viernes, 5 de enero de 2024

'Campo de fútbol' de Valdeloshuertos

Con toda probabilidad, mis correrías por Valdeloshuertos comenzaron pronto, pero no guardo en la retentiva ninguna mella anterior a la que ahora me trae.

Encajado en la cabeza del barranco, en términos de proporciones, el campo de fútbol era más bien cortito, pero, por la lozanía de su herbazal, nada tenía que envidiar a las mejores canchas provinciales —entiéndase a niveles corral de cabras al uso—, más aún si consideramos que hasta entonces nuestras cabalgadas se limitaban al empedrado de las eras de Casa y Vidalón o al polvoriento terreno de juego de la ‘vuelta la pera’. De hecho, había quién se veía sacando el córner en una de las esquinas del Bernabéu o lanzando un penalti en el Camp Nou frente al mismísimo Sadurní. Uno callaba y calentaba, esperando saltar del banquillo del Manzanares. Cauce arriba, cerraba contra un giro del arroyo de los Huertos y la alberca de Patrocinio, mientras que, por donde huían las aguas, moría contra el puente de la traída de aguas de Gorgogil; al otro lado, pasada la conducción, emergían la noria y alberca del Morito. Por la margen fluvial derecha, bajo el castillo, rompía contra el camino de Valdeloshuertos y la vereda de las Aguas. Por frente, se deshacía en las aguas del arroyo y su murete de encauzamiento.

Hoy, todo aquello, es un erial de cardos y estiércol, un chortal de agua sucia.

Hisn Banya desde Valdeloshuertos
Noria del Morito

Afamada cancha de Valdeloshuertos


miércoles, 3 de enero de 2024

Muerte

Las casuchas eran de piedra encalada y un blanco que rayaba la pulcritud, algo achaparradas y de sencilla simetría en sus fachadas. Encastradas las unas con las otras, la cubierta cerraba con vigas de encina y carcoma, monte, barro y teja moruna. Emulando a las corralas, y por fuerza de la costumbre, familias de todo pelaje compartían cuartos y portales, colchones de lana y chinches, penurias y una solidaridad que sólo conocen aquellos que nada tienen que perder. Y es que apenas se consigue media cuerda de tierra, se la ciñe con alambre de espino. Estaban situadas a uno y otro lado del viejo carril de Mestanza, un viario mal enlosado con cascajos de piedra que rompía contra la Cruz de las Azucenas. Más allá del viejo rollo de jurisdicción merina, antesala y pórtico de la ermita, arrancaba un llano polvoriento y ‘colorao’, el del Santo Cristo, una tierra que fue del común, y en justicia de nadie, que venía a deshacer el concierto de la doble hilera de casuchines. Comenzaba allí un desorden no concebido con voluntad propia ni cartabón. De entre las canteras de asperón, centenarias y atestadas de boñigas, sin apenas desdibujar el ocaso se levantaban unos negros bardales cimentados sobre la nada. Junto a los cortados, entre quiñones de tierra calma y cabrerizas para el ganado, se cosechaba miseria. Alguna cuadra, cuando no paridera decadente, numerosos estercoleros y unos cuantos chamizos desperdigados apenas daban para vestir lo menguado del llano. A modo de epílogo, una docena de eras pergeñadas con ripios eran preámbulo del calcinado horizonte serrano.

Y en medio de aquella tormenta urbana, —según palabras de la Recortá—, se alzaba el monumental féretro de Jesús del Llano, la ermita.

En noches de borrasca como aquella, Juana, que llamaban la Recortá por su escasa estatura y bulto, hacía honor a su apodo intentando dormir encogida, como si fuera muy poca cosa, en un chamizo del atrio trasero de la iglesia. Medio en vela, aseguraba que en aquellas madrugadas dormía con los pies en alto no fuera a fulminarla un rayo. Todo aquel que sabía de ella, la recordaba desde siempre como santera y mujer responsable de sus tareas, nacida en el tajo e hija, nieta y bisnieta de santeras. Pero en noches de trajín eléctrico, pese a todo su afán y querencia por lo que custodiaba, todo le traía al pairo…, incluido su buen consorte que nunca llegaba con hora. Y era Horacico cojo y marido de la susodicha, hombre de huerta que tenía por oficio la verdura y la botella por devoción. En la tarde de marras, el tipo, que debido a su poca salud temía mojarse, echaba cerrojo a todas y cada una de las tabernas del pueblo. Evitando calarse por fuera, acababa empapándose por dentro.

Y aunque la señora parecía bien avenida con toda clase de duelos, la poca querencia que tenía por las tripas del santuario le venían de chica, le olían a muerte. Para la mayoría de los parroquianos, la iconografía de la iglesia, con su repertorio de imágenes, lienzos y pinturas, era un aparejo para instruir a los iletrados, un manual perfectamente ilustrado con la vida de María, mujer y madre, que, con su ejemplo, te llevaba por buen camino para alcanzar la gloria, magníficamente representada en el camarín. Pero Ca, —decía la Recortá—, aquello era un bulo. La susodicha renegaba afirmando que el mamotreto de piedra era como un enorme mausoleo al uso de la Capilla del Salvador, en Úbeda, o de las mismísimas pirámides de Egipto. Y este, como aquellos, se levantó como honras y para mayor gloria de los promotores de la ermita, pues no era una casualidad que sus restos descansasen en lugar principal, bajo el presbiterio y en la antesala del camarín del Cristo.

—Según argumentaba la desdichada—, nada más entrar en la iglesia ya se recibe el hedor de la parca. Estampados en la cal del sotocoro, desdibujados por la temblorosa llama de los velones, pueden verse los lúgubres frescos que representan al infierno y a la mismísima condená, que no es otra cosa que un esperpento del demonio. Te reciben con un latinajo bíblico propio del castellano más castizo, “recuerda hombre que polvo eres y en polvo te convertirás”, y te dan turno con la señora de la guadaña. Unos pasos por delante, en la solería de la nave y bajo la barbuda y alada estampa de cronos, se derrama un damero de escaques blancos y negros, el ajedrezado donde se dirime la apuesta de vida y muerte que uno ha puesto sobre el tapete de juego. Irremediablemente, el asunto siempre concluye con jaque mate. Juana pierde.

 

Demonios del infierno
La condená

martes, 26 de diciembre de 2023

La rueda de Navidad

De cuando chico, los encuentros con las fiestas de renombre, cada una con lo suyo, no se encuentran entre el repertorio de mis mejores recuerdos. Es posible que no ocupen ni tan siquiera un hueco en lo más profundo de mi memoria. Cuando no era por asuntos familiares, la cosa venía por las obligaciones de la edad. En la mayoría de las ocasiones pasaron de refilón y sólo sabía de aquellas onomásticas porque no había colegio.

Pese a estos argumentos, al poco de tener los primeros roces con las obligaciones de mi progenitor, comenzó a llamarme la atención el mucho trajín de esos días y el gran revuelo que se producía en el horno. Aquellas celebraciones traían en el capazo una bulla de mujeres y niños que superaban con colmo la desazón cotidiana. Cuando apenas enfilaba el alba, de la cada vez más difusa oscuridad emergía una vibrante procesión de lebrillos y garrafas de aceite amarrados en precario equilibrio a las curvas de unas señoras que primero me eran anónimas, pero que con el tiempo se fueron abriendo un hueco entrañable en una memoria que día con día se iba tejiendo en lo más profundo de la penumbra.

En mis comienzos, casi ningunas eran mis obligaciones más allá de curiosear en lo novedoso, estorbar o distraer a todo Cristo. Con aquella espesura de señoras, llegaba una turba chiquillos, estropicios y regañinas con algún coscorrón. Pero también, según mediaba la mañana y la tormenta mudaba en calma chicha, encontraba un hueco para reconocer la magia que encerraba la alquimia de mi padre.

Mis primeras navidades llegaron muy tarde, o al menos así lo recuerdo si no damos por válido algún chispazo de la desmemoria donde me veo jugando a pistoleros con los camellos del belén. Los hilos que los tejen me hablan de unas pocas tardes molestando a pie de una mesa de pino, ancha y alta, tanto que superaba la medida de mis deseos. Para aquellos momentos, el horno ya estaba frío y el ambiente era bastante gélido. La luz era tenue y la sala dormía el más plácido silencio. Y allí veía a mi padre dándole puñetazos a una mole deforme, una masa terrosa que, contra toda voluntad, parecía desmoronarse estrepitosamente como muchos de mis deseos. Aunque intento auparme por encima del armazón y mover con cierta gracia el plastón, aquello se me venía encima una y otra vez.

La sonrisa de mi padre me desaconseja un nuevo intento.

Desistiendo de lo imposible, me sitúo en la esquina contraria, junto a un cuezo viejo, tanto como la memoria panadera de mis ancestros, y una torre de latas rectangulares y ennegrecidas a fuerza de cocerse la azúcar. Me alzó sobre una pequeña y desvaída canasta ocre, que me permite elevar las manos sobre la mesa y observar con más detalle el trajín de mi padre.

Con detenimiento, aprecio como de entre sus manos, y con una maestría inquietante, la masa amorfa va cogiendo diferentes apariencias. En primera instancia se asemeja a un volcán grumoso, pero en segundos se transformar en una enorme torta circular de poco más de unos milímetros de gruesa. Es entonces que apego lateralmente la cabeza al horizontal de la mesa e intentó precisar el grosor exacto de cada torta. Y así una y otra vez, y juro que no llegué a concluir como todas podían ser tan parejas.

Cogiendo harina de un balanzón, la lanza con cierta suavidad y estilo propio, como cuando uno ‘tiraba el trompo a cepazo’, sobre la cara superior de la torta. Después la distribuye con la palma de la mano por toda su circunferencia hasta conseguir que la superficie, otrora terrosa, tenga un tacto suave y cálido, navideño diría yo. Sustrae del cajón inferior de la mesa varias figuras geométricas y de hojalata, entre ellas una estrella de cuatro puntas que un viejo amigo, bromista y chistoso, Eufrasio el Pelotas, le había moldeado con los restos de una lata de tomate. Y comenzaba entonces un baile de manos trepidante. En unos instantes hacía desaparecer la torta y dibujaba sobre la mesa una inmensidad estrellada, mientras tanto, yo pugnaba sin éxito por cosechar cada uno de los mantecados mixtos y alinearlos sobre mi cachito de cielo de negra hojalata. Aunque mi afán era desmedido, raramente conseguía poner orden y no arreglaba un asunto cuando ya tenía encima una nueva mole de masa terrosa que venía a ocupar el lugar de la anterior.

Y ya sin el consejo de mi padre, con cada solsticio la rueda vuelve a girar.

 





lunes, 30 de octubre de 2023

Cestería

A media calle Cestería, un rincón que todavía agosta acunado por unas maneras de hacer que no entienden de prisas y agobios, nos remira un gato de pelo brillante que se relame con parsimonia y cierta desconfianza. A uno y otro lado de la calle, junto a la puerta de las viviendas, apreciamos algunos mojinetes de piedra, a modo de sencillos poyos cilíndricos elaborados con la excelente arenisca color salmón de las canteras locales. Las fibras de esparto, una vez cocidas bajo las aguas del río Rumblar* o soterradas en estiércol, eran majadas o machacadas sobre esta dura superficie mediante mazos de madera. Posteriormente, una vez domeñados los manojos de esparto, se utilizaban para trenzar pleitas y tomizas con las que fabricar serones, capazos, barjas, maromas…, y hasta canastas y cestas. Estos ingenios pétreos siguen salpicando la calzada y justifican el apelativo de la calle, que en origen no era otro que Cestería pese a que nos empeñemos en adornarla con el sobrenombre de Conquista. Como ocurre con Patricio, del que llegados hasta aquí no deben sorprendernos dislates, y sopesando que la poca población de la aldea bajomedieval no daría para la existencia de un gremio consolidado y jurídicamente constituido, hay quienes sugieren que la designación podría derivar de la presencia, más o menos estable y coyuntural, de un número incierto de asalariados que, en este enclave y cobijados en chozas o en las cuevas mencionadas más arriba, elaborarían el conjunto de la ‘industria’ vegetal necesaria y utilizada al por mayor para la colosal construcción de San Mateo (maromas, serones, esportones y esportillas, aguaderas, alpargatas, etc.). Otra opción posible es que fuera morada de gentes en continua mudanza, que eventualmente y de manera periódica se instalarían en el lugar. Este sería el caso de los gitanos canasteros —cesteros—, pues no en vano este oficio era una de sus principales dedicaciones laborales y por entonces, en las postrimerías del siglo XV y comienzos delas XVI, estas gentes ya llevaban algunas décadas viviendo en el Reino de Jaén. De este hecho ha quedado constancia en los ‘Hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo’ (1462).

* ‘Teniendo la Experienzia de que en los años faltos, y escasos de Aguas los pozos y fuentes de Agua dulze que sirven para el Abasto comun de esta Villa án escaezido de forma que ha sido preziso ocurrir por agua al Rio herrumbrar, y aunque no haya esta nezesidad muchas Personas la traen por ser espezial para conservazion de salud por su bondad, ordenamos que desde el dia fin de Mayo asta el Ultimo de octubre no se labe ropa, cure Lienza, ni se éche a Cozer Cañamo, Lino ni otra semilla alguna en dicho Rio desde el Molino de pan moler que llaman Zeron arriba pena de treszientos maravedíes á el que contravenga á esta disposizion áplicados por terzeras partes, Juez, Denunziador, y Caudal de propios de esta Villa’.

Ordenanzas Municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina’, ordenanza 29








viernes, 27 de octubre de 2023

De Santos

Corrían tardes como las de hoy, de las que barren el verano y barruntan un merecido otoño, y aun así bufábamos sin disimulo y con el mayor desenfreno.

Las obligaciones militares habían reducido la compañía en los últimos Santos y año con otro la peña mermaba o crecía, cuando no era que mudaban los integrantes. Quizá, por todo aquello, los que agostamos en caladero fijo nunca faltábamos a nuestras ‘obligaciones’ con una fiesta tan señalada.

Por medio, nos desnudamos de lo que pensamos erróneamente que eran lastres de la tradición y nos quedamos en nada, tan sólo con la facha.

Hubo ocasiones en las que se sumaron amigos y compañeros de estudios, que diríamos ultramontanos, aunque en realidad procedían de a tiro de piedra. Como fue el caso de Sergio e Hilario, que no tuvieron otra que comenzar la ‘santería’, de antemano y por su cuenta, faenándose una botella de anís en la mismísima puerta del Santuario, a la buena vista y severo juicio de mi tía Rafaela. ¡Qué desatinos! En otra situación, y no buen criterio, no tuvimos otra ocurrencia que ahogar al ‘cuatro latas’ de mi padre en Navarredonda, viéndonos obligados a venir a pie y toda prisa desde la Atalaya. Como por entonces el coche era una herramienta de trabajo, armamos tal trajín que aún martillea en mi memoria.

Y en materia de abasto, cómo no recordar cuando nos avituallamos de mucho pan, algo de aceite y poca chicha. Tan sólo llevamos dos pollos para asar sin más aliño que nuestra mucha inexperiencia. Pan casi no faltó, pero en lo que respecta a las gallináceas, la primera la engulló la lumbre. Nada extraño, si consideramos que la parrilla que armamos era el espaldar de una vieja silla de madera. Y qué contar del segundo que, siguiendo las enseñanzas del precedente, nos lo hurtó un perro pulgoso, que no envidiaba calamidad alguna al mismísimo podenco de don Alonso Quijano, y se lo tragó sin el mayor pudor.

En otro caso, con borrasca por medio, un enorme barrizal y de perdidos al río, medio chasis de la moto de Félix acabó en los asientos traseros de mi Simca…, y allí hubiera quedado por toda la eternidad de no haber enviado a aquel blindado al desguace.

Pero un año en las que las vacantes fueron numerosas, por no faltar a las buenas costumbres y porque mi primo Dioni y yo nos aferrábamos a un hierro ardiendo en estas cosas de montar un sarao, armamos la de Cristo a partes iguales con Atila, como nómadas errantes y sin rumbo. De peña en peña, nos dio por dejarnos caer por esas sierras de dios en su ‘cuatro latas’, que era más fiable que el mencionado más arriba. De compañía, una buena ristra de chorizos, mucho pan de mi padre, sendos litronas de la tiendecilla de Manuela y una impenitente cinta de ‘Egin’, un préstamo del Torreño que nos legó un verdadero desconcierto musical.

No fueron unos Santos de ir a preparar el chozo, echarnos la manta a la cabeza y no montar nada, como otros que les precedieron cuando la ‘partía’ andaba completa, con Juan y los Merguis, o en otras ocasiones en las se sumaron Juan Carlos ‘el Pelao’ y Félix, o como cuando nos acompañó el Toni de Santanita. Estos fueron de echar un rato a pie de la lumbre sin organizar ningún dislate fuera de lugar, pero donde no faltaron las muchas voces. Ahora, eso sí ¡los chorizos sudaron como nunca y dieron para mucho concilio!

Fueron unos Santos de un par de fines de semana, de mucha bulla y ningún tropiezo. En cierta manera fueron raros, como ningunos otros, ¡únicos! De los que con seguridad ya nunca repetiremos.

Ahora sí, el otoño llegó en serio.