viernes, 5 de febrero de 2010

Peñalosa cabecera de revistas especializadas

Se acaba de editar el boletín electrónico "Arqueología y Territorio" que edita el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada, su número 6. Aunque todos sus artículos son de gran interés para los profesionales, todo aquél interesado en la historia y la sociedad en general, para nuestro municipio es especialmente grato, pues desde que apareció esta revista digital muestra en su cabecera uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de nuestra localidad: el poblado de la Edad del Bronce de Peñalosa.

Todo un orgullo y un deber. Gran parte de este mérito se lo debe nuestro municipio a Paco Contreras y a su ya vasto equipo de trabajo en Peñalosa y la cuenca del Rumblar en general.

La barca del Rumblar

Recientemente, ultimando detalles del Museo del Territorio “Torreón del Recuerdo, tuve la suerte que unos amigos lo visitaran: José Adolfo, Andrés Mariano, Faustino, etc. Con su buen criterio, de alguna forma, podría ir paliando algunas faltas, comprender que útiles faltaban y sobre, todo, ampliar información, siempre necesaria.

Entre las aportaciones más interesantes, estaban dos apreciaciones que me hizo Faustino en referencia a la barcaza que hemos ubicado en la primera sala y que sacamos mi hermano y yo Huerto Banderas abajo. De esta barcaza, dando vigor histórico a uno de los paneles de interpretación de la sala, poseemos una foto antigua, donada por nuestro buen amigo Diego Muñoz-Cobo. Se trata de la típica barca bañusca usada para cruzar el río por piconeros, cazadores y vaqueros, y cuyo uso se generalizó en nuestro pueblo tras la creación del pantano

Faustino, según les iba narrando mi cansino discurso museístico, cuando les anoté que ya en nuestras Ordenanzas Municipales de 1742 se prohibía la pesca con plantas venenosas en las tablas que se formaban en el río, me advirtió, entre otras cosas, si conocía el nombre de la planta venenosa que era usada. Le confirmé que no, a lo que me aseveró que su nombre era “verdelobo”. Ya contaré, en otras entradas, el material que he encontrado sobre el tema.

Pero más interesante fue que me notificó que estas barcazas eran fabricadas en Don Benito (Badajoz) y que las traía Manolo “Columpios” en su camión. Me puse a investigar sobre la materia y ya tengo alguna información, aún poca, pero sigo en el tema (agradezco la colaboración que he tenido del equipo directivo del Museo Etnográfico de Don Benito).

Pues resulta que estas barcas se fabricaban, muy artesanalmente, por un gremio importante, denominado de “barqueros”, tanto de los municipios de Don Benito como de su vecino Villanueva de la Serena. Eran utilizadas para la pesca en el río Guadiana y, de manera generalizada, en todos los humedales de Extremadura en los que se laboraba la pesca: hay documentos antiguos, al menos desde el siglo XVIII, que ya reflejan esta práctica. Así lo muestra un documento aportado y estudiado por Felicísimo García Barriga, que recoge la pesca con barcas en las charcas cacereñas de las Brozas y Arroyo de la Luz, situadas, entre Cáceres y Alcántara. Estas barcazas, reconocidas como la “barca del Guadiana” eran utilizadas para la pesca de la tenca y la pardilla.

La barca del Guadiana es de forma romboidal casi perfecta, de poco calado y fondo plano muy manejable y estable. Generalmente, con cabida para dos personas y un sistema de navegación por remos (un par). Realizada con pino, cuando llevaba mucho tiempo expuesta al sol y al aire se llenaba de grietas, por donde se filtraba el agua. Esto provocaba como un hecho normal que el agua entrara fácilmente en el interior de la barca. Aquí se utilizaba una lata para achicar continuamente agua; en la Serena el recipiente era un corcho o galapaguera, muy similar a los “cucharros” que donaron apelativo a nuestro cucharro de pan y aceite.

Por este motivo, cuando la barca no se utilizaba, se sumergía en el fondo, provocando que la madera se hinchara y las grietas fueran las menos.
Barcaza en el Guadiana
Esta barca, que fuera tan atrayente para los chiquillos de mi generación, consta de las siguientes partes:

Asentón, es el elemento que sustenta todo el armazón y da forma a la barca. Formando parte del asentón, está el cuartón o viga central, que marca la altura y longitud de la embarcación.

Las tablas de los dos haciales o costados, se fijan al cuartón mediante los combos o cuatro filas de tablillas transversales que se diferencian de las trabas porque no van ajustadas al asentón. Estas dos piezas, junto con el cuartón forman, lo que se llaman piqueras: proa y popa.

Las cuatro tablas centrales, que se fijan al asentón a modo de contrafuertes, se dividen en trabas maestras y, trabas simples, siendo las primeras las que están más reforzadas en el asentón.

En el borde de las tablas haciales del tramo central de la embarcación, se asegura el trabón o pieza de madera de mayor grosor que las anteriores, a la que se fija el calomollo o madera cilíndrica en la que se introduce el anillo del remo.

En las trabillas transversales a los combos, se apoya la tabla en la cual se sienta el remero. El palo balsero, forrado en la punta, se introduce en el agua por una lámina de hierro llamada recatón.

Aún recuerdo una buena aventura con una barca casi desguazada que nos encontramos al principio de las Colas, bajo el puente que trae el agua de los depósitos del Gólgota. Todavía entraban “las madres” por el arroyo al pantano y no tuvimos otra idea que cruzar la cola en la barca. Unos pocos se subieron a la barca, creo que Miguel “el sobrino de Manolín”, mi primo José “chivica” y Javier, el de “veintitrés”, el resto le dimos un empujón a la barca y a correr, a recibirlos en la otra margen. En esto estábamos, cuando José, harto de sacar agua con la lata, pregunta a los demás si cubre. Todos le responden que no, y se tira. No cubría más de dos cuartas, todo agua de madres. ¡Un desastre! No fue la única vez que acabamos de madres hasta los ojos.

Por cierto, si no hay ningún problema, ya será posible visitar el Museo del Territorio a partir del 18 de este mes de febrero, jueves. En todo caso, nuestro buen amigo José María Rodríguez podrá dar cuenta de ello en la web.

martes, 2 de febrero de 2010

Un tablero de alquerque de doce, una joya arqueólogica

Aunque ya hace años que lo localicé, no ha sido hasta muy recientemente cuando he podido valorar la importancia que tiene. Se trata de un tablero pequeño, de unas proporciones aproximadas de 40 centímetros de ancho por 20 centímetros de altura, utilizado para jugar a nuestros “lobos”. Hasta aquí, todo perfecto. En las distintas visitas guiadas que he realizado a amigos, turistas y visitantes, cuando he notado un cierto interés por aspectos etnográficos y populares, siempre lo he mostrado. De tal manera justificaba, en cierta manera, la antigüedad y tradición de este juego tan bañusco.


El tablero está labrado sobre un sillar de arenisca rojo salmón procedente de las canteras locales, evidenciando en superficie un fuerte desgaste. Está situado en la fachada de una de las casonas de la margen derecha, según se asciende, de la calle Santa María, eje que acerca a los viandantes desde la Plaza Mayor al castillo. Concretamente en su número 12, casi haciendo lindero con la casa vecina y a la altura del arranque de la planta primera. Por el desgaste, se aprecia con toda claridad que es un sillar reutilizado.

Sobre el dintel de la casa aparece grabada una fecha: 1808, pero, con seguridad, esta casa, como su entorno inmueble, tiene origen entre los siglos XVI y XVII, por tanto la fecha del dintel puede hacer referencia a una importante remodelación de la casa en esa fecha concreta.

En todo caso, este sillar, como gran parte de los que integran las casonas de esta calle, debe de proceder de las antiguas construcciones que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIII, tras la reconquista (1225), fueron naciendo al amparo del castillo. También es posible que pertenezca a las construcciones almohades o cristianas presentes en el interior del castillo, expuestas a la luz tras las recientes excavaciones arqueológicas.


Pero, si interesante es la presencia de este tablero, que parecía ser escenario de un juego local y que, atestigua la antigüedad del mismo, más interesante ha sido comprobar que nuestro juego no es sino la derivación natural de otro que usa el mismo tablero, denominado alquerque de doce, cuyo su origen se encuentra en el Medio Oriente. Así, el alquerque de doce, como el de tres (tres en raya) y el de nueve o nueve en raya, al menos desde época romana ya está presente en el Mediterráneo Oriental (hay algunas muestras en la mismísima ágora de Atenas). Algunos autores especializados en esta materia, como el arqueólogo José Manuel Hidalgo Cuñarro, que ha llegado a contabilizar sólo en Galicia más de sesenta tableros, la mayor parte adscritos al románico, afirma una presencia anterior en castros del noroeste de la Península Ibérica. Otros autores llegan a aventurar que ya era una práctica desarrollada durante el Neolítico.

Lo que si es un hecho, es que llega de manera definitiva a España con los musulmanes y bajo el nombre de al – qirkat. Aquí, su presencia se generaliza durante el siglo XII apareciendo sus reglas de juego publicadas en el Libro del ajedrez, dados y tablas (más conocido como Libro de los juegos), escrito entre 1251 y 1282 (folios 91r y 91v) por Alfonso X el Sabio.

Aunque este tablero tiene una interesante distribución por todo el norte peninsular, son contadas las muestras que aparecen al sur de la provincia de Segovia. Se han hallado algunos ejemplos en la provincia de Cáceres, en Arroyo Molinos de Montánchez y Trujillo, y en Cieza (Murcia). En nuestra Comunidad Autónoma tan sólo había hasta ahora una muestra, en el vecino Siles, en la cima del llamado Puntal de la Rayuela o de la Ajedrez.

Pero si interesante es el hallazgo de este tablero de alquerque de doce, más trascendental es comprobar como los juegos que soportaban los tableros del alquerque de tres, nueve y doce están aún presentes en este municipio de la Sierra Morena de Jaén. En nuestra localidad aún se juega a las tres en raya (alquerque de tres), a las nueve en raya, pero con algunas variantes respecto al original alquerque de nueve, y a los lobos (derivado del alquerque de doce). Este juego tiene como escenario el tablero del alquerque de doce pero las reglas varían. Entre el alquerque de doce y “los lobos” no hay más similitud que los movimientos de unos y otros y la forma de comer de los lobos. En lo demás todo son diferencias:

- En el alquerque, cada jugador tiene doce fichas de distinto color. Los lobos tienen dos piezas mayores, o lobos, y veinte ovejas menores.
- En los lobos, las ovejas ganan su pieza cuando llegan a uno de los dos vértices en los que en el inicio estaban colocados los lobos. Los lobos comen como las fichas del alquerque; también como las damas.
- Por supuesto, la disposición de las piezas sobre el tablero nada tiene que ver entre uno y otro.
- Las ovejas pueden eliminar un lobo del juego o “escupirlo”, aunque no contabiliza para nada, cuando le impide, cercándolo, el movimiento en tres jugadas consecutivas.
- Mientras que en el alquerque gana el jugador que antes deja sin piezas al contrario. En “los lobos”, para ganar, el lobo ha de comer más de ocho fichas y las ovejas más de doce. Las tablas se producen con el ocho a doce.

Es de subrayar que, en la Occitania francesa durante el siglo XIII, del encuentro del tablero del ajedrez y las normas de alquerque de doce, nace el juego de las damas clásicas o españolas.

Podemos concluir que en esta pequeña localidad de Sierra Morena se juega, valga la redundancia, a unos juegos que podemos considerar como un "endemismo cultural".

Fotografías de Estrella Jiménez (Culmina).

lunes, 1 de febrero de 2010

Una vieja candelaria

Durante la noche del dos de febrero tiene lugar en Baños de la Encina (Jaén) la festividad de La Candelaria. Cuando comienza a anochecer, cada barrio, va prendiendo fuego a lo que será el corazón de una gigantesca lumbre o candela, que en su día no era otra cosa que un buen haz seco de cantueso o “tomillo”, según jerga bañusca, que se segaba en el Camino de la Cayetana, junto a la Cueva del Grajo, poco después de los Santos. Cuando empezaba a arder, rápidamente, se le iba añadiendo una gran cantidad de la leña que los chiquillos del barrio habíamos ido “cosechando” durante los últimos tres meses: ramón seco de las olivas, ramas de pino, muebles viejos, …, toda la leña posible para conseguir que nuestra lumbre fuera la mayor del pueblo.

Cuando llega esa noche, si fuéramos espectadores situados en la Campiñuela, veríamos como todo el pueblo se va moteando de grandes luces en movimiento, humo que apenas se aprecia y pavesas balanceadas por el viento, muchas pavesas que simulan pequeñísimas almas que se escapan hacia el cielo. Ese instante, esa postal, era la suma de muchos días acarreando leña cuando ya se escapaba la luz de la tarde (entonces se salía de la escuela a las cinco de la tarde y, al menos, había que llegar antes a la casa a decir ya “he llegao”, y a la calle), mucho juego a la sombra nocturna del Cotanillo, alguna pelea a pedradas entre barrios por robar un poco de leña y, de cuando en cuando, una candelaria consumida antes de tiempo.

Aunque casi todas mis candelarias fueron en el Corralón, hice algunos atisbos de traición. En una ocasión, en un enfado, me fui con la gente de Santa María, con mis amigos Miguel y José Adolfo, aunque finalmente acabe de nuevo en el Corralón; en una segunda, de nuevo por enfados de chiquillos, acabé haciéndola con mi primo Dioni, frente a la ermita. Aquella candelaria se remató con un muñeco de trapos y paja, algo inusual.

Pese a todo, mi candelaria fue siempre la del Corralón. Aunque, que cosas, la primera en la que yo acarreé leña, fue en la Era de Lechuga, podría tener ocho o nueve años. Fue reducida de leña y de gente, pues sólo estábamos cuatro personas para recoger leña y, pocos más, cuando la encendimos, sin embargo, la recuerdo con cierta nostalgia. En realidad era la lumbre de la calle La Cruz y la Carretera. Recuerdo que yo era el más chico, también estaban Miguel el toli, Nacho, que por entonces vivía, o había dejado hacía poco, en la “Casa de don Paco”, y un tercer chiquillo que lo tengo menos fijado en la memoria, pero creo recordar que era Pedro Vicente, el hijo de Vicente. Aquella candelaria fue la más madrugadora de las que participé, todos éramos muy pequeños y no podíamos llegar tarde a nuestras casas.

Cuando me fui a Santa María coincidió con el año que Purita vendió parte de las cuadras y el corral a Viola para que construyera poco después la Discoteca Jamaica. Ya en bando contrario, nos llevamos todos los haces de ramón seco que había en las cuadras, cuyo hojín había alimentado algunos años atrás a un buen hato de cabras. En esta candelaria había gente de Santa María, pero también de la Plaza y de la Cestería, mi calle actual. Pese a que nos quedábamos hasta tarde, una noche, estando ocultos bajo parte de la leña, mis vecinos del Corralón consiguieron prender la leña seca de ramón y, la mayor candelaria de “la historia” gracias a la donación de Purita, quedó en cenizas en vísperas de los primeros días de febrero, ¡casi ardimos dentro! Finalmente, perdonada mi traición, volví con mi gente del Corralón.

Ocurrió ese mismo año, domingo tarde dos días antes de la candelaria, jugando a “hacer el indio”, nunca mejor dicho, alrededor de la leña ya dispuesta en su sitio de quema (pocos días antes de prenderla subíamos todo el monte desde el hueco del Cotanillo a lo alto del Corralón). Fui a pisar en unas tablas que estaban a un lado del montón con tan mala fortuna que una punta me atravesó el pie de abajo a arriba, en décimas de segundo todo el zapato era un cazo de sangre. Mi padre no estaba y tuvo que ser mi tío Jeromo quién me llevará a Guarromán, donde el practicante, que lo fines de semana era compartido por los dos pueblos, realizó las curas pertinentes. ¡Recibí mi primera inyección del tétano! Se acabo la candelaria por ese año.

Durante unos meses cambiábamos nuestro escenario de juegos desde el “Corral de Juan Manuel”, “el de las vacas“, casi nuestra casa, por el hueco del Cotanillo, donde íbamos acumulando leña y más leña. Saltábamos sobre ella desde el filo del Corralón, por lo que se compactaba y compactaba de tal manera, que luego no había quien pudiera separar los haces. Casi todo nuestro acopio de madera lo hacíamos de las cabras de Daniel, que las tenía donde ahora vive su hija Carmencita. A las cinco y cinco, ¡no nos daba casi tiempo a salir de la escuela!, cuando ya estábamos esperando a Daniel en la calle Trinidad a que llegar con la carga de ramón del día. Le ayudábamos a sustituir los haces y a cambio nos daba los montones de ramón ya sin hojas. Poca más leña recogíamos, nos acostumbramos pronto a lo bueno, demasiado vagos.

Tan sólo nos quemaron la candelaria una vez, creímos que la gente de la “calle las Chozas” o los del barrio de mi abuela Manuela, los del Mazacote; pero nada supimos. Mira que lo intuimos, de hecho aquella tarde hicimos la robona en la escuela para quemar nosotros la del Santo Cristo y vigilar la nuestra. Pero, cambiamos de opinión y acabamos aquella tarde en casa de caracol, en la carretera. A la vuelta nos encontramos un espectáculo penoso: todo ardiendo sin solución pese a que Rosario, la de Doro, intentó la mujer darnos cubos de agua por su azotea. De nada sirvió, hasta la mañana siguiente se fue elevando un sinuoso hilo de humo sobre el Corralón.

Sin embargo, nosotros si quemamos varias, que recuerde, al menos tres. Una de ellas, por insólita, me quedó bien en la memoria. En una de nuestras primeras andadas por la “casa de Joaquinito”, hallamos una especie de tubos de cristal. Después supe que eran probetas para hacer los análisis de rendimiento de la aceituna. Nos pertrechamos bien con los tubos, que previamente habíamos llenado con gasolina de la moto del padre de Juanatos, el Quijás, además cada uno portaba un arco de adelfa con flechas de gamonito y la punta de un “platico” doblado. Ni cortos ni perezosos, desde lejos, en un alarde aventurero, disparamos las flechas a la candelaria de la Calle de la Cruz, estaba situado frente a la casa de mi buen amigo Juan Ramón. Poco después, ya de noche, como que uno pasaba por allí, Juanatos prendió la leña (más porque estaba muy seca que por la gasolina) y la candelaria se fue en un suspiro.

En las otras dos ocasiones, fui yo el encargado de quemar las candelarias. Tenía una ventaja y es que, mientras todos dormían, yo subía a “poner el pan” al despacho que mi padre tenía en la casa de mi tía Rafaela. Los sábados, día de pan doble, el primer viaje se daba en torno a las dos y media de la madrugada. Mi primo José María me subía en el coche, dejaba los cajones y, mientras yo colocaba el pan, él le daba una vuelta a sus pájaros, …, sus cosas. En esas, en dos años distintos, queme dos candelarias que nos la habían jugado, robaron parte de nuestra leña.

Aún con la lumbre fuerte, empezaban los bailes de corro en torno a la lumbre, la “echá” de cántaros y otros útiles cerámicos viejos y con alguna rotura, a quien se le rompía tendría un mal año. Cuando ya la candela comenzaba a estabilizarse, los mayores sacaban unas pocas viandas de la última matanza que iban preparando en las ardientes ascuas. Como compaña, un buen vino en bota que veíamos pasar sin catarlo.

Cuando la leña empezaba a amortiguar su calor, los más jóvenes iniciaban el baile de la “Flor del romero” que iba uniendo, en los últimos sones de la noche, a la gente de todos los barrios del pueblo.

La verdad es que en toda esta fiesta final apenas participábamos, éramos meros espectadores. Nuestra diversión no era cuando la candelaria ardía, sino los casi tres meses de preparación que iban desde acabados los Santos hasta la tarde del día 2 de febrero. Éramos felices con sólo “andar el camino”.

Al día siguiente, San Blas, las panaderías se llenaban, y aún se llenan, de pequeñas roscas de pan que son llevadas a bendecir a la iglesia. Después se reservan en la alacena para pellizcarlas sólo cuando notamos bronca la garganta. Para mi era una noche muy especial como hijo de panadero. Lo contaré en otra entrada.

El árbol se defiende

La naturaleza es...

...increible.
Orce, 31 de enero de 2010.
Fotografía de José Fernando Cantarero Rodríguez