viernes, 12 de febrero de 2016

De trazas urbanísticas y caciquismo incipiente



En los primeros años de la Edad Moderna el pueblo crece, económica y urbanísticamente, de la mano de pecheros, pequeños propietarios ajenos al arbitrio de la nobleza que se enriquecen con su propio esfuerzo, pero también con la merma del común. Paralelamente, van creándose pequeñas y contadas fortunas que comienzan a labrar y ahondar unas diferencias que irán a nutrir un caciquismo ahora incipiente. Contrariamente a lo esperado y un siglo después, tras las numerosas y anheladas desamortizaciones civiles, aquellas políticas supuestamente liberales harán de la cuña un abismo social.

La edificación de nuevas y excepcionales casonas tiene su negativo reflejo en la presencia de penuria y barrios marginales. El eje que ahora sustenta el crecimiento no es la calle, será la manzana, preñando palacetes autosuficientes, donde la zona noble se separa claramente de los ámbitos de servidumbre, agropecuarios y artesanales (Cuesta de los Herradores). En este sentido, la Casa Grande o de los Molina de Cerda abre un camino que a no tardar seguiría en menor medida la casona de los Jiménez de Mármol.

El nuevo orden urbanístico y la merma del común es paralela a la aparición de casuchas y chozas que se localizan al amparo de caminos, en el extrarradio, como el de Santa Olaya o Eulalia, y junto a viejas canteras abandonadas, como las del Mazacote, donde es difícil diferenciar donde acaba la roca y comienza la morada.




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