domingo, 15 de febrero de 2026

Breve reseña histórica del Castillo de Baños, y 2

Edad Media

Aunque no se tiene testimonio de unas estructuras murarias que puedan adscribirse culturalmente a los periodos emiral y califal, la verdad es que son numerosas las evidencias de cultura material que han aparecido en las excavaciones arqueológicas. Este es el caso de ollas trípode, tornetas y, principalmente, lápidas funerarias reutilizadas en muros y suelos, que refrendan la existencia de inhumaciones islámicas en el cerro del Cueto al menos desde el siglo XI al XIII[1]. Sí es cierto que Abderramán III puso fin a las fitnas —guerras civiles— que sacudían la estabilidad del emirato cordobés y amenazaban la existencia de la dinastía Omeya entre los siglos IX y X. Con la estabilidad, los poblados rebeldes y en altura, instalados en lugares de fácil defensa, como fue el caso de Los Castellones de las Tres Hermanas, Marquihuelo o Cerro del Pico del Águila, reconcentraron su población en emplazamientos que seguían ofreciendo buena defensa, pero con mejor acceso a tierras de cultivo. Era el caso del Cueto[2]. Como se decía, no se conoce la estructura defensiva que se erigió en el Cerro del Cueto, pero el cuartel o fortín existente en la primera mitad del siglo XII debía parecerse a otros muy similares situados a ‘tiro de piedra’, en Despeñaperros y el Macizo del Muradal. Más concretamente al conocido bajo el apelativo de castillo de Malaventura. En su caso, como en el nuestro, se trata de un fuerte rudimentario, un recinto defensivo adaptado a la fisonomía del terreno y cercado mediante una torre monumental y murallas formadas con sillares ciclópeos pertenecientes a culturas anteriores (Bronce e Ibéricas). En su interior albergaba un patio o corral abierto rodeado de diferentes y sencillos cobertizos, o ranchos, para vivienda y establos. En definitiva, el castillo que recortó el horizonte del Cueto hasta la primera mitad del siglo XII se cimentaba en la reutilización de las estructuras de diferentes culturas, las que habían ocupado el Cerro del Cueto desde la Edad del Bronce a la etapa romana, junto con las posteriores aportaciones andalusíes.

Avanzado el siglo XII, cuando la frontera ya estaba en el macizo de Sierra Morena, el invasor castellano, que ya llevaba mucho más de un siglo en contacto con el lugar, fue modelando la voz árabe que daba nombre al castillo, posiblemente baniya y sonido banio, y consolidando un error semántico: interpretó que el nombre del castillo derivaba de la sexta y quinceava acepciones del sustantivo ‘baños’, que lo explicaban como balneario o lugar con aguas mineromedicinales, cuando en realidad procedía de la décima: ‘Especie de corral grande o patio con aposentos o chozas alrededor, en el cual los moros tenían encerrados a los cautivos’. El nombre del castillo, que realmente tuvo su génesis en un fuerte rudimentario y desvencijado, quizá un puesto de avanzada o un presidio de frontera, refugio de personas y bestias en lo más inhóspito de Sierra Morena, pasó a tenerlo en unos baños o termas que nunca habían existido[3].

El tardo medievo: la construcción del castillo almohade

En al-Ándalus, el acceso al califato de los almohades supuso la reunificación de los territorios y la estabilidad política, pero también se puso de relieve que la situación geomilitar en Sierra Morena, su seguridad, ya no era la misma de un siglo atrás. Que la vanguardia castellana superara la barrera del macizo mariánico y campeara libremente por la campiña andaluza era un hecho previsible e inminente. Con estos argumentos, el califato ideó una magnífica estrategia defensiva-ofensiva, aunque el tiempo confirmaría que no fue suficiente. Se diseñó una compleja malla protectora, a modo de capas superpuestas y comunicadas entre sí, integrada por castillos mayores (ḥiṣn) y fortines o torres menores (búrǧ) ampliamente repartidos por toda la geografía serrana[4]. Este fue el caso de fortificaciones como Castro Ferral o Navas de Tolosa, pero también de Burgalimar, Vilches o Baños, situado este último en la retaguardia, en la solana meridional de Sierra Morena.

La mayoría de los castillos y fortines ya existían, con otras condiciones, sólo se tuvo que realizar una remodelación o ampliación, a veces sencilla y en ocasiones más dificultosa. Pero en otras situaciones, reutilizando la ubicación, pero no las construcciones preexistentes, se elevaron de nueva planta castillos mediante la utilización de unas maneras de edificar novedosas. Promovidas por el califato almohade, se abandona la fábrica de sillería de tradición califal y se asume como aparejo oficial la tabiya o tapia de cal y tradición hispánica en sus diferentes versiones y calidades. Así ocurrió con el fortín o presidio bañusco. En la segunda mitad del siglo XII, haciendo tabla rasa y sin conservar las murallas existentes, se edifica de nuevas un hisn que sigue las pautas marcadas por el nuevo califato bereber. Un detallado análisis de sus características arquitectónicas así lo testimonia, pero también lo han certificado las muestras de madera analizadas mediante C14, agujas conservadas en los mechinales del encofrado de torres y paños (Moya García, 2009). La cronología obtenida, que oscila entre 1.120 y 1.230 d.C., junto con la situación geomilitar del momento y las particularidades técnicas de sus murallas[5], nos permite considerar almohade la fundación del castillo cuyas formas se elevan hoy sobre las riscas del cerro del Cueto.

Aquel fortín o presidio desvencijado, cimentado sobre las ruinas de las culturas anteriores, pasó a convertirse en un centro neurálgico del nuevo andamiaje defensivo de Sierra Morena. Por las nuevas circunstancias geomilitares, mudó de ser un simple baniya aislado en la aspereza serrana a ḥiṣn Baniya, un castillo de notable envergadura que tenía bajo su control buena parte de las vías de comunicación que atravesaban el macizo mariánico.

Con la conquista castellana (1212), se generó una reorganización del espacio interior del castillo y la creación de nuevas estructuras defensivas. Se produce un relativo abandono de una parte del castillo, la más meridional, y se fortalece el frente septentrional mediante la construcción de un alcazarejo[6]. En un primer periodo, se cerca con mampostería un espacio trapezoidal formado por un torreón avanzado, dos muros laterales y una de las viejas torres de tapia, que ahora se realza y reviste con piedra irregular y cierto tamaño. En un segundo momento, durante las guerras de banderías acaecidas en el último tercio del siglo XV, con la familia Corvera como protagonista, vuelve a elevarse la torre del homenaje o Almena Gorda con sillares de arenisca de mejor factura.

La fortaleza, con forma oval y una puerta de acceso, está construida con un magnífico tapial de cal, un mortero de tierra, arena, agua, cal y cantos de río, y reforzado con piedras de cierto tamaño en los cajones de cimentación.  En toda su amplitud, se distribuyen 14 torres cuadradas (en realidad una de ellas es pentagonal) estructuradas en 3 niveles y terraza, con acceso superior desde el adarve de ronda. A ellas se suma la torre del homenaje o Almena Gorda, de mayor altura. Realmente, como ya se ha citado, envuelve una bereber similar a las anteriores. Orientada a la meseta que hoy ocupa la Plaza Mayor del pueblo, cubría el único flanco por donde el castillo podía ser atacado mediante trebuchet, un tipo de catapulta que se generalizó a partir del siglo XIII en los asedios de la vieja Europa. Las murallas y torres están rematadas con merlones y perforadas con aspilleras. Por su parte, en el interior del castillo, que gira en torno al espacio abierto que ocupan unos aljibes que debían nutrirse con recuas de mulas, se distribuían las calles y viviendas, cuadras, patios y almacenes, con un propósito más o menos intencionado: crear un complejo entramado urbano que dificultara la acción invasora de cualquier atacante.

El castillo hoy: el andamiaje cultural e identitario de un pueblo

Aunque mantuvo alcaides hasta mucho después, el castillo conservó su carácter militar hasta comienzos del siglo XVI para después caer en una fase decadente que ya fue definitiva en el XVII. Al final del XVI, Las Relaciones Topográficas de Felipe II ya ponían sobre aviso del estado de ruina que amenazaba la fortaleza[7]. Mucho después, en la segunda mitad del XIX, el cementerio parroquial abandonó su ubicación en la calle Donosa y se instaló en el solar del castillo. Allí estuvo el camposanto hasta 1928, cuando nuevamente volvió a trasladarse al paraje de la Peñasca. En su interior contaba con criptas familiares, tanto en superficie como en los habitáculos de las torres, también había nichos incrustados en las murallas y tumbas al exterior del recinto. Desamparado, quedó como lugar de recreo de las chiquillas, que no se arredraban en jugar con los cadáveres momificados, y escenario para las disputas de los críos.

En la segunda mitad del siglo XX se procedió a la exhumación parcial de los cuerpos, que con los años sería total, y, en diferentes intervenciones de excavación arqueológica y restauración, se fue recuperando su estado más o menos original. A partir del celebrado ‘milenario’, conmemorado erróneamente en 1969, al castillo se le fueron dando diferentes usos festivos de carácter puntual, para culminar en la situación actual. Ahora conjuga la visita turística al conjunto monumental con diferentes encuentros teatro musicales, que se celebran a lo largo de todo el año.


[1] MARTÍNEZ NUÑEZ, M. A. (2010): Epígrafes Árabes procedentes de Baños de la Encina. Publicación Virtual Ayuntamiento Baños de la Encina, Jaén.

[2] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. Y CASTILLO ARMENTEROS, J. C. (2025): ‘IAP. Control de movimiento de tierra y excavación arqueológica para la nueva iluminación exterior del área este del castillo de Baños de la Encina, Jaén’, Anuario Arqueológico de Andalucía_2023_223.

[3] CANTARERO QUESADA, J. M. (2026): ‘Anotaciones sobre el origen del nombre del Castillo de Baños de la Encina’, Revista Argentaria, vol. 30.

[4] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M.V. (2021): Análisis arqueológico de la organización espacial del concejo de Baeza durante la Edad Media. Universidad de Jaén.

[5] AZUAR RUIZ, R. y FERREIRA FERNANDES, I.C. (2014): ‘La fortificación del califato almohade, Las Navas de Tolosa (1212-2012)’. Miradas cruzadas.

[6] GUTIÉRREZ CALDERÓN, M. V. (2019): ‘Complejo defensivo y espacio residencial. El contexto cerámico del castillo de Baños de la Encina. Jaén’. Actas del VI Congreso Internacional de Arqueología Medieval. Alicante.

[7] ‘…el aposento de los alcaides estaba todo caído y arruinado, siendo necesario quinientos ducados para su reparación. / La capilla antigua que había junto al aljibe estaba caída y deshecha. / No tenia mas artilleria que una pieza pequena. / A juicio del Corregidor, esta fortaleza tenia necesidad de muchos reparos y costo grande (2.545.000 maravedis), y era de poco o ningun servicio a S. M., allende de tener dos padrastos muy malos. / Era su alcaide don Juan de Acuna Valenzuela’.


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