Fotografía del trance que nos ha sido enviada por la gente de "ecologistas en acción" del Valle de Alcudia que recientemente han realizado el geosendero de la Pizarrilla.
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viernes, 4 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
La Transandalus a su paso por Baños de la Encina (Jaén); el Camino de Majavieja
Cuando en un pequeño anchuroncillo tenemos la portera de Navarredonda a nuestra diestra, la ruta nos obliga a girar noventa grados a la izquierda buscando el cortijo del Salcedo. En ese momento debemos echar la vista atrás para otear las últimas estribaciones de una ondulada serranía salpicada de amplias manchas de encinar, restos de históricas minas y majadas taurinas, pues momentáneamente, hasta la próxima etapa, olvidamos la sierra para adentrarnos en las entrañas de la campiña jaenera, una tierra llana que alarga hasta el infinito el horizonte, eternamente pasajera, pletórica de olivar. En esta situación y antes del giro mencionado, si nos apeteciera prolongar nuestra marcha por cauces serranos, podríamos seguir al frente, cogiendo en dirección inversa el hilo del GR-48 Sierra Morena que viene a saludarnos. Durante unos seis kilómetros y sobre la traza del cordel de Guarromán cabalgaríamos sobre la falla de Baños, entre pinares y encinas, hasta toparnos con la mancha, entre parda y blanca y rematada por un molino al uso manchego, de un pueblo de Sierra Morena: Baños de la Encina.
Pero rodamos definitivamente sobre el trazado de la Transandalus que, a poco, antes de penetrar entre ordenadas hiladas de olivos, nos lleva a darnos de bruces con la señorial casería del Salcedo, hoy una vieja casona que administra de manera productiva el fruto de Atenea, pero que antaño lo compaginaba con el néctar de Baco. Se trata de un amplio cortijo de claros tintes pétreos que aunque rezuma de las nuevas tendencias clasicistas de finales del siglo XVIII y los primeros devaneos del XIX, hunde sus raíces en aquellos años del XVII cuando cuatro caserías bañuscas (Manrique, del Conde, Mendozas y la propia del Salcedo) comandan la mudanza masiva de unas tierras de calma (cereal y legumbres) en anchuroso olivar. En el cortijo giramos a la derecha, sobre un camino de tierra que, ahora ya sí, penetra entre un mar verde plata hilvanado de olivos.
Avanzamos por el camino de Majavieja, a poco también del santuario de Nuestra Señora de la Encina. Por la derecha quedan atrás las ruinas del cortijo del Rubial o Casa del Miedo, cuando por nuestra siniestra, como una de esas imágines que asoman momentáneamente en nuestra retina, entre las hiladas verde plata, por momentos, hace como que quiere llamar la atención una enorme masa pétrea, con seguridad el eterno santuario de Nuestra Señora de la Encina. Sus cimientos albergan un viejo torreón que controlara los polvorientos caminos de la baja Edad Media de estas tierras, lugar de cruentas batallas en el albor de la Edad Moderna, que no tuvo reparo en mudar a una pequeña ermita que, con los años, el parabién de Nuestra Señora y el trabajo de los bañuscos creció hasta tomar las formas que hoy engalana (1621). Al amparo de una centenaria encina, de la que aún hoy podemos apreciar el arranque de su magnífico tronco y un vástago orgullo, este santuario recibe en romería, el segundo domingo de mayo, a los bañuscos que vitorean a su chiquitilla de los olivares.
Aún con el recuerdo de tan magno edificio, casi tropezamos con la pequeña, pero recia mole de la ermita del Cristo del Camino; torreón que fuera compañero de batallas de su parejo de la Encina, e igual que él mudado de la milicia a la vida calma y a la contemplación divina. Cuenta la tradición y sigue siendo costumbre que, en tiempo de cosecha, los bañuscos que por allí arribaran debían echar un puñado de aceitunas por la ventana de la ermita, de tal manera que con este fruto se obtuviera suficiente aceite para iluminar al Cristo del Camino durante el año, cuya humilde y querida romería, a modo de víspera, se adelanta una semana a la de su vecina y Madre. En este punto podemos acercarnos, de ida y vuelta, al santuario de la Encina donde, junto a la ermita (la antecede por nuestra derecha), podremos apreciar las ruinas de una vieja villa romana que nos habla de la situación principal de este enclave.
Sobre la traza del polvoriento camino, a tramos salpicado de viejos empedrados que denotan un origen más noble como viario entre las Castillas y Andalucía, avanzamos rápido entre padrones rasurados por el avance del olivar, aunque en contadas ocasiones, entre los muros de piedra que aguantan la sacudida de la modernidad de los arados, asoma algún majuelo o una zarza que resiste el envite. Como de la nada, tras una curva algo cerrada, por nuestra diestra nos recibe la vieja casona de los Manrique, otrora casería aceitera y hogaño finca taurina; antaño recia construcción castellana hoy vestida de flecos que tiran para la baja Andalucía. Donde hubiera un milenario lentisco señorea ahora una bella “plaza de tientas” que deja clara constancia de la mudanza de los usos, ¡cosas de la vida que hoy luzca como apelativo el de Finca el Lentisco!
De nuevo y a nuestra derecha, rompiendo la cotidianidad del camino, nos viene a saludar una blanca y agachada estructura que, en un amago de acompañarnos en nuestra ruta, parece querer estirar su perfil hasta la próxima curva que oculta la traza caminera. Se trata de un pequeño pilar o abrevadero, el de la Virgen, al modo de los de ganado, que recoge las aguas de un viejo venero que aprovecha la falla, el encuentro entre la roca serrana y las tierras del valle, para dejar que mane, unas hiladas más arriba del pilar, en pleno olivar, un agua de pizarra limpia y de una calidad extrema. Según avanzamos, el pilar asume la despedida como apretándose contra el firme mientras que, al frente, comienza a elevarse el desafiante perfil de la villa de Baños.
En breve nos topamos con un cruce viario que antaño diera cobijo a la desamortizada ermita de San Marcos y que hoy oculta la polvorienta historia de este camino de carros y verea de carne bajo un asfalto que simplifica lo cotidiano. Al frente, la carretera nos arrastra de manera irremisible a nuestro destino; a la siniestra, pareja al carril que va en busca de la vecina Linares, asoma un almazara de aceite, la de Jesús del Camino, y, casi a su vera, se eleva desolada una torre que fuera para fabricar perdigones de plomo. Por la diestra, a poco que avanzamos hacia el pueblo, nos abre paso una pequeña área de descanso, la del Pozo Nuevo. Se trata de una vieja industria hídrica, casi de tintes monumentales, que sestea sus recias piedras entre una plácida alameda.
Como avanzando hacia nosotros, se atisba ya cercano el castillo de Baños o ¿quizá sea el Hish Banya?, queda para otra etapa.
El Salcedo
Baños de la Encina, desde la Sierra
Santuario de la Virgen de la Encina entre los olivares
Ermita de Jesús del Camino
Santuario de la Virgen de la Encina
Pozo Nuevo
Castillo y San Mateo con el Cerco de los Corvera en primer plano
Fotografías: Antonio Antolín y un servidor.
lunes, 31 de enero de 2011
y 9.
Y ya están colocadas las nueve mesas panorámicas del geosendero de la Pizarrilla; y recién estrenadas por un grupo de aproximádamente 50 personas del suroeste de la provincia de Ciudad Real, del Valle de Alcudia, que, tras una primera y reducida incursión, ha vuelto y promete seguir viniendo y difundiendo la iniciativa. Ya sólo nos queda el folleto promocional que, si las cosas vienen bien, vendrá acompañado de una guía didáctica; el tiempo dirá.
miércoles, 26 de enero de 2011
Colocadas las primeras mesas de interpretación del Geosendero (Baños de la Encina)
Las cinco primeras, cuatro a lo largo del Camino de la Cueva de la Mona y uno en la Huerta Zambrana; el viernes las cuatro restantes (para dos, ya me faltaba luz).
El Geosendero en el I Congreso "El Patrimonio Cultural y Natural como motor de desarrollo"
Póster y resumen en el Libro de Comunicaciones; ¡ah! y gracias a Ani y a Susana por las fotografías, una pena no poder poner el nombre de las autoras en el póster, que sí irán en el folleto desplegable en curso.
lunes, 24 de enero de 2011
Verea de las aguas a Peñalosa 2
La calzada pétrea, preñada en oscuro pretérito, que igual mece sus ancestros entre romanos como en medievos, discurre escoltada entre nuevas eras de pan trillar y un bardal de pizarra que nos aleja de manera decidida de la vera del castillo. Las piedras, en un atrevido giro a la derecha, caen sumisas bajo el asfalto de la modernidad dando paso a un ancho escenario mecido entre casicas y muros, norias y albercas, toda una sucesión de herrumbrosas huertas que han sucumbido ante la arrolladora trama de olivos hilvanados en perfecta formación. Espontáneamente nos sale al paso algún quejumbroso y caduco granado que testimonia lo que en tiempos sus tierras fueran. El camino se encorseta hasta achucharnos a la boca de un estrecho y coqueto puente que oculta sus piedras entre la maleza, el olvido y un asfalto polvoriento.
A poco, el camino deja el alquitrán y nos asoma a una explanada desolada que mantiene intactos retazos de su trágica historia; al frente, antes de dar paso a la loma que se aleja entre olivares, el llano cierra entre eucaliptos colosales que en las noches de viento se aprietan entre crujidos fantasmales. El conjunto vegetal es digno del apelativo de “monumento natural”.
La llanura que nos enfrenta es la mudanza de una vieja laguna que ha ido perdiendo sus atributos bajo las tierras que la zanja del llano, la que orienta todas las aguas de la vasta llanura de la Campiñuela hacía la cuenca del Rumblar, ha ido depositando en su cubeta. La riqueza hídrica de estos suelos, no en vano el nombre del paraje susurra aguas “Los Charcones”, dio posada a pastores trashumantes, como así atestiguan los pozos y piletas de descansadero de ganados que pugnan por asomar a la existencia entre lodos secos; y cobijo a hortelanos que, en retroceso las mesnadas merinas, avanzan fuera de los pétreos muros que cercan sus verdes dominios. Entre los anchos eucaliptos, nuestra verea da un giro brusco a la derecha, abandonando huertas de cangilones varados, para seguir la cadencia de las aguas del arroyo en busca del Rumblar.
Por nuestra derecha, la huerta, pese a que el olivar se ha ido adueñando del terruño, se cuela como una cuña dando escolta al susurro del agua; por la siniestra, zarzales y pitas cobijan el camino de los posibles avances del árbol de Atenea, otrora imparable y hogaño adormilado entre las mecidas aguas de la economía pese a que el jugo de estos árboles alcanza hoy cotas de calidad supremas. Cuando el camino viene a llanear, se ensancha apenas el valle como preludio del estrechamiento que ira apremiando hasta que el arroyo de Valdeloshuertos abrace a las aguas del viejo Herrumblar. Enfrente, viene a cerrarnos el paso una desconchada alberca que, roto el cordón umbilical que la unía por la derecha a una noria que señorea sus ruinas, oculta su seco fondo, ausente de ovas y verdines, con despojos de la modernidad mientras los inclinados lavaderos de su pared sur chillan la sequedad de la vida. A la izquierda y por encima, sobre una desvencijada casuca de pizarra que parece ser mera prolongación de la propia roca del suelo, apenas se asoma la raja minera que oteamos desde el Camino Ancho; a su izquierda, a apenas unos pasos, un enorme hoyo sobre el suelo evidencia el próximo origen de la piedra que da apenas aliento al casuchín de huerta.
Junto a la casa, por la margen izquierda del arroyo, y después de la cola, arranca la verea de las aguas que ya de manera inequívoca nos lleva a Peñalosa una vez se supera el extremo siniestro de un puente, cruzado a todo lo ancho del valle, y que acerca las aguas potables del Rumblar desde los depósitos de tratamiento del Gólgota hasta el pueblo. Apenas se deja atrás el puente y en su extremo opuesto, desde la distancia casi podremos apreciar una estrecha y oculta raja en el suelo. Si nos acercamos momentáneamente, a poco las ranas con su salto nos darán aviso de la presencia de agua en su interior. Se trata de una noria a ras de suelo, ¡precaución!, que tras un mínimo canal dirige sus aguas a una pequeña alberca labrada en la tierra y revestida con mortero de cal. Sin más incidencias, regresamos al camino.
Ahora, ya con el horizonte del barranco al frente y la sombra del castillo a nuestra espalda, nos colamos en Sierra Morena.
jueves, 20 de enero de 2011
Verea de las aguas a Peñalosa 1
El tramo inicial de este itinerario coincide con su homónimo del Geosendero de la Pizarrilla. Por tanto, arrancamos desde la “Casa del Pueblo”, en la terraza que se eleva sobre la salida del municipio por la carretera de Bailén.
Encorsetados por la nueva verea del Camino Ancho, tiralínea labrado sobre la dura pizarra, avanzamos sobre un suave descenso donde tenemos por compaña, a nuestra izquierda, la vertiente norte del castillo, a tramos y tiempo salpicada de matas verdeblanquecinas de habas entre cepellones de retorcidas olivas. A poco que nos aventuramos, se asoma por la diestra la raja del barranco de Valdeloshuertos, vieja sucesión de estrechos huertos que avanzaban en procesión hasta asomarse al curso del río Rumblar; hoy adormecen bajo la cola de agua del mismo nombre. A medio cerro, en la vertiente derecha, como trazado a cartabón, a modo de arañazo sobre la ladera, nos aparece el camino de la Fuente Cayetana, a cuya vera, acaso descolgada de él, apreciamos la Cueva del Grajo, una minúscula mota horadada sobre la roca, antaño refugio de cabreros en días de tiempo revuelto.
Por la izquierda del barranco y enfrente nuestra, en suave sucesión y a modo de anchos escalones, se van elevando esquilmados quiñones de tierra calma apresados por el lento avance de la encina y una jara que va colonizando apresuradamente; a modo de inexpugnables bastiones, huertos como el de rojo, salpicados de extravagantes granados y tenebrosas zarzas, luchan por una improbable pervivencia. Arriba, coronando el llamado cerro del Gólgota y mirando ya casi de reojo al valle, las ruinas de una pequeña casa se asoman ofreciendo la cara al coloso del castillo. Casi sin darnos cuenta, a nuestra “siniestra” se no abre el negro orificio de la Cueva de la Mona, una cata minera que penetra en las entrañas del cerro del Cueto y que mece sus orígenes en leyendas de bellas mujeres y tesoros ocultos.
A poco que dejamos la cueva y con ésta a nuestra espaldas, frente a nosotros, a pie de monte, simula huir en el horizonte una ancha franja que raja el desencuentro entre el valle y la sierra. Se trata de una rafa o mina a cielo abierto, la del Polígono-Contraminas, que hunde sus orígenes en la lejana Edad del Cobre (hace 5000 años).
Cuando ya el descenso se torna decidido y el valle se abre sin solución, la pizarra viene a alternar con una roca amarillenta, casi arenosa, que se formó hace unos 7 millones de años en lo que por entonces era un fondo marino. Sobre ella y a nuestra izquierda, en los últimos retazos de pizarra negra y al cobijo de crecidas palas de chumbos, asoman los destartalados maderos de unas colmenas olvidadas por el pasado de una apicultura histórica casi decadente por estas sierras. Ahora, como antaño, los últimos colmeneros siguen estrujando, aunque en cantidades menores, el néctar de una tierra áspera y agreste que se ofrece en la belleza de su flora.
Abajo, por nuestra derecha y sorteando la carretera, se lanza en frenética caída un viario de traza empedrada. Por el contrario, a la izquierda, queda adormecida la era de Casas, un llano pétreo robado a la roca amarilla, una tosca que en días, machacada, igual porfiaba con dar brillo a la vieja vajilla que, mezclada con agua, daba lustro a redores y paredes de cocina.
Fotografías: Dpto. de Prehistoria y Arqueología Universidad de Granada (Proyecto Peñalosa), Dpto. de Geología Universidad de Jaén (proyecto Geosendero de la Pizarrilla y archivo propio.
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