viernes, 22 de abril de 2022

A vueltas con Patricio, con ilustración de Lourdes García de Salas

Aunque en ocasiones David vence a Goliat, la mayoría de las veces lo ordinario, lo pequeño que no insignificante, hiberna a la sombra del coloso sin levantar palabra. Enmudecido por la grandeza de su adversario, lo cotidiano calla esperando que llegue quien sepa leer en su silencio. Así ocurre en Baños de la Encina, donde, en los viejos arrabales de su magnífico castillo almohade, al rebufo de su espectacular camarín del Cristo, lejos de los vientos de su molino y a la vera de su monumental parroquia de San Mateo, duerme el barrio de la aldea vieja esperando a quién contar los misterios que atesoran sus piedras. Sí, pero también lo que ocultan sus paredes mal pergeñadas con barro y cal. Precipicio, Conquista, Fugitivos, Huérfanos, Cuidado… son apelativos que evocan mucha memoria y conforman una enrevesada madeja de callejas, trancos, ‘graas’ y casuchas, o al menos así nos puede parecer a primera vista. Si se mira con detalle y buen ojo, podremos desentrañar los secretos que con tanto recelo guarda este barrio. Un ventanuco oculto, el extraño volumen de un hilo de casas, un balate de proporciones descomunales o el grabado apenas perceptible, detalles que pueden parecer insignificantes nos permitirán desmadejar la verdadera historia de un pueblo embozado con un velo de magia.

A modo de báculo en que apoyarnos, quedamos con un viejo compañero en el mirador de Santa María, junto al castillo. Pese a lo intempestivo del día, la plazuela del Cueto se presenta hospitalaria, huele a tierra mojada y generosa. La atmósfera está limpia y la sensación es acogedora, como tarde cuando amaina la tormenta. El anciano, hombre de huerta y pocos excesos, nos observa con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. Le llaman Patricio. Algunos lo tienen por huraño y cenobita, otros lo consideran muy leído y hombre de costumbres austeras. Lo cierto es que el labriego es de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno de callar. En su papel de augur, se dice autodidacta y sabio que pocos comprenden. Días atrás, bajo un limonero de la plaza, me contaba que no hay mayor placer que dormir al raso, andar con calma y proceder pacientemente, charlar y discutir con Judas, su perro, ¡tan sencillo! O sentarse, como ahora, sin prisas y a la sombra, para escuchar el silencio y evaluar, con el atino que dan los años, aquellos detalles que nos pueden parecer insignificantes, pero que verdaderamente han marcado la ancha historia de un lugar anclado en la memoria. ‘Venga, vamos a patear un rato por el Camino del Ruedo’, me dice.

A levante del mirador de Santa María, por donde asoma una escalinata que amenaza con hundirnos en los infiernos, queda Precipicio, un despeñadero que nos introduce repentinamente en la más enigmática historia del lugar. Lo que hoy nos puede parecer una calle imposible, por la extrema pendiente que presenta, en realidad y en su día era un caño abierto que evacuaba las aguas del Cerro y minimizaba los daños de las lluvias, a veces torrenciales. Esta ‘calleja de agua’, como otras que seguirán su ejemplo según la trama urbana fuera creciendo y alejándose del otero del castillo, será la primera que se tiré de arriba a abajo con el fin de evitar riadas e inundaciones: Fugitivos, del Arroyo (ahora Mestanza y del Pilar), del Cuidado o Barranco evocan la amenaza que realmente impedían. Ahora, en un requiebro a la izquierda, giramos y nos dejamos llevar por el duende que emana del arrabalillo de la aldea vieja (segunda mitad siglo XV). Nos damos de bruces con un ovillo de apelativos sencillos, pero contundentes, menciones que se aferran a la dura cotidianidad de entonces y que recuerdan los primeros bocetos urbanos que se derramaron a la vera del castillo: Cestería, Huérfanos, Fugitivos, del Horno (ahora Madre de Dios), Eras o Trinidad. Lo que intuitivamente puede parecernos un laberinto viario de origen andalusí, no es tal, pero no por ello deja de ser menos enrevesado e interesante. Se trata de casuchines y casonas escalonadas interiormente, de fachadas minúsculas y portales angostos; habitáculos levantados con sillarejos y ripios, de adobe, madroña y cal, que flanquean calles sinuosas, pero a pie llano, estrechas y sombreadas, tiradas en paralelo a las líneas de nivel que dibuja el Cerro del Cueto.

Las viviendas, soleadas por el mediodía y ventiladas por el ábrego, están engarzadas a escarpas enormes, cortadas en talud y ocultas hoy tras la sombra de la modernidad. En cierta manera, recuerdan la urbanística escalonada de los poblados de la Edad del Bronce que se reparten por el entorno (4.000 años de antigüedad), cuando no sea que se sustenten sobre uno de ellos. En la vecindad, tienen especial protagonismo los enclaves argáricos de Peñalosa, junto al río, o del Cueto, en el interior del castillo.

En Cestería, un rincón acunado por la calma y el silencio, un gato de pelo brillante se relame con parsimonia y confianza. Los mojones de piedra utilizados para majar el esparto, para luego trenzar pleitas y cestas, salpican la calzada y justifican el apelativo de la calle. Aunque hay quienes, sopesando que la poca población de la aldea bajomedieval no daría para la existencia de un gremio consolidado, sugieren que la designación deriva de la presencia, quizá esporádica, de gentes en continua mudanza que eventualmente tendrían aquí su morada: gitanos canasteros —cesteros—, pues no en vano este oficio era uno de sus principales dedicaciones laborales. Por entonces, entrado el siglo XVI, esta gente llevaba algunas décadas viviendo en el Reino de Jaén, de lo que queda constancia en los ‘Hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo’ (1462).

Por la calle del Horno cortamos a Trinidad y abocamos junto al Torreón y Cerco de los Corvera, aunque quizá deberíamos llamarlos de Sánchez Carvajal, Señores de Tobaruela. Pero bueno, eso daría para otra charla entretenida. Por encima de la muralla, un paredón formado por sillares de cierto calado y buena talla, la torre de San Mateo asoma cortando el horizonte. El Cerco, más que defender la aldea intramuros, fue instrumento para el cobro de los arrendamientos ganaderos, o montazgos, y el portazgo, pues no en vano y en origen la plaza fue un gran espacio abierto y terrizo, más corral de contaduría de ovejas merinas y trashumantes que lugar de encuentro social. La situación sería cambiante según progresaba el siglo XVI y entraba el XVII. Cuando la agricultura y la gestión comercial de los caminos se hicieron un hueco en la comunidad bañusca, y se consolidaron como pilares económicos del lugar, el castillo comenzó a dar muestras de cierto abandono y los arrabales experimentaron un interesante proceso de consolidación y crecimiento demográfico. Y fue entonces que comenzaron a levantarse casonas de mayor entidad y presencia, como Escalante, Herrera Cárdenas, Pérez Caballero o Charidad, con fachadas de buena labra y cierto refinamiento, como podemos apreciar cuando paseamos por la Plazuela, Carretera, Trinidad y Eras. Domeñado por el silencio, el callejero susurra fábulas que se pierden en el origen de los tiempos.

De cuando en cuando y apoyados en el criterio de nuestro lazarillo, apreciamos como la roca de asperón emerge desde las mismas entrañas de la tierra. Es la misma piedra que da aliento a sus casonas, que deja entrever que la cantera de la que se extraía la materia prima se levanta ante nuestras mismas narices. Al hilo, nos comenta el silente que un paisano, Juan de Rica, cantero y picapedrero, fue responsable de la fábrica del mismísimo campanario de San Mateo. Siglos después, no habiendo mísero rincón con su nombre ni talla que lo recuerde, nos vemos en la obligación de hacer justo honor a su obra y memoria. 

Reanudamos la marcha bajando por la empinada cuesta de Trinidad. Flanqueados ahora por viejos molinos aceiteros, ingenios que exhiben con crudeza sus despojos, caminamos como si huyéramos del pueblo y de sus historias a entallarnos entre las costuras del Camino viejo de Castilla, también llamado del Muradal o de Andalucía, según desde donde se mire y nombre. Más allá, arranca la Vereda de Linares o Camino Vilches. Donde uno y otra calzada entran en nupcias, emerge un magnífico venero: el de la Vega, que cuenta con pozo y brocal de piedra, ‘babero’ pétreo de excelente fábrica y abrevaderos de arenisca y granito. Visto con cariño y buen aprecio, se trata de un conjunto etnográfico que podríamos entender casi monumental. Patricio invita a sentarnos y amarrar nuestras inquietudes, ya hemos fondeado en el Ruedo. ‘Desde aquí, en ciertas ocasiones, el pueblo parece un disparatado hormiguero, una barcaza sin timón. Es como si la vida se nos fuera en un suspiro’, me dice. ‘Desde aquí se aprecia todo tal y como es en verdad. Y nada es tan grande y de tanta enjundia como creemos entender’. Pasado un momento, lázaro enmudece y nos envuelve un apacible silencio.

Plaza Mayor, al fondo parroquia de San Mateo. Autora: Lourdes García de Salas


jueves, 7 de abril de 2022

Un viajero por Las Alpujarras, un viaje a tu interior

La propuesta que aquí hacemos te permitirá disfrutar de una fascinante ruta por el macizo serrano de las Alpujarras, un lugar de paz e inspiración donde podrás gozar de la bella hondura de sus barrancos y tahas, de un conjunto de pueblitos blancos que parecen tendidos al sol más brillante, mecidos y a la suerte de los vientos de Sierra Nevada. La ruta presenta una geografía quebrada, cautivadora, donde la trama urbana y los cultivos en bancal conviven en perfecta armonía con el entorno natural que los envuelve, una tierra forjada por la acción del agua y la mano del hombre, un paisaje fascinante que hará que se te encoja el alma.

Déjate llevar por el escandaloso silencio de sus montañas, arrópate con el susurro de su brisa… sigue la senda que te marca el murmullo de unas acequias cuyo origen se pierde en la memoria de los tiempos. En las Alpujarras no hay mayor placer que dejarse llevar por sus laberínticas callejas, un amago de estrechez viaria que discurre entre ‘tinaos’ y minúsculos talleres artesanales. Pizarra, launa y cal, un conjunto urbano que amenaza con precipitarse al abismo más profundo. Aunque hayas seleccionado un destino concreto, detente en cualquier lugar que te agrade, pues en estas sierras la sorpresa emerge en el pliegue más inesperado.

Aunque la meta de esta etapa tiene como destino final el Barranco del Poqueira, los tres pueblecitos blancos y escalonados que cuelgan de la impresionante quebrada, en ruta podrás disfrutar de un enorme abanico de posibilidades. En Lanjarón, puerta de la Alpujarra, debes degustar sus afamadas aguas medicinales, que fluyen de los manantiales de Sierra Nevada, y conocer su rico patrimonio arqueológico, cuyo principal referente es el ‘castillo de los moros’. Pero no dejes de visitar su recóndito Barrio del Hondillo, un conjunto de calles estrechas y adaptadas a una accidentada orografía que aún conserva la memoria de su pasado morisco. A tiro de piedra, Órgiva se derrama como gran villa alpujarreña ocupando las fértiles tierras del valle del río Guadalfeo, lugar de retiro de Boabdil, el último rey nazarí de Granada. Siendo notable su patrimonio monumental — Iglesia de Nuestra Señora de la Expectación, Casa Palacio de los Condes de Sástago, la Ermita de San Sebastián y el Molino de Benizalte—, su verdadero valor se encuentra en la generosidad agrícola de sus tierras, en sus verduras, cítricos y aceites. ¡Déjate sorprender por su singular puchero de hinojos! En líneas generales, aunque su gastronomía ha sido tradicionalmente contundente, basada en las carnes y los embutidos y como respuesta a los rigores climáticos, la Alpujarra cuenta hoy con una huerta excelente y una cocina basada en los productos de proximidad y ecológicos.

Aunque los requiebros de la calzada nos avisan ya de la cercanía de los pueblos del Poqueira: Pampaneira, Bubión y Capileira, posiblemente el conjunto de arquitectura popular mejor conservado de la Península, es parada obligatoria detenerte en el mágico pueblito de Soportújar. En sus calles, todo gira alrededor de hechiceras, meigas y encantamientos. Como podrás apreciar, en las Alpujarras no faltan joyas monumentales de renombre, pero el encanto de estas sierras se encuentra en el detalle más pequeño, cotidiano, y en el todo.

Mediante un recorrido paisajístico que en ocasiones podrá parecerte apasionante, en esta segunda etapa disfrutarás del Sitio Histórico de la Alpujarra Media y La Taha, el área geográfica que mejor conserva los valores típicos alpujarreños y el mayor conjunto de patrimonio histórico protegido de toda Europa. Y todo ello a la vera y al amparo de las excelencias ambientales del Parque Natural y Nacional de Sierra Nevada.

Viajarás ahora por una tierra que fue de ‘hierba y pastos’, al-bugscharra, término árabe que dio origen al nombre Alpujarra. Un reino de pueblos anclados a una geografía quebrada, difícil de narrar, donde roca, agua e ingenio se entrelazan para formar un todo indisoluble: villas blancas, mestizas, de raíces moriscas y apelativos que se pierden en el origen de los tiempos. La carretera, pegada ahora a las sinuosidades de la sierra, irá entrando y saliendo por barrancos de belleza inimaginable mientras atraviesa una retahíla de pueblecitos blancos, pulcros, que terminan por parecerse unos a otros: casas apiñadas y cúbicas, adaptadas al terreno y orientadas al sur para aprovechar las bondades climáticas del Mediterráneo.

Si tienes tiempo y ocasión, aprovecha para realizar alguno de los senderos que asciende a las mayores cumbres de la Península Ibérica. Por otra parte, y en materia gastronómica, aunque el jamón de Trevélez es el mayor exponente de la etapa, también destacan los embutidos de la zona, el vino de Cádiar o las aguas de Pórtugos (Fuente Agria). Anecdótico pero llamativo, el pueblo de Bérchules festeja su Nochevieja el primer fin de semana de agosto, ¡aprovecha la ocasión y date un baño de Navidad en verano!

En esta última etapa dejarás atrás la cabecera del río Guadalfeo para regresar a la alta montaña. La provincia de Granada quedará atrás, aunque no debes abandonarla sin detenerte a conocer algunos de los municipios de la ruta, como Ugíjar o Yegén, que fuera residencia del afamado literato Gerard Brenan y escenario de su obra ‘Al Sur de Granada’. Ahora, en la vertiente oriental de Sierra Nevada, Laujar de Andarax y la provincia de Almería te darán la bienvenida. Situada al pie del Parque Natural y frente a la Sierra de Gádor, es tierra generosa en huertas y productora de vinos muy singulares, de mucho carácter: no pases de largo sin degustar sus caldos, alguno ecológico, y sus quesos de cabra. Lo más característico de este municipio es la abundancia de agua pues, entre otras muchas fuentes, aquí nace el río Andarax que vertebra gran parte de la provincia. Escenario de algunos de los principales episodios del levantamiento morisco y de la Rebelión de las Alpujarras, cuenta la villa con un importante patrimonio monumental que tiene como exponentes más sobresalientes a la Iglesia de la Encarnación, llamada La Catedral de la Alpujarra, y un sinfín de fuentes y pilares de gran valor histórico y etnográfico.

Cuando caiga el día, asómate a la tarde desde el mirador de Laujar, con la Sierra de Gádor al frente, apreciarás como el horizonte se diluye con el más bello ocaso, un instante que nos puede parecer toda una eternidad.

Aunque el viaje finaliza, durante la ruta de regreso y siguiendo el hilo del río Andarax debes hacer alguna que otra parada, ¡es inevitable! En Canjáyar, recréate de un conjunto histórico irrepetible; en Terque, interésate por sus museos y por la que fuera su ‘uva del barco’, una historia muy peculiar… y no te marches sin visitar el Enclave Arqueológico de Los Millares, la primera ciudad del Occidente Europeo. Como podrás apreciar, aún te has dejado mucho que conocer, que vivir… por lo que emocionarte en una tierra que fascina. Regresarás, con seguridad.







sábado, 26 de febrero de 2022

Noches de agosto

Andábamos por el Peñón Gordo en una tarde noche revuelta, de cabañuelas en retornas, barruntando donde poner el hato y aún rememorando última hazaña, la de días atrás en noche con media luna. Como no teníamos mejor mula que aparejar, nos dio por acercarnos al cementerio y pavonear de audaces cuando no de esperpentos. Pues según dijo uno, siendo verano y habiendo tanto emigrante, para que los vacialacenas pudieran visitar el último asiento de sus difuntos, el Narro, con razón guardián de aquella hacienda, había dejado de par en par las puertas de tan silenciosa cortijá.

A la retranca, y con el rabo entre las patas, supimos que aquella afirmación tenía poco de cierto.

A la ida, ya puestos en verea y por aprovechar el viaje, cada cual cogió una sandia o un melón, según gusto y como le terció, de un huerto que se nos puso por delante. Y yendo ya cada uno con su correspondiente carga, doblamos la última curva para entallarnos en la rectilla que nos ponía por delante la Peñasca. Ya fuera por los tétricos comentarios derramados por el camino, ya fuera por la poca luna y luz o por las cimbreantes sombras de la arboleda, el que iba por delante no tuvo otra idea que inventar una farsa y vocear a plena voz que ‘a lo lejos, detrás de la reja, había visto pasearse un puñao de fantasmas’. ¡¡¡Espantá general!!! El último, no queriendo quedar de invitado y almuerzo de tan respetable concurrencia, con el fin de correr con más brío, no tuvo otra agudeza que tirar la presa vegetal hacia delante, por encima de las cabezas de los compadres. Y de tal suerte fue el lanzamiento, que la sandía cayó en mitad de los fugitivos haciéndose trizas. La compañía, creyendo que las ánimas les agarraban de los cataplines, se tiró cuerpo a tierra desportillándose más de uno contra los duros terrones de las camás.

Días después, estando otra vez de junta de rabadanes y por no liarla, como ocurrió la noche de marras, se tomó la determinación de inventar algún disparate, pero sin meternos en sembrao.

Como esa noche teníamos partía larga en el Peñón Gordo y nos pillaba a tiro de piedra el Pilarejo, a uno le dio por proponer si nos echábamos palante para verle la cara al espantajo de la Encantá. Otro, que muy ufano no sabía cómo alardear del novedoso reloj digital que colgaba de su muñeca, propuso bajar primero, saludar a la doña, dejar la máquina sobre el brocal del lavadero y regresar por las mismas. El siguiente, y al amparo de la luna, que ya era llena, bajaría a recogerlo. Uno tras otro haría otro tanto hasta que, finalmente, la joya regresara de cuerpo entero a su dueño. Y así se procedió.

Situado a media cabecera del barranco, en un lugar de umbría eterna y mucho chortalillo, emergía el Pilarejo, un viejo lavadero que por entonces ya contaba mucha ruina. De antiguo, se decía que con las primeras luces, cuando las mozas casaderas iban a hacer la colada, una señora vestida como la noche les tocaba en la espalda y pedía vez para la fila. Cuando éstas iban a contestar, dando nombre y número, el engendro desaparecía como en un encantamiento. En otras ocasiones, y desde detrás de una retama, se escuchaba su ronca voz susurrar lamentos. Quien tuvo la suerte en contra y observó la faz de la propietaria, afirma que vio una cara llena de llagas que era reflejo de inmensos dolores También se afirmaba, que a partir de ese momento su vida mudaba viéndose de inmediato rodeada de desgracias que no cesaban hasta la misma muerte de la visionaria. También se contaba que el peor momento se sufría al caer la noche más negra, cuando te cogía la oscuridad lavando: la luna enmudecía, se apagaba, y la mujer de turno no veía su semblante reflejado en el agua del pilar. Por el contrario, observaba la cara de una señora de gran belleza, que le alargaba la mano mientras le pedía, con cierto embrujo y mucho engaño, que la sustituyera en su eterno encierro. Por mucho que se negase, a la fuerza y con insistencia intentaba sumirla en las profundidades del venero.

Al comienzo, el asunto fue bien. Fueron bajando de uno en uno, todo el mundo callaba por la incertidumbre de lo que pudiera pasar. El silencio dominaba en el cónclave. Todo cambio cuando regresaron los primeros haciendo alardes de su arrojo, los murmullos comenzaron a inundar la escena, también las risas. A renglón seguido, cuando eran más los de vuelta que los que aún tenían que bajar, los bien venidos comenzaron a relatar historias de mucho meter miedo en el cuerpo, con el fin de amedrentar a los que quedaban por saludar a la doña. Finalmente, a uno se le hincharon las narices y dijo que no bajaba, que el reloj pa la Encantá. Y allí se quedó, en la penumbra del Pilarejo y dándole la hora al espantajo.

Hay quien dice, que desde entonces el fantoche no se guía ni por la luna ni por las estrellas, tampoco por la noche de San Juan, que ahora utiliza el reloj, que la pila era de mucha tralla. Y así le va, que ni asoma.


Fotografía: el Peñón Gordo y el chalé de mi tía Lidia, la 'francesa', desde un corral de la calle Mestanza. Autor: Antonio Moreno 'Miraves'

lunes, 14 de febrero de 2022

Sobre la Plaza y el Castillo

Por delante, tenía San Mateo un anchurón terrizo gestado al amparo y bajo la vigilancia de la torre del castillo, la Almena Gorda. Puede parecer que sus redondeadas formas, al menos las primigenias, tuvieran su origen en cosa de homenaje y poder, pero la cuestión iba por otro lado. En tiempos en que los avances bélicos traían nuevas maneras de guerrear, como el trebuchet, que se generalizó en los asedios de la vieja Europa durante el XIII, y reconociendo que el llano de la plaza era el único punto débil del castillo para el acercamiento de este tipo concreto de catapulta, no es extraño que se fortificara en redondo la torre almohade de levante, dando así cara a lo que luego sería plaza. En una trama urbana donde todo es cuestas y apreturas, no aciertas a saber si la iglesia ocupa y preside los pocos palmos de terreno llano de la vieja aldea de Vannos, o si este extenso accidente geográfico es artificio de la parroquial en un afán de ganar protagonismo en las cosas del Común. En todo caso, se eleva en las entrañas de la muralla que cercaba el núcleo bajomedieval, bastión que, más que defender el pago aldeano de intrusos y batalladores, era instrumento para dar cobijo a los ganados trashumantes y fiscalizar sus pagos. Localizada Santa María la Mayor junto a un gran espacio abierto, que más que plaza era corral de contaduría de merinas, y gestando en sus bajos a la única fuente intramuros, el Pilar, desempeña un papel principal en la gestión de los dineros obtenidos del arrendamiento de los pastos públicos a los pastores de la Serranía de Cuenca y el Señorío de Molina, pilar principal de la economía bañusca en los últimos estertores de la Edad Media.



miércoles, 9 de febrero de 2022

Antonio 'el Tuberista', en recuerdo

En dos traspiés nos pusimos en los canteros de la Cestería, arrimados al Laero, un quiñón en perenne barbecho salpicado de almendros y mustias alcaparreras, que se desliza por la solana del castillo. Desde lo hondo, más que verlo trastear en el otero escucho su retahíla de vituperios y salmodias.

Se trata de un tipo muy delgado, nervudo, arrugado a la fuerza de tanto pelear con la vida. De sempiterna garrota machacona, gorra descolorida y cazadora deslucida. Se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo, su voz de pregón le precedía en un afán constante por no quedar ajeno a las escenas que pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería, mirando de reojo a la Peñasca y clamando con la garrota en alto que no, que lo esperaran para más adelante. Y tronó mil nombres de los muchos que han penetrado en la fortaleza y de los cientos que vaticina que aún la han de visitar. Poco importaba que alguien lo oyera o no, cada mañana, cada tarde y casi cada noche su voz tenía obligada norma de rasgar la plácida atmósfera de Santa María.

Ahora, situados sobre la artificiosa meseta de Santa María, al exterior del recinto fortificado y en el vértice de poniente, escudriñamos al frente el vecino cerro del Gólgota por apreciar si en la solana hay vacas que aventuren lluvia. Se dice que los bichos barruntan los nublos antes que asomen por las lomas de Mosquila, ¡cosas de viejos! Era aquella una mañana de otoño gélida, que tuvo como preámbulo una oscura noche de agua. El café, hirviendo, me armó de valor para encauzar la empinada escalera y buscar sus monólogos. En nuestros encuentros poco lugar había para que uno diera opinión. Mucho escuchar, filtrar algún que otro chisme bondadoso, reírte de cualquier desvarío y aprender… y mucho. La garrota, como sus cuerdas vocales, en constante mudanza. Después de un saludo de rigor, —¿cómo están los chiquillos?—, nos varamos un instante estudiando el horizonte. Era una manera más o menos acordada de dejar claro los intereses del día: esa mañana no tenía tarea pendiente, así lo dejé entrever respondiendo con alguna barbaridad a los improperios sin sentido y huecas amenazas que seguía disparando.

En días como aquel, de agua y tierra removida, gustábamos de rodear el castillo por ver si nos topábamos con alguna moneda negruzca y de poco valor, alguna flecha oxidada o algún tiesto fuera de lugar que llamara la atención. La hacienda, como siempre, solía tener escasa recompensa. Viramos hacia el callejoncillo que lleva a la puerta del Castillo, el de Juan Pablo. De entre el murete de la diestra y el verde de los jazmines asoma una pequeña traza de calicanto, se la indico. Con seguridad, era parte integrante de una estructura defensiva, una entrada en codo, muy utilizada por la arquitectura militar almohade allá donde el foso de agua era argumento imposible. Por su parte, a modo de respuesta, en un pertinaz movimiento de la garrota señala violentamente un tramo de barro moteado de blanco, junto a la farola de la izquierda. —Un pingüe —me indica—, como si no conociera ya la cantinela. Una muela aislada y trozos de una posible rótula inculcan fe a los no creyentes de que la tumba, en su día, estuvo donde índica la punta del báculo. En unos pasos y amena charla nos plantamos junto a la puerta. A nuestra espalda, infiltrado entre la tapia que delimita los corrales de las casas vecinas, un nuevo testigo de tapial viene a ratificar la presencia del artificio codado, que no barbacana.

Como venía ocurriendo casi a diario, a media mañana un tropel de vociferantes escolares intenta colarse en avalancha para llenar de carreras las entrañas de la fortaleza. El caporal introduce el hierro en la cerradura, más ganzúa estrambótica que llave. Logra abrir el portalón no sin esfuerzo y alguna maña, la marabunta entra como una exhalación. Por su parte y de manera más que premeditada, el guía retrocede unos pasos mientras repica sobre el empedrado con el remache de hierro de su garrota y se detiene en firme junto a un panel interpretativo. Alza el cayado y lo dirige a las ruinas de Santa María, poco más que una cripta despedazada y un ábside aún más desvestido. —Socólogo, ¿qué barruntas tú de esto?—, espeta al viento sabiendo que estoy a sus espaldas.

— Otro día, —le digo.

Se toca ligeramente la gorra y apenas baja un ápice el ángulo de la visera. Doy por entendida la insinuación y damos por finado el cónclave.

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Decía el bueno de Juanito ‘Mariano’ que una tertulia sin vino y voces, ni era tertulia ni era ná. Con Antonio me di muchas voces, o él me las dio, y eché algunos vasillos de la ‘monja’, pocos, porque la ‘señora’ llegó sin avisar y casi se lo lleva ante el ‘jefe’… y los dejamos. En homenaje, amigo, a los buenos ratos de aprendizaje.