martes, 28 de marzo de 2023

La Almena Gorda

Por delante, San Mateo tenía un anchurón terrizo gestado al amparo de la fortaleza y bajo vigilancia de la torre mayor del castillo, la conocida por los bañuscos como Almena Gorda. Nos puede parecer, y así hay quién lo afirma, que sus redondeadas formas, al menos las primitivas, tuvieran su origen en cosa de levantar una torre del homenaje y darle en los belfos a un supuesto poder eclesiástico, que velaría armas al otro lado de la plaza. Sin embargo, por los años en que se moldeó el baluarte (siglo XIII), el clero aún no tenía presencia física ni arquitectónica en el exterior de la alcazaba. Por entonces, la colación de Baños (aldea) solo contaba con una capilla intramuros del castillo regentada por un capellán, la de la Magdalena, y, por lo corto, aún habrían de pasar otros dos siglos para que se levantara la parroquial de San Mateo.

La cuestión iba por otro asunto.

En tiempos en los que Europa era un baño de sangre, ya se rompiera uno los morros contra el sarraceno o con el vecino de más allá —vamos, como toda la vida de dios, los avances bélicos traían nuevas maneras de guerrear —aunque cualquier hijo de bien podría entender que en esta cuestión todo es retroceso—. Así sucedió con el trebuchet, también conocido como fundíbulo de tracción o trabuquete, un ingenio armamentístico originario de China (siglos VI o VII) que se generalizó en los asedios del viejo continente durante los siglos XII y XIII. Tan colosal y destructor artilugio necesitaba un espacio amplio y accesible para establecer las posaderas, y así ejercer su oscura función. Con éstas, y reconociendo que el llano de la plaza era el único punto hábil, frente al castillo, para facilitar el acercamiento de esta clase de catapulta, no es extraño que la torre cuadrada y almohade, situada a levante y frente a la explanada, se fortificara entonces en redondo. El castillo pasaba así a ofrecer su mejor cara a lo que con el tiempo sería la Plaza Mayor. Y todo este soliloquio venía a cuento, como diría Patricio, porque las aristas de las torres andalusíes no eran la mejor baza para hacer frente a las pesadas balas de piedra que lanzaba el armatoste.

Al hilo de esta argumentación, es necesario poner los puntos sobre las íes y dejar bien dicho que tan enorme y envolvente mole de roca no se ejecutó de una sola vez. Los dos tercios inferiores de piedra, los que recubren la vieja torre almohade en tabiyya y ocultan los ‘níos’ de los tordos (entiéndase mechinales), debieron ejecutarse poco tiempo después de la conquista castellana. Para ello se utilizó una mampostería de arenisca ordinaria, muy descompuesta, con piedras de cierta envergadura e irregulares. Por el contrario, la parte superior, desde los antiguos merlones, que se dejan apreciar en días soleados, a la terraza, muestra una mampostería mucho más concertada, compuesta por sillares mínimamente labrados. Este proceder, y la ausencia de marcas de cantero y signos lapidarios, nos indican la presencia de maestros de maestros de obra, y no canteros, y nos lleva a pensar que este tramo superior se ejecuta en un momento tardío, posiblemente durante los últimos años del siglo XV, cuando ya se está edificando la primera fase tardogótica de San Mateo.

En un callejero donde todo son cuestas y apreturas, no aciertas a saber si la iglesia ocupa y preside los pocos palmos de terreno en llano de la vieja aldea de Vannos, o si esta anchura es obra de artificio de la parroquial en un afán de ganar protagonismo en las gestiones y cosas del Común. No debemos olvidar que las primeras ordenanzas municipales bañuscas, las de 1742, se refrendaron en el atrio, bajo el tañido de sus campanas, y que la anchura de la plaza fue mercado diario y coso taurino en numerosas ocasiones, como cuando fue proclamada heredera al trono la que fuera Isabel II de Borbón. En todo caso, la iglesia se elevó en el interior del cerco aldeano, el que llegó casi a cerrarse mediante murallas y escarpas. De aquella antigua fábrica aún podemos apreciar algunos testigos, que enarbolan mejor o peor situación, como nos refrenda el murallón de la casona de Guzmanes, el torreón de los Poblaciones-Dávalos —cuyo apelativo habría que poner en cuarentena— y diversas escarpas, como la presente en la calle Huérfanos o la que corre oculta bajo el portillo que unía las calles Trinidad y Fugitivos.

Al elevar este cerco fueron diversas las intenciones, pues más que defender el pago aldeano de intrusos y batalladores fue instrumento para cobijar el ganado local, pero también el trashumante. Asimismo, fue la herramienta que permitió fiscalizar los pagos, tanto el portazgo como el montazgo. San Mateo está localizado junto a un gran espacio abierto, más corral de contaduría y guarda de merinas que plaza, y es lugar de encuentro de cañadas, cordeles y veredas. Por cierto, como también era norma por entonces en los pueblos de Serranía. Como muestra sirva un botón, pues en su cabecera está ubicado el único pilar intramuros, más abrevadero que fuente. Hoy reseco, su venero manaba unos centenares de metros más arriba, en la calle Mestanza, o Arroyo, y junto a lo que con el tiempo sería el palacete de los Mármol. El Pilar estuvo desempeñando su cometido hasta bien entrada la década de los 80 del pasado siglo, cuando accidental y torpemente se perdieron las conducciones y sus piedras quedaron secas como chortal en verano.

Por todo esto, la Plaza, como escenario del común, desempeñó un papel privilegiado para obtener ingresos, aquellos derivados del arrendamiento de los pastos públicos a los pastores de la Serranía de Cuenca y del Señorío de Molina, pilar básico de la economía bañusca en los primeros siglos de la Edad Moderna. Ahora, transcurrido un mundo, si te asomas al atrio y pones oído, escucharás un eco lejano, como un murmullo callado que empapa de nostalgia nuestros sentidos y cala en lo más profundo de nuestro espíritu. Mientras tanto, se cercena un pedacito más de la desmemoria de la comunidad:

Caña larga, chu churumbel.

Aceitero, vinagrero, Juan Correal,

amagar y no dar,

un pellizquito en el culo que sí se le da.

Manda el rey de la coronilla preguntarle a Manolica a cuánto tiene los merengues

Y allí arreaba toda una partía de zagalones, a marear a Manuela. Y en persecución de la cuadrilla, el burro, liando una marabunta que llenaba la ancha plaza de correrías, desatinos y la mayor algarabía.



lunes, 20 de febrero de 2023

La Orden de la Santísima Trinidad: hospital, 'esclavos' y cofrades. Baños de la Encina

Manuela era bajita, algo achaparrada, y poseía un corazón enorme. De carácter amable y generoso, cuando le entraban de mala manera le salía ese mal genio granaíno que parecía no tener, pero que si era necesario ponía a cualquier tontusco en su sitio. La edad, también los muchos sacrificios que le exigió esta vida, le provocó bastantes problemas en las piernas y en el caminar, pero lo salvaba con un enorme esfuerzo y las muchas ganas de hacer bueno. Lo mismo es mi parecer, pero llevaba con cierto equilibro su ceceo de fábrica, pues era natural de El Padul, y la sequedad propia de la gente de por estos pagos de Sierra Morena.

A su exigua pensión le ayudaba trajinando en un pequeño cuchitril, una tiendecilla de tener poco género, no cabía más, pero el más adecuado en el momento preciso. El cuartucho estaba situado en el esquinazo de poniente de la Plaza Mayor, donde Joaquina tuvo confitería por los sesenta y setenta y regentaba los alquileres Bartolico Recena. Si el abarrote ya era para tres clientes y el cuarto tenía que hacer cola en la puerta, la modernidad, que llegó de la mano del autobús de pasajeros y la querencia por penetrar en las estrecheces del callejero histórico, vino a quitarle un cacho a la casona y a dejar el colmado en casi nada. La vitrina de la repostería se levantaba en primer plano, a modo de barrera y mostrador, y por frente, tras la silueta de Manuela, se apilaban más o menos ordenadas un sinfín de latillas de todos los tamaños y colores, también algún licor mal encarado y caído en el olvido. A la derecha de la puerta, casi apretada contra la vecindad, ronroneaba la nevera-congelador, verdadero artífice de que los zagalones de mi edad fuésemos fieles parroquianos de la ‘Manolica’. Por mis años y modos, uno era cliente asiduo los fines de semana, cuando andaba por Baños y alternábamos poncharrinas en las escaleras del castillo con litronas en el parquecillo de los Turrumbetes, o viceversa. Manuela nos surtía, según el caso y con la mayor amabilidad, pero si se daba tal situación que la lengua llegaba a trabarse y el susodicho se mostraba ‘perjudicado’, la señora argumentaba con contundencia el correspondiente regaño y la necesaria sanción: se cerraba el kiosco para el de turno.

La buena amistad con Manuela venía de lejos. Entroncaba no solo con estos temas de índole comercial, lo era también por los excelentes lazos que tenía con mi familia y los esplendidos ratos de charla que, a primera hora de la mañana, nada más amanecer, echábamos en el despacho de pan de mis padres. De los mismos, también participaba otra buena amiga, María la de Juan Miguel, otra señora entrada en edad, mucho genio y mayor corazón. Tan amenos se hacían aquellos encuentros, que creamos un grupo de Primitiva al que se sumó Juana Mari, hija de María. Aquello acabó de una manera bastante peculiar, pues a la euforia de creer que nos había tocado un mundo le sucedió un momento de cierta desilusión. La cosa finalmente quedó en un premio que no iba más allá de unas pocas pesetas por cabeza.

Algunas tardes entresemana, cuando uno andaba en soledad y a la espera de que algún compadre cayera por la plaza, calentaba la litrona en el mismo puesto de Manuela. Ella, por hacer el rato más ameno y verdaderamente preocupada por mis pasos, solía preguntarme sobre los estudios, ya fuera en Jaén o Granada, o por dónde conducía la vida. Cuando no llegaba compañía y el entretenimiento se me iba de las manos, también se preocupaba por cómo mal perdía el tiempo empinando el codo. En uno de aquellos días, al saber de mis historias, y de la Historia en la que comenzaba de novicio, me comentó de la importancia que debió tener su vivienda, una casita situada a tiro de piedra de las Eras de Casas y en la manzana de Trinidad, frente al viejo molino de San Enrique. Perteneciente a la saga de los Muñoz-Cobo, la almazara estuvo en funcionamiento hasta la década de los cincuenta del siglo pasado. Para ella, por encima de todos sus méritos, el valor de la edificación estaba en el sótano de la casona, que más bien parecía bodega o cantina según la jerga que usan en la comarca de La Loma. Con sillares de arenisca perfectamente labrados, recordaba a los dos que sustentan los bajos de la Casa Grande, en el callejón del Pilar. Siguiendo su criterio, la verdadera virtud del sótano residía en lo fresquito que era, sobre todo en aquellas siestas estivales cuando los calores eran insufribles.

Para ser fieles a la realidad, el exterior de la vivienda respondía a la tipología más andaluza, la típica casita pequeña de un blanco que rayaba la pulcritud. Pero en verdad, en su interior, bajo esta primera capa de cal, escondía un revoltijo edificatorio de habitaciones que se metían en los solares colindantes, un verdadero laberinto de alcobas de corte austero y muy castellano. Con toda probabilidad, la casona, como las vecinas, fue fruto de numerosas herencias y particiones, la mayoría de las veces arbitrarias. En origen, debió tratarse de un único edificio noble de excepcionales características arquitectónicas, cuya portada señorea hoy en una vivienda dos casas más arriba, la que pertenece a Juan Manuel Ortiz. Con toda probabilidad, responde a un viejo hospital de transeúntes, una construcción que ya desde sus comienzos socavó el sótano, a modo de bóveda de cimentación del conjunto, en los bajos de la vivienda familiar de Manuela. Tanta división no nos debe parecer extraño pues, a modo de ejemplo, sirva el caso de don Pedro Andrés del Mármol, presbítero, que mediado el siglo XVIII poseía, por una parte, un tercio de casa en Cestería y, de otra, una novena en la misma calleja. Asimismo, era propietario de una cuarta parte de un molino en la calle Eras. Un caso similar se da con el prior de san Mateo, don Francisco Charidad Villalobos, que detentaba dos medias casas, una en la Bezerrá y otra en calle Eras, así como un molino, que acogía en su interior un horno de pan cocer, y dos mesones, uno en Eras, todavía en ‘alberca’ (sin techar), y un segundo que hacía las veces de posada. La Posá, que así la hemos llegado a conocer, estaba situada en el encuentro de la Plazuela con Bezerrá y calle del Pozo Vilches.

Del hospital, bajo el apelativo de la Sangre de Christo y situado en las cercanías de Camino Real o de Andalucía, del que cada vez tengo más argumentos para llamarlo ‘calatravo’, poco sabemos más allá de que fue de ‘pobres y pasajeros, también para los de este pueblo, con la encomienda de tratarlos y curarlos, que se sacaba para adelante con un raquítico presupuesto de 130 reales anuales y rentaba un subsidio de 1 real y 8 maravedíes’. Aunque se desconoce su fundador, la administración estaba a cargo de un tal don Alonso Francisco Tirado y Robles, presbítero de esta villa a enero de 1752. Un personaje de la época bastante peculiar e ilustre, como se puede apreciar más abajo ‘fiel cumplidor’ de la Regla de San Agustín. Y es que los apóstoles del voto de pobreza pregonan una y otra vez, permanentemente, regresando en el tiempo como la rueda de una noria, eso sí, exigiendo el cumplimiento al prójimo. Con vivienda en la calle del Potro, también tenía casa en propiedad en Eras y un solar en calle Ejido. Asimismo, administraba los bienes de las ermitas de San Marcos y Santa Eulalia de Barcelona, asunto muy propio, como después se verá, de los acólitos de la Trinidad. El primer santuario estaba situado en un encuentro de caminos señalado, donde Majavieja (o de Andalucía) se unía con el de Guarromán y la vereda de Linares; mientras que el segundo estaba enclavado en el paraje del Calvario Viejo, un conjunto con numerosas eras desde donde partían los caminos con destino a la vertiente norte de Sierra Morena (del Hoyo y San Lorenzo) y el cordel merino de Guarromán.

Es cierto que la gerencia estaba en manos de un clérigo, ya fuera en concepto de mayordomo o prioste, y a cuyo cargo también debían estar los oficios, pero en la práctica, siendo un establecimiento pequeño, más casa de misericordia que hospital, con seguridad el hospitalero sería un cofrade casado o una casera designada por la cofradía. A modo de ejemplo comparativo, así sucedía con el hospital de los Honrados Viejos del Salvador, en Úbeda, donde la regente cobraba un sueldo de cinco reales, cinco panes y una media azumbre de vino a la semana, que debía darle de sí para comprar carne y viandas para su sustento, así como para coger agua de la fuente y el jabón necesario para la limpieza de camas, suelos y enfermos.

Y puestos en esta tesitura, a un servidor le llamó la atención la ubicación viaria de nuestro hospital, en concreto la existencia de un apelativo callejero de origen religioso, en este caso Trinidad, cuando se trataba de una época en la que este tipo de nombres brillaban por su ausencia en Baños: Cueto, Cestería, Matadero, Eras, del Pozo Nuevo, Suspiro, Piedras, Potro, Chacona, Bezerrá, Herradores, Arroyo, Luzonas… Podríamos seguir desglosando el callejero en su totalidad sin encontrar, mediado el siglo XVIII, ni una sola calle que respondiera a motivos de carácter sacro y sí a causas funcionales o cualidades topográficas.

Por las cosas de la edad, pero sobre todo por el momento histórico que te cae vivir y el escalón de la sociedad donde uno viene al mundo, a Manuela no le tocó uno de los más favorables. A muy duras penas, pero con cierto disimulo, se defendía en materia de letras y números. Aunque en más de una ocasión me pidió ayuda cuando la cuenta de una parroquiana superaba la rutina diaria. Ahora, eso sí, tenía una enorme cualidad, la de saber escuchar pacientemente, posiblemente uno de los bienes más preciados que nos ha dado nuestra naturaleza. Cuando veía pasión en el relato del contertulio, se plantaba en jarras y te exigía seguir con tus cuitas y encomienda, dando pie a que uno profundizara en su reflexión. Y aquel día, siendo más monólogo que charla entretenida, a Manuela le brillaron los ojos y a mí otro tanto, como abriéndome la puerta de par en par para que prosiguiera con mi batalla.

Y llegados hasta aquí, habría que tirar del relato histórico.

Durante el siglo XII, también en el XIII, y como ocurrió con las de tipo militar, las órdenes hospitalarias tuvieron un crecimiento desmesurado. Así sucedió con la Orden hospitalaria de San Lázaro, que dedicada al cuidado de los enfermos de lepra fue constituida en Jerusalén (año de 1120). Otro tanto ocurrió con la Orden aragonesa de Nuestra Señora de la Merced (1218), que fue tanto asistencial (hospitales y redención de cautivos) como castrense (defensa de las costas de los ataques berberiscos), la Orden de los Hospitalarios del Espíritu Santo (1195), que se extendió por Francia, Italia y Alemania, o la Orden de los Crucíferos (1119), que fundada en Bolonia, y con el apoyo del papa Alejandro II, se propagó por Hungría y Polonia. También cabe mencionar a las congregaciones de san Eloy de León, dedicada a la atención de los peregrinos del Camino de Santiago, a la de san Bernardo de Suiza, con hospitales en los pasos alpinos, o la Congregación de canónigos del Santo Sepulcro. Surgida en Jerusalén (1144) a iniciativa de Arnulfo de Rohes, los sepulcrinos pasaron a Occidente cuando cayó la ciudad santa integrándose a fines del siglo XV en otra orden hospitalaria, la de san Juan de Jerusalén, Rodas y Malta (1048).

Pero la que aquí nos trae, por nuestro apelativo callejero, es la Orden de la Santísima Trinidad, más conocida como de los trinitarios. Fundada por san Juan de Mata en Cerfroid (1198), en la diócesis de Meaux, el papa Inocencio III aprobó sus estatutos bajo la regla de san Agustín. Desde sus comienzos tuvieron dos grandes encomiendas. De una parte, la hospitalidad, entendida como acogimiento de enfermos, pobres y peregrinos, y de otra, la redención de cautivos, también conocidos bajo el apelativo de esclavos. En este sentido, no fue casualidad que el fundador pusiera la Orden bajo la protección de la Virgen del Buen Remedio, indicando con ello quién sana todos los males de la humanidad. Rápidamente se propagó por Francia, Italia e Inglaterra, llegando a tener en la Península Ibérica más de 30 casas hospitalarias a finales del siglo XIII. La Orden daba gran valor a la ascesis, que se manifestaba especialmente en el silencio, el ayuno, la abstinencia y el comportamiento, tanto en la casa como fuera de ella. En una época donde la vida religiosa es entendida como huida del mundo, como enclaustramiento (conventos y monasterios), los trinitarios se mezclan con los laicos en su rutina diaria, en sus obras de apostolado, en su trabajo y en su economía. Incorporan a laicos a su espiritualidad, a sus obras, mediante la ‘Cofradía de la Orden’, oportunidad que suscitó el entusiasmo de Gonzalo, obispo de Segovia, quien, en una carta elogiosa que obsequia al fundador (1208), animó a toda la población, a todas las clases sociales, a convertirse en cofrades y bienhechores de los trinitarios.

Obedientes a su superior, castos y sin propiedad alguna, los trinitarios se instalarán en los arrabales, muy frecuentemente extramuros y junto a las entradas de la población. Sus ingresos, que procedían de canales bien diferentes, como la limosna o las cuotas de sus cofrades, se dividían en tres partes. Con dos de ellas se atendería a las obras de misericordia y al sustento de los religiosos y la casa; la tercera se dedicaría a la redención de cautivos (esclavos). Asimilados con el pueblo llano, usaban lana para la vestimenta y el lecho, y el asno como cabalgadura. El caballo les quedó terminantemente prohibido. Los siglos XVI y XVII serán de gran vitalidad para los trinitarios de la Península, creándose nuevas fundaciones y hospitales, y abriéndose numerosas casas de estudio y colegios universitarios. Tan ingente actividad tuvo un gran protagonismo en la ciudad de Baeza y en todas sus colaciones, incluida la de Baños de la Encina, villa desde 1626. La última década del XVI trajo consigo la reforma de la Orden. Bajo la batuta de san Juan Bautista de la Concepción, y con la conformidad de Clemente VIII, en 1599 se constituyó la Congregación de los Hermanos Reformados y Descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad y Redención de Cautivos. En Andalucía se establecería una de sus tres provincias españolas, en concreto la llamada como de la Transfiguración. Entre otros aspectos de la Orden Reformada, cabe destacar la posibilidad de tener terciarios, es decir clérigos y laicos que profesaban los votos de la Orden. Entre 1625 a 1769 consiguieron veinticuatro redenciones, personas liberadas de la esclavitud del pagano, entendiendo como tales a los sarracenos. Por otra parte, en aquel periodo divulgaron sus renombradas procesiones penitenciales, en las que recitaban y cantaban la doctrina cristiana por las calles concluyendo con un sermón. Todo ello favoreció la general propagación de las cofradías de Jesús Nazareno, cautivo y rescatado, como podemos imaginar directamente relacionadas con la Orden y sus fines.

Al hilo de toda esta perorata, Manuela parecía preguntarse a qué venía tanto verso y qué tendría que ver con las bondades de su sótano. Momentáneamente, la mujer quedó como fuera de sitio, pero tenía la total seguridad de que llegaríamos a buen puerto.

Para el asunto que nos traía, y por no tener a Manuela en la más absoluta inquietud, es interesante apreciar como nuestro edificio, que más nos parece casa de misericordia que hospital, está ubicado junto al Camino de Andalucía y en su encuentro con el camino Cascarrillo (o de Enmedio) y la vereda de la Argamasilla (también conocido como Camino de Linares o de las Enebras). Situado en los arrabales de la villa, lo está en uno de sus accesos principales (entrada de levante). Por entonces, Trinidad se estaba construyendo como barrio de nuevo cuño, extendiéndose por debajo de la calzada viaria que llevaba a las eras de la parte baja del pueblo, las de ‘Casa’. Sobre el terreno, la principal peculiaridad de esta manzana es que las almazaras tenían un protagonismo urbano más que notable, pues eran muy numerosas y sus testimonios aún son más que notables. En este asunto, en la ubicación junto a los accesos y en los arrabales, encontramos la primera coincidencia con los hospitales trinitarios. Por otra parte, como el tamaño de nuestro dispensario era muy reducido, no era la Orden quién directamente gestionaba el hospital. Por el contrario y como hemos visto más arriba, estaba administrado por un clérigo, posiblemente profesante de la Orden, lo mismo que debía ocurrir con los laicos que llevarían el trámite diario: curas, limpieza, atención del peregrino, etc. En este tema, en la colaboración activa de cofrades y terciarios, participando como empleados del hospital, volvemos a encontrar nuevas coincidencias con el modelo asistencial que desarrollaron los trinitarios.

A modo de epílogo, mediado el siglo XVIII, el Catastro de Ensenada nos dice que se desconocen los tiempos y la persona que llevó a buen término la fundación de nuestro hospital. Pero hay tres aspectos que nos indican la posibilidad que existiera una cofradía vinculada con los trinitarios, un grupo de personas respetuosas con los fines y regla de la Orden que gestionaría la rutina diaria del dispensario y que, por tanto, nos indicaría el origen trinitario de nuestra casa de misericordia. En primer lugar, y como nos recordaba en su blog nuestro ilustre paisano Diego Muñoz-Cobo Rosales, tenemos el testamento de Elvira Galindo, que falleció en Baños en 1708 y lo tenía otorgado en 1696. En él, entre otras disposiciones, nos viene a decir que ‘el primer fruto de aceituna de las fincas que dejaba para tal fin, se saque a almoneda o subasta al mayor postor y el producto se ponga a censo y sus rentas sean para la Esclavitud del Santo Christo del Llano, como ayuda a las fiestas y demás gastos de dicha entidad’. Este legado nos confirma la antigüedad de la cofradía y la consideración de ilustre que ya tenía en 1752, fecha del mencionado catastro elaborado en tiempos de Fernando VI.

En segundo lugar, nos llama la atención que el apelativo ‘esclavitud’ tenga especial protagonismo en el nombre de dicha cofradía, más aún cuando el rescate o redención de esclavos en poder de los berberiscos (cautivos) era una de las principales dedicaciones de la Orden (véase el caso de Cervantes en Argel). Paralelamente, en las disposiciones de Elvira Galindo se hace mención expresa de las ‘fiestas’, cuando más arriba veíamos que es por esta época cuando se popularizaron las procesiones penitenciales, principalmente las de Jesús del Rescate y Cautivo, que en la mayoría de las ocasiones venían de la mano de las cofradías de la Orden.

Por último, es muy interesante la presencia de numerosas cruces de la Orden blasonando los dinteles de diversas casonas del conjunto histórico. De cruz griega, muy similar a la paté o patada de la Orden Hospitalaria del Temple, aunque con unas ligeras diferencias, las tenemos identificadas en más de una decena de viviendas. Así sucede con las labradas en la propia manzana de Trinidad, donde hay hasta tres; pero también están presentes en Industria (Becerrá), de la Cruz (del Potro), Visitación (Chacona), de la Amargura, Fugitivos o Isidoro Bodson, antigua Donosa, entre otras. A destacar una de las que hay en Donosa, en el reutilizado dintel que da acceso a los domicilios de Unicaja, cuya cruz no responde al tipo paté. Por el contrario, representa la primitiva cruz de la Orden, la versión formada por dos franjas sencillas.

Estos testimonios, más que significativos, nos podrían confirmar la presencia y la actividad de la Orden en Baños, primero cuando fue colación (aldea) y después siendo villa. Y todo ello nos lleva a considerar que el hospital de la Sangre de Christo, como la vieja cofradía que promocionó la fiesta de los ‘Esclavos’, debieron ser consecuencia directa de la actividad desarrollada por los acólitos que la Orden Hospitalaria de la Santísima Trinidad tenía en nuestro pueblo.

Manuela, mirándome de arriba abajo, me dice que escucho algo en lo más profundo de las piedras, quizá raro o singular, como si quisiera descubrir en su duro interior el corazón y el pensamiento de las personas que las tallaron. Sonríe, echa la llave a la destartalada puerta y me emplaza para otra tarde.


viernes, 13 de enero de 2023

Pueblo

Antonio podría parecernos un personaje extravagante, pero tan solo era vástago de un tiempo y unos modos de sacar la vida adelante. Para ceñirnos a la realidad, se trataba de un tipo muy delgado, casi esquelético, lleno de nervio y arrugado por tantas razones y los muchos desencuentros. De sempiterna garrota machacona, gorra pálida y cazadora deslucida, se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo. Su voz de pregón le precedía en un deseo constante por no quedar ajeno a las escenas que cada día pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería mientras miraba de reojo a la Peñasca y con el báculo en alto clamaba un no rotundo, que la señora de la guadaña lo esperara para más adelante. Poco importaba que nadie lo escuchara, desde el alba al ocaso su voz tenía la obligada norma de rasgar la paz sonora del otero.

La tahona —me cuenta—, ya no es un ágora espaciosa y acogedora, lugar de encuentro y charla, un ir y venir de gentes de todo pelaje y mucho trato. Ahora es un cuchitril empequeñecido, apretado entre un sinfín de estanterías de plástico rígido y mercaderías bien empaquetas y venidas del último confín del mundo. En la tahona —me dice—, ya no huele a masa madre, ni a jara verde, y el pan ha dejado de mirarnos con esos ojos tan enormes. La tahona —se lamenta—, ya no evoca pálpitos de tierra vieja y aceite nuevo. Ahora, el horno no es un vientre cálido y panzudo, es un infierno de armario que cierra herméticamente, un ingenio del demonio que sin necesidad de hornero ni maña se traga de una sola tacada cientos de barras precocidas. Mudado a punto caliente, es gélido y aséptico, un fardo de globalidad que sin despeinarse ha fulminado la memoria de todo un pueblo.

Junto a la boca del horno no queda ni asomo de la vieja cafetera desportillada, ni de los aromas torrefactos que invitaban a la charla a voces.

Puede no parecerlo, pero un día incierto Antonio fue umbría callada, generosa, aderezada de quejigos, lentiscos y madroños. Y fue huerta derramada, ancha, de caballones terrosos y acequia sonora. Y fue campiña de mieses doradas. Pero la ruina, cuando llama a tu puerta, viste a la gente con la misma horma que calza su tierra. Antonio se mantiene a duras penas en pie, como balate derruido o rastrojo quemado, más parece un hato de charabascas resecas que coloniza sin miramiento cualquier huella de lo que un día fue industria y ahora es barbecho. En su otero, sobre una era empedrada, derrama sus pocas inquietudes pastoreando la nada que este pueblo le deja apacentar.

Pon oído, escucha, —me dice Antonio—. Y solo oigo silencio, un silencio agobiante a intervalos roto por el estridente ruido de la chicharra. De repente un disparo estremecedor, rotundo y seco. Unos segundos que son una eternidad… una jauría. El horizonte se asemeja a una enorme cerca vallada con alambre de espino y la tierra se quebranta. Con cada paso se levanta el polvo de una vereda que se pierde, que te envuelve y reseca el aliento. El aroma a ládano de la jara, un aceite achicharrado, te viste de una calma chica, te envuelve con una atmósfera pesada que te agacha. Te acuna un viento avaro, holgazán, que no hace ni un solo intento por desperezarte.

Y de entre el tumulto emerge una frase positiva que te toca el hombro, un rebaño de palabras huecas, vacías, que gestan una cínica impostura que no cambia nada. Siempre nos quedará una tierra expoliada y ninguneada una y cien veces, un pueblo vaciado, una guadaña cuya mano acecha sin cara ni nombre.



jueves, 9 de junio de 2022

¡¡¡Enormes!!!... y enorme la crónica

Ni muffins, ni brunch, ni afterwork, ni selfie. Los Enemigos no son de estos tiempos. Ellos siguen siendo de madalenas, cañitas tras el curro y almuerzo entendido como bocadillo matinal, nada que ver con la palabra elegante con la que ahora comen los políticos y los empresarios. Los Enemigos “no som d’eixe món”, que diría Raimon, son de los tiempos en los que la guitarra era totémica, instrumento con el que los más jóvenes airaban su enfado, construían una nueva lógica sonora y el nosotros podía al yo con sus crisis emocionales. La música sonaba fuerte y desafiante, no queda y ensimismada. El tiempo ha pasado orillando lo que antes era central, pero Los Enemigos distan de ser una antigualla porque su queja y su enfado no se momificaron con la llegada de la alopecia, sino que junto a la fidelidad a un sonido correoso han ganado al tiempo. Los Enemigos siguen molestos, pero ya saben que con guitarrazos no cambiarán el mundo. Pero los siguen dando.

La pandemia, otra palabra de nuestros días, impidió en sucesivas ocasiones la presentación de su nuevo disco en Barcelona, que los acogió en Apolo. Mucha cana, carnets de identidad varias veces renovados y mayoría masculina entre la asistencia. No, el rock no está de moda. Tampoco Pérez Galdós ni los tochazos de Tolstói, la antítesis de la contemporánea comunicación abreviada. Pero lo que hoy sí está de moda es perder, y Los Enemigos siempre han escrito historias que no olvidan a los perdedores. Perdedores, además, con ese toque popular que los hace cercanos, personajes de pueblo junto con el maestro, el cura, el rico y el médico. Y sus historias, esculpidas a base de rhythm and blues correoso, no ese R&B urbano de la nueva constelación de estrellas negras, tienen el tacto áspero del secano, de la tierra aplanada por el sol que, sin embargo, rinde su cosecha anual. Porque hasta un terrón desecado tiene vida en manos de Los Enemigos.

Su vida es la energía de un rock que se resiste a perder su caligrafía, por mucho que la tinta ya no viaje en estilográfica. De hecho ya no hay ni tinta, de tanta pantalla con letras. Vestidos como personajes de Reservoir Dogs, con Josele Santiago casi clavado frente a su micro, austero hasta en la gesticulación, ajeno al cabeceo tontorrón y al meneo estéril de las estrellas que aún creen en el despliegue físico como muestra de vigencia, sus canciones fueron cayendo con la contundencia de los capones que antaño propinaban los profesores en las cabezas de su alumnado. Un tema tras otro, despachando ya casi de entrada Septiembre, Señora y Me sobra carnaval, robles que repelen el polvo. También hubo piezas de reciente factura como Menos que un perro, Sacrilegio sideral o La ofensa, canciones que renuevan su compromiso con el sonido clásico del grupo, que en mero formato de cuarteto creó suficiente estrépito como para que ni se intuyese el griterío del público cantando las canciones. Y eso que ese público, con sensación de no estar hoy atendido por la actualidad musical, berreaba como quien se autoafirma con la garganta. De hecho lo hizo.

Y lo hizo durante hora y media larga, cuyo final fue paradigmático. Penúltima canción Todo a cien, un concepto casi desaparecido del floreciente comercio chino pero con aún notable carga semántica. Última canción Paracaídas, con una frase que dice “tengo amigos que nadie me presentó / que sacan fuerzas de donde ahora las estoy sacando yo”. Acabado el concierto, la banda saludó la euforia del público mientras sonaba Can’t Take My Eyes Off You del octogenario Frankie Valli. Y el punto final con el grupo y la sala cantando y preguntándose al unísono “¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? de Siniestro Total. Un señor concierto presidido por la raspa de sardina que para los presentes siempre evocará a Carpanta.

Firma: Ana Tascon

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viernes, 13 de mayo de 2022

La Subbética, un viaje al 'corazón'

Sentencia el dicho que todos los caminos llevan a Roma. Pudiera ser, pero la única certeza que tenemos es que todos los caminos deberían comenzar en Córdoba. Y ahí, en la ‘Señora del Guadalquivir’, arranca la ruta que te proponemos: un apasionante viaje al corazón de Andalucía, un itinerario que te pellizcará el alma.

La ruta compagina de manera genial la enorme diversidad paisajística que atesora la geografía andaluza, pues conjuga la calma y señorío que trasmite la vega más monumental, que se mira en Córdoba capital y sus bienes declarados como Patrimonio Mundial, con la bondad agrícola de la campiña cordobesa y la agreste belleza de la cordillera subbética. Un territorio montañoso situado en el corazón de Andalucía, de pueblos blancos, ciudades monumentales y olivar serrano. Está declarado como Geoparque por la UNESCO, pues se trata de un área de especial importancia paisajística y enormes valores ecológicos y geológicos, donde los contrastes cromáticos son evidentes: el cielo azul, el pardo de las encinas y olivares, las rocas grises y los matorrales amarillentos modelan un mágico escenario en el corazón de Andalucía. Aquí se encuentra el ‘Reino de los amonites’, un territorio cuya geología oculta con secreto celo una historia de más de 200 millones de años, y un no menos reconocido ‘reino del buen comer’ que colmará de satisfacción al ‘cocinilla’ más intrépido: carnes, vinos, aceites, anisados, quesos, repostería, membrillo… son magníficos heraldos de este título.

Córdoba

La mejor manera de enamorarse de esta memorable ciudad es verla despertar desde la Torre de la Calahorra y el Puente Romano, disfrutar de la panorámica que ofrece, donde río, molinos, sotos y monumentalidad comulgan como si de un todo se tratara; o apreciar el ocaso, cuando la silueta urbana rompe el horizonte de Sierra Morena. Porque Córdoba está integrada con el entorno rural que le da cobijo como pocas urbes lo hacen.

A primera vista, podría parecer que la ciudad es fruto del encuentro de su imponente legado monumental y los grandes personajes que aquí han gestado su obra, alumbrados el uno y los otros al amparo de la diversidad de civilizaciones que se han asentado en el lugar. Y así es, pues no en vano Córdoba posee cuatro bienes declarados como Patrimonio Mundial por la UNESCO (Mezquita-Catedral, Centro Histórico-Judería, Fiesta de Los Patios y Medina Azahara) y una interminable cantidad de monumentos con carácter propio. Además, como el resto de Andalucía, disfruta del título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad concedido al Flamenco y a la Dieta Mediterránea, los conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca y la cetrería. Pero, yendo más allá, Córdoba es para caminarla con calma, disfrutarla sosegadamente, emocionarte con el detalle más pequeño: con el callado rumor de sus fuentes, con la mancha multicolor que macetas y flores imprimen sobre la limpia cal, con el laberinto de su saber platero, con los aromas a jazmín, azahar y cordobán, con el frescor de sus calles y patios… Córdoba es leyenda, mística y poesía. Pero Córdoba también es la argolla donde anudan todos los cabos que configuran el mosaico paisajístico, histórico y cultural que da forma a la provincia, y así queda perfectamente confirmado en su gastronomía y en sus vinos.  No dejes la ciudad sin visitar sus bodegas, disfrutar de su ambiente y degustar platos tan tradicionales como el salmorejo, los flamenquines, el rabo de toro o sus churrascos, entre otros muchos que dibujan la paleta gastronómica más colorida.

Montilla

Te despides de la ciudad de Córdoba y el valle del Guadalquivir con el pensamiento de que te ha quedado mucho por conocer, con lo que emocionarte, que debes poner fecha para regresar. Con la mirada puesta en la Subbética, serpenteas ahora por una campiña ondulada, relajante, que escancia el tiempo con lentitud. La brisa te trae aromas a vino y el otero de sus castillos te susurra al oído rumores de viejas batallas, rencillas esculpidas a fuego en la frialdad de sus piedras. Fernán Núñez, Montemayor, Montilla… se elevan de entre la ancha llanura como blancos baluartes, faros que rigen el destino de un conjunto de retales efímeramente enhebrados, de diferente color y textura, una sucesión de olivos, cereal y viñas, de lomas que cabalgan unas sobre otras hacia un ocaso que se escapa con la tarde.

La ciudad de Montilla lleva el vino en lo más hondo de sus genes, también el aceite de oliva, y es por este motivo que su singular patrimonio monumental no puede desvincularse de sus caldos y de los grandes personajes que aquí vieron la luz. Interésate por el Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán, el Inca Garcilaso, San Francisco Solano o José Garnelo, eslabones indestructibles de esa generosa cadena que ha venido uniendo ambas orillas del Atlántico. ¿Sabías que el convento de San Juan de Dios fue el escenario central donde se desarrolla la obra literaria del ‘Coloquio de los perros’ de Cervantes? El castillo o la Casa del Inca son un mínimo testimonio de su sobresaliente monumentalidad, cuyo conocimiento debes compaginar con la visita a bodegas, lagares y tonelerías, ya que, entre otras, la ciudad cuenta con la segunda bodega más antigua de la Península (1729). No olvides disfrutar de las ingeniosas experiencias enogastronómicas que salpican todo su calendario anual, también de sus reconocidas ‘coplas del Santo’ y de ‘la Aurora’, y no te marches sin conocer la diferencia entre bodega y lagar, ¡te llamará la atención!

Zuheros

Por momentos, la campiña queda atrás y el macizo nos anticipa la riqueza y diversidad ecológica del parque natural de las Subbéticas. En cierta medida, puede parecer que la mole montañosa asoma amenazante sobre la llanura, pero siempre se levanta como una grata y curiosa tentación. En camino, Monturque, Cabra o Doña Mencía ofrecen una oferta cultural y arqueológica de primer nivel, como las cisternas romanas del primero, el carácter monumental de Cabra o el Castillo de la última villa referida, pero nuestra meta final nos acercará al bello pueblo de Zuheros. La villa asoma desde el roquedo como el eterno centinela que fue, guardián hoy del secreto mejor guardado: el embrujo de sus calles. Un paseo por el pueblo te permitirá disfrutar de la quietud y el silencio, de callejas sinuosas y en pendiente, de placitas pintorescas y casas blancas, que rozan la pulcritud, y de la cómplice alegría que desprende el colorido de sus arriates y macetas.

Por otra parte, la sencillez de su urbanismo no es contraria a un patrimonio monumental más que notable, que tiene como referentes a su Castillo, el Museo Arqueológico o la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, o a una diversidad ambiental y geológica sobresaliente que es carta de presentación de la naturaleza de Geoparque con que han sido reconocidas estas sierras. La Cueva de los Murciélagos y la cascada y sendero del Río Bailón, que te introducirá en el parque natural, son una breve muestra de su riqueza ambiental. Nota de interés, no te marches sin probar su AOVE y su excepcional queso de cabra. Todos los años, por septiembre, sus calles son escenario de una multitudinaria Fiesta del Queso. ¡Su quesería, que elabora con leche de cabra, es más que reconocida!

En ruta, debes anotarte como visitas ineludibles un tramo de interés de la Vía Verde del Aceite, que debes realizar en bicicleta (la podrás alquiler en el Centro Cicloturista de la Subbética), y la Ermita de la Virgen de la Sierra, que ubicada en la cima del Picacho, en el corazón del parque natural, ofrece un excepcional balcón para disfrutar de la caída de la tarde y un horizonte que se diluye entre montañas.

Alcalá la Real

En esta etapa y momentáneamente, te alejarás sensiblemente de la Subbética, e incluso de la provincia de Córdoba, para disfrutar de territorios vecinos y de gran interés histórico monumental. Pilotarás ahora por el vértice donde confluyen las provincias de Córdoba, Jaén y Granada, tierra que constituyó la última frontera con el Reino Nazarí de Granada. Con una geografía salpicada de castillos, desprende hoy aromas al mejor aceite de oliva virgen extra (AOVE).

En camino y con Alcalá la Real como destino, de entre un bello paisaje enhebrado por un sinfín de hileras de olivos y como si de pronto descorrieras un telón, te aparece un caserío blanco, escalonado y coronado por un castillo. En ocasiones está localizado sobre un roquedo que rompe el mágico horizonte de la sierra, como ocurre con Luque, en otras encabeza un conjunto monumental sobresaliente, como sucede con Baena o Alcaudete. A la vera de la espectacular Fortaleza de la Mota, se derrama la ciudad de Alcalá la Real, una estructura urbana de origen árabe y calles con encanto, casas señoriales, iglesias y detalles arquitectónicos que son una muestra más que sobresaliente de su esplendor y de un enorme pasado histórico. Nota de viaje: al pasar por Luque debes tomarte un café en su singular ‘Estación’, mientras que en Baena has de informarte y disfrutar de su peculiar Semana Santa, pero también de sus ‘candelorios’ y `tamborradas’, y, en las inmediaciones de la ciudad, visitar el parque arqueológico de Torreparedones; ya en la provincia de Jaén, en Alcaudete, tienes que dejarte llevar por los aromas de su tradición repostera y saborear la calidad de sus verduras (habitas).

Priego de Córdoba

En ruta, conducirás ahora por un terreno más quebrado, que rompe la línea horizontal del paisaje y te lleva a la primera meta volante del día: Almedinilla. Se trata de un pueblo vivo y dinámico, donde el blanco de sus recoletas calles y casas contrasta con la oscura roca de su sierra y se confunde con el verde de su olivar, invitándote a un paseo en el tiempo. Hablar de esta villa es hacerlo de arqueología, cultura y ocio. La Villa Romana de El Ruedo, el Poblado Íbero del Cerro de la Cruz o su Museo Histórico–Arqueológico, con piezas tan sorprendentes como el dios grecorromano del sueño: Hypnos o Somnus, son baluartes de tal afirmación. Por cierto, no dejes de consultar su amplio calendario de actividades festivas: ‘Festum Jornadas Íbero romanas’, La Leyenda de la ‘Encantá’, ‘Los Placeres de la Mesa Romana’…

Ya en Priego de Córdoba, serás testigo de excepción de una ciudad única. Sus empedradas y blancas calles son para pasearlas con calma, oyendo el rumor de sus fuentes (impresionante la Fuente del Rey y sus 139 caños) y admirando el singular arte barroco de sus edificaciones más sobresalientes. Entre sus rincones más pintorescos, no dejes de visitar su célebre Barrio de la Villa y de admirar la bella panorámica que ofrece el balcón del Adarve. Sus laberínticas calles encaladas, cuajadas de flores, te transportarán al medievo, al universo andalusí en su máximo apogeo. Pero la ciudad se extiende más allá de su meseta fortificada ofreciéndote el más amplio abanico de colores: porque Priego es naturaleza y paisajes encantados, aldeas recónditas envueltas con un velo mágico, la tradición más arraigada y una gastronomía sustentada en el producto de cercanía… y Priego es tan singular que hasta cuenta con un particular jardín micológico: La Trufa.

Por cierto, no te marches sin degustar el tradicional desayuno molinero, donde el AOVE tiene un papel protagonista, e interésate por su peculiar hornazo de Viernes Santo. ¡Te sorprenderá!

Lucena

Con Lucena en el punto de mira, la etapa de hoy nos ofrece dos altos en el camino más que interesantes, el primero de ellos en Iznájar. El nombre original de su castillo, Hins Ashar —castillo de la alegría o de las rosas— ya nos avisa de sus bondades y que es preámbulo de una bella ruta de patios y fachadas florales que se reparte por toda la comarca. Al caer la tarde y con el telón de fondo del ‘lago’, el conjunto monumental, que además cuenta con la parroquia de Santiago Apóstol y un singular Patio de las Comedias, regala unas panorámicas excepcionales. Por otra parte, sus aguas ofrecen el mejor escenario para disfrutar del baño o de un amplio abanico de actividades de turismo activo. En nuestra segunda parada, Rute se nos presenta como si se tratara de un enorme taller del buen comer, como un variopinto museo de las mejores artes culinarias. En este sentido y no es casual, cuenta con varios y participativos museos relacionados con los manjares gastronómicos que han dado fama al municipio: los anisados y sus tradicionales dulces navideños, pero también del jamón, del chocolate...

A primera vista y mientras se pasea por las calles de Lucena, podría parecerte que la ciudad es muy similar a otras muchas que soportan el enorme peso de la historia y acumulan un patrimonio monumental más que notable, pero Lucena, además y durante gran parte de la Edad Media, se elevó como faro de referencia de la cultura judía imprimiendo su historia en letras muy mayúsculas. Muestra de ello es su Barrio de la Judería, el hallazgo de una Necrópolis Judía excepcional o que fuera cuna de una Academia de Estudios Talmúdicos, punto de reunión de grandes intelectuales, filósofos, poetas y médicos del momento. Es por todo ello, y no sin motivo, que está integrada en la Red de Juderías de España. Para conocer la ciudad con más detalle, lo aconsejable es visitar el Museo Arqueológico y Etnológico de Lucena, ubicado en las instalaciones del Castillo del Moral, que nos dará las pautas para descubrir los valores de su magnífico conjunto histórico. Por otra parte, no debemos desdeñar su entorno paisajístico, que surte de unos vinos excepcionales, cobija una riqueza ornitológica de interés en sus numerosas lagunas y ensalza con orgullo que, en una de sus aldeas, Jauja, nació uno de los bandoleros románticos más afamados: José María ‘el tempranillo’.

De regreso y en ruta, como te quedarán suficientes ganas de disfrutar de la dorada luz de esta tierra, puedes acercarte a Puente Genil, tierra de un grande del flamenco, Fosforito, visitar la Villa Romana de Fuente Álamo, de espectaculares mosaicos, y degustar su exquisita carne de membrillo. Pero también puedes hacer una ‘enoparada’ en Morilles, la otra grande de la Denominación de Origen Vino Montilla-Moriles, o sorprenderte al descubrir, en lo más recóndito de la villa de Aguilar de la Frontera, su singular y barroca plaza ochavada.

 

Córdoba desde el Puente Romano

Cueva de los Murciélagos, Zuheros

Zuheros, vista general

Bodega de almazara, Baena
Iznájar, vista general
Montilla, su 'sierra'
Priego, Barrio de la Villa