La suerte de los que ya calzamos cierta edad es que,
poso sobre poso, hemos acumulado un lecho de gratos recuerdos y un filón de conocimiento,
aunque también se ha almacenado alguna cicatriz sin cauterizar. Pero con el
tiempo, la memoria, desbordada por las arrugas, es como ánfora reseca y
agrietada a la que se le escapan los recuerdos por las quebraduras lañadas. Los
que persisten a la sombra otoñal, languidecen y se enmarañan de tal manera que
no llegas a reconocer con certeza cuando sucedió cada trasunto. Hay situaciones
en las que, casi sin quererlo, llegas a situar la vuelta por delante de la ida.
No es que la amnesia sea generalizada, pero con el santuario de la virgen me
ocurre un tanto así. Lo más probable es que fuera en romería cuando pisé por
primera vez las inmediaciones de la ermita y hasta la propia iglesia, de hecho,
hay prueba fotográfica de la situación, pero no es ese el recuerdo más profundo
que tengo del lugar. Lo mismo yerro, pero andaban los ochenta en sus
prolegómenos cuando me llegó la noticia de que dos paisanos, Andrés y Juanito, andaban
hurgando por los alrededores de la ermita armados de picola, palustre y
cucharro, concretamente en lo que ahora conocemos como la villa romana. Y uno,
que ya intuía querencias por la Historia y poseía una bicicleta derbi Rabasa
por estrenar, tarde con tarde me acercaba a olisquear cómo llevaban la faena.
De entonces, aún guardo en cualquier rincón olvidado algún trocito de estuco
coloreado.
La primera ocupación del lugar de la ermita se derramó con las ruinas de la villa que hoy mal se pueden apreciar. Aunque, por el
contrario, hay autores que consideran que lo que allí derramó sus piedras, ya
sea por el reducido tamaño de su balnea o por su localización
geográfica, fue una statio o una caupona, es decir, una taberna económica
donde los viajeros podrían dormir, comer y asearse. Pero ¿sobre qué se cimentan las edificaciones
actuales, las que hoy dan forma al complejo del santuario de la virgen de la
Encina que observamos? Si nos hacemos eco de los datos arqueológicos, tanto
Concha Choclán como Sebastián Moya nos indican que, en el siglo V, tras el
periodo romano, el lugar fue abandonado y no volvió a ser ocupado hasta avanzado
el XV, ¡¡mil años después!! En el XVII, el balnea sufre una importante
remodelación, pues se construyó una vivienda o taller que sirvió de apoyo a la
reedificación de la iglesia levantada en el primer tercio del siglo XVII (1621
según de la clave de su puerta).
Pese a ello, en el edificio aparecen algunas singularidades
que nos permiten pensar en la existencia de algunas estructuras defensivas anteriores
al siglo XV. Así sucede en la pared suroriental del patio, donde, en su
cimentación, se observa un tramo de muro con disposición atizonada. Esta manera de edificar, que es propia del
califato omeya, es muy distinta a la forma de proceder renacentista y barroca
que define la fábrica bañusca, que se caracteriza por la presencia mayoritaria de
muros construidos a soga. Aunque, testimonialmente, también hay algún edificio
levantado a soga y tizón, como ocurre en algunos paños de la ermita del Cristo
del Llano. El testimonio a tizón del santuario nos evoca ciertas construcciones
sorianas edificadas durante el siglo X bajo la dirección del general Galib: es
el caso del castillo de Gormaz, la ermita de las Mezquitillas o las murallas primitivas
de Medinaceli. Pero los sillares a tizón no sólo están presentes en la cerca
del patio, piezas sueltas, quizá reutilizadas, aparecen en la torre del crucero
y en los contrafuertes del paño noroccidental, que curiosamente coinciden con las
estructuras más antiguas del complejo eremítico.
¿Pudo levantarse en el lugar algún tipo de edificación
andalusí de carácter defensivo, caso de una torre de control o fortín? No es
una certeza firme, pero en caso cierto estaría conectado visualmente con el fuerte
califal que ocupaba la cresta del cerro del Cueto, el que dio cimientos al
castillo almohade de Baños de la Encina. Aunque hoy arrasados y sin excavar, es
posible que también existieran otros fortines y torres de control. Es el caso
de la estructura que precedió a la ermita de Santa Olalla, hoy molino de viento
de Buenos Aires, la cimentación de la ermita de Santo Domingo o Calera, erigida
sobre la cabecera del arroyo de la Celada, y el fortín de origen romano del
cerro del Salcedo.




Muy interesante. Lo que no entiendo es lo de a tizón pues nunca había reparado en ello tras verlo en algunos edificios, me refiero a qué significa
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