martes, 14 de septiembre de 2021

De la Cruz a la Amargura por Herradores y Visitación: un viaje por un barrio con raíces

Llegados a este punto, es necesario anotar que la mayor parte del itinerario procesional del Viernes Santo no discurre por la llamada como ‘villa vieja’, por el histórico callejero que comenzó a derramarse a la vera del castillo de Baños en las postrimerías de Alta Edad Media. El ‘camino de la Vía Dolorosa’ utiliza una sección de la trama urbana que, pese a gozar de una alta carga histórica y cultural, queda fuera de los recorridos guiados y al uso que vienen ofreciendo los diferentes agentes turísticos. Se trata de otro momento del hilo de la historia, otra forma de entender la comunidad, usar el territorio y construir las edificaciones. Ahora, perdida la identidad militar de la plaza y alejados del barrio de La Cestería y sus casuchas en pendiente, son mayoritarias las calles que cortan transversalmente las líneas de nivel del Cerro de la Calera. Sumamente empinadas, están flanqueadas por casonas que se derraman a pie llano, sin escalones interiores ni escalinatas, muy amplias, de un blanco que rayaba la pulcritud. Edificadas con piedra local y tapial, se elevan en planta baja y cámara, en ocasiones con bodega, y en su distribución interna desempeña un papel protagonista el carácter agrícola que en aquel momento condicionaba las economías familiares.

Plazuela de la Cruz / Cuesta de los Herradores (baja)

Casona de Juan Manuel el de la tonta / Calle de la Amargura

Y ajenas a los contenidos de este figurado ‘viacrucis’, en un intento de hacer que la crónica doméstica comulgara con la Historia entendida de manera más global, estas calles también se fueron impregnado de historias corrientes, sufrimientos, anécdotas y anhelos que las dotaron de un carácter singular, diferente. Un enorme acervo cultural que ha favorecido que estos barrios tengan hoy una identidad propia, una herramienta cultural que podría ser la mejor carta de presentación para implementar un recurso educativo eficaz y con posibilidades para el uso turístico. Este vecindario y su entorno más inmediato no dispone de un castillo, una iglesia o un palacete, pero sustenta alguna de aquellas cálidas panaderías, con su horno panzudo y unos aromas ancestrales; también resiste la casona que dio sede al antiguo puesto de telégrafos y a la no menos añosa centralita telefónica, reflejo el uno y la otra de la bien recibida modernidad de antaño. Son calles que aún rememoran los aromas a anís seco que desprendía el estanco de Paquito Juan Rafael, por Navidad, y se arrebozan con el olor a tomillo e hinojo de las aceitunas de Isabel La Huevera. Curadas con ceniza y agua salobre, de los pozos bañuscos, endulzaban en una imperecedera tina de barra con inacabables ciclos de veintiún días. Y también recuerdan la figura del Maestro Ponaire, un personaje más que singular que transformó su vieja peluquería de señores, la que aún se mantiene en un estado impoluto, en un lugar de encuentro y distendido debate ‘pajaritero’. Y qué decir de la plazuela de la Cruz, que esconde en sus entrañas uno de esos capítulos de nuestra historia que nunca debieron ocurrir, personificado en su refugio de la Guerra Civil; o qué hay de esos tipos y señoras que fueron muy grandes por tan sólo, o tan mucho, tener un genio desbordante y un hacer muy singular, y que dejaron una huella imborrable en la memoria cotidiana: Lola Cantarero, Lucas Pepinollo con sus fábulas protagonizadas por ‘codines’, y su cuñada Lola, Rita y Cándida, Juan Manuel El de la Tonta cabalgando sobre su cascajoso pascuali, un alboroto de hierros y reventones de carburador, El Obispillo con sus mañas para tener entretenida y embobada a la chiquillería, La Paniagua, Antonio Laruta y Marcelino del Moral, cada cual un virtuoso de la música, en su palo, Don Julio El Practicante, Ángel Mañono con sus ‘artes’ o el más que singular Chisque, entre otros muchos que sería muy largo enunciar. Personajes todos ellos, su hilo vital, con capacidad para armar el mayor andamiaje discursivo que pueda imaginarse.

Bartolomé Cantarero / Horno de los Cantarero. Autor: Antonio Moreno 'Miraves'
 
Barbería de Ponaire. En la fotografía, Pedro Ponaire (hijo) y Rafael el Chin. Autor: Diego Muñoz-Cobo Rosales. A modo de reconocimiento del enorme trabajó que realizó Diego, tanto de recopilación como de creatividad fotográfica

Y con todo, aunque quedaría mucho más que relatar, también se localizan pequeños rincones, y algún antro, de fama merecida y no para lo bueno, como ocurría con la calle del Potro, la que ahora se identifica con el tramo superior de la Calle de la Cruz:

‘Hubo, además, más casos de muerte por arma de fuego en la villa. Los Mármol Galindo estuvieron relacionados con dos casos más. En uno de ellos aparece Juan del Mármol Galindo como víctima de un carabinazo, obra de un recaudador de Millones. Un año antes Gregorio del Mármol Galindo, clérigo de Epístola estuvo implicado en la muerte de un vecino:

        De dos arcabuzazos, en esta villa en la calle que llaman del Potro,

        como a ora de las una del día poco, más o menos.

Las espadas y estoques eran también armas mortíferas, La falta de alumbrado público, carencia propia de la época, hacía que la noche fuese un momento apropiado para llevar a cabo venganzas y encerronas. En enero de 1680, hacia las tres de la madrugada, murió a estocadas Pedro García, también en la calle del Potro’.

Casona de los Mármol, antes de ser derruida. Con seguridad el espejo civil de la joya barroca que es el Camarín del Cristo del Llano


miércoles, 14 de julio de 2021

Camino del Ruedo: un viaje al silencio

Aunque en algunas ocasiones David vence a Goliat, la mayoría de las veces lo ordinario, lo pequeño que no insignificante, hiberna a la sombra del coloso sin levantar palabra. Enmudecido por la grandeza de su adversario, lo cotidiano calla esperando que llegue quién sepa leer en su silencio. Así ocurre en Baños de la Encina, donde, en los viejos arrabales de su magnífico castillo almohade, al rebufo de su espectacular camarín del Cristo, lejos de los vientos de su molino y a la vera de su monumental parroquia de San Mateo, duerme el barrio de la aldea vieja esperando a quién contar los misterios que atesoran sus piedras, sí, pero también en sus paredes mal pergeñadas con barro y cal. Precipicio, Conquista, Fugitivos, Huérfanos, Cuidado… son apelativos que evocan mucha memoria y conforman una enrevesada madeja de callejas, trancos, gradas y casuchas, o al menos así nos puede parecer a primera vista. Si se mira con detalle y buen ojo, podremos desentrañar los secretos que con tanto recelo guarda este barrio. Un ventanuco oculto, las extrañas proporciones de un hilo de casas, un balate de proporciones descomunales o el grabado apenas perceptible, detalles que pueden parecer insignificantes nos permitirán desmadejar la verdadera historia un pueblo embozado con un velo de magia.

Castillo de Baños desde Los Charcones y abrevadero de El Ruedo. Fotografía: Hilario Pastor Vicaría

A modo de báculo en que apoyarnos, quedamos con un viejo compañero en el mirador de Santa María, junto al castillo. Pese a lo intempestivo del día, la plazuela del Cueto se presenta hospitalaria, huele a tierra mojada y generosa. La atmósfera está limpia y la sensación es acogedora, como tarde cuando amaina la tormenta. El anciano, hombre de huerta y pocos excesos, nos observa con las manos atrás y ligeramente encorvado hacia delante. Patricio le llaman. Algunos lo tienen por huraño y cenobita, otros lo consideran muy leído y hombre de costumbres austeras. Lo cierto es que el labriego es de porte bronco y ojo más seco que ripio, según se dice fruto de un disparate digno callar. En su papel de augur, se dice autodidacta y sabio que pocos comprenden. Días atrás, junto a uno de los limoneros de la plaza, nos contaba que no hay mayor placer que andar al raso, charlar y discutir con Judas, su perro, ¡tan sencillo!; o sentarse, como ahora, sin prisas y a la sombra, para escuchar el silencio y evaluar con la paciencia que dan los años, y mucho atino, aquellos detalles que nos pueden parecer insignificantes, pero que verdaderamente han marcado la ancha historia de un lugar anclado en la memoria. ‘Venga, vamos a bajar y patear por el Camino del Ruedo’, nos dice.

Plazuela del Cueto: capitel y flor del castillo

A levante del mirador de Santa María, por donde asoma una escalinata que amenaza con hundirnos en los infiernos, queda Precipicio, un despeñadero que nos introduce repentinamente en la más enigmática historia del lugar. Lo que hoy nos puede parecer una calle imposible, por la extrema pendiente que presenta, en realidad y en su día era un canal que evacuaba las aguas del Cerro y minimizaba los daños de las lluvias, a veces torrenciales. Esta ‘calleja de agua’, como otras que seguirán su ejemplo según la trama urbana fue creciendo y alejándose del otero del castillo, será la primera que se tirará de arriba a abajo con el fin de evitar riadas e inundaciones: Fugitivos, del Arroyo (ahora Mestanza y del Pilar), del Cuidado o Barranco evocan la amenaza que realmente representaban. Ahora, en un requiebro a la izquierda, giramos y nos dejamos llevar por el duende que emana del arrabalillo de la aldea vieja (segunda mitad siglo XV). Nos damos de bruces con un ovillo de apelativos sencillos, pero contundentes, menciones que se aferran a la dura cotidianidad de entonces y que recuerdan los primeros bocetos urbanos que se derramaron a la vera del castillo: Cestería, Huérfanos, Fugitivos, del Horno (ahora Madre de Dios), Eras o Trinidad. Lo que intuitivamente puede parecernos un laberinto viario de origen andalusí, no es tal, pero no por ello deja de ser menos intrincado e interesante. Se trata de casuchines y casonas escalonadas interiormente, de fachadas minúsculas y portales angostos; habitáculos levantados con sillarejos y ripios, de adobe, madroña y cal que flanquean calles sinuosas, pero a pie llano, estrechas y sombreadas, tiradas en paralelo a las líneas de nivel que dibujan el Cerro del Cueto.

Escalinata de Precipicio, ‘calleja de agua’

Las viviendas, soleadas por el mediodía y ventiladas por el ábrego, están engarzadas a escarpas enormes, cortadas en talud y ocultas hoy tras un ápice de modernidad. En cierto sentido, recuerdan la urbanística escalonada de los poblados de la Edad del Bronce que se reparten por el entorno (4000 años de antigüedad), cuando no sea que se sustentan sobre uno de ellos. En la vecindad, tienen especial protagonismo los enclaves argáricos de Peñalosa, junto al río, o del Cueto, en el interior del castillo.

 

Poblado argárico de Peñalosa (Edad del Bronce): terrazas y Puerta Norte

En Cestería, un rincón acunado por la calma y el silencio, un gato de pelo brillante se relame con parsimonia y confianza. Los mojones de piedra utilizados para majar el esparto, para trenzar pleitas y cestas, salpican la calzada viaria y, en parte, justifican el apelativo de la calle. Pero hay quienes, sopesando que la poca población de la aldea bajomedieval no daría para la existencia de un gremio consolidado, sugieren que la designación deriva de la presencia, quizá esporádica, de gentes en continua mudanza que eventualmente tendrían aquí su morada: gitanos canasteros —cesteros—, pues no en vano este oficio era uno de sus principales dedicaciones laborales. Por entonces llevarían unas pocas décadas instalados en el Reino de Jaén, como así queda constancia en los ‘Hechos del Condestable D. Miguel Lucas de Iranzo’ (1462).

Calle Cestería o Conquista, en primer plano mojones para majar esparto

Por la calle del Horno cortamos a Trinidad y abocamos junto al Torreón y Cerco de los Corvera, aunque quizá deberíamos llamarlos de Sánchez Carvajal, Señores de Tobaruela. Pero bueno, eso daría para otra charla entretenida. Por encima de la muralla, un paredón formado por sillares de cierto calado y buena talla, emerge la torre de San Mateo cortando el horizonte. El cerco, más que defender la aldea intramuros, fue instrumento para el cobro de los arrendamientos ganaderos y los portazgos, pues, no en vano y en origen, la plaza fue un gran espacio abierto y terrizo, más corral de contaduría de ovejas merinas que lugar de encuentro social. Avanzado el XVI, la situación no sería la misma. Cuando la agricultura y la gestión comercial de los caminos se hicieron hueco, y se consolidaron como pilares económicos del lugar, y el castillo dio muestras de cierto abandono, los arrabales experimentaron un interesante proceso de consolidación. Entonces, comenzaron a surgir casonas de mayor entidad y presencia, como Escalante, Herrera Cárdenas, Pérez Caballero o Charidad, de fachadas bien labradas y cierto refinamiento, como podemos apreciar cuando paseamos por la Plazuela, Carretera, Trinidad y Eras. De entre el silencio, el callejero susurra fábulas que se pierden en el origen de los tiempos.

Cerco de los Corvera, fachada y patio interior

Apoyados en nuestro lazarillo, de cuando en cuando apreciamos como la roca de asperón emerge desde las mismas extrañas de la tierra. Es la misma piedra que da aliento a sus casonas, que deja entrever que la cantera de la que se extraía la materia prima se levanta ante nuestras mismas narices. Al hilo, nos comenta el silente que un paisano, Juan de Rica, cantero y picapedrero, fue responsable de la fábrica del mismísimo campanario de San Mateo. Siglos después nos vemos en la obligación de hacer justo honor a su memoria.

Campanario de San Mateo y Casonas de Escalante y Pérez Caballero

Reanudamos la marcha bajando por la empinada cuesta de Trinidad. Flanqueados ahora por viejos molinos aceiteros, ingenios que exhiben con crudeza sus despojos, caminamos como si huyéramos del pueblo y de sus historias a entallarnos entre las costuras del Camino Viejo de Castilla, o de Andalucía, según desde donde se mire, y la Vereda de Linares. Donde uno y otra calzada entran en nupcias, emerge un magnífico venero: el de la Vega, que cuenta con pozo y brocal de piedra, ‘babero’ pétreo de excelente factura y abrevaderos de arenisca y granito. Visto con cariño y buen aprecio, se trata de un conjunto etnográfico que podríamos entender casi monumental. Patricio invita a sentarnos y amarrar nuestras inquietudes, ya hemos fondeado en el Ruedo. ‘Desde aquí y en ocasiones, el pueblo parece un disparatado hormiguero, una barcaza sin timón. Es como si la vida se nos fuera en un suspiro’, me dice. ‘Desde aquí se aprecia todo tal y como es en verdad, y nada es tan grande y de tanta enjundia como creemos entender’. Pasado un momento, lázaro enmudece y nos envuelve un apacible silencio.

Casona de Charidad -Calle Trinidad- y Pozo de la Vega

 Enlace a la edición en Diario Jaén (pulsa aquí). ¡¡¡Mil gracias a mis amigos Rosa Cruz y Miguel Mesa por hacerlo posible!!!

viernes, 11 de junio de 2021

Avaricia (extenso), XI Recital de Sierra Morena

Martín Esteban había sido cabrero, pastor y tratante de lanas desde que se desenganchó de la teta de su madre, si es que no lo amamantó una chiva, desde siempre, como lo fue su padre, lo fue su abuelo y con seguridad lo fue el primero de su estirpe. Sin duda, algún pariente suyo iba en la tropa de Abrahán cuando el patriarca movió su hato de ovejas por todas y cada una de las majadas del Creciente Fértil antes de asentarse en la ‘tierra prometida’. De andares nada vacilantes y dormir un instante, como burro y a cabezás, era hombre de morder aquí y allá, como las hormigas, de juntar mucha plata, gastar ninguna y, si era menester, vender a su padre para obtener una miguica de ganancia.

Habiendo heredado un rebaño notable, en poco tiempo y por su mucho bullir, lo había doblado en número y camino llevaba de triplicarlo. Contrariamente, día con día menguaba en carnes y ganaba en harapos. Pues hete ahí que, en las cosas de gestionar su hacienda y dejándose llevar por los consejos de los que decían tener buenas entendederas y mejor apostolado, había cambiado el campo abierto y la ancha vereda por la pestilente estrechez de las cuadras, pastorear a la par que el ganado por darle metódica vuelta y grano contado, soplar gaitas al viento y disfrutar soleándose por un bregar sin tino ni rumbo… y por todo y pese a todo, consumido, abatido, se quejaba de andar sin cuartos y día con día se le resecaba un poquito el alma mientras hacía las mayores cábalas monetarias.

Cierta tarde, cuando volvía de darle una vuelta al hato que tenía en la Dehesilla, se paró un momento en el alto del Cueto, por confirmar desde la distancia la buena maniobra del rebaño. Mientras andaba abstraído con su obligación, se le acercó uno del gremio, un tratante de pieles y carne que conocía de vista, de alguna que otra feria de ganados en la que habían coincidido. Sin precisar mucho, le sonaba que el personaje era un tipo extraño, callado cuando procedía y ojeroso, muy dado a jugarse los cuartos. También los corderos. Según decían las malas lenguas, perdía la mano en contadas ocasiones y se jactaba sin remordimiento de cierto acuerdo que tenía con los demonios.

—Buena tarde tenga, compadre —le espetó el tahúr.

            —¡Ehhh! —gruñó con desconfianza el cabrero previendo un posible engaño.

            —¿Qué?, ¿cómo va la hacienda?

            —Con pérdidas, ¡cómo va a ir!

El tratante, que sabía que Martín no era de bastos ni dados, pero como buen pastor sí tenía querencia por el juego de ‘los lobos’, una variante local del ‘alquerque de doce’, a su vez ancestro de las ‘damas’, intentó sacarle la tajada por ese agujero. Puestos en la trama, el participante que juega con lobos debe ‘comerse’ nueve ovejas para ganar, mientras que el ovejero debe obtener trece piezas para lograr la ganancia. Ocho a doce supone el empate.

            —Martín, ¿no quieres jugarte unos cuartos? Ahí al lado, en las piedras de la lonja de Santa María, hay garabateado un tablero. ¿Nos apostamos unas pesetas? Mejor aún, ¿unos corderos? Sí ganas, dueño eres de los que ya tengo casi apalabrados con el matarife del matadero, para Navidades. Si pierdes, me quedo la majada que tienes pastando en la Dehesilla.

Enfrascado en erróneas cavilaciones, el pastor, que tenía muy reconocida fama en ese tipo de lances, imaginó doblar el rebaño.

            —Bueno, tan solo una condición. Tú debes jugar con ‘lobos’ y yo con ‘ovejas’ y, en caso que hagamos tablas, me pagas con las doce ovejas correspondientes, pero de carne y hueso, y posponemos la partida una noche más. Y así hasta que se logre el desempate, —aseveró Martín con cierto brillo de avaricia en los ojos.

El cabrero, muy habilidoso en este juego y creyendo haber engañado al fullero, y éste, dejándose llevar por ocultas intenciones, prolongaron el juego noche tras noche embarcados en un carrusel sin fin. Supuestamente, la ganancia de ovejas se hacía interminable y, con todo, el pastor nunca saciaba su avaricia. Se llegó a tal situación que parecía que Martín jugara solo y el divertimento se limitaba a sumar y sumar corderos. Finalmente, en cierta y oscura noche, dicen que fue por el solsticio de invierno, Martín intentó levantar la mirada del tablero, pero fue incapaz de culminar su intención. Es como si llevara lunas atrapado en el interior de la piedra, envuelto en la terrible y negro madeja de su avaricia. No jugaba contra adversario alguno. Quiso entonces lanzar un grito de auxilio, pero de su garganta no salió ningún sonido.

Pasaron muchos lustros, aunque pareció que fueran siglos, y la capilla funeraria de Santa María, el atrio y la lonja se desarmaron piedra a piedra. Unas acabaron adornando una vieja huerta y la mayoría fueron utilizadas para levantar una edificación de nuevo cuño, la Casa del Pueblo. De algunos ripios se perdió el rastro y unos pocos, los de más postín, acabaron como sillares en las casonas colindantes de la Calle Santa María. De entre ellos, aún se conserva el viejo tablero de juego.

Hay quien dice que cuando paseas por las calles, en ciertas noches de invierno y cuando más largas y oscuras son, cuando el pueblo duerme en silencio y la escarcha tiñe de negro los pastos de la Dehesilla, cuando el golpe de aldaba suena como a toque de muerto, aún se oye contar corderos: 12, 24, 36, 48...







miércoles, 9 de junio de 2021

Con la mirada

Con la mirada puesta en la Subbética, serpenteas ahora por una campiña ondulada, relajante, que escancia el tiempo con lentitud. La brisa te trae aromas a vino y el otero de sus castillos te susurra al oído rumores de viejas batallas, rencillas esculpidas a fuego en la frialdad de sus piedras. Fernán Núñez, Montemayor, Montilla… se elevan de entre la ancha llanura como blancos baluartes, faros que rigen el destino de un conjunto de retales efímeramente enhebrados, de diferente color y textura, una sucesión de olivos, cereal y viñas, de lomas que cabalgan unas sobre otras hacia un ocaso que se escapa con la tarde.

Fotografía: Galería Multimedia Turismo Andaluz, Montilla

jueves, 3 de junio de 2021

Viaje al corazón

Afirma el dicho que todos los caminos llevan a Roma, podría ser, pero la única certeza que tenemos es que todos los caminos deberían comenzar en Córdoba. Y ahí, en la ‘Señora del Guadalquivir’, arranca la ruta que te proponemos, un apasionante viaje al corazón de Andalucía que te pellizcará el alma. La mejor manera de enamorarse de la ciudad es verla despertar desde la Torre de la Calahorra y el Puente Romano, disfrutar de la panorámica que ofrece, donde río, molinos, sotos de la Albolafia y ciudad comulgan como si de una sola unidad se tratara, o apreciar como la silueta de la ciudad rompe el horizonte de Sierra Morena. Porque Córdoba está integrada como pocas en el entorno natural que la abriga.

A primera vista, podría parecer que la ciudad es la conjunción de un imponente legado monumental y los grandes personajes que aquí han dado luz a su obra, gestados el uno y los otros al amparo de la diversidad de civilizaciones que en el lugar han anidado. Y así es, pues no en vano acoge cuatro bienes declarados como Patrimonio Mundial por la UNESCO (Mezquita-Catedral, Centro Histórico-Judería, Fiesta de Los Patios y Medina Azahara) y un sinfín de monumentos con carácter. Además, como el resto de Andalucía, disfruta del título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad concedido al Flamenco y a la Dieta Mediterránea. Pero, más allá, Córdoba es para caminarla a paso lento, disfrutarla sosegadamente, emocionarte con el detalle más pequeño: con el callado rumor de sus fuentes, con la mancha multicolor que macetas y flores imprimen sobre la pulcra cal, con los aromas a jazmín, azahar y cordobán, con el frescor de sus calles y patios… Córdoba es leyenda, mística y poesía. Pero Córdoba también es el nudo donde se citan todos los cabos que configuran el mosaico paisajístico, histórico y cultural que da forma a la provincia, y así queda perfectamente confirmado en su gastronomía y en sus vinos.  No debes dejar atrás la ciudad sin visitar sus bodegas, disfrutar de su ambiente y degustar platos tan tradicionales como el salmorejo, los flamenquines, el rabo de toro o sus churrascos.