: anatolios, fenicios, griegos, púnicos, romanos, bizantinos,
árabes y beréberes. ¿Quién no conquistó?
Si la parcelación latifundista de las
campiñas del Guadalquivir fue un proceso feudal promovido fundamentalmente por
Fernando III y Alfonso X, en término bañusco la formación de haciendas de enorme
tamaño fue por raíles bien distintos. El proceso serrano se produjo en una
etapa mucho más tardía, en los primeros tiempos de la Edad Contemporánea,
favorecido por las diversas desamortizaciones borbónicas.
El caso bañusco tuvo como escenario la
desamortización civil de Madoz (1854), aunque tuvo un precedente de cierta
envergadura y carácter eclesiástico durante el reinado de Carlos IV. La venta
de los bienes de la iglesia, amparada en los reales decretos de septiembre de
1789, permitió un verdadero expolio de las posesiones locales, principalmente
las rentas de la fábrica de la parroquial. Según parece, como nos apunta
Richard Herr (1991), sin la oposición del clero local que también se benefició
de la hemorragia patrimonial; ‘(…) Por el contrario, algunos de ellos se
hicieron con gran parte de las tierras puestas en venta, a las que podían sacar
provecho y luego legar a sus herederos de este mundo. Tratándose de bienes temporales,
la sangre era más fuerte que el alma’. Pues en este estado de la cuestión,
Joseph Pérez Caballero, residente en Madrid y miembro del Real Consejo de
Hacienda, como se puede desprender con información detallada de las diferentes
subastas de tierras debido a su cargo, fue el principal beneficiario de la
usurpación eclesiástica bañusca. Para ello utilizó un agente local, Juan Josef
Villar, que fue quien realmente residió en la casona de la calle Trinidad. Como
podemos observar, este personaje, junto con otros muchos acólitos de la
administración, fue el principal protagonista de este primer proceso
desamortizador en el crepúsculo de la Edad Moderna.
‘(…) En total, Pérez Caballero invirtió
430.000 reales en cuarenta y ocho olivares con 4.799 olivos, pertenecientes a
la iglesia, y 21 olivares con 2.247 olivos pertenecientes a particulares,
convirtiéndose en el primer terrateniente de Baños. Compró, asimismo, ocho
parcelas de grano, dos casas y un molino de aceite. Arrendó sus campos de grano
a dos vecinos (a los que había superado en la subasta de seis olivares), pero
es evidente que explotaba directamente los olivares, como hacían la mayoría de
los propietarios forasteros. Es posible que Villar fuera tanto su administrador
como su agente en las subastas’.
Pero con todo, el medio rural giennense se
desestructuró con la desamortización de Madoz, cuando paralelamente se armó la
estructura caciquil que llevó a muchos de los desencuentros sociales y
políticos de los siglos XIX y XX. En teoría, quedaban fuera del torbellino desamortizador
las tierras propiedad del común de los vecinos y aquellas donde dominaban las
diferentes variedades de querqus, ya fueran encinas o alcornoques. Ambas
situaciones eran concurrentes en la mayoría de los montes bañuscos. Pero, pese
a ello, la influencia política y económica de los licitadores doblegó la ley y
propició la venta de la casi totalidad de las tierras municipales, que
mayoritariamente acabaron en manos de especuladores con pica en la capital del reino.
Como en ningún caso se favoreció la venta
de montes fragmentados en suertes, se anuló la posibilidad de que los vecinos menos
pudientes concurrieran a las subastas. Un caso paradigmático se produjo con José
María de Palacio. Conocido político jiennense y hombre de influencia en los
círculos de poder madrileños, llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a
mediados del siglo XIX.
Desde los primeros años cincuenta venía
mostrando interés por adquirir las dehesas de Almadenejos, Corrales, Yeguas,
Llano y Doña Eva, pese a que el ayuntamiento estaba totalmente en contra por
pertenecer las heredades al común y no ser de propios. Es decir, eran propiedad
del vecindario. Ante la férrea oposición del consistorio, la Sección de Propios
de la Diputación ordenó al alcalde, bajo amenaza de multa de 1.000 reales, que promoviera
definitivamente la venta. El ayuntamiento, por el contrario, alegaba entre otros
argumentos que la venta supondría un importante perjuicio al vecindario, que quedaría
privado de los frutos de los montes. Pues bien, finalmente el municipio sufrió la
carga de la denuncia y, bajo amenaza de procedimiento judicial, se vio obligado
a vender. En 1858 José María de Palacio adquirió la dehesa de Corrales por
75.100 reales, al año siguiente se hizo con Juan Esteban por 94.200 reales y en
1860 compró Garbancillares y Doña Eva al precio de 265.900 reales.
Un caso similar, acumulando mayor cantidad
de tierras, se dio con Antonio Cabanilles y la sociedad compuesta por los
señores Gómez y Mac Pherson, domiciliados todos en Madrid. Con este objetivo,
utilizaban intermediarios especializados que alcanzaban notables reducciones de
la tasación inicial. El primero, en dos años, 1860 y 1861, se hizo con 7.476
has, contándose entre sus nuevas posesiones las fincas de Arrebolares,
Barranquillo, Monasterios, Belmaras o Iniestares, entre otras. Por su parte, la
sociedad de Gómez y Mac Pherson adquirió siete fincas cuya suma superaba las
6.000 has en el corazón de uno de los mayores ‘caladeros’ cinegéticos de Sierra
Morena: Chuscaderos, Mariscala, Tembladeros, Navalagallina, Pascual Ibáñez,
Peñón del Toro y Las Camarenes fueron algunas de las fincas adquiridas.
Con todo, la avalancha privatizadora no produjo
en territorio bañusco situaciones socialmente críticas, que sí cuajaron en
otros ámbitos de la geografía provincial. Con toda seguridad, fueran mitigadas
por procesos muy particulares, como fue el caso de las roturaciones arbitrarias
y vecinales que se dieron en las fincas que circundaban el pueblo, cuyo ejemplo
más significativo lo tenemos en los huertos en barranco de la dehesa del Santo
Cristo. En la misma situación está el surgimiento de actividades económicas novedosas,
como fue la minería del plomo, o el nulo hermetismo de las nuevas propiedades,
que permitieron que el vecindario siguiera realizando prácticas que venían
desarrollándose desde tiempos inmemoriales, como la caza. Con el correr de los
años, las haciendas se vendieron mediante diferentes segregaciones, los usos
cambiaron en numerosas ocasiones, el paisaje mudó inmisericorde y la sierra se
vació de almas. Y aquellas maneras despóticas de proceder, ¡ay con las
maneras!, fondearon en la dársena serrana y quedaron como un lastre difícil de
salvar: lo permeable se hizo hermético e, inevitablemente, acarreó consigo un
espíritu caciquil que tuvo su mayor expresión en la clausura creciente de los
caminos públicos.
martes, 24 de febrero de 2026
La caída de un rayo y su eco en la prensa histórica. Baños de la Encina, Jaén - Rev. digital Argentaria
El día
despertó plomizo y frío, muy crudo, acunado por una primavera todavía adolescente.
Amaneció desnudo, apenas abrigado por un espeso velo de niebla.
Sin que fuera consciente de lo que
realmente acontecía, comenzó a desperezarse una de aquellas mañanas en las que
un chiquillo aprende a disfrutar con los pliegues más sencillos de su corta
vida. Recluido entre las cuatro paredes de la estancia debido a las
inclemencias atmosféricas, aunque también por el enorme celo protector de mis
mayores, encaramado a una silla de anea me entretenía en dibujar un encaje de
aliento en el cristal empañado de la ventana. Desde aquel sencillo y
privilegiado otero, descalzo pero arropado por las últimas ascuas del horno giratorio[1]
que se consumían en la planta baja, en silencio y con cautela observaba la
danza con que los gorriones desmigaban los brotes de yerba en el callejón frontero,
el del chacho Laruta. Picoteando aquí y allá, en cada uno de los zurcidos vegetales
que ribeteaban el viejo empedrado, su estridente trajín presagiaba que la
jornada echaría el telón con tormenta.
A intervalos
cortos, sin apenas romper la plácida monotonía que gesta la soledad de la noche,
se escucha el plácido retumbar de la chapa que abre y cierra la boca del horno,
un quejido armonioso, continuo y cansino. Al cobijo de la hornilla, al amparo
de su templanza, una cafetera desportillada espera humeante la callosa mano que
no llega. Se impacienta y silba vehemente sin que nadie acuda a su llamada.
Lámina 1.- Antiguo horno giratorio,
década de los 60 del siglo XX. Archivo familiar.
Las horas, como el aguacero, fueron
tejiéndose plácidamente. Y con cada puntada y con cada trueno se deshilachaba
una costura de luz que trajo finalmente la oscuridad total, aunque rota a
intervalos por rasguños eléctricos y un sonido atronador.
Volcada en los retazos de su
bastidor, mi abuela Pura, sentada en su silla baja y aprovechando el último
hilo de luz del crepúsculo, se metía la tarde en un dedal. En su papel de
matriarca, pese a estar encallada en sus costuras, con pausas más que calculadas
nos enhebraba una cantinela previsora, una salmodia hilvanada en los
dobladillos más ocultos de sus ancestros:
—Venga, poneos
el calzao y acercaos al brasero, —nos avisa por primera vez.
—Ca, ¡qué no!
Venga, subid los pies a la tarima, —asevera en una segunda ocasión mirando de
reojo a cada uno de sus nietos sin dejar la costura.
Irremediablemente, llegó una
tercera y, previendo que nos iba a tener que amenazar alpargata en mano, se lo
piensa con más calma y determina vestir su mandato con mejores argumentos. Y
entonces, metida de lleno en aquella urdimbre, nos relata una vieja historia,
un hilo de memoria que tejió siendo aún chiquilla. De aquello hacía ya muchos
años, cuando hilaba las entretelas de su infancia en la rueca serrana de Doña
Eva, un ancho y reseco retal situado en el árido pellejo de Sierra Morena. Ubicado
a tiro de piedra de Baños de la Encina y en la margen derecha del río Rumblar,
allí, al calor de su hermana mayor, mi chacha Mariana, y su cuñado Bartolo bordó
las primeras vivencias que dieron forma a su niñez. Ambos, mis chachos, guardeses
de la finca, se complementaban a la perfección, pues mientras la una era de
poco cuerpo el otro parecía acaparar todo el ancho de la estancia; este era
hombre tranquilo, pausado, aunque de voz enérgica, la otra era pura dinamita
siempre a punto de estallar.
‘El tercer
gran comprador de bienes desamortizados en Baños de la Encina fue José María de
Palacio, un conocido político jiennense y hombre de influencia en los círculos
de poder madrileños, que llegó a ser Comisario Regio de Agricultura a mediados
del siglo XIX. Desde 1851, al menos, este hacendado venía mostrando su interés
por adquirir las dehesas Almadenejos, Corrales, Yeguas, Llano y Doña Eva. Como
quiera que pasaba el tiempo y el Ayuntamiento de Baños no contestaba a su
petición, Palacio pedía a la Diputación que intercediera ante la corporación
para resolver con urgencia el expediente en el que estaba personado (…) La
Sección de Propios de la Diputación, exasperada ya ante la férrea oposición
municipal, llegó a ordenar al alcalde de Baños de la Encina, bajo amenaza de
una multa de 1.000 reales, que instruyera de una vez por todas los expedientes
de venta. Pero ni siquiera esa amenaza hizo retroceder a la corporación, que
alegaba, entre otras cosas, que las ventas podrían suponer un importante perjuicio
al vecindario al privarle del disfrute de los productos que los montes
ofrecían. Pues bien, el mantenimiento de esta actitud iba a costarle al pueblo
una multa de 1.000 reales, y junto a ella la amenaza de la Diputación de
proceder por la vía judicial. Efectivamente, las veladas amenazas realizadas
por la administración provincial obligarían finalmente a la Corporación a
enviar a comienzos de 1852 un informe en el que se incluía la valoración de las
dehesas solicitadas. Así las cosas, José María de Palacio tuvo que esperar
hasta 1858 para adquirir la dehesa Corrales por 75.100 reales, un 56% más de su
valor de tasación. Más tarde, en 1859, adquirió la dehesa Juan Esteban por
94.200 reales (un 25% superior a su aprecio), y en 1860 compró Garbancillares y
Doña Eva, en las que invirtió 265.900 reales, esto es, casi el doble de su
valor de tasación’[2].
Ante la situación de rebeldía, la
abuela levantó la vista de su labor, chistó y llamó nuestra atención. Comenzó entonces
a relatarnos una trama acaecida en un tiempo bastante lejano, o así nos lo
parecía, tanto que ella lo recordaba como una borrosa maraña hilada con seda
fina. Nos contó que cierto día, como en un instante, el cielo, fondeado en la
quietud de la tarde, se tornó de un rojo vivo, como cuando los últimos
rescoldos del hogar se desperezan y avivan bajo el soplo del fuelle. El paño de
la tarde se calzó entonces de sombras y desplegó un manto negro, tan oscuro
como la umbría que desagua en el río Pinto, uno de los dos afluentes del
Rumblar. Y llegó el crepúsculo. Cielo, tierra y arroyos eran de color ceniza, y
lo eran las rozas y las rastrojeras, las parideras y las torrucas.
Rancheros y pastores se vistieron de gris, dejaron el ganado en majada y se
protegieron bajo la cubierta de monte de su chozo. El frío intenso sepultó
cualquier recuerdo de la cándida primavera y el viento, que andaba en calma
chicha, se rebeló en un instante. Se cerró entonces una noche impenetrable, lóbrega,
que vino con abundantes lluvias, y la madrugada quedó hecha retales, rasgada
por los quejidos de luz de una borrasca de aquellas que desbarata cualquier
plan premeditado.
Lámina 2.-
Torrucas en las fincas de Doña Eva y Garbancillares.
En noches como aquella, viniendo el
tiempo como venía, el chacho Bartolo tenía por costumbre aparejar una lumbre enorme
y acostar pronto el hato familiar, para que la morada no perdiese el calor y
cuando llegase la tormenta eléctrica los cogiese guarecidos en el tinado y
con las esparteñas en alto.
Pero, a tiro de piedra de la casa
principal, por encima de la Cañá del Rastrojo, se elevaba un
viejo y destartalado chozo levantado con lajas de pizarra y ripios de granito,
vigas de encina y cubierto con monte[3].
Se trataba de una torruca achaparrada, fondeada junto a un redil
empedrado y redondo: la era de pan trillar de cuando el chozo era utilizado por
piconeros y rancheros. Los primeros rozaban el monte para obtener carbón y
picón, mientras que los segundos, llegando tras la estela de aquellos,
aplicaban un modelo de labor llamado de ‘cama’ o agricultura de roza. Previo a
la sementera, quemaban el rastrojo haciendo de las cenizas fertilizante para la
tierra.
Lámina 3.- Torruca de la Cañá
del Rastrojo.
En uno o dos años, el monte,
quebrado y raquítico, era abandonado por los rancheros, que daban paso a los
pastores de merino trashumante. Tras pastar una veintena de años, abonando con
el estiércol de las ovejas, volvían a ceder el paso a rancheros y piconeros. Veinticinco
años después reiniciaban el ciclo y volvían a ocupar la torruca para
trillar y aventar en la era[4].
‘Para hazer la
roza, que llaman de cama, la que executan los vezinos desta Villa, talando, y
quemando el monte bajo de dichas tierras. Cuias cenizas las venefizian para su
produzion, y quedaran de 6ª Calidad, ya si en estas, como en las antecedentes,
solo tienen los vecinos de este común El Dominio útil, de sembrarlas,
Francamente, sin que por ello, paguen Cosa alguna, en fuerza deel Privilegio,
Conzedido, por el Señor Rey Don Sancho, y confirmado, hasta el Señor Don
Phelipe Quinto, respecto Aque no tenían tierra en donde hacer Los sembrados…’[5].
‘Y en las que
se haze la Roza de Cama, quemando el monte, conzivo benefizio de las cenizas
quedara de sexta calidad y produze trigo, con la intermision de veinte o mas
años respecto a que es precisso crie nuevo monte, para volber a hazer dicha
roza, y quema, para poder sembrarla’[6].
Lámina 4.- Torruca del Barranco de
Don Juan y horno de pan vinculado a rancheros y piconeros.
En un instante, aquel recóndito
rincón del mundo quedó envuelto en la más oscura soledad, asaeteado una y mil
veces por una trepidante multitud de aguijones eléctricos. En el interior,
creyéndose protegidos de la noche y de las inclemencias meteorológicas, una
cuadrilla de pastores dejaba pasar el temporal sin más luz que los rescoldos de
lo que fue contundente lumbre de leños de encina. Los unos, tres de ellos, junto
al hogar e imaginando ser caporales cuando no pasaban de zagales, desafiaban la
tormenta tirando de baraja y bota; y otros dos, más temerosos de Dios y de sus
advertencias, dormían en el catre colocando las alpargatas y su propia vida
sobre la farfolla del colchón. Estando en aquellos trajines, mientras
pastoreaban con vino los unos y sesteaban con temor los otros, un rayo tuvo el alcance
de partir la torruca en dos y dejar tiesos a los que, pies en
tierra, se desgañitaban cantando por bastos.
Los supervivientes, desorientados y
tiznados como jeta de churras, adormilados y sin llegar a saber por dónde les
había entrado el lobo, salieron tan en desbandada que, de no haberse dado de
morros con la casa grande de Doña Eva, con seguridad hubieran hecho la vereda[7] de un tirón
sin repostar en aprisco ni abrevadero. El chacho Bartolo, cogido tan de
improviso como matanza en Cuaresma, los atendió y socorrió en la medida que
pudo e inmediatamente dio aviso del siniestro a las autoridades.
Lámina 5.-
Torrucas de Garbancillares y Seis Deos.
Lámina 6.- En dos momentos del año,
verano y primavera, corraliza de ganados merinos trashumantes situada en el
barranco de la Yegua. Aunque apenas es perceptible, en la parte superior
izquierda, junto a la cerca, quedan los restos de una torruca y, a tiro de
piedra de la corraliza, elevados sobre un espolón, se levantan los hormazos de
una segunda torruca.
Días atrás, cuando los
protagonistas ya son recuerdo y ejemplo a tener en cuenta, cuando el relato nos
parecía más fábula que hecho histórico, pasados los años, tantos que la memoria
es pavesa, templados por mil aguaceros, solaneras y temporales, de manera
fortuita cayó en mis manos una noticia de prensa que certificaba el
acontecimiento (ABC de 28 de abril de 1923). Así que, de una manera ciertamente
rocambolesca, aquel viejo documento periodístico vino a dar certeza a lo que,
siendo niños, nos parecía más cuento para amedrentar a imprudentes chiquillos en
tarde de borrasca que crónica real.
Lámina 7.- Noticia aparecida en el ABC de Madrid, con fecha 28 de abril de 1923
[1] Los
hornos giratorios de leña, frente a los morunos ancestrales en los que hornilla
y cámara de cocción formaban una sola unidad, tenían la hornilla en un lateral,
independiente de la cámara de cocción. El fogón estaba situado a un nivel
inferior, por debajo de la solera refractaria, que era la que realmente giraba
mediante el uso de un volante exterior y un eje interior.
[2] ARAQUE JIMÉNEZ, E. y SÁNCHEZ
MARTÍNEZ, J.D. (2006): La propiedad de los montes en Sierra Morena Occidental (Jaén),
a través de algunas fuentes documentales. Elucidiario, 1: Seminario
bio-bibliográfico Manuel Caballero Venzalá. Jaén. Pág. 219.
[3] El chozo o torruca con
cubierta de monte se cubría con materia vegetal en el siguiente orden
ascendente: con vigas u horcajos de encina, ramoniza de monte,
generalmente formado por jaras y lentiscos, y una capa final que cerraba con gavillas
planas de retama. La forma lanceolada de las hojas de retama facilitaba, en
caso de lluvia, la rápida evacuación de las aguas.
[4] CANTARERO QUESADA, J.M. (2006): La
Torruca, eje cultural de la gestión del territorio. Arte, arqueología e
historia, 13. Córdoba. Págs. 289-297.
[5] Fuente: Catastro del Marqués de la
Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 10.
[6] Fuente: Catastro del Marqués de la
Ensenada, Baños de la Encina 1752. Preguntas generales, Pregunta 12.
[7] Aunque son diversas las acepciones
de la palabra vereda, que van desde un camino angosto a vía pastoril utilizada
por los ganados trashumantes de no menos de 25 varas (aprox. 21 metros), en el
mundo de la ganadería trashumante, sobre todo en la Sierra Morena de Jaén, se
entiende por ‘hacer la vereda’ el proceso general, con todos sus componentes
laborales, económicos y sociales, que permitía el desplazamiento de los ganados
desde sus territorios de origen, en el caso de Baños de la Encina provenientes
de los Montes Universales, Señorío de Molina, Serranía de Cuenca y la alta
Sierra de Segura, a los extremos de invernada en Sierra Morena, y viceversa.
domingo, 15 de febrero de 2026
Breve reseña histórica del Castillo de Baños, y 2
Edad
Media
Aunque no
se tiene testimonio de unas estructuras murarias que puedan adscribirse culturalmente
a los periodos emiral y califal, la verdad es que son numerosas las evidencias
de cultura material que han aparecido en las excavaciones arqueológicas. Este
es el caso de ollas trípode, tornetas y, principalmente, lápidas
funerarias reutilizadas en muros y suelos, que refrendan la existencia de
inhumaciones islámicas en el cerro del Cueto al menos desde el siglo XI al XIII[1]. Sí es cierto que
Abderramán III puso fin a las fitnas —guerras civiles— que sacudían la
estabilidad del emirato cordobés y amenazaban la existencia de la dinastía
Omeya entre los siglos IX y X. Con la estabilidad, los poblados rebeldes y en
altura, instalados en lugares de fácil defensa, como fue el caso de Los
Castellones de las Tres Hermanas, Marquihuelo o Cerro del Pico del Águila,
reconcentraron su población en emplazamientos que seguían ofreciendo buena
defensa, pero con mejor acceso a tierras de cultivo. Era el caso del Cueto[2]. Como se decía, no se
conoce la estructura defensiva que se erigió en el Cerro del Cueto, pero el
cuartel o fortín existente en la primera mitad del siglo XII debía parecerse a
otros muy similares situados a ‘tiro de piedra’, en Despeñaperros y el Macizo
del Muradal. Más concretamente al conocido bajo el apelativo de castillo de
Malaventura. En su caso, como en el nuestro, se trata de un fuerte
rudimentario, un recinto defensivo adaptado a la fisonomía del terreno y cercado
mediante una torre monumental y murallas formadas con sillares ciclópeos
pertenecientes a culturas anteriores (Bronce e Ibéricas). En su interior
albergaba un patio o corral abierto rodeado de diferentes y sencillos
cobertizos, o ranchos, para vivienda y establos. En definitiva, el castillo que
recortó el horizonte del Cueto hasta la primera mitad del siglo XII se cimentaba
en la reutilización de las estructuras de diferentes culturas, las que habían
ocupado el Cerro del Cueto desde la Edad del Bronce a la etapa romana, junto
con las posteriores aportaciones andalusíes.
Avanzado
el siglo XII, cuando la frontera ya estaba en el macizo de Sierra Morena, el
invasor castellano, que ya llevaba mucho más de un siglo en contacto con el lugar,
fue modelando la voz árabe que daba nombre al castillo, posiblemente baniya
y sonido banio, y consolidando un error semántico: interpretó que el
nombre del castillo derivaba de la sexta y quinceava acepciones del sustantivo
‘baños’, que lo explicaban como balneario o lugar con aguas mineromedicinales,
cuando en realidad procedía de la décima: ‘Especie de corral grande o patio con
aposentos o chozas alrededor, en el cual los moros tenían encerrados a los
cautivos’. El nombre del castillo, que realmente tuvo su génesis en un fuerte
rudimentario y desvencijado, quizá un puesto de avanzada o un presidio de
frontera, refugio de personas y bestias en lo más inhóspito de Sierra Morena,
pasó a tenerlo en unos baños o termas que nunca habían existido[3].
El
tardo medievo: la construcción del castillo almohade
En
al-Ándalus, el acceso al califato de los almohades supuso la reunificación de
los territorios y la estabilidad política, pero también se puso de relieve que
la situación geomilitar en Sierra Morena, su seguridad, ya no era la misma de
un siglo atrás. Que la vanguardia castellana superara la barrera del macizo
mariánico y campeara libremente por la campiña andaluza era un hecho previsible
e inminente. Con estos argumentos, el califato ideó una magnífica estrategia defensiva-ofensiva,
aunque el tiempo confirmaría que no fue suficiente. Se diseñó una compleja malla
protectora, a modo de capas superpuestas y comunicadas entre sí, integrada por
castillos mayores (ḥiṣn) y fortines o torres menores (búrǧ)
ampliamente repartidos por toda la geografía serrana[4]. Este fue el caso de
fortificaciones como Castro Ferral o Navas de Tolosa, pero también de Burgalimar,
Vilches o Baños, situado este último en la retaguardia, en la solana meridional
de Sierra Morena.
La mayoría
de los castillos y fortines ya existían, con otras condiciones, sólo se tuvo
que realizar una remodelación o ampliación, a veces sencilla y en ocasiones más
dificultosa. Pero en otras situaciones, reutilizando la ubicación, pero no las
construcciones preexistentes, se elevaron de nueva planta castillos mediante la
utilización de unas maneras de edificar novedosas. Promovidas por el califato
almohade, se abandona la fábrica de sillería de tradición califal y se asume
como aparejo oficial la tabiya o tapia de cal y tradición hispánica en
sus diferentes versiones y calidades. Así ocurrió con el fortín o presidio
bañusco. En la segunda mitad del siglo XII, haciendo tabla rasa y sin conservar
las murallas existentes, se edifica de nuevas un hisn que sigue las
pautas marcadas por el nuevo califato bereber. Un detallado análisis de sus
características arquitectónicas así lo testimonia, pero también lo han
certificado las muestras de madera analizadas mediante C14, agujas conservadas en
los mechinales del encofrado de torres y paños (Moya García, 2009). La
cronología obtenida, que oscila entre 1.120 y 1.230 d.C., junto con la
situación geomilitar del momento y las particularidades técnicas de sus
murallas[5], nos permite considerar
almohade la fundación del castillo cuyas formas se elevan hoy sobre las riscas
del cerro del Cueto.
Aquel
fortín o presidio desvencijado, cimentado sobre las ruinas de las culturas
anteriores, pasó a convertirse en un centro neurálgico del nuevo andamiaje
defensivo de Sierra Morena. Por las nuevas circunstancias geomilitares, mudó de
ser un simple baniya aislado en la aspereza serrana a ḥiṣn Baniya,
un castillo de notable envergadura que tenía bajo su control buena parte de las
vías de comunicación que atravesaban el macizo mariánico.
Con la
conquista castellana (1212), se generó una reorganización del espacio interior
del castillo y la creación de nuevas estructuras defensivas. Se produce un
relativo abandono de una parte del castillo, la más meridional, y se fortalece el
frente septentrional mediante la construcción de un alcazarejo[6]. En un primer periodo, se
cerca con mampostería un espacio trapezoidal formado por un torreón avanzado,
dos muros laterales y una de las viejas torres de tapia, que ahora se realza y
reviste con piedra irregular y cierto tamaño. En un segundo momento, durante
las guerras de banderías acaecidas en el último tercio del siglo XV, con
la familia Corvera como protagonista, vuelve a elevarse la torre del homenaje o
Almena Gorda con sillares de arenisca de mejor factura.
La
fortaleza, con forma oval y una puerta de acceso, está construida con un
magnífico tapial de cal, un mortero de tierra, arena, agua, cal y cantos de río,
y reforzado con piedras de cierto tamaño en los cajones de cimentación. En toda su amplitud, se distribuyen 14 torres
cuadradas (en realidad una de ellas es pentagonal) estructuradas en 3 niveles y
terraza, con acceso superior desde el adarve de ronda. A ellas se suma la torre
del homenaje o Almena Gorda, de mayor altura. Realmente, como ya se ha citado, envuelve
una bereber similar a las anteriores. Orientada a la meseta que hoy ocupa la Plaza
Mayor del pueblo, cubría el único flanco por donde el castillo podía ser
atacado mediante trebuchet, un tipo de catapulta que se generalizó a
partir del siglo XIII en los asedios de la vieja Europa. Las murallas y torres
están rematadas con merlones y perforadas con aspilleras. Por su parte, en el
interior del castillo, que gira en torno al espacio abierto que ocupan unos aljibes
que debían nutrirse con recuas de mulas, se distribuían las calles y viviendas,
cuadras, patios y almacenes, con un propósito más o menos intencionado: crear
un complejo entramado urbano que dificultara la acción invasora de cualquier atacante.
El
castillo hoy: el andamiaje cultural e identitario de un pueblo
Aunque
mantuvo alcaides hasta mucho después, el castillo conservó su carácter militar
hasta comienzos del siglo XVI para después caer en una fase decadente que ya
fue definitiva en el XVII. Al final del XVI, Las Relaciones Topográficas de
Felipe II ya ponían sobre aviso del estado de ruina que amenazaba la
fortaleza[7]. Mucho después, en la
segunda mitad del XIX, el cementerio parroquial abandonó su ubicación en la
calle Donosa y se instaló en el solar del castillo. Allí estuvo el camposanto
hasta 1928, cuando nuevamente volvió a trasladarse al paraje de la Peñasca. En
su interior contaba con criptas familiares, tanto en superficie como en los
habitáculos de las torres, también había nichos incrustados en las murallas y
tumbas al exterior del recinto. Desamparado, quedó como lugar de recreo de las chiquillas,
que no se arredraban en jugar con los cadáveres momificados, y escenario para
las disputas de los críos.
En la
segunda mitad del siglo XX se procedió a la exhumación parcial de los cuerpos,
que con los años sería total, y, en diferentes intervenciones de excavación
arqueológica y restauración, se fue recuperando su estado más o menos original.
A partir del celebrado ‘milenario’, conmemorado erróneamente en 1969, al
castillo se le fueron dando diferentes usos festivos de carácter puntual, para
culminar en la situación actual. Ahora conjuga la visita turística al conjunto
monumental con diferentes encuentros teatro musicales, que se celebran a lo
largo de todo el año.
[1] MARTÍNEZ NUÑEZ, M. A. (2010): Epígrafes
Árabes procedentes de Baños de la Encina. Publicación Virtual Ayuntamiento
Baños de la Encina, Jaén.
[2] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. Y
CASTILLO ARMENTEROS, J. C. (2025): ‘IAP. Control de movimiento de tierra y
excavación arqueológica para la nueva iluminación exterior del área este del
castillo de Baños de la Encina, Jaén’, Anuario Arqueológico de
Andalucía_2023_223.
[3] CANTARERO QUESADA, J. M. (2026):
‘Anotaciones sobre el origen del nombre del Castillo de Baños de la Encina’, Revista
Argentaria, vol. 30.
[4] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M.V. (2021): Análisis
arqueológico de la organización espacial del concejo de Baeza durante la Edad
Media. Universidad de Jaén.
[5] AZUAR RUIZ, R. y FERREIRA
FERNANDES, I.C. (2014): ‘La fortificación del califato almohade, Las Navas de
Tolosa (1212-2012)’. Miradas cruzadas.
[6] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. (2019): ‘Complejo
defensivo y espacio residencial. El contexto cerámico del castillo de Baños de
la Encina. Jaén’. Actas del VI Congreso Internacional de Arqueología
Medieval. Alicante.
[7] ‘…el aposento de los alcaides
estaba todo caído y arruinado, siendo necesario quinientos ducados para su
reparación. / La capilla antigua que había junto al aljibe estaba caída y
deshecha. / No tenia mas artilleria que una pieza pequena. / A juicio del Corregidor,
esta fortaleza tenia necesidad de muchos reparos y costo grande (2.545.000
maravedis), y era de poco o ningun servicio a S. M., allende de tener dos
padrastos muy malos. / Era su alcaide don Juan de Acuna Valenzuela’.


