viernes, 28 de abril de 2023

Y otro abril

Mis abuelos maternos vivían en la calle de las Piedras, ahora Riscos, dos hileras enfrentadas de casas blancas, pequeñas y achaparradas, que emergían irregularmente y sin concierto, como a dentelladas, de la vieja roca rosácea. Las de una y otra acera estaban separadas por un enorme desnivel, propio de la mucha pendiente, y un negro muro de pizarra –de donde, según me cuentan, se cayó mi bisabuelo Vidalico-. La fachada se abría en el lateral derecho, quizá por una vieja partición de la vivienda original, dando paso a un portal de chinas, tierra pisada y baldosas de barro, dejando a poniente el hogar y, muy al fondo, la alcoba de los mayores. Un segundo portal, donde se ocultaba la alacena bajo la escalera de la cámara, iba a asomarse a un corral de firme irregular formado por ripios de asperón maldispuestos. De cuando en cuando, o así me lo parecía a mí, que no tenía ni idea de estaciones y siembras, aparecía atascado de sacos viejos, higos al sol y harina. Al fondo, la cuadra oscura te encaraba a una línea de pesebres en alto, aperos y un rezume a mundo viejo, de historia apretada, cuando no enfrentada, a la tierra.

Recuerdo a mi abuela Manuela sentada en una silla baja, al fondo de segundo portal, junto al umbral de la puerta, peinándose un pelo blanquísimo y haciendo hora para que mi abuelo Frasquito volviera de los Peñones, un magnífico altozano a la campiña, a la tierra donde tanto sudor e inquietudes derramó.

Recuerdo a mi abuelo bebiendo un vino blanco con casera, en un vaso de duralex. Y veo una cara oscura, quemada y cuarteada, apretada bajo su boina, adelantándome la sonrisa más amable, sincera, que uno pueda imaginar.

Despacio, con movimientos repetidos año tras año, como en una liturgia, mi abuela me acercaba a la vieja alacena de madera y yeso, de olor a ternura. Y de allí, al amparo de una vajilla color nácar, como si se tratara de una perla oculta, emergía una magdalena dorada y relamida, de las de ‘bimbo’. Quizá parezca extraño, y hasta ridículo, pero con el peso de los muchos años lo considero como uno de mis mejores regalos de cumpleaños.

Los Peñones

martes, 28 de marzo de 2023

La Almena Gorda

Por delante, San Mateo tenía un anchurón terrizo gestado al amparo de la fortaleza y bajo vigilancia de la torre mayor del castillo, la conocida por los bañuscos como Almena Gorda. Nos puede parecer, y así hay quién lo afirma, que sus redondeadas formas, al menos las primitivas, tuvieran su origen en cosa de levantar una torre del homenaje y darle en los belfos a un supuesto poder eclesiástico, que velaría armas al otro lado de la plaza. Sin embargo, por los años en que se moldeó el baluarte (siglo XIII), el clero aún no tenía presencia física ni arquitectónica en el exterior de la alcazaba. Por entonces, la colación de Baños (aldea) solo contaba con una capilla intramuros del castillo regentada por un capellán, la de la Magdalena, y, por lo corto, aún habrían de pasar otros dos siglos para que se levantara la parroquial de San Mateo.

La cuestión iba por otro asunto.

En tiempos en los que Europa era un baño de sangre, ya se rompiera uno los morros contra el sarraceno o con el vecino de más allá —vamos, como toda la vida de dios, los avances bélicos traían nuevas maneras de guerrear —aunque cualquier hijo de bien podría entender que en esta cuestión todo es retroceso—. Así sucedió con el trebuchet, también conocido como fundíbulo de tracción o trabuquete, un ingenio armamentístico originario de China (siglos VI o VII) que se generalizó en los asedios del viejo continente durante los siglos XII y XIII. Tan colosal y destructor artilugio necesitaba un espacio amplio y accesible para establecer las posaderas, y así ejercer su oscura función. Con éstas, y reconociendo que el llano de la plaza era el único punto hábil, frente al castillo, para facilitar el acercamiento de esta clase de catapulta, no es extraño que la torre cuadrada y almohade, situada a levante y frente a la explanada, se fortificara entonces en redondo. El castillo pasaba así a ofrecer su mejor cara a lo que con el tiempo sería la Plaza Mayor. Y todo este soliloquio venía a cuento, como diría Patricio, porque las aristas de las torres andalusíes no eran la mejor baza para hacer frente a las pesadas balas de piedra que lanzaba el armatoste.

Al hilo de esta argumentación, es necesario poner los puntos sobre las íes y dejar bien dicho que tan enorme y envolvente mole de roca no se ejecutó de una sola vez. Los dos tercios inferiores de piedra, los que recubren la vieja torre almohade en tabiyya y ocultan los ‘níos’ de los tordos (entiéndase mechinales), debieron ejecutarse poco tiempo después de la conquista castellana. Para ello se utilizó una mampostería de arenisca ordinaria, muy descompuesta, con piedras de cierta envergadura e irregulares. Por el contrario, la parte superior, desde los antiguos merlones, que se dejan apreciar en días soleados, a la terraza, muestra una mampostería mucho más concertada, compuesta por sillares mínimamente labrados. Este proceder, y la ausencia de marcas de cantero y signos lapidarios, nos indican la presencia de maestros de maestros de obra, y no canteros, y nos lleva a pensar que este tramo superior se ejecuta en un momento tardío, posiblemente durante los últimos años del siglo XV, cuando ya se está edificando la primera fase tardogótica de San Mateo.

En un callejero donde todo son cuestas y apreturas, no aciertas a saber si la iglesia ocupa y preside los pocos palmos de terreno en llano de la vieja aldea de Vannos, o si esta anchura es obra de artificio de la parroquial en un afán de ganar protagonismo en las gestiones y cosas del Común. No debemos olvidar que las primeras ordenanzas municipales bañuscas, las de 1742, se refrendaron en el atrio, bajo el tañido de sus campanas, y que la anchura de la plaza fue mercado diario y coso taurino en numerosas ocasiones, como cuando fue proclamada heredera al trono la que fuera Isabel II de Borbón. En todo caso, la iglesia se elevó en el interior del cerco aldeano, el que llegó casi a cerrarse mediante murallas y escarpas. De aquella antigua fábrica aún podemos apreciar algunos testigos, que enarbolan mejor o peor situación, como nos refrenda el murallón de la casona de Guzmanes, el torreón de los Poblaciones-Dávalos —cuyo apelativo habría que poner en cuarentena— y diversas escarpas, como la presente en la calle Huérfanos o la que corre oculta bajo el portillo que unía las calles Trinidad y Fugitivos.

Al elevar este cerco fueron diversas las intenciones, pues más que defender el pago aldeano de intrusos y batalladores fue instrumento para cobijar el ganado local, pero también el trashumante. Asimismo, fue la herramienta que permitió fiscalizar los pagos, tanto el portazgo como el montazgo. San Mateo está localizado junto a un gran espacio abierto, más corral de contaduría y guarda de merinas que plaza, y es lugar de encuentro de cañadas, cordeles y veredas. Por cierto, como también era norma por entonces en los pueblos de Serranía. Como muestra sirva un botón, pues en su cabecera está ubicado el único pilar intramuros, más abrevadero que fuente. Hoy reseco, su venero manaba unos centenares de metros más arriba, en la calle Mestanza, o Arroyo, y junto a lo que con el tiempo sería el palacete de los Mármol. El Pilar estuvo desempeñando su cometido hasta bien entrada la década de los 80 del pasado siglo, cuando accidental y torpemente se perdieron las conducciones y sus piedras quedaron secas como chortal en verano.

Por todo esto, la Plaza, como escenario del común, desempeñó un papel privilegiado para obtener ingresos, aquellos derivados del arrendamiento de los pastos públicos a los pastores de la Serranía de Cuenca y del Señorío de Molina, pilar básico de la economía bañusca en los primeros siglos de la Edad Moderna. Ahora, transcurrido un mundo, si te asomas al atrio y pones oído, escucharás un eco lejano, como un murmullo callado que empapa de nostalgia nuestros sentidos y cala en lo más profundo de nuestro espíritu. Mientras tanto, se cercena un pedacito más de la desmemoria de la comunidad:

Caña larga, chu churumbel.

Aceitero, vinagrero, Juan Correal,

amagar y no dar,

un pellizquito en el culo que sí se le da.

Manda el rey de la coronilla preguntarle a Manolica a cuánto tiene los merengues

Y allí arreaba toda una partía de zagalones, a marear a Manuela. Y en persecución de la cuadrilla, el burro, liando una marabunta que llenaba la ancha plaza de correrías, desatinos y la mayor algarabía.



lunes, 20 de febrero de 2023

La Orden de la Santísima Trinidad: hospital, 'esclavos' y cofrades. Baños de la Encina

Manuela era bajita, algo achaparrada, y poseía un corazón enorme. De carácter amable y generoso, cuando le entraban de mala manera le salía ese mal genio granaíno que parecía no tener, pero que si era necesario ponía a cualquier tontusco en su sitio. La edad, también los muchos sacrificios que le exigió esta vida, le provocó bastantes problemas en las piernas y en el caminar, pero lo salvaba con un enorme esfuerzo y las muchas ganas de hacer bueno. Lo mismo es mi parecer, pero llevaba con cierto equilibro su ceceo de fábrica, pues era natural de El Padul, y la sequedad propia de la gente de por estos pagos de Sierra Morena.

A su exigua pensión le ayudaba trajinando en un pequeño cuchitril, una tiendecilla de tener poco género, no cabía más, pero el más adecuado en el momento preciso. El cuartucho estaba situado en el esquinazo de poniente de la Plaza Mayor, donde Joaquina tuvo confitería por los sesenta y setenta y regentaba los alquileres Bartolico Recena. Si el abarrote ya era para tres clientes y el cuarto tenía que hacer cola en la puerta, la modernidad, que llegó de la mano del autobús de pasajeros y la querencia por penetrar en las estrecheces del callejero histórico, vino a quitarle un cacho a la casona y a dejar el colmado en casi nada. La vitrina de la repostería se levantaba en primer plano, a modo de barrera y mostrador, y por frente, tras la silueta de Manuela, se apilaban más o menos ordenadas un sinfín de latillas de todos los tamaños y colores, también algún licor mal encarado y caído en el olvido. A la derecha de la puerta, casi apretada contra la vecindad, ronroneaba la nevera-congelador, verdadero artífice de que los zagalones de mi edad fuésemos fieles parroquianos de la ‘Manolica’. Por mis años y modos, uno era cliente asiduo los fines de semana, cuando andaba por Baños y alternábamos poncharrinas en las escaleras del castillo con litronas en el parquecillo de los Turrumbetes, o viceversa. Manuela nos surtía, según el caso y con la mayor amabilidad, pero si se daba tal situación que la lengua llegaba a trabarse y el susodicho se mostraba ‘perjudicado’, la señora argumentaba con contundencia el correspondiente regaño y la necesaria sanción: se cerraba el kiosco para el de turno.

La buena amistad con Manuela venía de lejos. Entroncaba no solo con estos temas de índole comercial, lo era también por los excelentes lazos que tenía con mi familia y los esplendidos ratos de charla que, a primera hora de la mañana, nada más amanecer, echábamos en el despacho de pan de mis padres. De los mismos, también participaba otra buena amiga, María la de Juan Miguel, otra señora entrada en edad, mucho genio y mayor corazón. Tan amenos se hacían aquellos encuentros, que creamos un grupo de Primitiva al que se sumó Juana Mari, hija de María. Aquello acabó de una manera bastante peculiar, pues a la euforia de creer que nos había tocado un mundo le sucedió un momento de cierta desilusión. La cosa finalmente quedó en un premio que no iba más allá de unas pocas pesetas por cabeza.

Algunas tardes entresemana, cuando uno andaba en soledad y a la espera de que algún compadre cayera por la plaza, calentaba la litrona en el mismo puesto de Manuela. Ella, por hacer el rato más ameno y verdaderamente preocupada por mis pasos, solía preguntarme sobre los estudios, ya fuera en Jaén o Granada, o por dónde conducía la vida. Cuando no llegaba compañía y el entretenimiento se me iba de las manos, también se preocupaba por cómo mal perdía el tiempo empinando el codo. En uno de aquellos días, al saber de mis historias, y de la Historia en la que comenzaba de novicio, me comentó de la importancia que debió tener su vivienda, una casita situada a tiro de piedra de las Eras de Casas y en la manzana de Trinidad, frente al viejo molino de San Enrique. Perteneciente a la saga de los Muñoz-Cobo, la almazara estuvo en funcionamiento hasta la década de los cincuenta del siglo pasado. Para ella, por encima de todos sus méritos, el valor de la edificación estaba en el sótano de la casona, que más bien parecía bodega o cantina según la jerga que usan en la comarca de La Loma. Con sillares de arenisca perfectamente labrados, recordaba a los dos que sustentan los bajos de la Casa Grande, en el callejón del Pilar. Siguiendo su criterio, la verdadera virtud del sótano residía en lo fresquito que era, sobre todo en aquellas siestas estivales cuando los calores eran insufribles.

Para ser fieles a la realidad, el exterior de la vivienda respondía a la tipología más andaluza, la típica casita pequeña de un blanco que rayaba la pulcritud. Pero en verdad, en su interior, bajo esta primera capa de cal, escondía un revoltijo edificatorio de habitaciones que se metían en los solares colindantes, un verdadero laberinto de alcobas de corte austero y muy castellano. Con toda probabilidad, la casona, como las vecinas, fue fruto de numerosas herencias y particiones, la mayoría de las veces arbitrarias. En origen, debió tratarse de un único edificio noble de excepcionales características arquitectónicas, cuya portada señorea hoy en una vivienda dos casas más arriba, la que pertenece a Juan Manuel Ortiz. Con toda probabilidad, responde a un viejo hospital de transeúntes, una construcción que ya desde sus comienzos socavó el sótano, a modo de bóveda de cimentación del conjunto, en los bajos de la vivienda familiar de Manuela. Tanta división no nos debe parecer extraño pues, a modo de ejemplo, sirva el caso de don Pedro Andrés del Mármol, presbítero, que mediado el siglo XVIII poseía, por una parte, un tercio de casa en Cestería y, de otra, una novena en la misma calleja. Asimismo, era propietario de una cuarta parte de un molino en la calle Eras. Un caso similar se da con el prior de san Mateo, don Francisco Charidad Villalobos, que detentaba dos medias casas, una en la Bezerrá y otra en calle Eras, así como un molino, que acogía en su interior un horno de pan cocer, y dos mesones, uno en Eras, todavía en ‘alberca’ (sin techar), y un segundo que hacía las veces de posada. La Posá, que así la hemos llegado a conocer, estaba situada en el encuentro de la Plazuela con Bezerrá y calle del Pozo Vilches.

Del hospital, bajo el apelativo de la Sangre de Christo y situado en las cercanías de Camino Real o de Andalucía, del que cada vez tengo más argumentos para llamarlo ‘calatravo’, poco sabemos más allá de que fue de ‘pobres y pasajeros, también para los de este pueblo, con la encomienda de tratarlos y curarlos, que se sacaba para adelante con un raquítico presupuesto de 130 reales anuales y rentaba un subsidio de 1 real y 8 maravedíes’. Aunque se desconoce su fundador, la administración estaba a cargo de un tal don Alonso Francisco Tirado y Robles, presbítero de esta villa a enero de 1752. Un personaje de la época bastante peculiar e ilustre, como se puede apreciar más abajo ‘fiel cumplidor’ de la Regla de San Agustín. Y es que los apóstoles del voto de pobreza pregonan una y otra vez, permanentemente, regresando en el tiempo como la rueda de una noria, eso sí, exigiendo el cumplimiento al prójimo. Con vivienda en la calle del Potro, también tenía casa en propiedad en Eras y un solar en calle Ejido. Asimismo, administraba los bienes de las ermitas de San Marcos y Santa Eulalia de Barcelona, asunto muy propio, como después se verá, de los acólitos de la Trinidad. El primer santuario estaba situado en un encuentro de caminos señalado, donde Majavieja (o de Andalucía) se unía con el de Guarromán y la vereda de Linares; mientras que el segundo estaba enclavado en el paraje del Calvario Viejo, un conjunto con numerosas eras desde donde partían los caminos con destino a la vertiente norte de Sierra Morena (del Hoyo y San Lorenzo) y el cordel merino de Guarromán.

Es cierto que la gerencia estaba en manos de un clérigo, ya fuera en concepto de mayordomo o prioste, y a cuyo cargo también debían estar los oficios, pero en la práctica, siendo un establecimiento pequeño, más casa de misericordia que hospital, con seguridad el hospitalero sería un cofrade casado o una casera designada por la cofradía. A modo de ejemplo comparativo, así sucedía con el hospital de los Honrados Viejos del Salvador, en Úbeda, donde la regente cobraba un sueldo de cinco reales, cinco panes y una media azumbre de vino a la semana, que debía darle de sí para comprar carne y viandas para su sustento, así como para coger agua de la fuente y el jabón necesario para la limpieza de camas, suelos y enfermos.

Y puestos en esta tesitura, a un servidor le llamó la atención la ubicación viaria de nuestro hospital, en concreto la existencia de un apelativo callejero de origen religioso, en este caso Trinidad, cuando se trataba de una época en la que este tipo de nombres brillaban por su ausencia en Baños: Cueto, Cestería, Matadero, Eras, del Pozo Nuevo, Suspiro, Piedras, Potro, Chacona, Bezerrá, Herradores, Arroyo, Luzonas… Podríamos seguir desglosando el callejero en su totalidad sin encontrar, mediado el siglo XVIII, ni una sola calle que respondiera a motivos de carácter sacro y sí a causas funcionales o cualidades topográficas.

Por las cosas de la edad, pero sobre todo por el momento histórico que te cae vivir y el escalón de la sociedad donde uno viene al mundo, a Manuela no le tocó uno de los más favorables. A muy duras penas, pero con cierto disimulo, se defendía en materia de letras y números. Aunque en más de una ocasión me pidió ayuda cuando la cuenta de una parroquiana superaba la rutina diaria. Ahora, eso sí, tenía una enorme cualidad, la de saber escuchar pacientemente, posiblemente uno de los bienes más preciados que nos ha dado nuestra naturaleza. Cuando veía pasión en el relato del contertulio, se plantaba en jarras y te exigía seguir con tus cuitas y encomienda, dando pie a que uno profundizara en su reflexión. Y aquel día, siendo más monólogo que charla entretenida, a Manuela le brillaron los ojos y a mí otro tanto, como abriéndome la puerta de par en par para que prosiguiera con mi batalla.

Y llegados hasta aquí, habría que tirar del relato histórico.

Durante el siglo XII, también en el XIII, y como ocurrió con las de tipo militar, las órdenes hospitalarias tuvieron un crecimiento desmesurado. Así sucedió con la Orden hospitalaria de San Lázaro, que dedicada al cuidado de los enfermos de lepra fue constituida en Jerusalén (año de 1120). Otro tanto ocurrió con la Orden aragonesa de Nuestra Señora de la Merced (1218), que fue tanto asistencial (hospitales y redención de cautivos) como castrense (defensa de las costas de los ataques berberiscos), la Orden de los Hospitalarios del Espíritu Santo (1195), que se extendió por Francia, Italia y Alemania, o la Orden de los Crucíferos (1119), que fundada en Bolonia, y con el apoyo del papa Alejandro II, se propagó por Hungría y Polonia. También cabe mencionar a las congregaciones de san Eloy de León, dedicada a la atención de los peregrinos del Camino de Santiago, a la de san Bernardo de Suiza, con hospitales en los pasos alpinos, o la Congregación de canónigos del Santo Sepulcro. Surgida en Jerusalén (1144) a iniciativa de Arnulfo de Rohes, los sepulcrinos pasaron a Occidente cuando cayó la ciudad santa integrándose a fines del siglo XV en otra orden hospitalaria, la de san Juan de Jerusalén, Rodas y Malta (1048).

Pero la que aquí nos trae, por nuestro apelativo callejero, es la Orden de la Santísima Trinidad, más conocida como de los trinitarios. Fundada por san Juan de Mata en Cerfroid (1198), en la diócesis de Meaux, el papa Inocencio III aprobó sus estatutos bajo la regla de san Agustín. Desde sus comienzos tuvieron dos grandes encomiendas. De una parte, la hospitalidad, entendida como acogimiento de enfermos, pobres y peregrinos, y de otra, la redención de cautivos, también conocidos bajo el apelativo de esclavos. En este sentido, no fue casualidad que el fundador pusiera la Orden bajo la protección de la Virgen del Buen Remedio, indicando con ello quién sana todos los males de la humanidad. Rápidamente se propagó por Francia, Italia e Inglaterra, llegando a tener en la Península Ibérica más de 30 casas hospitalarias a finales del siglo XIII. La Orden daba gran valor a la ascesis, que se manifestaba especialmente en el silencio, el ayuno, la abstinencia y el comportamiento, tanto en la casa como fuera de ella. En una época donde la vida religiosa es entendida como huida del mundo, como enclaustramiento (conventos y monasterios), los trinitarios se mezclan con los laicos en su rutina diaria, en sus obras de apostolado, en su trabajo y en su economía. Incorporan a laicos a su espiritualidad, a sus obras, mediante la ‘Cofradía de la Orden’, oportunidad que suscitó el entusiasmo de Gonzalo, obispo de Segovia, quien, en una carta elogiosa que obsequia al fundador (1208), animó a toda la población, a todas las clases sociales, a convertirse en cofrades y bienhechores de los trinitarios.

Obedientes a su superior, castos y sin propiedad alguna, los trinitarios se instalarán en los arrabales, muy frecuentemente extramuros y junto a las entradas de la población. Sus ingresos, que procedían de canales bien diferentes, como la limosna o las cuotas de sus cofrades, se dividían en tres partes. Con dos de ellas se atendería a las obras de misericordia y al sustento de los religiosos y la casa; la tercera se dedicaría a la redención de cautivos (esclavos). Asimilados con el pueblo llano, usaban lana para la vestimenta y el lecho, y el asno como cabalgadura. El caballo les quedó terminantemente prohibido. Los siglos XVI y XVII serán de gran vitalidad para los trinitarios de la Península, creándose nuevas fundaciones y hospitales, y abriéndose numerosas casas de estudio y colegios universitarios. Tan ingente actividad tuvo un gran protagonismo en la ciudad de Baeza y en todas sus colaciones, incluida la de Baños de la Encina, villa desde 1626. La última década del XVI trajo consigo la reforma de la Orden. Bajo la batuta de san Juan Bautista de la Concepción, y con la conformidad de Clemente VIII, en 1599 se constituyó la Congregación de los Hermanos Reformados y Descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad y Redención de Cautivos. En Andalucía se establecería una de sus tres provincias españolas, en concreto la llamada como de la Transfiguración. Entre otros aspectos de la Orden Reformada, cabe destacar la posibilidad de tener terciarios, es decir clérigos y laicos que profesaban los votos de la Orden. Entre 1625 a 1769 consiguieron veinticuatro redenciones, personas liberadas de la esclavitud del pagano, entendiendo como tales a los sarracenos. Por otra parte, en aquel periodo divulgaron sus renombradas procesiones penitenciales, en las que recitaban y cantaban la doctrina cristiana por las calles concluyendo con un sermón. Todo ello favoreció la general propagación de las cofradías de Jesús Nazareno, cautivo y rescatado, como podemos imaginar directamente relacionadas con la Orden y sus fines.

Al hilo de toda esta perorata, Manuela parecía preguntarse a qué venía tanto verso y qué tendría que ver con las bondades de su sótano. Momentáneamente, la mujer quedó como fuera de sitio, pero tenía la total seguridad de que llegaríamos a buen puerto.

Para el asunto que nos traía, y por no tener a Manuela en la más absoluta inquietud, es interesante apreciar como nuestro edificio, que más nos parece casa de misericordia que hospital, está ubicado junto al Camino de Andalucía y en su encuentro con el camino Cascarrillo (o de Enmedio) y la vereda de la Argamasilla (también conocido como Camino de Linares o de las Enebras). Situado en los arrabales de la villa, lo está en uno de sus accesos principales (entrada de levante). Por entonces, Trinidad se estaba construyendo como barrio de nuevo cuño, extendiéndose por debajo de la calzada viaria que llevaba a las eras de la parte baja del pueblo, las de ‘Casa’. Sobre el terreno, la principal peculiaridad de esta manzana es que las almazaras tenían un protagonismo urbano más que notable, pues eran muy numerosas y sus testimonios aún son más que notables. En este asunto, en la ubicación junto a los accesos y en los arrabales, encontramos la primera coincidencia con los hospitales trinitarios. Por otra parte, como el tamaño de nuestro dispensario era muy reducido, no era la Orden quién directamente gestionaba el hospital. Por el contrario y como hemos visto más arriba, estaba administrado por un clérigo, posiblemente profesante de la Orden, lo mismo que debía ocurrir con los laicos que llevarían el trámite diario: curas, limpieza, atención del peregrino, etc. En este tema, en la colaboración activa de cofrades y terciarios, participando como empleados del hospital, volvemos a encontrar nuevas coincidencias con el modelo asistencial que desarrollaron los trinitarios.

A modo de epílogo, mediado el siglo XVIII, el Catastro de Ensenada nos dice que se desconocen los tiempos y la persona que llevó a buen término la fundación de nuestro hospital. Pero hay tres aspectos que nos indican la posibilidad que existiera una cofradía vinculada con los trinitarios, un grupo de personas respetuosas con los fines y regla de la Orden que gestionaría la rutina diaria del dispensario y que, por tanto, nos indicaría el origen trinitario de nuestra casa de misericordia. En primer lugar, y como nos recordaba en su blog nuestro ilustre paisano Diego Muñoz-Cobo Rosales, tenemos el testamento de Elvira Galindo, que falleció en Baños en 1708 y lo tenía otorgado en 1696. En él, entre otras disposiciones, nos viene a decir que ‘el primer fruto de aceituna de las fincas que dejaba para tal fin, se saque a almoneda o subasta al mayor postor y el producto se ponga a censo y sus rentas sean para la Esclavitud del Santo Christo del Llano, como ayuda a las fiestas y demás gastos de dicha entidad’. Este legado nos confirma la antigüedad de la cofradía y la consideración de ilustre que ya tenía en 1752, fecha del mencionado catastro elaborado en tiempos de Fernando VI.

En segundo lugar, nos llama la atención que el apelativo ‘esclavitud’ tenga especial protagonismo en el nombre de dicha cofradía, más aún cuando el rescate o redención de esclavos en poder de los berberiscos (cautivos) era una de las principales dedicaciones de la Orden (véase el caso de Cervantes en Argel). Paralelamente, en las disposiciones de Elvira Galindo se hace mención expresa de las ‘fiestas’, cuando más arriba veíamos que es por esta época cuando se popularizaron las procesiones penitenciales, principalmente las de Jesús del Rescate y Cautivo, que en la mayoría de las ocasiones venían de la mano de las cofradías de la Orden.

Por último, es muy interesante la presencia de numerosas cruces de la Orden blasonando los dinteles de diversas casonas del conjunto histórico. De cruz griega, muy similar a la paté o patada de la Orden Hospitalaria del Temple, aunque con unas ligeras diferencias, las tenemos identificadas en más de una decena de viviendas. Así sucede con las labradas en la propia manzana de Trinidad, donde hay hasta tres; pero también están presentes en Industria (Becerrá), de la Cruz (del Potro), Visitación (Chacona), de la Amargura, Fugitivos o Isidoro Bodson, antigua Donosa, entre otras. A destacar una de las que hay en Donosa, en el reutilizado dintel que da acceso a los domicilios de Unicaja, cuya cruz no responde al tipo paté. Por el contrario, representa la primitiva cruz de la Orden, la versión formada por dos franjas sencillas.

Estos testimonios, más que significativos, nos podrían confirmar la presencia y la actividad de la Orden en Baños, primero cuando fue colación (aldea) y después siendo villa. Y todo ello nos lleva a considerar que el hospital de la Sangre de Christo, como la vieja cofradía que promocionó la fiesta de los ‘Esclavos’, debieron ser consecuencia directa de la actividad desarrollada por los acólitos que la Orden Hospitalaria de la Santísima Trinidad tenía en nuestro pueblo.

Manuela, mirándome de arriba abajo, me dice que escucho algo en lo más profundo de las piedras, quizá raro o singular, como si quisiera descubrir en su duro interior el corazón y el pensamiento de las personas que las tallaron. Sonríe, echa la llave a la destartalada puerta y me emplaza para otra tarde.


viernes, 13 de enero de 2023

Pueblo

Antonio podría parecernos un personaje extravagante, pero tan solo era vástago de un tiempo y unos modos de sacar la vida adelante. Para ceñirnos a la realidad, se trataba de un tipo muy delgado, casi esquelético, lleno de nervio y arrugado por tantas razones y los muchos desencuentros. De sempiterna garrota machacona, gorra pálida y cazadora deslucida, se sabía de su presencia mucho antes de llegar a verlo. Su voz de pregón le precedía en un deseo constante por no quedar ajeno a las escenas que cada día pisoteaba. Aquella mañana, como la anterior, como la que le precedió…, como todas, se asomó desde el altozano del Cueto al hoyo de la Cestería mientras miraba de reojo a la Peñasca y con el báculo en alto clamaba un no rotundo, que la señora de la guadaña lo esperara para más adelante. Poco importaba que nadie lo escuchara, desde el alba al ocaso su voz tenía la obligada norma de rasgar la paz sonora del otero.

La tahona —me cuenta—, ya no es un ágora espaciosa y acogedora, lugar de encuentro y charla, un ir y venir de gentes de todo pelaje y mucho trato. Ahora es un cuchitril empequeñecido, apretado entre un sinfín de estanterías de plástico rígido y mercaderías bien empaquetas y venidas del último confín del mundo. En la tahona —me dice—, ya no huele a masa madre, ni a jara verde, y el pan ha dejado de mirarnos con esos ojos tan enormes. La tahona —se lamenta—, ya no evoca pálpitos de tierra vieja y aceite nuevo. Ahora, el horno no es un vientre cálido y panzudo, es un infierno de armario que cierra herméticamente, un ingenio del demonio que sin necesidad de hornero ni maña se traga de una sola tacada cientos de barras precocidas. Mudado a punto caliente, es gélido y aséptico, un fardo de globalidad que sin despeinarse ha fulminado la memoria de todo un pueblo.

Junto a la boca del horno no queda ni asomo de la vieja cafetera desportillada, ni de los aromas torrefactos que invitaban a la charla a voces.

Puede no parecerlo, pero un día incierto Antonio fue umbría callada, generosa, aderezada de quejigos, lentiscos y madroños. Y fue huerta derramada, ancha, de caballones terrosos y acequia sonora. Y fue campiña de mieses doradas. Pero la ruina, cuando llama a tu puerta, viste a la gente con la misma horma que calza su tierra. Antonio se mantiene a duras penas en pie, como balate derruido o rastrojo quemado, más parece un hato de charabascas resecas que coloniza sin miramiento cualquier huella de lo que un día fue industria y ahora es barbecho. En su otero, sobre una era empedrada, derrama sus pocas inquietudes pastoreando la nada que este pueblo le deja apacentar.

Pon oído, escucha, —me dice Antonio—. Y solo oigo silencio, un silencio agobiante a intervalos roto por el estridente ruido de la chicharra. De repente un disparo estremecedor, rotundo y seco. Unos segundos que son una eternidad… una jauría. El horizonte se asemeja a una enorme cerca vallada con alambre de espino y la tierra se quebranta. Con cada paso se levanta el polvo de una vereda que se pierde, que te envuelve y reseca el aliento. El aroma a ládano de la jara, un aceite achicharrado, te viste de una calma chica, te envuelve con una atmósfera pesada que te agacha. Te acuna un viento avaro, holgazán, que no hace ni un solo intento por desperezarte.

Y de entre el tumulto emerge una frase positiva que te toca el hombro, un rebaño de palabras huecas, vacías, que gestan una cínica impostura que no cambia nada. Siempre nos quedará una tierra expoliada y ninguneada una y cien veces, un pueblo vaciado, una guadaña cuya mano acecha sin cara ni nombre.



jueves, 9 de junio de 2022

¡¡¡Enormes!!!... y enorme la crónica

Ni muffins, ni brunch, ni afterwork, ni selfie. Los Enemigos no son de estos tiempos. Ellos siguen siendo de madalenas, cañitas tras el curro y almuerzo entendido como bocadillo matinal, nada que ver con la palabra elegante con la que ahora comen los políticos y los empresarios. Los Enemigos “no som d’eixe món”, que diría Raimon, son de los tiempos en los que la guitarra era totémica, instrumento con el que los más jóvenes airaban su enfado, construían una nueva lógica sonora y el nosotros podía al yo con sus crisis emocionales. La música sonaba fuerte y desafiante, no queda y ensimismada. El tiempo ha pasado orillando lo que antes era central, pero Los Enemigos distan de ser una antigualla porque su queja y su enfado no se momificaron con la llegada de la alopecia, sino que junto a la fidelidad a un sonido correoso han ganado al tiempo. Los Enemigos siguen molestos, pero ya saben que con guitarrazos no cambiarán el mundo. Pero los siguen dando.

La pandemia, otra palabra de nuestros días, impidió en sucesivas ocasiones la presentación de su nuevo disco en Barcelona, que los acogió en Apolo. Mucha cana, carnets de identidad varias veces renovados y mayoría masculina entre la asistencia. No, el rock no está de moda. Tampoco Pérez Galdós ni los tochazos de Tolstói, la antítesis de la contemporánea comunicación abreviada. Pero lo que hoy sí está de moda es perder, y Los Enemigos siempre han escrito historias que no olvidan a los perdedores. Perdedores, además, con ese toque popular que los hace cercanos, personajes de pueblo junto con el maestro, el cura, el rico y el médico. Y sus historias, esculpidas a base de rhythm and blues correoso, no ese R&B urbano de la nueva constelación de estrellas negras, tienen el tacto áspero del secano, de la tierra aplanada por el sol que, sin embargo, rinde su cosecha anual. Porque hasta un terrón desecado tiene vida en manos de Los Enemigos.

Su vida es la energía de un rock que se resiste a perder su caligrafía, por mucho que la tinta ya no viaje en estilográfica. De hecho ya no hay ni tinta, de tanta pantalla con letras. Vestidos como personajes de Reservoir Dogs, con Josele Santiago casi clavado frente a su micro, austero hasta en la gesticulación, ajeno al cabeceo tontorrón y al meneo estéril de las estrellas que aún creen en el despliegue físico como muestra de vigencia, sus canciones fueron cayendo con la contundencia de los capones que antaño propinaban los profesores en las cabezas de su alumnado. Un tema tras otro, despachando ya casi de entrada Septiembre, Señora y Me sobra carnaval, robles que repelen el polvo. También hubo piezas de reciente factura como Menos que un perro, Sacrilegio sideral o La ofensa, canciones que renuevan su compromiso con el sonido clásico del grupo, que en mero formato de cuarteto creó suficiente estrépito como para que ni se intuyese el griterío del público cantando las canciones. Y eso que ese público, con sensación de no estar hoy atendido por la actualidad musical, berreaba como quien se autoafirma con la garganta. De hecho lo hizo.

Y lo hizo durante hora y media larga, cuyo final fue paradigmático. Penúltima canción Todo a cien, un concepto casi desaparecido del floreciente comercio chino pero con aún notable carga semántica. Última canción Paracaídas, con una frase que dice “tengo amigos que nadie me presentó / que sacan fuerzas de donde ahora las estoy sacando yo”. Acabado el concierto, la banda saludó la euforia del público mientras sonaba Can’t Take My Eyes Off You del octogenario Frankie Valli. Y el punto final con el grupo y la sala cantando y preguntándose al unísono “¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? de Siniestro Total. Un señor concierto presidido por la raspa de sardina que para los presentes siempre evocará a Carpanta.

Firma: Ana Tascon

Pincha para ir a la crónica original