miércoles, 11 de diciembre de 2019

Pájaros

Desconozco la causa, pero de muy chico siempre me pelaba en sábado y en la Barbería de Ponaire.

¿La razón?, no sé. Quizá el motivo estaba en que era el único día de la semana que mi padre me veía más allá de lo que era “un buenos días y un adiós”… y aprovechaba la oportunidad para ordenarme la vida hasta donde podía y le daba de sí el momento. Luego ya, cuando fui menos chico, compartimos noche… cosas de infancias diferentes, ¿o quizá no?

La barbería, como el estanco de Paquito, la abacería de las María Manuelas o la tienda del Obispillo, era uno de aquellos lugares que gestaron lo que recuerdo de mi primera infancia, porque para olvidar ya tenía el Cotanillo, el Corralón o la Casa de Joaquinito. Con razón, la barbería del Maestro Ponaire estaba plantada a tiro de piedra del horno, calle abajo. Aunque para mí, realmente, el negocio lo regentaba su hijo Pedro. Al maestro lo tenía por un vejete delgado, camisa suelta y entrado en las pocas canas que le permitía su escasa cabellera. Un señor que paseaba continuamente por la sala, jaula en mano, contando en voz baja su mucho saber sobre las cosas de pájaros. Pedro, por el contrario, entre tanto barullo y revuelo esgrimía una voz rotunda, contundente, intentando poner un poco de orden y criterio entre tanta parroquia desgañitada.

A media mañana, con enorme timidez y cabeza gacha saludaba con un “quién es el último”. Luego ya, una vez que conocí al Nani, nieto y sobrino, pasé a entrar con más soltura, como si fuera casa de visita diaria. Sábado con sábado, el lugar era muy concurrido. Los muchos iban a pelarse y unos pocos tenían por costumbre ir a afeitarse, pero la mayoría no tenía otra tarea que encontrar un rato de charla y evitar taberna.

Nada más asomar la cabeza, se apreciaba que el lugar era apretado para tanta parroquia. Estaba abierto a la diestra y flanqueado de sillas de enea, dando vista a una frágil puertecilla de dos hojas acristaladas mitad por mitad, un huequecico casi siempre hermético que abría a una salita-comedor recatada donde la matriarca escuchaba en silencio, incrédula a las barbaridades e improperios que se decían, como resignada a cuanto acontecía fuera de sus dominios. Por frente, desplegado en horizontal y sazonado de botes y ungüentos de todo pelaje, se extendía un desteñido y enorme espejo, o al menos así me lo parecía, entonces. Por delante, le precedía un sillón gigantesco, fijado al suelo y giratorio, principal, y una silleta de madera labrada donde el maestro ejercía cátedra en momentos de máxima afluencia.

Era cruzar el umbral y te rodeaba un estruendo de supuestas conversaciones, cada inquilino a su cuento. Con el tiempo, me veo de pie y absorto, y recuerdo aquello como vieja película en blanco y negro donde todos los actores gesticulan aceleradamente y nada se entiende sin la ayuda de subtítulos. Pedía la vez y me sentaba, por guardar las formas, y veía como a mi alrededor los compadres unas veces urdían tratos, que se cerraban con un apretón de mano, y en otras ocasiones tejían trajines que de nada servían, nunca fueron  y nunca serían. Inmerso en aquella insoportable atmósfera sonora, de cuando en cuando y de entre tanto revuelo, como si de un “mixto” de colorín se tratara, se elevaba una pitada fortísima, insoportable, que nada contenía, mientras los “castellanos”, enmudecidos, callaban.

Dejaba pasar unos minutos que se hacían interminables y, calculando que la espera iba para largo, me levantaba con cautela, intentando que nadie fuera consciente de la maniobra. Salía a la calle, a ventear compinches de juegos y armar posibles trastadas. Puerta con puerta estaba el estanco y abacería de Paquito Juan Rafael, aunque para los más chicos era kiosco de chucherías y encurtidos algo avinagrados. A pesar de ser lo que era, a los escalones del estanco les dábamos esquinazo, pues Paquito, sabiendo de nuestros desmanes, desoyendo cantos de sirena y sabiendo de qué iba el cónclave, nos espantaba con su voz ronca no nos fuéramos a ir con el esparto en la cola. Nos dejábamos caer calle abajo, en la acera cemento liso y resbaladizo de los “Larilla” o en la graílla de Marcelino del Moral. Allí, haciendo hora y lugar, nos entreteníamos encandilados con los muchos dichos y chismes de Eusebio. El hombre se salía a la calle cuando la falta de clientela se lo permitía y hacía muestra de su trato afable y mucho ingenio. En una de aquellas, y viendo que siempre rehuía la bulla del interior de la barbería, Eusebio me dice:

—Nene, ¿no te entretiene la charla de los mayores?
—Bueno, es que no hay demonios de que me entere de algo. Me da que cada uno va a ver quien grita con más fuerza y aplomo.
—Sí, cosas de la vida. Cuando entres para pelarte, haz un esfuerzo. Concéntrate y, entre tanto revuelo, intenta escuchar como cantan los colorines del Maestro, están en el patio. Esfuérzate.

Y así procedí. Cuando me toco vez, subí al taburete que me plantaba Pedro, a espaldas del elegante y reclinable sillón de barbero, como si de un chaparrillo de liria se tratara. Cerré los ojos y puse oído. Me costó. Pero antes de que Pedro me despidiera como era costumbre, con un “ya me pagará tu padre”, por encima de tanto vocerío logré escuchar el hilo sonoro de los colorines. Y, sábado con sábado, he hecho por donde escucharlos. Sobre el taburete y cuando pude auparme al sillón de cuero y porcelana.

Ahora, con tanto barbero de diseño cada día me cuesta más. No sé si será cosa de la edad, de que apenas quedan colorines o de que hay mucho pájaro mixto.

Fotografía: Antonio Miravés. En la misma, mi tío Antonio.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Molinos

La capacidad para modelar paisaje con la que contaban los molinos de los ríos Grande y Rumblar, también lo tenía el Molino de Viento del Santo Cristo que corona el pueblo de Baños, fue más allá del ámbito de influencia de las márgenes de la corriente fluvial. Estos molinos, cuando realizaban la molienda de la cosecha de grano, eran el último eslabón de una enorme y compleja cadena silvoagrícola y pastoril, un sistema de aprovechamiento de los pagos serranos regulado mediante ordenanzas municipales, que ya era denominado en las de 1742 como de “roza de cama”. Englobaba un conjunto de normas y tiempos de uso que permitían la coexistencia de carboneros, rancheros, pastores y agricultores y gestaban un hábitat muy singular donde la torruca, como vivienda serrana/chozo local, y una serie de equipamientos complementarios, como las eras, los hornos de pan cocer exentos y los pilares, tenían un papel protagonista.




lunes, 11 de noviembre de 2019

Agua y cultura, 1

Esta manera de intervenir en el territorio, que sin ahondar en la investigación de campo podría parecer exclusiva de la ocupación castellana, contrariamente, tiene una larga tradición histórica. En este sentido, es necesario subrayar la presencia de una serie de equipamientos relacionados con la cultura del agua que son de gran interés y hunden sus raíces aún más profundamente en la historia, como la gigantesca cisterna pétrea de Peñalosa (Edad del Bronce), que recoge las aguas de lluvia y escorrentía que fluyen por el callejero del poblado, o el pequeño balnea de la cercana villa romana del Santuario de la Virgen de la Encina, cuyas aguas provienen de la vecina Fuente del Barranco del Pilar y fue embrión del propio santuario. Es también el caso de las dos albercas elaboradas con mortero utilizando la técnica del opus caementicium y posible origen romano, la de Los Perales de Purita y la del Polígono, la primera es hoy soporte de una más moderna y modesta utilizada para riego, mientras que la segunda es cimiento de una casilla de mina de la primera mitad del siglo XX. Otras evidencias de esta ingeniería hidráulica son el doble aljibe almohade del castillo y los caces de drenaje del complejo hidráulico de la Alcubilla (fuente, pozo y lavadero), cuya fábrica, elaborada con mortero de cal (posiblemente medieval), presenta una gran calidad y resistencia.

martes, 29 de octubre de 2019

A modo de epílogo, otoño

Arrancaba uno de aquellos noviembres preñado de amaneceres limpios, sin una sola nube en el cielo, luminosos, de mañanas que llegaban arropadas de un frío más que crudo y que sucedían a tardes oscuras y lluviosas, que creía por entonces monótonas y de poco lustre y valía ¡qué iluso! Las horas avanzaban tras los visillos contando el tintineo de las gotas de agua que rompían un silencio pausado y complaciente, o con una charla breve, casi apagada, provechosa. Corría uno de aquellos noviembres en los que la vida aún nos saludaba a diario.

Con la noche todavía bien puesta, superando las blancas hiladas de las últimas casas se abría un llano ancho, limpio, infinito, terrizo, salpicado a tramos de eras empedradas aún ajenas a mi cotidianidad, a las mañanas de trilla y a mis tardes de fútbol. La avanzada nos puso por frente, apenas sugiriendo el horizonte, una delgada línea de mampuestos que se aferraba a duras penas a la verticalidad, donde, ante la orden de los mayores, quedó arropado un macutillo escaso de víveres y muy desgastado. Algunos pasos por detrás, a unos metros de la fuente de Marquitos, desde donde me llovían órdenes y regaños, quedaba el hato mayor, con jaulas bien ordenadas y un correoso morral pertrechado de canutillos de cañizo mal pintados en verde, los espartos equitativamente cortados y una pringosa lata de liria, veterana en mil vericuetos y batallas dominicales.

Mientras mi primo izaba varios chaparros varados a la intemperie, que pugnaban por mantener su verdor en ya clara decadencia, mi abuelo faenaba tras el muro de la Viña la Tonta con una lumbre que se resistía sin razones y que empezaba a ennegrecer unas piedras que eran ajenas a la situación, testigos mudos e involuntarios de cientos de aconteceres como el de esa mañana. Haciendo equilibrios sobre el derruido muro, como empezaba a hacerlo con el diario, recibí la orden de traer la lata de liria para que su oscuro contenido, un helado amasijo de auténtico ajonje, pez rubio, aceite frito y agua, volviera a la vida bajo el calor gestado al amparo de la hoguera y el bardal.

Junto al venero, cuando apenas asomaba un hilo de luz por levante, los pájaros de reclamo fueron aupados sobre ganchos de hierro, sobre pequeños montículos de ripios cuando estos se acabaron, para ponerlos a salvo de insectos desagradables. Se daban así por finalizados los prolegómenos. Mi abuelo saludó el día hurgando en el macuto e inaugurando una bota preñada, un pellejo chico y húmedo. Viendo como bajo mis pies se desmoronaba parte del muro, tomé la que parecía definitiva determinación, al menos por el momento, de arrimarme al calor de la fogata y esperar recomendaciones.

Todos tomamos posiciones, aunque al poco y a ratos, rebelde, volvía a auparme a la tapia desmoronada.

Mi primo, arrimándose por vez primera a la hilera de piedras, traía por equipaje una tabla, larga y vieja, algunos espartos cortados y la destartalada lata de liria. Mi abuelo seguía extrayendo y ordenando las pocas viandas del hato, colocándolas sobre dos grandes pizarrones lisos: una talega con el pan partido, mojado y oreado aquella noche, la cabeza de ajos, el aceite…, y demás aperos para las migas de la mañana; y una buena tira de tocino de veta y un tremendo cacho de queso curado que solventarían los honores de la espera.

El vino del pellejo, como las decisiones de la vida, aún me era ajeno.

Mi primo, dejando la madera sobre el muro y viéndome ocioso y pegado a la lumbre, mientras mantenía un ojo y un oído al cielo, los otros al puesto de liria, me alarga un manojillo de espartos y un palo, corto y de estreno, en la cabeza un pegote de pringoso ajonje. Me ordena mirar y seguir su hacienda: sitúa la parte media del esparto sobre el extremo del palo con liria, realiza un movimiento giratorio con el esparto y, con una rapidez inusitada, el hilacho de hierba seca quedaba impregnado de aquel ungüento. A ratos, dediqué aquella primera mañana al aprendizaje de estos menesteres, reponiendo espartos según capturas y evasiones de la presa con pérdida del “arma” vegetal. Aunque la punta de los primeros que empringué quedó cabezolona y con un pegotillo colgando, que haría que, según caminaba la mañana, la liria se corriera e invalidara la herramienta, puso los cimientos de lo bueno y lo malo de otros encuentros matinales semejantes.

A poco que el día clareó, la espera nos trajo a mi padre y tío aparejados de una ancha sartén. Al duro trajín de la noche en la panadería, le sucedía ahora un rato de asueto amarrado a una lumbre, a unas migas y a un puñado de pájaros en un día que me pareció extraño y, por ello y por la nueva, muy especial.

Con la llegada de mi padre, dejé definitivamente las medias alturas de la tapia y bajé con la intención de oír a un hombre que hablaba poco, de escuchar a un padre que comunicaba con su ejemplo. En días como aquéllos tomaron posiciones en mi cabeza ideas extravagantes sobre humanidad, sobre el valor de lo cotidiano, empecé a duras penas a escuchar, y mucho, antes de actuar, a sopesar en su justa medida el esfuerzo constante y diario, sin grandes alardes, dando un paso atrás y cavilando antes de volver al frente.

En aquellos lejanos Santos -fiesta local en Baños de la Encina- había un encuentro con la tierra, de cómo enfrentarse a la vida con las enseñanzas de la tradición de los mayores, algunas buenas y otras malas. Aquellos Santos no eran hijos de los derroteros de la muerte instaurados por el cristianismo en las postrimerías de una Roma decadente; aquellos Santos no conmemoraban la muerte del ciclo estacional de la tierra como hicieran los paganos del norte; aquellos Santos eran el encuentro con la vida, con sus enseñanzas, tras un verano que había achicharrado todo hilo de ella en nuestros montes y campiñas, en Sierra Morena.

La tierra brotaba ahora en los pastos, en los pasos, en sus cosechas de invierno. Hoy, posiblemente, ese espíritu se ha borrado y con él todo atisbo de enseñanza, campando la muerte por doquier. Ahora se cuenta que era un día en el que las campanas doblaban sin descanso ni esperanza, se rememora como una huida; cuando en realidad lo que se narra es un espejismo, una metáfora, un eco que proyecta al pasado la realidad que hoy es.