jueves, 29 de enero de 2026

Aguas y tierra: el singular enclave de la Alcubilla

En camino y en lo hondo del arroyo, abrigados por el hechizo que rezuma la umbría de la Alcubilla, podremos apreciar y disfrutar de uno de esos ‘paisajes culturales’ que dan sensación de eterna placidez. La arboleda que nos traía, ausente en la calva, muda la fisonomía del enclave y lo castiga con la insolación estival. En conjunto, se trata de un complejo hídrico integrado por pozo ‘burbujeante’, donde se recogía el agua para abrevadero de bestias, y alcubilla o fuente para consumo humano. En realidad, otro pozo protegido por una casilla superior o ‘alacena’ de agua, que funcionaba a modo de aljibe abierto por el frente. Tanto el uno como la otra cuentan con rebosaderos y sus correspondientes canales de evacuación de aguas, que están elaborados con un mortero de cal de enorme calidad constructiva. Ambas canalizaciones, se encontraban en camino y derivaban el líquido sobrante a unos lavaderos naturales instrumentalizados en unos enormes pizarrones, situados por debajo y junto al lecho del arroyo.

Por encima nuestra, derramándose por la ladera, emerge el huerto Miguelico, prototipo del huerto en barranco que predomina en la dehesa Santo Cristo por la que ahora caminamos.

Distribuido en terrazas que se sustentan en laboriosos bancales, levantados con la técnica de la piedra seca o a hueso, sus paredes luchaban por sujetar la vida vegetal a la pendiente del cerro mientras suministraban un mínimo y mísero sustento a la precaria economía familiar del hortelano. En su conjunto, el lugar se eleva como un singular paisaje humanizado que, como si se tratara de un endemismo cultural, parece amarrado a otros tiempos y usos. Sin embargo, su origen no es tan ancestral como podríamos desprender de su engañosa sencillez. La segunda mitad del siglo XIX fue difícil para los vecinos de Baños de la Encina pues, tras aplicar las medidas impuestas por la desamortización civil de Madoz (1855), se vieron obligados a abandonar las tierras del común que venían roturando desde tiempo inmemorial. Como respuesta, queriendo evitar una hambruna generalizada, la vecindad tomó por las bravas diferentes parcelas del interior de la dehesa del Santo Cristo, la más cercana al núcleo de población, pero también de otras aledañas. Este fue el caso de Corrales, Los Llanos, Garbancillares, Marquihuelo, Atalaya, Doña Eva, Cuesta del Gatillo y La Parrilla.

Las tierras, sustentadas en una geología donde predomina la pizarra y el granito, ofrecían una rentabilidad escasa, pero los colonos, conocedores del terreno, pusieron en práctica una estrategia que, sin proporcionarles frutos abundantes, les permitió el sustento necesario para seguir con una vida de muchas carencias. La intervención consistió en aterrazar la caída de los barrancos mediante bancales de piedra seca, sobre todo aquellos que presentaban un mínimo hilo de agua, como este de Miguelico o los del Tío Feo, el Lobo, de Rojo y la Bizca. El huerto resultante, en barranco y con una fuerte pendiente, se complementaba con una porción de tierra de secano destinada a grano, legumbres y aprovechamiento de los rastrojos, predio que era conocido bajo el apelativo genérico de quiñón. Como era de esperar, los nuevos propietarios de las fincas madres, especuladores de cualquier capital que habían adquirido las fincas en amañada subasta, reclamaron ante la autoridad pertinente: la Diputación Provincial. La misma, responsable con sus obligaciones, pero forzada a evitar una posible revuelta social, fue parcheando soluciones que fueron gestando el paisaje que hoy observamos mientras se daba legalidad a las roturaciones arbitrarias de la vecindad. Un primer Decreto Real, de 29 de agosto de 1893, reconoció la titularidad de los colonos siempre que se pudiera justificar que el terreno estaba destinado a uso agrario y se demostrara la antigüedad de la ocupación, que en este caso era de un mínimo de 10 años. Por otra parte, se limitaba la extensión máxima de la parcela a 10 hectáreas y el título de propiedad se conseguía tras pagar a la Administración de Hacienda un 60% de su tasación, es decir un 6% anual durante diez años. Ante los impagos generalizados, un segundo Decreto Real de 25 de junio de 1897 vino a suavizar las medidas propuestas. Redujo el abono al 40% y permitió parcelas de mayor calado, que ahora podrían superar las 10 hectáreas. Con todo, el proceso legalizó unas 300 hectáreas entre huertos, quiñones y tierras de labor.

Pero la bonanza edénica duró muy poco. Unas décadas después, amparada en un supuesto bien común, la trituradora estatal desarmó una buena parte de la estructura hortícola mediante ‘expropiación forzosa por causa de utilidad pública’. ¿El objetivo? Embalsar las aguas del río Rumblar para regar las vegas del bajo Rumblar y Guadalquivir. Como se puede comprender, los predios menores no encontraron otra salida que aceptar lo que era imaginable: perder casa y hacienda por unas perras: ‘Propietario D. Francisco Quesada Ramos. Se le ocupa de una finca rústica dedicada a secano cereales y a huerta con frutales, y de una superficie de 4,1926 Has. la totalidad 0,8385 Has. de huerta con frutales a razón de 7.865,66 ptas. por Ha. son 6.595,36 ptas.; 1,2577 Has. de secano cereal de tercera clase a razón de 811,20 ptas. la Ha., son 1.700,44 ptas.; 1 casa con horno y era, a razón de 38,83 ptas. metro cuadrado de construcción, 20 metros2 son 777 ptas.

Por el contrario, algunas fincas mayores, armadas de una retahíla de peritos, tasadores y abogados, aprovecharon para pescar en ‘río revuelto’. Ni una sola encina, pero tampoco las cercas de piedra seca se quedaron sin pago: ‘…250 metros lineales de cerca de piedra en seco que a razón de 3,00 ptas. el metro, son 750 ptas.…. En la balanza social de la época (1933), el hogar de toda una familia valía tan poco como un corral de ovejas.

La mayoría de las veces, cuando levantamos al andamio que soporta la historia de los lugares y sitios, fijamos la mirada en iglesias, castillos, palacios y catedrales, mientras negamos el protagonismo a otros bienes, como los huertos. Estos, con sus detalles constructivos —, cisternas, bancales, chozas, eras, etc.—, definen con estricta minuciosidad momentos históricos de enorme valor político, gran contenido social y enorme comprensión científica. No debemos dejarlos caer en el pozo de la desidia y, aún menos, nunca debemos olvidar su desempeño social y etnográfico.



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