miércoles, 28 de julio de 2010

intrahistoria1

A ratillos, el poco tiempo que aún intento me quede para seguir conociendo las cosas de mi pueblo, de escarbar en sus “entrañas”, quiero dedicarlo a conocer la intrahistoria de las piezas del Museo del Territorio y de aquellos pequeños retazos de nuestro patrimonio, aquellos “paisajes dormidos”, que salpican nuestro término municipal.

Voy a empezar por dos piezas del Museo del Territorio, dos piezas que ya no son mías, ahora forman parte de nuestro patrimonio común (de lo que me siento muy orgulloso), pero que han formado parte de un periodo importante y extenso de mi vida. Son dos piezas muy sencillas, pero que han dejado grandes cicatrices en mi crecer (o a lo peor menguar) como persona, incluso físicas.

Se trata de mi cuchara de “llenar magdalenas” y mi navaja barbera. Vayamos por partes y empecemos por la cuchara.

Hasta no hace muchos años poca era la repostería que se obraba en las panaderías de pueblos pequeños como el nuestro, no estaba la economía familiar para excesos. Tortas de aceite o manteca, alguna galleta y la magdalena; en momentos puntuales, de índole festivo, se unían los dulces del tiempo, como los mantecados mixtos en Navidad o alguna otra dulzaina como los pestiños, las flores o los hornazos en Feria o Semana Santa. Además, en Semana Santa, como suele ocurrir aún hoy aunque en menor número, las señoras solían hacer sus propias confituras (más o menos las ya mencionadas) e iban a cocer al horno ¡Que ratos de regañinas no he tenido yo con Rita y Cándida!, ahora lo echo y las echo bastante de menos. Era un olor constante a aceite desahumado, limón rallado, canela, matalahúga y vainilla.

Por entonces, creo que aún sigue siendo así, poco penetra la tecnología en algunas cosas, las magdalenas se llenaban a mano. Desde el lebrillo y/o barreño la masa debía ir pasando a los moldes o cápsulas, una a una, hasta aproximadamente unos 300 por masa:16 latas de 5 x 4, era mejor que meter 6 x 4 como solían hacer las “mujeres” cuando iban al horno para ahorrar en el coste de la lata, que era lo que se ganaba el panadero por poner sus equipos al servicios de las señoras. Así la magdalena subía con mas desahogo y se agachaba menos al salir del horno. Bueno, pues para esta labor hay que tener una herramienta de la mayor precisión: una cuchara tiene que dar de si para llenar exactamente un molde, ni menos (habría que dar dos cucharadas) ni más (volcaríamos la masa sobre el papel debilitándolo).

Mi cuchara era muy normal, una de esas cucharas que había en las casas, vieja y gastada, cuyo origen se muestra remoto por desconocido. Un día ha perdido lustre y pasa del armario de la abuela (en este caso la mía, Pura Rodríguez) al horno de la familia. Es una cuchara sencilla, de unos 17 centímetros y corazón metálico formado por cobre (50%), zinc y níquel a partes iguales. En origen tuvo baño de plata o estaño totalmente ausente al día de hoy. Tiene dos características que, siendo una cuchara vulgar, la hacen “la mejor cuchara” para llenar magdalenas: el cazo justo para la cantidad que necesita una cápsula del nº 8, la estándar. Si la cuchara se metía bien y con precisión en el lebrillo, es decir, si se llenaba rebañando superficialmente y apretándola contra la pared del barreño, sin penetrar en el fondo de la masa, conseguíamos que ni sobrara ni faltara para llenar el molde y que la propia cuchara no fuera “goteando” masa por el camino.

La segunda característica era también vital para el buen desarrollo de la labor. El rabo de la cuchara, respecto del cazo, forma un ángulo de 45º, aproximadamente, peculiaridad que puede pasar desapercibida para quien no ha tenido práctica en estos menesteres. Es el ángulo acertado para meter la mano con celeridad en el lebrillo, sacar la cuchara llena y volcar la masa sobre el molde, todo, como decía, muy rápido y sin tirar nada de masa. Es como cuando un hidroavión toca la superficie del agua para aterrizar pero no profundiza en la misma.

Yo, cuando hago por primera vez algunas cosas de carácter manual, o casi todas, soy un verdadero patán. Se me lían los dedos. Con el paso del tiempo, y creo que no me equivoco, adquiero una celeridad interesante. Así me fue ocurriendo con gran parte de este arte que es la panadería, y digo arte porque llegué a conocer a un verdadero artista de este menester, mi padre. Pero llenar magdalenas siempre se me atrancó, porque si era patán de ordinario cuando se me pringaban los dedos era para aburrirse. Y así le fui dando largas, muchas largas, todas las que pude. Hasta que un día, sólo, como me gusta hacer las cosas, me hice mi masa, cuatro kilos de aceite, y me puse con paciencia a “llenar”. Mi padre me dejó, como si no me viera, hasta que apreció que más o menos me defendía, entonces vino a decirme que para el fin de semana (estaríamos a principios de la misma) a lo mejor las tenía todas llenas -creo que sabe que una de las cosas que más me aprietan es la lentitud-, y me quitó la cuchara.

Para el fin de semana llenaba el doble que él; pero sigo sin saber como será la magdalena con sólo tocar la harina o que falta o sobra con sólo remover la masa; pero yo no soy el artista. Desde entonces, y eso que ya no lleno, creo que habré llenado cientos de miles, la verdad que no lo se, y de vez en cuando lo sigo echando de menos.

lunes, 26 de julio de 2010

Texto del castillo de Baños para una recreación en 3D

Castillo de Burch al Hammam (Baños de la encina, Jaén)

La primera ocupación del Cerro del Cueto, donde se sitúa el castillo de la localidad jiennense Baños de la Encina, nos remonta a la Edad del Cobre (4.000 años). Desde este lugar la población ejercía el control de la mina de cobre del Polígono-Contraminas, a pie del vecino cerro del Gólgota. Asimismo, encontramos en el interior del castillo muros pertenecientes la Edad del Bronce y de la cultura Íbera, que también tienen continuidad fuera de sus muros. Roma plantó un mausoleo funerario, a modo de templo, en la corona artificialmente amesetada de su cota más elevada.

Heredero de las clásicas fortalezas bizantinas, que tuvieron su predecesor en los campamentos castrenses de Roma, es quizá su mejor testigo en toda Europa. De rara forma ovalada -adaptándose a las curvas de nivel del cerro- y tabiyya como principal componente (cal, chino de río, tierra y agua), está formado por quince torres cuadradas que avanzan desde el lienzo de muralla. En su interior presenta una complicada urbanística de época almohade (siglo XII) que, ya bajo control castellano, es alterada mediante la construcción de un reducido y bien defendido castillete o alcazarejo. Paralelamente, se reviste de piedra la torre cuadrada más al noreste, dando lugar a una estructura cilíndrica que se eleva en altura sobre las demás: la torre del homenaje o Almena Gorda.

Sobre la meseta central se sitúan los aljibes, dos naves excavadas en la roca y cerradas en altura por una doble bóveda de medio punto elaborada con ladrillo. Los muros laterales están construidos con la técnica del “opus signinum” para evitar filtraciones del agua embalsada; cada vez hay más investigadores que certifican un probable origen romano de este equipamiento hídrico.

Tierra roja libre de materia orgánica, chino de río, cal como aglutinante y agua es la fórmula mágica que ha permitido que este coloso, después de muchos siglos, siga perfectamente en pie.

Sobre el nivel del suelo, donde aparece un hormigón muy rico en piedra de considerable tamaño, que nivela la superficie, se van levantando sucesivas hiladas de este mortero, denominado por los musulmanes tabiyya o tapial. En realidad, no es otro material que el “opus caementicium” heredado de la arquitectura romana. En cada hilada de mortero se formaba vertiendo el material sobre un molde rectangular de madera o encofrado, a modo de cajón sin fondo ni tapa, que medía dos codos de altura y entre cuatro y seis codos de longitud (el codo equivale a 42 centímetros). Entre hiladas se situaban pequeños maderos (agujas) que sostenían el encofrado de madera y que, al pudrirse, funcionaban a modo de junta de dilatación. Podemos apreciar la huella que dejaron estos maderos en la sucesión de agujeros o mechinales que surcan todos los muros del castillo. El cajón se ayudaba de otros elementos complementarios, como el costal o vara vertical que evitaba que los cajones se abrieran; y el codal, que hacia lo propio impidiendo que se cerraran. El material se vertía en tandas, que eran apelmazadas con un pesado pisón de madera.

Acabados los muros, se remataban con un enlucido rico en cal decorado con elementos vegetales muy esquemáticos (ataurique), que protegía de las inclemencias meteorológicas.


viernes, 16 de julio de 2010

Andalucía: una geografía diseñada para la práctica del vuelo libre

“Pasaron algunos años y, tras los años se sucedieron lustros que fueron sumando siglos, … y Eolo, conociendo la nueva que Ulises había abierto el odre de los vientos, no acertaba a averiguar porque éstos no regresaban a la tierra de los titanes, la isla Eólica. Y así recordaba como Ábrego, templado y húmedo, era mensajero de aguas; Boreas, hijo de la Aurora, viento del norte, soplaba gélido; Austro, que se arrastraba desde el sur, presagiaba tempestades y acarreaba desgracias; y Subsolano, y Áfricus, y Volturno,… y a todos echaba de menos el dueño de los vientos.

Y estos pensamientos estaba cuando tomó la determinación de enviar a un vencejo real a rastrear los caminos que los vientos habían seguido. Y así el vencejo siguió las ordenes y voló por tierras de bárbaros, y planeó sobre suelos sumidos bajo la penumbra de hayedos y robles, y surcó las negras llanuras de Europa y las blancas estepas de Rusia, y atravesó los desiertos de África arribando a los Trópicos,… hasta que agotado por el fracaso de su misión se dejó caer en unas marismas tranquilas, impolutas, dueñas de luz, donde los aromas envuelven una atmósfera en la que los sonidos de lo natural se suceden en armonía.

A poco reanudó el vuelo planeando río arriba sobre paisajes trazados de color, donde dorados campos de trigo y amarillos girasoles se mecen entre parcelas salpicadas del verde de los viñedos, …; donde suaves ondulaciones forman una campiña que a poco da paso a un mar hilvanado de verde plata que se va alzando hasta mostrar un elevado murallón donde los olivos, retorcidos contra si mismo, apenas se clavan en las entrañas de la tierra,.. y, de pronto, entre aristas elevadas, aprecia que los vientos juguetean sorteando las cimas, elevándose sobre ellas y descendiendo de nuevo a los valles como si nunca hubieran conocido mejor morada. El mismo vencejo mecido por la brisa, dejándose llevar por un suave planeo, fue consciente de que había hallado el lugar donde los vientos moran y se ocultan de Eolo; donde corretean dulcemente sobre el agua; donde silban entre las entrañas de la tierra y donde, desde las alturas, van labrando un paisaje excepcional. Y este lugar que les había dado cobijo en las tierras de occidente, en la Península Ibérica, se encuentra en el corazón de las Sierras de Andalucía.

Y así sigue narrando la leyenda, que todos los años el vencejo real vuelve a estas sierras de la Bética para comprobar que los vientos siguen morando al amparo de estas tierras del Sur de la Península Ibérica; y así sigue siendo.”

Como el vencejo, año tras año arriban a nuestra geografía los nuevos planeadores de los cielos que, como bisoños “voladores”, juguetean sobre un paisaje excepcional. Andalucía es la tierra donde los vientos, el relieve, el número de horas de sol al año, el paisaje, nuestras gentes y las instalaciones deportivas y turísticas se aúnan organizando un destino inigualable para el desarrollo de la práctica del vuelo libre.

Al oeste del Guadalquivir, la orogénesis alpina construyó una Andalucía de “piel arrugada”, muy distante de la fisonomía que muestra la vega del gran río andaluz y de las campiñas colindantes, formada por montañas que elevan un relieve afilado que da paso a valles alargados, anchas hoyas y altiplanicies, tierras rojas “arañadas” por la persistencia de las aguas y fértiles vegas trazadas por ríos sinuosos que definitivamente alargan su brazo hasta la mar. Muestra Andalucía una fisonomía labrada ex profeso para la práctica del vuelo libre. Así, se alternan elevados promontorios que dan paso a planicies que permiten el óptimo desarrollo de la práctica bajo un régimen de vientos adecuado.

Por otra parte, teniendo estas tierras como nexo común una orografía excepcional, la presencia de una geología, relieve y clima que difieren, han provocado una diversidad paisajística sin parangón que ofrece bajo los pies de los deportistas un espectáculo único.

Así, Almería concentra sus estaciones de vuelo libre en el extremo más oriental de la Alpujarra, un descenso definitivo desde las blancas cotas de Sierra Nevada hasta un mar Mediterráneo impregnado de luz. En el tránsito, elevadas colinas sobre las que la nieve ha tallado su protagonismo flanquean verdes terrazas de parras, naranjos y olivos entre las que el susurro de los ríos se escapa buscando su desenlace entre un mar de ordenadas huertas apretadas bajo el plástico.

Las estaciones de vuelo libre de la provincia de Cádiz se ordenan de manera armoniosa, a modo de etapas que, desde el macizo más lluvioso de la Península Ibérica -el Parque Natural de la Sierra de Grazalema-, quisieran arribar a la mar. Así, en frenética armonía se suceden bellas estampas que van desde la más agreste serranía a sierras que casi se confunden con las blancas costas de Cádiz, intercalando en su cuaderno de viaje fértiles campiñas de cereal y viña, dehesas taurinas y viejas lagunas drenadas en las que los deportistas aéreos se confunden entre un verdadero paraíso para las aves.

En Granada, la diversidad paisajística patente en Andalucía encuentra aquí su mayor reflejo. Al norte, en el Altiplano, los despegues se muestran como grandes colosos que se elevan aislados sobre una inmensa llanura de profundos colores, surcada a intervalos por cárcavas y badlans que parecen labrados por esos mismos titanes. Por el contrario, La Alpujarra, a la solana del macizo de Sierra Nevada, alterna las mayores cotas de la Península Ibérica con profundos valles y barrancos en los que la fertilidad de la tierra explota en mil colores que acompañan las manchas blancas, escalonadas, de sus típicos caseríos. Finalmente, el Poniente Granadino, en el que el agua ha sido también principal protagonista del modelado de su paisaje, combina imponentes vegas con relieves agrestes a intervalos coronados por atalayas, torreones y fortalezas que dejan patente su devenir histórico.

Las elevadas alturas que ofrece la provincia de Jaén se intercalan entre espacios de extrema calidad ambiental en los que el agua ha ido labrando el paisaje, como el Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas o la Sierra Sur de Jaén, e inacabables y ordenadas masas de olivar que se derraman por extensas llanuras o se arraciman ladera arriba apretándose contra la tierra que los cobija.

Finalmente, debido al alto número de estaciones presentes en la provincia de Málaga, todos sus paisajes se suceden bajo la retina de los pilotos. Desde las fértiles y elevadas llanuras de Antequera y Archidona hasta el abrupto relieve de la Serranía de Ronda; desde los valles encajonados entre sierras que se suceden en descenso parejos a las aguas del Guadalteba y Guadalhorce hasta el escalón que forma la sierra de Tejeda asomándose al Mediterráneo.

Pero quizá sea la meteorología el factor más determinante para hacer de Andalucía uno de los mejores destinos para la práctica del vuelo libre. El clima de Andalucía viene dado por su localización, situada en la zona templado calida, a caballo entre los dominios polar y ecuatorial. Por otra parte, su situación entre dos mares (Mediterráneo y Atlántico) es también determinante.

En relación con la circulación general atmosférica, Andalucía se encuentra situada en el límite de acción de los grandes anticiclones subtropicales y los grandes ciclones polares. Este hecho va a provocar dos estaciones muy bien diferenciadas en función del desplazamiento de los centros de acción. De tal forma, en verano Andalucía estará bajo la acción de la estabilidad generada por los anticiclones subtropicales; y durante el invierno, el desplazamiento de éstos hacia el sur, permitirá que los centros de acción polares lleguen hasta nuestra geografía generando un clima inestable pero con niveles de precipitación no muy altos. En este sentido, es necesario anotar que el aire proviene mayoritariamente del continente africano, hecho que condiciona su escasa humedad.

Aunque considerando las diferencias que imponen el relieve y las condiciones locales, en líneas generales podemos hablar de una estación de lluvias (otoño-invierno), no abundantes, y de temperaturas suaves; y veranos cálidos con ausencia de lluvias, aunque con fuertes tormentas muy concentradas temporalmente. Por otra parte, es necesario remarcar que hay una marcada irregularidad temporal en las precipitaciones, provocando situaciones habituales de sequía.

En relación con la práctica del vuelo libre, podemos subrayar que Andalucía ofrece un clima óptimo para su práctica, pues las lluvias son escasas y muy concentradas temporalmente; muestra unas temperaturas que, siendo suaves en invierno, se elevan de manera notoria durante el periodo estival, hecho que condiciona días calurosos con una fuerte insolación, excelentes para la práctica del vuelo libre; y, sobre todo, presenta en la mayoría de su geografía más de 3.000 horas de sol al año.

El considerable número y dispersión de las estaciones de vuelo libre por la amplia geografía de cinco de las provincias andaluzas (Almería, Cádiz, Granada, Jaén y Málaga) permite que los deportistas y aficionados puedan moverse con entera libertad por Andalucía, conociendo de antemano que en la provincia a la que se desplazan existe un equipamiento que le permite practicar su deporte.

Como se ha anotado con anterioridad, contamos con zonas de vuelo libre en casi todo el territorio andaluz, en total veinticuatro, aunque existen zonas algo más consolidadas que otras que cuentan con una infraestructura específica muy completa para la práctica del deporte, con accesos, pistas de despegue y zonas de aterrizaje bien acondicionadas. Las más reconocidas se encuentran en las localidades de Algodonales (Cádiz), El Yelmo (Jaén), Loja (Granada), Dalías (Almería) y Valle de Abdalajís (Málaga), aunque no por ello el resto desmerece. En todas ellas se han celebrado competiciones de nivel internacional y nacional, y cuentan con escuelas, clubes de vuelo y empresas de turismo activo perfectamente preparadas para realizar y ofertar esta actividad deportiva y de ocio.